A_S_Alva
Rango3 Nivel 12 (142 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1

Esa mañana estaba plétora de bostezos, de normalidad. Ingerí un buen desayuno, pero no delicioso como los de mi madre: aquella mujer que siempre me invitaba a tener novia. Estaba claro que a ojos de mis seres queridos yo era un partido sobresaliente, pero a los míos, no era más que un intento de maestro en una Casa de Cultura, con un par de impetuosos alumnos, razón suficiente para no abandonar mi trabajo matutino.

Saboreé el café vendido por la señora de cabello cano y sonrisa diaria. Ese que todos decían era buenísimo pero, al estar el puestecillo cerca de mi departamento, me era difícil consumir debido al buqué de la pasta dental gobernando mi boca. Podría comprarlo y beberlo más tarde, sin embargo, todos sabemos que la magia del café está en tomarlo recién hechecito.

Subí al taxi, exhalé un precario suspiro y, a unas cuadras, mi atención a pesar de no ser la mejor del mundo, al instante fue llamada. Ella tenía un cabello brillante, un aura hechizante y una cara preciosa. Por eso pedí bajar, fui hasta su encuentro y sin preguntar el precio... Compré la revista donde estaba plasmada.

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phangoria
Rango7 Nivel 33
hace 7 meses

Espero que se puedan conocer y que ella tenga buena impresión del profesor.
@A_S_Alva


#2

Capitulo II: “Japón”

En mis manos el papel adornado con tal belleza, hacia el día más bonito. Pero entonces una chica de pinta singular se me quedó mirando con algo de sorpresa, tal vez por tener un estilo distinto a ella y contener con fuerza la revista que parecía de su interés.

Sin reparo, me preguntó:

— ¿Quién es tu favorita?

Yo hice una ligera mueca y sólo respondí:

—Ella —mostrándole la estampa de la musa.

La miró, me miró otra vez, pero ahora de pies a cabeza, y levantó su pulgar para enseguida guiñarme uno de sus risueños ojos; haciéndome imposible no responderle casi de la misma manera. Di después de mi reciproco acto, un levantón de mano para despedirme, generé una media vuelta y avancé por minutos.

Ya estaba yo frente a Casa de Cultura, iba sacando el afinador de la guitarra, cuando escuché:

— ¡Muchacho del pelo alborotado! —obviamente se referían a mí, mi manía de tocarme constantemente el cabello mientras componía, me había dado ese característico sello.

Era aquella chica de la testa rosa, me dio alcance sin razón aparente. Se agachó para reponer el aliento, quién sabe a qué velocidad corrió, pero debía ser importante su carrera. Me comentó sin más, haber querido comprar la revista que yo obtuve, sin embargo al ser una edición especial y coleccionable, la mía había sido la última de la región. De una bolsa con forma de roedor amarillo y cola de rayo, unos cuantos billetes fueron sacados y ofrecidos a mis bolsillos como intercambio por ella; era mucho más de lo que yo había pagado al voceador, billetes que por cierto a mí me hacían en demasía falta, debido a mi detalle de vivir al día. Intentó la chica de altas plataformas, aunado a la entrega del papel moneda, tocar mi posesión, y yo por instinto… La pegué a mi pecho extraordinariamente. Ella me observó aún más raro que la primera vez, y no simplemente de pies a cabeza, sino rodeándome y escaneándome. Por eso mismo, yo sentí a todo mi serio semblante enrojecerse un poco. ¿Qué había sido eso? Era como si hubiesen querido arrebatarme algo más preciado que mi guitarra.

Apenas caí en cuenta, expresé:

— ¡Que torpe!

No podía creer mi nivel de esperanza. Era buena señal el tenerla a tal altura, pero por favor, sino había encontrado chica aquí, mucho menos lograría una de tal belleza… Y que vivía en Japón.

"La velocista" de ropas muy llamativas, dignas de un espectáculo teatral o de un estilo de otro mundo, puso con gracia sus puños a la altura de la boca, diciéndome casi con corazones en los ojos que de verdad debía yo amar a esa Idol. Yo no entendí muy bien, ni siquiera pensé en cuestionar, no con mi realidad dándome duros jalones de orejas al son de las 10:00 am, invitándome ya a dar clases.

Admiré por cinco segundos aquella preciosa carita que tocaba con uno de sus dedos meñiques el hoyuelo en su mejilla derecha, y la guardé en el baúl de los tesoros-memoria; enmarcándola con un halo brillante, angelical. Ese precario suspiró salió de mi pecho otra vez, y por medio de la mente le dedicó una frase mi corazón:

—Adiós, preciosa.

Por fin le entregué la revista a la muchacha… y gratis. ¡Doblemente torpe!

#3

Capitulo III: “Trozos pequeñitos”

Entré a mi salón convocando con dos golpecitos al pecho a la inspiración, misma que esta vez no tardó en encenderse. Por alguna razón, a pesar de no haber dormido tan bien, un subidón de ánimo me energizaba. Ese día mantuve la cabeza erguida, no agachada pensando tanto, dando los buenos días no sólo a la directora, también lo hice con la gente que pasaba enfrente del aula. Llegaron mis alumnos sin bostezos prendidos a ellos, cosa que yo envidiaba de verdad, sin embargo era grato saberlos carentes de preocupaciones.

Las guitarras fueron afinadas, tocadas. La mañana cumplida, las almas de las personitas que tenían como sueño algún día brillar, fueron alimentadas con creatividad. Así se pasó volando la hora y media. Di una clase excelsa, eso me lo había dicho todas las vacaciones aquel par, y yo les creía obviamente, como no hacerlo si crecían enormidades: él en su manejo de las cuerdas, ella en seguridad y voz.

—Nos vemos la siguiente semana, pequeñines —les dije.

Salí al mediodía del recinto, disponiéndome a hacer mis compras: sopas instantáneas, salsas picantes, fruta para agua natural y mis botellitas con lactobacilos, destructores de mis constantes males estomacales.

Las bolsas con el recaudo, llegaron a la mesa de mi departamento: cinco metros cuadrados. Abrí las ventanas para ver el paisaje rebosante de edificios, esos que al recostarme, en determinado momento, me recordaban debía yo salir a ganarme un poco más de monedas.

Después de asearlo, cerré con llave mi cuarto, encontrándome en el pasillo, como cada fin de semana, a mis artistas colegas del edificio.

— ¡Hey, mira! —uno de los inquilinos, pianista de cuarenta años, me mostraba su muñeca izquierda—. ¡Sin reloj y ya me he enterado de que es la hora para ir a ganarse el pan de cada noche! ¡Tú idea de usar como marcador de tiempo los rayos del sol sobre los colosos, fue ingeniosa!

— ¡Se lo dije, señor Luis! —le respondí, alborotándome la melena.

A lo que se refería el pianista, era a que me había percatado de que el sol generalmente pasaba por detrás de los edificios, y desde el comienzo de eso hasta que se perdía en la tierra, iluminaba aquellos enormes contornos con sus rayos; mismos que cada diez minutos dejaban de delinearlos, primeramente las bases, hasta culminar con las coronillas: para ese preciso momento, las siete y treinta de la tarde hacían su aparición.

Iba yo, como siempre en el camino, pensando letras, historias o simplemente perdido en mis adentros. Pero una aglomeración de chicas y chicos, con su bullicio rompieron mi débil concentración. Estos exigían algo. Claro que no me acerqué para saberlo, pero era imposible no enterarse, las voces inconformes pedían revistas para todos. Vino a mi mente aquella preciosa cara enmarcada por un halo de luz, más espectacular que el de los gigantes brindadores de la hora, y comuniqué:

—Por eso son de colección, qué caso tendría si todos la obtuvieran… dejarían de ser especiales.

El alboroto dejó de estamparse en aquel puestecillo, pero pasó a ser exhalado contra mí ser.

— ¡No sabes de lo que hablas!—enseguida se me dijo—. ¡Ese número es un anhelo para cada uno de nosotros, podría venderse un millón de veces y seguiría siendo especial, porque lo especial no por estar en cantidades mayores, deja de serlo!

No sabía a donde pertenecía aquel sector de la sociedad, pero su pasión era desbordante. No sentía yo, tener con ellos caminos conectados, pero en cuestión de espíritu, irradiábamos la misma energía.

Entonces entendí, y me susurré:

—Parece que por más incomprensible que luzca, un sueño es un sueño. Y a veces este, viene en trozos pequeñitos!