Avefenix
Rango6 Nivel 29 (1374 ptos) | Novelista en prácticas
#1
    Partes:
  • #2

Había un escenario, dónde bailaban y cantaban orientales. No debía de estar ahí un escenario en medio de tiempos dónde las personas, vivían atrapadas en su propio mundo, la necesidad de sobrevivir al presente, esconderse por las noches de las criaturas que dominaban los territorios de todo el lugar.
En el cielo se vieron llamas que caían a velocidad sobre la tierra, rocas y temblores alertaron a todos los individuos que miraban el espectáculo. Corrieron despavoridos a buscar refugio en las casas viejas que pudieron encontrar, mientras intentaban sobrevivir.
Una que otra casa se derrumbó y ardió con aquellas rocas espaciales que caían en el planeta.
La joven comenzó a correr asustada, sabía que sí lograba llegar hasta su padre podría estar a salvo. Corrió, sabiendo que había dejado atrás algo en el camino. Llegó enfrente de su pequeña cabaña que ya les pertenecía y vio a su hermano menor.
—¿Dónde está nuestro hermanito?
—Venía contigo.
—¡No es cierto! ¡Él estaba contigo!

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#2

La joven tomó a su hermano menor de cuello y lo azotó en el porche de la cabaña, se deslizo entre la gente que venía hacia ella gritando y corriendo. Muchos se tropezaban y ella los saltaba con agilidad.
Llegó hasta el escenario, pero le fue imposible ver a su pequeño hermano. Aún era un bebé que comenzaba a caminar. Al verse atrapada por las rocas ardientes comenzó a gritar y a llorar, se dejó caer al suelo de rodillas para lamentarse; el pecho le dolía, pero la ira comenzó a invadirla. Apretó los dientes, se le cruzó por la cabeza matar a su hermano, por la pérdida del pequeño.
Se levantó, pudo sentir el cambio fisiológico en su cuerpo. Gruñó y se dispuso a correr en dirección hacia las cabañas, esquivaba las rocas con elegancia, unas pudo derribarlas con la energía que desprendían sus manos. Llegó hasta las pocas cabañas que quedaron, todas estaban en fila, vio el pozo. Miró a ambos lados, podía oler a su hermano, mas no podía verlo.
Camino hasta el pozo y lo vio, que se encontraba sentado abrazando sus rodillas. Su hermano menor, le vio, clavando sus ojos oscuros en ella.
La joven vio su cara llena de hollín, y un camino de lágrimas se deslizaba por sus mejillas. Lo tomó con desprecio del cuello y lo estampó en la cabaña más cercana.
—¡Por tu culpa se murió!—Vociferó.—¡Está muerto!—Su hermano apenas y podía tratar de defenderse, sentía la falta de aire.
—Pensé que estaba contigo—dijo con un hilo de voz.
—¡Esta muerto! ¡Por tu culpa!
Los ojos azules de la chica brillaron, estaba a un segundo de quitarle la vida a su hermano menor. Y lo hubiese hecho, pero una mano se posó en su brazo.
—Déjalo en paz—ordenó su padre.—Él no tuvo la culpa y lo sabes. No tienes porqué culparlo.
—¡Él se murió!—Gritó con lágrimas en los ojos.
—Eso no lo sabes...—Respondió su padre con un tono de voz cálido.
Le apretó el brazo con fuerza, sabía que su hija testaruda no entendería por las buenas.
Ella no tuvo más remedio que soltar a su hermano, mientras tanto el chico la vio con enojo y caminó adentrándose a la cabaña. Ella dio un pasó, pero su padre la tomó por el hombro, haciendo que girara para verlo.
—Te estás saliendo de control cada día más.
—¿Y?
—No sé qué he hecho mal.
—No me agradas, ya lo sabes.
Reclamó ella dándose la vuelta para perderse de vista. Los meteoritos habían desaparecido de la nada. Ya habían dado el toqué de queda, ya eran las siete de la noche y no había sol.
Sé fue, dejado a su padre afuera de la cabaña. Él se adentró y ella desapareció.
A la mañana siguiente, la chica se levantó muy temprano para el desayuno. Había una cabaña dónde sólo se reunían específicamente para comer. Caminó decidida a matar a su padre. Era la paga por no haberle dejado matar a su hermano menor.
Se adentro a la cabaña, sigilosamente tomó un tenedor que se cayó al suelo. Lo guardó en la manga de su gabardina, corrió, saltando una mesa, aplastando un plato que se rompió al contacto, se abalanzó a otra mesa y sacó el tenedor para encajarle en la nuca desprotegida de su padre, él le daba la espalda, se encontraba comiendo, sentado en medio de la gran mesa.
Su hermano se levantó de golpe. El mayor, no se molestó en levantarse y apartarse, cuando sintió los picos del tenedor en su cuello, colocó sus manos en la mesa.
—Piensa bien lo que estás haciendo.
—Lo pensé—Contestó la chica.
La joven, ya no pudo clavarle más el tenedor, el pico de un frío cuchillo estaba picándole el mismo lugar, dónde ella tenía el tenedor en el cuello de su padre. Abrió los ojos como platos. Ladeó un poco la cabeza y pudo ver los ojos azules brillantes de su progenitor. Exaltada volvió la cabeza y la silueta del mayor desapareció.
—Siempre estoy un paso delante de ti—comentó su padre.—Ríndete.
La joven tiró el tenedor al suelo y su padre la rodeó impidiéndole mover las manos, la arrastró consigo, aun sosteniendo el cuchillo en su cuello. Cuando estuvieron afuera él la soltó y la aventó ligeramente. La chica se giró y le miró enfadada.
—Ya no puedo contigo—le dijo.—Me declaró incompetente, no te puedo mantener bajo control.
La joven no respondió nada. Ella pensaba que eso era por su culpa, por él era así.
—Parece que la única manera de mantenerte estable es yéndote de aquí. Con él.
—¿Con él?—A la joven le invadió un temblor conocido. Lo extrañaba muchísimo.
—Sí, yo no puedo permitir que vuelvas a provocar problemas.
—No sé dónde está—comentó desilusionada.
—Te diré dónde está, si te vas ahora llegarás por la mañana...
A la chica le brillaron los ojos, volvieron a ser color avellana, su padre sonrió vencido. No podía creer que otra persona que no es él, pudiera controlar los estados de ánimo de su hija.