Vicente
Rango5 Nivel 20 (430 ptos) | Escritor en ciernes
#1

Mentiría si no reconociera que he pensado mucho en ti. Mi cabeza es un vertedero de recuerdos, una pantalla donde van a parar las imágenes y las experiencias que hemos vivido y las que no. Estoy hecho de recuerdos que nunca volverán y deseos que no se cumplirán. No puedo olvidarte.
Todas mis fantasías huelen a ti. Tienen tu aroma, tu esencia intangible, tu aura serena y distante, esa inestabilidad a la que se une la tibia fragilidad en la que habitamos tanto tiempo. A veces pienso que todo hubiera sido más fácil si nuestros cuerpos ansiosos no hubieran colisionado y me hubieran convertido en polvo de estrellas, en lo que soy ahora, un ser vaporoso e invisible que mora en la mitad oscura de su alma.
Te escribo esta carta para decirte esas cosas que una vez quise decirte y que no salieron de mi boca por miedo o vergüenza. Cosas que tal vez, en su momento pudieron haber cambiado algo entre nosotros, pero que ahora son estériles, ya que no derribarán la distancia ni los muros que nos separan. Pero a pesar de eso, deseo hacerlo. Quiero que sepas lo mucho que significaste para mí.

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Evelyn_Ramirez
Rango4 Nivel 19
hace alrededor de 4 años

Me gusta tu historia , y la frase"Mis fantasías huelen a ti " , Te parece si visitas mi historia :"Razon de vivir"

Ainerface
Rango8 Nivel 36
hace alrededor de 4 años

Una carta con la que podemos identificarnos muchos. Ese momento en el que sabes que todo ha terminado pero te niegas a darlo por perdido. Me gusta!

AlmaValgon
Rango5 Nivel 20
hace alrededor de 4 años

me gustó, te invito a pasar por mi historia "cuando el alma llora". saludos


#2

A menudo recuerdo alguna de nuestras conversaciones, y sin pretenderlo echo de menos el tacto de tu piel, la electricidad que desprendía en contacto con la mía. Llevo tantos días amándote y echándote de menos que no puedo evitar preguntarme si podré volver a amar después de haberte amado.
Te he echado de menos. No sé por qué hablo en pasado. Me siento incompleto, inacabado. Todo este tiempo he sentido tu ausencia como si hubieran arrancado una parte de mí. Todavía anhelo tu piel y busco el eco de tu presencia a cada instante, en cada lugar. No es nada nuevo. De hecho, estoy seguro que a pesar del tiempo y la distancia, lo sabes. Antes podías intuir mi vacío e imagino que todavía posees esa rara habilidad.
Este conjunto de palabras y lamentos es lo que soy, en lo que me he convertido. Mi teléfono hace tiempo que no suena, nadie viene a verme. Solo cuando tienen problemas. No les culpo. Hasta yo mismo me detesto. Por más que intento no consigo deshacerme de esta sensación de levedad y vacío que me acompaña y que hace ya tiempo ha derivado en culpabilidad.
No dejo de repetir tu nombre, tu maldito y bendito nombre… aquel que sabe a fuego y miel, que me golpea y me daña, igual que tu mirada teñida despidiéndose mientras te alejas. Son pequeños fragmentos, fotogramas de una historia que al igual que yo, ha acabado hecha pedazos. No puedo creer que esto terminara así. Yo, que creía que el amor era una estafa mutua compartida entre dos idiotas. Entraste en mi vida suavemente, y con el tiempo ganaste fuerza y sacudiste mi mundo como un huracán. Soy consciente de que nada volverá a ser igual después de ti. Mis escasos momentos de rabia se pierden en el denso océano de recuerdos preciosos e incorruptibles que guardo de ti. Quiero que sepas que has sido lo más puro y hermoso que ha pasado por mi vida. No se puede olvidar a alguien como tú. Esa es mi condena.
Te has convertido en una de mis fantasías. Te encuentro en todas partes, incluso cuando no te busco. En todo este tiempo no he dejado de recordarte. He escrito mucho sobre ti, sobre nosotros y he sacado mis conclusiones. He anotado todo lo que hubiera querido decirte y nunca te dije. Todo este tiempo recluido entre sombras me ha revelado que las cosas que no se dicen suelen ser las más importantes. Por eso he desnudado mis sentimientos y los he dibujado en miles de hojas, que he condensado en estas páginas, para que comprendas mi temor a perderte y mi fragilidad ante ese miedo. Puede parecer absurdo y sin sentido escribir esto ahora, cuando nuestra historia acabó hace una eternidad y tal vez lo sea. Lo hago porque sé que todo esto acabará llegando hasta ti, de alguna manera que todavía no alcanzo a comprender, por medio de un secreto plan de la Vida en el que todo parecerá casual. Pero no lo será.
No puedo apartar tu imagen de mi cabeza más de un minuto. Estoy bajo el influjo de tu encanto, de esa mirada hipnótica e infinita. Este es uno de esos casos en los que el hechizo se rompe pero la magia permanece. ¿Por qué no puedo apartarte de mis pensamientos? ¿por qué no puedo alejarte? ¿por qué no puedo desprenderme de estos recuerdos? ¿por qué sigues atormentándome? ¿por qué no consigo arrancarte de mí? ¿por qué tu imagen no me abandona?
A veces te odio. En días como hoy. Cuando descubro que no puedo dejar de ver tu imagen o recordar el tacto de tu piel suave en mis manos o la humedad de tu boca en mis labios. Pero me he prometido que voy a escapar de esta obsesión, abandonaré este recuerdo que no me deja vivir. Ya no me importa que me ames o no, solo déjame ir de ti.
Muchas otras mujeres te odiarán. Odiarán en lo que me has convertido, en un tipo exigente, que da mucho y pide mucho. Tú me enseñaste. Y cuando me pregunten quien fue diré tu nombre. Tú fuiste quien me arrancó el corazón y nunca lo devolvió.
Aún tengo miedo de encontrarte. Que vaya por la calle y aparezcas de repente, frente a mí, y me devuelvas la mirada o me saludes. O peor aún, que ni me mires ni me saludes. Me pregunto si podré soportar que me ignores, tú que tanto has significado para mí. Tanto que has alterado mi vida para siempre. Solo de pensarlo me duele el pecho.
Pero eso no es lo peor. No. Es lo que llega después. Tu ausencia. Aún no he aprendido a convivir con ella, y eso que han pasado más de dos años. Pero nada ha cambiado. Todo sigue igual que el día que te fuiste. Esa fría y falsa armonía que flota a mi alrededor, adulterando la realidad, en la que finjo que todo continúa funcionando, pero ni de lejos es así. Mi mundo sigue convertido en cenizas. Tu nombre lo quemó.
A veces dejo de escribir y me quedo en silencio, inmensamente quieto. Dejo entrar la calma que me rodea y espero que salga la lucha que me invade. Soy un tipo en conflicto consigo mismo. Suena más romántico de lo que es, una puta mierda. No se puede huir de los sentimientos. Lástima. Ya me habría mudado.
La redención es para los que la desean, no para los que la necesitan. El problema es que no sé si la quiero. A veces pienso en ti sin querer escapar. Sé que eso no es bueno. Me dejo llevar. Veo tu sonrisa, tu mirada líquida y celeste, esa expresión que me seduce y me atrapa… y rindo lo que queda de mí, esperando, deseando, que todo se convierta en una realidad. Estás hecha del material del que están hechos los sueños. A pesar del tiempo, aún puedo oler el perfume a chocolate, y fresa de cuando entré por primera vez en tu mundo.
Dice quién sabe de estas ciencias que tiendes a enamorarte de otra persona cuando ésta colma el concepto que tiene uno de sí mismo, su autoconcepto. En mi caso, eso podría explicar varias cosas. Muchas veces, cuando miraba tus ojos me enfrentaba al abismo que sabía que había en mí y era una sensación de puro vértigo. Nunca me había sentido tan bien con nadie. Me provocabas una emoción tan extraordinariamente adictiva que lo demás era secundario. Estando contigo me daba igual que reventara el mundo. Cuando descubrí tus labios en aquella noche helada, en ese escenario, con las luces de la ciudad a nuestros pies, supe que para bien o mal, ya no había vuelta atrás. Ese fue el punto crítico que desencadenó lo que pasó después. En mis noches solitarias me he cuestionado qué hubiera pasado si esos labios extraordinariamente esponjosos y tiernos no se hubieran posado sobre los míos.
¿Habría sido todo diferente? Por supuesto. ¿Mejor? ¿peor? Lo único que queda son preguntas. No hay respuestas. Solo el eco vacío y sordo permanece conmigo. Lo que sé es que no estaría dentro de esta pesadilla ni hubiera vivido el sueño que viví contigo. ¡Qué distinto era el mundo cuando me hundía en tu carne y me aferraba a tu cuerpo encendido a través de caricias y deseo!
Soy un producto de las circunstancias y el miedo. Alguien me aseguró que podría ser peor. ¿Qué demonios sabrán cómo me siento? Hay quien cura mejor las heridas en soledad. No es mi caso. Mi única compañía es este triste y envejecido ordenador, un símil de mi pequeña alma gastada.
Siempre me gustó escribir, lo sabes. Desde muy pequeño. Es de las pocas cosas que suavizan mi carga y me permiten seguir viviendo. Ahuyenta tu fantasma durante un tiempo. Eso me ha permitido sacar todo el dolor que tenía dentro que me estaba consumiendo. Como un quiste enorme instalado en el pecho que va creciendo con el tiempo. Era como si me ahogase. Sentía que el corazón me iba a estallar en cualquier momento. Es lo que me ha salvado la vida y me ha permitido quedarme a este lado de la cordura.
Me pregunto si alguna vez pensarás en mí. Ya sé que no me recordarás tanto ni tan intensamente como te recuerdo yo, pero no puedo evitar preguntarme si alguna vez, en algún momento de este día habrás pensado en mí. Tal vez al despertar, o al mirar alguna flor como aquellas que te hacía llegar, o quizá al acostarte, buscando con tu mano el tacto de mi piel como otras veces hiciste. Me pregunto si notarás mi ausencia, si alguna vez mirarás alguna de nuestras fotos o si leerás alguna de mis cartas, aquellas que te mandé en tus meses de forzado exilio, mientras mi vida se hundía entre la soledad y la tragedia. Me pregunto si alguna vez soñarás conmigo, en ese tiempo en el que fuimos felices y el mundo parecía más un aliado que un enemigo.
No sé que me consume más, si tu recuerdo o las preguntas que me invaden. A veces deliro. Cierro los ojos y nos veo haciendo el amor. Me pregunto si no fuera a tener tu alma, si me conformaría con tu piel. No lo sé. Recuerdo el aroma que desprendía, el tímido sabor a sal de tu pecho o la calidez y suavidad de su tacto y el calor que desprendía. Ojalá tuviera una respuesta. No dejo de ver imágenes que me consumen y me matan. ¿Hasta cuándo durará esto?
Escribo para escapar de esos recuerdos. Eso me permite enfrentarme a mis fantasmas. Tu recuerdo conoce mis debilidades y sabe donde hacerme daño. Estoy condenado a una lucha larga y dramática. Es el único camino para el olvido, si es que existe.
Soy como un zombi, como un robot. Voy de casa al trabajo y del trabajo a casa. Nadie viene a verme ni voy a ver a nadie. Alguien me preguntó hace unos meses si tengo amigos. Es una buena pregunta. Tuve que pensar la respuesta. Primero tendría que definir lo que entiendo por “amigos”. Me he vuelto muy exigente, así que después de pensarlo unos segundos, sé la respuesta, aunque multiplico por tres o cuatro la que ofrecí. Tengo un par, a saber dónde. En algún lugar de Barcelona. Lo que me queda aquí son secundarios, personajes que pasaron por mi vida un tiempo con mayor o menor intensidad y por lo que fuera, no se quedaron. Cuando alguien no está cuando lo necesitas yo no lo llamo amigo. Le va más conocido, secundario. En realidad, es lo que son. No hay que exagerar su valor. Me gustaría saber qué valor tengo para ti.

Hace alrededor de 4 años

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GoldCattle_93
Rango8 Nivel 36
hace alrededor de 4 años

Es precioso. Describes muy bien este sentimiento tan profundo, y a veces perenne, que tiene su cara dulce y su cara amarga. Ojalá pudiera decir que no me siento identificada, pero así es. Supongo que hay personas que dejan huella en nosotros, a veces -irónicamente-, sin percatarse siquiera de ello. Bien narrado y sin faltas; con palabras sencillas y directas... Sigue así!!


#3

Todo este tiempo consumido entre suspiros, entre imágenes y lamentos, ¿en qué me he convertido? ¿quién era antes? ¿quién soy ahora? No sé si busco respuestas o solo restos, lo que queda de mí. Actúo erráticamente, no me doy cuenta. Bueno, a veces sí y no lo evito.
Muchas noches en las que me despierto acosado por tu fantasma con nombre de mujer, enfundado en ese tentador vestido azul enciendo el ordenador y escribo. Otras, sea la hora que sea, la una o las dos de la mañana, cojo el coche y conduzco. Esta pasada semana me fui a las tres y pico de la mañana. Regresé que casi eran las seis. No me afecta la falta de sueño. Tal vez sea porque vivo en un falso sueño disfrazado de realidad. Alguien dijo que cuando no podemos dormir es porque estamos despiertos en el sueño de otro. Ojalá sea cierto. Ser el sueño que imaginas cuando cierras los ojos es casi mejor que ser real en esta vida.
Mis padres están preocupados. Creen que estoy tomando alguna droga. Si yo tuviera un hijo que actúa así, también lo pensaría. Tengo una conducta de lo más extraña. Si fuera una brújula no sabría donde se encuentra el norte. Me encierro en mi habitación y escribo durante horas. A veces siento que escuchan tras la puerta, lo noto. Y cuando no escribo, duermo o estoy ausente, con la cabeza posada en una nube, justo allí donde se genera el rayo. Hay días que no como o tomo un par de yogures. Otros días, para compensar, devoro todo lo que pillo. He ganado casi catorce kilos.
El amor es un veneno. Algunos recuerdos también. Estoy envenenado por tu recuerdo y tu encanto. Un veneno adictivo y destructor que quien lo prueba vuelve a por más a pesar de las consecuencias. A veces creo que hubiera sido mejor que hubiéramos terminado enfrentados porque así no me agarraría a una fantasía que nunca pasará de eso. Me cuesta olvidarte, y eso se debe a que siempre pensé que esta historia estaba interrumpida, pero no acabada. Me resisto a creer que esto haya llegado a su fin. Tu vestido azul no me engañó. Rodeaba a alguien especial.
Mentiría si no reconociera lo mucho que he pensado en ti. En lo que te añoro. Me rompe pensar que después de ti no habrá nadie capaz de ocupar ese lugar que has dejado vacante en la inmensidad de mi alma ahora convertida en desierto y ceniza. Cierro los ojos, esté donde esté, haga lo que haga y todo vuelve a mi cabeza, como una avalancha imparable. A veces no necesito ni cerrarlos.
Hace tiempo que tomo alcohol para evitar encontrarme contigo en mis sueños. Tomo la botella y bebo hasta que mi mente se queda en blanco y desconecta de la realidad. Es uno de los pocos momentos de luz que tengo en esta condena. Cuando despierto me duele la cabeza y hay días en los que me provoco el vómito. Me da igual y a los demás también. Es lo que tiene ser un desgraciado. No le importas a nadie, ni a ti mismo.
Hace días que no aparezco por la ducha y huelo a perro muerto. Mi habitación es una leonera, reflejo de la piltrafa en que me he convertido. Soy un adicto a ti, un indigno tributo a tu persona, a tu presencia, a tu recuerdo. No estoy preparado para enfrentarme a tu nombre y te llamo porque no sé estar sin ti aunque eso sea mi final. He tenido días en los que no sabía si quería escapar de esta condena o solo intentaba dar pena para encontrar un poco de compasión. Fuera lo que fuera, no ha funcionado.
Los sentimientos se miden por la fuerza de las ausencias, ahora lo sé. Tu lejanía se ha convertido en ese abrazo que ahoga el alma, que deja sin respiración, en lo más parecido a una condena sin muros ni barrotes que me soporten, sin ti solo hay días infinitos sin luz.
No dejan de perseguirme nuestros momentos íntimos. Me atrapan y me sacuden las mismas imágenes, aquellas en las que me besas exactamente como tú sabes, con tus labios repletos de saliva y calor, con el roce y el movimiento precisos para excitarme, en tu lengua salvaje explorando mis rincones. Mis dedos guardan la memoria de la curva tierna y prohibida de tus senos. Me enloquece pensar en el abismo infinito y oscuro de tus ojos, cuando recorría tus formas tentadoras y sensuales, en la frontera húmeda y caliente de tu cuerpo, como me la ofrecías y atrapabas mi sexo con tu apetito desbocado y me deslizaba suavemente dentro de ti, llenándonos cada uno con la esencia del otro…
Me cuesta aceptar que todo esto ya pasó, que nunca más volverá, que ha sido un precioso sueño que se ha desvanecido en el aire, dejando tras de sí un alma cadavérica y renqueante, consumida por el recuerdo y la culpa. Ya no volveré a ser quien era. Ese a quien conociste se extinguió. Ahora soy otro. Menos alegre, pero más duro. Alguien nuevo, distinto. Ahora tengo un nuevo talento.
Una vez leí que el corazón es un cazador solitario. Suena bien. Mi corazón es más bien un caníbal, un fugitivo que quiere escapar y curar sus heridas en soledad. Me aterra pensar en que este pensamiento furtivo sea una realidad que todavía no estoy preparado para asumir. Sería muy triste vivir sin sentir, sobre todo después de haber experimentado la sensación de plenitud que viví contigo.
Estoy obsesionado. Lo sé. Una obsesión no tiene razones, por eso son obsesiones. Lo leí en un libro. Es lo único que hago: leer y escribir. En realidad, no leo. Devoro libros. El mes pasado leí cuatro. Uno por semana. Leo para no romperme el alma, pero me temo que ya es muy tarde para eso. Puede que sea tarde para cualquier cosa que haga. Cuando no leo, escribo esto. Son como mis memorias. Mi legado.
Soy como una máquina proyectando imágenes que se muestran en el ojo secreto de mi mente. Estoy enganchado a ese comportamiento. Mi alma agonizante no deja de ver tus ojos, tu sonrisa, la calidez de tu rostro y la fragilidad de tu cuerpo. Todo se muestra desenfocado y gris, reflejo de la vida que me espera.
Hay días que te odio, maldigo tu recuerdo y me arrepiento de haberte conocido, de haberte besado y haberte amado. La amarga sensación de vacío que me dejaste sin pretenderlo lo ha eclipsado todo. Tu recuerdo menciona tu nombre una y otra vez. Sé que nunca volveré a ser quien era, porque me guste o no, me he roto. Tenía que romperme para hacerme de nuevo. De alguna forma sé que te pertenezco. No sé si todavía te quiero o solo te añoro. En cualquier caso, mi corazón es demasiado pequeño para esto.
Hace un tiempo hablaba con un conocido al que tengo cierto aprecio junto a un par de copas, en la terraza de un bar. Solíamos hablar de cosas vacías, que nos afectaban poco o nada. De pronto, como si tuviéramos un vínculo más fuerte del que yo consideraba, empezó a hablar de su vida, de sus hijos, y acabó soltando que se está separando de su mujer. Me quedé sin palabras, viendo como aquel hombre se desmoronaba. No concebía su vida sin ella. Ya la echaba de menos y todavía no se habían separado. Casi al mismo tiempo lamentaba lo mal que se había portado durante los últimos años. Cosas que ella no sabía.
Suspiró y confesó que no sabía por qué me contaba todo aquello. En cierto modo, mucho de lo que dijo era muy similar a la carga que yo llevaba arrastrando tanto tiempo. Esa pesada losa que iba ahogando el corazón, sin que pudiera hacer gran cosa por evitarlo. Luego preguntó si sabía lo que era perder a la persona que más has amado y eso fue como un insulto. A pesar de que me llevara diez años, podía haberle escupido la verdad, pero no hubiera sido elegante, así que por cortesía, negué con la cabeza.
Uno de mis mayores talentos radica en que sé escuchar. Me va mejor que abrir la boca. Así que durante casi dos horas, hasta la una de la madrugada, escuché los lamentos que salían del alma de aquel hombre, en el que no pude evitar verme reflejado. Un tipo derrotado consumido por el amor y la culpa. A pesar de que la relación que nos unía no era muy estrecha, ni nunca antes lo había sido, habló como si no tuviera a nadie más con quien hacerlo. En algún momento de la conversación incluso llegó a confesar que no sabía por qué hablaba conmigo de eso. Lo he pensado y creo que vio en mí el mismo dolor y alma condenada que él llevaba dentro y supo que le comprendería.
Mientras aquel hombre se sinceraba, confesaba sus pecados y aligeraba su alma oprimida, no pensé en ti. Ni un segundo. Fue como un bálsamo, una ilusión. Pero duró lo que un chasquido de dedos. Eso me lleva a pensar que todos no somos tan diferentes por dentro como parecemos por fuera. Todos tenemos entrañas, un corazón, un sufrimiento y un anhelo que, de alguna forma, nos conecta unos con otros. A eso le llamo Destino. Creo en esos hilos invisibles e infranqueables que nos unen y nos separan. ¿De qué otra forma podría ser? Hace poco leí en un libro que a veces encontramos nuestro Destino en los caminos que tomamos para evitarlo. Todo está escrito. Todos estamos conectados. Todos tenemos un plan del que no conocemos los detalles.
Sé que te hice daño. Hago daño a las personas que más quiero. No lo planeo. Soy así, un analfabeto emocional, un animal intentando ser social. Perdóname aunque ya no te importe. Estas líneas reclaman tu perdón. No se me ocurre otra manera de obtener la redención que tanto necesito. Estas palabras solicitan el indulto, pero creo que ni siquiera tú puedes concedérmelo.
Escribo esta carta que nunca te enviaré para decirte algo: voy a escapar de ti, de tu nombre, de tu recuerdo, de tu esencia y tu veneno. No puedo arrancar lo que me queda de ti, pero voy a liberarme de este sentimiento caníbal que me consume por dentro. Necesito evadirme, desligarme de tu recuerdo, y para eso necesito contar esta historia una última vez más antes de dejar que tu imagen se pierda bajo el lodo, en el fondo de la memoria. Voy a contarlo todo.

Hace alrededor de 4 años

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#4

Por fin he despertado de ese sueño en el que he estado sumido todo este tiempo, apartado de la realidad, viviendo en mi propio mundo en el que tú eras el eje que lo hacía posible. Pero eso ya se acabó. He perdido el miedo y encajado todas las piezas. Ahora sé que este éxodo de sombras, dolor y oscuridad que he sufrido era necesario. Era mucho lo que tenía que darte, un enorme cargamento de sentimientos y sueños que por desgracia se quedó ahí, suspendido en ninguna parte. Tenía que vaciarme de eso. Porque si permanecía lleno, nadie más podría entrar ni llenarme. Ahora lo sé. Es un ciclo nuevo, un aprendizaje secreto.
He aprendido muchas cosas. Sobre mí, sobre ti, sobre el mundo que nos rodea, ese que vemos y el que no. Nada es casual. No existe la casualidad, ni la suerte. Todo obedece a un plan. Todos tenemos un plan y todos formamos parte de otro, mucho mayor y que implica a otras personas. Giramos en ese engranaje que es la vida tocando la existencia de los demás mientras otros tocan la nuestra. Todas las relaciones son recíprocas. Es otra de las cosas que he aprendido. Todo lo que tocas, te toca a ti. Nuestras palabras y actos, aunque no queramos, influyen en otros y éstos influyen en nosotros.
Ahora sé que las palabras son como el cristal: puedes verte reflejado en ellas o puedes cortarte con su filo. Da igual si salen de unos labios o si se les da forma con tinta. Buscan provocar una reacción. Pueden estrellarse contra tu piel o atravesarte el corazón, y cuando esto último sucede, muchas cosas cambian.
Durante mucho tiempo creí que eras la luz que había llegado a mi vida, aquella que podía alumbrar mi oscuro e impenetrable vacío interior. He tardado, pero ahora sé que fuiste más bien como un espejo. Recogías la luz que había a nuestro alrededor, la canalizabas y la proyectabas, iluminando partes de mí que nunca antes habían conocido la luz. Por eso, después de ti, la oscuridad se hizo más densa. Pero te diré algo: voy a recomponer mi alma fragmentada, aquella que dejaste atrás rota en mil pedazos. No necesito que proyectes más luz. Tomaré uno de mis pedazos, uno grande, y lo utilizaré como espejo. Tú me enseñaste.
Entiendo que este período tenía que pasar. Por ti o por otra causa, pero este pasaje de oscuridad tenía que ocurrir. En esta hora, en este final es cuando comprendo todo lo que ha ocurrido y que era necesario para algo, todavía no sé para qué. Algún día ocurrirá algo que le dará sentido a esto.
He comprendido que tarde o temprano, inevitablemente, en la vida, sea cual sea nuestro camino y nuestras circunstancias, estamos destinados a encontrar personas y situaciones que nos marcarán, que nos transformarán, que nos impedirán volver a ser quienes éramos. Ahora sé que de una pasión como la que vivimos y de alguien como tú no se regresa sin consecuencias. Mi corazón y mi memoria jamás me lo permitieron. Ya nunca volveré a ser el mismo. Soy más consciente de esas rarezas tan mías y eso te lo debo a ti. Me despojé de una parte de mí y la sustituí por pedazos de ti hechos de susurros e imágenes. Tal vez por eso no puedo olvidarte.
Recuerdo la historia de aquel tipo que, con un futuro prometedor, se lesionó la rodilla y truncó su carrera. Lo que en principio pareció una desgracia que destrozó su vida durante años, más tarde le llevó a otro terreno donde destacó y en el que encontró la estabilidad y la felicidad. No solo eso, sino que además alargó su vida, ya que el autocar en el que posiblemente hubiera ido de haber continuado su carrera deportiva sufrió un aparatoso accidente en el que murieron todos los que estaban jugando a cartas, un juego del que era apasionado. ¿Tuvo suerte al lesionarse o fue el Destino? Yo ya no aspiro a otra cosa que a ser feliz. A veces tenemos que aceptar que hay personas que se quedan en nuestro corazón aunque no se queden en nuestras vidas.
Los dos hemos llegado al final de este viaje. Tú a tu manera y yo a la mía. Pero ambos sabemos que este no es ni el principio ni el final de esta historia.
Cuídate. Sé que serás feliz.

Septiembre, 1996

Hace alrededor de 4 años

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#5

CAPITULO II
EL SUEÑO ANTES DE TI

Nunca he querido saber, pero he sabido que me aguarda un Destino terrible. El mismo sino de los que buscan la belleza, lo sublime, la perfección. No era ese mi caso. Ya no tengo el alma frágil ni un corazón tierno. No es fácil ser yo. Nunca lo ha sido. Cada una de estas palabras es una gota con la que pretendo volver a llenar mi alma hueca.
Dicen que el carácter de una persona es su Destino y si es así, sé cual es el mío. Soy un animal de costumbres. Nunca he sido de los que está predispuesto al amor y soy consciente que eso lo complica todo. No hay muchas cosas que me atraigan. Me enamoro de lo extraordinario, de lo difícil, lo inalcanzable, lo que duele. Hace tiempo que tú te has convertido en mi dolor preferido. No necesito pillarme los dedos con una puerta, estrellar mi cuerpo contra la pared, golpearme con algo o caer al suelo para sentir ese dolor profundo e infatigable. Me basta con recordarte, recordar tu nombre. Tu rostro desprendía una sensualidad que ahora me duele sin pretenderlo. Los recuerdos pesan una tonelada sobre mis hombros. Nunca imaginé que tus besos y tus caricias acabarían convirtiéndose en ceniza sobre mi piel.
Cuando te conocí venía de una breve y casi inexistente relación que apenas había disfrutado un mes y había terminado año y medio antes. No es que saliera herido, pero sí tremendamente confuso y aturdido. Su recuerdo se funde en mi boca. Se llamaba Elsa. Incluso su nombre me gustaba. Mis emociones se habían bloqueado e impidieron que volviera a enamorarme desde que aquella historia terminó. Después de Elsa vino una larga travesía de soledad sentimental. No fue una etapa triste, al contrario, llena de luz y conocimiento. Aproveché ese tiempo para aprender sobre una amplia variedad de cosas.
He encontrado muchos paralelismos entre estas dos historias, entre la que viví con Elsa y la que viví contigo. He reflexionado y he establecido ciertas conexiones entre ambas. Conexiones sutiles, solo al alcance de quien ha estado en ellas. El mismo final, el mismo gusto amargo, el mismo dolor, la misma devastación emocional y la misma promesa de felicidad insatisfecha. Creo que si no hubiera tenido una historia y un final como lo tuve con Elsa, no habría tenido nada parecido contigo. Elsa, en cierta forma, me empujó a tus brazos. Su imagen, como una brújula, me señaló el caminó hacia ti y me permitió descubrir tu encanto.
Pero no había llegado a ese estado de levedad y vacío por azar o por una mala decisión. Era algo más complicado. El hilo que me había llevado hasta allí comenzaba varios años antes, a finales de 1.990. Aquella cadena de sucesos tiene mucho valor para esta historia, aunque pertenece a otro episodio de mi vida. Este no sería un relato completo si no hablara de esa etapa. Aunque conoces los detalles más íntimos, déjame contarlo una vez más.
No es un capítulo del que me sienta muy orgulloso. Procuro evitar el tema, y cuando hablo, paso de puntillas sobre él con la máxima celeridad y discreción. Mucho han cambiado las cosas desde entonces. En aquel tiempo, mi círculo de amigos se reducía a cuatro o cinco. No recuerdo que tuviera más. Aunque definir aquel grupo como amigos no es lo adecuado, yo los llamaba así. No había ninguno en el que pudiera confiar lo más mínimo. Todos se vendían a la menor oportunidad si con ello sacaban algún beneficio. Quedaban con chicas o para ir a la playa y no me llamaban, o iban al cine y no se molestaban en decírmelo. No había conocido otra cosa, así que definía aquello como amistad, aunque me sentía más fuera que dentro de aquel círculo. En mi interior pensaba que debía existir algo mejor que aquello. Compartía mi tiempo con ellos y ellos hacían lo mismo conmigo. A falta de algo mejor, era lo que había.

#6

El concepto de amistad en aquel grupo era bastante difuso e incluso podría decir inexistente. No me equivoco si digo que había intereses más que cualquier otro sentimiento. Ya desde un primer momento nadie se atrevió a utilizar la palabra amistad. Éramos un conjunto de individualidades con escasa voluntad de cohesión unidos por necesidad o inercia. Se quedaba para ir al cine o a dar una vuelta para no ir solo más que otra cosa. O se hacían partidillos de futbol y no se avisaba a todos, sino a los más buenos, sobre todo cuando había apuestas de por medio. De hecho, cuando había apuestas también había trampas al más alto nivel.
Aquella ambigua relación se había iniciado en la más tierna infancia. Coincidimos en la misma clase en EGB desde que iniciamos los estudios. Comenzaron a formarse grupos y si en un primer momento cada uno tiró por su lado, aquel resto que había quedado suelto formó un subgrupo. Éramos fragmentos, piezas inconexas que no habían encajado con otras y habían quedado a la deriva. Fue frustrante ver como los demás conectaban con facilidad y descubrir con horror que no encajaba con nadie de los que me rodeaban con tan tierna edad. Supongo que esa sensación se quedó dentro de mí, congelada y latente, acompañándome en algunas etapas sucesivas de mi vida. En todas las aulas se forman grupos y subgrupos, y nosotros configuramos uno de esos conjuntos marginales que con frecuencia se generan por necesidad: con mal comportamiento, malas notas, poca actitud y ninguna voluntad de trabajo o de mejora. Solo pasarlo bien. No sé muy bien si mi relación con las malas influencias comenzó allí o unos años más tarde, cuando aparecieron el alcohol y las chicas. Sea como fuere, me adapté con facilidad a aquella situación. No podría, aunque me gustara, decir que fuera muy diferente a los demás.
Mis padres me dieron una educación demasiado permisiva. No digo que estuviera mal. No había un seguimiento ni mucho menos un cuestionamiento a mi comportamiento convulso y rebelde o a las malas calificaciones. Eso, en mi caso, era un vacío enorme. Hubiera necesitado una disciplina más severa, mayor firmeza. Más limitaciones. No había nada de eso excepto castigos cuando se producían comportamientos inadecuados en situaciones públicas. No era un niño violento, pero crecí entre rabia y frustración, que se potenció con aquellas compañías. Mis padres siempre trataron de enseñarme a ser justo y entre esos elementos, aquello era un conflicto de intereses. Pagué las culpas en más de una ocasión y fue porque los que me rodeaban me utilizaron para librarse ellos.
Me sentía perdido, sin saber lo que quería hacer en el futuro ni tampoco en el presente. Esa impresión se fue acentuando con la edad, lo que incrementó la rabia y la sensación de abandono. Consumía mi vida de forma que no fuera especialmente dolorosa. Me acompañaba un sentimiento agridulce mezcla de levedad y vacío que anegaba todo mi ser. Dejaba pasar los días con indiferencia, únicamente esperando un final. El que fuera. Mi única evasión consistía en leer, escribir y ver películas.
Perdí el contacto con todos ellos al suspender séptimo. No entiendo como pude suspender aquel curso, ya que aprobé todos los exámenes menos el de matemáticas y el de dibujo. Esto último suena casi tan ridículo como suspender religión. No lo entendí. El examen de dibujo era de risa –realizar figuras geométricas– y lo hice perfecto. Siempre me sonó a excusa y aún lo creo.
La cosa no mejoró en los tres años siguientes. Recibí acoso y todo se agudizó. Los acontecimientos se precipitaron. Mi comportamiento se volvió violento y agredía ferozmente a quienes me acosaban a la menor provocación. Aquello me granjeó mala fama y la etiqueta de camorrista. Mis padres fueron informados varias veces sobre mi comportamiento y mi poca implicación en clase. Mis calificaciones cayeron en picado. Suspendía por dejadez, por falta de interés. En octavo, a los catorce años, suspendí siete asignaturas de diez. Aquel hecho, sumado a mi comportamiento violento, hizo saltar todas las alarmas en casa y mis padres decidieron tomar cartas en el asunto.

Hace más de 3 años

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