abdielaugusto
Rango6 Nivel 27 (1033 ptos) | Novelista en prácticas
#1

Sinopsis: Apenas la vio en esa valla de carretera, se enamoró; sus ojos grises agitaron su interior y lo trasladaron a un universo de sensaciones incontrolables. Pero no le resultará fácil ir tras esa belleza, contra él, sus deseos y lo que los une, maquinaran fuerzas oscuras con inescrutables propósitos.
El cadáver de una chica en un pantano abrirá el telón de una serie de eventos que desde el pasado, dibujan un presente sombrío y un futuro incierto. Él deberá encontrar las respuestas, someter sus principios a una estela de posibilidades incongruentes que, poco a poco, dibujan una historia de la cual no podrá escapar; él deberá enfrentar a un monstruo que amenaza con consumir su mundo, el de ella; lo que los compenetra y los convierte en Primordiales.

--Primordiales es una novela de 17 capítulos. Espero la puedan disfrutar. De antemano, ¡GRACIAS! por todo el respaldo que me puedan dar con su likes y comentarios.

Capítulo I
La chica de la valla
Izan tenía una obsesión por ella, por la chica de la valla; era tan profundo su delirio que cierto día... (sigue en la siguiente parte)

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#2

- I -
LA CHICA DE LA VALLA

Izan tenía una obsesión por ella, por la chica de la valla; era tan profundo su delirio que cierto día se detuvo a unos metros del aviso publicitario y lo fotografió para la posteridad. No tenía idea de su nombre ni de su procedencia, pero desde que fue levantada aquella valla que promocionaba un proyecto residencial de playa para multimillonarios, donde la chica develaba sus bellos ojos grises, su negra cabellera y su piel trigueña rociada de agua de mar, resaltada por la tonalidad de la arena y el brillo del sol; se ensimismó con ella. Su mirada era profunda, atrayente, casi tierna. Sentía que ella era capaz de meterse dentro de él cada vez que sus ojos chocaban frente a frente, a veces desde el laboratorio de física, otras tantas desde la cancha deportiva, donde ocasionalmente se jugaba fútbol, béisbol o se practicaba cualquier disciplina de atletismo que el terreno permitiera. Jamás, en sus 21 años de vida, había visto chica tan bella.
Habrían pasado unos 7 meses desde la instalación del anuncio, cuando Ednar, su mejor amigo, a la salida del campus, a unos metros de la esquina norte del cuadro deportivo, desde dónde se apreciaba la valla, le insinuó que la buscara. Total, no debía ser tan difícil, bastarían un par de llamadas para, por lo menos, dar con el nombre de la empresa publicitaria y, consecuentemente, con el de ella. Pero Izan tenía un serio defecto, abrumadora condición que le afectaba en cualquier campo de su vida diaria: inseguridad. No se sentía lo suficientemente capaz de muchas cosas, y entre esas, tan siquiera el pretender encontrar a una chica que vendía con su bello rostro un proyecto exclusivo para igual tipo de clientes. Para él estaba más que claro que ella, lo más probable, pertenecía a un nivel social distinto, ya que para tal clase de anuncios publicitarios no seleccionan a cualquiera. Debía ser modelo o contar con experiencia, de seguro hasta con uno de esos apellidos rimbombantes, o bien, hija de una pareja profesional de alto nivel, de esas que siendo de clase media, se codean con el mundo de los acaudalados o figuras de importancia social, incluso pública.
De lo que sí era capaz Izan, era de inventarse los probables obstáculos antes de haber tan siquiera empezado el recorrido.
Pero Ednar sí tenía esa cosa que a su amigo le faltaba, y para rematar, la complementaba con una alta dosis de extroversión. A él ya se le contaban, por lo menos, tres novias formales – si es que se le puede llamar así a esos noviazgos que duran no menos de seis meses –, así como otras tantas aventurillas ocasionales, frutos de alguna salida a una discoteca, bar o fiesta universitaria. Por su lado, a Izan solo se le contaban sus enamoramientos platónicos e intentonas fallidas por caminar la senda del amor juvenil. Así, Ednar no cesó de insistirle en atreverse a dar con el paradero de la desconocida; es más, ni que el interés fuera propio, se atrevió a tomar acciones en ese sentido y ponerle la información en bandeja de plata a su amigo.
Una mañana, en una de las horas libres de la jornada, mientras Izan se enfrascaba en resolver una complicada tarea de la cátedra de mecánica, un golpetazo en el escritorio lo sacaría de concentración. La mano derecha de su amigo se apoyaba sobre un trozo de papel. Levantó la mirada y notó que una sonrisa petulante se dibujaba en su rostro, parecía ser portador de la panacea para el peor de los problemas, que justamente no era su tarea de mecánica. Era para el otro, el de su falta de determinación para buscar a su nuevo amor plantónico, ese de enigmático rostro, ojos grises, piel trigueña y negra cabellera: la chica de la valla.
“External Thinks” era el nombre en mayúscula cerrada escrito sobre el papel, al lado de un número telefónico. Inesperadamente, recibía los datos de la agencia publicitaria responsable del anuncio publicitario; su amigo lo había conseguido de la manera más sencilla. Solamente bastaron un par de llamadas a la empresa dueña del proyecto, haciéndose pasar por un empresario muy fascinado por la publicidad del residencial de playa, afanado por saber qué agencia había desarrollado tan atractiva e interesante campaña. Y así fue, en una segunda llamada le dieron los datos.
El primer paso estaba dado.
Pero ¿Izan se atrevería a llamar? Y de hacerlo, ¿qué preguntaría? A pesar de ser considerada una persona inteligente, en ese momento, no se le ocurría para nada qué hacer con la información. Sin embargo, a su amigo sí; él podía maquinar en cuestión de minutos alguna rara invención para conseguir que en la publicitaria le facilitaran los datos de la modelo. Sencillo, llamar y hacerte pasar por un agente independiente o el dueño de alguna empresa buscando los servicios de una modelo como la chica de la valla para su campaña de mercadeo; o simular ser un buscador de talentos para espectáculos y programas de televisión local o internacional. Cualquier cosa podía salir de la mente de Ednar en favor de su amigo.
Y Izan se atrevería, pero no a hacer él directamente la llamada, sino a ser partícipe de la artimaña. Culminada la jornada, se retiraron a casa de Ednar; desde donde se haría el contacto. Una señora, con tono muy amable, atendería el teléfono.
– External Thinks, a su servicio. Maribel le atiende.
– Buenos días. Le habla Osman Guzmán, agente de Ricord Recruitment.
Ricord Recruitment respondía a una de las empresas de reclutamiento y colocación de talentos más importantes del país, mientras que Osman Guzmán era uno de los contactos directos que aparecía en la página web de la compañía. Ednar debía estar seguro de lograr su objetivo sin levantar sospecha alguna, de lo contrario sería un desastre total.
– Buen día licenciado Guzmán. Un gusto. ¿En qué puedo ayudarle?
Ednar ajustó un poco más su tono de voz y continuó.
– Maribel, ¿cómo está? Mire, necesito su ayuda con algo muy importante. Espero esté a su alcance.
– Dígame, a ver qué puedo hacer.
– Ustedes hicieron la campaña publicitaria de un exclusivo proyecto de playa llamado El Mirador.
– Por supuesto – asentó Maribel, en tono risueño.
– Sucede que la modelo que emplearon en las vallas publicitarias responde al perfil que estamos necesitando para un cliente de una empresa importadora de fragancias.
– Entiendo.
– ¿Habría algún problema con que me ayudara a localizarla? Le reitero, Maribel, es algo muy importante y agradecería enormemente su ayuda.
Izan observaba y escuchaba a su amigo con tal nivel de abstracción; y es que le resultaba casi imposible canalizar la facilidad con la que éste podía maniobrar con su léxico, sin titubear en ningún momento, con ese sagaz tono que rayaba casi que en la coquetería. ¿Quién podría negarle algo?
“Ajá, ajá… Ajá”, eso fue lo último que el chico articuló antes de despedirse con un “muchas gracias, mi vida”, lo que impactaría aún más a Izan.
– Listo Iz – como él le decía –, en 10 minutos tengo que volver a llamar y tendré la información.
– No me jodas, Ednar. ¿En serio?
– En 10 minutos tendré lo datos de tu chica de ojos grises.
Ednar se acercó a su amigo, lo tomó del suéter y lo miró fijamente, con un sesgo de seriedad no muy común en él.
– Pero júrame que no me he puesto en toda esta vaina por ti, para nada… Irás a conocer a esa chica, así ella te de una patada y te mande por un tubo.
Izan tragó en seco, sus temores, esa pléyade de dudas acerca de sus propias capacidades y energías, se preparaban para esbozar una diversidad de escenarios probables, pero contradictorios a sus verdaderos intereses y quereres. “Pero, y si…”
– Júralo, Iz.
No tuvo tiempo para pensar, la presión de su amigo lo obligó a vaciar su mente de eventuales contraposiciones y afinarse hacia lo que realmente importaba en ese preciso momento.
– Está bien, iré por ella.
– ¡Iremos! No creas que voy a perderme la acción.
10 minutos después Ednar reiteraría la llamada y la magia se consumaría. Laia Versalles era su nombre; y el corazón de Izan se agitó.

- II -
OJOS GRISES

Izan había soñado con la chica de la valla varias veces desde que la vio por primera vez y empezó a quererla y, muy sublimemente, desearla. Fueron varias las ocasiones en las que se creyó convencido, o más bien, comprendido, en el hecho de que aquellos ojos grises le agitaban algo muy dentro, algo que no había conseguido ninguna de sus previas ilusiones escolares y universitarias. ¿Y quién lo supondría?, ahora tenía en sus manos su nombre y un número telefónico; suficientes datos para conocer, por lo menos, el tono de su voz, que imaginaba tan suave con el de la más emblemática de las melodías. Pero aún no se decidía a llamarla. ¿Qué le iba a decir?, ¿quién era él para atreverse a contactarla; para querer conocerla porque se había enamorado ciegamente de su foto en una valla publicitaria? Más Ednar no esperaría, en plena cafetería de la universidad, al día siguiente, lo tentaría.
– Llama de mi teléfono, por lo menos escucharás su voz y tal vez eso te ayude a atreverte y dejar las pendejadas… Eres muy… Rayos, hombre; no quiero insultarte; pero a veces no me puedo creer que seamos tan amigos.
Izan soltó una leve risotada antes de responder.
– Lo que sucede es que somos diferentes, he ahí el asunto. Si fuera muy parecido a ti, seriamos una simple dupla de pendencieros, acosadores sexuales y cosas similares… Te aburrirías de la competencia inmediata.
Ednar rompió en carcajadas, pero no cesó en su pretensión de que su amigo hiciera la llamada. Le puso el teléfono celular en la mesa.
– Marca el número y por lo menos escuchemos.
Pasados algunos segundos de duda, Izan pondría por delante algo de determinación por alcanzar un cometido sin medir tanto las probables vicisitudes y sus consecuencias; pero del otro lado, un mensaje con una grabadora que informaba que la línea estaba inactiva, sería lo único que escucharían.
– Rayos, tanto afán para nada.
– ¿Será que se equivocaron con el número que te dieron?
– No lo creo, se tomaron tiempo para ubicarlo en sus registros… ¿Y ahora qué?
Izan miró...

#3

Izan miró a su amigo con un atisbo de discernimiento, pero no introspectivo; buscaba entender exactamente lo que él esperaba escuchar.
– ¿Y ahora? – insistió Ednar.
– Pues iremos a donde supuestamente debe estar – espetó con inesperada seguridad.
– ¿Cómo dices?
La noche anterior, en su habitación, en un departamento que compartía con dos estudiantes, a unos 30 minutos de la universidad, Izan hizo lo que cualquiera como él haría, investigar desde la clandestinidad, donde no se requiere cavilar sobre el qué decir o hacer; desde donde no es necesario interactuar, sino simplemente observar. Sentado en la cama, recostado a la pared, con la televisión encendida a bajo volumen, pasando un filme de suspenso al que solo le prestaba la suficiente atención para comprender la trama, aunque no la profundidad del argumento; hurgaba en las redes sociales desde su computador personal. Ahí, con no mucho esfuerzo, dio con las cuentas de la chica de la valla; pero estaban bloqueadas, solo eran accesibles para quienes ella aceptara como sus amigos o seguidores. Solamente tuvo acceso a algunas fotografías y el perfil público; no obstante, para su suerte, uno de los datos le serviría para reorientar su búsqueda ahora que el número telefónico era inviable.
– Tengo el nombre de su universidad. Y si no es información falsa, ahí averiguaremos algo… ¿Nos fugamos unas cuantas horas mañana?
– Sabes que no tengo problemas con eso.
San Eustaquio es una universidad donde asisten estudiantes de alto perfil social, de familias acaudaladas; no de las más ricas y poderosas, pero sí de esas que administran grandes negocios, empresas y oficinas de servicios, cuya facturación brinda a sus asociados, los suficientes ingresos para darse una gran vida. No hay que olvidar que dentro de la clase alta también hay subclases, y los estudiantes de San Eustaquio son hijos de las familias de la subclase media, para decirlo de una manera plausible.
A la mañana siguiente, el par de amigos se apostó a las afueras del campus, muy dudoso de acceder. A pesar de su carácter, Ednar sabía que adentrarse en ese mundo no resultaba sencillo; los saneustaquianos son de otro entorno, con otra forma de hablar y de hacer las cosas; pero Izan, en ese caso, pensaba diferente; podrían ser superiores económicamente y verse como una clase especial de personas, miembros de una sociedad alterna a la del común de los mortales; pero no dejaban de ser eso: gente. Y si son gente, no debe ser tan difícil caminar entre ellos y encontrar a Laia Versalles; y si no, obtener alguna información sobre ella.
Con Izan adelante, la dupla ingresó al campus. En principio dieron una caminata por los alrededores, observando, pretendiendo que la buena fortuna les permitiera dar con Laia; pero así de sencillas no son las cosas, la vida no es tal cual, en la inmensa mayoría de las circunstancias. Unos 20 minutos después, y luego de recorrer todas las áreas públicas accesibles, cafeterías y el campo de juegos, se detendrían en una plaza abierta a tomar un refresco y pensar en qué acciones tomar.
– Así no la vamos a encontrar... Hay que entrar a todas las facultades, ver los salones, pero eso nos tomará tiempo – profirió Izan.
– Y olvidas las residencias estudiantiles… Ese es otro mundo.
– Necesitamos preguntar, pero no podemos equivocarnos de a quién y cómo hacerlo.
– Así es, amigo… Veo que estás agarrando norte con esto.
Izan sonrió con perspicacia y se dispuso a retar a su compañero de aventura.
– ¿Se le ocurrirá algo a esa mente tuya, llena de subterfugios?
– Lo que te sobra de léxico, es justo lo que te falta de experiencia, amigo.
Izan volvió sonreír, mientras Ednar miraba al cielo como si esperara que le cayera algún tipo de recomendación de lo que se debía hacer. Completó todo su refresco y luego de lanzar un profundo suspiró, espetó lo que sería la estrategia ideal.
– Vamos al departamento de asistencia estudiantil, presentamos nuestras identificaciones de la universidad y decimos que estamos buscando a Laia porque tuvimos una reunión exploratoria para una organización estudiantil interuniversitaria, para desarrollar programas sociales de ayuda a los más necesitados y que el número de teléfono que nos dio no funciona… ¿Qué opinas?
La entreabierta boca de Izan era suficiente evidencia de la ofuscación que le provocaba el atestiguar la facilidad de discernimiento que para esos menesteres tenía su amigo, casi que lo visualizaba a futuro como un experto embaucador o extorsionador; hasta su subconsciente podía poner en tela de duda la viabilidad en el tiempo de su amistad y los eventuales problemas que se pudieran generar. ¡Sí!, así como Ednar tenía su indiscutible capacidad, Izan contaba con la de imaginar la contradicción acerca de todo, por adelantado.
Tomaron camino hacia el departamento de asistencia estudiantil; para lograrlo, preguntaron a una estudiante que, con toda amabilidad, les dio las indicaciones respectivas. Para llegar debían atravesar, a fin de acortar camino, el edificio de la facultad de bellas artes y humanidades. Sería ahí, en el pasillo central, que Izan se encontraría con un fino mural de madera y puertas de vidrio. Él tenía la costumbre de prestar atención a letreros, anuncios y demás papelería informativa que sobra en las calles y, más aún, en los pasillos de las universidades, y estando en un campus desconocido, con más razón lo haría. Así, unos ojos grises lo desubicarían y lo obligarían a detener bruscamente la caminata; observando con suma atención que en el mencionado mural, la fotografía de la vicepresidenta del club de artes escénicas correspondía a Laia.
Ahí estaba ella, tan sublime y despampanante como sus sentidos la percibían y proyectaban. Esos ojos, de mirada profunda, que parecían penetrarle la consciencia; lucía como si su alma estuviera presente en la fotografía.
– ¡La encontraste!
– Casi.
En eso, Izan se volteó y seleccionó a alguien de entre los estudiantes que circulaban el corredor; una chica de ojos saltones atendería a sus preguntas.
– Sí, está en el último año, pero esta semana no la he visto por aquí. Si subes al último piso podrías encontrarla; allá están los grupos de artes escénicas.
Ednar se sorprendió de la rápida reacción que a tal orientación dio su amigo. Izan agradeció la información y tomó las escaleras a paso acelerado. Ya en el último piso, se contuvo un poco. Seguramente el corazón se le había acelerado, no solo por el esfuerzo, sino por saberse a muy poco de conocer a Laia.
Recorrieron los pasillos. Entre quienes circulaban, no resaltaba su rostro. En casi todos los salones había clases y pretender buscar en ellos no sería posible si causar problemas con los docentes. No quedaba más que preguntar hasta encontrar a alguien que pudiera dar información más precisa, cosa que sin dudar haría Izan, quien para gusto de Ednar, en ese momento, proyectaba una determinación casi que milagrosa.
– Sí, claro, la conozco; pero hace días que no viene – le respondió una de las estudiantes abordadas. – Es más… Espérate.
La chica llamó a un amigo y le indagó acerca del paradero de Laia.
– No, no la he visto esta semana; tengo entendido que está enferma o algo así; no sé… Y el grupo de ella, que podrían saber más, está en una gira.
Izan agradeció la información y se apartó un poco, y es que antes no lo había notado. Ahí estaba, en la pared del fondo del pasillo, una enorme impresión digital de una escena de alguna obra de teatro montada, tal vez, en el auditorio de la facultad. Se embelesó y no supo ni escuchó más nada de lo que quedaron platicando Ednar y el par de chicos. Caminó hasta estar a unos cuatro metros de la pared y se enfocó en ella. Laia brillaba, su mirada y sonrisa parecían deslumbrar el corredor más que la luz solar que se colaba por las ventanas. Izan lo comprendió, o más bien, profundizó en lo que ya su subconsciente daba por un hecho: estaba locamente enamorado de esa desconocida; de la chica de la valla, la de los ojos grises.

- III -
DESAPARECIDA

Cuando su mirada chocó con la de aquella señora de no menos de 60 años, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Recordó cuando su abuela conseguía hacerle obedecer todo lo que ella indicara sin una sola manifestación de contradicción, con tan solo mirarlo. Ni sus padres habían podido controlar tan fácilmente sus ataques de rebeldía, como lo hacía su abuela. Y así se sentía ahora ante aquellos ojos que parecían hablarle e indagarle en cada ápice de su existencia.
Se presentó y preguntó por Laia. La señora le sonrió y miró al otro chico, que esperaba unos metros detrás. Con un gesto le invitó a acercarse. Ednar, que evidenciaba aún el efecto de la noche anterior, sentía algo de vergüenza. Ya le había pedido a Izan que pospusieran la visita solamente un día, pero la moratoria fue rotundamente negada. A pesar de que, por dentro, lo carcomía el temor y la sugestión de que las cosas podían terminar saliendo muy mal, el chico dejó que la determinación que lo había movido dentro del campus saneustaquiano, lo acompañara en lo que podía ser el último intento para conocer a esa hermosa chica de ojos grises.
El día anterior, mientras Izan se perdía en la pared con la imagen de Laia, su amigo mantuvo una breve conversación con el otro par de chicos, la cual terminó con la obtención de dos boletos de cortesía para una fiesta en una discoteca. Luego de despedirse, se acercó a Izan y lo extrajo de su profundo ensimismamiento. En principio, éste no comprendió lo relevante que debía resultar para él la novedad de contar con boletos gratis para una “feroz fiesta universitaria”, como tajantemente decían las entradas; sin embargo, Ednar tenía la respuesta contundente a la duda: allí de seguro estarían estudiantes del último año, lo que significaría mayor posibilidad de ver a Laia o saber de ella.
Y así sería, ese viernes, el dueto arribaría a Silver Nigth, una discoteca de mediano nivel, en lo relativo a ubicación y costos, muy famosa por ser una de las más atractivas para eventos...

#4

...organizados por universitarios. La feroz fiesta sería aprovechada por Ednar para buscar alguna atractiva chica, acercase y cortejarla, como era su costumbre; mientras que Izan, concentrado en su propósito inmediato, luchando contra el alto nivel de introversión que le generaba asistir a actividades que le exigían interactuar con gente totalmente extraña, incapaz de saber cómo reaccionar ante cualquier gesto o mirada insinuante o sugerente – lo que antes ya le había sucedido, siendo burdas experiencias desde sus años de escuela secundaria –; finalmente daría con alguien que, sin mucha dificultad, le facilitaría la dirección de Laia luego de una breve conversación en la que el chico, por lo menos, al concentrarse en el supuesto porqué de su imperiosa necesidad de contactar con la vicepresidenta del club de artes escénicas, sembraría algo de franqueza en quien le facilitaría lo datos necesarios. Para su fortuna, su momentáneo contacto resultaría ser, nada más y nada menos, que una de las vocales del mismo club, quien también había intentado localizar a Laia infructuosamente a su celular, pero que, por la lejanía de su residencia, ubicada en un suburbio conocido como Oporto; no se había apresurado por saber de ella; total, apenas llevaba tres días de ausencia, algo bastante común en edad universitaria y en ella, que ya antes lo había hecho.
Izan pasó el resto de la noche con más penas que glorias, porque invariablemente, en esos escenarios se dan situaciones que se pueden descartar u aprovechar, pero él siempre las descartaba todas, por más nada que su inseguridad. De su mente no salía su búsqueda de la chica de la valla, pero la realidad de su entorno inmediato estribaba en su inalienable derecho a la libertad de su edad; y, a pesar de que un par de chicas le lanzaron esa mirada que dice “acércate, háblame, pregunta mi nombre y si eres atrevido, baila conmigo”; él, ni antes y ni ahora, lograba conectar. Buscó a su amigo, se despidió, yéndose mucho antes que él.
A las ocho de la mañana del día siguiente, Izan se comunicó con Ednar para decirle que con él o sin él, iría a la dirección que había conseguido. Los intentos de su amigo por que la misión se pospusiera fueron en vano, por lo que, a pesar de estar severamente afectado por haberse pasado de alcohol en el antro, no pudo más que levantarse, darse una buena ducha y apresurarse; total, era de gran interés para él saber cómo iba a terminar la historia, máxime cuando su amigo había demostrado una repentina dosis de audacia sobre su objetivo y en lo que debía hacer para conseguirlo. Pero lo que no sabía era que ni el mismo Izan entendía por qué, así por así, sus acciones resultaban nada consecuentes con lo que él sabía era su naturaleza nada envidiable: inseguridad e introversión.
Una hora después, en las afueras de la ciudad, estaban ahí; los dos, frente a la abuela de Laia, en la puerta de su casa en Oporto, a la espera de que la autorización de entrar surgiera de aquellos labios entreabiertos, rodeados de incontables arrugas.
– Bueno, muchachos; no se queden ahí, pasen… Si dicen ser amigos de Laia, pueden pasar.
Los chicos entraron a paso lento y sin esperar más invitación. Se acomodaron en el sofá más grande de la sala. La casa lucía bastante modesta, tanto así que no parecía corresponder al estándar al que se supone pertenecen quienes estudian en San Eustaquio; por el contrario, todo el entorno, los espacios, el mobiliario; la ubicación de algunas fotografías y adornos, eran manifestación de un nivel social bastante cercano al que el par de chicos consideraba como propio. Regina, como se había presentado la anfitriona, se movía a paso pausado. Antes que todo, ofreció a sus inesperados visitantes algo de tomar o de comer, a lo que los chicos se negaron, lo que para nada impidió que un par de minutos después, sendos vasos de limonada y unas galletas fueran ubicadas en la mesa de centro. Y es que para Regina no resultaba adecuado que unas inusuales visitas se marcharan si haber probado una muestra de sus habilidades culinarias.
La plática partiría por comprender las motivaciones que los habían llevado hasta la casa de Laia. Ednar, en principio, articuló explicaciones ya acordadas sobre aquella organización interuniversitaria que se pretendía crear y de la que Laia era pieza fundamental. Pero Regina tenía una particularidad, esa predisposición ante las cosas que brindan los años y la experiencia. Laia le contaba mucho acerca de su día a día universitario, demasiados asuntos; y nunca había mencionado algo acerca de una agrupación de alcance interuniversitario.
Entonces, Izan, que no quería que el primer acercamiento con la familia de su amor platónico se sostuviera en una mentira, por muy tonta e irrelevante que resultara; y movido por aquella sensación incongruente que no se correlacionaba con nada de lo que, para él, era su propio yo; dispuso hablar con la verdad, por muy ingenuo o estúpido que pareciera. Fue honesto y reveló su aventurada posición, a riesgo de parecer un chico con comportamiento propenso al acoso o al fisgoneo.
– ¿Te enamoraste de una chica que solo has visto en un aviso publicitario?
Izan tragó en seco, miró a Ednar, quien no podía ocultar su sorpresa ante el inesperado ataque de honestidad de su amigo. Luego, habló.
– Estoy siendo honesto, señora Regina… Y es por eso que durante estos días he hecho todo lo posible por encontrarla y conocerla.
– No dudo de tu honestidad, niño; solo me deslumbra tu determinación y la naturaleza de tu historia.
Regina volteó su mirada hacia las fotografías que adornaban la parte superior de un aparador de mediana altura. Sonrió levemente, su semblante sugería un estado de melancolía inexplicable para cualquier desconocedor del contexto que la envolvía.
– Ella no está aquí, hijo; hace 3 días que no sé nada de ella… Saben, ya antes se había ido, una vez que tuvo un ataque de liberación… Quería entender algo de la magia o la tristeza de este mundo por su cuenta, y la dejé.
Regina se levantó y caminó hasta el aparador y tomó una foto de Laia, en la cual tendría unos 15 años de edad.
– Cuando volvió estaba tan madura, parecía que hubieran pasado años y tan solo fueron 5 días.
Los chicos intercambiaron miradas, lo que la mujer les contaba parecía algo fuera de cualquier concepción medianamente normal de la relación entre un adulto y su prole. “¿Laia simplemente decidió irse por 5 día y ya?”, era una de las dudas que les surcaba la mente.
– Luego me avisó que se iría casi por semana y media en unas vacaciones de verano… Me asusté, pero la dejé… Y cuando volvió la sentí más segura de sí misma, compenetrada con sus deseos y sueños.
Izan no aguantó, la historia le resultaba inadmisible, para nada fácil de digerir.
– ¿Ella se iba así porque sí, y ya?
– No, mi amor, naturalmente no; ella me advertía sobre su decisión y hasta me llamaba para no tenerme preocupada… Pero en esta ocasión todo ha sido diferente, simplemente se fue y no logro localizarla. He llamado a sus amistades más cercanas y no saben nada de ella, incluso Zoe, que es su mejor amiga, no pudo darme noticias… Bueno, aunque no hace mucho que se fue a una residencia artística de tres meses.
– ¿Y la policía? – inquirió Izan, confundido; tratando de reorientar la conversación hacia Laia.
– Hablé con ellos ayer. Tomaron el reporte, pero como les conté esta misma historia, no le han dado mucha importancia y me dijeron que, si no tengo novedades para la otra semana, entonces darán una alerta.
– Que hijos de…
Izan calló a su amigo, no lo dejó terminar la frase cargada de emotividad que podría resultar irrespetuosa para Regina. Sin embargo, ella sonrió y afirmó con un “así es” la cercenada expresión. Y entonces, contó otra parte de la historia.
A los 12 años Laia perdió a su madre por culpa de un chofer de autobús que se jugó las de corredor de carreras y perdió el control en una curva de la autopista oeste. El aparato se volcó y dio una incontable cantidad de vueltas, primero sobre el pavimento y luego por una ladera de más de 30 metros, donde finalmente fue apañado por una enorme roca que, tres años antes, se había deslizado mientras caía una fuerte tormenta de varios días, cayendo sobre una casa de una familia de escasos recursos que había invadido, junto a otro grupo de precaristas, un enorme terreno baldío, dando vida a un asentamiento informal. Los cinco miembros de la familia murieron aplastados por la enorme roca y, posterior a la tragedia, las autoridades, que tenían años sin hacer nada o muy poco para reubicar a los habitantes del lugar, al fin encontraron dónde y cómo, y desaparecieron el asentamiento, pero no la roca, la cual daría la estocada final a más de una vida en ese autobús, incluyendo la de la madre de Laia.
Para muchos se visualizaría como insuperable un trauma de semejante magnitud. A los 12 años existe ya una profunda concepción de la vida y la muerte, así como del dolor que esta última alcanzaría a generar en una persona. Pero Laia siempre tuvo a Regina, su única abuela viva y a una tía, Alana; quienes fueron su sostén y nueva familia, ellas le ayudarían a recuperarse y continuar.
– Me preocupa el no saber nada de ella aún… Tal vez quiso irse sin decirme, pero dudo mucho que también optara por ni siquiera llamarme para sacarme de esta intranquilidad.
Regina se acomodó frente a Izan y le clavó una mirada profunda, que bien podría mezclar lo misterioso con lo inquisidor. Él percibió que esos negros y brillantes ojos, que sobresalían con firmeza, opacando hasta la más leve de las arrugas de su rostro, hurgaban en su interior, buscando algo que él ni siquiera podía imaginar.
– Pero tú estás aquí, Izan; tú has venido a darme algo de tranquilidad.
– No le entiendo – respondió el chico, con evidente desconcierto.
– Laia es muy especial y tal vez tú también lo seas.
Ednar, que prestaba atención al diálogo, paseó su mirada por el rostro de ambos, buscando entender lo que ocurría. Como le era imposible, se levantó con...

#5

...intención de decir algo que marcara ya el cierre del improvisado encuentro; pero Regina no le permitió ni siquiera empezar a hablar.
– Siéntate, hijo; termina el jugo y tus galletas… A una señora como yo no se le hace un desplante de esa clase.
Regina calló por uno segundos, mientras esperaba que Ednar volviera a sentarse. Luego posó su mirada en Izan, ahora con una proyección más penetrante.
– Esperen un momento, ya vuelvo.
– ¡Está loca! – espetó Ednar en baja voz, luego de constatar que la mujer había desaparecido por el corredor.
– No lo sé… Es rara.
– Deberíamos irnos, Izan; larguémonos de aquí.
– No, aún no; quiero saber lo que…
Regina apareció en el fondo del pasillo. Se acercaba a paso un tanto más apresurado, con la mirada fija en Izan. Al llegar, le regaló una sonrisa bastante cordial, como si la presencia del chico le satisficiera de alguna incompresible manera. Se acercó más, a pocos centímetros de él; le tomó la mano y le puso en la palma un anillo de plata con una línea dorada en alto relieve.
– ¿Y esto?
– Tómalo, llévalo contigo… Era de mi hija…
– Pero, no entiendo.
– Es una joya que Laia conserva con mucha solemnidad.
– ¿Y por qué me la da?
Regina le cerró con fuerza la mano, haciendo que el chico sintiera como el metal se incrustaba en su epidermis. Lo miró con ojos lacrimosos, casi que suplicantes. Mordió sus labios, no quería llorar; y mucho menos que la voz se le quebrara.
– He visto dentro de ti, Izan; tu consciencia, lo que muchos llaman alma… Hoy lo he visto y sentido; eres más de lo que crees.
La mujer se apartó y dio la vuelta, no estaba dispuesta a que su interior quedara aún más expuesto ante el par de chicos que, sumidos en el desconcierto, no terminaban de cavilar acerca de la singularidad de lo que acontecía.
– Llévalo, y si me equivoco, cuando quieras puedes devolvérmelo; aquí estaré. Ahora, salgan de mi casa… Váyanse.
Ednar no dudó en abrir la puerta e incitar a su amigo a que salieran rápido, pero Izan estaba en otro universo, repleto de dudas e imprecisiones, su mente horadaba en la necesidad de entender, así fuera un poco, las motivaciones de Regina y el contexto de lo acaecido durante el breve y enigmático encuentro; pero no había manera. Abrió su mano, observó con detenimiento el anillo; volvió a apretar el puño y, luego de escuchar un portentoso “¡lárguense!”, atendió a los llamados de su compañero y salió. Por su lado, Regina se movilizó aún más rápido que antes y cerró la puerta con fuerza.
Afuera, Ednar circuló por una vereda hasta la orilla de la calle, mirando a ambos lados. Izan se detuvo a mitad de camino y se volteó; pudiendo apreciar la silueta de Regina que, desde una de las ventanas, los observaba. En eso un taxi pareció caer del cielo y el par de aventureros abandonó el lugar.

- IV -
EL PANTANO

Al fin de semana siguiente ya muchas cosas raras le habían sucedido a Izan. Antes de que decidiera seguir el paso a las sugestiones de su amigo, de ir tras la chica de la valla y terminar en ese raro encuentro con la abuela Regina, en más de una ocasión aquellos ojos grises y el bello rostro que iluminaban habían aparecido en sus sueños, hablándole, atendiéndole y hasta correspondiéndole como él deseaba y quería; sin embargo, posterior a la visita a la casa en Oporto, tales manifestaciones se hicieron más contundentes y reincidentes. Laia apareció en los sueños de Izan cada noche desde ese sábado, en episodios en demasía extensos para lo que comúnmente se entiende como un sueño. El chico llegó a creer que su ensimismamiento con su amor platónico lo estaba controlando y consumiendo en todos los sentidos. No obstante, tal escenario le resultaba placentero, no podía negarlo; poder sentir tales emociones nocturnas, con tan amplio grado de realismo y control, de seguro resultaría envidiable para cualquiera. Prácticamente convivía cada noche con Laia, puesto que no sólo la veía o escuchaba, sino que interactuaba con ella, sentía que la acompañaba a la universidad, su casa y a lugares que parecían borrosos y que su mente percibía como reales. Más que sueños, parecían construcciones pensadas; su inconsciente maquinaba escenarios y estructuraba argumentos que nadie podría creer; ni Ednar, que al escucharlo se golpeaba la frente y agarraba los cabellos, como si delante de un desquiciado se encontrara. Sin embargo, lo entendía; Izan estaba sumido en un contexto complicado, donde sus intentos por acercarse, conocer y arriesgarse de frente a sus sentimientos, parecían ser repelidos por fuerza superiores, como si las reglas existenciales operaran para evitar la realización de sus deseos; y vaya que tal cosa no podía ser obviada, contando con la experiencia, personalidad y demás particularidades de la vida de Izan.
Al fin de semana siguiente, muchas cosas raras habían sucedido, una de ellas sería la noticia que llevaría a que el detective Tovar apareciera en escena justo cuando el sol caía e iluminaba con aún más magia esa valla publicitaria donde Laia Versalles se hacía de un esplendor indiscutible y cautivante.
– ¿Izan Bustamante?
– Sí, soy yo – dijo el chico que, desde su asiento en las gradas del campo de juego, observaba el rostro de Laia en la valla.
– Soy el detective Boris Tovar y necesito hablar con usted.
– Sobre ella, ¿verdad? – atendió, señalando con la mirada a la chica.
Tovar también posó la mirada por algunos segundos sobre el rostro de Laia, lanzó un leve suspiró, y luego volvió su atención a su joven interlocutor.
– Justamente… Es sobre ella… Fuiste a su casa hace algunos días. Necesito saber por qué.
– ¿Quiere escuchar la versión larga o la resumida?
– Me quedo con la larga, Izan; tengo tiempo.
El chico volteó su acongojado rostro hacia el detective, de más de metro ochenta de estatura, cuerpo esbelto, cabello rizado, ojos negros y piel morena.
– Fui a su casa a buscarla, señor; pero no estaba.
El tono de voz de Izan, así como su mirada, denotaban una complejidad de sensaciones no correspondientes con la situación, de acuerdo los criterios de Tovar, por supuesto. Él estaba claro en que Izan no la conocía, nunca le había hablado; pero lo que no sabía es que interactuar con Laia resultaba, para el chico, en un deseo de grandes proporciones. No obstante, esa inconcebible manifestación de angustia que percibía, era de nula compresión para él y para cualquier otro que no conociera sus circunstancias y motivaciones.
– ¿Y por qué? – le preguntó, buscado suavizar su gruesa voz.
– Porque estoy enamorado de ella – sentenció, luego de un profundo suspiro.
Dos días antes de este inesperado encuentro, los medios noticiosos se hicieron eco de una desgarradora noticia. Los restos de un cuerpo calcinado habían sido encontrados en un pantano, a poco más de dos horas de la ciudad, por unos residentes de los alrededores, que estaban buscando unos animales perdidos. Los ganaderos no solo encontraron sus dos rumiantes, atorados y ahogados, ya medianamente consumidos por las aves de rapiña; sino una bolsa de plástico que se asomaba sobre la superficie del fétido líquido que no calificaba para ser denominado agua. Entreabierta ya por los picotazos de los rapaces, los hombres hurgaron en el contenido e identificaron restos de ropa y huesos. Los noticieros se encargarían de informar, gracias a sus fuentes inmediatas y de entero crédito que, de acuerdo a las primeras pesquisas, los restos podrían pertenecer a la joven Laia Versalles, reportada como desaparecida, días antes.
Cuando Ednar se comunicó con su amigo, ya Izan era conocedor del terrible suceso; él tenía por costumbre seguir a los medios noticiosos, más a través de las redes sociales que por los vehículos tradicionales. Casi está de más decir que Izan estaba devastado; él mismo no podía comprender el nivel de desconsuelo que le invadía tal inesperada alteración de la realidad. La chica de la valla estaba muerta, su chica de los ojos grises.
Contó los detalles de una historia que, evidentemente, estaba cargada de aspectos románticos, muy juveniles, que le resultaron incluso algo graciosos al detective Tovar; sin embargo, la naturaleza del enamoramiento de Izan generaba indiscutible interés. ¿Cómo enamorarse tan profundamente, así, de la nada, de una persona apenas conocida por un aviso publicitario?
– ¿Necesitaré un abogado?
Tovar sonrió, apenas trataba de cavilar acerca de la rara e interesante historia escuchada.
– No, hijo; no eres sospechoso; al menos no por ahora; además, la abuela de Laia habló de ti como si te conociera de toda la vida… Sólo haznos un favor, sigue tu vida normal y no te vayas de la ciudad, ¿de acuerdo?; hay un monstruo allá afuera y lo vamos a atrapar.
El lunes del funeral de Laia, 12 días después de haber conseguido su nombre e inservible número telefónico, el mundo de Izan finalmente colapsó. Junto a Ednar, hizo acto de presencia, siendo bien recibido por Regina, que trató a los chicos con un cariño casi que familiar, particularmente al enamorado de su nieta. Aún ese día, él no podía creer nada de lo que había vivido y mucho menos aceptar que la chica de la valla estaba muerta. En el sepelio también estaba el detective Tovar, que, con mirada inquisidora, observaba a todos los asistentes, evidentemente buscando cualquier actitud, mirada, gesto o movimiento sospechoso. Está dicho que la mayoría de los autores de crímenes horrendos y sin móvil identificable, asisten a los entierros de sus víctimas para sentirse satisfechos, siendo testigos de la última fase de su tarea. Pero Tovar se iría sin nada relevante. Si estaba ahí, podía ser cualquiera, tomando en cuenta el cúmulo de estudiantes y profesores presentes.
Al final del servicio, Regina se acercó a Izan, de la mano de su otra hija, y lo abrazó; más bien, se abrazaron con regocijo. Ednar y Alana no entendían ni el estado actual ni los precedentes de semejante nivel de empatía. La mujer haló el chico a un lado, para conversar en privado.
– ¿Cómo has estado? Terrible, ¿verdad?
– No sé ni cómo explicarme, señora.
...

#6

...
– Llámame Regina, hijo… Y disculpa la forma en que los eché de la casa ese día; pero debía hacerlo así.
La mujer sonrió, lanzó un suspiro condescendiente al chico, quien tenía razón de aún no estar claro en las motivaciones detrás de su raro proceder para con él.
– ¿La has visto? – le preguntó, aportándole un tono de ultratumba a la expresión.
Izan tragó en seco, por unos segundos no comprendió la relevancia o alcance de la pregunta. En principio le sonó como una locura generada por una mente delirante, pero luego interpretó que tal duda iba más allá de lo que comúnmente se entiende como “ver a alguien”.
– Todas las noches aparece en mi mente, no me deja… Sueño con ella, pero más que eso, la percibo como…
– Como un espíritu viviente – asentó Regina.
– No sé lo que quiere decir con eso… Pero hablo con ella como si fuera real, como si viviera dentro de mí…
– Tal vez es así.
– ¿Y por qué, Regina?, ¿por qué viviría ella en mí?
– Por la misma razón por la que un chico de un corazón tan inocente como el tuyo, se enamoraría de alguien que aún no ha escuchado, ni conocido, ni presenciado.
– No lo sé; no lo entiendo – respondió Izan, luego de algunos de silencio y superficial introspección.
– Pues cuando tengas más claro el panorama, sabes dónde vivo.
Y se marchó, dejando en el ambiente y en la mente de Izan, un terrible haz de confusión.
Esa noche, antes de dormir, buscó en su computador la fotografía que tomó al aviso publicitario de Laia; con detenimiento, se concentró en cada detalle, pero con más profundidad, en esos ojos grises que le agitaban el interior y le sacudían los sentidos como nada en su corto andar en el mundo. ¡La amaba!, y era tan consciente de aquello, que sus ojos se anegaron en lágrimas, esas que no liberó ni cuando se enteró de la aparición de sus restos, ni en el funeral. Lloró y sintió dolor. Lo concebía como algo inexplicable, y aunque lo parecía, no lo era; Izan había perdido a su amor y eso, como muy raras cosas en la vida, duele profundamente.

- V -
EL MURAL DEL RECUERDO

Muchas cosas raras seguían sucediendo en la mente de Izan, particularmente en sus sueños que, estando ya intensificados desde la noche inmediata a su visita a la casa de Laia, parecían recrudecerse en su contexto y detalles, luego de que encontraran sus restos en el pantano y se diera el sepelio. Él la recibía todas las noches, unas veces con más ímpetu que otras. En ciertas ocasiones, se percibía como un sueño común, una elucubración sencilla y tolerable del inconsciente, solamente que con una reiterativa protagonista principal; no obstante, en otras sentía que interactuaba con ella de una forma tan contundente que, al despertar, concebía que lo que su mente le mostraba no eran más que recuerdos de una realidad vivida en algún momento; y eran estas expresiones tan intensas, las que más impacto le provocaban; plasmándose en su memoria como categóricos retratos de lugares, hechos y situaciones que ambos compartían, ni que en carne y hueso se tratara.
Más, una nueva creación tomaría forma en esas imágenes nocturnas; un rostro masculino, de más de 40 años, ojos marrones, adornados con unas pobladas cejas; nariz aguileña, pelo lacio, también marrón y piel casi rojiza. La sorpresiva y desconocida fisonomía también se hizo reincidente, no tanto como Laia; pero cuando aparecía, generaba en el chico una combinación de sensaciones que se conjugaban en un solo deseo: el querer despertar.
¡Delirante!, así calificó Ednar la realidad de su amigo en la medida que fue siendo parte de aquellas manifestaciones mentales que padecía, noche tras noche, ni que de un castigo de la consciencia se tratara.
– Terminarás en un siquiatra, ¿lo sabes? Mira que tus padres se asustaron con eso de que la policía te haya interrogado sobre la muerte de Laia y no se quedaron más tiempo porque tú les insististe que regresaran. Así que, si das señales de locura, aquí los vas tener… Cuidado y hasta se mudan y, créeme, cargarán contigo donde un maldito loquero.
– No sé qué hacer con todo esto, amigo.
– Olvidarlo, ¿qué más?... Te enamoraste perdidamente de una chica que nunca has conocido ni conocerás; no hay nada que puedas hacer al respecto; es algo que ni siquiera empezó; así que corta y sigue.
– No resulta tan sencillo como lo dices. No paro de soñar con ella, es como si su espíritu se hubiera ensañado conmigo.
– ¿No me digas que te crees las cosas que dice esa doña?
– Sé que suena estúpido, pero es lo que siento… Creo que necesitaré un loquero.
– Lo que necesitas es salir, hermano, y dejar de ser niño de una buena vez.
Ednar se levantó, lucía medianamente ofuscado, la situación superaba con creces lo que él estaba dispuesto a tolerar. Dio un par de vueltas por la vereda de la plaza oeste del campus, donde había encontrado a Izan, sumido en sus pensamientos, con la mirada en la nada. Al verlo así, sabiendo de antemano acerca de lo que su amigo divagaba, se acercó dispuesto a escuchar y a proponer una salida a la tribulación, así resultase poco mesurada.
– No me friegues, Ed, ¿ahora vas a acordarte de eso?
– No te jodo; además, ya teníamos un acuerdo; y creo que es hora de nuestra iniciación.
– ¿Hablas en serio?
– Me conoces, ¿no? ¿Qué te dice tu consciencia?
– Estás loco… ¿Justo ahora? No estoy para eso.
– ¿Estás de luto acaso?; ¿se murió tu novia?
– ¡Claro que no! – replicó Izan, luego de un par de segundos de reserva, con algo de vacilación en su voz, pero mirando con serenidad los ojos de su amigo.
– Entonces piénsalo, tal vez el momento es justamente este… Me confirmas como a las ocho; pero te digo algo, si decides no hacerlo, romperé nuestro pacto e iré sin ti.
– ¿Me estás coaccionando? – arguyó Izan, con una leve sonrisa y un tanto más animado.
– Contigo a veces hay que hacer las cosas así, y lo sabes bien.
Esa noche, luego de pensar y analizar acerca de la propuesta de su amigo, Izan cedió ante la posibilidad de lo singular y el anonimato. Algo le estaba garantizando Ednar con su alocada sugestión: despejarse, escuchar música, tal vez pasarse de tragos – como tenía mucho tiempo de no hacer –, atestiguar de cerca la variedad y fascinación del encanto femenino y arriesgarse a hacer algo que no dependía tanto ni de sus capacidades ni temores ni predisposiciones. El club nocturno Stand Fire, en el centro de la ciudad, sobre una estrecha calle cercana al casco antiguo, de no muy buena fama, pero hartamente frecuentada por propios y extraños, sería el submundo donde la complicada y poca emocionante vida de Izan buscaría dar un salto importante, aunque no tan trascendental, existencialmente hablando. Allí, una bella pelinegra de verdes pupilas y tersa piel, se enfrascaría en la tarea de hablarle al oído, respirarle en el cuello y taladrarle los sentidos con su aroma y coquetería; pero no conseguiría disuadirlo. Que no se dude que Izan lo intentó; incluso, supuso que lo correcto era hacerlo, convencerse definitivamente de aquello; seguir las voces y pasos de Ednar; aunque en su consciencia no le pareciera. Finalmente, no lo consiguió; sentiría en las terminales nerviosas de sus dedos la delicadeza de esa piel; sus sentidos se alterarían, más no lo suficiente. Izan, para decepción de su amigo, terminaría esa aventura nocturna siendo el mismo.
Las dos noches siguientes no volvería a ver a Laia en sus sueños, no hasta la madrugada del lunes, cuando despertaría ahogado en su propia respiración, expeliendo espeso sudor por cada poro de su piel; sumergido en terror e impotencia. Esa madrugada, cual manifestación de culpa insostenible y castigo inmerecido, la vería arder y morir. Y él sería, inexorablemente, ese rostro de los ojos marrones.
En la mañana del lunes, ya en el campus, se encontró con Ednar, hablaron un rato de la experiencia en el Stand Fire y de la extraña combinación de sensaciones que le contuvieron, aún a pesar del entorno y de su disposición a cumplir el pacto de amigos. Claramente, Laia, a pesar de estar muerta, le acaparó los sentidos. Para Ednar, su amigo le había fallado; “no se puede traicionar a un espíritu o idea de una persona muerta, por más amor que se diga sentir”, le dijo; pero para Izan no se trataba de eso, si no de esa rara compenetración de él para con la chica de la valla.
– Y hablando de la valla, ¿cuándo rayos van a quitarla?
– Ayer hablé con Regina y me dijo que la publicitaria…
– ¿Cómo dices? – inquirió con exasperación Ednar, interrumpiéndolo. – ¿Has vuelto a llamar a esa señora?
– Pues sí, qué más.
– Vamos, Iz; así no hay cuando terminar con esto.
– En fin, me dijo que está peleando con la publicitaria y que se comprometieron a buscar una solución; pero que un contrato es un contrato y que no existía ninguna cláusula de exclusión por motivo de defunción de la modelo.
– Carajo, Iz; eso te condena a seguir viéndola cada día y profundizar tus delirios.
En eso, el celular de Izan timbró, era un número desconocido. Al contestar, la voz al otro lado se identificaría como Samay, la vocal del club de artes escénicas que Izan conoció en la “feroz fiesta universitaria” en el Silver Nigth, y que le facilitó la dirección de la casa de Laia en Oporto. Esa noche, Izan le dejó su número de teléfono, a fin de que le pudiera avisar cuando Laia apareciera. Tristemente para todos, sería encontrada en terribles circunstancias. Ahora, Samay se comunicaba para otra cosa: invitarlo al acto de recordación de su amiga y colocación oficial de un mural del recuerdo, lo que se haría al día siguiente, en la mañana, en el pabellón central de la facultad.
– No te acompañaré a eso.
– Vamos, no me hagas esto.
– No entiendes que eso no te hará ningún bien.
– Tienes que ir conmigo. Además, tú tienes en parte culpa de todo esto. Tú me empujaste a hacer todo por encontrarla, así que no vas a dejarme solo ahora. Me acompañarás y eso no tiene discusión.
Ednar respiró hondo, miró al techo de la cafetería y asentó con un gesto. No le quedaba de otra, eran amigos y los verdaderos lo son en todas las circunstancias y condiciones.
...

#7

...
El acto de recordación en el pabellón saneustaquiano de la facultad donde estudiaba Laia Versalles fue presidido por el rector y por la decana de bellas artes y humanidades, quienes se lanzaron sendos discursos acerca del valor de la vida, la esperanza, los sueños y aspiraciones de la juventud, la búsqueda de una sociedad libre de violencia, la igualdad de género y la violencia contra la mujer por el mero hecho de serlo; y es que, a ese punto, lo que se sabía de las investigaciones es que se buscaba a un escurridizo y perspicaz femicida, un asesino cuyo único móvil es el odio a la mujer. También dio sus palabras la presidenta del club de artes escénicas y otros estudiantes que, con lágrimas y voz entrecortada, hablaron cosas hermosas sobre la personalidad de Laia, sus sueños, compromisos y gran talento. Hasta el mismo Ednar sintió como sus ojos amenazaba con llorar ante tan honesta manifestación de compañerismo entre los estudiantes de la facultad.
Poco más de cuarenta minutos después, el acto terminó con la develación formal del mural del recuerdo, en el cual se ubicaron fotografías de Laia, la mayoría tomadas en sus presentaciones y otras facilitadas por su familia. También se adecuó una mesa para colocar velas diurnas y una barandilla para acomodar flores. A Samay le recaería la responsabilidad de velar por el mantenimiento del mural hasta que correspondiera su remoción a final de año, luego de lo cual se ubicaría una foto de Laia en el Gran Salón de Estudiantes del campus, donde se colocan retratos de egresados exitosos y de estudiantes que lo merezcan, debido a su trayectoria, relevancia o motivaciones para la recordación, y por supuesto, que Laia resultaba merecedora de un lugar en esas enormes paredes entre las cuales, cada generación recibe sus diplomas y dice adiós a su alma mater.
En ese mural, Izan concentraría toda su atención en cada una de las fotografías seleccionadas para honrar la memoria de la chica de la valla. El arquetipo de santuario estaba montado sobre toda una pared que previamente había sido cubierta con una base de papel manila de color rosa claro, ataviada con decoración sencilla, pero atractiva y, según Samay, muy de Laia. Sobre las fotografías, se apreciaba la frase “vivirás por siempre en el corazón saneustaquiano y serás la luz de todos”. Más al centro, una expresión más dada a lo sexista de las razones de su asesinato hacía eco del sentir, no solo de las estudiantes del campus, sino de miles o millones de mujeres acosadas, abusadas y casi matadas alrededor del mundo: “ni una más, si tocas a una, nos tocas a todas”. Al mismo Ednar se le estrujó el pecho al interpretar y concebir el alcance de tales argumentaciones.
Mientras Izan observaba las fotografías, su amigo se apartó un tanto con Samay a conversar, más que nada, de lo raro del comportamiento del enamorado. Entre las imágenes se apreciaban un par que correspondían a la fiesta de quince años y otra de sus dieciocho. En la primera, la chica lucía un hermoso vestido de tonalidad rosa pastel, de la mano de un ramillete de flores que no opacaba para nada su deslumbrante sonrisa, clara previsión de lo que ella encarnaría unos años después. Y sí, como no preverlo desde los quince, si en la segunda foto se revelaba la maravilla, belleza absoluta; manifestación sublime del encanto y lo que cualquier pretendiente consideraría como perfección femenina a tan floreciente etapa de la vida.
– Nos vamos, amigo – señaló Ednar, acercándose un tanto a Izan.
Respondió afirmativamente, sin embargo, no dejaba de observar las fotos, no podía irse sin grabar en su memoria algo de cada una de esas imágenes que destacaban momentos inolvidables de la vida de Laia, como bocetos de una historia tan viva como la de cualquiera de sus sobrevivientes. Y ahí, entre la pléyade de momentos seleccionados por Samay y los demás artífices del mural, una fotografía de Laia en un escenario, tomada desde tras bastidores hacia el público, en donde interpretaba algún personaje de proyección fuerte, que discutía o espetaba algunas líneas de articulación imponente sobre otro, en este caso masculino; resaltaba claramente en el fondo, la primera fila, la de los que en ese preciso momento contaban con la privilegiada posición de apreciar de tan cerca todo lo que Laia dejaba de sí misma en escena. Y seria justamente allí, en esa fila, donde Izan fijaría su mirada y sucumbiría ante lo inconcebible. Sus párpados se abrirían tanto como nunca, sus ojos buscarían escapar de sus órbitas; su boca daría paso a un soplo de pavor y estupefacción; y un calambrazo le cruzaría la espalda desde la base de la nuca hasta el coxis.
El evidente cambio de semblante del chico despertaría ipso facto el interés de Ednar, que lo agobió con querer saber lo que sucedía. Pero Izan no se desconectaba de la fotografía, no apartaba su mirada de ese rostro sonriente que, a pesar de verse más pequeño debido al ángulo del fotógrafo, era claro e inconfundible.
– Pero qué rayos… – articuló Izan, sin conseguir terminar la expresión.
– ¿Qué pasa, Iz?
– Es él, el que aparece en mis sueños; el hombre de los ojos y cabello marrón.

- VI -
LA AUDICIÓN

Unas tres semanas antes de su repentina desaparición, Laia Versalles se acomodaba en una sección abierta del campus saneustaquiano a darle la primera leída a un guion que le habían entregado a primera hora de la mañana. Unos minutos después, habiendo apenas ojeado las primeras páginas, su nombre resonaría en derredor gracias a los incesantes alaridos de Zoe, que se acercaba corriendo, despavorida, con una enorme sonrisa dibujada en el rostro y un brillo incandescente en la mirada, de esos que revelan que la emoción carcome las entrañas con imparable ahínco.
Si Laia contaba con reconocimiento y trayectoria en sus menesteres, Zoe aún más. Juntas eran consideradas el dúo demoledor de la facultad. Conseguían los mejores papeles y calificaciones, eran líderes innatas; proyectaban un talento abrumador y prometedor y, para completar, eran las mejores amigas.
– ¡Me aceptaron, Laia; me aceptaron! – dijo, mientras que, literalmente, se lanzaba sobre su amiga.
– ¿En serio?
– Sí, me aceptaron… Beca completa para residencia de tres meses… Me voy en unas tres semanas.
Las chicas se abrazaban, gritaban, reían; quienes circulaban por el área observaban con sorpresa y desconcierto la jocosa escena.
– Me alegro por ti, Zoe; en serio, es… Es… No puedo creerlo…
– Sí, yo tampoco… Por Dios, mis padres se morirán cuando se los cuente, creo que ellos querían esto hasta más que yo.
Y más risas resonaron en esa sección del campus. Zoe Del Prado obtenía los réditos de su esfuerzo, compromiso, dedicación y perseverancia. Tanto ella como Laia estaban metidas de cabeza en sus sueños y aspiraciones, sabían lo que querían y cada paso que daban era en pos de eso, ser las mejores. Dichosos aquellos que aun siendo tan jóvenes e iniciados en lo que a experiencia de vida se refiere, tienen la seguridad de lo que quieren y, contando con irrestricto respaldo de quienes les preceden, concentran su energía y determinación en ese objetivo.
– ¿Y tú?, ¿qué hay de lo tuyo?
– Dijeron que en dos semanas comunican quiénes pasan a la entrevista.
– Tú estarás ahí, ya verás.
– Créeme, no lo estoy dudando.
Algunos días antes de que Zoe partiera a su residencia artística, Laia recibió en bandeja de correo electrónico una muy esperada comunicación. Debía reunirse, en el campus, con un representante de una productora internacional ante la cual ella había presentado su candidatura para un papel secundario en una producción cinematográfica independiente. El proceso para la audición era engorroso, pero entendible, dadas las interioridades del proyecto. Primero, todos los interesados debían enviar un portafolio de fotografías, tanto personales como de actuaciones ya realizadas, así como un currículo. Quienes, a virtud de los convocantes, cumplieran no solo con el perfil básico del personaje, sino con el valor agregado que siempre se busca y se espera; serían entrevistados y, de superar dicha etapa, conocer al líder del proyecto y hacer la audición final.
Para lo anterior, recibiría a Scott Dolande, emisario de la productora Star House, una casa cuya existencia, hasta el momento de darse por enterada de la convocatoria, Laia desconocía; pero que se presentaba como una nueva oferta para el cine independiente de bajo y medio presupuesto, una “apuesta para los nuevos talentos, en un mundo cinematográfico altamente competitivo”. Así, tal planteamiento sería visto como una oportunidad y no se perdía nada con hacer el intento.
– Hola, soy Scott, un gusto; gracias por recibirme.
– Hola; el gusto es mío, más que nada.
Ambos tomaron asiento en una de las zonas internas de recreación y descanso de los pasillos de la facultad.
– ¿Crees que sea buen lugar para conversar?
– No hay problema, a esta hora la mayoría están en clases.
– De acuerdo.
– Bien, nuestra conversación es más bien para ver como interactúas, conocerte más allá de tu currículo, que es muy interesante; y de tu portafolio, que también es supremamente atractivo.
Laia se sonrojó un tanto, pero no pudo evitar que una sonrisa de satisfacción se le dibujara en el rostro.
– Gracias.
– Qué se puede hacer, la verdad es la verdad… Pero bueno, analizando todo el potencial que has demostrado desde tus años escolares, no es por gusto que una facultad de artes tan cotizada, como la saneustaquiana, te haya becado con el 80% de la colegiatura más los valores agregados.
– ¿Qué quiere decir con eso? – interrumpió la chica, un tanto confusa.
– Que solo he venido a decirte en persona, algo que pude haberte dicho por correo; pero que no me parecía justo hacerlo así.
Scott hizo una breve pausa, simplemente para observar como las facciones del rostro de Laia mutaban de confusión a expectativa.
– Estás dentro del proyecto. Te estaré confirmando fecha de reunión con el productor ejecutivo y dueño de la productora en los siguientes días.
Laia se ahogó en su silencio...

#8

Laia se ahogó en su silencio, sencillamente no podía creer lo que escuchaba. Así de simple no podían resultar las cosas. Scott notó que su interlocutora sucumbía ante lo desconcertante del instante y de la noticia, por lo que supuso que debía sacarla del sopor, pero con algo de jocosidad y emoción.
– Vamos Laia – espetó con una enorme sonrisa en el rostro –; te vas a quedar callada ahora… No lo podría creer. ¡Vamos!
– ¿Y la prueba final?, no me han visto en acción.
– Pues lo que sabemos ya es suficiente. Estás dentro; el papel es tuyo.
Un par de noches antes de la partida de Zoe, ambas decidieron celebrar las buenas nuevas que compartían, se trataba de oportunidades únicas, que marcarían sus vidas para siempre. Lo que Zoe no imaginaría es que, estando tan lejos, su madre le llamaría para informarle que su entrañable amiga, que tenía varios días sin recibir ni transmitir comunicación alguna, había sido encontrada brutalmente asesinada. Ella, desesperada, dispuso tomar un avión de urgencia, pero su madre y Regina, que muy bien la conocía, la convencieron que no lo hiciera, que no había razón, que solo le serviría para sufrir y que lo Laia más querría en vida, es que terminara su residencia y siguiera luchando por sus sueños. Y la convencieron, no le quedaría más que esperar para volver y encontrarse solamente con la lápida.
Un día antes de dejar su casa sin decir nada a Regina, Laia Versalles fue convocada a una reunión importante en un fino hotel del centro financiero de la ciudad. Debía encontrarse con Lucas Roldán, fundador de Star House y productor ejecutivo del filme. Sin decir nada, guardándose un poco más la gran noticia, salió de casa muy bien arreglada, indicando que iría a una conferencia. Ya en el hotel, contando con las previas indicaciones de Scott, simplemente atravesó el lobby hasta uno de los ascensores y subió al piso 35. Claramente, a pesar de su emoción ante su inclusión en el proyecto, no cesaba de inquietarla lo inusitado de las circunstancias, puesto que haber sido sumada sin concretar lo que para ella y su mundo artístico se entiende como audición, no le parecía aún del todo convincente. Pero ahí iba, dispuesta a conocer al líder del proyecto y a los demás miembros del elenco.
En el piso 35 se explayaba un enorme restaurante con un ventanal que otorgaba a todos los comensales una esplendorosa vista de la ciudad y sus enormes rascacielos de concreto y cristal; más la cita no era ahí, sino en uno de los 5 salones de variados tamaños, que para fiestas y reuniones ofrecía el hotel, evidentemente, los más costosos de las instalaciones, dada la altura y el horizonte que cada uno podría ofrecer. Minutos después, atravesando un amplio corredor posterior al restaurante, Laia ubicó el salón Costa, al que entró luego de detenerse unos segundos y respirar la última bocanada de aire, esa que debe ayudar a fortalecer la confianza en uno mismo.
Al entrar se llevaría una confusa sorpresa; en el salón, de mediano tamaño, en el cual se acomodaban cuatro mesas circulares con siete puestos cada una, no se encontraba nadie más. Echó un vistazo en derredor. Al fondo, lateral al ventanal, se apreciaba un podio de madera con el logo y nombre del hotel; y en el centro, colgando del techo, una pantalla de proyección retráctil. La vista de la ciudad era distorsionada por un sistema de persianas de tonalidad pastel, que combinaba con el color crema de las paredes y regulaba el acceso del radiante sol. Pensó que se había equivocado, que tal vez había confundido el nombre o la puerta del salón. Luego de haber dado vuelta y disponer salir al corredor, una voz resonó en el recinto; era Scott, que ingresaba por una de las puertas de servicio.
– Laia, hola; que gusto.
Se aproximó rápidamente y no dio espacio a que la chica le respondiera, imprimiéndole un beso en la mejilla.
– Sabía que serías la primera en llegar.
– Hola… Yo… ¿En serio no ha llegado nadie más?
Scott movió la cabeza de un lado a otro, con una enorme sonrisa de satisfacción dibujada en el rostro. Por dentro, Laia no podía comprender como tal cosa era posible, faltaba menos de media hora para la reunión y ella, que creía que iba con el tiempo apretado, había resultado en ser la primera en llegar. Normalmente, para este tipo de convocatorias tan importantes, los involucrados llegan muy temprano porque “todos quieren quedar bien con el dueño del proyecto”.
– Sabes, el señor Roldán aprecia mucho la puntualidad, esperemos que el resto llegue a tiempo… Puedes sentarte donde quieras, te recomiendo lo hagas al frente, no está bien que quien llega de primero se siente en un lugar donde parezca que llegó de último, eso da un mal mensaje.
Laia no articulaba nada, solo se limitaba a escuchar, esforzándose por balancear el choque de emociones que sentía; por un lado, la complacencia de estar ahí, a poco de conocer al Lucas Roldán, y por el otro, la duda razonable sobre lo anómalo del contexto. Trazó una afectuosa sonrisa en el rostro, para nada debía verse indecisa para Scott; así, ante la insistencia de este, caminó hasta una de las primeras mesas y se hizo de un asiento.
– ¿Deseas algo?, tenemos jugos, agua, soda y galletas.
– Una soda estará bien, pero de dieta.
Laia volvió a recorrer con la mirada el salón y buscó pensar en positivo. “¿Cuál es tu tontería?”, se dijo. Ya estaba ahí, era la primera en llegar y formaba parte de un proyecto que la impulsaría internacionalmente; una oportunidad de oro. Lanzó un profundo suspiro y sonrió para sí y para sus adentros. En eso, Scott apareció con el vaso de soda con hielo y el envase con el resto.
– Luces más hermosa hoy, Laia.
– Oh, gracias – atendió ella, con afecto.
– Toma, siéntete cómoda, que la reunión empezará a la hora indicada, estén quienes estén. Ya vuelvo.
Scott se alejó y desapareció por la misma puerta por la que había entrado. Laia, por su lado, extrajo de su bolso su teléfono celular a fin de relajarse y distraerse un poco mientras empezaran a llegar los demás y se diera el encuentro. Las redes sociales y el vaso de soda dietética serían sus víctimas. Pero tal cosa no duraría mucho, al cabo de un par de minutos, una rara sensación de pesadez y desconexión con el entorno abrumaría su cabeza, un atolondramiento que asimilaba a un mareo, le hizo distinguir que perdía control sobre sus sentidos y funciones básicas. Dejó el teléfono y se sujetó del borde de la mesa; quiso levantarse, pero sus extremidades inferiores parecían pesarle el triple que lo que sus terminales nerviosas recordaban. Finalmente, la visión se hizo borrosa y entonces, el espanto que muy a la profundidad de su consciencia le agobiaba, le impulsó a querer gritar, pedir ayuda; pero su lengua no le respondió, también le pesaba mucho más. En eso, un sonido demasiado profundo, casi que ensordecedor, le taladró los tímpanos; era apenas una puerta abriéndose y los rápidos pasos de alguien acercándose. Eso sería lo último que vería y sentiría: esa silueta sobre ella, sujetándola en sus brazos.

- VII -
EL HOMBRE DE MARRÓN

Era un cuarto lúgubre; de paredes de madera amachimbrada, sin ventanas, con una puerta vieja, repleta de grietas, separada del piso por poco más de dos centímetros, aberturas por las que se colaba una fuerte luz amarilla que alumbraba un corredor angosto, sucio y decrépito. Un olor nauseabundo copaba cada recodo del recinto; tan penetrante, que horada las entrañas, sacudiendo cada terminal nerviosa con una irremediable e intolerable sensación de repugnancia. Y en medio de esa penumbra, en una silla atornillada al piso, equidistante de cada extremo del habitáculo, estaba ella; amordazada, harapienta, atada de manos y pies, imposibilitada de levantarse; pero silenciosa, como resignada o expectante, con la mirada opacada por el miedo, el dolor y la incertidumbre. Allí estaba Laia Versalles, sucumbiendo ante lo aborrecible de la humanidad: la sencilla maldad.
Y así la veía él, desde el aire, dando vueltas sobre ella, lentamente, atestiguando su desdeño. Quiso hablarle, pero le resultaba imposible, su presencia no era física, por el contrario, su consciencia, su mente o su espíritu era lo que vagaba impotente en derredor. Izan era eso, esencia viviente, pero incapaz de ir más allá de la observación y la comprensión.
Logró detenerse, necesitaba aproximarse un poco más, tal vez así ella podría percibirlo y escuchar lo que, según él, le transmitiría en tan insólita circunstancia. Avanzó como si por el aire pudiera caminar; él creía dar pasos, pero simplemente flotaba. Se ubicó frente a su rostro, afinó su visión sobre esos ojos grises que ya no proyectaban esplendor, sino desolación. El alma de Laia estaba quebrada y ella parecía sencillamente esperar el inexorable final.
Ahí, mientras especulaba ante lo que veía, una bolsa de tela que antes fue blanca y que ahora lucía tan sucia como los andrajos que vestían a Laia, cubrió por completo su cabeza, dibujando el angustiado rostro de la chica bajo su superficie, cortándole la respiración y sometiéndola al calvario de la asfixia. Para quien lo hacía, tal manifestación de sadismo no parecía suficiente, ver a su víctima sacudiéndose con impotencia, sucumbiendo ante el ahogamiento, no le satisfacía en totalidad. Para saciar su acto de maldad, el hacedor salió de la oscuridad, asomó su rostro a un costado del de ella, enderezó su cuello y lo cercenó con un cuchillo dentado, causando en Laia doble sufrimiento: falta de aire e inmersión líquida, solo que, en vez de agua, en sangre.
Izan se alzó de la cama hasta media parte con una terrible sensación de asfixia. Hizo dos intentos por inhalar aire, pero la descoordinación de sus pulmones con su diafragma, más el efecto de bloqueo de la faringe, contrariaban sus esfuerzos. No fue hasta el cuarto intento que sintió inspirar una cantidad suficiente, más luego de eso, la dificultad se convirtió en seca y ruidosa tos. De inmediato, se sentó en el borde de la cama, haciendo ingentes esfuerzos por regular tal desorden...

#9

...respiratorio. Unos segundos después, la tos mutó, dando paso a una advertencia de inminente regurgitación. Se levantó y corrió al baño; ya en el inodoro, expelió solo saliva y bilis. Instantes después, la tos desapareció y su respiración se normalizó.
Luego de lavarse y dejar pasar algunos instantes mirándose al espejo, tratando de recordar cada detalle de la pesadilla en que su mente lo había sumergido momentos atrás, volvió a la cama, sacó de la gaveta el anillo que Regina le había entregado sin dar una explicación sensata y preguntó a la nada “¿qué es lo quieres de mí, Laia?”. Se perdió en el objeto por algunos momentos, antes de tomar su teléfono móvil y verificar que, mientras dormía, un mensaje de correo electrónico le había llegado; y es que el día de la develación del mural del recuerdo en la Universidad de San Eustaquio, luego de ver aquella foto de Laia, en donde el hombre de cabello marrón aparecía en primera fila, le pidió a Samay que se la enviara porque “le encantaba”. La chica cumplió con el pedido.
Por más que quiso, no pudo recordar el rostro del criminal que, en su elucubración mental, cortaba la garganta de Laia. Hacía poco la había visto arder, ahora veía cómo moría, antes de que la despedazaran, calcinaran y abandonaran en el pantano. Esa mañana, Izan no pudo pensar en la universidad ni en nada más; no había podido dormir en toda la madrugada, así que, a eso de las ocho, llamó a la estación de policía para pedir hablar con el detective Tovar. Sinceramente, no estaba claro en lo que diría, pero en su interior estaba seguro de que el hombre de ojos y cabellos marrón de sus sueños, debía ser el asesino. Progresivamente el chico está cayendo presa de su mente.
– Entonces tenemos que vernos en persona, no hablaré detalles del caso por teléfono – contestó Tovar, luego de dudar por unos segundos acerca del pedido y las motivaciones de Izan. – Puedes venir, o yo iría a tu apartamento, como quieras.
– Iré donde usted – asentó, pasados unos segundos –; prefiero ir allá; ¿se puede ya?
– De acuerdo; solo no me dejes esperando.
Izan llegó a la estación en poco más de veinte minutos. Tovar lo recibió en su escritorio, pero el chico quería hablar en un ambiente más privado, no en medio del agitado y algo ruidoso entorno del área central de la estación. El detective, no muy convencido de la petición, accedió e hizo que lo trasladaran a un cuarto de interrogatorio vacío.
Dentro, donde Tovar le pidió que esperara, Izan imaginó lo que regularmente ocurría ahí y las clases de personas que se habrían sentado antes en la silla donde ahora él aguardaba: ladrones, estafadores, traficantes, violadores, asesinos y demás clases y tipos de alimañas humanas. Respiró hondo y optó por concentrarse en lo que había estado pensando durante su recorrido: “¿cómo explicarle a Tovar sus sospechas sin parecer un demente?” Irremediablemente, no había camino alguno que no generara tal concepción; él quería decir la verdad y, como fuese, sonaba a una locura.
– Bien, aquí estoy Izan, dime… ¿Qué quieres decirme?
– Es sobre el caso.
– Eso ya lo tengo claro – dijo, mientras colocaba un celular sobre la mesa y activaba la aplicación de grabación de voz.
– No, no lo haga… No creo que sea prudente grabar.
– Si vamos a hablar del caso, hay que grabar; así funciona.
– Pero, es que…
– Vamos, Izan; ¿a qué has venido?
El silencio se adueñó de algunos instantes en lo que el chico miró hacia todas partes, buscando aún la forma más adecuada de expresarse sin provocar que lo trasladaran ipso facto a una clínica psiquiátrica o lo arrestaran por entorpecer una investigación. Tovar percibió tal inseguridad y, lanzando un breve suspiro, suspendió la grabación.
– De acuerdo, haré una excepción por ahora. Dime.
– Sospecho de alguien.
– ¿Sospechas de alguien? – inquirió Tovar, con expresión de desconcierto.
Izan no dijo más nada, sacó su teléfono móvil y le mostró la foto, amplificada en la sección con el rostro del hombre que le agitaba sus sueños de manera oscura.
– Él… Ese hombre.
– ¿Y esta foto?
– Está en el mural de recuerdo en la universidad; pedí que me la enviaran porque ese hombre que aparece en primera fila... Ese hombre es de quien sospecho.
Tovar observó la imagen por algunos segundos, luego posó su mirada en Izan, evidentemente confundido.
– Debes ser más claro. ¿Por qué sospechas de él?
– Porque lo he visto en sueños – dijo, luego de unos segundos de introspección, en los que casi decide levantarse y salir corriendo del lugar.
– ¿Bromeas?
– No señor. Mire, sé que ahora está pensando que estoy loco, que le estoy haciendo perder tiempo o que he venido a hacerle una broma; pero no es así, estoy aquí con toda la buena intención, porque todo lo que me está pasando me está afectando… No paro de soñar con Laia y ahora este hombre, el de la foto, apareció en mi mente, así como Laia, y yo no lo conocía, nunca lo había visto sino hasta el día que encontré esta foto en el mural del recuerdo.
Tovar conservó la calma, borró la sonrisa y proyectó absoluta seriedad, aunque era clara la estupefacción que le provocaba el escuchar tal testimonio.
– Detective, por favor, investigue a ese hombre, estoy seguro que algo tiene que ver con la muerte de Laia, por eso aparece en mis sueños…
– ¡Suficiente! – interrumpió Tovar –; no puedo investigar a un hombre porque tú vengas a decírmelo; y sospechando de qué, ¿de un sueño?
Varios golpes en la puerta, seguido de la aparición de un agente uniformado, interrumpieron la ya malograda conversación. Posterior a disculparse por la intromisión, el oficial informó que Regina y su hija ya estaban ahí.
– Gracias. Diles que ya voy para allá.
– ¿Regina está aquí? – espetó el chico al cerrarse la puerta.
Tovar lo miró con firmeza, era evidente su molestia. Respiró hondo, obvió la interpelación y se limitó a indicarle que se levantara y lo acompañara; haciendo caso omiso al fuerte suspiro de decepción que el chico lanzó.
Ya fuera del cuarto de interrogación, mientras avanzaba, Izan pudo divisar a Regina, sentada junto al escritorio de Tovar, en compañía de su hija, Alana.
– Mira, vuelve a tu casa; haré que este encuentro nunca se dio, ¿de acuerdo?
– Pero, señor…
– No más, Izan; para… Puedo entender tu enamoramiento y lo raro de lo que ha sucedido y cómo puedes estar afectado de alguna forma que no necesariamente comparto; pero de ahí a escuchar sandeces sobre sueños, visiones y sospechosos imaginarios; no. Esto es serio, muchacho.
Regina, que observaba los ademanes de Tovar y la expresión reprimida de Izan, se levantó y sin que el par se percatara, los arribó justo cuando el chico se disponía a decir algo en su defensa, ante la determinante posición del detective.
– ¿Sucede algo, amigos? Hola, Izan; qué sorpresa encontrarte aquí.
Izan saludó con tono reservado, Tovar ofreció disculpas por hacerla esperar y acotó que el chico ya estaba por retirarse.
– No tienes que irte, mejor me esperas, no creo que el detective tarde mucho conmigo, ¿verdad?
Tovar asentó levemente, algo confuso por la forma tan franca con la que la mujer insistía en tratar a alguien que apenas conocía.
– Dame un rato y me acompañas, puedo llevarte a casa… Bueno, no yo; ya yo no manejo, es Alana – y le hizo un ademán para que su hija se acercara. – Vamos, detective, ¿dónde conversaremos?
– Acompáñenme, hablaremos en privado.
Alana se aproximó, obsequió una mirada penetrante a Izan, de esas que buscan indagar y a la vez parecen juzgar.
– Siéntate junto a mi escritorio y espera ahí, ¿de acuerdo?
Izan asentó con un gesto la indicación de Tovar. Vio como el trío se alejaba por el corredor e ingresaba al mismo recinto donde antes él había estado, en su estropeado intento de hacerse valer. Sintiéndose supremamente estúpido por lo acontecido, pensó en mejor irse, era claro que Regina querría saber más detalles del porqué de su presencia en la estación; ¿y qué le diría?, ¿que se había atrevido a hablar sobre sus sueños y sus sospechas de un hombre en una foto y en su mente? Pensar en aquello lo hacía sentirse y verse como un imbécil. “Por suerte no traje a Ednar, sino me revienta a insultos”, se dijo. Optó por quedarse, era mejor atreverse a responder las dudas de la abuela de Laia, más que todo porque él también tenía inquietudes por atender.
A los pocos minutos de estar esperando, mirando hacia todas partes, siendo testigo del día a día de una estación de policía; escuchando las quejas y denuncias de unos, viendo llegar a quienes son atrapados por los agentes del orden, para quedar a expensas de un sistema de justicia que la sociedad percibe como inútil y corrupto; una voz femenina le extrajo de sus pensamientos y observaciones. La oficial, extrañada, no dudó en interrogarle acerca de sus razones para mantenerse a un costado del escritorio de Tovar.
– El detective me dijo que esperara aquí.
La mujer hizo un ademán con la cabeza, colocó un fólder algo grueso sobre el escritorio y se alejó. Izan respiró hondo, giró su rostro de un lado al otro, extrajo su teléfono celular y se acomodó en el asiento, tenía muchos mensajes por atender, particularmente de Ednar, a quién le urgía saber qué había pasado con su amigo. Y así, Izan empezó a escribir respuestas, aunque detrás, su mente no cesaba de revolotear sobre Laia, sus sueños, el hombre extraño, Regina y sus ideas; Tovar, la investigación y como él había quedado en medio de todo por haberse enamorado del rostro de una chica en una valla publicitaria. Entonces, como cosa predestinada, de esos instantes en que no se encuentra justificación lógica para que algo simplemente suceda; volteó la mirada un poco y observó el folder que le llamaba a gritos desde que la oficial lo dejó sobre el escritorio. No tardó mucho en enderezar su espalda y levantar más su cabeza para poder ojearlo mejor y leer lo que decía la pestaña: “caso 38-791-18: Laia Versalles”.
Atónito, quiso tomar el archivo de una vez, pero supo contenerse ante lo que sería una clara estupidez. Antes, debía echar un vistazo alrededor y...

#10

...determinar el momento propicio para atreverse a hurgar un documento que no le competía legalmente, aunque sí emocionalmente; y aún más, debía erradicar de su rostro ese semblante de asombro que revelaban su mirada y su entreabierta boca. Y así lo hizo, dejó que el tiempo se diluyera hasta que supo que podía. Arrimó el fólder hacia sí y levantó la carátula: “Informe de identificación de asistentes al funeral de la víctima” decía en letras de mediano tamaño. Del bloque de hojas sobresalían dos pestañas de colores, una verde y otra roja. La verde decía “identificados”, seguido de un número al que Izan no prestó atención; y esto, porque la pestaña roja lo apresó, así como quien parece prever irracionalmente algo, como si alguna voz le estuviera diciendo, advirtiendo o dando indicaciones en su inconsciencia. La pestaña roja era la importante, la que decía “sin identificar: 1”.
Volvió a dar un vistazo en derredor, todos parecían tan ocupados y desconectados de su presencia en medio de esa amplia sala de la estación, incluso, la oficial que antes había dejado el fólder y que estaba a muy corta distancia de él, revisando unos documentos. Así las cosas, definió que no tenía por qué preocuparse, que podía seguir indagando. Abrió el registró en la hoja de la pestaña roja y se encontró con una fotografía del hombre del cabello marrón entre los asistentes al cementerio. “Diablos”, fue lo más sutil que se escapó de sus labios, pero en un tono de voz lo suficientemente alto como para que la oficial lo escuchara. Al verlo con el documento abierto, se sorprendió y, tal cual debía, se levantó con rapidez y se movilizó hacia él, claramente ofuscada.
– ¿Qué rayos haces, chico? Eso es información privativa de la policía.
– Necesito al detective Tovar – espetó Izan, absorto, casi que aterrado.
El chico pretendió correr, fólder en mano, hacia el salón donde el detective se mantenía reunido con Regina y Alana, pero la oficial lo contuvo por un brazo, notablemente enojada.
– Necesito ver a Tovar.
– No vas a ninguna parte.
Con un par de rápidos movimientos, la hábil mujer lo retuvo fácilmente y lo devolvió al asiento. Ya más de uno en la estación se mantenía al tanto de la escena, lo que provocó que la voz se corriera y en menos de un minuto Tovar apareciera, queriendo entender lo que ocurría. La oficial explicó lo que, a su punto de vista, era la realidad, pero Izan no pudo mantener la boca cerrada.
– El hombre del funeral, el que no se ha podido identifica; es él.
– Yo me encargo – indicó Tovar, para que la oficial se apartara.
Entonces, tomó el informe y lo abrió en la foto del hombre de ojos y cabellos marrón; de inmediato recordó la imagen que minutos antes Izan le había mostrado. Observó con suspicacia al chico. Por segundos, pareció abstraerse en un contexto incomprensible e irracional. “No tiene sentido”, espetó, y se apuró a acomodarse a su asiento a la vez que indicaba a Izan que le mostrara nuevamente la fotografía en el celular. Luego de compararlas, un halo de misterio le surcó las sienes. De inmediato, extrajo del cajón un sobre amarillo con fotografías de Laia; las distribuyó sobre el escritorio y pidió al chico que le ayudara a buscar al hombre.
Con algo de esfuerzo, incluso con la ayuda de una lupa, y luego de revisar y volver a mirar, Izan y Tovar identificaron al hombre de ojos y cabello marrón en la primera fila de 15 fotografías de actuaciones de Laia. Solamente en esas fotografías, donde la chica entregaba su talento en el escenario; ahí se le encontraba.

- VIII -
LA JOYA DE VERSALLES

En la estación, Tovar, claramente confundido por lo acaecido, pero satisfecho por el giro que estaba tomando el caso, se reunió con su equipo y giró indicaciones contundentes de dar con el paradero del desconocido hombre del funeral y de las fotografías de Laia. El mismo podría ser un acosador y eso cuadraba con el perfil que se buscaba. Adicional, en privado, le dijo a Izan que se guardara para sí cualquier comentario acerca de las razones que lo llevaron a sospechar del hombre y presentarse a la estación; que se olvidara de comentar a alguien más eso de sus sueños, visiones y cualquier cosa relacionada, que pudieran hacerlo ver como un loco y comprometer el caso. Para el resto, él fue a la estación para conocer de los avances y al ver la foto del sujeto sin identificar en el funeral, recordó haberlo visto en otra fotografía de Laia y, a partir de ahí; todo lo demás. Claro, Tovar seguía sumergido en una serie de dudas a las que el chico no podía darles respuesta; no podía aceptar eso de que una visión en un sueño revelara un sospechoso; pero admitió que gracias al instante de paranoia de Izan, contaban ahora con una nueva pista.
Culminada su interrumpida reunión, Regina y Alana abandonaron la estación y se llevaron a Izan consigo. Tovar los acompañó a los tres hasta afuera y brindó aliento al par de mujeres; para él, el caso se resolvería muy pronto y se haría justicia, pero algo muy dentro de Izan le decía que las cosas aún tenían que complicarse un poco más.
En el auto, Regina se abrió sin dudas, a pesar de que Alana no estaba muy de acuerdo, o más bien, no comprendía el por qué su madre había adoptado tan especial trato para con Izan. Así, le compartió que las novedades de Tovar se limitaban a aclarar que todo lo relacionado a una audición para un proyecto cinematográfico internacional, de lo que ella no sabía nada, era una falsedad. La película, Scott Dolande, Lucas Roldán y Star House, eran elucubraciones de una mente criminal sagaz e inteligente, que no actuaba sola y que contaba con la capacidad de llevar a otros más débiles o con iguales tendencias malévolas, a sumarse a sus cruentos propósitos. Tovar estaba buscando a un psicópata femicida y su mirada ya estaba puesta sobre el mismo hombre que Izan.
– ¿Así que tu mente juega contigo en sueños?
– No entiendo lo que me sucede – atendió Izan, con tono serio, ante el toque irónico de la pregunta de Alana.
– No lo molestes, Alana, sabes bien que no debe ser nada fácil.
– No entiendo – arguyó el chico, con evidente confusión.
– Lo que te sucede, Izan, se llama compenetración de consciencia y es un mal de nuestra familia, dicen algunos. Al contrario, yo lo considero un don; y tú lo tienes.
– ¿Compenetración de consciencia?
– Así es. Seguramente lo heredaste de tu madre… Deberías preguntarle, algo debe tener que decir al respecto, por muy poca experiencia o relevancia que le haya dado.
Izan guardó silencio. Notó como la mirada de Alana, lo buscaba por el retrovisor central. A primera impresión, no le resultaba para nada sensato lo que Regina señalaba; él esperaba encontrar respuestas contundentes a sus interrogantes, no más planteamientos basados en ideas sin asidero lógico.
– Nunca había escuchado sobre eso.
– No es algo que se aprenda en la escuela, hijo; tiene que ver más bien con la vida y, por supuesto, el incursionar en otros aspectos que a la gente común y corriente no le importa o, simplemente, no comprende.
– ¿Y es por eso que me dio el anillo?
– Vas entendiendo.
– Igual no tiene sentido. ¿Cómo sabría que yo estoy tan compenetrado con Laia?, ¿y a razón de qué lo estaría?
– Las razones no las conozco, nadie las conoce; sin embargo, si estás frente a alguien que puede percibir esa condición, lo sabrá.
– Me disculpa, Regina; pero me parece una concepción poco racional; casi que religiosa, si es que cabe la palabra.
Alana rio y movió la cabeza de un lado a otro.
– ¿Religioso? No, mi amor; mi familia superó la religión hace mucho. Ya somos varias generaciones de ateos, agnósticos y demás yerbas aromáticas similares… Y tú, ¿eres religioso?, ¿cristiano?
– Hasta hace un par de años, ahora me considero agnóstico o algo cercano, no estoy seguro. Creo que estoy en una etapa de definición en mi vida, pero no le pongo mucho esfuerzo a eso, no es prioridad.
– Ves, Alana; el chico está lleno de sorpresas; muy buenas, por cierto.
Alana volvió a indagar a Izan a través del espejo. Regina guardó silencio mientras se concentraba en el camino y en sus pensamientos, explayando en su rostro una leve sonrisa de satisfacción. Izan, en esta ocasión, retó los ojos de la conductora; y justo cuando de su boca se aprestaba a liberar alguna de sus dudas, una respuesta emergió.
– Es un amuleto… El anillo es un amuleto, tan antiguo como nuestra estirpe – enfatizó Alana, incluyéndose directamente en la conversación.
– ¿Amuleto?
– Así es, ha sido portado por una mujer de cada una de las generaciones Versalles desde hace más de 300 años… ¿Quieres la historia completa?
Las últimas décadas del siglo XVII y la primera mitad del siglo XVIII fueron bastante agitadas en Francia, tanto así que la capital oficial de la nación se trasladó dos veces a Versalles, bajo los reinados de Luis XIV y Luis XV, respectivamente. Durante los primeros años del primer término, Orson De Versalles, acaudalado comerciante local, heredero de una familia de no mucha antigüedad, pero de indiscutible prestigio, supo introducirse en el núcleo de poder del gobierno y llegar hasta las cercanías más envidiables del trono. Para Luis XIV, Orson era uno de sus vehículos más eficientes, leales e inteligentes para mantener vigilados a los nobles y ayudar al control sobre estos y sus intenciones. Serían grandes años para la corte del Rey y para De Versalles, fiel servidor de la corona y exitoso en sus menesteres, tanto así que sería cortejado por más de una pretendiente de su fortuna y galantería. Pero sería Eliette la que se llevaría los honores de la predilección de esos ojos grises, y consigo, el anillo, el amuleto, la joya diseñada especialmente por un reconocido artista del metal de aquellos años, forjada en plata y combinada con esa línea dorada en alto relieve. Cuando Orson lo entregó a su enamorada en su cumpleaños, no sabía realmente lo que estaba obsequiando. Aunque un año después le pondría uno aún más fino y lujoso como compromiso y, poco tiempo después, una alianza de oro macizo; ese regalo de...

#11

...cumpleaños marcaría la historia de su estirpe para siempre.
Cuando el gobierno volvió a Paris luego de la muerte de Luis XIV, Orson, Eliette y sus tres hijas se establecieron un tiempo en la capital hasta lograr atar cabos con el Regente, Felipe de Orleans; por supuesto, con la mirada puesta en la futura ascensión de Luis XV. Unos años después, habiendo ya regresado a Versalles, huyendo del desastre del gobierno del Regente, éste se acordó de Orson y le encargó cumplir una importante misión político-económica en Marsella, a lo que Eliette no puedo acompañarlo por quebrantos de salud. Él pensó en negarse, pero no se arriesgó, la fama de Felipe era terrible y ante la muy cercana coronación del rey, no valía la pena generar una confrontación. Así, el 15 de junio de 1720, Orson llegaría a Marsella. Para esos días, el barco de la muerte, el Gran San Antonio, descargaba un enorme envío de fardos de algodón infestados de pulgas portadoras del bacilo de Yersin, lo que daría pie a la plaga conocida como la Peste de Marsella. Orson sería una de las miles de víctimas que, dentro del bloqueo ordenado por el gobierno, terminarían pudriéndose en medio de las malolientes avenidas de la ciudad.
Muchos años después, Eliette viajaría a Marsella en compañía de su hija mayor; y lo haría no porque realmente quisiera, ahí no había tumba ni sitio especial en honor de su esposo, su cuerpo había sido quemado junto al de muchos otros; lo hacía porque su mente no cesaba de exigírselo. Se había propuesto jamás pisar el suelo donde Orson sucumbió, pero a su consciencia le apetecía otra cosa. Al segundo día de su viaje, esa incomprensible necesidad la hizo recorrer algunas secciones de la ciudad y concebir la presencia de Orson en cada esquina. Lo que sentía era demasiado fuerte, parecía querer llorar en cada recodo, y más de una lágrima no pudo ser contenida, hasta que algo aún más poderoso y diferente le agitó el interior justo cuando se detuvo frente a un recién inaugurado mercado.
Entró y como si de un imán se tratará, percibió que algo le llamaba, más bien, le conducía. De repente, tras un aparador de vidrio que permitía observar desde fuera muchas piezas de joyería, destacaba un anillo idéntico al que su amor le había obsequiado en su último cumpleaños antes del compromiso oficial, el mismo anillo que ella le había entregado antes de que él partiera a Marsella, para que la llevara consigo más allá del amor y el corazón. Ahí estaba, esperándola, como cosa diseñada por eso en lo que ella y casi toda Francia del siglo XVIII creía profundamente: Dios. Pagó el elevado precio que el dueño de la tienda pedía, era una reliquia que nadie se atrevía a comprar, aun a pesar de su valor histórico: “recuperada de un cadáver de la peste de Marsella de 1720”.
– ¿Entonces Orson y Eliette también estaban compenetrados? – inquirió Izan, luego de escuchar la narración de Alana.
– Sí – afirmó Regina, categóricamente –; y el anillo fue de alguna manera un instrumento de enlace, algo con la capacidad de contener parte de la energía de cada uno de ellos… ¿Sabes por qué?
– Dígame.
– Esto es solo una leyenda, pero se afirma que el oro utilizado para la línea dorada que rodea el anillo, proviene de joyas arrebatadas a una mujer que se suponía hechicera. Luego de su muerte, hicieron rebatiña con sus bienes y sus joyas fueron fundidas… Se dice que el artífice del anillo usó de ese oro al no tener más disponible para cumplir con el pedido especial de Orson; incluso se cree que tuvo beneplácito de este.
– ¿No le suena a mucha fantasía?
– Claro hijo – respondió, mientras estacionaban el auto, al fin, frente al edificio de Izan –; de que está llena de ilusión la historia, claro que sí; pero no me negarás algo, ¿acaso no resulta extraordinario lo que te ocurre?, ¿crees que la simple lógica terminará por explicarte algo de todo esto?
Izan bajó del auto, se detuvo ante la ventanilla de Regina, miró a Alana, que ya mostraba un semblante más receptivo para con él. Respiró hondo y habló.
– Si estoy tan compenetrado con Laia, ¿qué razones tendría ahora? El anillo está en mis manos y ella ha muerto.
– Tal vez debes lograr que se haga justicia.
– ¿Yo? No soy investigador, solo tengo visiones.
El par de mujeres sonrieron, como regocijadas ante la aún ingenua y, evidentemente honesta, actitud del chico. Por su parte, Izan distinguía en esas expresiones un tinte de superioridad que lo hacía verse como ignorante del alcance de todo en lo que estaba involucrado, y como un iluso, cosa que muy dentro creía así, puesto que, ¿quién se enamora de una chica en un aviso publicitario, sino más que un iluso?
– Cuando la verdad toque a tu puerta de una buena vez, cuando sientas que todo esto ha terminado, me devuelves el anillo, ¿de acuerdo? Aún hay otra Versalles que lo debe poseer – sentenció Regina, volteando la mirada a Alana.
– Como usted diga.
Y el auto marchó.
Ya en su apartamento, antes de cualquier cosa; antes de Ednar, sus mensajes; antes del internet, las llamadas perdidas de su madre, los correos y las redes sociales; sacaría el anillo del cajón junto a la cama, lo tomaría en sus manos y lo apretaría con firmeza. Otra vez, ahora con toda esa historia de los antiguos ascendientes franceses de Laia en la cabeza, preguntaría “¿qué quieres de mí?, ¿qué me une a ti más que lo que siento por ti?
Y el timbrar del teléfono móvil lo sacaría de contexto. Era Tovar con una propuesta inesperada: conversar en privado sobre el caso, en su apartamento.

- IX -
EL CHICO DEL DIARIO

Saber que los ojos grises de Laia venían de generación en generación desde los de Orson y la Francia del Siglo XVII podía resultar tan impactante para Izan como el percatarse de que sus debilidades le jugaban malas pasadas demasiado seguido. Si hay algo que acompaña a los chicos como él, como consecuencia directa de la inseguridad y la poca estima en las propias capacidades o habilidades, es la escasa velocidad de respuesta efectiva ante ciertas situaciones y la falta de atención a los detalles en los momentos más necesarios. Así le sucedió el día que se detuvo frente al mural del recuerdo en el campus saneustaquiano; había pasado por alto un detalle que se revelaría con la visita de Tovar.
Era sábado, sus compañeros de apartamento habían tomado rumbo a sus sitios de procedencia, y aunque a él también le correspondía aprovechar la circunstancia, puesto que el lunes siguiente era un feriado nacional, optó por no viajar donde sus padres, máxime cuando la impensada llamada del detective contribuyó a darle más sostén a su propensión a profundizar más en el caso del asesinato de Laia y contribuir a la investigación en lo que a su alcance estuviera.
Claro está que, para Tovar, cada una de estas decisiones de Izan le aunaban en su concepción distorsionada acerca del chico. ¿Dejar de volver a tu pueblo, con tus padres, por una llamada para una conversación informal, que bien se podía posponer? ¿Tan importante le resultaba Laia? Y las razones, ¿dónde ubicarlas, para tan profunda afinidad? Sin embargo, en cierta forma le satisfacía la disposición de Izan a poner por encima su relación con el caso, puesto que, en su mentalidad de detective, moría de ganas por exponerle la novedad que profundizaría lo perplejo que para ambos resultaban ciertos aspectos inherentes a la investigación y que no cualquiera podría saber y mucho menos comprender.
– Gracias por recibirme y renunciar a tu fin de semana largo, Izan.
– Sí, todos se fueron… Y, ¿en qué puedo serle útil?
– ¿Nervioso? – insinuó Tovar, al notar cierto soplo de inseguridad en la voz y gesticulación del chico.
– Creo que más bien es expectación; quiero saber qué desea hablar conmigo, pero la incertidumbre me pone así.
Tovar sonrió, se acomodó en uno de los sillones de la sala y bebió un sorbo del vaso con agua que previamente le había facilitado su anfitrión. Seguido, lanzó un profundo suspiro y entró en detalles.
– Sabes, lo que pasó en la estación fue muy raro; tú y eso de tu visión de aquel hombre desconocido y cómo, de repente, nos ayudas a determinar algo que se nos estaba escapando; y zas; tenemos un sospechoso… ¿Entiendes lo extraño que me resulta eso?
– Lo entiendo, señor; y para mí también lo es.
– Y no lo pongo en duda; pero, hay algo más, tan absurdo como tu visión.
Izan frunció el entrecejo y afino la mirada, en clara expectativa. Por su parte, Tovar, con sus gesticulaciones, simulaba al narrador de alguna historia de misterio, solo que no había fogata ni nocturnidad que le amplificara el contexto. Abrió un pequeño maletín, extrajo un cuaderno y lo deslizó sobre la mesa de centro.
– ¿Sabes qué es esto?
– Un diario, ¿no?... ¿De Laia?
– Ciertamente; y es muy sensitivo para mi tener que indagar en un documento tan privado de una víctima; ya lo he hecho muchas veces, pero siempre es complicado. Hay tanto ahí que esa persona reservaba para sí misma, que penetrar en ese mundo se convierte en algo emocionalmente complejo.
– Lo entiendo.
– No lo dudo, me pareces un chico inteligente… Bueno, retomando; hay un pasaje que me gustaría compartir contigo, extraoficialmente. ¿Quieres escucharlo?
Siete meses atrás, Laia salió con un grupo de amigos, entre ellos Zoe, a un paseo de playa. Allá, en cierto momento, mientras caminaban por la orilla, sintiendo el viento golpearles el rostro y agitarle los cabellos; encontró valor para contarle a su amiga algo que le venía ocurriendo hacía un tiempo, no tan repetidamente, pero sí incisivamente. Se trataba de un sueño que ella calificaba como oscuro y sublime, lo primero, por el toque de misterio y suspenso que tal manifestación le provocaba; y sublime, por lo que el protagonista principal agitaba en su interior con el mero hecho de recordarlo.
“Normalmente cuando uno sueña con personas desconocidas, son rostros de gente que existe y que alguna vez viste y tu mente extrae de la memoria para ponerlos ahí, como rellenando espacios vacíos del argumento de una historia”. Así le explicaba Zoe lo que realmente podrían...

#12

...representar sus imágenes, y es que Laia había estado soñando con un joven atractivo, desconocido, que le decía cosas que ella nunca recordaba en su totalidad, pero que comprendía como pretensiones de acercamiento o de cortejo. En principio, no le prestó atención, total, son sueños raros, de esos que todos hemos tenido, cuando personas que aseguramos jamás haber visto o conocido, aparecen en nuestra mente y nos regalan emotivos instante de inconsciencia, sublimes creaciones que parecen trasladarte a un universos alterno, que no es más que la complementación entre la realidad y lo que se desea; al final, terminamos aspirando a que tal manifestación se concrete, consiguiendo a veces, y en muy pocos casos, que el recuerdo perdure como si realmente se tratara de un hecho vivido. Así era para Laia ahora, luego de varias reiteraciones, donde el contexto y los demás personajes de su argumento nocturno variaban, menos el de ese chico veinteañero que, claramente, buscaba conquistarla.
– Me siento como una tonta diciéndote esto.
– Tonta serías si no lo hicieras, eres mi amiga y para eso somos las amigas.
– ¿Crees que sea algo más?
– No sé, hay cosas que se dan y uno simplemente no las entiende; de repente estás teniendo algo como una premonición… Aunque no creo en esas cosas, pero eso no significa que algo así no pueda suceder.
– Sabes, a veces me duermo imaginándolo, queriendo que aparezca en mis sueños, pero lo he logrado en muy pocas veces, mayormente termino soñando con él cuando menos lo espero; y cuando sucede, es como un mundo de sosiego, sus ojos me proyectan ingenuidad, ternura y… Carajo… Me da pena esto.
– ¿Amor?
Y Zoe tenía razón, eso era lo que ella sentía cuando su mirada chocaba con la de ese rostro imaginario sutilmente diseñado por su subconsciente.
– Hay momentos en que me siento profundamente enamorada de él, como si lo deseara; y eso me hace lucir como una idiota.
– Tal vez lo que necesitas es un novio real.
– Ahora no quiero saber de eso, mi última experiencia no fue muy buena.
– No todo tiene que ser igual. Creo que estás falta de cariño masculino.
Las carcajadas de ambas opacaron el ruido del romper de las olas. Evidentemente no habría explicación contundente para tales composiciones nocturnas y las raras sensaciones consecuentes; solo quedaba seguir y sobrellevar.
– ¿Has hablado de esto con tu abuela?
– No, para nada, no quiero que me salga con alguna teoría de enajenaciones espirituales.
Antes de esa mañana en la playa y desde la ocasión en que decidió prestar atención a las apariciones del chico en sus sueños, Laia compartió esa experiencia con el único testigo fiel de cada momento, idea, sentimiento o aspiración íntima de su vida: su diario. Ahí, entre otras cosas, se esforzó por describir al visitante de sus noches más extrañas, y lo hizo con tan lujo de detalles que Tovar, al descubrir las anotaciones, solicitó a una de las dibujantes de la estación, que convirtiera el esbozo textual en un retrato hablado. Ahora, en el apartamento de Izan, luego de delinear en el aire, con suspicaz tono de voz y acertadas gesticulaciones la experiencia de Laia y sus sueños; colocó sobre la mesa el resultado del arte de la dibujante. Izan se vio, y era tan claro, que palideció, a la par que un escalofrío le penetró cada terminal nerviosa, desde la nuca hasta el coxis.
– Y dime, ¿qué tan inverosímil debe resultar esto para mí?
– Ella también me vio en su mente.
– Dime algo que yo no sepa, Izan. ¿Me estás mintiendo?, ¿seguro que no la habías visto antes?, ¿tal vez eres un acosador?
– ¿Ha venido aquí a acusarme? – espetó, luego de algunos segundos de espanto, duda y sorpresa ante las preguntas de Tovar.
– No, he venido aquí por la verdad; tú verdad, porque esto de los sueños y las visiones tuyas y ahora de Laia, no me los trago.
– Pues, yo no tengo más nada que decir. Pregunte a quien quiera, jamás vi a Laia en persona, nunca estuve en San Eustaquio, sino hasta el día en que fui a buscarla para conocerla; y esa es toda la verdad.
Tovar se recostó aún con el diario en manos, lanzó otro suspiro, como de resignación; acarició su rostro en señal de introspección y prosiguió con su reflexión.
– Ya he hecho todo eso y no hay nada que te conecte con Laia, salvo tus visiones y las de ella; pero como buen investigador, tengo que lanzar cáscaras de banano a ver si la gente involucrada resbala… Mira – continuó, luego de una breve pausa en la que Izan enarcó las cejas en gesto de inconformidad – todo esto cae irremediablemente en un contexto que no ayudaría en nada a acusar a un presunto homicida cuando demos con el sospechoso. Necesitamos pruebas irrefutables, nada de esto – acentuó, levantándose del sillón y lanzando el diario sobre la mesa.
Izan vio como Tovar, confundido, caminó hacia el ventanal. Observó el diario y le invadió una sensación de intriga, casi que una necesidad irreversible de querer sujetarlo en sus manos; ni siquiera abrirlo, solo tenerlo; el cuaderno de privacidades era, luego del anillo-amuleto que temporalmente Regina le había entregado, lo único verdaderamente propio de Laia que alguna vez tendría oportunidad de palpar en la vida. Preguntó si podía tomarlo, a lo que recibió una confirmación casi que espontánea. Miró la portada, sencilla; un liso color caoba con un delineado en dorado que en inglés decía “mi diario”. Pasados algunos segundos de duda, se atrevió a abrirlo; se concentró en la primera hoja, donde Laia Versalles plasmaba su nombre en una decoración y combinación de bolígrafos de colores, que daban un aire de belleza impresa con solemnidad. Bajo el nombre, lo que se le había escapado ese día en el mural de recuerdo; aquel dato al que no le prestó atención y que, a estas alturas, debería ser del dominio de todos: su fecha de nacimiento. Después de algunos segundos de cavilación, con los latidos acelerados y entrecortada voz, llamaría la atención de Tovar con una expresión que profundizaba aún más lo raro de las circunstancias.
– Nacimos el mismo día.
– ¿Qué dices?
– Laia y yo nacimos el mismo día.
Dejó el diario sobre la mesa y corrió a su habitación, al tiempo que Tovar suspendía su observación de la ciudad desde el ventanal, así como la cadena de pensamientos sin base sólida que ofuscaban su mente. Volvió a la silla, tomó el diario, mientras Izan reaparecía con una caja de plástico e iniciaba una afanada búsqueda, sentado en el piso.
– ¿Qué haces?
– Tengo muchos recuerdos guardados aquí – y siguió buscando con desaforo. – Ya está, mi primera tarjeta de vacunación.
Tovar la tomó y observó los detalles del nacimiento de Izan: 3 de octubre de 1995, a las 11:15 de la mañana, en el Hospital Punta del Norte. Absorto, miró al chico, se levantó, sacó su teléfono móvil y empezó una llamada.
– ¿A quién llama?
– Vamos a ver si el círculo de lo ininteligible se completa… Regina, buen día, ¿cómo está?... Sí, necesito preguntarle algo, y voy a apelar a que su memoria sea tan buena como su personalidad y carácter – alegó, con tono caballeroso… – ¿Recuerda el nombre del hospital donde nació Laia y la hora?
– Cómo no, detective; jamás lo olvidaría, gané el primer premio de la lotería al sorteo siguiente; 11:15 de la mañana del 3 de octubre de 1995, en el Punta del Norte.
Y el mundo bajo los pies de Izan Bustamante y Boris Tovar, se estremeció.

- X -
COMPENETRADOS

Izan se recriminaba el hecho de no haber tomado nota de un dato tan sencillo, y es que en el mural del recuerdo en el campus saneustaquiano, bajo la foto principal de Laia, claramente estaba la fecha de su nacimiento anteponiendo a la de su defunción, como es la costumbre en casi todas partes del mundo; sin embargo, él no se percató, y tal cosa le resultaba supremamente imperdonable. Se había preguntado durante muchos días acerca de algún motivo que sustentara la teoría del enlace, esa compenetración a la que Regina, con tanta seguridad, se refería; y estaba ahí, frente a sus ojos. Pero – y se inquiría con evidente recelo ante tal especulación –, ¿nacer el mismo día y a la misma hora puede ser suficiente razón para estar tan compenetrado con alguien más? Y es que, de ser así, millones de personas nacen a la misma hora en el mundo, miles o cientos en el mismo país, cientos o decenas en el mismo sitio. “No, tal cosa no podía ser tan simple, debía haber algo más”, decía a sus adentros, y no se le ocurría absolutamente nada. Ahora, ¿qué posibilidades habría de que, a pesar de ser un evento hartamente repetitivo en el planeta, el caso de él y Laia resultara particular por alguna razón desconocida?; “puede que Regina esté en capacidad de responder tal duda, porque si bien, el mero hecho de la hora, fecha y lugar puede no ser la relevancia determinante; tal vez existe algún fenómeno en especial que marcó los alumbramientos e impuso la conexión”, caviló con interesante destreza.
Y todo esto lo hacía mientras viajaba junto a Tovar, esa misma tarde, hacia Punta del Norte, a más de 300 kilómetros de la ciudad, una apartada y paradisiaca provincia repleta de cristalinas y frecuentadas playas, palmeras, resorts y demás atractivos propios del Caribe. En esa ciudad, en medio de unas vacaciones familiares, la madre de Izan tuvo dolores de parto un mes antes de lo programado, siendo el hospital local el encargado de atenderla. Ahora viajaban hacia allá, porque Tovar había tenido eso que los detectives, más que todo, los realmente buenos, tienen: una corazonada; y cuando él tenía una, simplemente la seguía. Los resultados, siempre habían, no los esperados a veces, pero siempre surgía algo que le ayudaba a avanzar en sus pesquisas; y confiaba que ahora no sería la excepción.
– Las corazonadas nunca tienen una explicación detallada, Izan; funcionan como tus visiones.
– Eso me parece superstición, ¿no cree?
– No, es simple razonamiento deductivo; tu mente aprende a ir por delante y te muestra la luz en el camino; a veces más fuerte, otras no tanto; pero lo hace – respondió, en medio de suaves carcajadas. – Es ciencia del intelecto...

#13

...
– Va a tener que enseñarme a hacer eso.
– Las bases y algo de metodología es lo único que alguien podría enseñarte, porque el resto es cuestión de práctica; hay cosas en la vida que solamente se adquieren y dominan con la experiencia.
– Y exactamente, ¿qué buscaremos?
– Quiero ver hasta dónde llega ese supuesto lazo entre tú y Laia. Ver hasta dónde puede ayudarme a encontrar respuestas lógicas y pruebas palpables.
Durante el resto del recorrido, Tovar se dedicó a indagar más sobre la vida de Izan; su familia, estudios, actividades y aspiraciones; evidentemente quería – y tenía derecho – saber más sobre el chico que, de alguna forma poco entendible, había quedado en medio de la maraña tras la desaparición y muerte de Laia. Ante tal avalancha de cuestionamientos, Izan respondió, a veces con incomodidad, más cuando se trataba de temas netamente familiares, que siempre consideró privados; sin embargo, la informalidad del entorno y la garantía dada por Tovar de que todo lo que escuchara era para su aprovechamiento netamente personal y no para poner en duda sus capacidades o su personalidad, debido a lo de sus sueños; le ayudó a sobrellevar el trayecto.
El Hospital Punta del Norte recibió a Tovar y su improvisado compañero de investigación, quien, a la postre, no comprendía con certeza lo que el detective pretendía averiguar en el lugar. Sabía que Laia y él habían nacido ahí, el mismo día y hora; pero eso no representaba nada trascendental para justificar una corazonada por razonamiento deductivo. “¿O estaré equivocado?”, se preguntó más de una vez. Se sorprendería al ver que lo primero que haría Tovar, luego de identificarse, sería presentar a los encargados de seguridad una imagen del hombre de ojos y cabello marrón. Ante esto, las primeras respuestas serían de negativa y de invariable duda o desconocimiento; y es que las funciones de seguridad estaban a cargo de un contratista, lo que significaba que el personal no necesariamente era permanente. Abordó, entonces, a la recepcionista, una chica de cabellera negra, en extremo brillante, que también negó cualquier conocimiento de la persona en cuestión. En seguida, no sin antes haber lanzado un profundo suspiro de resignación, preguntó por el departamento do registros médicos; y es que se disponía, más por curioso impulso que por razón, a profundizar en el porqué del vínculo Izan-Laia.
Ya en el tercer piso, no tardarían mucho en ser atendidos por una dama culisa de curvilínea figura, resaltada por lo ajustado de la ropa que lucía. Una brillante sonrisa se explayó en su rostro mientras ofrecía su gentil atención a Tovar y su compañero.
– ¿En qué le puedo ayudar, detective?
– Estoy en medio de una investigación de homicidio y necesito revisar los registros de dos alumbramientos que se dieron en este hospital el 3 de octubre de 1995; Izan Bustamente y Laia Versalles.
– ¿Laia Versalles?
– Tal cual escuchó.
– Ese nombre – meditó la mujer, girando los ojos, buscando en su mente.
– Es justo ella, el cadáver del pantano de hace poco.
– ¡Por Dios! – exclamó, visiblemente asombrada –; ¿nació aquí?
– Así es; y si es posible, de manera extraoficial, me gustaría ver ese registro.
La mujer dudó por algunos segundos, en su mente apareció la frase “orden judicial”, pero la inusual circunstancia que le representaba saber que justo en ese hospital había nacido la chica, cuyo nombre había sido portada de todos los tabloides nacionales y que, en ciertos entornos, aún era noticia dado lo cruel de su muerte, le generaba el ímpetu de colaborar, pasando por alto los protocolos y demás formalidades.
– Detective, pero sin orden no debería; y hoy es sábado, no se hacen esos trámites.
– Apelo a su buena voluntad y su compromiso con la causa de encontrar a ese asesino antes de que sea muy tarde.
Sin más, se acomodó frente a su computador, hizo un par de movimientos con el ratón e introdujo los nombres dados por Tovar.
– No aparece en el sistema, lo que significa que debo buscar en los archivos físicos.
– ¿Le tomará mucho?
– Espero que no. Deme un momento.
La mujer se alejó y despareció de vista entre pasillos de archiveros metálicos y estanterías repletas de cartapacios con marcadores de diversos colores. Habiendo ubicado el archivero denominado “Nacimientos/1995”, afinó la búsqueda de la fecha correspondiente. Mientras esto ocurría, Izan inquiría a Tovar acerca de su repentino interés por tales registros, no le cabía en la cabeza la importancia que podrían tener esos datos para dar con el paradero del asesino. Tovar, por su lado, aducía que conocer cualquier otro detalle acerca de esa rara “correlación” con Laia, podría ser útil, así como hasta ahora lo habían sido aquellas visiones que, en todo caso, seguían resultando contradictorias para cualquier proceso investigativo racional. “Es simplemente una corazonada, y espero que nos dé algo más que el rostro de un hombre que nadie encuentra”, sentenció.
Al rato apareció la mujer. Consigo traía un fólder verde, tamaño oficio. Se detuvo en la barra que la separaba de sus visitantes e indagó el contenido del mismo, ante las atentas miradas de quienes serían testigos, primero, de su gentileza y sonrisa y, acto seguido, su asombro.
– ¿Ocurre algo?
– Solo hay dos nacimientos ese día – extrajo los formularios y los agitó en el aire, claramente confundida. – Es raro; pero son justamente los indicados: Izan Bustamante y Laia Versalles.
Tovar tomó los papeles y los ojeó por algunos instantes. Revisó los datos principales: fecha, hora, peso, talla, nombre de los padres, tipo de sangre, entre otros aspectos básicos. No le pareció ver nada raro. Por su lado, la mujer se retiró con rapidez y al poco tiempo volvió con varios cartapacios más.
– Mire a lo que me refiero… El 1 de octubre tengo 11 nacimientos, el 2, 9; el 4, 19, y el 5, 10; y estoy segura de que si reviso todo el mes, incluso desde septiembre, la media no bajará de 9 o 10 alumbramientos diarios. Actualmente estamos promediando 23.
– Tal vez fue una rara eventualidad.
– O algo sucedió ese día, ¿no? – insinuó Izan, con tono misterioso.
Tovar volvió a revisar los documentos, creía que el propósito de su corazonada debía estar ahí, no podía ser que las cosas quedaran en una fecha, una hora, un hospital y el nuevo detalle: los únicos partos del 3 de octubre de 1995.
– Un momento, ¿ambos partos fueron hechos por el mismo médico?
– Puede suceder.
– ¿A la misma hora? ¿Qué sucedió en este hospital ese día?
La mujer no tenía respuesta. Retrocedió un tanto de la barra y respiró hondo. Tovar le preguntó si el susodicho galeno aún laboraba allí; ella no tenía idea, pero una rápida llamada al departamento de recursos humanos permitió conocer que hacía 8 años de su retiro. De inmediato, extrajo su teléfono móvil y se comunicó con su colega en la estación, indicándole que localizaran al médico que respondía al nombre de Gregorio Randel. Evidentemente le sería más rápido así, que convencer a que en recursos humanos buscaran el expediente y le facilitaran la última dirección y teléfono.
– Como le dije, todo esto es una informalidad, pero no estaría de más que me regalara una fotocopia de estos formularios, ¿me ayudaría con eso?
La mujer no respondió, simplemente tomó los papeles, caminó hasta una copiadora ubicada a unos tres metros de su escritorio, y atendió al pedido sin reparo. Al volver, miró a Tovar con vaguedad, luego a Izan, instante en que su mente le mostró una sencilla conclusión, la cual le sería reafirmada por el propio chico: él era el otro neonato de ese día.
Momentos después, y luego de agradecer con creces la atención recibida, abandonaron el recinto con unas fotocopias y un montón de imprecisiones a considerar. Parecía que la búsqueda del hombre de ojos y cabello marrón no tenía norte. Mientras tanto, de los otros frentes investigativos tampoco surgía novedad alguna; el tiempo corría, y mientras más pasaba, se reducían las oportunidades de resolver el caso. Por ahora todo pasaba por determinar de forma categórica la identidad del misterioso hombre.
Afuera, mientras Tovar se enfrascaba en consecutivas llamadas telefónicas, Izan se detuvo a observar la fachada del hospital y a recordar otro de los detalles de la plática telefónica que el detective mantuvo con Regina cuando aún estaban en el apartamento. La señora, con lucidez, recordó que la madre de Laia estaba de vacaciones en Punta del Norte, junto a unas amigas, cuando tuvo dolores de parto antes de lo previsto y fue atendida en el hospital local. “Qué tamaña coincidencia”, se dijo, aún imposibilitado de creer lo que, aparentemente, lo unía a Laia. De inmediato, llamó a su madre, necesitaba hablar con ella, escucharla, compartirle lo que sucedía y, al final, que ella le trajera a la memoria que había sido, bajo las mismas circunstancias, que había ido a parar en ese hospital para darlo a luz, aunque no recordaba casi nada de los detalles del parto; todo lo demás luego de las contracciones más fuertes, le resultaba en extremo borroso.
Así las cosas, el mundo seguía haciéndose tan pequeño para él y Laia. Sus madres en Punta del Norte, por las mismas razones; finalmente, juntas en el mismo quirófano, en igual fecha, atendidas por el mismo médico; los únicos partos del 3 de octubre y alumbrados a la misma hora, en un entorno aún desconocido en sus detalles y relevancia para con la realidad actual. Y en adición, él, ilusionado con ella desde el primer día que se encontró con sus ojos en esa valla; y más que eso, enamorado con locura. Y ella, desde igual tiempo tal vez, teniéndolo en sus sueños sin explicación lógica y describiéndolo en su diario. “¿Acaso todo esto puede ser más raro?, se dijo.
Y lo sería.
A poco de dejar el hospital, a Tovar le comunicarían la dirección del doctor Randel. Seguía viviendo en la ciudad y no les tomaría más de 20 minutos llegar. Sin perder tiempo, se dirigieron a la dirección señalada y, para su suerte, encontrarían ahí al jubilado médico gineco-obstetra que, ante lo inusitada...

#14

...de la visita y temática correspondiente, los recibiría sin reparo, cayendo así ante la consternación, los recuerdos y la fascinación.
– ¿Así que tú eres el varón que nació ese día?
– Así es, doctor.
– Y la niña es la chica que encontraron muerta en el pantano – añadió Tovar.
– Estoy asombrado – dijo Randel, mientras colocaba en la mesa de su sala café y agua para sus inesperados visitantes. – La vida se mueve de forma muy extraña y te pone por delante recuerdos que no quieres tener y personas que jamás creíste ver alguna vez… Bienvenido a mi casa, Izan Bustamante.
Y entonces Gregorio Randel contaría lo que el 3 de octubre de 1995 marcó la llegada al mundo de los dos chicos que parecían estar enlazados por algo que iba más allá de lo evidente, por eso que Regina llamaba “compenetración de consciencia”.
“Esa fecha, durante toda la madrugada y la mañana, ninguna de las 19 mujeres embarazadas recluidas dio señales de labores de parto; incluso, aquellas que antes de la medianoche manifestaron algunas contracciones, se estabilizaron. A las 11:00 de la mañana, aproximadamente, llegaron al área de urgencias, casi al mismo tiempo, dos mujeres que habían reventado fuente. En el acto, fueron trasladadas al quirófano ocho y, justo en ese instante, un desastre se armó en el hospital. Los teléfonos empezaron a sonar y los parlantes no cesaban de llamar a médicos a los quirófanos y cuartos del ala de maternidad. Todas las mujeres embarazadas internadas, las 19, empezaron labor de parto al mismo tiempo; no había personal para atender una demanda paralela de semejante magnitud; y mientras eso pasaba, quedé confinado en el quirófano con los dos partos inminentes, una enfermera y un interno… Nos encargamos de la situación y todo iba medianamente bien hasta que se dio el temblor; casi que terremoto del 3 de octubre del 95, usted debe recordarlo, detective… A las 11:15 de la mañana, cuando la pareja de bebés daba sus primeros gritos, la tierra se sacudió y, justo después, todas las labores de parto cesaron. Sé que cada una de esas 19 mujeres fue evaluada y todas resultaron lo suficientemente estables y buenas de salud como para pretender propiciar el parto o sugerir una cesárea; y todas dieron a luz al día siguiente en una maratónica jornada… Lo que pasó el 3 de octubre de 1995 es lo más raro que he visto en mi carrera profesional”.
Lo detallado por Randel resultaba desconcertante. Tovar, que a duras penas buscaba sobrellevar y extraer algo racional de la cadena de extraños acontecimientos que envolvía su investigación desde la incursión de Izan, irradiaba un halo de estupefacción que opacaba la fascinación que sobre tal historia sentía el chico. Y es que, para él, finalmente, una respuesta casi que contundente se asomaba para su más persistente duda: el porqué de su compenetración de conciencia con Laia Versalles. Su mirada, su sonrisa y la frialdad que recorría su dermis, eran clara muestra del instante de revelación que le abordaba.
– Disculpe detective, pero la verdad no estoy claro cómo esta historia, bastante loca, puede ayudar a encontrar al asesino de esa pobre chica.
– Créame, estamos en la misma situación – atendió Tovar, luego de algunos segundos de silencio, tiempo que le tomó salir del lapsus de perplejidad provocado por el relato del médico.
– Lamento no poder hacer más… Y, ¿tienen algún sospechoso?, bueno, si es que me pude decir, entiendo lo de la confidencialidad en la investigación.
– No hay problema, doctor; buscamos a un posible sujeto, nada determinante aún; es más, échele un ojo.
Fueron escasos los segundos transcurridos antes de que Randel, con tono de voz misterioso y mirada cargada de asombro, afirmara conocer al individuo, más bien, haberlo visto por lo menos un par de veces en su vida.
– Sí, lo reconozco – asestó ante la absorta expresión de Tovar y la aún insistente y silente fascinación de Izan –; es el interno que me ayudó en los partos de ese día.
– ¿Qué dice?
– Sí, detective, es él; lo recuerdo claramente. Era su primer día en el hospital y estaba vuelto un saco de nervios.
– ¿Recuerda el nombre? – inquirió Izan, tomando papel de investigador.
– Por supuesto… Agenor… Agenor Colmenares; cómo olvidarlo, tiendo a grabar fácilmente los nombres raros.
Una leve sonrisa se dibujó en el rostro de Tovar, era la indiscutible, aunque aún no concluyente, satisfacción por el resultado. Izan lo comprendió y sin dudarlo lo aupó.
– Parece que al fin su corazonada se materializó.
– Así es, Izan; ahora nuestro hombre tiene nombre.
Volvió la mirada hacia el doctor, tenía algo más que preguntar.
– ¿Y sabe qué fue de él?
– Trabajó unas semanas más y luego desapareció. Consiguió un traslado, me parece; no recuerdo bien… Puedo preguntar algo, detective – asentó con expresión discordante; – ¿esta imagen es reciente?
– Bastante reciente, ¿por qué?
– Porque todo pasó hace más de 20 año – afirmó con la mirada puesta en Izan –; Agenor debe tener, ¿qué?, ¿45 años?; un interno no tiene más de 25 años cuando entra a un hospital; pero el hombre de esta foto no tiene más de 30 años. Si es así, que nos diga cómo hace para no envejecer; necesitamos su receta, detective.

- XI -
CONSCIENCIA

Los días posteriores al revelador viaje a Punta del Norte, la investigación de Tovar tomó giros interesantes, algunos satisfactorios, aunque no concluyentes, y otros agobiantes. Las repetitivas pesquisas en las instalaciones del hotel donde Laia fue vista por última vez, permitieron construir una cadena cronológica de acontecimientos, con muchos vacíos, por supuesto. Se recabaron imágenes de las cámaras de vigilancia, con algunos de los movimientos dentro del edifico del supuesto captor, que parecía corresponder a la fisonomía de alguien como Agenor, aunque tal planteamiento no resultaba en más que una mera especulación. Además, la limitada video vigilancia en los pasillos y secciones de personal del hotel, no permitieron establecer la ruta clara de entrada y salida, sin embargo, gracias a algunos testigos, se pudo corroborar la presencia de un vehículo de emergencias médicas cerca de una de las salidas posteriores y de uso reservado de las instalaciones. Lo último que se pudo observar en imágenes fue a un hombre vestido con uniforme de socorrista, que hábilmente evitaba las lentes de las cámaras, ingresando a otra persona, aparentemente una mujer, en el mencionado vehículo de emergencias. Lo más probable, Agenor y Laia; sin embargo, nada determinante, puesto que nadie aseguraba haber visto en ningún momento a alguien que respondiera al rostro del sospechoso.
Así mismo, el rastro de la convocatoria en redes sociales al supuesto proyecto cinematográfico y las comunicaciones de otros aspirantes que, progresivamente, eran informados de la cancelación de las audiciones hasta segunda orden, mismas que los administradores del hotel seleccionado, ni siquiera estaban por enterado que sería en sus instalaciones; permitieron delinear una metodología muy efectiva que tenía como objetivo a Laia y más nadie. Tovar estaba ya convencido de algo muy determinante y necesario para la investigación: premeditación y objetivo específico. Quien quiera que fuese el culpable, había seleccionado previamente a su víctima y orquestó un plan perfecto para llevarla justo a dónde quería y atraparla. No se trataba entones de un psicópata cualquiera con tendencia femicida, sino más allá. Ahora estaba claro que Agenor la había seguido por mucho tiempo y tuvo toda la paciencia para cumplir paso a paso su plan, hasta el fin.
Volvió a Punta del Norte y profundizó en su búsqueda, conversó con todo aquel que alguna vez vio a Agenor en 1995; indagó archivos de recursos humanos, hoja de vida, procedencia universitaria; cada uno de los antecedentes otorgados a la hora de ingresar como interno en el hospital; para encontrarse con una enorme escaramuza de datos ficticios. Todos sobre el hombre de ojos y cabello marrón era mentira, no existía antes de llegar a Punta del Norte y dejó de existir después; hasta ahora. Ninguno de los colaboradores dio con información precisa, es más, su nombre no aparecía en ningún registro nacional; ni siquiera en el Tribunal Electoral. Agenor Colmenares parecía ser un ente imaginario.
No obstante, una luz al final de túnel daría paso a un rumbo casi que insospechado, y no sería más que el reconocimiento facial por el Servicio de Migración. Y es que, gracias a una orden judicial ampliada, se pudo indagar en la base de datos de viajeros y, luego de algunas horas de búsqueda automática, el retrato fuente amplificado coincidió en más de 90% con dos fotografías de pasajeros ingresados al país recientemente. Con esa información y con ayuda de su equipo, se reforzaría una cacería imparable.
Por otro lado, habiendo regresado de Punta del Norte, Izan dedicó algo de tiempo a sí mismo y a poner al tanto de su trepidante cadena de sucesos, a su entrañable amigo. Claro que para Ednar no resultaba nada sencillo acoger la veracidad y magnitud de los detalles que le eran compartidos y, ni que de una revelación celestial se tratara, observaba los sucesos como una manifestación supernatural que debería quedar bien registrada en la historia y de la que, necesariamente, debía formar parte importante. Ednar se veía relatando los acontecimientos a sus hijos y nietos, imaginando como tal narración podría mutar en una inverosímil leyenda urbana. Faltaría solamente el complemento ideal, que el caso de la muerte de Laia se resolviera. Izan, por su lado, se zambulló en el mundo de lo inconcebible al investigar algo de literatura sobre la “compenetración de consciencia”, un tema que, visto de la perspectiva filosófica, no le decía mucho, salvo si se inmiscuía en la esfera metafísica o la sabiduría hiperbórea, aunque tales teorías casi que le rompían la cabeza al ser fundamentadas, más que todo, en conceptos teológicos y seudo-religiosos que para nada compartía. Y es que, a pesar de lo excepcional de las circunstancias que le acompañaban su diario vivir en...

#15

...las últimas semanas, nada le hacía creer que la explicación, o parte de ella, podría estar en presunciones de alcance celestial o sobrenatural. Optó por armar un dossier con la información relevante, independientemente de su procedencia, haciendo eco de lo que Tovar antes le había manifestado: que cualquier cosa que le ayudase a encontrar respuestas, debía ser tomada en cuenta, aunque atentara sus creencias o principios.
Y en medio de todo, su mente seguía poniendo en entredicho su capacidad de distinguir la realidad de lo imaginario. Sus noches eran un calvario de reincidentes imágenes, así como otras nuevas que no dejaban entrever mucho. Tomando en cuenta algunas teorías de los sueños, trataba de tomar control de esas expresiones del inconsciente, maniobrar dentro de tales representaciones, buscado desenmascarar el rostro del hombre que cercenaba la garganta de Laia, o bien, recabar detalles del lugar, salir de ese recinto, avanzar por el corredor y poder descubrir cualquier cosa que le resultara útil. Pero tales intentos no resultaban en nada fructífero. Si bien, lograba tomar algo de control sobre “lo que quería soñar”, si es que se puede decir así; no conseguía nada determinante que fuera más allá de lo que, por simple deducción, se podía obtener.
Fue así que tomó una decisión bastante sorprendente para todos, claro, no sin antes haber investigado lo más posible al respecto. En sus incursiones en el mundo de la compenetración de consciencia y demás literatura relacionada en menor o mayor nivel, encontró lo que podía ser una salida: la inducción hipnótica.
– ¿Estás seguro de hacer esto? – le inquirió Ednar, que durante todo el camino había insistido a su amigo el no recurrir a tan cuestionando procedimiento.
– Estoy seguro.
Andra Viegue, hipnoterapeuta y sicoanalista, rotulaba la puerta de su consulta en el piso 2 de una plaza comercial al este de la ciudad, ya un tanto alejado del complejo financiero y comercial de mastodontes de concreto y cristal. Había llegado ahí gracias a una directa sugestión de Regina, con quien días atrás había conversado telefónicamente y expuesto su idea de recurrir a alguien que pudiera ayudarle a ver más allá de lo evidente. Ella, que tenía importantes conocimientos en el área, le incitó a hacerlo, máxime cuando, igualmente, había estado considerando tomar alguna sesión similar, si es que se lo llegaran a permitir por su edad, puesto que ese rostro de cabellos y ojos marrones que Tovar le había mostrado ese día en la estación – y del que se había quedado con una copia –, aunque no lo reconocía, algo muy dentro le hacía pensar que sí.
Regina le dio el contacto de Andra y le insistió en que correría con los costos de la sesión. Ahora él estaba ahí, listo para adentrarse a un mundo del que se dice y conjetura mucho, pero pocos pueden o se atreven a hablar abiertamente de sus experiencias. Se dice que, en un estado hipnótico, así se cuente con una muy buena inducción por parte del terapeuta, para enmarcarse solo en el contexto de lo que se quiere realmente indagar y amplificar, surgen imágenes de hechos o experiencias que se creen olvidadas o que no se desean recordar, y esto a veces sucede con tanta vehemencia, que las mismas alteran la concepción de la realidad y se convierten en obstinadas acompañantes de los pensamientos por el tiempo que ha bien les parezca; y de tal cosa muy pocos se atreven a hablar.
Ya dentro, y luego de las presentaciones y conversaciones previas de rigor; advertencias y liberaciones de responsabilidad; se daría inicio a lo que sería, hasta ese momento, una de las más raras y fascinantes experiencias que viviría el par de chicos, uno como sujeto inmediato y el otro como testigo fiel de cada instante. Andra, con voz suave induciría progresivamente a Izan al sopor, guiándolo a ubicarse dentro de ese recinto oscuro y fétido donde veía a Laia, atada a la silla, a poco de que le cercenaran la garganta. Luego de un par de minutos, recostado en un diván, el chico se ubicaría justamente ahí, flotando como esencia invisible e imperceptible, aunque según él, ella, de alguna forma, sentía su presencia, divagando a su alrededor, impotente, viéndola sufrir y resignarse al inexorable final. La diferencia ahora radicaba en la voz de Andra que, manando de una dimensión alterna, le indicaba paso a paso lo que debía hacer y le preguntaba sobre lo que veía.
“La puerta, la puerta; busca la puerta, Izan”, le decía; pero él se resistía, su propósito parecía ser mantenerse ahí, ideando alguna forma de librarla de morir o, irremediablemente, atestiguar por enésima vez su final, pretendiendo ver algo más de ese rostro que jamás le era revelado. Andra, viendo que lo que Izan quería se imponía sobre su guía, cambió el rumbo y lo llevó a detenerse en ese instante, frenando el transcurrir de cada cuadro de esa película nacida de su subconsciente. Sin embargo, no había manera de ir más allá. Era los más cerca que Izan había estado de proyectar ese rostro en su mente; como si esa porción de su maquinación nocturna no le fuera propia. Sobre las facciones del asesino, se dibujó un telón deforme, blanco como el papel, de órbitas vacías y una entreabierta boca carente de dentadura y profunda oscuridad, como si del infinito mismo se tratara. Entonces, el filoso cuchillo dentado apareció y penetró el cuello de Laia, salpicando todo su rostro y visión de sangre.
“Vuelve, Izan; vuelve… Tienes que volver”, le incitaba Andra, al notar que el chico, tiritando sobre el diván, amenazaba con escapar de tan terrible versión alterna de su reiterante pesadilla. “Regresa al inicio, tú tienes el control; es tu mente, es tu sueño… Vuelve al principio”. Y así, apareció otra vez, penetrando por algún recodo del recinto, flotando en derredor de una angustiada, pero a la vez resignada, Laia. Esta vez, seguiría la orientación de Andra y dejaría de pretender lo imposible para buscar otro tipo de respuesta. Se movió hacia la puerta y la atravesó por las rendijas, así como el aire lo hacía junto a la luz del corredor. Avanzó, prestando atención a detalles un tanto imprecisos y borrosos, pero los suficientemente perceptibles dadas las condiciones. “Avanza lentamente, mira a ambos lados y di lo que vez”, le decía Andra, con suave tono de voz, pero con ímpetu suficiente para ser escuchada claramente y, literalmente, obedecida. Y lo que Izan observó en su lento avanzar, fueron paredes podridas, agrietadas, con restos de pintura, así como otras puertas, igual de desvencijadas que la del recinto donde Laia seguramente ya se desangraba. Al final del corredor, se encontró con un salón de mayor tamaño, con muebles derruidos, lo que le pareció un comedor y un aparador; vidrios rotos y un olor aún más repugnante y penetrante. Sintió náuseas, lo que no sabía es que afuera, en la realidad, de su boca discurría saliva que Andra limpiaba, mientras le incitaba a continuar. Así, tomando hacia la izquierda, desde dónde parecía provenir algo de luz natural, escuchó una voz gruesa. Se apresuró un poco más, obviando las advertencias de Andra y, al llegar a un habitáculo aún más grande, el rostro de Agenor apareció a escasos centímetros, justo en el umbral, impidiéndole ver más allá.
“¿Qué eres? ¿Qué haces aquí?”, fue lo que escuchó de la boca de Agenor, cuyos marrones ojos denotaban profunda estupefacción, casi rayando en el espanto. Por su parte, Izan, sorprendido por lo inusitado del encuentro, renunciando a buscar al dueño de la gruesa voz, volteó hacia el otro lado y, con rapidez, cruzó el primer salón hasta otro corredor, solamente iluminado por la luz natural que se colaba por una ventana en el fondo. Corrió, o más bien, flotó; aceleró su tránsito por el pasillo y atravesó la ventana para detenerse ante un paisaje imponente. Una cadena montañosa se explayaba en el fondo, por encima de una primera raya de arbustos de mediana altura, seguidos de un cúmulo de árboles frondosos que dibujaban una línea horizontal casi perfecta. Las elevaciones saltaron a su memoria, como si de recuerdos se trataran, más que partes de lo que interpretaba como una visión. Entonces, un grito penetró en sus tímpanos, haciendo que volteara frenéticamente su mirada hacia la malograda estructura de la que recién había salido y que aparentaba estar abandonada desde hacía mucho, con sus paredes de madera corroídas por el tiempo. Desde una de sus ventanas rotas visualizaría el rostro de Laia, suplicante y sufriente, que esbozaba con el movimiento de los labios, su nombre. Ella le conocía, lo veía y lo sentía.
El pulso de Izan se aceleró, le resultaba inconcebible la repentina variación del contexto. Las gesticulaciones de Laia le llamaban con insistencia y, justo antes de que Andra lo sacara del sopor, al ver como se agitaba en el diván, amenazando con entrar en un episodio de convulsiones; la chica lograría articular algo, pero no sería su nombre, no sería el silencio hecho ruido, sino otra cosa: “Ferex”.
Izan despertó ahogado en su saliva. Fue uno de los retornos de una sesión hipnótica más raros para Andra, con todos sus años de experiencia en el campo. Ya incorporado y luego de beber algo de agua, recopiló en su mente todas las imágenes vistas, buscando atar cabos y crear un hilo conductor que realmente le dijera mucho más de lo que hasta antes de la sesión, había logrado comprender. Percibía su encuentro con Agenor tan real, que lo visualizaba ahora como el recuerdo de algo vivido; y la inesperada aparición de Laia, aún más. Pero lo que más le sacudía las entrañas era la visión del entorno, esa desvencijada cabaña en medio de un frondoso bosque en algún apartado lugar que no podía definir. “¿Dónde será?”, se preguntó; más el paisaje no le decía mucho.
...

#16

...
– Estoy sorprendida, no creí que iba a ser una experiencia tan vívida. Normalmente no sucede así, las personas tienden a ser más débiles, se diluyen entre las imágenes, suprimen el entorno, saltan a otro punto y luego vuelven; tratan de encontrar la claridad en medio de demasiadas discordancias y es más tediosa la guía, aunque al ser lo estándar, uno simplemente se adecúa a manejarlo… Pero hoy ha sido tan distinto y vivaz que estoy poniendo en duda que haya sido un simple paseo hipnótico.
– ¿A qué se refiere?
– Me parece que tuviste un viaje astral. Cuando evité que despertaras, te ayudé a propiciar un desdoblamiento.
Izan y Ednar cruzaron miradas de extrañeza; si bien, en algún momento de sus vidas habían escuchado o leído alguna mención al respecto, no tenían un conocimiento medianamente amplio acerca de la connotación de un tipo de experiencia que, científicamente hablando, corresponde al mundo del ocultismo, esoterismo y algunas pseudociencias.
– Perdóneme, pero no creo en cosas de ese tipo.
– Entiendo, Izan; eres escéptico y eso es admirable e importante, sino, ¿cómo se abriría la mente al conocimiento?; sin embargo, aquí estás, buscando en lo no científico respuestas a tus dudas más profundas sobre tus visiones, o lo que en principio me parecían sueños lúcidos.
– Es complicado – asentó Izan, respirando hondo.
– Tú lógica no cuadra con todo lo que te ha venido sucediendo, sientes que aquellas cosas que niegas, que no compaginan con tu razonamiento, de repente toman control de tu existencia y eso no es nada sencillo; es como un proceso de descubrimiento, no solo de tu nuevo entorno, sino de ti mismo. Eres más de lo que crees y tu fortaleza espiritual supera con creces tus concepciones racionales.
– ¿Fortaleza espiritual? – espetó Ednar –; creo que no tengo amistad menos espiritual que Izan.
– Todo depende de la concepción que se tenga sobre lo espiritual, chicos; no hay nada más destructivo que el encajonamiento y lo espiritual ha sido relacionado durante milenios con lo religioso y supersticioso; y no es así; lo espiritual es el apelativo de aquel conjunto de atributos existenciales de la humanidad, que aún las ciencias no pueden explicar.
Izan, que había escuchado con detenimiento a Andra, retornó en su mente al sitio que se le había revelado, verificando si las imágenes aún se mantenían claras. Y así era, lograba voltearse hacia el paisaje y luego hacia la derruida estructura, sin ningún problema, así como ver el rostro de Laia asomado. Todo estaba dicho, ese debía ser el lugar donde la habían encerrado y asesinado, el asunto ahora sería cómo dar con él. “¿Ferex?”, repitió, a lo que Ednar, que se había adelantado a la tarea utilizando su teléfono celular, indicó haber identificado lo que tal expresión significaba.
– Es una galería de arte internacional en Punta del Norte – espetó, con la mirada cargada de intriga.
Una sonrisa que entremezclaba horror y fascinación se dibujó en el rostro de Izan. Tenía otra pista, tal vez la más contundente.
– Necesitamos ayuda. Tengo que hablar con Tovar.
– ¿Y seguir pareciendo loco?
– No lo creo, él ya está entendiendo y hará lo que sea por resolver este caso. Además, no debe ser problema ir a una galería de arte. ¿Puedo volver? – agregó, dirigiéndose a Andra.
– Cuando quieras; si sientes que realmente esto te puede ayudar, aquí estaré – atendió con una cándida sonrisa. – Igualmente, me gustaría que repitiéramos lo del viaje astral, creo que necesitas conocer mejor tu potencial… Sería una cortesía de mi parte.
Izan se contuvo, la mirada de Andra le recordó a Regina, cuando le dijo que “había visto dentro de él, que era más de lo que creía”. La verdad es que, en ese punto, ya casi que lo consideraba un hecho.
Asentó con la cabeza, agradeció la confianza y disposición, y caminó hasta la puerta con su amigo. Ya en el umbral, como una alegoría de su reciente encuentro cercano con Agenor, Andra los contendría por un instante para regalarles un detalle fulminante.
– Sé que dudas, pero lo que viviste hoy fue una experiencia extracorporal, te lo puedo asegurar; no fue una inmersión en visiones o proyecciones, ni en recuerdos o deseos; tampoco fue un sueño lúcido y mucho menos una transición espacio tiempo, eso no es tan fácil de conseguir. Izan, tu consciencia se desdobló y se trasladó bajo la guía de tu compenetración.
Las palabras de Andra calaron profundo en Izan. Por un momento le pareció no entender lo que escuchaba, pero conforme avanzaban los segundos, sus cavilaciones le mostraron una posibilidad inconcebible: Laia estaba ahí.

- XII -
PRIMORDIALES

Izan insistió en comunicarse con Tovar infructuosamente. Llamadas perdidas y mensajes textuales y de audio fueron apareciendo en el teléfono celular del detective, pero no le era posible prestarles atención; lo que Izan no sabía era que el líder del equipo de investigación que daba todo por el todo por atrapar al asesino de Laia, estaba inmerso en un operativo determinante para el caso. Y es que, la búsqueda de Agenor Colmenares al fin dio un resultado favorable: una ubicación. En los tiempos actuales es cada vez más difícil esconderse, el acceso a tantos medios de información, así como la facilidad con la que cualquiera puede tomar una fotografía o un video de lo que le parezca cuando a bien tenga, complica el alejarse del mundo justo en medio de éste. Así le pasó al hombre de marrón, quien fue visto más de una vez por algunos testigos cercanos a la casa que mantenía alquilada al oeste de la ciudad, a poco más de 80 kilómetros, en una pequeña localidad rodeada de extensos campos de cría de ganado que, en principio, debía resultarle lo suficiente segura; no obstante, la aparición de su rostro y sus posibles alias en los medios de comunicación, acabarían con su anonimato. Cuando el dato fue corroborado, Tovar activó las alertas y, con unidades de las fuerzas especiales y refuerzos motorizados, se desplazó junto a sus colaboradores inmediatos, al punto identificado.
Corrían las dos de la tarde, aproximadamente, cuando el andamiaje policial hizo acto de presencia en la zona rural de Bajada de Piedra. La casa, de una planta, a primera vista amplia, con una fachada agreste que armonizaba con el entorno, construida a unos 30 metros del tosco camino principal, se erigía apartada del resto de la comunidad, siendo bien sabido que la misma era alquilada por sus dueños a turistas extranjeros o nacionales, así como a familias, por periodos de tiempo que variaban de acuerdo a las necesidades de los inquilinos. Ahora, desde hacía algunos meses, era el hogar del hombre de ojos y cabello marrón.
Las unidades se emplazaron siguiendo los protocolos de allanamiento previamente definidos, asegurándose de ser sigilosos y evitar que su presencia fuera detectada con demasiada premura. Así, la residencia fue acordonada en un perímetro de 100 metros, mientras otro número de efectivos se acercaba para introducirse a la fuerza, sin avisar. La puerta calló y Tovar entró con su arma encañonada, seguido de una línea de 5 unidades fuertemente armadas, que se distribuyeron por cada reciento, en una tarea de reconocimiento que no tomaría mucho tiempo debido a la sencilla distribución interna de los espacios. Tovar se concentró en las habitaciones, ubicadas en un corredor de más de un metro de ancho, que iniciaba a un costado de la enorme sala-comedor, primera área cubierta por el operativo. Por su parte, otras unidades ingresaron por la parte trasera, forzando la puerta de hierro que daba paso a una zona de lavandería y depósito que conectaba con la cocina. A la vez, un número reducido de unidades se postró a las afueras de la estructura, cubriendo la terraza lateral, así como en derredor, vigilando las ventanas. Al cabo de unos cuantos minutos las voces que decían “asegurado, todo limpio” se multiplicaron, dejando en claro que el principal objetivo del allanamiento no estaba.
Con la residencia tomada y verificado cada uno de los recintos, Tovar bajó la defensa y dio la orden de continuar la búsqueda en el perímetro definido previamente. A como pasaban los minutos, avisos por radio informaban de la fallida ubicación del sospechoso en los alrededores. Progresivamente, la posibilidad de dar con él se diluía irremediablemente. Tovar revisó la casa con detenimiento, sin embargo, no encontró nada que le dijera algo más sobre Agenor o su vínculo con la víctima. Cada zona de la residencia era tan prístina que parecía no estar habitada y mucho menos por un hombre. Sus ropas estaban en el armario de la recámara principal, donde también se encontró una computadora portátil y una memoria USB, las cuales tendrían que ser sometidas a revisión por parte de los técnicos del departamento. Aparte de eso, nada más parecía ameritar ser cautelado; no había documentación, ni fotografías, solo algunos libros; la ropa estaba limpia, incluso, la del tanque de la acumulada para lavar; no se mostraba nada que lo relacionara directamente con el crimen. Se revisaron los calzados, cada uno tan nítido como el anterior. Sea quien fuera Agenor Colmenares, calificaba como el sospechoso más ordenado y limpio que alguna vez Tovar hubiera perseguido.
– Señor, encontramos algo.
Al fin una voz de aliento se asomaba en la frecuencia de los radios de comunicación. Tovar respiró hondo, escuchó los datos de ubicación de la unidad que revelaba haber encontrado una puerta oculta entre la maleza a unos 50 metros de la parte trasera de la casa. Se movilizó apresuradamente hasta el punto en cuestión, donde se ubicaba una puerta de madera de doble paño, de no más de medio metro cuadrado, separada del suelo por unos de 20 centímetros en su base inferior y no más de 50 en su parte superior; estaba carente de pintura y adecuado mantenimiento, salvo por el candado de alta seguridad que la cerraba; se escondía tras un arbusto y maleza de mediana altura.
– Casi la paso por alto, si no es porque tropiezo con ella – afirmó el oficial que la había encontrado.
Tovar giró la orden...