Amaya
Rango5 Nivel 21 (491 ptos) | Escritor en ciernes
#1

Las sombras de la noche, como un manto de terciopelo oscuro, cubrían el bosque durmiente.
Por un sendero serpenteante, a paso lento y temeroso, avanzaba una joven embozada en una capa roja.
El frío y el miedo la hacían tiritar. Aunque la solidaria luna le indicaba la dirección correcta que debía tomar, ella, perpleja y confundida, una y mil veces tomaba la ruta errada.
Frustrada, se desplomó sobre una roca.
El bosque la seducía y amedrentaba; la excitaba y paralizaba.
El viento y su música nocturna la invitaron a una danza mágica que le robó el aliento.
De pronto, un ruido apenas perceptible la alertó. Alguien se acercaba.
_ ¿Qué haces aquí sola y a estas altas horas? _ un hombre corpulento la sorprendió con su inesperada aparición.
_ Simplemente me extravié _ respondió con desconfianza.
_ Me dirijo a mi cabaña, no está lejos. Si lo deseas puedes pasar la noche allí. No temas, soy el guardián de estos bosques. Te acompaño y luego continúo con mi ronda de vigilancia. Pasamos por tiempo violentos, ¿sabes?
Con una sonrisa tímida transigió ante el amable ofrecimiento.

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#2

Al llegar, el hombre le preparó un té. Ella aceptó agradecida.
_ Es peligroso que una jovencita hermosa transite por estos bosques sin protección. En el pueblo cuentan sobre la existencia de una criatura feroz, un lobo, quizás _ le guiñó un ojo con astucia _ Se alimenta de las entrañas de aquellos desprevenidos que desorientados se extravían en la espesura del bosque.
La mirada lasciva del hombre la perforó. Un sudor frío atenazó su frágil cuerpo.
_ Si tienes miedo puedo quedarme..._ la libido del hombre crecía en la misma medida que lo hacía la repulsa de la joven.
Cuando intentó someterla, un ser aterrador saltó sobre él. Con ferocidad le clavó sus afilados colmillos en el cuello. Murió desangrado.
_ ¡Muere maldito! _ murmuró la bestia al tiempo que se relamía limpiándose la sangre de su pelaje lustroso.
La niña, espantada, pensó, "¿Será, ahora, mi turno?".

#3

La niña, espantada, pensó, "¿Será, ahora, mi turno?".
El lobo se le acercó con movimientos acompasados. Se detuvo frente a ella. Grave y autoritario, profirió: "¡Acaso no te advertí que no hablaras con extraños, pequeña desobediente!"
"¡Santo Cielo!, pero si es la voz de mi madre..."