Edgarderlis
Rango4 Nivel 15 (235 ptos) | Promesa literaria
#1
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  • #2

Si puede haber un privilegio muy especial que disfrutar en la vida, es compartir y cultivar con tus hijos algunos de los talentos con los cuales hayan sido dotados. En mi caso, el canto.
Ruth, mi hija mayor, con el paso de los años fue descubriendo su inclinación por la música al punto tal que cuando terminó la secundaria ya estaba con un aprestamiento significativo en la ejecución del piano y con la decisión tomada de dedicarse profesionalmente a este bello arte. Después que ella comenzara su preparación en la Universidad Nacional De Música se dieron algunas ocasiones en que formara parte del ensamble instrumental de músicos del grupo de alabanza donde en ocasiones yo fungía como director de cultos. Es importante reconocer como el progreso de ella en su conocimiento musical habían ido poco a poco despertando en mi una confianza y seguridad al momento de dirigir los cantos, cada vez que ella me acompañaba con el teclado, en ocasiones, ella percibía que yo era muy exigente con ella porque sencillamente, le pedía cosas que yo sabia que ella lo podía hacer, pero que ella no era consiente de ello.

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#2

Aquella vez habíamos estructurado el programa para ese domingo, pero el director musical, un minuto antes de comenzar, sugirió cambiar el orden de las canciones, por alguna razón Ruth no había estado en ese momento, por lo cual ignoraba los cambios en el programa. Llegado al punto, comenzó con la introducción de la pieza que interpretaríamos, pero yo ceñido a la propuesta del Director comencé a cantar los versos del tema que se había acordado un minuto antes de empezar, obviamente los versos correspondían a otra pieza y no a la que Ruth ejecutaba con el teclado, lo único que yo hice fue cantar en la tonalidad que marcaba el Piano, los músicos se miraban desconcertados, no todos eran profesionales los mas experimentados con discreción mantenían el ritmo todos miraban a Ruth; inicialmente, ella estuvo tentada a parar en seco la música y recomenzar pero pudo más su criterio musical, no había partitura, ni cifrado que la guiara en este punto, y con la mente fluyendo a mil por hora comenzó a anticiparse guiada ahora, por su teoría musical, y su excelente oído. Las notas fluían una tras otra en su cabeza e iban completando la escala y guiándome en la interpretación de los versos como quien planea plácidamente sobre un cielo de notas y sonidos para luego aterrizar con tal suavidad al final del último verso.