Lautan
Rango5 Nivel 22 (551 ptos) | Escritor en ciernes

Cap. I

Los recuerdos de la niñez son tal vez los que forjan parte del carácter del hombre, no sé cómo me ha afectado a mí, pero hoy a mis ochenta años me veo frente a un cartel que me recordó cuando tenía diez años de edad; no me hizo sentir joven, pero permitió reconocer que los años no han pasado en vano.
En la pequeña localidad en la que vivía, no eran muy recurrentes las actividades para los niños, era como si no existiéramos, como si no importáramos; pero un día de aquellos acalorados del verano que se convertían en días sofocantes de calor, llegó a lo lejos un espejismo de color.
La música que se escuchaba a lo lejos era igual de poco nítido que la imagen, pero a los ojos de nosotros se veían como una aventura, no por la diversión, sino por el riesgo y romper el hondo aburrimiento.
El espejismo se hizo más cercano, la gente se acercó a la calle o se asomó a ver el origen de aquel escándalo, los adultos lo vieron como algo desagradable, los niños lo vimos como una epopeya.

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3

21
Teki_
Rango4 Nivel 15
hace 2 meses

Buen comienzo. Continúo leyendo.

JorgeBenitezR
Rango9 Nivel 41
hace 2 meses

...agradable.. interesante... bienvenido al país de los ensueños y de las realidades "sentidas"...

METZ
Rango5 Nivel 20
hace alrededor de 2 meses

"¿un día de aquellos acalorados del verano que se convertían en días sofocantes de calor?".
En lo demas me gusto.


#2

Aquel extraño choque de música explosiva, efusiva, burlona, atrayente; chocaba y se mezclaba con aquel colorido impregnado de brillo, contraste; sentí una emoción al ver como el amarillo compartía presencia con un extraño rosa vivo y un azul estremecedor; jamás habíamos visto tal combinación era como mirar de cerca una porción de un país exótico; el grito que nos hizo saber el nombre de toda aquella extraña revolución venía de un hombre con vestimenta peculiar, ya que en lo absoluto era parecida a los demás miembros de aquella procesión; sus colores rojo, negro y blanco realzando sus adustos gestos, pero dando una gran impresión a aquel grito:
-¡El circo, el magnífico circo!, ¡Lo jamás visto en el mundo, solo se encuentra en este circo!, ¡Circo Kioku!, ¡El circo, el gran Circo Kioku!
Para muchos de nosotros nos resultó desconocido esa nueva palabra que los adultos no manejaban, “circo”, ¿qué es eso?, ¿de dónde venían?, ¿qué se supone debía pasar entre nosotros y las personas que llegaban a nuestro pequeño mundo?; comparándolo con el de ellos, nos creíamos muy pequeños.
Todo niño llegó ese día a casa platicando las maravillas de lo visto por la mañana, los Grandes no suponían interés sobre nuestras palabras, no creo que haya sido falta de fe, era resultado de la ilusión.
Comparé la situación con un cuento que había escuchado; aquellos extranjeros eran los amigos fieles que buscaban derretir nuestro frío corazón, pero que se veían en la necesidad de pelear con la reina de las nieves.
Aquel extraño grupo de gente instaló un techo igual de extraño, en las orillas de nuestro poblado; desde la iglesia nos era posible ver aquellas 4 banderas ondeantes que parecían llamarnos con su suave movimiento.
A los pocos días de su instalación comenzaron de nueva cuenta pequeñas peregrinaciones por parte de aquellos extraños, no eran de la misma monumentalidad que a su llegada, pero ahora repartían pequeños panfletos que comunicaban las maravillas que iban a presentar.
La insistencia de nosotros hacia los Grandes (como llamábamos a los adultos), sobrepaso los límites de su paciencia, la promesa fue llevarnos a verlos.
Qué mundo era aquel que habían instalado, todo había cambiado de forma radical, ya no sólo era aquella enorme carpa, sino también las estancias de animales tan extraños que nunca habíamos visto; casas pequeñas con ruedas que se encontraban ordenadas detrás de la carpa.
Por todas partes de esta nueva pequeña ciudad se veían grandes carteles coloridos con pocas palabras, tal vez sólo las necesarias, pero las imágenes fueron lo que más atrajo mi atención, hasta el día de hoy lo recuerdo pero el sentimiento ha cambiado, en aquel entonces imaginaba que mi emoción debería ser parecida a la de un inventor, un descubridor, un genio; ahora el recuerdo no se puede llamar de dolor, pero me mostró la verdadera realidad que vive cada día el ser humano.
En ese ayer no sólo quedó en mi mente aquella imagen, sino también un renglón de aquel cartel: “Dos semanas de función”. Ese primer día de presentación no pude entrar a la gran fiesta que se llevaba dentro de la gran cortina que dividía la realidad de los Grandes contra la visión de los Extranjeros.
Quedé extasiado de los sonidos e imágenes externas; regresé a casa, quería contar todos aquellos eventos, impresiones, aromas, sensaciones; los Grandes no me quisieron escuchar, fui al lado de mi fiel guardián: Sorata, mi perro, al que yo veía como el gran dragón que protegía mi pequeña presencia; era la fiera salida del centro de la tierra que se convirtió en mi única compañía… como extraño a mi amigo, agradezco haber estado a su lado hasta el final.
Esa noche planee con Sorata la forma de ver las maravillas que escondía aquella cortina; los tenía que ver, más que un simple deseo se volvió para mí una ambición.

#3

Ahora me pregunto si esa noche dormí, porque antes de despuntar el sol, me encontraba fuera de una tienda de los Grandes, esperando a que abriera sus puertas para prestar mis servicios a cambio de algunas monedas.
Hablé con sinceridad al dueño de la tienda, aquel Grande sólo se rio de mí y me habló con gran dureza, sacándome de aquel lugar; así hablaban los Grandes a nosotros los Simples, nunca éramos nada para ellos.
Me senté en la orilla de la acera, Sorata esperaba alguna indicación por parte mía; sin quitar la mirada del piso escuché voces familiares de aquellos Simples que yo conocía; no sé si llamarlos amigos, pero si los puedo llamar conocidos; al acercarse a mí comenzamos a hablar sobre la ciudad de color, que estaba en nuestros terrenos, yo casi no hablaba, quería guardar mi secreto, ese secreto que solo Sorata conocía; algunos de aquellos Simples comenzaban a platicar lo que ellos habían visto el 1º día; yo no quería escuchar, me molestaba y al no poder crear más resistencia en mi interior, grité: -¡Yo no quiero escuchar lo que has visto, yo quiero verlo con mis ojos!.
Aquellos Simples me comenzaron a pelear y Sorata sin yo decir nada se puso en guardia, él sabía de alguna manera que 4 contra uno tendría un resultado fatal; Sorata no me dejaría solo y yo, no lo dejaría solo a él.
Alguno de aquellos Simples lanzó contra mí una piedra, esta golpeó mi cabeza; y aunque ahora lo puedo decir con cierto detalle, en ese momento fue tan rápido como ver un rayo; creo que Sorata reaccionó de la misma manera, con esa misma velocidad, pues cuando ya sólo faltaba tomar a su presa entre sus fauces, un simple “no” salido de mi garganta detuvo a la fiera en la que se convirtió.
Estaba tirado en el piso, mis ojos veían un brillo y a la vez no veían nada; sentí un leve golpeteo en mi brazo y escuché un leve chillido; era Sorata a mi lado, que sin palabras me preguntaba o pedía verme de pie; sólo le pude decir: - tranquilo, estoy bien-; en respuesta sólo lamió mi mano.
Al tiempo que me concentraba en saber si mi cuerpo reaccionaría a mis órdenes escuché a lo lejos la voz de un Grande… gritaba; me pregunté el porqué de aquellos gritos, pero sentía la necesidad de saber y no, lo que aquel Grande decía. El resultado de todo aquel revuelo fue que aquellos Simples sólo salieron corriendo.
Sentí que algo me tomaba de los hombres, como si quisiera arrancarme de los brazos del suelo, yo no puse resistencia, Sorata no se apartaba de mi lado.
Cuando logré enfocar a aquel que aún me tenía en sus manos, me percaté de que era un Grande, pero no era como los demás, él era especial; tal vez era el único Grande al que nosotros los Simples no sólo respetábamos como a los demás, sino que también lo queríamos, confiábamos en él.
Su nombre no lo conocíamos pero siempre lo llamábamos Sr. G; tal vez fue el único nombre que como Simples pudimos pronunciar de aquel grupo de los Grandes.
Comprendí entonces porque Sorata no ladraba y sólo agitaba su rabito, a él le caía bien el Sr. G, no lo veía como un enemigo; pero su mirada le suplicaba que me ayudara; que él hiciera lo que las características físicas de Sorata le impedían; el Sr. G lo miró y le dijo: - tranquilo pequeño, tu señor seguirá contigo, sólo que por un tiempo tendrá un gran chichón- terminó su frase con una leve carcajada, Sorata sólo dio un ladrido, los tres entendíamos esto como un “gracias”; yo no tuve que hablar, mi guardián lo hizo por mí.
El Sr. G tomó su pañuelo, era tan blanco que brillaba con la luz del sol; limpió mi frente y vi que había sangre, en ese momento comprendí que aquella sensación de frío y calor corriendo por mi frente había sido el efecto del golpe con la piedra, me había abierto la cabeza, pero no era tan grave.
Cuando terminó de limpiar la herida y de revisarla un poco de manera de no lastimarme o abrirla, dejó su pañuelo en mi frente y con su voz grave pero tranquila sólo me dijo: - presiona fuerte, vamos a casa, allá tengo lo necesario para curarte antes de que se pueda infectar.
El Sr. G sabía que si cualquiera de nosotros los Simples se presentaba ante los Grandes de nuestra casa con una lesión como esa, terminaríamos con más problemas que los que hayan causado las heridas; por eso decidió ayudarme y punto, antes de que fueran en vano aquellos auxilios.
La casa a la que llegamos me recordaba las descritas en los cuentos en donde vivía un valiente cazador o un guardabosques, era tosca en ciertos lugares, pero armonizaba de tal manera con su entorno, la pequeña chimenea siempre humeante y de un rojo singular en sus muros que contrastaba con el verde de las hiedras que enmarcaban las ventanas; Sorata respetaba mucho a aquel hombre y se quedó al pie de las escaleras de la casa, el Sr. G se dirigió a él sin mirarme, sin tomarme en cuenta: - anda, anda; ¿serás capaz de dejar sólo a tu señor?- Sorata ladró, comprendí que había sido una ofensa para él, pero también había sido una forma de agradecer aquella consideración.
Estando dentro de aquella casa, era como si el tiempo no pasara, era confortable, cálido, te daba la confianza necesaria para decir “no me quiero ir”. El Sr. G me sentó cerca de la chimenea, y aun estando apagada proporcionaba cierto calor; trajo una pequeña caja sacada de un mueble de madera, rústico, muy tosco; pero me fascinó. Lo que esa caja contenía no era medicina convencional, era un complejo grupo de frasquitos de vidrio, que al abrirlo olía al mismo bosque de donde habían sido extraídos.
En el golpe puso primero unas gotas de un agua color verde-amarillento, me causó cierto ardor, pero no molestó; después colocó un extraño ungüento que me recordó el olor de las avellanas mezclado con eucalipto; puedo decir que me sentí adormilado con ese aroma y ahora que lo describo, parece que lo volviera a oler; cómo me gustaría tenerlo de nuevo cerca de mí.
Mientras curaba aquella pequeña herida, entablamos una conversación, que para un niño se pudo considerar como un gran descubrimiento, pero también como la luz que aún daría esperanza a una ilusión:
- ¿Y a qué se debió aquella pelea?
- Buscaba trabajo, pero se burlaron de mí
- ¿Burlarse por buscar trabajo?, algo falta en eso ¿no?
- Quería trabajo para ganar dinero e ir a ver eso que la gente llama “circo”
- ¿Sólo por ver el circo terminaste siendo golpeado?, ¿tan importante es para ti ver un circo?
- Nunca he visto uno
- No tienes muchos años como para haber visto muchos
- Pero,… quiero saber qué es eso
- ¿No le has preguntado a tus padres?
- Ellos tienen muchas responsabilidades, no hablarían de algo tan innecesario, y al parecer sólo tiene importancia para mí
- Entonces… ¿quieres un trabajo para ganar dinero y poder ir al circo sin molestar a tus padres?
- Sí
- ¿Crees que con tu edad te darán trabajo?
- No lo sé, pero lo intentaré
-Te pagarán muy poco, posiblemente nadie te quiera
- Aun así lo intentaré
Ese hombre soltó una gran carcajada mientras guardaba todos aquellos frasquitos en la caja; me molestó al principio, pero me sonrojé al final.
- No cambies pequeño, tal vez tú seas uno de los que proporcionen nuevos aires a la mentalidad de los adultos. Te daré trabajo, pero será muy duro, así que la paga no será muy mala. ¿Lo quieres o lo dejas?
- ¡Por supuesto que lo quiero!
- Pero hay una condición
- ¿Cuál?
- No podrás tener calificaciones reprobatorias en la escuela, no podrás faltar a ella y tampoco al trabajo. Trabajaras fines de semana y conservarás este trabajo por lo menos un mes hasta que consiga un remplazo. ¿Aceptas?
- Acepto señor
- Entonces inicias mañana, te quiero en el local a las 6:00 am, no llegues tarde y ahora vete, que tendrás problemas si tardas más
- Gracias señor y mañana estaré allí
Mi intención de salir de esa casa era muy poca, me gustaba sentir el calor de esos muros, no me refiero al que viene de su temperatura, sino al que provenía de toda la esencia que su dueño le proporcionaba, deseaba que así fuera la casa en que vivía. Llamé a Sorata que estaba cerca de la chimenea, creo que él también sentía esa sensación de alivio… fue duro cerrar la puerta y ver al Sr. G quedando atrás.
Cuando llegué a casa me sumí en un silencio absoluto y me dejé abstraer por todas mis labores, sentía tanta felicidad que quería gritar, pero todo ese ánimo lo tuve que ocultar bajo el velo de la obediencia y la sumisión. Los Grandes no dijeron nada.
Al día siguiente antes de ir a la escuela ya estaba en el local en que el Sr. G trabajaba. Él era dueño de una panadería y cafetería; cuando llegué inmediatamente me mandó a preparar las mesas, colocar las cestas de pan caliente tanto para la venta de la panadería como para la cafetería. A la escuela entraba a las 8:00 am; salí corriendo del local a las 7:50 am, apenas me daría tiempo de llegar si corría.
Al final del día en la escuela tenía que regresar al local y fungir como mesero, los primeros dos días fueron difíciles, al tercero ya me comenzaba a acostumbrar, a los cinco días ya dominaba el oficio.
Llegó el primer fin de semana y con ella la primera semana de funciones, y con ese fin de semana mi primera paga; no recuerdo haber celebrado, no recuerdo siquiera como fue o a qué hora me lo dieron; para muchos es un acto que jamás olvidan; al parecer fue lo primero que yo olvidé.
- Ya tienes suficiente para ir… ¿Qué harás?
- No lo sé
- Te queda una semana, ¿Cuándo irás?
- No lo sé
- ¿Acaso no era esto lo que tanto deseabas?
- Sí, pero algo ha cambiado
- ¿Y qué es?
- No lo sé
El Sr. G sólo se rio, no sé si fue de mí, o de lo malo que era mi argumento, pero sólo terminó diciendo: -Vaya que eres diferente-

#4

CAP. II

Esa tarde de domingo el Sr. G me dejó salir más temprano, me pregunto ahora que habría pasado si no hubiera salido antes, tal vez si no hubiera aceptado el trabajo, sino me hubieran golpeado, si aquellos peregrinos no hubieran llegado, si tal vez…
Me dirigía a casa, pero por alguna extraña razón mis pies fueron guiados hacia donde se encontraba aquella monumental cubierta; qué raro es ver a un hombre llorar, y es aún más raro verlo llorar cuando esta sobrio.
Del camino hacia la gran cubierta había que bajar un poco, nosotros le llamábamos “la caldera de la puerta grande”, ya que estaba ubicado en cierta forma a la entrada principal del pueblo. Dado y conocido el nombre es fácil imaginar la pendiente que tenía este lugar; era muy bello más en temporada de lluvias.
En esta pendiente había varios árboles, de tronco ancho y casi blanco; para nosotros los Simples nos parecían árboles mágicos pues sus hojas al ser tocadas por el sol brillaban como esmeraldas, como gotas de agua teñida.
Era aquel un cuadro triste pero enternecedor, extraño pero atractivo, y aquel imán de lo extraño fue lo que me atrajo; ¿cómo describir aquella pequeña imagen pletórica de colores?, tal vez así:
Al fondo el cielo estaba dividido por los últimos rayos del sol y por el poco brillo de las estrellas, una noche sin luna; pero iluminado por las luces pequeñas, multicolor y titilantes; y en la pendiente, a la mitad de la altura del cielo y lo bajo de la colorida cubierta, un hombre bajo un árbol, en una zona casi obscura con un papel en la mano y con la otra busca ocultar la tristeza de sus lágrimas.
Me acerqué a aquel hombre sin decir nada y fue cuando me percaté de quién era; ese gran hombre de voz imperturbable y sonora, capaz de hacerse escuchar por sobre toda la multitud; era el hombre de lustroso traje rojo.
Aun hoy ignoro las palabras correctas para consolar a un desconocido; pero allí parado frente a él solo dije: -lo del pasado en el pasado está, y lo de hoy en pasado mañana se convertirá.
Aquel hombre sollozante me miró y su cara no dejaba de mostrar sorpresa y así fue como inició el deshago de un hombre, que todo lo que llevaba de vida se había visto cubierto de silencio y represión.
- Pequeño, ¿Por qué me dices eso?, tú no me conoces
- No, pero lo veo llorar por algo que seguro ya lleva mucho tiempo
- Cómo podrías saber tu mis problemas, eres sólo un pequeño
- Porque nosotros nos volveremos como ustedes
- Eres singular pequeño…
- Todos lo somos
- ¿Cuál es tu historia?
- ¿Mi historia?, es fácil saber que es corta, pero los adultos son los únicos que saben hablar mejor que nosotros y para mi edad sólo he vivido para hacer las labores de casa, la escuela y ahora un pequeño trabajo, pero solo es temporal
- ¿No eres muy pequeño para ser útil en el trabajo de un adulto?
- Sí, pero el señor que me ha dado el trabajo no es como los demás, él es especial
- Sabes, quisiera platicar así con mi hijo; bajo un árbol, con esta paz, con esta sinceridad…
- ¿Y por qué no lo ha hecho?
- Son cosas de adultos
- Y llorar, dicen que es cosa de pequeños
- Vaya que eres único, tal vez en ti pueda confiar
- Puede ser que nunca nos volvamos a ver, pero yo no tengo con quien hablar, a menos que sea con mi fiel guardián
- ¿Guardián?
- Sí, Sorata, mi perro; aquel que nos ve desde el otro lado del camino
- Llámalo, se ve ansioso por ti
Al llamarlo, Sorata llegó corriendo con mucha rapidez, pensé que tal vez podría atacar a aquel hombre, pero no lo hizo, sólo se echó a nuestros pies.
- Espero que mi hijo sea como tú
- ¿Acaso no sabe cómo es?
- Supongo que ahora te puedo contar los detalles de esta carta y la historia que la fundamenta
- Siéntase con la confianza de que nosotros lo escucharemos y nada diremos
- Cuando yo tenía tu edad siempre soñé ser maestro de una escuela y llegar a ser director de una prestigiada universidad, y tan grande fue mi sueño que comenzaba a hacerlo realidad, estudiaba la licenciatura en físico-matemático, algo muy nuevo, pero todo era maravilloso; en ese entonces se realizaron varios intercambios de estudiantes entre universidades; se realizaron varios exámenes para conocer quién sería capaz de representar con mejor acreditación a cada departamento; me esforcé lo más que pude, pero terminé como un segundo lugar; sólo quedaría como presidente de mi clase.
Cuando comenzaron a llegar los nuevos estudiantes, fue mi turno de recibir al asignado a nuestro departamento y por tal a nuestro grupo y vaya mi sorpresa, pues aunque yo tenía compañeras, ninguna de ellas fue objeto de mi interés.
Nuestro nuevo miembro era una joven de gran aptitud y de una fuerza aplastante, tal vez por eso fue que desde el primer momento que la vi me doblegué ante ella.
Por más que trataba de acercarme y ser de su interés, lograba todo lo contrario, me rechazaba, me hacía quedar en ridículo, casi me humillaba; y aun así yo continuaba luchando por buscar un poco de su atención.
Y cada vez que me esforzaba más por ella, olvidaba más mis estudios; y no es necesario decir que mis calificaciones fueron empeorando con esa misma velocidad; mi tutor trató de hacerme poner mis intereses en claro, pero yo seguía sin reaccionar; mis amigos se preocuparon por mí al grado de no quererme dejar sólo por miedo a que cometiera una locura; pero todos sus esfuerzos fueron igualmente inútiles.
Dejé de comer, dejé de trabajar, dejé de estudiar y quería dejar de respirar; ya no quería despertar y justo en el momento en que estaba a punto de rendirme, llegó una extraña luz a mi lecho de muerte; y esa luz estaba vestida por la figura de la mujer a la que yo tanto veneraba.
Comenzó a cuidar de mí, pero sentía en su mirada una leve marca de reserva, falta de sinceridad, falta de confianza, falta de la verdad.
Me levanté de nuevo por el esfuerzo que ella puso en mi recuperación, comencé a levantar mis estudios y a elevar mis calificaciones y traté de aferrarme a la tonta ilusión que se volvería mi desgracia.
Me hice creer que ella me amaba y después, mucho tiempo después de sus labios escuché las palabras que tanto añoraba un pequeño “te amo”; tal vez esto fue peor que haber muerto, tal vez peor que haberla visto.
Creí en aquellas palabras y para cualquier dolor, tristeza o amargura me aferraba a aquella pequeña confesión; palabras que sólo escuché una sola vez y que hasta ahora me percato que jamás volví a escuchar.
Ahora creo que para ella fui un artículo que formaba parte de su indumentaria, pero no formaba parte de algo que tuviera importancia. Puse en mis ojos la venda de aquella confesión que no se había repetido, me cegué en lo absoluto y ella sólo me vio como a la mascota que se lleva a todas partes.
Llegó el día en que mi vida se volvió completa, pero este sentido de plenitud era sólo una delgada capa de neblina; quisiera tener las palabras apropiadas para admitir el temor que tuve en ese tiempo; pero cualquier idea sería sólo como expresar: “Acepto que tengo un problema, pero no significa que voy a combatirlo”.
Mi vida retomó el camino que originalmente llevaba, pero no lo pisaba sólo creía que lo seguía, mis calificaciones subieron; parecía el de antes, pero ahora con una energía nueva que me impulsaba, creía que era una energía renovada… que equivocado estaba.
Ambos permanecimos uno al lado del otro, pero ahora sé que a ella le resultaba indiferente, me podía mentir en lo que quisiera, y yo ciegamente le creía; me sentía como un artículo, como un objeto, como un estorbo, pero continuaba cubriendo mis ojos a toda costa.
Llegó el momento en que le etapa de “Alma Mater” debería llegar a su final; me sentía muy emocionado el día en que aquella mujer a la que amaba tanto presentó su examen de grado, me hubiese gustado estar en primera fila para verla y apoyarla, pero su petición me hizo presentarme de forma furtiva- No quiero que vayas a mi presentación, me pondré muy nerviosa y no puedo fallar; tu presencia me resultará un elemento que exponga mi vulnerabilidad- cuando terminó su presentación salí corriendo de aquel lugar antes de que ella se percatara de mi presencia, no la quería hacer enojar, no la quería incomodar.
Cuando fue mi turno de presentar mi examen de grado, me sentía nervioso y emocionado, quería que llegara el final de la presentación cuando ni siquiera había iniciado; que ansias del gran final, que desesperado me sentía.
La presentación llevaba un buen curso, respondía con seguridad, asertividad, pero tal vez con un poco de impaciencia; en realidad tenía muchas ansias de terminar. Al finalizar recibí un caluroso aplauso, y en primera fila se encontraba la mujer de mi felicidad; ni siquiera mi familia llamaba tanto mi atención, mis ojos sólo la miraban a ella, los demás que llenaban la sala me resultaban indiferentes, casi desconocidos.
Al momento de que el consejo hace la declaración de titulación, mi corazón ensordeció por completo mis oídos, latía demasiado fuerte, este órgano sabía que cometería una locura, quería impedir aquel arrojo.

#5

Al decir “Protesto” fue la señal que mi cerebro esperaba, todo estaba listo, sólo unos segundos más. Me entregaron un sobre con la documentación correspondiente, la acepté y agradecí; la cuenta regresiva estaba activada… 5… di la mano y agradecía a la mesa de jurado… 4… hice una reverencia a todas las personas que habían asistido… 3… entregué un ejemplar de mi investigación al consejo presente como señal de respeto… 2… colocaron en mi cuello la banda de graduación y la medalla por mi “destacado” historial… 1… me ubiqué cerca del micrófono… 0… y dije las palabras finales: -Amada mía, frente a todas estas personas ofrezco este esfuerzo tuyo y mío, pidiéndote que me concedas el gran honor de ser tu esposo y tú que me concedas la alta gracia de ser mi esposa.
Me pregunto por qué lo planee así, creo que no estaba pensando; y en su rostro vi odio, miedo, vergüenza, pánico; buscaba una ruta de escape; por qué la obligué, qué había en mí que la obligó a tomar una decisión así en un momento como ese.
Me acerqué a ella, me arrodillé y la miré como el fiel cristiano a los pies de la virgen; ella me miró en un grado de súplica, no me importó: -¿Me harías ese honor?- que crueldad de mi parte el haber insistido; de su boca como un suspiro de tristeza y desaliento surgió un “sí”. Vi lágrimas en sus ojos y me justifique pensando “llora de la emoción, de la felicidad”, que crueldad, que ingratitud, que cobardía de mi parte.
Todo el mundo en aquella sala se puso de pie, nos aplaudió sin parar, la abracé, los aplausos aumentaron, ella era como una barra metálica que no mostraba vida, ni siquiera me tocó; no respondió a mi abrazo, ni a mi beso.
Ahora que lo veo fui como el salvaje que profana la virtud de la sacerdotisa después de haber destruido el templo de aquel dios al que ya había difamado. Este, tal vez fue el momento en que me encadené a la gran mole que sería el peso de mi culpa.
Cada que la visitaba, yo era el más sonriente, ella sólo se disponía a decir “sí”, “no”, “bien”, “mal”; pero nunca había expresión en sus respuestas. Y llegó el día en que llené de fastidio su ser, colmé su sentido de santa y salió al mundo lo que llevaba dentro de su alma. Fuimos a una gran avenida central atestada de gente y de tiendas en donde comprar, yo parecía un niño emocionado por la luz y los colores; quería ver todo, quería tocar todo y con aquel deseo llevarla conmigo; no sé si para compartir mi felicidad o por el simple hecho de experimentar el límite de su paciencia.
Y fue en una gran pastelería, frente a un enorme pastel de bodas, en donde ella ya no pudo soportar más, aquella burbuja que yo había iniciado, explotó.
- Estoy harta, es sólo un maldito pastel, pareces un niño ¿Acaso no eres capaz de ver la realidad?; no puedo creer que seas tan ciego; como… aborrezco… eso.
Hablaba muy molesta, pero tal vez lo más correcto sería decir que vociferaba, manoteaba, el color rosa pálido se volvió rojo intenso; pero ahora que lo pienso, su mensaje debería haber sido:
“Estoy harta de ti, todo lo que ves es sólo una ilusión, pareces un niño ¿Acaso no eres capaz de ver que yo no me intereso en ti?; no puedo creer que seas tan ciego; como te aborrezco.”
Ella salió corriendo de la tienda, yo sólo me quedé viendo la trayectoria de su salida, pero no la seguí; creo que no me importó, todos me miraban, algo susurraban entre ellos, pero no lo escuché; creo que en mis labios se escribió una leve sonrisa, sentía algo de felicidad.
Que cruel fui, pues en ese momento aparté ese pastel, pero más grande, para el día de nuestra boda; ya había puesto una fecha para otro día lleno de crueldad; otro pecado más para los muchos que ya tenía; ignoro que me impulsó a realizar semejante acto de autoconfianza y de descaro; las palabras que me había confesado no pertenecían a lo que quería escuchar, así que ¿por qué escucharlas?, no tenía sentido hacerlo.
A día siguiente fui a buscarla a su casa, y no se encontraba, por lo que aproveché para hablar con sus padres; creo que yo les agradaba lo suficiente como para poder exponer: -Hijo, ¿cuándo te decidirás a dar el siguiente paso?, estamos muy ansiosos-. Supe que esa leve confesión estaba llena de dudas, no sé si fue porque ellos temían por su hija o temían que yo en realidad la tomara como mi esposa; en realidad no sé si solo son mis conjeturas.
Y el día llegó, en que frente a sus padres pedí su mano en matrimonio ya designando una fecha, ella bajo la presión de la mirada de sus padres no tuvo alternativa más que el sólo aceptar mi proposición. Me engañé creyendo que había completado una porción más de aquel círculo protector en el que ilusoriamente me encontraba.
Me pregunto si el día de mi boda en realidad fue feliz, yo creo que no, todo estaba desbordándose de lágrimas, no sé si de felicidad o de tristeza, pero me pareció que esas lágrimas las llevaría en mi espalda, y tal vez aún ahora las llevo.
No creo que sea bueno entrar en detalles de este día tan infame, creo que parte de esos sucesos ya se encuentran borrados de mi mente. Qué acto tan criminal cometí; ni siquiera mi propio ser me ha perdonado, no sé cuándo logré alcanzar indulgencias o tan sólo tener la ilusión de dejar de suplicar clemencia.
Al día siguiente de nuestra boda continuamos trabajando, cada quien en su cada cual, como si nada hubiera pasado, como si nuestras vidas estuvieran separadas. El problema inició cuando fije mi vista en el reloj y la hora que marcaba era 5:30 pm… la hora de regresar a la casa se tornaba cercano.
Tuve una extraña sensación, no era miedo, no eran nervios; entonces ¿qué era?, tal vez lo podríamos llamar incomodidad, el suponer que ahora compartiría mí techo con alguien más; era algo que no me atraía y a mi llegó un gran relámpago, vi la luz al final del túnel, la verdad detrás de la ilusión, mi realidad detrás del gran muro de mentiras que yo me construí.
En mi mente pasaron escenas de un futuro cercano en cuanto llegara a casa, las escenas no eran agradables, todo terminaba en algo trágico, triste, grotesco. Ahora me pregunto que imaginó ella en su momento, si realmente deseaba regresar a la que fue nuestra casa o buscar un lugar en donde esconderse y no saber nada de mí. Por mi parte aplacé mi salida del trabajo, me enfrasqué en los pendientes que tenía y no quise ver el tiempo pasar, simplemente me encerré en mi persona, ya que en ese instante era lo único que consideré me podía proteger de la realidad.
Salí de mi trabajo alrededor de las once de la noche, hacía mucho frío y llevaba en mi mente la idea de dormir en el sillón y al día siguiente justificarme con una mentira blanca y regresar a trabajar, evitar el contacto físico, visual y auditivo. Se me revolvió el estómago de solo pensarlo.
Aun al estar en la puerta antes de abrir, sentía aquella incertidumbre que provoca lo desconocido, quería irme… ¿a dónde? No lo sé, pero quería salir corriendo; mi peso corporal me empujó a entrar, pero mi peso moral me pedía salir corriendo. No tuve valor y terminé por abrir la puerta, en un pensamiento de 3 segundos creí que ella saltaría hacia mí con un cuchillo en la mano, pero la realidad tocó otra puerta… no había atacante, no había ruido, no había sujeto que infundiera aquel temor.
La casa no era muy grande, pero contábamos con las estancias básicas, cocina, sala, comedor, baño, recámaras; la distribución me resultaba fría y distante; pero lo veía como un habitante, no como lo haría el constructor… además mi vida se estaba derrumbando, algo que seguro estaba trayendo una visión de desgracia a todo lo que estaba en mis manos o a mi alrededor.
Me dirigía a lo que correspondería a la recámara principal, tampoco en este lugar había luz, mi mente concibió la idea “Ella se fue”, no sentí dolor o tristeza, sentí un gran alivio. Gran decepción me llevé cuando en la cama vi que ella se encontraba dormida, tranquila; parecía sin preocupación alguna. Cerré la puerta y me dirigí a la sala… mi plan era bueno, podía dormir en paz.
Me despojé de parte de mi vestimenta… creo que disfruté dormir en aquel agradable sillón.
Al día siguiente tuve miedo de abrir los ojos, creí que en cualquier momento la vería, no quería eso; pero vaya sorpresa la mía, aunque busqué por toda la casa ella ya no estaba y en la mesa de la cocina sólo una nota de su puño y letra: “Trabajo”. Una vez más pensé “Mi plan continua muy bien”.
Y exactamente con este rito, con esta monotonía, con esta misma melodía corrieron 3 años. Tal llegó a ser la costumbre que tenía mis lugares para comer cada día de la semana, hacía mis actividades correspondientes al hogar y todo esto sin la necesidad siquiera de verla.
Pero llegó aquel día, aquel día que me trajo de nuevo todos los sentimientos, todas las sensaciones, todas las imágenes y todos los deseos… aunque una vez más sería un pecado y una carga más para todo lo que ya llevaba.
Uno de mis amigos se iba a casar y me entregó la correspondiente invitación, no le puse mucho interés; una fiesta no era algo que necesitara o me animara, no iba a presentarme y justo una semana antes mi amigo visitó la casa, el presagio estaba dado; reunidos en una misma sala: mi amigo, su prometida, la mujer con la cual compartía casa y yo.
De nueva cuenta extendió o debo decir, ambos extendieron la invitación al evento más importante de su vida; como lograron que recordara aquellos años en que llevaba en mi mente ese mismo pensamiento.
Ambos nos tratamos de negar, expusimos nuestros deseos de asistir pero buscamos justificarnos con la cantidad de nuestro trabajo; no funcionó, ellos nunca dejaron de insistir, fue una lucha agresiva pero bajo palabras amables, corteses y apropiadas; jamás funcionó.

#6

Y la que sería esposa de mi amigo supo dar la estocada definitiva, con lo que no nos pudimos negar – Vamos, vamos; no me van a decir que después de 3 años de matrimonio han olvidado el sentimiento de ese día tan importante; además ya deberían buscar el siguiente día más feliz… ¿no creen que ya se tardaron?, el tiempo no se detiene y a ustedes se les puede pasar el tren-.
No me molestó el contenido de su mensaje si otro cualquiera lo hubiera dicho; no me hubiera importado, el problema fue que ella tuvo el valor de ponerle un tono de sarcasmo, ironía y burla al modo de pronunciarlo y a las expresiones con las que se refirió. Sentí odio, quise callarle… me detuve… hubo un silencio… mi esposa habló: -cuando tenga que ser será, después de todo, nosotros seremos los que reciban la responsabilidad ¿por qué hacerlo ahora?, no hay prisa.
Quedé helado cuando vi su sonrisa al terminar de hablar, me dio miedo, desconozco si ella sabía que tendría ese efecto; pero si ella en realidad buscaba aquel pánico… lo logró con éxito. El silencio incomodo inundó la habitación; con esto (dicho entre líneas) habíamos “aceptado” asistir a su boda.
Y ese día llegó, ambos sabíamos que sería una tortura, largo y aburrido. Y así fue como iniciaba una nueva carga, un nuevo dolor. Ambos íbamos silenciosos en el auto, no nos mirábamos, no producíamos ruido alguno, ni siquiera nuestra respiración provocaba alguna perturbación; odiaba aquel momento, aquella situación.
El camino fue eterno, por más que avanzábamos no veía el final; el milagro surgió cuando vi el letrero con el nombre de la calle que era nuestro destino, fui feliz, o tal vez sólo me sentía más tranquilo.
Cómo explicarle a un niño los acontecimientos que siguieron; si ya es complicado hablarlo con un adulto, es aún más complicado hablarlo con un niño.
Los rostros que vimos en aquel evento eran demasiado conocidos, no había momento en que no encontráramos a un hombre o mujer que nos haya visto, hablado, escuchado o reconocido de aquel pasado resplandeciente que no era eterno. Yo ya me había cansado de fingir una sonrisa que no sentía en lo más mínimo; añoré mi lugar de trabajo, mi rutina… mi fría forma de vida.
Y lo peor de esa noche no se hizo esperar; por largo tiempo me percaté de que alguien me observaba, creí que como tradicionalmente era sólo para criticar la forma de vestir, caminar, actuar o sólo chismear algo sobre la indiferencia que existía entre mi acompañante y yo. Llegó un momento en que me sentí demasiado acorralado por aquella mirada, pero por más que intentaba huir, sólo lograba quedar más sumergido en aquella desgracia. La oportunidad de saber quién correspondía a aquella penetrante mirada se presentó; correspondía a una dama, que entre sueños recordaba su rostro.
- Parece que te has olvidado de mí, no te culpo; pasaron muchas cosas cuando aún nos podíamos ver
- Lo siento, mi intención no es incomodarla, pero en realidad no la recuerdo
- Ya te dije… lo sé, pero yo si te recuerdo… mi querido “Neko”
“Neko”…, cuánto tiempo sin escuchar esas palabras… “Neko”…, porqué me habían puesto ese apodo… “Neko”…en mi mente pasaron muchas imágenes del pasado.
- Parece que te acuerdas de todo, menos de mi
- Yo… lo siento… yo
- No es necesario, ya pasaron muchos años, pero tal vez esta imagen te pueda ayudar
Tomó mi mano y nos dirigimos al exterior, una parte del jardín un tanto alejado de la gente… en cierta forma, mi corazón latía con mucha violencia, pero disfrutaba aquella incertidumbre… y fue tan breve lo que sucedió después, que aún hoy lo disfruto de tan solo recordarlo.
- Mira arriba y mira abajo, ¿te recuerda algo?
- ¿Arriba y abajo?
- Sí, el cielo y la tierra
- No comprendo…
Y justo fue que recibí un beso de ella en la mejilla, sentí que la Tierra temblaba con demasiada fuerza, creí que era posible que me desmayara; cuando reaccioné, me di cuenta de que ella ya no estaba a mi lado y en mi mente una imagen luminosa y a la vez obscura surgió:
- ¡Feliz día mi querido Neko!
- … gracias, pero no era necesario que te tomaras la molestia
- Neko, no digas eso, hago esto con mucho gusto, sabes que te aprecio
- Deja de llamarme Neko
- No, siempre serás Neko, hasta que cambies tu forma de ser
- Sabes que eso no va a pasar
- Entonces nunca te dejaré de llamar Neko: suavecito pero dando el zarpazo
Su risa y el sonido que esta producía fue muy tranquilizante, suave; pero aquella memoria no me permitía recuperar su nombre… sólo faltaba su nombre; ella comenzó a alejarse de mí con cierta rapidez, mis recuerdos aunque me atormentaban eran apagados por el golpeteo de mi corazón; nos estábamos alejando más… no me importó, me sentía como un adolescente, quería más de aquella adrenalina; ella me miraba y sólo se reía; era como el juego del gato y el ratón… ella era el gato, yo era el ratón.
Por fin la alcancé al doblar por una esquina, la sujeté con tal fuerza, por miedo a perderla, ella de nuevo me dijo:
- Mira arriba y mira abajo, ¿te recuerda algo?
- ¿Arriba y abajo?
- Sí, el cielo y la tierra
- Sigo sin entender…
Aquel inútil discurso fue detenido por su dedo en mis labios, algo dentro de mí me pedía razonar… pero una vez más estaba siendo sometido por el deseo de más adrenalina y aquella extraña personalidad que dormía en mí surgió con una voz que jamás me había escuchado:
- Mira arriba y mira abajo, ¿te recuerda algo?
- ¿Arriba y abajo?
- Sí, el cielo y la tierra
- No, basta de juegos
La besé con tal avidez que pude haberla devorado… sí, no controlé todo aquello que ya había reprimido por tantos años, sentía la necesidad de fundirme con ella en un solo ser, no quería ni que el aire interviniera entre nosotros; ella me correspondió sin rechazo alguno; no había tiempo, no había espacio, éramos solo nosotros; pero nunca consideré que podía haber otros ojos a la distancia… aún ahora me avergüenzo al contar estos detalles, pero el recordarlo, trae a mí los mejores recuerdos que pueda tener.
Tenerla entre mis brazos me permitió sentir un corazón vivo, algo que nunca me había percato en otra persona… que extraña sensación… pude sentir el momento en que comenzó a acelerar el ritmo de su corazón, a tal punto que el mío trató de seguir su paso; ahora a mi mente viene la imagen de caballos desbocados… así éramos nosotros dos en ese momento, completamente salvajes, alejados del raciocinio… la caída a la realidad no fue grata. Sentí un fuerte jalón por la espalda y después recibí una de las bofetadas más llenas de odio que he recibido, sí, la mujer con la que estaba casado me acababa de encontrar en brazos de una perfecta extraña, y en medio de la obscuridad en la que nos habíamos escondido, sus ojos llenos de furia eran tan brillantes como la luz que emana del infierno.

#7

Me llené de miedo al ver como mi esposa levantaba del suelo algo de gran tamaño, no recuerdo con certeza que era; sin pensarlo lo lanzó sobre la mujer con la que estaba, me interpuse sin mucho éxito… en mi opinión ella nos hubiera matado en ese momento, de no ser porque forcejee con ella mientras la anónima mujer que había besado, corría asustada y muda de regreso a donde la fiesta se llevaba a cabo.
Mi esposa me golpeaba y solo decía, apenas con un hilo de voz: “dame mi libertad”. Dejé que se desquitara, pero a la vez no la escuchaba; en mi mente solo se estaba repitiendo aquella escena, aquellas palabras… tenía que saber quién era la mujer que me había hecho sentir vivo de nuevo.
No vi a la desconocida mujer el resto de la noche, aunque la busqué con un tanto de vehemencia; y a nuestra anfitriona le pedí su anuario, jamás encontré su rostro… seguí repitiendo en mi mente aquella escena del pasado donde notaba algunos rastros de su presencia, pero no lograba recuperar su nombre. Era como repetir la escena de una película dañada, esto realmente me desesperaba; pero al mismo tiempo me daba un motivo de alegría.
Mi trabajo, familia y conocidos no me importó, deseaba saber quién era aquella mujer, en verdad lo deseaba y por momentos me enloquecía; forzaba mi mente a recordar, pero en vez de progresar, empeoraba las cosas; ya no sabía si eran recuerdos o si eran cosas que yo había imaginado o que deseaba que sucedieran… en verdad estaba volviéndome loco… ya no quería continuar, pero mi obsesión era más fuerte.
Una tarde en que me provoqué un gran dolor de cabeza por querer recordar, trabajar y discutir; fui a caminar por el jardín cercano a mi trabajo, me senté en una banca donde no hubiera niños gritando, mujeres riendo… ¿por qué todo el mundo era tan feliz y yo no?; sentado, cerré mis ojos y recargué mi cabeza en el respaldo de la banca, trataba de relajarme, comencé a sentir el leve soplo del viento sobre mi rostro… me agradaba y fue así como sentí sobre mis ojos unas manos muy frescas… no sé si fue instinto o simplemente no quería perder aquel estado de comodidad, pero sujete las manos con fuerza y no dejé que se apartaran de mi rostro.
- ¿Cuánto tiempo me vas a mantener así?
- El necesario
- Oh! ¿Y eso es…?
- El necesario
- Bien, me queda claro que será el necesario… ¿terminará pronto?
- Cuando termine
Escuché una leve carcajada y me hizo reír también, esas palabras habían sido tan liberadoras, tan relajantes… acababa de decir nada, pero fue como haberlo dicho todo. Sin soltar aquellas manos, atraje a su dueña hacía mí; decir que le robe un beso a aquella mujer no sería sincero… creo que ambos deseábamos volvernos a encontrar y aquel fue el lugar perfecto.
- ¿Dónde te has escondido?
- Por allí…
- Todo el tiempo hablando sin claridad… eso me vuelve loco
- No tiene caso ser directo, es imposible vernos más allá de solo esto
- Esto no es lo que quiero, son sólo sombras, imágenes borrosas; deseo por fin la verdad
- Sabes que no es posible
- ¿Por qué?, no creo justo negarnos el uno al otro
- La poesía y la tragedia no se puede incluir en algo tan obvio, eres casado; estas obsesionado y yo sólo aproveché la fragilidad de tu vida en matrimonio, para hacerte ver lo que habías perdido… llámame cruel, pero ha sido una venganza que llevaba dentro de mí hace tiempo… años… y creo que al final no te lastimé… me lastimé.
- Mátame si quieres, pero no te alejes de mí
- Por favor, deja de burlarte… yo…
- No me dejes
- Te estoy diciendo que me he burlado de ti, que sólo quería venganza y tú sólo…
- No me dejes
- ¡Basta!, no puedo hablar contigo… siempre ha sido así, todo lo que sale de mi boca lo tomas como una broma…
- No me dejes
Algo en mí sintió que la estaba perdiendo con cada palabra, la sujeté en mis brazos y no dejé de decir “no me dejes”; era tan penoso verme, parecía un niño pequeño que no quieres ser alejado de su madre… yo… no quería perderla.
- Esto no tiene ni pies ni cabeza, es mejor dejar todo así… olvida lo ocurrido y sigamos como antes ¿te parece?
- No, no te dejaré ir
- ¡Basta!, ¡basta!
Sus lágrimas no dejaban de rodar por sus mejillas, vi su rostro tan frágil, no hice más que besar cada lágrima… me sentí culpable… besé sus labios una vez más; el sabor que recibía de ellos, me inundaban de una dulzura incapaz de empalagarme, era algo que no deseaba dejar de saborear.
- Te he extrañado tanto… Evangeline
- ¿Recuerdas mi nombre?
- Evangeline
Vi que en su mirada algo brillaba, sus ojos se habían hecho más grandes, me miraba algo emocionada e incrédula, a lo que yo sólo respondí- Evangeline, Evangeline, Evangeline- me abrazó con fuerza, creo que eso era lo que faltaba entre nosotros… diez letras que nos dieran la confianza de no separarnos… Evangeline…
Ahora sabía quién era ella, ahora sabía que errores había cometido, ahora sabía que mi desgracia sólo la había ocasionado yo. Evangeline me acababa de mostrar toda una realidad que yo me había negado a ver, era aquella realidad que yo había evadido, era el amor de mi vida que yo había ignorado.
Te preguntarás y ¿quién es Evangeline?, no sólo la mujer que me hizo ver que mi “matrimonio” solo era una cortina de fino terciopelo, pero desgarrada por el tiempo; ella fue la primera en ver quién era yo realmente; tal vez la única en entenderme, cuando ni siquiera yo lograba comprenderme. Ella siempre estuvo en tercer plano entre mis recuerdos, y cuando me detuve a mirar con detalle, ella siempre debió estar en primer plano. Cuando enfermé ella estuvo a mi lado, cuando fallé ella fue la que ayudó a levantarme… toda la historia que yo había escrito alrededor de la mujer con la que me había casado, no era más que mi propia obsesión; y si no me has entendido, lo resumiré con algo sencillo, Evangeline se dio cuenta de mi obsesión por la que se convertiría en mi esposa, Eleanor; así que cuando enferme terriblemente, le pidió que no me abandonara, que por lo menos estuviera a mi lado cada que abriera mis ojos; el resto del tiempo ella no se separó de mi.
Injusto, ¿no lo crees?, Evangeline se torturó, Evangeline torturó a Eleanor y yo torturé a ambas; todo por que pudo más mi imaginación que mi razón. Y en ese momento la vida me estaba dando la oportunidad de ser feliz… me preocupaba… a qué precio… y fue alto.
Cuando la encontré y me decidí a no dejarla ir, acordamos en vivir juntos, aún sabiendo que debía cumplir con un matrimonio que no estaba anulado; la vitalidad de juventud que sentimos en ese momento, pudo más que la cordura que suponía como adultos que ya éramos; me dijo en dónde vivía y fui por mis cosas esa misma tarde… lo que sigue… se volvió otro lastre.

#8

La mujer con la que estaba casado se encontraba en casa, completamente ebria, destruyendo todo lo que se encontraba a su paso, al verme comenzó a reír a carcajadas; no supe que hacer, sólo me quedé parado junto a la puerta, mirándola… pero con desprecio… yo no tenía derecho a hacerle eso… y lo hice.
- ¿Es así como me ves ahora?, antes me veías como un idiota, no dejabas de vigilarme, me volvías loca… loco
- No estás en las mejores condiciones… dejemos esto para otro momento
-¡INFELIZ!, ahora tu vienes a decirme que condición es la mejor para mi… idiota
- Por favor, dejemos esto para otro momento
- Claro… debes llevar prisa… y ella debe estarte esperando… por favor, no te detengas…o qué ¿quieres que te ayude a empacar?... es eso verdad… loco
- No es momento para esto, cuando tengas la cabeza más fría…
- ¡FRÍA!, ja… no querrás decir ¿cuando esté muerta?
- Por favor…
- ¡Mira!, jejeje, pero ahora resulta que eres educado y pides las cosas por favor… que talentos ocultos los tuyos…
- No hagas esto
- Hacer ¿qué?... oooooh, ¿esto?... al diablo
- Eleanor, basta, no tiene caso continuar con esto… sólo nos estamos dañando
- ¡Ja!, ahora resulta que sabes lo que significa “dañar” y de pilón… te sabes mi nombre… pus… ¿quién eres tú y que has hecho con el imbécil de mi marido?
- Eleanor…
- ¡AL CARAJO CON EL MALDITO NOMBRE!, cuantos años hemos estado en este podrido asunto y que haces… te dejas de estupideces justo cuando… sí… cuando estas besuqueándote con la idiota esa que me rogó que no te dejara… por mi te hubieras muerto… eres un… no eres nada… ni siquiera eres lo suficientemente hombre… en ningún sentido lo eres…
- Eleanor…
- ¡CÁ-LLA-TE!, ¡CÁ-LLA-TE!, ¡CÁ-LLA-TE!, maldito… destruiste mi vida… mi juventud, perdí todo lo que tenía… y mírame, ahora no soy más que un guiñapo… y ¿qué quieres?... ¡oh sí!... TÚ… felicidad… escucha esto: SO-BRE MI CA-DA-VER…y aunque me ves así, juro que haré que te arrepientas por el resto de tus días; así que no te atrevas a dar un paso fuera de esta casa… o te arrepentirás el resto de tu podrida vida…¿claro?
- Lo siento, pero no la voy a dejar… no ahora que por fin la encontré… yo… la amo
- Ji… ji… ji… la amo
La dejé en la sala, sentada en el piso, rodeada de todo aquello que ya había roto; fui a la habitación, tomé mis cosas y las retaqué en una maleta; a lo lejos sólo escuchaba que ella hablaba, pero no comprendí nada de lo que dijo… me atemoricé. Cuando salí, ella ya no estaba en el lugar en donde la había dejado, pero tampoco escuchaba ruido de ella, me apresuré y salí.
El camino a casa de Evangeline se me hizo eterno, imaginé que jamás llegaría, además de sentirme constantemente vigilado por unos ojos que suponían eran de Eleanor; no sé si en realidad alguien iba detrás de mí, o simplemente era el cuerpo de la culpa que me seguía a todas partes.
Por fin al estar en casa de Evangeline, me sentí más tranquilo; pero no desechaba al cien por ciento la intranquilidad… fue mi primer pensamiento de temor por la vida de Evangeline. Esa noche fue el inicio de muchas otras y al día siguiente fue lo mismo; pero ahora al despertar y al dormir siempre llevaba una sonrisa, que buscaba ocultar el miedo que sentía.
Al mismo tiempo que trabajaba, atendía a lo que ahora llamaba mi “hogar”, estaba realizando los trámites de un divorció que se convirtió en un calvario; nuestros abogados era peor que ver peleas clandestinas de perros… y cada día temía por la vida de Evangeline, pues en este tiempo de divorcio, jamás vi a Eleanor, sólo a su abogado.
Mi miedo no era infundado, pero tampoco puedo decir que yo estaba libre de culpa; una noche que llegué a casa, encontré a Evangeline sumergida en lágrimas y muy alterada, nunca la había visto así:
- Evangeline, Evangeline, ¿qué tienes, qué te pasó?
- No… nada… nada
- Cómo nada, mírate estás temblando, ¿qué pasó?
- No… nada… nada
- ¡Evangeline!, mírame, ¿qué pasó?
- No, por favor, no quiero
- ¡Evangeline!
- Yo no quería…
- ¡Evangeline!
- Perdóname
Me abrazó con las pocas fuerzas que tenía, temí que mis pensamientos fueran reales y no estaba muy lejos de ello:
- Perdóname, traté de no causarte penas y quise afrontar las cosas con mis propias fuerzas, pero esta vez no pude, Eleanor ha estado viniendo desde el día en que te mudaste; al principio sólo eran discusiones, pero cada vez se tornó la situación más difícil, y hoy me acorraló, ya no supe cómo reaccionar… tengo miedo…
Lloraba sin consuelo, y el saber que tenía miedo… provocaba en mí, terror; pero tenía que parecer fuerte, para poder ser útil, de lo contrario, ambos nos quebraríamos y eso no lo podíamos demostrar.
Y aún así, llegó el día… Eleanor supo acosarnos, desprestigiarnos, arruinarnos y cuando ya no veía solución a todo esto, nos vimos bendecidos por lo que más deseábamos, un hijo, un niño… pero la situación se volvió peor; ya no era sólo cuestión de hablar con abogados, era tener una patrulla fuera de casa, y después perder ambos nuestros empleos; sin dejar atrás las continuas “visitas” de Eleanor; pero cuando vio a mi hijo… él fue su nuevo objetivo, al punto de querer atentar contra su vida.
Y así una mañana, sólo encontré una nota escrita con letra temblorosa, la cual era firmada por Evangeline:
“Ya no puedo más, amo a mi hijo; a donde voy, no me puedes seguir.”
Me volví loco por la incertidumbre, la busqué en los lugares que frecuentábamos y en los más probables y no la pude encontrar, mi única felicidad, había escapado de mis manos.
La mujer que realmente amé y con la que veía la posibilidad y tenía la firme creencia de que había formado una autentica familia, me había abandonado, pues vio que la venganza de Eleanor era más fuerte que su amor y su esperanza.
Yo, no tuve más fuerza para luchar y ahora me arrepiento, mi mente en aquellos días se encontraba más que colapsada y decidí buscar una salida y encontré la más fácil… alejarme de todos y todo aquello que conocía mi pasado y aquel presente.
Así fue como llegué a este sitio, el anterior maestro de ceremonias, vio en mi, algo que desconozco y me enseñó lo que ahora hago y a fingir lo que en realidad siento y me enseñó que si no soy capaz de ser feliz, debo hacer a alguien más feliz; las sonrisas de nuestros visitantes deben ser nuestro consuelo, aunque a veces se vuelven más una tortura que una alegría.
Los miembros que formamos este escenario, somos una familia, nos protegemos; nuestros secretos siempre estarán seguros entre los muros que montamos y desmontamos… nuestra seguridad es nuestro silencio y compañía.
De la mujer que amo y del hijo que ya nunca podré abrazar, sólo me quedan las cartas que me ha enviado, ahora las veo sólo como un símbolo de lastima y duele cada carta, y las heridas se abren con cada palabra, viendo que no hay remitente a donde escribir.
El hombre de escarlata continuó llorando, ese día me fui a casa sabiendo que aquel hombre había desahogado en mis recuerdos, la tristeza que le había inundado toda su vida.

#9

Cap. III

Después de un día más de trabajo con el Sr. G, decidí ir de nuevo al lugar donde el mundo de ilusión que se puede ver, no es real.
Esta vez mi visita sería algo menos costosa, ya que el señor de escarlata me dijo la tarde anterior:
- Por la virtud de tus oídos, te dejaré entrar con toda libertad a todos los rincones de este lugar; podrás hablar con todos… siente este lugar como un pequeño hogar al que puedes entrar libremente.
Me sentí muy contento con esas palabras y ese día decidí caminar por un lugar diferente, y aunque tenía ganas de ver una vez más a aquel hombre, creí que tal vez algo nuevo me esperaba en otra parte de aquella pequeña ciudad. Conforme me iba acercando me percaté que una serie de personas se veían atraídas por un pequeño lugar cubierto por unas cortinas de un suave color purpureo, y por debajo de este salía un extraño humo blanco, parecía una fábrica de nubes; me pregunté qué emoción existía dentro, ya que todo aquel que iba a entrar llevaba un rostro de emoción y de intriga, pero de aquella que provoca risa; cuando estaba esperando mi turno para entrar, observé que todo aquel que salía llevaba un rostro lleno de tristeza, de angustia, de ira… era triste y deprimente verlos; debió ser grande mi deseo de entrar, pues permanecí firme en la fila mientras otros desistían de permanecer.
Aquel extraño letrero que decía “Vidente”, tenía letras ruinosas, tristes, y bajo esta primera palabra la frase “El futuro en sus manos”; pero aquella frase se veía vieja, deteriorada, daba la impresión de que su dueño no creía ni siquiera en lo que hacía.
Llegó mi turno para entrar, pero me sorprendió ver que después de mí ya no había persona alguna; no me percaté en ese momento, pero ahora creo que fue una oportunidad, que algo más allá de lo que se puede ver, me concedió.
Al entrar existía una pausa entre la luz de afuera y la penumbra que daba ambiente a aquella extraña habitación improvisada; al enfocar mejor la vista, observé a una mujer sentada a una mesa, pero su gesto ya mostraba desgano, tristeza, soledad.
Acercándome a donde ella estaba, pero con cierta reserva, la mujer con un tono de desgano y de rechazo exclamó:
- ¡Los tuyos no pueden entrar a este lugar, largo!
Me quedé pasmado, inmóvil; reaccioné de forma opuesta y tomé asiento, la mujer sólo me miró con asombro y fue así como inició nuestra conversación:
- ¿Acaso le tiene miedo a uno de nosotros?
- No, sólo que ustedes no tienen nada que hacer aquí
- ¿Por qué?
- Porque así debe ser
- ¿Por qué?
- Así ha sido durante generaciones, debes respetar a tus mayores
- ¿Acaso la he insultado?
- Claro que sí, tu presencia no es bien recibida, vete
- ¿Por qué?
- ¡Vaya insistencia!, ahora lo veo, tú debes ser el amigo nuevo del gritón del maestro de ceremonias…
- ¿Cómo lo sabe?
- Vamos, vamos; no hay que ser adivino para concluir que eres tú la criatura de quien él nos habló
- Pensé que usted era una adivina
- Lo soy
- Entonces ¿por qué alguien le tuvo que decir quién soy yo?
- ¡Si te viniste a burlar de mí, mejor lárgate!
- Cuando uno teme a la verdad, le teme al que la predica
Aquella mujer entornó su mirada en mí, tenía los ojos tan abiertos que parecía que fueran a salir de sus órbitas; no tuve miedo, pero me sorprendió que comenzara a llorar, parecía que estuviera a punto de dejar salir su alma a través de sus lágrimas.
- No temo a la verdad pequeño, temo el recuerdo… temo el olvido y el futuro
- El pasado, alguna vez fue futuro
- Pero esos recuerdos y sucesos no se repiten dos veces, y si lo hacen, no es en lo absoluto igual
- ¿Por qué ese miedo?
- Dime pequeño, ¿le temes a la obscuridad?
- No
- ¿A qué le temes?
- No lo sé, no lo he pensado
- Bueno, cuando sientas ese miedo me podrás comprender
- Y ¿por qué no comprenderlo ahora? ¿Acaso existe alguna diferencia?
- La diferencia es el sentir, la angustia, la impotencia
- Pero ¿por qué?
- ¡Acaso no lo puedes ver!
- Yo no soy vidente, usted lo es…
Después de unos segundos, la mujer dibujo en su rostro una leve sonrisa y extrañamente se iluminó. Me dio gusto ver esa expresión, el ambiente en cierto modo cambió a algo más soportable… más amigable.
- Y bien, dime ¿qué quieres escuchar de mí?
- No lo sé, lo que usted me desee contar
- Acaso, ¿no te aburre la plática de los viejos, de los que rechazan a los tuyos?
- No, me gusta escuchar, me gusta imaginar
- Pues bien, te voy a contar mi historia, pero te aseguro que es muy aburrida, no tiene nada agradable, nada bueno. Sólo existen páginas de tristeza, de dolor, de lástima, de desesperación; esa es la esencia de lo que soy, de lo que transmito
- ¿Y acaso no todas las historias llevan partes así?
- En mi caso esas “partes” van de principio a fin; no como las historias en donde por cada suceso feliz, existe un evento que equilibra con tristeza
- No todo puede ser tan negro, debe haber otro color; ni siquiera la noche es negra, tiene otros matices
- Pero hay algo que te falta en esa conclusión; el cielo no siempre quiere estar negro y en cambio yo he contribuido cada día para que esa historia sea más oscura cada día.
Pero bien, déjame contarte más sobre ello, para que puedas entender lo que busco explicar. Mi vida no siempre fue así; mi niñez fue lo más bello que he tenido, de sólo recordarla la envidio, y la añoro tanto que prefiero llorar, pues ya no la puedo recuperar.
Aunque no tuve siempre juntos a mis padres, la vida no me dio un mal rostro con su cariño; mi padre trabajaba lejos y las veces que regresaba a casa su atención era absolutamente mía; día, tarde y noche él permanecía a mi lado, sonreía para mí, me hacía reír. Pero no fue eterna esta felicidad, pues llegó el día en que no volvió y mi madre jamás pronunció su nombre; yo no comprendía que sucedía, pero en cierta forma me atemorizaba esta actitud y aquí fue cuando iniciaron mis temores: el miedo a la obscuridad.
Para mi madre fue una lucha insoportable, pues cada vez que intentaba llevarme a dormir, existía un gran drama lleno de lágrimas y gritos; ella no lo soportó más; yo tenía 10 años cuando este drama inició y mi padre desapareció; 3 años después, mi madre no pudo contener más su ira, sus ojos ya llevaban la sombra de años de un intento de resistencia… terminaron por demostrar ira, furia, desesperación y odio. Y esto provocó un nuevo miedo: el miedo a mi madre.
Y se volvió en aquellos días como un ritual, el sol comenzaba a ocultarse yo comenzaba a entrar y salir de las habitaciones de la casa, me sentaba junto a la chimenea abrazando mi cuerpo, temiendo que algo pudiera jalarme si alguna parte de mí se encontrara en la obscuridad. Mi madre me llamaba a la cocina, quedaba petrificada de tan sólo pensar en atravesar aquella negrura; en casa no había muchas luces y así es como iniciaba la batalla, pues al momento de dar mis rondas por las habitaciones, buscaba la caja de velas, las tomaba y por ningún motivo las soltaba y si a algún lugar obscuro debía ir, dejaba todo un camino de velas… era un gran desperdicio de cera.
Mi madre al observar aquello no dudaba en darme un fuerte castigo, lo que en un principio, fue un abrazo para buscar consuelo, se volvió una gran golpiza y desfogue tanto de odio como de coraje.
Mi madre terminaba por llevarme del cabello a mi habitación, cuando había luna llena sólo me quedaba gimiendo hasta que el sueño me vencía, pero cuando esta negaba a aparecer, golpeaba y rasguñaba la puerta para poder salir de aquel sitio que me provocaba el deseo de morir.
Los años pasaban, la puerta y las lesiones en mis manos, quedaron como testigo del temor; y así como dicen que un dolor quita otro dolor, creo que un miedo venció a otro; pero se volvió demasiado tarde para reparar los daños, pues por cualquier mínimo error, mi madre no dudaba en arremeter contra mí, cualquier pequeño ruido era castigado con el encierro, y en aquel obscuro y silencioso castigo, decidí crear un consuelo, la canción que llevaría toda mi vida, hasta estos días:
Alondra que viajas libre,
platica todos tus viajes,
cuenta todo lo visto,
háblame de tu linaje.
Llévame a las montañas,
enséñame tu hogar,
canta a mi oído un arrullo,
vamos juntos a soñar.
Y la vida continúo bajo aquel temor, llegué a los 15 años, vi la posibilidad de alejarme de mi madre, pero tenía un pequeño defecto, para mi edad no sabía reconocer cuando una persona era sincera o hipócrita; algo muy grave para una jovencita que deseaba entrar a una gran urbe.
Aunque en ese entonces no logré llegar más lejos de la localidad vecina a la que nací, creí que ese cambio traería una nueva oportunidad; busqué un pequeño lugar en donde habitar, no me fue fácil encontrar uno que me aportara vivienda y trabajo, pero por alguna extraña razón encontré estas dos necesidades en una casa a las orillas del pueblito.
El dueño de esa casa era un hombre de edad madura, con una barba blanca parecida a un algodón de azúcar, su sonrisa mostraba calidez, comprensión; a mí llegada me percaté de que era un hombre muy conservador, pero su forma de hablar me hizo creer que dentro de aquella rigidez existía un poco de alegría.
Me mostró fotografías de su familia, me habló de cada miembro que la conformaba; y con más ánimo aún, me habló de uno de sus hijos, el más joven. Sólo decía maravillas de él y su boca se llenaba de palabras elogiosas; y fue cuando tuve la impresión de que había llegado a un lugar de bien.
Me comentó de la muerte de su esposa y de la pérdida de su primogénito… lloró al relatar ese suceso, creo que yo también lloré.
Un rato después me llevó a la que sería mi habitación, era pequeña… pero cálida y cercana a la cocina, desde ese día me encargaría de los quehaceres del hogar… mi lugar no era el de un invitado, era el de la servidumbre. Para ser el primer día creí que todo sería agradable, claro, con su trabajo y laboriosidad, pero agradable… que equivocaba estaba.

#10

Debo decir que pasó menos de un año cuando todo comenzara a tomar su verdadero color, aquel hombre bueno, demostró un rostro que yo nunca imaginé y fui muy tonta al creer después en sus palabras de arrepentimiento.
Pero la línea de estos sucesos no fue repentina, había acciones que yo solo vi como leves regaños, “acciones”… eso que consideraba como correctivos; lo vi como algo para mí beneficio; de nueva cuenta me equivocaba.
Pero todos esos “correctivos” fueron subiendo de tono, lo que al principio fue una llamada de atención, cambio a un leve grito, después a gritos acompañados de insultos y terminó siendo gritos, insultos y golpes; pero mi concepción de mis errores habían cambiado; aquel hombre que yo consideraba como recto, convenció a todos mis sentidos que yo era culpable… que gran error… en momentos en que mi propia razón me superaba, amenazaba con abandonar el lugar, huir de él; pero esa breve luz se veía apagada; por lo que la duda y el miedo ya no me permitían escapar; pero en realidad era presa del pasado, y aquel hombre lo vio, no era necesario que usara cerraduras para mantenerme sometida, mi propio miedo me encadenaba.
Ahora me imagino que en ese entonces me veía como el ave que tiene la jaula abierta para salir, pero aterrado y confundido con lo que debería hacer, simplemente se quedaba; pero así como todo empieza, todo debe terminar y el final de esta tortura llegaría y no fue por mis manos… fue por las manos de un joven que tuvo compasión de mí, que me otorgó una nueva forma de ver la vida, las circunstancias, las personas; me obsequió el secreto de la lectura de los movimientos y acciones humanas.
Todo esto llegó un día de verano en que yo me encontraba limpiando el piso del patio; mi rostro se encontraba lleno de moretones y mis rodillas sangraban tanto que dejaba un rastro al avanzar… que irónico, creo que limpiaba mi propia sangre una y otra vez… pero nunca quedaba limpio.
Un hombre se comenzó a acercar a la casa, llevaba dos grandes maletas y una pequeña, caminó tranquilamente hacia donde me encontraba, dejó su equipaje atrás y me tomó entre sus manos, sosteniéndome firmemente y dijo con sus ojos cerrados, como sintiéndose culpable – Ya veo que también le creíste a él, abre tus ojos y sal de aquí con vida, antes de que puedas salir pero de la mano de la muerte.-
Yo no supe que decir, sólo comenzaron a salir lágrimas de mis ojos, besó mi frente, se levantó, tomó su equipaje y avanzó a la puerta de la casa; tocó y habló con fuerza – Padre, he vuelto a casa.-
Aquel hombre bueno que alguna vez conocí, abrió la puerta radiante, feliz, su hijo había vuelto a casa; pero al verme sentada en el piso, la mirada del hombre al que temía apareció, no fueron necesarias las palabras, sabía que debía hacer… debía continuar.
Cada día trataba de hacer mis labores de manera mecánica, de tal manera que el cometer errores no estuviera dentro del proceso, pero la presencia de aquel joven, cambió por completo aquella rutina, y por lo tanto, los errores se hicieron presentes en mayor cantidad y desde muy temprana hora.
Para comenzar, él se levantaba a la misma hora que yo y realizó varias actividades que yo hacía, él me sonreía, pero en vez de hacer un bien, sólo logró hacerme un gran mal, ya que cuando el señor se percató de esto, me llamó amablemente hacia mi habitación y a su hijo le pidió que sacara la camioneta para ir por las compras del día… lo que me esperaba no era grato; la golpiza que me dio no tuvo límite, me dejó tirada en el suelo, con un brazo casi fracturado y con breve espacio entre el mantenerme respirando o dejarlo de hacer. Al terminar este acto brutal, cerró la puerta de la habitación, se escuchó el cuchicheo de la conversación entre ambos hombres y después el motor de la camioneta… me había quedado sola, en mi mente sólo había dos ideas: levantarme y continuar mis actividades o seguir recordando aquella canción – Alondra que viajas libre, platica todos tus viajes…
Mis ojos solo veían imágenes deformadas por las lágrimas que no paraban de brotar, en algún momento pretendí moverme, pero mi cuerpo nunca realizó acción alguna. No sé si por el dolor quedé inconsciente o si el cansancio acumulado venció a mi adolorido cuerpo, pero cuando abrí los ojos vi a aquel joven tratando de ayudarme; su rostro era severo, pero sus ojos mostraban y decían todo aquello que sus labios no podían pronunciar y todo lo que su rostro no podía expresar.
Me colocó en mi cama y vendó mi brazo, me dio a tomar un poco de agua, pero su sabor no era la de tal, no me dio miedo; creo que pensé en la posibilidad de que me mataría… no puse resistencia y suavemente me dijo: -Si él pregunta, yo nunca te vi; si él te grita, yo nunca te ayudé; si él te vuelve a golpear, yo jamás te he visto.
Dentro de aquel dolor que sentía, me sonrió y se dirigió a la puerta de la habitación, pero antes de cerrar tras de sí, me volvió a decir: -Abre tus ojos y sal de aquí con vida, antes de que puedas salir de aquí pero de la mano de la muerte.
De nuevo pasó un rato antes de que tuviera la voluntad para ponerme de pie… esta vez lo logré, y volví a mis labores, por alguna razón el dolor había disminuido un poco; el señor no me volteó a mirar en el resto del día y aquel joven pretendió que yo no existía.
Al día siguiente realicé mis actividades de manera habitual, pero considerando los factores: dolor, lentitud, inutilidad de mi brazo y la ayuda secreta; todo esto claro sin que el señor lo notara, por lo que el día transcurrió con relativa paz.
Y así fue por dos semanas, tal vez un poco más, fue justo el día en que una carta llegó a manos del señor, en la que le solicitaban su presencia lejos de casa y por un tiempo prolongado; y cuando pensaba desistir, aquel joven habló a su padre de manera tal que lo convenció en salir y dejarlo todo en sus manos, no sin antes jurar que nada cambiaría y los errores serían justamente reprendidos. Creí que posiblemente este juramento sería lo que terminara mi existencia, fatal juicio realicé, de nueva cuenta no sabía juzgar.
Y fue así como una soleada mañana el señor se fue de casa, dejando todo en manos de su hijo, que le había jurado ciega lealtad… y por mi parte tenía un futuro incierto, completamente obscuro y de nueva cuenta solo repetía: – Alondra que viajas libre, platica todos tus viajes…
A lo lejos, avanzando hacia el sol, se perdía la silueta del transporte que se llevaba al señor, y justo cuando se perdió por completo de vista, aquel joven giró hacia mí y dijo: -La primera orden del día… vete a dormir.
Su rostro era completamente diferente a como lo había visto antes, era sonriente, feliz, radiante y fue la primera vez en muchos años en que yo volvía a sonreír; ese joven caminó hacia mí con total seguridad, pero con movimientos ligeros a mis ojos, me cargó, me besó la frente y solo dijo: -Obedece, sé una buena chica.
Salió de entre sus blancos dientes una carcajada y sus labios dibujaron una cálida sonrisa; me llevó, no a mi habitación, sino a la de él; me introdujo entre las sábanas, me arropó con ellas, beso mi frente y salió cerrando la puerta; no sé por qué sentí tanta confianza… me quedé profundamente dormida. Me despertó una caricia en mi mejilla, era él que llevaba consigo una pieza de pan y un vaso de avena tibia; me ayudó a tomarla y a comer; de nueva cuenta me arropó y quedé profundamente dormida.
Al día siguiente me levanté de la cama, pero mi cuerpo se sentía tan ligero, que por un momento pensé que podría flotar. Por cada habitación que pasaba, podía ver que ya había sido limpiada, reparada, acomodada; mis suposiciones no eran erróneas, aquel hombre había realizado ya todos los quehaceres de la casa.
Cuán grande fue mi sorpresa cuando lo vi con el mandil en la cintura preparando el desayuno, me quedé sin palabras y con los ojos tan abiertos que hubiera parecido que saldrían de sus órbitas. Este renovado hombre me miró con alegría y con su suave voz me dijo: -Buenos días pequeña, ¿has dormido bien?, debes tener hambre, toma asiento ya casi termino de preparar el desayuno.
¿Sabes cuál es ese sentimiento que hace surgir un calor tenue desde el centro de tu cuerpo y corre para calentar de manera uniforme todo tu ser?, bueno, eso sentí en ese momento, era reconfortante, relajante… me hacía feliz. Pensé que ese debía ser el rostro de la verdadera felicidad; me sentía completa, parecía encajar todo… no faltaba nada, y el silencio en la habitación me pareció el algodón que protegía la fragilidad del retrato de la alegría.
La conversación que tuvimos mientras comíamos fue de temas triviales, pero que capturaron mi atención, como si un gran redentor me estuviera enseñando a predicar. Pensé que si moría, así sería la eternidad… y me gustaba esa idea, ya no tenía miedo.
Los días parecían transcurrir con una velocidad inalcanzable, en medio de tanta perfección, debía existir algún defecto… se acercaba cada vez más, el día en que el señor de la casa regresaría a sus dominios.
Pero cada día vivido el uno al lado del otro permitió que ambos habláramos de todo aquello que nos había marcado y fue así como el conoció mis penalidades y me enteré de todo aquello que él buscaba ocultar detrás de sonrisas y una ciega obediencia.

#11

Una tarde comenzaba a nublarse, amenazando una fuerte tormenta; tomamos nuestras precauciones y nos acomodamos cerca de la chimenea, bebiendo un poco de té; no sé si fue la imponente fuerza de la lluvia, la calidez de aquella escena o la presión que ejercía el reloj que no dejaba de marcar la hora, pero la conversación comenzó a teñirse de diferentes matices:
- Desconocía muchas cosas de tu vida, lamento que hayas caído en manos de mi padre
- Supongo que era parte de lo que debo vivir, creo que después de tan prolongada tormenta… llegará un momento de paz
- ¿Todavía guardas esperanzas? Me sorprende tu resistencia
- Eso que llama esperanza, yo lo llamaría ilusión; y mi ilusión es que algún día pueda demostrar a mis seres queridos que las ilusiones pueden ser los cimientos de la fortaleza y la persistencia
- Vaya, me impresiona tu seguridad
- Si debo ser sincera, no siempre tuve las esperanzas que ahora; los sucesos de cada día me han mostrado una nueva cara
- Ojalá ella hubiera tenido la misma fortaleza para continuar. Haz pasado por muchas situaciones difíciles, pero aún así, no comprendo por qué estancarte aquí
- Por miedo
-¿Miedo?
- Sí, miedo a lo que hay afuera, a lo que pueda pasar
- Esas mismas palabras ya las escuché, y quien lo dijo ya está muerta
- ¿Qué?
- Mi madre está muerta, y a manos de mi padre… él nunca lo dice
- Pero…
- Y también a mi hermano, él tiene las manos manchadas de sangre y yo las tengo llenas de culpa
- Pero me dijo que había sido un accidente, lloró cuando me lo platicó
- Nunca creas en las lágrimas de un hombre, guardan secretos y cubren mentiras
- Pero, no creo posible eso…
- En ti veo tanto de mi madre, su mismo miedo, su misma incredulidad o tal vez excesiva inocencia
- ¿Puedo saber qué pasó?
- Jamás nadie ha sabido que pasó, sólo yo he sobrevivido a ese día y cada mañana me reprocho por mi cobardía
- Pero eres una persona buena, no creo que hayas hecho mal alguno
- Pues bien, te demostraré lo contrario. Siempre me di cuenta de que algo extraño pasaba cada que mi padre y mi madre se encerraban en su alcoba, era fácil saberlo por los gritos y lloriqueos… él salía de la habitación, pero mi madre no; cuando esto pasaba, no nos dejaban entrar a la recámara y nos sacaban de la casa. Y así fue por mucho tiempo, pero mi hermano era más “rebelde” y él fue quien primero se percató de la verdadera situación; mi padre buscaba “corregirlo” y hacerle ver que todo aquello era por el bien de la familia y no era algo malo; que él como primogénito debía continuar… era la herencia más invaluable.
Yo siendo más pequeño que él, no lograba comprender qué era toda esa alharaca, pero me daba miedo toda esa pesada atmósfera, era como los días de tormenta, en donde el trueno rompe el silencio. Yo sólo me quedaba observando, nunca dije palabra alguna, pensaba que todo era ajeno a mí, y aunque mi hermano me decía que abriera los ojos, me negaba a seguirlo; éramos tan unidos y esto comenzó a separarnos.
Dos años antes de la muerte de mi hermano, los acontecimientos permitían que fuera clara la disputa familiar; no sólo abrieron mis ojos, también cerraron mi boca. Por la mañana mi madre nos había dejado en la escuela, mi hermano comenzó a presentar algo de fiebre y decidimos regresar a casa sin avisar previamente. Cuando llegamos a casa, parecía que alguien había entrado a robar, todo estaba tirado, se escuchaban gritos y suplicas; todo aquello era un caos; ambos nos fuimos acercando poco a poco a donde se generaba el ruido, íbamos lento temíamos que alguien nos atacara… no estábamos tan equivocados.
Basta con decir que vi en el suelo un extraño bulto sanguinolento, no tenía manera de distinguirse que era aquello que mi padre golpeaba con tanto odio. Me abracé por segundos a mi hermano, quien rápidamente me empujó y se puso sobre ese bulto para recibir con su cuerpo los golpes, me quedé estático, no entendía lo que sucedía, estaba demasiado confundido, y sólo el grito de mi hermano despejó un poco mis sentidos cuando dijo: - ¡Ayúdame!, protege a mamá.
En mi mente sólo quedó la imagen de lo que sucedía, sumado a la repetición de la palabra “mamá”… caí de rodillas sin dejar de mirar, vi que se movían los labios de mi hermano, pero ya no escuchaba nada… lo que pasó después… ya no lo recuerdo; lo que sí sé es que a partir de ese día dejé de hablar, nadie me lograba sacar una palabra.
El paso más grande estaba dado, sabía de lo que era capaz mi padre, comprendía lo que mi hermano protegía, veía el sacrificio de mi madre, pero yo no tenía figura en ese lugar… no veía mi papel… no me sentía parte de la obra. Escuchaba a mi hermano preguntarle a mi madre por qué dejarse golpear así, por qué no dejarlo, ella sólo respondía: - Prefiero que sea conmigo y no con mis niños.
Y así fue, hasta el día en que mi padre una vez más golpeó a mi madre, él estaba demasiado ebrio y con la misma botella que bebía, fue el arma con que mató a mi madre. Pero cuál fue mi dilema en esta ocasión, pues el hecho de que yo una vez más sólo me quedé mirando… petrificado, mi hermano no se encontraba en casa; cuando él supo los detalles nunca me lo perdonó y me culpó por la muerte de mi madre… él tenía razón.
No pasó mucho tiempo de esta terrible pérdida que mi hermano y mi padre comenzaron a pelear más de lo habitual, las quejas e insultos subieron más y más de tono; mi padre no soportó que su primogénito fuera en contra de su voluntad y yo no era significativo para él, después de todo yo era el no deseado. La discusión se puso cada vez peor, mi hermano argumentaba la falta de mi madre, mi trauma que me negaba el habla y la supuesta “rebeldía” que tanto lo molestaba. Fue inevitable.
En los ojos de mi padre se dibujó una sombra que jamás en la vida había notado, no era la ira acostumbrada, parecía que de sus ojos fuera a brotar el mismo demonio… no tardó en surgir. Tomó a mi hermano del cuello con tanta fuerza que por más que forcejeaba para que lo soltara no lo lograba… de nuevo era testigo y lo único que lograba era seguir petrificado mirando, quería gritar… no pude.
Sabía que mi hermano estaba siendo vencido, por el hecho de que cada vez estaba más cerca del suelo, poco después vi como reposaba su inerte cuerpo en el suelo. No sé con qué mentiras mi padre enterró legalmente los cuerpos de mi madre y hermano… sentía que yo era el siguiente.
El día en que se hizo el funeral de mi hermano, mi padre me dijo: - Si tan sólo tú fueras él- Siempre lo supe, yo no era nada para mi padre. Continué viviendo entre el miedo, la ignorancia y la culpa.
Hasta el día de hoy sólo vivimos uno al lado del otro fingiendo cordialidad y familiaridad… no es más que apariencia; aún me pregunto para qué venir a verlo, para qué seguirle hablando, y luego veo a alguien como tú y siento tanta impotencia y ahora siento que en ti está la única forma de lavar mis culpas.
He visto mucho de mi madre en ti, y no sólo me refiero a su inocencia y carácter, sino también físicamente… no te quiero perder…
Él terminó de hablar, tomó mi mano y la besó, quise llorar, quise reír, quise fundirme con el tiempo y detenerlo… era magia lo que yo sentía. Poco a poco nos hicimos más cercanos y aunque el tiempo seguía corriendo con gran velocidad, el conocernos cada vez mejor nos unía más y más; nos hacíamos más fuertes.
Justo cuando faltaban dos días para que llegara el señor, de nuevo una gran tormenta azotó la región, de nuevo ese joven y yo nos quedamos cerca de la chimenea, pero ahora él me abrazaba y yo estaba cómodamente recargada en su pecho; la tranquilidad y la calidez del momento permitió que nos quedáramos dormidos, lo siguiente que nos despertó fue el sonido de un florero hecho trizas; el señor de la casa había llegado.

#12

Ver aquel imponente hombre, con las señales de una gran tormenta, apabulló mi voluntad; fui tomada del brazo con la fuerza suficiente como para que se dislocara, pero fueron las manos del hombre que amaba las que se interpusieron. Padre e hijo comenzaron a pelear, no había palabras, sólo miradas capaces de desnudar el alma y desentrañar los más negros recuerdos que aquellos hombres compartían. Tenía miedo, estaba confundida. Un gran golpe cerca de mis pies hizo que regresara de mis pensamientos, aquel hijo que había caído en la desesperación había vencido por segundos a su padre, me tomó de la mano y salimos corriendo de la casa.
No sé si era más fuerte el miedo, la tormenta o ese sentimiento extraño que nos unía, pero no miramos atrás y seguimos corriendo; aquello era ver la fuerza de la naturaleza contra la fuerza de un pequeño corazón humano.
Desconozco el nombre del lugar al que llegamos, pero creí que era lo suficientemente lejano del padre que con odio, es seguro, nos maldijo esa noche… ¿crees en las maldiciones?, yo siempre creí en ellas, pero a partir de esa noche he afirmado más creencia en ellas. Puede que el gran dolor y la traición que uno provoca en alguien, es el detonante para la efectividad y fuerza de una maldición; y cada que lo recuerdo veo mi propio presente… y me aterra.
Cuando llegamos a esa pequeña ciudad, nos alojamos con rapidez en la habitación que con gran esfuerzo rentaba Ain; ahora me sentía realmente protegida, lo veía como un ser con la fortaleza para defenderme; sí, no sólo era el hombre que amaba, ahora yo debía retribuirle con mi eterna fidelidad.
Aun debía seguir con sus estudios y con su trabajo de medio tiempo que tenía para cubrir los gastos extras de los cuales no hacía participe a su padre; pero en ese entonces con mi presencia, todo se encarecía; viendo su esfuerzo, me dediqué a los quehaceres de casa y a pequeños encargos como lavado, planchado y zurcido de algunas vecinas; no era muy bien pagado, pero para mí contribuir en los gastos era lo más importante.
Al reunir nuestros sueldos, Ain sólo me sonreía, jamás se quejó; me entregaba una parte para hacer las compras de la comida, y yo, sin saber realmente el valor del dinero, sentía que podía gastar en cualquier cosa… y fui reprendida por ello, pero no como antes… creo que había demasiada tolerancia: -Mira pequeña, lo que ganamos es poco, no podemos darnos lujos, sólo compra lo necesario para cada comida y para los artículos que en realidad sean imprescindibles; con el tiempo, tendremos oportunidad de mejorar nuestras cosas, solo espera.
Me sentí incomoda, porque yo no comprendía en que “cosas innecesarias” gastaba el dinero; pero después de todo, no me vi con el derecho a replicar y así fue como cambié mi manera de ver el dinero… el dinero mueve la tranquilidad y la felicidad de las personas. Me dio tristeza ser tan inútil… me consideré una carga.
Me esforcé día a día por mejorar mi sentido de economía, producción y retribución; pero estaba dejando de lado aquel sentimiento de felicidad con el que había llegado a mi nuevo hogar; pero no sólo era por mi parte, Ain también había cambiado y tan solo llevábamos unos meses el uno al lado del otro; pero creyendo que sólo era una fantasía mía, continué sin dar marcha atrás… que equivocada estaba… ya lo estaba perdiendo.
Podría decirte que cada noche en la que él regresaba lo recibía con una sonrisa, un cálido abrazó y un plato de comida caliente… pero sería mentir; por su puesto estaba yo en casa, con comida caliente, pero la sonrisa se había perdido, el abrazo tierno desapareció, y en lugar de ello me aferré a un cuaderno de cuentas en donde llevaba parte de la administración de mis gastos y consumos… me había equivocado terriblemente de camino… esa no era yo y aún así… no lo vi venir.
En las ocasiones que él deseaba ser tierno conmigo, tal vez inconscientemente, lo alejaba de mí; yo debía trabajar, ya sea en un zurcido, en algo de lavar… en algo que reflejara mi interés en no ser una carga… no quería irme de su lado… tal vez así, no sería una inútil para él:
- Pequeña, has cambiado
- ¿Cambiar?... no, ¿por qué lo dices?
- Mírate y mírame ¿puedes ver la distancia?
- No es distancia, es tan sólo que necesito terminar este trabajo, mañana temprano lo debo entregar, en cuanto termine te atenderé mejor, lo prometo
- No lo ves, yo no soy tu amo
Me molestó su reclamo, ¿acaso el no podía ver que hacía todo aquello para hacerlo feliz, para que no se molestara conmigo?; quise reclamar, pero una vez más guardé silencio. El estar uno al lado del otro se empezó a hacer costumbre y lo que pudo haber sido amor se volvió tedio.
Una tarde en que regresaba a casa de hacer una entrega, cambié mi acostumbrada ruta por una “nueva”, una cercana a la universidad y su tan concurrida calle llena de cafés y estudiantes; de vez en cuando solía pasar por allí para escuchar a las personas, todas hablando en lenguajes muy diferentes, pero todos en el mismo idioma, me reía sola porque me resultaba divertido oír todo aquello que no entendía; y en una mesa llamó mi atención el sonido de una voz, sí la de Ain; hablaba con otro joven:
- Creó que será mejor hablar con ella antes de que pasé más tiempo
- ¿Sigues con ese problema?
- No es un problema, simplemente no encuentro manera de hablar con ella, cambió desde que llegamos, antes solía ponerme atención, platicábamos tan bien; ahora sólo se dedica a trabajar y trabajar, pareciera como si no hubiera otra cosa… me siento como perro abandonado… todo es tan rutinario… me estoy hartando
- No, harto ya estabas, simplemente ahora ya no la quieres
- La quiero pero, el procurarla como hasta ahora, no ha tenido el resultado que yo esperaba, como decirlo; la veo más como una niña a la que debo cuidar, no como alguien a quien deba amar
- Hermano, el amor no es un deber… y mira quién te lo dice
“La veo más como una niña a la que debo cuidar, no como alguien a quien deba amar”; lo repasé en mi mente, el resto del día… “a la que debo cuidar, no como alguien a quien deba amar”; qué estaba haciendo mal… “no como alguien a quien deba amar”; es que acaso me seguía viendo como una carga…. “deba amar”; en qué momento se volvió para él un deber el estar a mi lado… “deba amar”; cuando me dejó de querer…

Hace alrededor de 2 meses

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#13

Estaba aterrada, nerviosa, fuera de mí; al llegar a casa me quedé sentada en la entrada, realmente no veía error en lo que yo hacía… él era mi fuerza, mi Ain, mi protector… y se estaba alejando de mis manos… el tiempo de nueva cuenta estaba en mi contra. Cuando llegó me encontró en la entrada:
- ¿Qué pasa?, ¿qué haces aquí sentada?
- Yo…
- Vamos levántate pequeña, te vas a enfermar
“A la que debo cuidar, no como alguien a quien deba amar”, me le quedé mirando, no podía decir palabra alguna; me llevó a la silla, decía cosas, pero yo solo escuchaba “a la que debo cuidar, no como alguien a quien deba amar”. El miedo se apoderó de mí:
- ¿Es que ya no me quieres?
-¿Qué?
- ¿Qué he hecho mal?
- Pequeña, ¿de qué hablas?
- Lo puedo corregir, sólo dime en que estoy mal y no lo volveré a hacer

“A la que debo cuidar, no como alguien a quien deba amar”; estaba aterrada, me tire a sus piernas y las abracé con fuerza, simplemente no podía detenerme, las lágrimas terminarían inundando mi corazón:
- ¿Pero qué haces?, levántate
- No lo volveré a hacer… no lo haré te lo prometo, no lo haré
- Basta, qué haces, ponte de pie, me asustas
- No lo volveré a hacer, no lo volveré a hacer… no lo haré
- No comprendo nada, ¿qué dices?, ¿qué has hecho de qué?
- No lo haré… no lo haré… no lo haré
- Vamos, te comportas como una chiquilla, deja ya este berrinche, levántate de una buena vez

No podía detenerme, me levantó y me llevó hasta la cama, me puso entre las sábanas, me dio un beso en la cabeza… yo no podía dejar de llorar, simplemente no podía, sentí que se levantó de mi lado y terminé escuchando cuando se cerraba la puerta… él me había dejado sola… Ain me había dejado, mi fuerza me había abandonado… “a la que debo cuidar, no como alguien a quien deba amar”.
No regresó esa noche y tampoco a la siguiente… ni a la siguiente; espere como el perro fiel tras la puerta, no probaba bocado… él nunca regresó. Las deudas se acumularon, me echaron de aquel lugar y así fui rodando como una piedra en el camino, ya no tenía por qué resistirme, el tiempo y el aire me destruían como si fuera de arena; pedía limosna para poder comer y aquella joven que era, se volvió sólo un recuerdo; y fue bajo esa máscara de hambre y descuido, que encontré a mi querido Ain una vez más; pero ahora sonreía, abrazaba con cuidado a una mujer y jugueteaba con dos criaturas; me acerqué poco a poco y sólo recibí de él una moneda y una sonrisa.
Aun no entiendo si era tan espectral mi imagen que no me reconoció o simplemente era la única forma en que me decía adiós de manera definitiva; dejé caer el dinero y me fui sin mirar atrás… la ilusión de encontrarlo de nuevo, que me había permitido llegar hasta ese día se estaba desvaneciendo… ya no quedaba nada.
Es fácil saber que no fui vencida aquel día, sigo viva, pero las decepciones que seguí recibiendo desde ese entonces siguieron la misma línea; parecía que no podía vivir sin recibir amor-decepción-olvido… me estaba haciendo dependiente de la tragedia. Pero todo lo ocasionaba mi miedo, mi desconfianza, mi nula habilidad para depender de mí. Ain fue el primer hombre en mi vida y como él otros; todos como estrellas en mi obscura timidez y todos ellos tan lejanos.
Llegar aquí fue lo único que me dio un poco de paz, del amor no comprendo nada; desconozco si alguna vez lo viví o lo tuve y simplemente no fui capaz de conservarlo. No sé si confundí la lealtad con el amar de manera incondicional o si tan sólo quise sentirme acompañada y evitar que me patearan como a un perro, que cuando ya no es novedad, simplemente se le echa a la calle.
Te diré algo que estoy entendiendo hasta este momento; durante todas esas penalidades no pensé en mi, sí, sólo actuaba conforme la situación lo solicitaba, no fui consciente de lo que realmente yo quería o yo sentía… tal vez soy igual de hueca que las muñecas de los aparadores y créeme cuando te digo que en este momento siento miedo, sí, miedo; verme sola, fría, seca, sin ilusión, sin interés; me pregunto ¿realmente qué soy?... ni siquiera intentaré responder… de nuevo me aterra.
Es por eso que cuando vienen a mí, sólo veo futuros llenos de dolor, decepción y traición, ¿acaso es por qué yo no tuve amor?, ¿serán celos de la felicidad de los otros?, o ¿sólo será que puedo ver en los demás lo que buscan ocultar?
Pequeño, haz un poco de ti sin escuchar a otros, no dependas de las ordenes de los demás; a la larga, no serás diferente de un animal domesticado; es mejor ser salvaje con apariencia de civilizado…
Esta mujer de apariencia fría y ojos hundidos terminó abrazándome dulcemente, nos quedamos algunos minutos así llorando uno al lado del otro. El diálogo silencioso de las lágrimas buscó reconfortar dos almas, una que acababa de encontrar significado y la otra que estaba aprendiendo que era necesario tener un significado propio.
Por mi mente pasó una sola pregunta “¿Quién soy?” y aunque ese día no encontré respuesta, hoy estoy orgulloso de tener las palabras correctas para responder.
Antes de irme besé en la mejilla a aquella mujer que me daba una leve sonrisa y que no podía dejar de llorar, fui a casa con un objetivo… saber quién era yo.

Hace alrededor de 2 meses

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#14

Cap. IV

Aunque otro día se abría para mí, en donde mis obligaciones se hacían presentes, no dejaba de pensar en las palabras de aquella mujer y eso permitió que el Sr. G viera con facilidad que algo inusual cruzaba por mi mente:
- Y ¿ahora qué sucede?
- ¿mmmm?
- Sí, algo te pasa ¿qué es?
- Nada señor, es sólo que recordaba y me preguntaba…
- Vaya, veo que en realidad es algo que causa gran interés
- Señor, alguna vez se ha preguntado ¿quién es?
- Ya veo, tal vez la mejor respuesta que te puedo dar es, en tu caso, que la pregunta que te debes formular sería ¿quién quieres ser?; cuando seas mayor y veas tu pasado con nostalgia entonces si deberás preguntarte ¿quién soy?, pero acompañado de la pregunta ¿soy quién realmente deseaba ser?, y si no, revisa una y otra vez y pregúntate si estas satisfecho o no. Encontrar tu propio significado, no es algo que en tan pocos años puedas saber; pero a veces ni siquiera los siglos lograrían explicarlo.
- No entiendo, ¿cuándo entonces puedo saber…
- ¿Quién eres?
- Sí
- Pues bien, hay una manera; suena sencillo decirlo, pero el hacerlo es lo que realmente determinará tu respuesta. Dime ¿Qué te gustaría ser cuando estés mayor?
- No lo sé
- Bueno, entonces empieza por buscar la respuesta a esa pregunta y ya verás que poco a poco llegará a ti la resolución a ese gran enigma de “quién eres en realidad”
- Y ¿cómo saber que no me equivoco?
- ¡Ah!, pues bien, cada día pregúntate ¿me ha gustado lo que he realizado?, ¿estoy satisfecho?, ¿puedo hacer más o he llegado a su límite?; con eso sabrás si realmente te has equivocado y lo puedes corregir o seguir adelante.

Aunque en ese momento no entendí todas aquellas formulaciones, llegué a una conclusión muy sencilla, los Grandes tenían una vida muy complicada, llena de prejuicios, banalidades y demás cosas que nosotros los Simples no apreciábamos; más bien que no nos resultaban indispensables y que realmente no tenían importancia. Los Grandes buscaban conquistar a los Grandes y nosotros los Simples solo buscábamos jugar un rato más con los Simples.
Otro día laboral más había llegado a su fin; me disponía a acercarme a aquel colorido lugar, pero no dejaba de pensar en todas aquellas preguntas que pretendía responder. Tan sumergido me encontraba en mis pensamientos que el piso me resultó un lugar cómodo para ver mientras iba caminando y descuidadamente choqué con alguien:
- ¡Oye!, ten más cuidado mira por dónde caminas
- Disculpe, lo siento

Volteé a ver a la persona con quien había chocado, no era un Grande, pero tampoco era un Simple; era uno de aquellos que llamaban Común; aunque su actitud era la de un Simple, presumían de ser próximamente un Grande.
Ya que lo vi con rapidez, pues este siguió su camino; pude notar algunos de sus rasgos; no tomé muy en cuenta el suceso y seguí sumergido en mis pensamientos, de nuevo caminando y mirando al suelo. Es fácil imaginar que de nuevo choqué con alguien más, pero algo singular iba a pasar:
- ¡Hey fíjate!
- Sí… ¿qué?
- ¡Fíjate!
- P… pero… pero sí
-¡Muévete!

Pues bien, acababa de chocar con el mismo “alguien” con quién ya había chocado… pero…
- Disculpe, no lo vi otra vez
- ¿De qué hablas?
- Siento haberlo golpeado de nuevo
- ¿Qué?
- Sí, lo golpee hace unos segundos
- Oye tonto, no sé de que hablas, pero quítate de mi camino

El Común se fue, me quedé parado, confundido y siguiendo la trayectoria por donde iba… aún no lograba entender cómo había chocado con el mismo “alguien”; miraba una y otra vez de donde venía y donde había chocado… no era normal. Y la curiosidad me empujó a seguir a aquel Común.
Llegué a una parte en donde se podía acceder a una entrada a la gran carpa, pero como estaba rodeada por carros, fue allí donde vi al Común que estaba por entrar a través de la cortina y lo seguí; metí la cabeza y lo perdí de vista, y mientras trataba de esforzarme por ver en la oscuridad del interior, sentí que alguien me dio unos pequeños golpecitos en la espalda:
- Oye, ¿estás perdido?, ¿te puedo ayudar?

Me eché hacia atrás por lo que mis ojos veían, y tan torpemente me comporté, que caí al suelo de espaldas… tenía los ojos tan abiertos y aún así no entendía lo que veía… el “alguien”, ese “alguien”…
- ¿Estás bien?, ¿estás enfermo?

Al tiempo que decía eso, extendía su mano hacia mí para ayudar a ponerme de pie, pero me dio miedo… como era posible… aquel Común que había desaparecido por la cortina, ¡era el que me había tocado la espalda!
- ¿Puedes hablar?, hace poco lo hiciste
- Es que… es que… ¿cómo?
-¿Qué?
- es que… no sé… yo
- Tranquilo, parece que hubieras visto un muerto
- Pero… ¿cómo?
- Vamos, ya para eso, me asustas…

Aunque ese Común me tenía tomado de los hombres y yo no lograba entender nada y sólo tartamudeaba y miraba a todos lados, él comenzó a zarandearme un poquito para que regresara en mí y un grito fue lo que ambos nos distrajo de aquella tan rara escena; era el señor de escarlata:
- ¡Kuro, deja al muchacho!
- Jefe, yo no soy Kuro, soy Shiro; ¿por qué siempre nos confunde?
- Bueno, quien seas, deja al muchacho
- Yo no le hacía nada, sólo lo vi perdido y lo quería ayudar, es todo
- ¿Perdido? ¿Estás bien pequeño?
- ¡Señor, yo no entiendo… y luego él llego y… yo no!
- Ahora comprendo lo de perdido

Y mientras me trataban de hacer reaccionar, alguien salió por la cortina que estaba detrás de nosotros:
- Jefe, ya está terminando el número de los caballos ¿seguimos nosotros o va a cerrar “El Gato”?
- Kuro, que bueno que ya están juntos… mejor ustedes cierren
- Bien, ¿qué hacen con ese, todavía no se va?

Y al mirar al Común que hablaba, creí estar loco, no dije palabra alguna, sólo volteaba a un lado y otro y pensé -¿Es la misma persona… en dos?, y el hombre de escarlata me dijo:
- ¿Pequeño?
- Señor… yo…
- ¡Oh!, ya veo, es por ellos que estás así; no, no estás loco y no ves doble; déjame presentarte a Shiro y Kuro, ellos son… gemelos
- ¿Gemelos?
- Sí, gemelos, ellos son hermanos
- ¿Gemelos?
- Vaya que te ha afectado esta situación, ven conmigo, después te explico mejor; y ustedes dos, vamos, hay trabajo que hacer.

El señor me tomó de la mano y los cuatro entramos por la cortina, caminamos por un pequeño pasillo un tanto obscuro y de nuevo llegamos a una entrada por donde estaban pasando unos hermosos caballos blancos, el señor me dijo:
- Espera aquí, no salgas, pero te puedes asomar y ver lo que hacen estos dos.
Y eso hice, el señor fue delante de ellos y los anunció con aquella estruendosa voz, tan fuerte era, que podía jurar que se escuchaba en las afueras de aquella monumental cubierta:
- ¡Para finalizar!, ¡Una de las maravillas que sólo las aves pueden hacer sin peligro alguno!, ¡En una altura mayor a los 100 metros!, ¡Ellos caminarán por una cuerda tan delgada como un cabello!, ¡Ellos pueden volar para sostenerse en un pequeño columpio!... ¡Ellos son los halcones de Kioku!

Aquel argumento era muy exagerado y tan imposible, pero para nosotros los Simples que estábamos viendo todo aquello era muy, muy real; y los Grandes también caían en la trampa de aquellas palabras.
Esos Comunes comenzaron a subir por escaleras opuestas, dirigiéndose a una cuerda que estaba dispuesta de extremo a extremo de aquella enorme arena; mientras tanto unos tambores tocaban sin parar y su golpeteo era como si lograran reproducir el sonido del corazón de todos aquellos presentes; sentí por un momento que me atragantaría con mi propio corazón o podría quedar sordo por aquella sonora emoción.
El ver los giros que daban en el aire, los inimaginables saltos en la cuerda y todas aquellas proezas, fue algo que me mantuvo sujeto a la tela de la cortina, a cada movimiento apretaba más mi puño; sentí una mano en mi hombro, pero estaba tan absorto en aquella proeza, que no volteé y escuché un susurro en mi oído: - ¿verdad que son como pájaros?
Aquel espectáculo duró tan poco a mis ojos, pero en realidad no sé cuánto tiempo pasó; los Comunes una vez en el suelo fueron ovacionados de tal manera que se producía un terrible zumbido por los aplausos, sentí cómo vibraba el suelo y la carpa. Los Comunes se inclinaron agradeciendo y se dirigieron a la entrada en donde estaba yo parado. Ahora sus movimientos me parecían hechos en el aire, con suavidad, con una elegancia natural; era algo que nunca antes había visto; yo, un Simple que venía de un mundo hosco, acababa de toparse con dos criaturas tan finas a las cuales podía verles alas.

Hace alrededor de 2 meses

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#15

El hombre de escarlata los recibió muy satisfecho y salió a cerrar la función despidiendo al público, el cual se vio volcarse sobre la arena, querían más de aquellos Comunes, mi sorpresa fue ver que la mayoría de ese público eran mujeres desde la más joven hasta una que otra entrada en años… ¿qué tenían ellos para llamar así la atención?, era fácil saberlo con tan solo observarlos… no eran criaturas de la tierra, definitivamente no.
El señor de escarlata una vez más se acercó a mí, me dio una palmada en el hombro y se dirigió a todos los personajes que aun se encontraban felicitando a los Comunes:
- ¡Bien hecho todos!, una vez más, sigamos con este esfuerzo. Shiro y Kuro, una felicitación especial por seguir entre nosotros; ahora solucionen el problema que dejaron afuera; pero eso sí, Kuro, tu no sales… lo siento… Shiro hazte cargo
- Pero señor, sabemos por qué son así, yo…
- No se diga más, sólo sale Shiro, no me meterás de nuevo en problemas

Aquel Común se dio la vuelta y empujó a todo aquel a su paso, se veía realmente molesto; pero a mis ojos era como ver un ave peleando contra el viento. Shiro salió por la arena a encontrase con todas aquellas que deseaban verlos y tocarlos… pero ¿por qué solo uno? ; quise preguntar, pero no sabía quién era el más indicado para responder. Algo me dijo que debería seguir a Kuro y aunque no sabía el lugar exacto en dónde encontrarlo, sabía que alguien me podía dar su ubicación precisa… el señor de escarlata.
El señor de escarlata no se opuso, me dijo cómo llegar a él, y también me dio un consejo para entrar, en caso de que Kuro no me abriera. Caminé tranquilamente hasta el lugar indicado; no sin antes ver todo lo que se encontraba a mi paso, me emocionaba ver tantos colores, tantos rostros diferentes, risas, discusiones… había de todo en ese lugar… en ese mundo tan aislado, pero no alejado de la realidad.
Entrar en el lugar en el que se había encerrado Kuro no era fácil; tan sólo con llamar por primera vez a la puerta, sentí en el tono de su voz aquella extraña furia llena de tristeza, de insatisfacción, era claramente el canto de un ave atrapada… ¿por qué?, él era tan libre en el escenario, qué hacía el cambio en este momento… qué pensamientos guardaba esa hermosa ave.
Ocupé el consejo del señor escarlata… que cebo tan patético… ¿acaso esta ave podía ser tan fácil presa?... pues… sí: -Kuro, una chica me pidió ayuda para hablar contigo, ¿puedes salir?...
Sí, realmente patético… Kuro salió en menos del tiempo en que lo puedo contar, pero lo que llamó más mi atención fue la actitud tan diferente con la que salía… no era el ave que sólo vuela, ahora buscaba presumir su plumaje… me sentí mal por él:
- ¿Sí?
- ¿Puedo pasar?
- ¿Qué?, ¿dónde está la chica?
- ¿Cuál chica?
- ¡Tonto!, dijiste que había una chica contigo, ¿dónde está?
- Nunca hubo una chica, siempre he sido sólo yo
- ¡Inútil!, no me hagas perder el tiempo en algo tan insignificante como tú, ¡largo!
- Sólo quiero hablar contigo, ¡realmente me impresionó lo que hicieron… ustedes pueden volar!
- ¡Fuera!

Sí están pensando en qué este Común cerró la puerta en mi cara… están en lo correcto… me sentí… inútil. Cómo acercarme a un ser destinado a estar muy por encima de mí… o era acaso sólo un mortal que había olvidado cómo volar… una vez más, me sentí mal por él.
De nuevo toqué, no recibí respuesta, por lo menos no de la persona de afuera, pero sí de alguien que llegaba al carro:
- Con tocar muchas veces a la puerta no ganarás nada, así es Kuro… un niño, pero ¿por qué insistes?
- Yo sólo quiero saber ¿cómo logran volar?
- Vaya, pero si nosotros no podemos volar, todo lo que ves allí es resultado de varios ensayos y un poco de ejercicio; no es que tengamos alas escondidas
- No, en verdad ustedes pueden volar, ustedes… no son de la tierra
- Creo que tú y yo… vamos a tener una larga conversación, deja un rato a Kuro y platiquemos en otra parte.

No haber podido hablar con Kuro, me desanimó un poco, pero ver a Shiro con una disposición diferente, me hizo ver que aunque en su físico eran exactamente iguales… su interior era totalmente diferente… ¿por qué dos aves con el mismo plumaje, tenían un canto tan diferente?
- Y bien, ¿en que nos habíamos quedado?
- ¿por qué son tan diferentes?
- ¿quién, Kuro y yo?... llámame Shiro, siéntete en confianza
- Shiro… ¿por qué son tan diferentes?
- Bueno, en realidad somos completamente diferentes por dentro y por fuera, sólo que las personas no logran ver que la diferencia es tan inmensa… creo que los ojos de los adultos no se esfuerzan en ver los detalle, sólo ven lo que sus ojos quieren ver, no les importa el resultado de esa observación, simplemente buscan llegar a una respuesta conveniente; y así es como nos miran, solo buscan ver a la figura, no a la persona que hay en Kuro o en mí
- Diferencia física… no logro encontrar mucha…
- Bueno considerando que no nos has visto con detalle y que aparte nos ves por separado… creo que complica un poco las cosas… sí, ahora ya casi no pasamos tiempo juntos, más que en los ensayos… pero antes no era así
- Siendo tan parecidos ¿no son unidos?
- En un tiempo lo fuimos, no nos gustaba estar uno sin el otro, pero las circunstancias cambian a las personas y nosotros no fuimos ajenos a ello; Kuro siempre fue un poco más aventurado, yo siempre he sido un poco más reservado; además la vida en un mundo como este, para un niño, no es sencillo
- ¿ustedes nacieron aquí?
- Sí, nuestros padres ya ocupaban un lugar importante cuando nosotros llegamos a este lugar; ambos se dedicaban a lo que ahora nosotros hacemos… recuerdo tan poco de ese entonces
- ¿y sus padres?
- Sabes por qué el Señor nos felicitó de esa manera el día de hoy
- ¿lo que mencionó de estar entre todos?
-Sí, exacto; pues bien, mamá y papá gustaban de ser creativos en su propio acto, siempre habían tenido esa libertad, a todos les aterraba lo temerarios que podían ser; y aunque se les insistió a mis padres no llegar tan lejos, nunca escucharon, por eso en uno de sus actos algo falló y los dos cayeron al vacío sin poder sujetarse de nada… el suelo fue lo único que los pudo detener; Kuro y yo los vimos caer… fue duro verlo abrazado al cuerpo de mi madre sin dejar de llamarla y peor sin poder recibir una respuesta de ella.
Decir que nos repusimos de ese golpe, sería mentir, de alguna manera Kuro y yo no aferramos a estar más juntos, pero él sentía que debía protegerme de todo y yo tomé comodidad en ello, Kuro veló por mi día, tarde y noche; buscaba que yo hiciera el menor esfuerzo posible… se puede decir que me estaba convirtiendo en un inútil al que no dejaba ni vestirse sólo.
Pero eso que me resultó cómodo un tiempo, después me fue hartando, me comenzaba a regañar como sí el fuera mi madre y no lo toleré, fue la primera vez que me revelé ante sus cuidados, y así fue como empezó esa etapa suya de rebeldía… que espero acabe pronto… trae más problemas de lo que él se imagina
- ¿y cómo sabes que él no lo ha pensado?
- Por su actitud tan desinteresada, crea una realidad muy cómoda para él; pero todos los demás terminamos pagando por sus acciones
- Dices que son diferentes, pero ahora puedes saber lo que piensa… ¿no es eso un poco raro?
- Parece que buscas defenderlo
- No, pero… ¿tú cuidabas de él?, ¿tanto como lo hacía contigo?
- Jamás necesitó de mí y nunca permitió que yo hiciera algo por él
- Ahora veo por qué tienen un canto tan diferente
- ¿Canto?

Me di la vuelta y fui corriendo de nuevo en busca de Kuro, dos aves… tan parecidas… con cantos tan diferentes… que no son capaces de poder estar uno al lado del otro… ¿realmente qué tipo de aves serán?, ¿acaso las aves suelen atacarse unas a las otras, siendo de la misma especie?... aún ignoro muchas cosas, pero hay criaturas que jamás lograremos comprender.
Insistí una vez más a la puerta de Kuro, la respuesta de él fue diferente:
- ¿Y ahora a qué vienes?
- ¿Por qué es tan diferente su canto?
- ¿Canto?
- ¡Sí, son diferentes!
- No grites, entra, estás llamando la atención de todos

Hace alrededor de 2 meses

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#16

La jaula de estas aves era muy pequeña, apenas había dos lugares para dormir, un espejo y algunas cajas con ropa; en los muros de aquel carro era interesante ver una paisaje tan exacto que sentí el viento que corría entre los árboles, el calor del sol que bañaba los pétalos de las flores… pudo llegar a mi todo ese aroma.
- ¿Quién lo hizo?
- ¿Qué?
- Esto, el dibujo
- No es un dibujo, es una pintura… y lo hicieron mamá y papá
- ¿Cómo eran ellos?
- ¿Por qué preguntas?
- Pues porque al verlos a ustedes y ver el… no, la pintura, creo que debieron ser hermosas personas
- Mamá… mamá era muy hermosa… me gustaba mucho el aroma de su cabello… poleo… sí, era como poleo
- ¿Poleo?
- Sí, es una planta pequeña de hojas cenizas, pero con un aroma muy peculiar, olor a… mamá

Los ojos de aquella ave comenzaron a enrojecer, pero trataban de mostrar dureza, los talló con fuerza para evitar que emergieran esas pequeñas lágrimas que buscaban la luz del exterior.
- Mamá era muy buena, nos cuidaba mucho a pesar de todo lo que debía hacer… nunca descuidó nada, ni siquiera los más mínimos detalles… pero, ¿qué buscas con todo esto?
- No te detengas, sigue cantando
- Cuando estaban mamá y papá, vivíamos en un carro más grande, mamá se las ingenió para que siempre estuviera iluminado y ventilado… en las ventanas que improvisó, puso unas pequeñas macetas, hechas con latas, no recuerdo una sola vez en que no tuvieran flores, todas pequeñas, pero atraían a las abejas… me gustaba mucho mirar a las abejas.
Mamá preparaba todas las comidas, no necesitábamos ir al comedor general, me gustaba cuando preparaba manzanas asadas… ya no he comido una igual. Cuando mamá y papá iban a los ensayos nos empezaron a llevar, pero un día mi hermano se cayó del lugar en donde nos ponían… mamá se enfureció, pero consigo misma y fue como idearon usar este pequeño carro que se usaba como bodega, para dejarnos y que no corriéramos peligro; al inicio este carro era obscuro y frío, pero mis padres lo comenzaron a ambientar, y así fue como a mamá se le ocurrió hacer este paisaje. Ella nos contó que en unos de sus viajes había quedado realmente sorprendida por las maravillas del lugar; el pasto fresco, las flores perfumadas, la brisa entre las hojas de los árboles… simplemente vio lo que tanto deseaba… y así con esta pintura llevó un pedacito de ese lugar de ensueño a todas partes y lo transmitió a nosotros… lo que ella más quería.
No había día en que mamá no nos dijera que nos amaba, que éramos lo más valioso que poseía… que nosotros éramos su vida; nos cubría de besos y abrazos. En sus brazos no conocimos lo que era la tristeza y la soledad; al perderla supe que el nombre de la felicidad era “mamá”.
Como este carro es pequeño lo podían poner dentro de la arena, y por la ventanas veíamos practicar a mamá y papá; a veces mamá nos cantaba aún estando en las alturas… era un sueño verla, parecía un hada… sólo faltaba verle alas, podía brincar, girar. Le dije a mamá que ella debía ser mágica, que era un hada como la de los cuentos que nos decía por la noche y eso le dio la idea para el espectáculo… jamás me perdonaré haberle dicho eso a mamá, pues cuando lo aplicó en una función… nunca más volvió a volar.
Mi hermano y yo los vimos caer, era una función en la que estaba todo lleno, tanto, que había gente entre los pasillos, al pie de la arena… vaya, estaba que reventaba, mis padres eran la mayor atracción, ya habían logrado una gran fama. Su número empezó muy bien, mamá giraba y papá la sostenía, hasta que por un descuido, mamá saltó del columpio antes de tiempo, papá no la alcanzó y en su último esfuerzo por atraparla, él salió de su columpio… el vacío los atrapó… no hice más que correr hacia mamá, la abracé… tenía miedo de soltarla, mis lágrimas nublaron la imagen de su rostro, yo sólo gritaba “mamá” con tal desesperación… sentí que con eso tal vez podía atrapar su último aliento… y de entre sus rojos labios salió un pequeño suspiro: -amor, cuida a tu hermano.
Grité y grité, quería con ello desgárrame el alma… el silencio en la carpa era mortal; una vez más me sujeté a ella con fuerza, vi como sus encendidos labios estaban perdiendo su color y sus ojos solo miraban hacia el cielo… ya no me seguían; pero la sentí más perdida cuando aquel terrible líquido rojo emanó por detrás de su cabeza, mis manos quedaron manchadas… era definitivo… ya la había perdido. Me separaron de ella con dificultad, al ver a papá al otro lado, me causó dolor, pero no tanto como el ver a mi madre sin responder a mi llamado.
El Señor que ahora nos dirige era nuevo, no era el maestro de ese entonces, su cara palideció; cargó a mi hermano entre sus brazos, me tomó del brazo y casi me llevó a rastras a nuestro pequeño carro. Allí nos dejaron por un rato, mi hermano estaba sentado en un rincón, yo no dejaba de llorar, gritar y pegar a la puerta… tan pronto como la puerta se abrió, recibí una fuerte sacudida por parte del entonces Señor: - ¡Basta ya!, ¿crees que esto es fácil?, acabo de perder a una hija.
Me quedé petrificado, dejé de gritar, pero las lágrimas no dejaron de salir de mis ojos, nunca supe el significado verdadero de esas palabras, ¿en realidad mi madre era su hija o sólo era el cariño que sentía por ella? Vi entonces que mi pérdida era irreparable, pero tenía alguien por quien luchar… mi hermano… los ojos de mi madre. Para el día en que se llevó a cabo el sepelio, ya no lloré, pero sujeté a mi hermano fuertemente, no quería ni que el aire se filtrara entre nuestras manos, ya nada me separaría de él; mi vida se vería reflejada en el éxito que mi hermano tuviera, en lo que él hiciera, en su rostro sonriente… en sus ojos alejados de las lágrimas, en sus ojos sin la nube de la tristeza. Llegada la noche, el Señor habló con ambos, su mirada era triste y su voz no cambió en lo más mínimo, pero su repentina decisión me resultó molesta:
- Niños, papá y mamá no volverán; lo mejor será que se queden a mi lado, pero será lejos de este lugar
- ¿Por qué irnos de aquí?
- Este no es lugar para dos niños, y menos para niños que han tenido una gran pérdida, en un hogar se encontrarán mejor
- ¿Podremos llevar el carro?
- No, eso ya no puede ir con nosotros, se quedará aquí, los demás verán que hacer con él
- ¿Y las cosas de mamá?
- Serán desechadas
Eso fue suficiente, jalé a mi hermano conmigo, el cual no había dicho ni la más mínima palabra; me dirigí a la puerta con paso firme y sólo dije sin mirar atrás- Tengo un hermano al que proteger, y será aquí junto a mamá-. Esa noche fue la última vez que vimos al antiguo Señor, ya jamás se supo de él.
El futuro de dos niños huérfanos no iba a ser sencillo, el nuevo Señor exigía más, hablar con él no fue tarea sencilla, el rostro que teníamos no lo conmovió, sino la fuerza de todos aquellos que habían compartido escena con mis padres; pero sobretodo la solicitud del antiguo Señor, en no dejarnos solos. Así fue como nos quedamos con tan sólo pocas cosas de mamá y tomamos el pequeño coche para vivir; comenzamos a trabajar en pequeños mandados, nada que permitiera nuestra salida de la carpa, siempre vigilados por todos; recibimos una pequeña paga, lo mínimo… casi representativo, y eso corría de manos de una mujer… una mujer tan mágica como mamá… un hada de hielo… ella si es capaz de volar.
Conforme fuimos tomando en serio nuestro trabajo, prefería que mi hermano estuviera mejor descansado y mejor comido que yo, hacía las labores que le correspondían a él, le daba mi ración de comida, ataba sus zapatos, lo vestía por las mañanas, lo bañaba… creo que traté de llenar el vacío que había dejado mamá, para que no la extrañara; pero así como maduró nuestro cuerpo, también nuestra mente, y mi hermano ya no permitió que me metiera en sus asuntos y empezaron los primeros disgustos y contrariedades.
Cuando el hada de hielo vio en nosotros potencial para hacer una presentación nos entrenó con mano dura, yo asumí la idea de poder estar en el aire como lo hacía mamá, así que sin tomar en cuenta a mi hermano acepté los entrenamientos y llegado el momento acepté las presentaciones en público… es seguro que a tu edad ya estábamos dando nuestra primera función, éramos “los pequeños halcones”. Para ser nuestra primera presentación, recibimos aplausos, gritos y ovaciones como nunca lo pude imaginar, me emocioné… asumí de nueva cuenta que mi hermano sentía lo mismo… pero jamás lo vi sonreír.

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#17

Algunos años después, la juventud ya era más notoria en nosotros, el público que atraíamos era más “selecto”… como puedes ver… y la discusión definitiva tuvo lugar. Mi hermano no soportaba ser la atracción de tantas mujeres, yo no vi en ello maldad alguna, estaba junto a mi hermano, recibiendo elogios… lo volví a entender equivocadamente.
Mi hermano odiaba todo ello y me lo hizo saber una tarde, en que lo reprendí por su frialdad hacia con el público:
- Hermanito, no seas así con ellos, recuerda que a ellos les debemos nuestro éxito
- Aja
- No seas así, antes de que seamos regañados, sólo no lo hagas de nuevo
- ¿Quién te crees para darme ordenes?
- No te ordeno, sólo te pido más comprensión
- Estoy cansado de que todo sea como tú dices, lo que tú quieres, lo que tú piensas; yo no soy tú y me encuentro atrapado en este horrible lugar en el cual yo nunca me quise quedar
- Pero hermani…
- Tengo un nombre y no es ese estúpido “hermanito”, ya no soy un niño; míranos, atrapados en este cochecito inútil en el que ni siquiera cabemos
- Shiro, pero ¿a qué viene todo esto?, nada te ha faltado, no veo motivo para este reclamo…
- No eres mi madre, nunca lo fuiste, acepté que la perdí, pero tú… ¡tú no eres ELLA!, está muerta, ¡MUERTA! Y desde ese día te encargaste de “suponer” que yo me quería quedar aquí, cuando en realidad me quería ir con el Señor; que yo quería vivir en este pequeño carro, cuando hubiera preferido el que ya teníamos; que yo quería practicar para montar un espectáculo, cuando yo quería pasar desapercibido; y ahora “supones” que me gusta sonreírle a gente desconocida y que no me importa… estás muy equivocado.
Tenía la culpa de todo su silencio y aún no podía creer que la infelicidad se la había causado yo, en mi intento de alejarlo de todo ello… ser adulto no es fácil, y decidí escapar de todo aquello… de la manera incorrecta. Me convertí en alguien que realmente no deseo ser. Así que en cada espectáculo busqué opacar la figura de mi hermano para que no le causara más molestias, traté de que todos los regaños e insultos volcaran sobre de mi… sí, era la forma incorrecta de castigarme, para poder equilibrar todo el sufrimiento que yo había causado en tantos años… no es fácil pagar las culpas.
En cada función me volví más soberbio, y cuando aquellas mujeres se acercaban, busqué darles lo que esperaban: atención, deseo, pasión, placebos de su propia soledad y abandono. Y así fue como encontré el mayor problema de todos, en algún lugar, enamoré a una joven que sin reproche alguno se entregó a mí a los pocos días de vernos… me dio tristeza que se apreciara tan poco; tomé de ella lo que cualquier hombre sin escrúpulos utilizaría, y la dejé… buscaba ser castigado… y así fue, ya que hasta la fecha me buscan para hacerme cargo de una criatura… que no me interesa. Pero el problema no se detuvo con esta única experiencia, sino que se repitió muchas más.
Me volví un ser despreciable, para aparentar que mi voluntad es en realidad lo que siempre me ha interesado y que las necesidades de los demás, simplemente no tienen cabida en mis pensamientos; pero el ver la resignación de mi hermano, como si en verdad estuviera funcionando… es lo único que me complace, pues ahora él es quien me regaña, me insulta… aún tengo los ojos de mamá… aunque siempre viviré con el temor del día en que decidan abandonarme y no mirar hacia atrás.
Por todo esto, porque del día a la noche me volví todo lo que no debía ser, es que me encuentro en este estado… lo ves, no puedo volar… me da miedo perder lo único que me queda de mamá. Todos me vigilan esperando lo peor de mí y tal vez no los desilusione, es el público esperando, son a quien debo complacer.
Aquella ave que esta frente a mí, sujetando fuertemente un pequeño libro; no era el halcón que presumía en los escenarios, era un ave pequeña de pecho ensangrentado, que buscaba dejar el nido, pero seguir impregnado del aroma del cascarón de donde nació… de mamá.
Quise abrazarlo, pero no tuve el valor suficiente, solo le di unas palmaditas en su hombro, me sonrió y se acurrucó en las mantas que le servían de cama; se quedó allí, llorando y diciendo pequeñas palabras muy bajas que no logré entender, ¿cuánta era la profundidad de la herida de esta ave?
Busqué al señor de escarlata, no lo encontré… y solo me pregunté ¿quién más lo había escuchado?, él amaba a su “hermano”, mientras que este sólo lo llamaba Kuro… dónde quedo la hermandad… gemelos… gemelos… no, la apariencia no lo es todo… el alma, es el alma la que marca la diferencia.
Camino a casa recordé el rostro de ambos hermanos, buscando la diferencia física definitiva, y la encontré, Kuro tenía un lunar en la mejilla muy cercana a su ojo izquierdo, de la cual Shiro carecía… esa era la gran diferencia física de la que me hablaron tanto.
Y así fue como comprendí que lo dicho por el Señor G. era correcto… ¿qué quería ser? ¿Qué deseaba hacer?

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#18

Cap. V

Al día siguiente, me encontré haciendo mis más comunes tareas: las labores de casa, el trabajo con el Señor G. y la escuela; pero había algo diferente, la gente, sí, la gente… todos murmuraban, parecían sorprendidos por algo… pero no era muy fácil para un Simple enterarse bien de las cosas; quise preguntarle al Señor G., pero considerando que lo hacían los Grandes… le perdí un poco el interés.
Antes de salir del trabajo con el Señor G., este me dio un ramito de florecillas, me dijo que las necesitaría, me dio algo así como un abrazo, de esos que los Grandes dan cuando algo les da pena; me confundí más… flores, ¿por qué llevar flores?.
Me iba acercando a aquel colorido lugar, esperando todo aquel bullicio y alejarme del silencio que los Grandes tanto veneraban, esperaba la música del exterior, los colores yendo y viniendo en las manos de gente conocida y desconocida; pero conforme me iba acercando, se volvía más obvio que no había nada de eso… ¿qué estaba pasando?
Todo era silencioso y solitario… daba un poco de miedo; caminé hacia donde estaban los coches, la soledad era la misma; quise ir a tocar a la puerta de Kuro, pero algo me empujó a buscar a alguien más… anduve unos minutos sin saber a quién más buscar, no veía por ningún lado al señor de escarlata… y al fondo de la vista, al pie de un árbol, estaba aquella figura… aquella mágica figura.
Mi presencia llamó la atención de aquella extraña criatura, la cual me extendió su mano sin decir palabra alguna, sentí confianza y fui hacia ella; su mano era larga, suave y fría. Cerró su mano con fuerza sobre la mía, me dejé guiar, y así fue como llegamos a una zona más apartada y en donde todas aquellas personas que trabajaban en la gran carpa se encontraban reunidas. Fue impresionante como todos ellos se abrían para darle el paso libre a la criatura con la que iba.
Y una vez más, sin decir palabra alguna, me señaló una puerta por la que debía entrar; en mi mano llevaba las flores y cuando entré a aquel pequeño espacio… se puede decir que casi estrangulé aquel pequeño ramo, no sólo por la impresión, sino también por lo helado de aquel lugar. Había rostros conocidos y sobre una mesa, tendido en un profundo sueño, se encontraba nada más y nada menos que Kuro.
Kuro, el petirrojo Kuro; con el que una noche antes había hablado por largo rato, ahora enmudecía, su piel se veía muy blanca y sus labios eran purpúreos; pude ver aquel lunar que lo caracterizaba. Me acerqué un poco más, toqué sus dedos con una de mis manos y la otra depositó las flores cerca de su cabeza. Era una escena ya contada, sí, contada por la boca misma de Kuro… y aún en ese momento, en ese lugar y rodeado por todas aquellas personas, lo sentí sólo.
El señor de escarlata iba a decirme algo cuando sentí una mano fría en mi hombro, el señor enmudeció; giré y era nada menos que la criatura que me había llevado hasta aquel lugar; su blancura iba acorde con el lugar. Sin palabras me llevó fuera del carro y caminamos de regreso hacia los demás coches, donde abrió una puerta y me dejó entrar.
El lugar era muy diferente a la criatura, era cálido, confortable… normal. Una vez dentro y sentado en una pequeña banquita, la criatura extendió una taza de té; su aroma era único, eran flores, sí, flores… ¿me pregunto de dónde eran?, aceptar de inmediato sería una descortesía, pero lo hice sin titubear… esa criatura… daba paz.
Con quien ahora estaba debía ser el Hada de hielo de quien me había hablado Kuro, pero por qué de hielo… acaso… no, sólo deseo ver su rostro, sin ninguna palabra, solo el silencio, solo la luz que hace de su brillante piel, la más suave de las sedas; de sus largas y blancas manos, la más tersa caricia; de su mirada, el más profundo de los océanos, lleno de arrebatados movimientos, pero también de una calma sin igual… no era una hada de hielo… era la Dama Blanca… sí, en el blanco hay pureza, delicadeza, elegancia… pero en ello también hay locura, tristeza, dolor.
- ¿Cuántos pensamientos guardas pequeño?
- ¿Qué?
- ¿Cuántos pensamientos no puedes expresar ahora?, me has visto por largo rato y no temes mirarme a los ojos, has bajado la guardia de muchos con ese talento, ¿lo harás ahora conmigo?
- ¿Cómo puede ser su voz tan suave, pero a la vez tan severa?
- Me temo que siempre ha sido así, ¿te incomoda?
- No, sólo… no sé qué decir
- Has hablado con muchos de este lugar, no creo que haya sido igual con ellos, no hay nada especial en mí como para dejarte en silencio
- Noto frialdad en su voz, parece que no me quisiera aquí y es tan sólo la primera vez que la encuentro
- Escuché de ti, y hace poco… tal vez algunas horas… te conocí
- ¿Me conoció?
- Sí, me hablaron de ti con mejor detalle y veo los resultados de ello, no te temo, sólo no quiero ser dañada por ti
- Pero yo no he dañado a nadie
- ¿Y Kuro?
- Kuro… Kuro
La voz de aquella mujer imponía resonancia en mis pensamientos, ella no tenía sentimientos en su voz… pero dolían sus palabras, la Dama Blanca no sólo perforaba con su mirada… ella desangraba con el sonido que salía de entre sus labios. “El Hada de Hielo”… “La Dama Blanca”… qué había detrás de ese gran escudo de hielo, que el calor de una sonrisa, no sería capaz de derretir. Culpa, sentí culpa; qué había hecho con los demás, por qué sentir temor de un Simple como yo.
- Guardas silencio de nuevo pequeño, ¿qué pasa?
- Pienso en sus palabras, y no logro entender… yo no deseo dañar
- ¿Y Kuro?, dime ¿qué has hecho con Kuro?
Sí, ella me estaba culpando de la muerte de Kuro, ¿pero yo que había hecho?, sólo hablé unas horas con él, qué buscaba la Dama Blanca de mi.
- Yo no le hice nada, sólo hablé con él… sólo lo escuche… escuché su canto
- Él era un ave delicada…
- Un petirrojo de alas frágiles
- Así que lo pudiste ver… viste quién era realmente Kuro
- Sí, y me entristece haberlo dejado sólo
- Su soledad fue su sacrificio, y ahora su final… no te sientas mal… era algo que se debía esperar
- ¿Qué?
- Creíste que te culpaba de la muerte de Kuro ¿no es así?, tranquilo, sólo comprobaba
- ¿Comprobar?
- Sí, comprobaba lo que Kuro me dijo de ti, y no se equivocó
- ¿Cómo pudo hablar de mi?, ayer tan sólo hablamos unas horas y hoy… hoy… él ya no está
- Cuando te fuiste el vino a mi… en su rostro no había sonrisas, pero sus ojos era un caso aparte, hablamos por un rato… y en sus palabras noté una fragilidad muy inusual… temí que mi suposición fuera correcta, y ahora mira… así fue
- Usted sabía que él…
- Sí, él… no era una criatura de la tierra, lo supe hace muchos años, cuando aún tomaba a su madre de la mano, él no era para pisar la tierra, de él era el viento y el cielo; pero eso, ya lo sabes
- Usted sabe más, dígame… por favor
- La madre de Kuro era una buena amiga, pero en silencio guardaba sus dudas, tristezas y penas; ante sus niños se mostró como una madre fuerte y feliz, pero su mayor preocupación eran sus hijos; siempre buscó la manera de verlos sonreír, era lo único que le daba fuerza para continuar; es por ello que en cada presentación ponía un especial interés en el vestuario y en la historia de fondo que debía representar… sólo para que sus hijos miraran y estuvieran orgullosos de su madre.
Nunca me quiso escuchar, le dije que no era la manera de expresar amor mientras jugaba con su vida… no sé qué la condujo a tal peligro, el resultado lo sabes… pero Kuro fue quien más sufrió, todo el tiempo al lado de su madre y un día… se encontró sólo en la inmensidad; Shiro no es apegado a los demás, y aunque su hermano le prestó toda su atención, él nunca se sintió unido a Kuro, así era su padre… al lado de la esposa, pero sin sentir amor por ella… y cuando la iba a perder, ya era muy tarde.
La distancia entre Kuro y Shiro fue gradual, y a uno le fue más útil que al otro, Shiro ahora tiene un destino sin límite y Kuro… por fin se encuentra de nuevo junto a su madre. No que su muerte sea lo mejor… pero su corazón era tan frágil… pronto se tenía que romper… y ayer pasó.
Cuando los tomé bajo mi custodia, fue por una promesa hecha a su madre, mi amiga temía dejar a dos criaturas desamparadas, su trabajo era muy peligroso; sin más acepté, pero sin saber que tener a dos pequeños conllevaba una gran responsabilidad… pero llenaron un poco mi soledad.
El observar como Kuro protegía a su hermano, me preocupó más a si los hubiera visto peleando… me obstiné en dejar más labores a Shiro que a Kuro, y aun así no logré separarlo de su hermano. Hablé de esto con él, pero la respuesta siempre fue la misma – Mamá me lo encargó- Y sólo me quedé con el pensamiento de lo que pasaría el día en que Kuro perdiera a su hermano.
Ayer Kuro se abrió a mí como nunca antes, vi al verdadero ser detrás de la máscara del sacrificio y sólo pensé que pude haber hecho más por él y no lo intenté. Ayer era un Kuro diciendo sus últimas palabras, dictando su testamento, pero supe que no lo podía detener, y mejor lo acompañé en ese proceso… el estaba decidido y no lo quería dejar sólo en el camino.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero su voz jamás se quebró, hablaba de su madre, de su hermano y de ti:
- Él pequeño vio quien era yo, lo que mi hermano nunca ha querido intentar ¿estoy mal en comparar?
- No
- Desde que mamá se fue, nada de lo que he hecho ha terminado bien y mi hermano sólo se aleja más… él debe ser feliz… ya no lo quiero ver así, mis ideas sólo lo detienen, lo atrapan en una red de recuerdos… de mis recuerdos
- Kuro
- La distancia que hay entre usted y yo no es mucha ¿cierto?
- Kuro, qué buscas con todo esto
- Por qué… cómo pasan las cosas… por favor, no deje a mi hermano sin un hogar, de ser posible llévelo con el antiguo Señor, lo poco que tengo de mamá guárdelo; pero esto, por favor déselo al pequeño
- Kuro… qué vas a hacer
- Sólo a buscar la felicidad
- Kuro…
- No se preocupe, ya verá que todo estará bien y por fin seremos felices

Hace alrededor de 1 mes

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#19

Salió con una sonrisa en sus labios, pero no es aquella que busca ocultar las penas, es la sonrisa verdadera que nace del alma, que está completamente llena de alegría, sus mejillas estaban sonrosadas; sus ojos aún con lágrimas, brillaban; él realmente estaba encontrando la felicidad. Hoy su forma de actuar fue tan distinta, hablaba con todos, se acercaba a intercambiar sonrisas y miradas; todos notaron ese cambio, era ver al Kuro de siete años impulsado por una fuerza invisible y que no consideraba detenerse.
Al medio día salieron a presentarse, todo iba bien, pero al final, justo al final; con el mismo movimiento que hizo su madre… Kuro, con una sonrisa en sus labios… fue abrazado por el vacío… verlo tendido y sonriente, radiante… no dijo más. La gente quedó en silencio… estaba ante mis ojos la muerte de madre e hijo; pero Shiro no bajaba; por un momento temí que fuera a cometer una locura… me equivoqué, cuando llegó a nosotros en tierra, se puso a los pies de su hermano… y sólo calló.
En todo el día no he visto una sola lágrima caer por sus mejillas o decir una palabra de dolor… su rostro siempre igual… inexpresivo, pero bajo la cubierta de una leve sonrisa, como si en verdad la quisiera llevar. Los que hemos estado más tiempo aquí, no logramos comprender tanta frialdad, pero tampoco nos resulta ajeno… después de todo Shiro tampoco le lloró a su madre.
Él no es una mala persona, simplemente, tiene una manera diferente de lidiar con el dolor; lo poco que te pueda relatar de su persona, es justamente todo lo que en estos años ha hecho; no se molesta, no se alegra, no responde o responde formalmente… hace su trabajo como debe ser… y ya… así es Shiro.
Y bien, ahora cumpliré con mi palabra, toma; esto fue lo que te dejó Kuro; realmente te tomó aprecio, a su hermano le dejó su libertad, pero a ti… te dejo algo que él consideraba más valioso.
La Dama Blanca extendió su pálida mano hacia mi… era imposible… en verdad no lo podía creer; tomé con suavidad y mano temblorosa, aquel libro que una noche antes Kuro abrazaba con demasiada fuerza, era un tesoro que mientras platicábamos no pudo soltar… y ahora estaba frente a mí. Ver la pasta del libro me hizo recordar sus palabras, era nada más y nada menos que el libro de hadas que su madre les leía… comprendí el valor que él le tenía… no lo pude evitar… de mis ojos surgieron lágrimas… ¿cómo puedes tomarle tanto cariño a una persona desconocida en una sola noche?… su soledad, no era otra cosa más que su soledad… fue en este momento cuando supe el verdadero significado del miedo a la soledad.
Pasamos unos minutos en silencio, uno al lado del otro… lo único que se escuchaba, eran los murmullos del exterior y el crujir de algunos muebles… en mi mente repasaba y repasaba todo aquello que había escuchado de él… todo lo que ahora la Dama Blanca me había dicho… la soledad… la soledad… soledad.
- ¿Puedo preguntar?
- Dime
- ¿A qué se refería Kuro cuando le dijo que entre ustedes no había mucha distancia?
- Es una pregunta que merece una respuesta muy larga… y que representa para mí un esfuerzo que me he negado a llevar a cabo… ¿crees poder contra un corazón de hielo?
- ¿De hielo?, ¿tanto así fue lastimado?… ¿tanto así se detuvo de llorar?
- No, más bien, decidí… no volverlo a lastimar. Ya veo, no temes abrir la caja de Pandora… yo sí.
- ¿La caja de Pandora?
- Si Kuro pudo confiar en ti… veremos que tanto puedo hacerlo yo. Sabes que me llamaba el hada de hielo ¿verdad?
- Sí, aunque no lo entiendo
- Pues bien, no sólo en mi voz no hay expresión; también en mi rostro, en mis manos… en mi ser.
Mi vida se rodeó de seres sin expresión, nacida en un lugar frío… educada con severidad… sin recibir una caricia, un abrazo, una palmada… todo era tan frío a mi alrededor… yo no debería ser ajena a todo aquello y así lo acepté.
Mi cuna fue de plata, mis sábanas de seda, mis muñecas de porcelana… mi jaula… del más fino cristal; me crié en manos de nodrizas, mujeres de las cuales nunca supe su nombre; después crecí entre institutrices, mujeres que no les importó lo que yo realmente deseaba; mi día era tan rutinario, tan medido.
Cuando estaba en medio de una clase, no hacía más que mirar por la ventana, ver a lo lejos el movimiento de la gente, de los animales… parecían criaturas con vida y color… mientras yo era fría y monocroma, creí que si salía de esa casa me volvería como todos ellos, pero siempre había alguien que cerraba la puerta frente a mí… seguía encerrada en mi jaula de oro… pero la oportunidad de escapar de casa por unas horas, allí… en ese lugar… era lo que más deseaba.

Hace alrededor de 1 mes

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#20

Palabras, palabras, palabras; todos sólo decían palabras, caras serias, inclinaciones, gente a mi alrededor que no solía hablar… sí señor, no señora… mujeres entrando y saliendo de habitaciones haciendo labores innecesarias… gente que pasaba junto a mi sin verme, una mujer a la que debía besarle la mano y llamarla “señora”, un hombre a quien debía llamar “señor”… no pude más… correr… sí correr y desaparecer; empujé a todos en mi camino, de mis ojos sólo salían lágrimas que ahorcaban mi cuello… quería gritar, pero aquellas manos invisibles no me lo permitían, sin mirar a donde iba solo corría y corría, mis piernas no se iban a detener… no quería regresar a mi jaula… sentir el aire en mi rostro, la humedad del suelo mojando mis piernas, poder tocar con mis manos el calor del sol… no sabía qué era eso… ¿qué era, qué era? ¿Cuál era su nombre?... ¿qué ser tan maravilloso había hecho algo tan hermoso?
Llegué a un lugar hecho por las manos de un ser tan divino que dibujó con detalle… al que aplicó color con amor… todo eran tan tranquilo y lleno de sonidos suaves: pájaros, agua, viento, las hojas de los árboles… comencé a llorar más… pero no eran las lágrimas de desesperación de antes, eran de contemplar la vida y saber que no era un sueño.
Quedé de rodillas llorando y gimiendo con toda la fuerza de mis pulmones, era una niña de tan sólo 10 años que estaba frente a un mundo inmenso a donde ir… no me sentí pequeña, me sentí impotente de no tener más fuerza para seguir corriendo. No sé en qué momento me quedé dormida, pero una caricia cálida me hizo despertar… no quería abrir los ojos, me gustaba sentir aquellos movimientos que dibujaban mi rostro una y otra vez.
Pero hubo un momento en que no los sentí más, me levanté con prisa y mi corazón latía con desesperación… y allí estaba de rodillas junto a mí… un niño… un niño de ropas comunes, de cabellos obscuros y de ojos brillantes… debíamos ser de la misma edad… nos miramos sin decir palabra y nuevamente comenzó a dibujar mi rostro con sus dedos, no pude más que cerrar mis ojos y sentir de nuevo esa calidez… fue la primera conversación que tuve con alguien… sin decir una palabra… pero estaba llena de vida.
Un grito a lo lejos hizo que se detuviera, ambos nos miramos deseando no alejarnos y sólo me dijo – mañana, aquí, a la misma hora- se fue corriendo, me quedé allí hasta que desapareció de mi vista y solo seguí escuchando “mañana, aquí, a la misma hora”. Caminé de regreso a casa, fijándome en todo lo que había en el camino, para no olvidar ningún detalle de cómo llegar… pero con cada paso sentía miedo a volver; no sabía lo que me esperaba… o tal vez lo sabía tan bien, eso debió ser.
Fui severamente reprendida, recibí algunos golpes, pero mi mente estaba tan sumida en aquel lugar, en aquel niño y en aquel momento que el dolor se borro de mi mente, mi cuerpo seguía experimentando la velocidad del viento… no había dolor… sólo quería volver, volver… estar con él, sentir el sol, mojar mis manos con el rocío de la hierba; cerraba mis ojos para poder sentirme de nuevo entre aquel lugar.
Otro día empezaba y lo que antes era rutina, se volvió un obstáculo a vencer para poder ir a la cita acordada “mañana, aquí, a la misma hora”; no podía faltar… no deseaba faltar. Como nunca, me vi dedicada a mis labores, miraba el reloj continuamente, sabía en donde debían estar las manecillas, aunque no sabía leer la hora… mi corazón se aceleraba y mi estómago empequeñecía… tan sólo quería salir corriendo. Seguía mirando por la ventana, viendo como el sol giraba conforme el día avanzaba… era tan lento… suprimí la voz de la tutora por el tic y tac del reloj… mi mente se fugaba a otro lugar… a aquel lugar.
El reloj sonó, no quise demostrar emoción alguna, no quería que me atraparan, así que aguante y actué como si fuera otro día más; caminé hacia la puerta con paso lento… pero deseaba tanto correr… sólo tenía que extender mi mano y girar el pomo de la puerta cuando – señorita, los señores la mandan llamar- no podía ser verdad, caminé a donde ellos estaban, recibí una larga amonestación… mire al piso todo el tiempo y vi de reojo como las manecillas del reloj se movían sin piedad, iban con tal velocidad… quería detenerlas con las manos, por qué debían correr tan rápido, por qué antes no lo habían hecho.
Cuando por fin pude salir, ya había pasado un largo rato, no sé cuánto, pero era mucho… pensé en ya no salir… creí perdido mi sueño, pero mis piernas caminaron hacia el exterior… ¿sería posible que él me esperara?... una vez con dos pasos fuera de casa, respiré hondo tomando el mayor aire posible y me decidí a correr… sí, tal vez él aún estaba allí, corrí y corrí… reconocía por donde había pasado… no me detuve, me dolían las piernas, pero no iba a dejar de correr… en mi rostro sentí una sonrisa… llegué y no vi a nadie… estaba sólo aquel lugar… ¿él se había ido?... no sabía su nombre como para llamarlo y así de la nada, vi como algo empezó a salir de entre los árboles… era él, y entre sus manos unas pequeñas flores… a lo lejos me sonrió y agitó ambos brazos para recibirme… ahora él corría hacia mí:
- Mira, mira lo que tengo aquí, las escogí para ti ¿te gustan?
- Sí
- Ven, siéntate aquí, te las voy a poner en el cabello
Me quedé quieta mientras sentía sus dedos correr entre mis cabellos, escogía con cuidado cada flor y una vez terminó, miraba su trabajo buscando algo imperfecto y poderlo reparar:
- ¡Quedó!, sabía que esos colores te iban bien, nunca había visto a alguien así, pensándolo bien… ¿estás hecha de leche?
- No
- Es que eres tan blanca y tus ojos ¿no son de vidrio?
- No
- Es que mira, tus ojos son del color de mis canicas, ¿lo ves?
- Sí
- No hablas mucho… te molestan las flores, las puedo quitar si es así
- ¡No!, déjalas
- Sí sabes decir algo más que “sí” o “no”
- Pero no sé tu nombre; no, no, no, no; no me lo digas, te llamaré… Alcíone
- ¿Alcíone?
- Sí, mi padre me la ha enseñado, es la estrella más blanca y brillante que he visto; y como tú eres blanca y parece que brillas con el sol… te llamaré Alcíone, ¿te gusta?
- Sí… Alcíone… es bonito
- Y ¿tú como me llamarás?
- Bueno… yo… mmmm… un nombre… no lo sé…
- ¡Mañana!
- ¿Mañana?, no me gusta como nombre
- No, mañana me lo dirás, piénsalo y mañana, como hoy, nos veremos y me lo dirás.

Hace alrededor de 1 mes

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#21

Nos despedimos uno del otro y de regreso a casa, sólo pensaba en un nombre para él… Alcíone… tenía que encontrar un nombre que realmente tuviera una relación como la que él hizo para mí… Alcíone… ¿qué nombre sería el adecuado?
Toda la tarde, sólo pensaba en qué nombre sería correcto, mire en algunos libros… revisé las flores de la casa… no encontraba algo adecuado… ¿cómo llamarlo? Me llevaron a la cama a la hora de siempre, miré fuera de la ventana, vi el cielo estrellado… Alcíone… vi cada estrella, pero posé mi vista sobre un grupo en especial, deje de pensar y sólo las miré y como un pequeño rayo, pensé en él… sí, ese debería ser su nombre; corrí a los libros y tomé uno que tenía dibujos de las estrellas, lo llevé de regreso a mi cama y las busqué… cuando por fin las encontré… vi que era un nombre adecuado.
Al día siguiente no hacía más que esperar la hora en que debía encontrarme con él… ya tenía su nombre… estaba segura que le gustaría. Cuando fue el momento de irme a su encuentro iba feliz, sonriente; nos vimos a lo lejos y por fin nos reunimos:
- ¡Ors!
- ¿Qué?
- Tú… nombre… Ors
- ¿Ors?
- No
- Respira, así como vienes, no entiendo
- ¡Orión!, tú nombre es Orión
- Orión… el cazador, lo elegiste ¿por que soy valiente?
- No, lo elegí, por que cuando estaba en la cama, lo vi y sólo pensé en ti… así que supe que ese eras tú… Orión
- Alcíone y Orión… me gusta… así nos veremos por las noches
- Sí, así podremos estar más tiempo juntos
- Sí, así cuando me vaya nos veremos todos los días
- ¿Cuándo te vayas?
- Sí, no te lo había mencionado ¿verdad?, en unos días me iré
- Irte
- Sí, nuestra estancia es corta, bueno, en todos los lugares a donde vamos es corta, una o dos semanas
- Pero ¿por qué?
- Somos parte de un grupo que se mueve constantemente; pero no sigamos con esto, podemos disfrutar unos días más
- ¿cuánto?
- Dos días más, pero hagamos de ellos algo inolvidable… ¿quieres?
- Pero aún así te irás… ¿te volveré a ver?
- No lo sé… no regres…
- Me voy a casa
- No, por favor, espera… tu eres la primer niña con la que puedo jugar, eres mi primer amiga… yo…
- De que sirve hacer amigos… tarde o temprano te dejarán
- Yo…
- No digas más, me voy… buen viaje
- Yo… yo… yo… ¡te prometo que volveré!
- ¿Qué?
- ¡Te prometo que volveré!
- Pero dijiste que no volverías
- Lo sé, pero no importa cómo, volveré, solo… espérame
- ¿Cuánto tiempo?
- No lo sé, pero llegado el momento nos veremos aquí, a la misma hora de siempre ¿de acuerdo?
- ¿Te olvidarás de mi?
- No
- Entonces… nos vemos mañana, aquí… como siempre

Salí corriendo una vez más, con los ojos llenos de lágrimas, me dolía ser abandonada otra vez… no sabía si su promesa era verdad o no… pero quise confiar en él… tal vez sería la única persona en quien podía confiar. Nos vimos al día siguiente, platicamos, jugamos, subimos a los árboles y nos despedimos; ya iba a ser tiempo de que se fuera, sólo quedaban unas horas más. En ese último día, llegué lo más puntual y fui sorprendida por la presencia de un hombre alto y con sombrero, situado junto a Orión:
- Alcíone, déjame presentarte a mi padre
- Un gusto señor, mi nombre es…
- Alcíone, mi hijo me lo ha dicho, gusto en conocerte pequeña
- He venido con mi padre, pues le platiqué nuestro problema y él tiene una solución
- ¿Solución?
- Mi hijo te ha tomado mucho aprecio y a mí me da gusto que por fin tenga amigos, así que… ves esta esfera, no es cualquier objeto hecho de vidrio, míralo detenidamente
- Pero… ¿qué es eso que se ve dentro?
- Míralo bien, tu también hijo
- Ali, veo tus ojos
- Sí, yo también veo los tuyos
- Bien, entonces… una para cada uno
Sin poder saber cómo, el padre de Orión había dividido la esfera, y ahora eran dos más pequeñas, la que tenía en mis manos llevaba los ojos y la sonrisa de Orión; la de él, llevaba mi imagen:
- ¿Pero cómo es posible?
- Pequeña, a los ojos de los demás sólo es una simple esfera de vidrio, sin imagen y sin color; sólo ustedes dos podrán ver la imagen uno del otro… y la imagen será mejor según la fuerza con la que quieran ver al otro
- Entonces… ¡es magia!
- No, no es magia… es tu ilusión
- Ilusión
- Es tiempo hijo, despídete y vámonos
- Ali… ¿me esperarás?
- Te esperaré
- Aquí… a la misma hora
- Sí, aquí… a la misma hora
- Entonces… adi….
- ¡No!, hasta mañana… aquí… a la misma hora
- Sí… hasta mañana

Hace alrededor de 1 mes

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#22

Y así, cada uno partimos, con nuestra ilusión en las manos, él con mis ojos y yo, con los suyos. Y cada día al despertarme, al comer, al estudiar, al ir a nuestro punto de encuentro y al dormir… estaba con él, con mi esfera… y con Orión en el cielo. Las personas con las que vivía me empezaron a ver como si estuviera loca, ya que la mayor parte de mi tiempo disponible, platicaba con la esfera… pero yo no lo veía como un objeto, para mí era hablar directamente con Orión.
Pasó un año… dos… tres… cuatro… siete años; ya había cambiado mucho: mi físico, mi pensamiento, mi voz, pero nunca cambió mi ilusión. Y como todo cambio, puede tener cosas buenas, pero siempre acompañado de algo desagradable; en este caso había sido comprometida a un caballero mayor que yo por ocho años; era el ideal de mis padres, pero sentía que era mi ruina.
Mis padres buscaban la manera de reunirnos continuamente, y al estar solos en la misma estancia, solo había un silencio demoledor… sólo sentía su mirada sobre mí, una mirada inquisidora, buscaba tomar mis secretos… no lo soportaba. Pero al estar reunidos con más personas, no dejaba de dirigirme la palabra… era ver a un hombre hecho dos; conmigo uno, con la sociedad otro. Y con ninguna de esas dos personas crucé palabra, su hipocresía me resultaba intolerable… no iba a seguir su juego. Fui juzgada por ello como la más engreída de las mujeres, no me importó; pero de nada sirvió para terminar mi relación con él; estaba decidido, para el día que cumpliéramos tres años de conocernos, se llevaría a cabo nuestro matrimonio.
En todo ese tiempo nunca falté a mi lugar de reunión, y bajo un enorme y viejo roble, pasaba horas sentada, dormida, leyendo; siempre esperando por Orión, siempre con mi pequeña esfera de cristal. Y el día en que celebraban mi fiesta de compromiso, simplemente me escabullí a la hora de siempre, al lugar de siempre.
Caminaba tranquilamente y descubrí que bajo mi árbol se encontraba alguien de pie, parecía que esperaba a una persona, por un momento pensé en regresar… pero, después de todo, ese era mi árbol y sólo yo podía estar allí:
- Buenas tardes
- Buenas tardes señorita
- Si no le molesta, tomaré mi lugar junto al árbol
- Por favor, que mi presencia no la interrumpa
Aquel hombre, debería tener mi edad o unos cuantos años más; pero su presencia me incomodaba, a mis ojos no respetaba la solemnidad de ese lugar, pasaron unos minutos y con un tono un tanto pesado lo comencé a interrogar:
- Parece que ya lleva mucho tiempo aquí
- Sí, espero a una persona
- Ya veo, no es muy puntual
- No, yo llegué con mucho tiempo de anticipación
Con sus comentarios, no pude más que elevar una de mis cejas, en un gesto engreído e intolerante… que clase de persona podría llegar tan temprano, y estar perdiendo tiempo… que descortesía. Pasaron unos minutos más, el hombre volteaba a ambos lados, pero no se veía llegar a nadie más, y fue como comenzó a invadirme su ansiedad, al punto en que yo también volteaba a ambos lados… ¡como si supiera quién iba a venir!... irritante. Y de la nada comenzó a caminar y a dar vueltas por el árbol… juré que estaba loco… y en una de sus vueltas, ya no lo vi regresar; con un poco de curiosidad me levanté de mi lugar y sigilosamente me iba a asomar cuando… di un grito y terminé sentada en el suelo, aquel hombre colgaba del árbol, sí, colgaba… de cabeza como si se columpiara… me dio la apariencia de un mico agarrado de su cola a la rama del árbol y columpiándose felizmente… y así el miedo, terminó en una risa irónica.
- Lo lamento, ¿la asusté?
- Olvídelo, espero no caiga de ese lugar
- Lo siento, pero me cansé de estar de pie, aquí arriba se ve mucho mejor
- Me imagino
- Y usted a quién espera
- No creo que sea de su incumbencia
- No lo tome a mal, pero, ya llevamos aquí mucho tiempo y si usted espera a alguien y yo también, podemos platicar de algo mientras tanto
- Platicar así, ¿con usted de cabeza?
- Sí, puede ser una conversación interesante
- Ya lo creo, muy interesante, sobre todo en la parte donde lo vea caer
- Vaya, ya encontró lo interesante; pero dígame ¿espera a alguien?
- Sí
- Sólo ¿sí?, no hay algo más
- No lo conozco, por que habría de decirle más
- Pues porque yo espero a una dama y usted
- A un caballero
- Ooooo, y la dama que yo espero es una amiga y ¿usted?
- Es un amigo
- Mmmmm, vamos bien; yo la espero aquí por primera vez y ¿usted?
- Yo lo veo todos los días, aquí… a la misma hora
- ¿Cómo?
- Que yo lo veo aquí todos los días…
- No, eso no, lo otro
- ¿Lo otro?
- Sí, lo otro que dijo
- Oh! Aquí… a la misma hora
- ¿Aquí… a la misma hora?
- Sí
- ¿Aquí… a la misma hora?
- Eso dije, ¿acaso se está burlando?
- Al… Alc… ¿Alcíone?
- ¿Qué?
Con una agilidad sin igual, el hombre dio un giro en el aire y quedó frente a mí, ¿sería posible?... ¿sería la persona que había esperado?
- ¿Alcíone?
- ¿Orión?
- ¿Podrá ser verdad?, sí me has esperado
Sin más, me abrazó fuertemente, yo estaba tan rígida como una tabla ¿en verdad era la persona que había estado esperando?... lo abracé también… ¿sería verdad? o acaso era ese sueño que tenía tantas veces. Sentí como escondía su rostro en mi cuello:
- Sí, eres Ali, este es su mismo aroma, su mismo brillo… la misma Alcíone
- He cambiado… y mucho
- No, no has cambiado, tu piel es igual de blanca; tus cabellos siguen siendo tan rubios, que se ven casi blancos; tus ojos siguen iguales de azules, igual que las estrellas… qué bueno que te encontré ahora y no en invierno
- ¿Por qué?
- Por qué no te hubiera podido encontrar entre la nieve
- Mmmmm
- Es cierto, pero mírate… yo esperaba a una niña
- Y yo a un niño… has envejecido
- ¿Viejo?, pero si estoy en la flor de la vida, pero dime ¿qué has hecho en este tiempo?
- Esperar
- ¿Sólo esperar?
- Sí, esperar y mirar
- ¿Mirar? ¿Qué?
- Esto
De entre mis bolsas, saqué la esfera de vidrio que me había acompañado durante todo el tiempo, él no se sorprendió; la sorprendida fui yo cuando él también me enseñó su esfera y tomando ambas entre sus manos, las convirtió; la imagen de ambos… lo que antes estaba separado, ahora era uno solo… de nuevo magia… o ¿era mi ilusión?
- Magia… como la de tu padre
- No, mi ilusión… no, mi deseo
De entre sus manos surgió flotando la esfera de cristal, la puso cerca de mis ojos; la cubrió con sus manos, y depositó en la mía un anillo pequeño, hecho de cristal; era hermoso, delicado en sus detalles, perfecto en su medida…
- Dime que no me equivoco, porque sólo a esto he venido, sólo por ti he venido; no sólo cumpliré mi promesa, cumpliré…
No pude más que interrumpirlo con mi dedo en sus labios… quise que ese momento fuera una manzana, para poderlo devorar de un solo bocado… en mi mente no hubo pensamiento alguno; y sentir sus labios unidos a los míos… sentir que extraía de mi aliento toda aquella soledad que me había invadido tantos años y que con las fuerza de sus brazos, imprimía calor y vida… no pude más que pensar que todo lo que deseaba se podía volver realidad… ¿sería posible, que la felicidad si pudiera ser para mí?
- Será posible que has aceptado a un ser tan insignificante como yo, un simple ilusionista de pista
- Mira mis ojos, ¿qué te dicen?
- Todo este tiempo he visto tus ojos a través de la esfera y veía en ellos anhelo, sí ansia, la misma que yo sentía; porque necesitaba estar junto a ti
- Entonces ¿para qué quieres palabras?
- Bueno y ¿cuándo podré hablar con tus padres?
Que dura pregunta fue esa, lo miré detenidamente, sentí hielo correr por mi espalda, ¿hablar con mis padres?, mis padres… los padres que estaban celebrando mi compromiso con un hombre que yo no quería, justo en el momento en que estaba comprometida con un hombre que no había visto durante siete años y al cual conocí de diez años de edad… acaso no podía existir ironía más grande… es que era una novela… a Orión no le podía mentir y le expliqué toda mi situación, escuchó todo sin reclamo, y aún así insistió en que debíamos intentar hablar con ellos; que tal vez comprenderían… era cierto, el no había vivido en un ambiente tan hostil como el mío; yo había conocido a su padre, un hombre comprensivo y de corazón amoroso… ¿por qué mis padres no podían ser así? Y sola sin consultarlo con él y teniéndolo como única respuesta a mi situación, lo cite en el mismo lugar a las ocho de la noche.

#23

Al llegar a casa fui regañada por mis padres y mi supuesto “prometido”, no me importó, ni siquiera los escuché, el latido de mi corazón era más fuerte y mi mente sólo tenía dos cosas: Orión y mi resolución… Fui enviada a mi habitación; me recosté en mi cama, girando en mi dedo el anillo de compromiso que portaba… sí, estaba lista… tome de entre mis cosas papel y pluma y me dispuse a escribir, quería escribir muchas cosas, pero fue muy poco el contenido. Deje en mi cama la hoja escrita, abrí una pequeña bolsa de viaje y sólo guarde mis utensilios personales, nada de ropa, zapatos, cosas… nada.
No tuve miedo, salí de mi habitación, sin guardar el más mínimo silencio y salí por la puerta del frente, sin ser vista, escuchada… nada. Eso es lo que quería, llevarme nada de esa casa. Orión me esperaba en el lugar acordado y cuando me vio con la bolsa en la mano, me abrazó tan fuerte, dándome un silencioso “tal vez no sea la mejor manera, pero aún así te sigo amando”. Esa noche fui presentada ante el dueño y maestro de este lugar; Orión ocupaba el lugar de su fallecido padre, en ese momento me convertí en la asistente del ilusionista… ya tenía un mundo nuevo por aprender.
Al ver las condiciones, el dueño nos obligó a salir primero de aquel lugar; no sin antes estar casados y así fue como hice a mi primera amiga, sí, la madre de Kuro y Shiro; quien fue testigo en nuestra boda. Salimos de madrugada de mi lugar natal… el lugar que mi amiga pintó en el carro de los niños… ese fue el lugar donde conocí a Orión… el lugar favorito de nosotras dos.
Jamás volví a saber de mis padres o de mi “prometido”; ahora la vida de asistente me resultaba maravillosa y Orión siempre me enseñaba cosas nuevas; viajábamos de un lugar a otro, no me importaba el clima, la gente… nada, sólo quería estar junto a Orión. Pero tuve que pagar aquella cobardía con lo que más amaba… sí, con Orión.
Una noche, cuando viajábamos, uno de los coches tuvo un accidente, la mayor parte de los hombre ayudaron; pero una terrible lluvia azotaba a nuestro paso, y Orión estaba entre esos individuos; cuando lograron rescatar el carro y avanzar por lo menos una hora bajo la lluvia, se había plantado la semilla de la enfermedad. Empezó con una simple gripe, resultado del descuido de esa noche; siguió una intensa tos y dolor de pecho; terminó con una tos capaz de llevar sangre.
Mi tiempo esperando su llegada fue tan prolongada y estuve a su lado por tan sólo dos años; de los cuales la mitad del último pasó cuidando de los dolores sufridos por esa “extraña tos”, tuberculosis dijo el médico… ya no había nada que hacer, y una vez más esperé… esperé verlo morir.
Quería volverme loca, no me quería alejar del cuerpo de mi esposo, lloraba sin cesar; protegía de los demás todo lo que a él le había pertenecido y en mi propio tratamiento para no dejarlo ir, me quedé en su lugar, haciendo su trabajo. No sin antes recuperar su mirada… la última mirada que pude atrapar en una esfera de cristal.
Ahora en cada acto que presento, siempre llevo conmigo la esfera de cristal, pero no volví a sonreír, me alejé de los demás, no lloré más… me volví de hielo. Es por ello que comprendí el dolor de Kuro, yo también quise recurrir a ello en un principio, pero la presencia de esos dos niños bajo mi custodia, fue lo único que me permitió vivir.
Ya lo sabes todo… ahora vete, el hada de hielo… quiere descansar.
Mientras la Dama Blanca habló, nunca apartó su vista de la luz de una vela, que iluminaba una esfera de cristal. Me retiré lo más silencioso que pude, no quería destruir el frágil momento; y con tan sólo cerrar la puerta… los sollozos de esa mujer se hicieron presentes… el hada de hielo… no… ahora ya se estaba derritiendo.
Camino a casa iba hojeando el libro que Kuro me había legado y entre sus páginas encontré una foto… el lunar debajo del ojo… sí, era la foto de la madre de Kuro… ambos… el mismo lunar debajo del ojo… no sólo guardaba ese libro por ser recuerdo, sino porque allí estaba la única foto que existía de su madre.

#24

Cap. VI

Cuando escuchaba a los Grandes hablar de regresar el tiempo, creí que era un pensamiento producido por el arrepentimiento, por no haber disfrutado lo que le toca a cada quien, claro, un Simple que no conoce mundo puede pensar que su vida puede ser mejor o que superara las historias fantásticas que escucha… que obscura es la realidad.
Un día más… un sol más… un amanecer más, abrí los ojos y mi primer pensamiento fue “desearía regresar el tiempo”. Sí, la huella que dejó Kuro me perseguiría mucho tiempo, pero yo sólo tenía unas horas de conocerlo, entonces ¿qué pasará con la gente que vivió con él por años?
Todo a mi alrededor continuo con la monotonía habitual, los Grandes con su trabajo, los Comunes con sus deberes y los Simples con sus labores… el reloj seguía girando, nada lo perturbaba; podía estar en las peores condiciones, pero si este aun tenía cuerda… no se iba a detener… así es la vida.
En casa todos hablaban y se conducían como siempre, en la escuela era lo mismo, en la calle fue más obvio… la muerte de una persona, no afectaba la vida del resto del mundo, pero para mí, era un golpe realmente hiriente.
Cuando fui al trabajo con el Sr. G, hice todo lo que me correspondía, pero siempre cabizbajo y en silencio. El Sr. G no me dijo nada, mantuvo respeto al silencio que claramente me había seguido desde que crucé palabra con la Dama Blanca.
La hora de salida se acercaba, mi pensamiento se tornó en una pregunta ¿iré a ver a los demás en aquel lugar o será mejor ir directo a casa? Y la voz del Sr. G, fue la que me hizo volver de ese mundo de dudas:
- ¿Cuánto tiempo vas a pensar si debes o no?
- ¿Qué?
- Sí, todo el día tu mente ha estado en un lugar muy diferente al donde está tu cuerpo, es claro que piensas en la carpa
- No me decido… no sé si volver a verlos o solo ir a casa
- ¿Por qué entraste a trabajar aquí?
- Para poder ir a ver el circo
- ¿Lo lograste?
- Sí, he ido muchas veces
- ¿Por qué muchas, solo iba a ser una vez?
- Me gustó volver para escuchar a todos, por eso fui más veces
- ¿Fueron bueno momentos?
- Sí, fueron gratos
- ¿Alguien te molesta en ese lugar?
- No, me tratan bien
- Entonces ¿por qué les das la espalda cuando más te necesitan?
Sí, estaba siendo injusto; ellos nunca me habían negado la entrada, todos me permitieron escucharlos y yo ahora sumergido en mi propia confusión, no estaba considerando el dolor que debían estar pasando. Tomé mis cosas y fui directamente, con paso decidido y con la mente despejada de aquellas dudas, que nublaban mi confianza.
No me sorprendió ver a mi llegada que aquella gran carpa estaba siendo desmontada, ya era tiempo de retirarse, pues ahora la tristeza los opacaba y no les iba a permitir proporcionar todos aquellos colores y risas que debían provocar. En medio de todo aquel movimiento, el silencio se hacía presente entre todos aquellos que trabajaban; dirigiendo todos estos esfuerzos estaba el señor de escarlata. Aunque quise acercarme a él, decidí mejor ver la organización que se estaba llevando en la parte de los carros.
Caminé entre los diferentes coches, pero el silencio no dejaba de estar presente, y solo a lo lejos, como un murmullo comencé a escuchar un forcejeo, me acerqué poco a poco, tratando de no confundir el lugar de origen de aquel ruido.
Decir que mi corazón pudo haber salido por mi boca es poco, fui corriendo con la mayor rapidez que pude a buscar al señor de escarlata:
- ¡Señor, señor!, ¡Ayuda!
- Pequeño, ¿qué pasa?
- ¡Alguien, alguien está siendo atacado!
- Atacado ¿en dónde?
- ¡Atrás, atrás en uno de los carros!
Todos dejaron atrás su trabajo, yo iba encabezando a ese grupo de personas, detrás de mí el señor de escarlata que había perdido todo color en su rostro
- ¡Allí, allí es!
- ¡¿Dónde?!
- ¡Allí, dentro de ese carro donde están los animalotes!
Sí, dentro de un carro con barrotes, que servía como jaula, había alguien siendo aplastado y zarandeado por tres grandes animales que nunca en mi vida había visto, eran enormes; con un pelaje dorado, realmente hermoso; con unas rayas negras y preciosos ojos verdes.
- Pequeño, no sabes el calibre del susto que me acabas de dar. ¡Váyanse todos, no pasa nada!
- ¡Pero señor!
- Cálmate, no lo están atacando, sólo están jugando
- ¿Jugando?
- Sí, espera, te voy a presentar. ¡Gato!, oye

¿Gato?, ese animalote resultaba ser un gato, los que yo conocía eran de tamaño más pequeño, como podía ser un “gato”, de qué país venía. Yo no me quise acercar, pero el señor de escarlata si lo hizo.

- ¡Gato!
- Señor
- Da la cara un momento
- Lo siento señor, pero ahora estoy atendiendo mi trabajo, me temo que no es posible
- Resulta que jugar con ellos es tu trabajo
- Sí señor
- Aquí hay un pequeño que teme por tu vida, ¿crees poder hablar con él?
- Si quiere puede acercarse… que hable con él es otra cosa
- ¡Oye!, no se puede ni mover, él creía que te estaban atacando
- ¿Quién?
- Como “quién”, pues tus animales
- Señor, sabe que no se llaman “animales”, cada uno tiene su nombre
- Sólo habla con el chico

#25

El señor de escarlata caminó hacia mí, me invitó amablemente a acercarme; pero no entender todo aquello, me estaba aterrando más de la cuenta; me sentía no sólo asustado, sino también confundido… simplemente no le encontraba ni pies, ni cabeza.
- Acércate un poco, pero no vayas a querer meter tus manos, ellos no te conocen y desconfiarán de ti
- Señor, ¿De dónde vienen estos gatos?
- ¿Gatos?
- Sí, usted los llamó gatos, yo nunca había visto uno de ese tamaño
- No me reiré porque realmente no debo, pero esos no son propiamente “gatos”, son tigres; al que llamé gato, fue a su domador y cuidador… aquí le decimos “Gato”, pues siempre está con ellos… tanto, que muy pocas veces le vemos la cara… en realidad sólo se la vemos en las funciones… ahora que lo pienso, nunca lo he visto fuera de la jaula.

Gatos que no son gatos y personas en jaulas… me imaginé un extraño mundo al revés… pensé en Sorata… si yo fuera él… si él fuera yo… debo ser más comprensible, más cuidadoso. Respiré profundamente, esperando poder tomar del aire un poco de valor y acercarme unos cuantos pasos más, dentro de la jaula, no dejaba de haber movimiento, pero no sentía que pudiera hablar con facilidad, no veía a la persona dentro de ella.
- Disculpe, yo no sabía que usted jugara así con ellos, lamento haberlo molestado
Pasaron unos segundos y no hubo respuesta alguna, me sentí demasiado perdido, no sabía cómo poder acercarme a la persona que se supone estaba dentro, se veía más atraído por aquellos animales que por mí… ¿animales?... él había mencionado que no eran animales… ¿qué son para él?
- Sus animales son muy lindos
- No son animales
- ¿Entonces?
- ¿Por qué quieres saberlo?
- Yo tengo a Sorata y nunca le diría… perro; siento que lastimaría algo en él
- Mmmm, ya veo… y eso que tiene que ver con ellos
- Pues creí que tal vez era el mismo… sentimiento
- ¿Sentimiento?
- Sí, Sorata es en quien más confío, no podría llamarlo de otra manera
- Confianza… ¿qué buscas?
- Entender… es sólo que…
- Exponerme a ti, me haría vulnerable
- Pero si yo no pretendo lastimarlo
- No, el lastimado seré yo… y lo haré con mis propios recuerdos, con mi propia voz; no quiero

Simplemente no podía mantener una conversación con él; todo el tiempo trataba de buscar su rostro entre aquellos grandes animales, pero nunca lo logré; quería intentar saber más de él… pero formaba una coraza lo bastante fuerte como para no permitir que ni el más mínimo rayo de sol, pudiera penetrar… me pregunto si tenía miedo… soledad… ¿cuál era realmente su temor?
- Eres su amigo, verdad
- Tal vez
- ¿Cómo se llaman?
- Régulo, Algieba y Denébola
- ¿Y cómo los reconoces?
- Primero, porque sólo hay un macho y dos hembras y segundo, porque una de ellas tiene el pecho completamente blanco, mientras que la otra parece que llevara varias cadenas muy finas.
- ¿Y quién es cada cual?
- Denébola es la de pecho blanco, Algieba lleva los collares; además su carácter es diferente; Denébola es más tranquila, Algieba es más posesiva y Régulo… bueno, él es bastante flojo y juguetón.
- ¿Alguien como yo, los podría tocar?
- No, ellos no te conocen, te atacarían
- ¿No deberían tenerme miedo?
- Por eso mismo te atacarían
- No lo entiendo
- “Domar o ser domado”
- ¿Qué?
- Sí, “domar o ser domado”, es como… obedecer o ser obedecido
- Domar y obedecer no es lo mismo
- Lo sé, pero solo hice la comparación; tal vez… es verte frente a un peligro desconocido, en donde estás completamente expuesto, donde no hay nada que te pueda ayudar; la única decisión que puedes tomar es vivir o morir, si vivirás bajo lo que otros te ordenen sin ser capaz de responder por ti mismo, o si prefieres ser tu el que domine ese peligro y rotar los papeles
- ¿Qué se obtiene al final?
- Tu libertad
- ¿Y la tienes?
- No
- ¿Y entonces?
- Terminas en el lugar en el que ahora me encuentro
- ¿Pero qué pasó antes?
- Régulo es de Bangladesh, Algieba es de Nepal y Denébola es de la India; pasaron por muchas manos antes de llegar a este lugar… a este momento, y en el camino yo los encontré… ahora somos… estamos juntos
- ¿Los quieres, verdad?, por qué no lo dices
- “Domar o ser domado”
- ¿Qué?
- Yo he sido como Régulo, Algieba y Denébola, han sido muchos los lugares por donde he vagado… no sabría decirte como empezó mi vida, pero lo que recuerdo no es grato. De pequeño vivía en un lugar muy grande, caluroso, lluvioso… solo recuerdo un gran incendio… tiempo después un lugar pequeño, con aroma embriagante pero sofocante… todo es obscuro, la gente sólo ríe… mucho después las imágenes son nítidas y no me agrada recordarlas.
Siempre fui considerado como una extraña pieza de colección y fue así como terminé en la casa de un coleccionista, desde que me vio, buscó mirar en mí hasta el más pequeño centímetro, me vistió con las más finas telas… pero todo aquello se me hacía tan vacío, no tenía razón para mí. Este coleccionista buscaba en mi mirada algo que le revelara algo de mi ser, pero mis ojos solo estaban sumidos en el vacío. Poco a poco este primer coleccionista se hartó de mí, de mi solidez… de mi inexpresivo rostro.
Me dejó en manos de un segundo coleccionista, que cansado de ver mi sosa actitud, infligió en mi los dolores que se le ocurrieran provocarme, de mi rostro no surgió expresión alguna… era como un muñeco… sin vida. Así que el coleccionista número dos, se deshizo de mí; y así llegue al coleccionista número tres.
Y este coleccionista me vio, no como una posesión, sino como un ser humano; con sus cuidados comencé a recuperar el habla, aprendí un idioma que me resultaba completamente desconocido, trabaja para comprender lo que era, no me faltaba nada… pero aún seguía sin expresión alguna. Y un día este coleccionista me dijo –Domar o ser domado, ese es el destino de toda presa cuando está frente al cazador; morir o vivir, ese será tu destino- lo comprendía… y una vez más volví a nacer ese día.
No sé cuál era mi edad o mi nombre, pero el señor de la casa me llamaba “Ajit”, la señora me decía “pequeño Ajit” y su única hija “Anupam”; tuve algunos estudios en casa cerca de la joven a quien llamé tiempo después Arundhati.
Pero bien, desde ese día en que volví a nacer, me acerqué un poco más a la señorita de la casa, pero no para estar bajo su compañía, sino para espiar las actividades que hacía, pues para todo sonreía, con todos hablaba… ella era brillante y yo quería aprender a brillar.
Muy temprano por la mañana al desayunar, veía los más mínimos movimientos que ella hacía y trataba de copiarlos; luego cuando estaba en clases, buscaba hacer lo mismo que ella; por las tardes cuando salía al jardín, buscaba caminar por donde ella lo hacía. Pero aunque yo creía no ser visto, en realidad ella se había percatado de mi presencia, por lo que era más cuidadosa… para que yo pudiera aprender.
Pasaron así unos años y fue como también aprendí a hablar, viendo como lo hacía ella, poco a poco nos fuimos acercando, hasta que ella decidió tomarme como un buen amigo.
- Ajit, ya sabías decir estas palabras, ¿qué cambió de ayer a hoy?
- No lo sé
- Sabes, hoy no irás conmigo si no lo haces bien
- No, yo quiero ir; ¿podemos practicar de nuevo?
- Esta bien, otra vez…
Mi rostro se volvió menos duro, pero nunca asomó una sonrisa; una tarde mientras llovía y no podíamos salir, ambos nos sentamos cerca de la ventana a ver como la lluvia chocaba contra el vidrio; ya tenía 18 años para entonces, ya sabía cómo pasaba el tiempo y sentía algo inexplicable al estar alejado de ella.
- ¿Ajit?, tengo frío
- Voy por una frazada
- No, abrázame
Sin más, la abracé como a un ramo de rosas y por primera vez, supe que era aquel extraño sentimiento… sus labios me lo hicieron saber; sentía soledad sin ella, tristeza, desesperanza… frío.
- Desde hoy serás para mí Anupam, no me sueltes, quédate así un poco más
- Sí, mi querida Arundhati
Nos quedamos toda la noche frente a la ventana… viendo la lluvia caer… viendo mi rostro… sonriendo por primera vez. Pero tras aquel beso, vinieron otros más, lejos de la vista de los señores de la casa, lejos de la vista de todos los conocidos; era un amor secreto que a ambos nos daba mucha felicidad. Por fin tocaba la felicidad en los brazos de Arundhati.
No había más que tiernos abrazos, caricias y besos y entre ellos salió a la luz una verdad que traería una leve herida a mi corazón:
- Anupam, mis padres han decidido enviarme lejos por un tiempo, parece que se han dado cuenta de lo nuestro
- No, es sólo algo que imaginas, hemos sido discretos, nada saben
- Me temo que no es así, partiré en unos días… no quiero estar sin ti
- Entonces iré tras de ti
- No puedes, mi padre te dará un nuevo cargo, serás responsable de mayores cosas y estarás más ocupado… te obligará a olvidarme
- No lo haré
- Dime que me amas
- Te amo, te amo más que a la vida misma
- Anupam… Anupam
Fuimos separados al poco tiempo, todos los días ella me escribía y yo sin falta respondía; paso un mes, dos y las cartas no dejaban de llegar; cinco, seis, siete meses y las cartas empezaron a tardar en llegar; dos, tres… cinco años y ella dejó de escribir; no había día en que yo no le escribiera, pero aún así no había respuesta.

#26

Y así, en ese quinto año, me vi lleno de la más gran felicidad, al saber que ella regresaba, tuve que contenerme de no gritar de la emoción, pero mi sonrisa de nuevo volvió y eso me delató por completo; no descuidé mi trabajo, sino que hubo más esmero… y eso me delató peor.
La vi entrar por la puerta y me acerqué a toda velocidad… me detuve en seco… no venía sola… su esposo iba con ella… su esposo… ahora venía con alguien de la mano y no era yo. Guardé silencio y me fui a mi habitación con una gran tristeza, que estaba seguro nunca iba a superar. Tocaron a mi puerta varias veces, no respondí… ya estaba solo… quería estarlo más.
- Anupam, abre, soy Arundhati; déjame pasar
No podía… no quería… por que no iba a poder contener mi deseo de abrazarla, cubrirla de besos y recuperar todos esos años en que estuve lejos de ella… ¿comprenderá lo que ahora siento?, ¿sabrá lo que realmente deseo? Su insistencia fue mayor a mi paciencia, abrí la puerta con total desprecio, pero una vez más… mi boca se llenó de ella… quedé embriagado en su perfume… quedé extasiado con la suavidad de su piel
- Detente, basta; ya no eres mía, le perteneces a él
- No digas eso, no lo quiero escuchar de ti
- A pasado el tiempo, no has respondido una sola de mis cartas; y ahora llegas… casada, no busques en mi comprensión
- No lo ves, no fue mi voluntad, he sido víctima igual que tú; por favor, no me dejes sola
- Cómo saber que dices la verdad, cómo saber que no mientes
- Anupam, nunca dejé de ver por la ventana cada que llovía; quise responder a tus cartas, pero solo quedaban cubiertas de lágrimas… no podía… simplemente no podía…
Su rostro quedó cubierto de lágrimas, la tomé de nuevo entre mis brazos, sus lágrimas eran lo más dulce que había probado en todos esos años… no la quise dejar ir, pero era necesario o sospecharían de nosotros… cómo no me di cuenta desde ese momento.
Arundhati y su esposo se instalaron en la casa, la suerte corría a nuestro favor; pues mientras su esposo estaba lejos, yo la cubría de besos y caricias… siempre en secreto…
- Arundhati, esto ya no puede ser, es demasiado cinismo; tu esposo se dará cuenta… esto va a acabar muy mal
- ¿Es que no me quieres?
- Sabes que te amo más que a nada, pero me estoy volviendo loco, odio todo de él, cuando te abraza, cuando te besa, cuando dice tu nombre… simplemente odio ver que le perteneces a él y que yo solo me debo conformar con estos minutos
- Si tanto me amas, ¿entonces por qué buscas alejarme?
- No es eso, solo date cuenta… soy tu amante… tu amante, no tu esposo; ¿cuál es mi derecho sobre ti? Sólo toco el agua con las manos, pero no la puedo detener solo para mí
- Escucha, a mi esposo le he dicho que tu y yo somos como hermanos, que hemos crecido juntos y que somos inseparables… dame tiempo, deja pensar que puedo hacer para separame de él y así… por fin estar junto a ti y ser solo tuya
- Arundhati…
- Di que me amas
- Te amo, te amo, te amo más que a la vida
- Entonces, sólo escucha mi voz y nada más
No sé cuánto tiempo pasó, pero yo no dejé de ser su amante y ella no dejó de pedirme tiempo; poco a poco me fui convirtiendo en su marioneta y a su esposo también lo manipuló… no sé que buscaba ella… pero con cada una de esas acciones, aquella pequeña herida que años atrás se había producido, ahora era más y más grande.
Los dos hombres que compartíamos a la misma mujer, no le pudimos negar nada; él me miraba con odio y yo con desprecio… y yo tan soberbio no aceptaba que sólo fuera el amante, él me la había arrebatado… sí, él merecía eso y más.
Y así todo comenzó a empeorar, las discusiones entre ellos no se hicieron esperar; y aunque yo sentía en ellas una pequeña victoria, al momento de buscarla, solo me daba la espalda… el problema no era sólo su esposo, ahora lo era yo también. Pero de nuevo cuando ambos íbamos a dejarla por fin, ella lograba nublar nuestro juicio y nos doblegábamos ante sus besos… ¿qué tenía ella, que era más fuerte que la voluntad?
Lo impensable surgió una tarde en que ella, molesta, salió de casa; atrás quedaron sus padres, su esposo y yo. Ambos hombres nos miramos, pero ya no como antes, nuestra mirada ahora llevaba miedo y decidimos por fin hablar
- Eres su amante
- Sí; pero tú lo fuiste antes que yo
- Ella decidió aceptar mi propuesta
- Por que fue forzada
- Nadie la forzó, ella estaba feliz a mi lado; bien se pudo negar y no lo hizo
- Ella me dijo que la obligaron a casarse contigo
- No, ella fue quien se comenzó a acercar a mi… ella fue quien dio el primer paso a entablar nuestra relación
- No, eso no es posible… jamás haría algo así
- No voy a pelear por ella… ya estoy cansado… tu ganas, es tuya
- ¿Qué pretendes?
- No lo ves, ella lo manipula todo a su paso; no pienso seguir así, mientras nosotros hablamos, ella está siendo consolada por otros brazos
- No es verdad, simplemente tu nunca la has querido y no sabes cómo tratarla, tu falta de cariño nubla tu juicio
- No dejarás de amarla, pero no serás correspondido, me voy… “Domar o ser domado”… ese no es un juego para mi.

#27

Una vez más… “Domar o ser domado”… ¿dónde estaba yo en esa frase?, y no tardé mucho en darme cuenta de cuál era mi lugar; pues a los meses de que su esposo la dejará, un nuevo hombre entró por la puerta… de nuevo sus palabras me consumieron… de nuevo el amante… de nuevo el domado… de nuevo la herida… de nuevo sus besos y caricias y por una última vez escuché de su padre –Domar o ser domado, ese es el destino de toda presa cuando está frente al cazador; morir o vivir, ese será tu destino- y así fue como terminaron cinco años de ser el hombre en la obscuridad… de ser el amante… de ser la victima sin necesidad de haberlo sido.
De nueva cuenta vagué por el mundo, cayendo y cayendo cada vez más profundo, viendo que la lengua de los hombres solo sabe mentir y que el corazón de las personas, no es más que producto de las novelas… la felicidad no está en el ser humano… y así fue como conocí a Régulo, Algieba y Denébola.
En uno de mis andares sin rumbo, perdido en lo más insano de mis vicios, terminé cayendo frente a una jaula… sí la de ellos tres; me sujeté de los barrotes para ponerme en pie, pero no lo lograba… fue así como en mi sucia mano sentí la lengua de quien más tarde llamaría Algieba… Denébola se acercó y lamió mi otra mano. En sus rostros vi hambre, creí que me buscaban como platillo… no me dio miedo; abrí la jaula y entré en ella, esperando por fin ser destrozado… esa noche, Régulo fue mi almohada, Algieba mi manta y Denébola me proporcionó algo extraño que les daban como alimento… no había dormido tan bien en tantos años… por fin lo tenía con ellos tres.
Al amanecer me encontraron dentro los dueños y cuando buscaron alejarme de los tigres… los tres se pusieron a la defensiva… me estaban protegiendo, ya no me pudieron separar y así fue como me vendieron con todo y tigres al dueño de este circo. Cuando vio que era imposible separarnos y que ellos ciegamente me obedecían, me dio el cargo de “domador” y dejó en mis manos el total cuidado de ellos tres. Régulo, Algieba y Denébola nunca me dan la espalda, no mienten, no usan a los demás; son almas blancas, son criaturas que saben amar sin necesidad de hablar.
No he salido de las jaulas porque aquí es el único lugar en donde ahora estoy seguro; el sentir la presencia de ellos tres es lo único que necesito; los cuatro somos iguales, venimos de un lugar que no recordamos, pasamos de mano en mano, cuando amamos fuimos traicionados y después fuimos nuevamente desechados; sólo en este lugar encontramos donde estar seguros, lejos de las manos que nos puedan hacer daño… lejos de aquello que nos quiera herir… aquí detrás de las rejas… es el mejor lugar para nosotros cuatro y nadie más.
Ahora dime, ¿domar o ser domado?; te das cuenta de por qué no hay necesidad de verme… aquí estoy bien… veo a todos pasar y distingo cual es cual… pero en nadie es seguro confiar… así cada uno ha tenido su hoy… o su final
- Lo dices por Kuro
- No sólo por él… por muchos otros más

Aquel hombre gato se puso de pie dentro de la jaula… ahora entendía algunas cosas, él era como aquellos “gatos”, su piel era como el color del bronce; su cabello, tan obscuro como las rayas de los felinos; y sus ojos… tan verdes como los de los tigres… era una impresionante escultura traída de un lugar tan lejano… sí, él tenía muchas similitudes con los tigres… muchas… y no eran solo las físicas.
Esa tarde, había sido triste, no dejaba de pensar… “Domar o ser domado”; no quería ni lo uno, ni lo otro… ¿será que todos debemos pertenecer a uno o a otro?
Estaba saliendo de aquel lugar, y el señor de escarlata me alcanzó:
- Mañana nos iremos… Alcíone quiere hablar contigo… ¿puedes venir temprano?