Lautan
Rango4 Nivel 16 (275 ptos) | Promesa literaria
#1

Cap. I

Los recuerdos de la niñez son tal vez los que forjan parte del carácter del hombre, no sé cómo me ha afectado a mí, pero hoy a mis ochenta años me veo frente a un cartel que me recordó cuando tenía diez años de edad; no me hizo sentir joven, pero permitió reconocer que los años no han pasado en vano.
En la pequeña localidad en la que vivía, no eran muy recurrentes las actividades para los niños, era como si no existiéramos, como si no importáramos; pero un día de aquellos acalorados del verano que se convertían en días sofocantes de calor, llegó a lo lejos un espejismo de color.
La música que se escuchaba a lo lejos era igual de poco nítido que la imagen, pero a los ojos de nosotros se veían como una aventura, no por la diversión, sino por el riesgo y romper el hondo aburrimiento.
El espejismo se hizo más cercano, la gente se acercó a la calle o se asomó a ver el origen de aquel escándalo, los adultos lo vieron como algo desagradable, los niños lo vimos como una epopeya.

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#2

Aquel extraño choque de música explosiva, efusiva, burlona, atrayente; chocaba y se mezclaba con aquel colorido impregnado de brillo, contraste; sentí una emoción al ver como el amarillo compartía presencia con un extraño rosa vivo y un azul estremecedor; jamás habíamos visto tal combinación era como mirar de cerca una porción de un país exótico; el grito que nos hizo saber el nombre de toda aquella extraña revolución venía de un hombre con vestimenta peculiar, ya que en lo absoluto era parecida a los demás miembros de aquella procesión; sus colores rojo, negro y blanco realzando sus adustos gestos, pero dando una gran impresión a aquel grito:
-¡El circo, el magnífico circo!, ¡Lo jamás visto en el mundo, solo se encuentra en este circo!, ¡Circo Kioku!, ¡El circo, el gran Circo Kioku!
Para muchos de nosotros nos resultó desconocido esa nueva palabra que los adultos no manejaban, “circo”, ¿qué es eso?, ¿de dónde venían?, ¿qué se supone debía pasar entre nosotros y las personas que llegaban a nuestro pequeño mundo?; comparándolo con el de ellos, nos creíamos muy pequeños.
Todo niño llegó ese día a casa platicando las maravillas de lo visto por la mañana, los Grandes no suponían interés sobre nuestras palabras, no creo que haya sido falta de fe, era resultado de la ilusión.
Comparé la situación con un cuento que había escuchado; aquellos extranjeros eran los amigos fieles que buscaban derretir nuestro frío corazón, pero que se veían en la necesidad de pelear con la reina de las nieves.
Aquel extraño grupo de gente instaló un techo igual de extraño, en las orillas de nuestro poblado; desde la iglesia nos era posible ver aquellas 4 banderas ondeantes que parecían llamarnos con su suave movimiento.
A los pocos días de su instalación comenzaron de nueva cuenta pequeñas peregrinaciones por parte de aquellos extraños, no eran de la misma monumentalidad que a su llegada, pero ahora repartían pequeños panfletos que comunicaban las maravillas que iban a presentar.
La insistencia de nosotros hacia los Grandes (como llamábamos a los adultos), sobrepaso los límites de su paciencia, la promesa fue llevarnos a verlos.
Qué mundo era aquel que habían instalado, todo había cambiado de forma radical, ya no sólo era aquella enorme carpa, sino también las estancias de animales tan extraños que nunca habíamos visto; casas pequeñas con ruedas que se encontraban ordenadas detrás de la carpa.
Por todas partes de esta nueva pequeña ciudad se veían grandes carteles coloridos con pocas palabras, tal vez sólo las necesarias, pero las imágenes fueron lo que más atrajo mi atención, hasta el día de hoy lo recuerdo pero el sentimiento ha cambiado, en aquel entonces imaginaba que mi emoción debería ser parecida a la de un inventor, un descubridor, un genio; ahora el recuerdo no se puede llamar de dolor, pero me mostró la verdadera realidad que vive cada día el ser humano.
En ese ayer no sólo quedó en mi mente aquella imagen, sino también un renglón de aquel cartel: “Dos semanas de función”. Ese primer día de presentación no pude entrar a la gran fiesta que se llevaba dentro de la gran cortina que dividía la realidad de los Grandes contra la visión de los Extranjeros.
Quedé extasiado de los sonidos e imágenes externas; regresé a casa, quería contar todos aquellos eventos, impresiones, aromas, sensaciones; los Grandes no me quisieron escuchar, fui al lado de mi fiel guardián: Sorata, mi perro, al que yo veía como el gran dragón que protegía mi pequeña presencia; era la fiera salida del centro de la tierra que se convirtió en mi única compañía… como extraño a mi amigo, agradezco haber estado a su lado hasta el final.
Esa noche planee con Sorata la forma de ver las maravillas que escondía aquella cortina; los tenía que ver, más que un simple deseo se volvió para mí una ambición.

#3

Ahora me pregunto si esa noche dormí, porque antes de despuntar el sol, me encontraba fuera de una tienda de los Grandes, esperando a que abriera sus puertas para prestar mis servicios a cambio de algunas monedas.
Hablé con sinceridad al dueño de la tienda, aquel Grande sólo se rio de mí y me habló con gran dureza, sacándome de aquel lugar; así hablaban los Grandes a nosotros los Simples, nunca éramos nada para ellos.
Me senté en la orilla de la acera, Sorata esperaba alguna indicación por parte mía; sin quitar la mirada del piso escuché voces familiares de aquellos Simples que yo conocía; no sé si llamarlos amigos, pero si los puedo llamar conocidos; al acercarse a mí comenzamos a hablar sobre la ciudad de color, que estaba en nuestros terrenos, yo casi no hablaba, quería guardar mi secreto, ese secreto que solo Sorata conocía; algunos de aquellos Simples comenzaban a platicar lo que ellos habían visto el 1º día; yo no quería escuchar, me molestaba y al no poder crear más resistencia en mi interior, grité: -¡Yo no quiero escuchar lo que has visto, yo quiero verlo con mis ojos!.
Aquellos Simples me comenzaron a pelear y Sorata sin yo decir nada se puso en guardia, él sabía de alguna manera que 4 contra uno tendría un resultado fatal; Sorata no me dejaría solo y yo, no lo dejaría solo a él.
Alguno de aquellos Simples lanzó contra mí una piedra, esta golpeó mi cabeza; y aunque ahora lo puedo decir con cierto detalle, en ese momento fue tan rápido como ver un rayo; creo que Sorata reaccionó de la misma manera, con esa misma velocidad, pues cuando ya sólo faltaba tomar a su presa entre sus fauces, un simple “no” salido de mi garganta detuvo a la fiera en la que se convirtió.
Estaba tirado en el piso, mis ojos veían un brillo y a la vez no veían nada; sentí un leve golpeteo en mi brazo y escuché un leve chillido; era Sorata a mi lado, que sin palabras me preguntaba o pedía verme de pie; sólo le pude decir: - tranquilo, estoy bien-; en respuesta sólo lamió mi mano.
Al tiempo que me concentraba en saber si mi cuerpo reaccionaría a mis órdenes escuché a lo lejos la voz de un Grande… gritaba; me pregunté el porqué de aquellos gritos, pero sentía la necesidad de saber y no, lo que aquel Grande decía. El resultado de todo aquel revuelo fue que aquellos Simples sólo salieron corriendo.
Sentí que algo me tomaba de los hombres, como si quisiera arrancarme de los brazos del suelo, yo no puse resistencia, Sorata no se apartaba de mi lado.
Cuando logré enfocar a aquel que aún me tenía en sus manos, me percaté de que era un Grande, pero no era como los demás, él era especial; tal vez era el único Grande al que nosotros los Simples no sólo respetábamos como a los demás, sino que también lo queríamos, confiábamos en él.
Su nombre no lo conocíamos pero siempre lo llamábamos Sr. G; tal vez fue el único nombre que como Simples pudimos pronunciar de aquel grupo de los Grandes.
Comprendí entonces porque Sorata no ladraba y sólo agitaba su rabito, a él le caía bien el Sr. G, no lo veía como un enemigo; pero su mirada le suplicaba que me ayudara; que él hiciera lo que las características físicas de Sorata le impedían; el Sr. G lo miró y le dijo: - tranquilo pequeño, tu señor seguirá contigo, sólo que por un tiempo tendrá un gran chichón- terminó su frase con una leve carcajada, Sorata sólo dio un ladrido, los tres entendíamos esto como un “gracias”; yo no tuve que hablar, mi guardián lo hizo por mí.
El Sr. G tomó su pañuelo, era tan blanco que brillaba con la luz del sol; limpió mi frente y vi que había sangre, en ese momento comprendí que aquella sensación de frío y calor corriendo por mi frente había sido el efecto del golpe con la piedra, me había abierto la cabeza, pero no era tan grave.
Cuando terminó de limpiar la herida y de revisarla un poco de manera de no lastimarme o abrirla, dejó su pañuelo en mi frente y con su voz grave pero tranquila sólo me dijo: - presiona fuerte, vamos a casa, allá tengo lo necesario para curarte antes de que se pueda infectar.
El Sr. G sabía que si cualquiera de nosotros los Simples se presentaba ante los Grandes de nuestra casa con una lesión como esa, terminaríamos con más problemas que los que hayan causado las heridas; por eso decidió ayudarme y punto, antes de que fueran en vano aquellos auxilios.
La casa a la que llegamos me recordaba las descritas en los cuentos en donde vivía un valiente cazador o un guardabosques, era tosca en ciertos lugares, pero armonizaba de tal manera con su entorno, la pequeña chimenea siempre humeante y de un rojo singular en sus muros que contrastaba con el verde de las hiedras que enmarcaban las ventanas; Sorata respetaba mucho a aquel hombre y se quedó al pie de las escaleras de la casa, el Sr. G se dirigió a él sin mirarme, sin tomarme en cuenta: - anda, anda; ¿serás capaz de dejar sólo a tu señor?- Sorata ladró, comprendí que había sido una ofensa para él, pero también había sido una forma de agradecer aquella consideración.
Estando dentro de aquella casa, era como si el tiempo no pasara, era confortable, cálido, te daba la confianza necesaria para decir “no me quiero ir”. El Sr. G me sentó cerca de la chimenea, y aun estando apagada proporcionaba cierto calor; trajo una pequeña caja sacada de un mueble de madera, rústico, muy tosco; pero me fascinó. Lo que esa caja contenía no era medicina convencional, era un complejo grupo de frasquitos de vidrio, que al abrirlo olía al mismo bosque de donde habían sido extraídos.
En el golpe puso primero unas gotas de un agua color verde-amarillento, me causó cierto ardor, pero no molestó; después colocó un extraño ungüento que me recordó el olor de las avellanas mezclado con eucalipto; puedo decir que me sentí adormilado con ese aroma y ahora que lo describo, parece que lo volviera a oler; cómo me gustaría tenerlo de nuevo cerca de mí.
Mientras curaba aquella pequeña herida, entablamos una conversación, que para un niño se pudo considerar como un gran descubrimiento, pero también como la luz que aún daría esperanza a una ilusión:
- ¿Y a qué se debió aquella pelea?
- Buscaba trabajo, pero se burlaron de mí
- ¿Burlarse por buscar trabajo?, algo falta en eso ¿no?
- Quería trabajo para ganar dinero e ir a ver eso que la gente llama “circo”
- ¿Sólo por ver el circo terminaste siendo golpeado?, ¿tan importante es para ti ver un circo?
- Nunca he visto uno
- No tienes muchos años como para haber visto muchos
- Pero,… quiero saber qué es eso
- ¿No le has preguntado a tus padres?
- Ellos tienen muchas responsabilidades, no hablarían de algo tan innecesario, y al parecer sólo tiene importancia para mí
- Entonces… ¿quieres un trabajo para ganar dinero y poder ir al circo sin molestar a tus padres?
- Sí
- ¿Crees que con tu edad te darán trabajo?
- No lo sé, pero lo intentaré
-Te pagarán muy poco, posiblemente nadie te quiera
- Aun así lo intentaré
Ese hombre soltó una gran carcajada mientras guardaba todos aquellos frasquitos en la caja; me molestó al principio, pero me sonrojé al final.
- No cambies pequeño, tal vez tú seas uno de los que proporcionen nuevos aires a la mentalidad de los adultos. Te daré trabajo, pero será muy duro, así que la paga no será muy mala. ¿Lo quieres o lo dejas?
- ¡Por supuesto que lo quiero!
- Pero hay una condición
- ¿Cuál?
- No podrás tener calificaciones reprobatorias en la escuela, no podrás faltar a ella y tampoco al trabajo. Trabajaras fines de semana y conservarás este trabajo por lo menos un mes hasta que consiga un remplazo. ¿Aceptas?
- Acepto señor
- Entonces inicias mañana, te quiero en el local a las 6:00 am, no llegues tarde y ahora vete, que tendrás problemas si tardas más
- Gracias señor y mañana estaré allí
Mi intención de salir de esa casa era muy poca, me gustaba sentir el calor de esos muros, no me refiero al que viene de su temperatura, sino al que provenía de toda la esencia que su dueño le proporcionaba, deseaba que así fuera la casa en que vivía. Llamé a Sorata que estaba cerca de la chimenea, creo que él también sentía esa sensación de alivio… fue duro cerrar la puerta y ver al Sr. G quedando atrás.
Cuando llegué a casa me sumí en un silencio absoluto y me dejé abstraer por todas mis labores, sentía tanta felicidad que quería gritar, pero todo ese ánimo lo tuve que ocultar bajo el velo de la obediencia y la sumisión. Los Grandes no dijeron nada.
Al día siguiente antes de ir a la escuela ya estaba en el local en que el Sr. G trabajaba. Él era dueño de una panadería y cafetería; cuando llegué inmediatamente me mandó a preparar las mesas, colocar las cestas de pan caliente tanto para la venta de la panadería como para la cafetería. A la escuela entraba a las 8:00 am; salí corriendo del local a las 7:50 am, apenas me daría tiempo de llegar si corría.
Al final del día en la escuela tenía que regresar al local y fungir como mesero, los primeros dos días fueron difíciles, al tercero ya me comenzaba a acostumbrar, a los cinco días ya dominaba el oficio.
Llegó el primer fin de semana y con ella la primera semana de funciones, y con ese fin de semana mi primera paga; no recuerdo haber celebrado, no recuerdo siquiera como fue o a qué hora me lo dieron; para muchos es un acto que jamás olvidan; al parecer fue lo primero que yo olvidé.
- Ya tienes suficiente para ir… ¿Qué harás?
- No lo sé
- Te queda una semana, ¿Cuándo irás?
- No lo sé
- ¿Acaso no era esto lo que tanto deseabas?
- Sí, pero algo ha cambiado
- ¿Y qué es?
- No lo sé
El Sr. G sólo se rio, no sé si fue de mí, o de lo malo que era mi argumento, pero sólo terminó diciendo: -Vaya que eres diferente-

#4

CAP. II

Esa tarde de domingo el Sr. G me dejó salir más temprano, me pregunto ahora que habría pasado si no hubiera salido antes, tal vez si no hubiera aceptado el trabajo, sino me hubieran golpeado, si aquellos peregrinos no hubieran llegado, si tal vez…
Me dirigía a casa, pero por alguna extraña razón mis pies fueron guiados hacia donde se encontraba aquella monumental cubierta; qué raro es ver a un hombre llorar, y es aún más raro verlo llorar cuando esta sobrio.
Del camino hacia la gran cubierta había que bajar un poco, nosotros le llamábamos “la caldera de la puerta grande”, ya que estaba ubicado en cierta forma a la entrada principal del pueblo. Dado y conocido el nombre es fácil imaginar la pendiente que tenía este lugar; era muy bello más en temporada de lluvias.
En esta pendiente había varios árboles, de tronco ancho y casi blanco; para nosotros los Simples nos parecían árboles mágicos pues sus hojas al ser tocadas por el sol brillaban como esmeraldas, como gotas de agua teñida.
Era aquel un cuadro triste pero enternecedor, extraño pero atractivo, y aquel imán de lo extraño fue lo que me atrajo; ¿cómo describir aquella pequeña imagen pletórica de colores?, tal vez así:
Al fondo el cielo estaba dividido por los últimos rayos del sol y por el poco brillo de las estrellas, una noche sin luna; pero iluminado por las luces pequeñas, multicolor y titilantes; y en la pendiente, a la mitad de la altura del cielo y lo bajo de la colorida cubierta, un hombre bajo un árbol, en una zona casi obscura con un papel en la mano y con la otra busca ocultar la tristeza de sus lágrimas.
Me acerqué a aquel hombre sin decir nada y fue cuando me percaté de quién era; ese gran hombre de voz imperturbable y sonora, capaz de hacerse escuchar por sobre toda la multitud; era el hombre de lustroso traje rojo.
Aun hoy ignoro las palabras correctas para consolar a un desconocido; pero allí parado frente a él solo dije: -lo del pasado en el pasado está, y lo de hoy en pasado mañana se convertirá.
Aquel hombre sollozante me miró y su cara no dejaba de mostrar sorpresa y así fue como inició el deshago de un hombre, que todo lo que llevaba de vida se había visto cubierto de silencio y represión.
- Pequeño, ¿Por qué me dices eso?, tú no me conoces
- No, pero lo veo llorar por algo que seguro ya lleva mucho tiempo
- Cómo podrías saber tu mis problemas, eres sólo un pequeño
- Porque nosotros nos volveremos como ustedes
- Eres singular pequeño…
- Todos lo somos
- ¿Cuál es tu historia?
- ¿Mi historia?, es fácil saber que es corta, pero los adultos son los únicos que saben hablar mejor que nosotros y para mi edad sólo he vivido para hacer las labores de casa, la escuela y ahora un pequeño trabajo, pero solo es temporal
- ¿No eres muy pequeño para ser útil en el trabajo de un adulto?
- Sí, pero el señor que me ha dado el trabajo no es como los demás, él es especial
- Sabes, quisiera platicar así con mi hijo; bajo un árbol, con esta paz, con esta sinceridad…
- ¿Y por qué no lo ha hecho?
- Son cosas de adultos
- Y llorar, dicen que es cosa de pequeños
- Vaya que eres único, tal vez en ti pueda confiar
- Puede ser que nunca nos volvamos a ver, pero yo no tengo con quien hablar, a menos que sea con mi fiel guardián
- ¿Guardián?
- Sí, Sorata, mi perro; aquel que nos ve desde el otro lado del camino
- Llámalo, se ve ansioso por ti
Al llamarlo, Sorata llegó corriendo con mucha rapidez, pensé que tal vez podría atacar a aquel hombre, pero no lo hizo, sólo se echó a nuestros pies.
- Espero que mi hijo sea como tú
- ¿Acaso no sabe cómo es?
- Supongo que ahora te puedo contar los detalles de esta carta y la historia que la fundamenta
- Siéntase con la confianza de que nosotros lo escucharemos y nada diremos
- Cuando yo tenía tu edad siempre soñé ser maestro de una escuela y llegar a ser director de una prestigiada universidad, y tan grande fue mi sueño que comenzaba a hacerlo realidad, estudiaba la licenciatura en físico-matemático, algo muy nuevo, pero todo era maravilloso; en ese entonces se realizaron varios intercambios de estudiantes entre universidades; se realizaron varios exámenes para conocer quién sería capaz de representar con mejor acreditación a cada departamento; me esforcé lo más que pude, pero terminé como un segundo lugar; sólo quedaría como presidente de mi clase.
Cuando comenzaron a llegar los nuevos estudiantes, fue mi turno de recibir al asignado a nuestro departamento y por tal a nuestro grupo y vaya mi sorpresa, pues aunque yo tenía compañeras, ninguna de ellas fue objeto de mi interés.
Nuestro nuevo miembro era una joven de gran aptitud y de una fuerza aplastante, tal vez por eso fue que desde el primer momento que la vi me doblegué ante ella.
Por más que trataba de acercarme y ser de su interés, lograba todo lo contrario, me rechazaba, me hacía quedar en ridículo, casi me humillaba; y aun así yo continuaba luchando por buscar un poco de su atención.
Y cada vez que me esforzaba más por ella, olvidaba más mis estudios; y no es necesario decir que mis calificaciones fueron empeorando con esa misma velocidad; mi tutor trató de hacerme poner mis intereses en claro, pero yo seguía sin reaccionar; mis amigos se preocuparon por mí al grado de no quererme dejar sólo por miedo a que cometiera una locura; pero todos sus esfuerzos fueron igualmente inútiles.
Dejé de comer, dejé de trabajar, dejé de estudiar y quería dejar de respirar; ya no quería despertar y justo en el momento en que estaba a punto de rendirme, llegó una extraña luz a mi lecho de muerte; y esa luz estaba vestida por la figura de la mujer a la que yo tanto veneraba.
Comenzó a cuidar de mí, pero sentía en su mirada una leve marca de reserva, falta de sinceridad, falta de confianza, falta de la verdad.
Me levanté de nuevo por el esfuerzo que ella puso en mi recuperación, comencé a levantar mis estudios y a elevar mis calificaciones y traté de aferrarme a la tonta ilusión que se volvería mi desgracia.
Me hice creer que ella me amaba y después, mucho tiempo después de sus labios escuché las palabras que tanto añoraba un pequeño “te amo”; tal vez esto fue peor que haber muerto, tal vez peor que haberla visto.
Creí en aquellas palabras y para cualquier dolor, tristeza o amargura me aferraba a aquella pequeña confesión; palabras que sólo escuché una sola vez y que hasta ahora me percato que jamás volví a escuchar.
Ahora creo que para ella fui un artículo que formaba parte de su indumentaria, pero no formaba parte de algo que tuviera importancia. Puse en mis ojos la venda de aquella confesión que no se había repetido, me cegué en lo absoluto y ella sólo me vio como a la mascota que se lleva a todas partes.
Llegó el día en que mi vida se volvió completa, pero este sentido de plenitud era sólo una delgada capa de neblina; quisiera tener las palabras apropiadas para admitir el temor que tuve en ese tiempo; pero cualquier idea sería sólo como expresar: “Acepto que tengo un problema, pero no significa que voy a combatirlo”.
Mi vida retomó el camino que originalmente llevaba, pero no lo pisaba sólo creía que lo seguía, mis calificaciones subieron; parecía el de antes, pero ahora con una energía nueva que me impulsaba, creía que era una energía renovada… que equivocado estaba.
Ambos permanecimos uno al lado del otro, pero ahora sé que a ella le resultaba indiferente, me podía mentir en lo que quisiera, y yo ciegamente le creía; me sentía como un artículo, como un objeto, como un estorbo, pero continuaba cubriendo mis ojos a toda costa.
Llegó el momento en que le etapa de “Alma Mater” debería llegar a su final; me sentía muy emocionado el día en que aquella mujer a la que amaba tanto presentó su examen de grado, me hubiese gustado estar en primera fila para verla y apoyarla, pero su petición me hizo presentarme de forma furtiva- No quiero que vayas a mi presentación, me pondré muy nerviosa y no puedo fallar; tu presencia me resultará un elemento que exponga mi vulnerabilidad- cuando terminó su presentación salí corriendo de aquel lugar antes de que ella se percatara de mi presencia, no la quería hacer enojar, no la quería incomodar.
Cuando fue mi turno de presentar mi examen de grado, me sentía nervioso y emocionado, quería que llegara el final de la presentación cuando ni siquiera había iniciado; que ansias del gran final, que desesperado me sentía.
La presentación llevaba un buen curso, respondía con seguridad, asertividad, pero tal vez con un poco de impaciencia; en realidad tenía muchas ansias de terminar. Al finalizar recibí un caluroso aplauso, y en primera fila se encontraba la mujer de mi felicidad; ni siquiera mi familia llamaba tanto mi atención, mis ojos sólo la miraban a ella, los demás que llenaban la sala me resultaban indiferentes, casi desconocidos.
Al momento de que el consejo hace la declaración de titulación, mi corazón ensordeció por completo mis oídos, latía demasiado fuerte, este órgano sabía que cometería una locura, quería impedir aquel arrojo.

#5

Al decir “Protesto” fue la señal que mi cerebro esperaba, todo estaba listo, sólo unos segundos más. Me entregaron un sobre con la documentación correspondiente, la acepté y agradecí; la cuenta regresiva estaba activada… 5… di la mano y agradecía a la mesa de jurado… 4… hice una reverencia a todas las personas que habían asistido… 3… entregué un ejemplar de mi investigación al consejo presente como señal de respeto… 2… colocaron en mi cuello la banda de graduación y la medalla por mi “destacado” historial… 1… me ubiqué cerca del micrófono… 0… y dije las palabras finales: -Amada mía, frente a todas estas personas ofrezco este esfuerzo tuyo y mío, pidiéndote que me concedas el gran honor de ser tu esposo y tú que me concedas la alta gracia de ser mi esposa.
Me pregunto por qué lo planee así, creo que no estaba pensando; y en su rostro vi odio, miedo, vergüenza, pánico; buscaba una ruta de escape; por qué la obligué, qué había en mí que la obligó a tomar una decisión así en un momento como ese.
Me acerqué a ella, me arrodillé y la miré como el fiel cristiano a los pies de la virgen; ella me miró en un grado de súplica, no me importó: -¿Me harías ese honor?- que crueldad de mi parte el haber insistido; de su boca como un suspiro de tristeza y desaliento surgió un “sí”. Vi lágrimas en sus ojos y me justifique pensando “llora de la emoción, de la felicidad”, que crueldad, que ingratitud, que cobardía de mi parte.
Todo el mundo en aquella sala se puso de pie, nos aplaudió sin parar, la abracé, los aplausos aumentaron, ella era como una barra metálica que no mostraba vida, ni siquiera me tocó; no respondió a mi abrazo, ni a mi beso.
Ahora que lo veo fui como el salvaje que profana la virtud de la sacerdotisa después de haber destruido el templo de aquel dios al que ya había difamado. Este, tal vez fue el momento en que me encadené a la gran mole que sería el peso de mi culpa.
Cada que la visitaba, yo era el más sonriente, ella sólo se disponía a decir “sí”, “no”, “bien”, “mal”; pero nunca había expresión en sus respuestas. Y llegó el día en que llené de fastidio su ser, colmé su sentido de santa y salió al mundo lo que llevaba dentro de su alma. Fuimos a una gran avenida central atestada de gente y de tiendas en donde comprar, yo parecía un niño emocionado por la luz y los colores; quería ver todo, quería tocar todo y con aquel deseo llevarla conmigo; no sé si para compartir mi felicidad o por el simple hecho de experimentar el límite de su paciencia.
Y fue en una gran pastelería, frente a un enorme pastel de bodas, en donde ella ya no pudo soportar más, aquella burbuja que yo había iniciado, explotó.
- Estoy harta, es sólo un maldito pastel, pareces un niño ¿Acaso no eres capaz de ver la realidad?; no puedo creer que seas tan ciego; como… aborrezco… eso.
Hablaba muy molesta, pero tal vez lo más correcto sería decir que vociferaba, manoteaba, el color rosa pálido se volvió rojo intenso; pero ahora que lo pienso, su mensaje debería haber sido:
“Estoy harta de ti, todo lo que ves es sólo una ilusión, pareces un niño ¿Acaso no eres capaz de ver que yo no me intereso en ti?; no puedo creer que seas tan ciego; como te aborrezco.”
Ella salió corriendo de la tienda, yo sólo me quedé viendo la trayectoria de su salida, pero no la seguí; creo que no me importó, todos me miraban, algo susurraban entre ellos, pero no lo escuché; creo que en mis labios se escribió una leve sonrisa, sentía algo de felicidad.
Que cruel fui, pues en ese momento aparté ese pastel, pero más grande, para el día de nuestra boda; ya había puesto una fecha para otro día lleno de crueldad; otro pecado más para los muchos que ya tenía; ignoro que me impulsó a realizar semejante acto de autoconfianza y de descaro; las palabras que me había confesado no pertenecían a lo que quería escuchar, así que ¿por qué escucharlas?, no tenía sentido hacerlo.
A día siguiente fui a buscarla a su casa, y no se encontraba, por lo que aproveché para hablar con sus padres; creo que yo les agradaba lo suficiente como para poder exponer: -Hijo, ¿cuándo te decidirás a dar el siguiente paso?, estamos muy ansiosos-. Supe que esa leve confesión estaba llena de dudas, no sé si fue porque ellos temían por su hija o temían que yo en realidad la tomara como mi esposa; en realidad no sé si solo son mis conjeturas.
Y el día llegó, en que frente a sus padres pedí su mano en matrimonio ya designando una fecha, ella bajo la presión de la mirada de sus padres no tuvo alternativa más que el sólo aceptar mi proposición. Me engañé creyendo que había completado una porción más de aquel círculo protector en el que ilusoriamente me encontraba.
Me pregunto si el día de mi boda en realidad fue feliz, yo creo que no, todo estaba desbordándose de lágrimas, no sé si de felicidad o de tristeza, pero me pareció que esas lágrimas las llevaría en mi espalda, y tal vez aún ahora las llevo.
No creo que sea bueno entrar en detalles de este día tan infame, creo que parte de esos sucesos ya se encuentran borrados de mi mente. Qué acto tan criminal cometí; ni siquiera mi propio ser me ha perdonado, no sé cuándo logré alcanzar indulgencias o tan sólo tener la ilusión de dejar de suplicar clemencia.
Al día siguiente de nuestra boda continuamos trabajando, cada quien en su cada cual, como si nada hubiera pasado, como si nuestras vidas estuvieran separadas. El problema inició cuando fije mi vista en el reloj y la hora que marcaba era 5:30 pm… la hora de regresar a la casa se tornaba cercano.
Tuve una extraña sensación, no era miedo, no eran nervios; entonces ¿qué era?, tal vez lo podríamos llamar incomodidad, el suponer que ahora compartiría mí techo con alguien más; era algo que no me atraía y a mi llegó un gran relámpago, vi la luz al final del túnel, la verdad detrás de la ilusión, mi realidad detrás del gran muro de mentiras que yo me construí.
En mi mente pasaron escenas de un futuro cercano en cuanto llegara a casa, las escenas no eran agradables, todo terminaba en algo trágico, triste, grotesco. Ahora me pregunto que imaginó ella en su momento, si realmente deseaba regresar a la que fue nuestra casa o buscar un lugar en donde esconderse y no saber nada de mí. Por mi parte aplacé mi salida del trabajo, me enfrasqué en los pendientes que tenía y no quise ver el tiempo pasar, simplemente me encerré en mi persona, ya que en ese instante era lo único que consideré me podía proteger de la realidad.
Salí de mi trabajo alrededor de las once de la noche, hacía mucho frío y llevaba en mi mente la idea de dormir en el sillón y al día siguiente justificarme con una mentira blanca y regresar a trabajar, evitar el contacto físico, visual y auditivo. Se me revolvió el estómago de solo pensarlo.
Aun al estar en la puerta antes de abrir, sentía aquella incertidumbre que provoca lo desconocido, quería irme… ¿a dónde? No lo sé, pero quería salir corriendo; mi peso corporal me empujó a entrar, pero mi peso moral me pedía salir corriendo. No tuve valor y terminé por abrir la puerta, en un pensamiento de 3 segundos creí que ella saltaría hacia mí con un cuchillo en la mano, pero la realidad tocó otra puerta… no había atacante, no había ruido, no había sujeto que infundiera aquel temor.
La casa no era muy grande, pero contábamos con las estancias básicas, cocina, sala, comedor, baño, recámaras; la distribución me resultaba fría y distante; pero lo veía como un habitante, no como lo haría el constructor… además mi vida se estaba derrumbando, algo que seguro estaba trayendo una visión de desgracia a todo lo que estaba en mis manos o a mi alrededor.
Me dirigía a lo que correspondería a la recámara principal, tampoco en este lugar había luz, mi mente concibió la idea “Ella se fue”, no sentí dolor o tristeza, sentí un gran alivio. Gran decepción me llevé cuando en la cama vi que ella se encontraba dormida, tranquila; parecía sin preocupación alguna. Cerré la puerta y me dirigí a la sala… mi plan era bueno, podía dormir en paz.
Me despojé de parte de mi vestimenta… creo que disfruté dormir en aquel agradable sillón.
Al día siguiente tuve miedo de abrir los ojos, creí que en cualquier momento la vería, no quería eso; pero vaya sorpresa la mía, aunque busqué por toda la casa ella ya no estaba y en la mesa de la cocina sólo una nota de su puño y letra: “Trabajo”. Una vez más pensé “Mi plan continua muy bien”.
Y exactamente con este rito, con esta monotonía, con esta misma melodía corrieron 3 años. Tal llegó a ser la costumbre que tenía mis lugares para comer cada día de la semana, hacía mis actividades correspondientes al hogar y todo esto sin la necesidad siquiera de verla.
Pero llegó aquel día, aquel día que me trajo de nuevo todos los sentimientos, todas las sensaciones, todas las imágenes y todos los deseos… aunque una vez más sería un pecado y una carga más para todo lo que ya llevaba.
Uno de mis amigos se iba a casar y me entregó la correspondiente invitación, no le puse mucho interés; una fiesta no era algo que necesitara o me animara, no iba a presentarme y justo una semana antes mi amigo visitó la casa, el presagio estaba dado; reunidos en una misma sala: mi amigo, su prometida, la mujer con la cual compartía casa y yo.
De nueva cuenta extendió o debo decir, ambos extendieron la invitación al evento más importante de su vida; como lograron que recordara aquellos años en que llevaba en mi mente ese mismo pensamiento.
Ambos nos tratamos de negar, expusimos nuestros deseos de asistir pero buscamos justificarnos con la cantidad de nuestro trabajo; no funcionó, ellos nunca dejaron de insistir, fue una lucha agresiva pero bajo palabras amables, corteses y apropiadas; jamás funcionó.

#6

Y la que sería esposa de mi amigo supo dar la estocada definitiva, con lo que no nos pudimos negar – Vamos, vamos; no me van a decir que después de 3 años de matrimonio han olvidado el sentimiento de ese día tan importante; además ya deberían buscar el siguiente día más feliz… ¿no creen que ya se tardaron?, el tiempo no se detiene y a ustedes se les puede pasar el tren-.
No me molestó el contenido de su mensaje si otro cualquiera lo hubiera dicho; no me hubiera importado, el problema fue que ella tuvo el valor de ponerle un tono de sarcasmo, ironía y burla al modo de pronunciarlo y a las expresiones con las que se refirió. Sentí odio, quise callarle… me detuve… hubo un silencio… mi esposa habló: -cuando tenga que ser será, después de todo, nosotros seremos los que reciban la responsabilidad ¿por qué hacerlo ahora?, no hay prisa.
Quedé helado cuando vi su sonrisa al terminar de hablar, me dio miedo, desconozco si ella sabía que tendría ese efecto; pero si ella en realidad buscaba aquel pánico… lo logró con éxito. El silencio incomodo inundó la habitación; con esto (dicho entre líneas) habíamos “aceptado” asistir a su boda.
Y ese día llegó, ambos sabíamos que sería una tortura, largo y aburrido. Y así fue como iniciaba una nueva carga, un nuevo dolor. Ambos íbamos silenciosos en el auto, no nos mirábamos, no producíamos ruido alguno, ni siquiera nuestra respiración provocaba alguna perturbación; odiaba aquel momento, aquella situación.
El camino fue eterno, por más que avanzábamos no veía el final; el milagro surgió cuando vi el letrero con el nombre de la calle que era nuestro destino, fui feliz, o tal vez sólo me sentía más tranquilo.
Cómo explicarle a un niño los acontecimientos que siguieron; si ya es complicado hablarlo con un adulto, es aún más complicado hablarlo con un niño.
Los rostros que vimos en aquel evento eran demasiado conocidos, no había momento en que no encontráramos a un hombre o mujer que nos haya visto, hablado, escuchado o reconocido de aquel pasado resplandeciente que no era eterno. Yo ya me había cansado de fingir una sonrisa que no sentía en lo más mínimo; añoré mi lugar de trabajo, mi rutina… mi fría forma de vida.
Y lo peor de esa noche no se hizo esperar; por largo tiempo me percaté de que alguien me observaba, creí que como tradicionalmente era sólo para criticar la forma de vestir, caminar, actuar o sólo chismear algo sobre la indiferencia que existía entre mi acompañante y yo. Llegó un momento en que me sentí demasiado acorralado por aquella mirada, pero por más que intentaba huir, sólo lograba quedar más sumergido en aquella desgracia. La oportunidad de saber quién correspondía a aquella penetrante mirada se presentó; correspondía a una dama, que entre sueños recordaba su rostro.
- Parece que te has olvidado de mí, no te culpo; pasaron muchas cosas cuando aún nos podíamos ver
- Lo siento, mi intención no es incomodarla, pero en realidad no la recuerdo
- Ya te dije… lo sé, pero yo si te recuerdo… mi querido “Neko”
“Neko”…, cuánto tiempo sin escuchar esas palabras… “Neko”…, porqué me habían puesto ese apodo… “Neko”…en mi mente pasaron muchas imágenes del pasado.
- Parece que te acuerdas de todo, menos de mi
- Yo… lo siento… yo
- No es necesario, ya pasaron muchos años, pero tal vez esta imagen te pueda ayudar
Tomó mi mano y nos dirigimos al exterior, una parte del jardín un tanto alejado de la gente… en cierta forma, mi corazón latía con mucha violencia, pero disfrutaba aquella incertidumbre… y fue tan breve lo que sucedió después, que aún hoy lo disfruto de tan solo recordarlo.
- Mira arriba y mira abajo, ¿te recuerda algo?
- ¿Arriba y abajo?
- Sí, el cielo y la tierra
- No comprendo…
Y justo fue que recibí un beso de ella en la mejilla, sentí que la Tierra temblaba con demasiada fuerza, creí que era posible que me desmayara; cuando reaccioné, me di cuenta de que ella ya no estaba a mi lado y en mi mente una imagen luminosa y a la vez obscura surgió:
- ¡Feliz día mi querido Neko!
- … gracias, pero no era necesario que te tomaras la molestia
- Neko, no digas eso, hago esto con mucho gusto, sabes que te aprecio
- Deja de llamarme Neko
- No, siempre serás Neko, hasta que cambies tu forma de ser
- Sabes que eso no va a pasar
- Entonces nunca te dejaré de llamar Neko: suavecito pero dando el zarpazo
Su risa y el sonido que esta producía fue muy tranquilizante, suave; pero aquella memoria no me permitía recuperar su nombre… sólo faltaba su nombre; ella comenzó a alejarse de mí con cierta rapidez, mis recuerdos aunque me atormentaban eran apagados por el golpeteo de mi corazón; nos estábamos alejando más… no me importó, me sentía como un adolescente, quería más de aquella adrenalina; ella me miraba y sólo se reía; era como el juego del gato y el ratón… ella era el gato, yo era el ratón.
Por fin la alcancé al doblar por una esquina, la sujeté con tal fuerza, por miedo a perderla, ella de nuevo me dijo:
- Mira arriba y mira abajo, ¿te recuerda algo?
- ¿Arriba y abajo?
- Sí, el cielo y la tierra
- Sigo sin entender…
Aquel inútil discurso fue detenido por su dedo en mis labios, algo dentro de mí me pedía razonar… pero una vez más estaba siendo sometido por el deseo de más adrenalina y aquella extraña personalidad que dormía en mí surgió con una voz que jamás me había escuchado:
- Mira arriba y mira abajo, ¿te recuerda algo?
- ¿Arriba y abajo?
- Sí, el cielo y la tierra
- No, basta de juegos
La besé con tal avidez que pude haberla devorado… sí, no controlé todo aquello que ya había reprimido por tantos años, sentía la necesidad de fundirme con ella en un solo ser, no quería ni que el aire interviniera entre nosotros; ella me correspondió sin rechazo alguno; no había tiempo, no había espacio, éramos solo nosotros; pero nunca consideré que podía haber otros ojos a la distancia… aún ahora me avergüenzo al contar estos detalles, pero el recordarlo, trae a mí los mejores recuerdos que pueda tener.
Tenerla entre mis brazos me permitió sentir un corazón vivo, algo que nunca me había percato en otra persona… que extraña sensación… pude sentir el momento en que comenzó a acelerar el ritmo de su corazón, a tal punto que el mío trató de seguir su paso; ahora a mi mente viene la imagen de caballos desbocados… así éramos nosotros dos en ese momento, completamente salvajes, alejados del raciocinio… la caída a la realidad no fue grata. Sentí un fuerte jalón por la espalda y después recibí una de las bofetadas más llenas de odio que he recibido, sí, la mujer con la que estaba casado me acababa de encontrar en brazos de una perfecta extraña, y en medio de la obscuridad en la que nos habíamos escondido, sus ojos llenos de furia eran tan brillantes como la luz que emana del infierno.

#7

Me llené de miedo al ver como mi esposa levantaba del suelo algo de gran tamaño, no recuerdo con certeza que era; sin pensarlo lo lanzó sobre la mujer con la que estaba, me interpuse sin mucho éxito… en mi opinión ella nos hubiera matado en ese momento, de no ser porque forcejee con ella mientras la anónima mujer que había besado, corría asustada y muda de regreso a donde la fiesta se llevaba a cabo.
Mi esposa me golpeaba y solo decía, apenas con un hilo de voz: “dame mi libertad”. Dejé que se desquitara, pero a la vez no la escuchaba; en mi mente solo se estaba repitiendo aquella escena, aquellas palabras… tenía que saber quién era la mujer que me había hecho sentir vivo de nuevo.
No vi a la desconocida mujer el resto de la noche, aunque la busqué con un tanto de vehemencia; y a nuestra anfitriona le pedí su anuario, jamás encontré su rostro… seguí repitiendo en mi mente aquella escena del pasado donde notaba algunos rastros de su presencia, pero no lograba recuperar su nombre. Era como repetir la escena de una película dañada, esto realmente me desesperaba; pero al mismo tiempo me daba un motivo de alegría.
Mi trabajo, familia y conocidos no me importó, deseaba saber quién era aquella mujer, en verdad lo deseaba y por momentos me enloquecía; forzaba mi mente a recordar, pero en vez de progresar, empeoraba las cosas; ya no sabía si eran recuerdos o si eran cosas que yo había imaginado o que deseaba que sucedieran… en verdad estaba volviéndome loco… ya no quería continuar, pero mi obsesión era más fuerte.
Una tarde en que me provoqué un gran dolor de cabeza por querer recordar, trabajar y discutir; fui a caminar por el jardín cercano a mi trabajo, me senté en una banca donde no hubiera niños gritando, mujeres riendo… ¿por qué todo el mundo era tan feliz y yo no?; sentado, cerré mis ojos y recargué mi cabeza en el respaldo de la banca, trataba de relajarme, comencé a sentir el leve soplo del viento sobre mi rostro… me agradaba y fue así como sentí sobre mis ojos unas manos muy frescas… no sé si fue instinto o simplemente no quería perder aquel estado de comodidad, pero sujete las manos con fuerza y no dejé que se apartaran de mi rostro.
- ¿Cuánto tiempo me vas a mantener así?
- El necesario
- Oh! ¿Y eso es…?
- El necesario
- Bien, me queda claro que será el necesario… ¿terminará pronto?
- Cuando termine
Escuché una leve carcajada y me hizo reír también, esas palabras habían sido tan liberadoras, tan relajantes… acababa de decir nada, pero fue como haberlo dicho todo. Sin soltar aquellas manos, atraje a su dueña hacía mí; decir que le robe un beso a aquella mujer no sería sincero… creo que ambos deseábamos volvernos a encontrar y aquel fue el lugar perfecto.
- ¿Dónde te has escondido?
- Por allí…
- Todo el tiempo hablando sin claridad… eso me vuelve loco
- No tiene caso ser directo, es imposible vernos más allá de solo esto
- Esto no es lo que quiero, son sólo sombras, imágenes borrosas; deseo por fin la verdad
- Sabes que no es posible
- ¿Por qué?, no creo justo negarnos el uno al otro
- La poesía y la tragedia no se puede incluir en algo tan obvio, eres casado; estas obsesionado y yo sólo aproveché la fragilidad de tu vida en matrimonio, para hacerte ver lo que habías perdido… llámame cruel, pero ha sido una venganza que llevaba dentro de mí hace tiempo… años… y creo que al final no te lastimé… me lastimé.
- Mátame si quieres, pero no te alejes de mí
- Por favor, deja de burlarte… yo…
- No me dejes
- Te estoy diciendo que me he burlado de ti, que sólo quería venganza y tú sólo…
- No me dejes
- ¡Basta!, no puedo hablar contigo… siempre ha sido así, todo lo que sale de mi boca lo tomas como una broma…
- No me dejes
Algo en mí sintió que la estaba perdiendo con cada palabra, la sujeté en mis brazos y no dejé de decir “no me dejes”; era tan penoso verme, parecía un niño pequeño que no quieres ser alejado de su madre… yo… no quería perderla.
- Esto no tiene ni pies ni cabeza, es mejor dejar todo así… olvida lo ocurrido y sigamos como antes ¿te parece?
- No, no te dejaré ir
- ¡Basta!, ¡basta!
Sus lágrimas no dejaban de rodar por sus mejillas, vi su rostro tan frágil, no hice más que besar cada lágrima… me sentí culpable… besé sus labios una vez más; el sabor que recibía de ellos, me inundaban de una dulzura incapaz de empalagarme, era algo que no deseaba dejar de saborear.
- Te he extrañado tanto… Evangeline
- ¿Recuerdas mi nombre?
- Evangeline
Vi que en su mirada algo brillaba, sus ojos se habían hecho más grandes, me miraba algo emocionada e incrédula, a lo que yo sólo respondí- Evangeline, Evangeline, Evangeline- me abrazó con fuerza, creo que eso era lo que faltaba entre nosotros… diez letras que nos dieran la confianza de no separarnos… Evangeline…
Ahora sabía quién era ella, ahora sabía que errores había cometido, ahora sabía que mi desgracia sólo la había ocasionado yo. Evangeline me acababa de mostrar toda una realidad que yo me había negado a ver, era aquella realidad que yo había evadido, era el amor de mi vida que yo había ignorado.
Te preguntarás y ¿quién es Evangeline?, no sólo la mujer que me hizo ver que mi “matrimonio” solo era una cortina de fino terciopelo, pero desgarrada por el tiempo; ella fue la primera en ver quién era yo realmente; tal vez la única en entenderme, cuando ni siquiera yo lograba comprenderme. Ella siempre estuvo en tercer plano entre mis recuerdos, y cuando me detuve a mirar con detalle, ella siempre debió estar en primer plano. Cuando enfermé ella estuvo a mi lado, cuando fallé ella fue la que ayudó a levantarme… toda la historia que yo había escrito alrededor de la mujer con la que me había casado, no era más que mi propia obsesión; y si no me has entendido, lo resumiré con algo sencillo, Evangeline se dio cuenta de mi obsesión por la que se convertiría en mi esposa, Eleanor; así que cuando enferme terriblemente, le pidió que no me abandonara, que por lo menos estuviera a mi lado cada que abriera mis ojos; el resto del tiempo ella no se separó de mi.
Injusto, ¿no lo crees?, Evangeline se torturó, Evangeline torturó a Eleanor y yo torturé a ambas; todo por que pudo más mi imaginación que mi razón. Y en ese momento la vida me estaba dando la oportunidad de ser feliz… me preocupaba… a qué precio… y fue alto.
Cuando la encontré y me decidí a no dejarla ir, acordamos en vivir juntos, aún sabiendo que debía cumplir con un matrimonio que no estaba anulado; la vitalidad de juventud que sentimos en ese momento, pudo más que la cordura que suponía como adultos que ya éramos; me dijo en dónde vivía y fui por mis cosas esa misma tarde… lo que sigue… se volvió otro lastre.

#8

La mujer con la que estaba casado se encontraba en casa, completamente ebria, destruyendo todo lo que se encontraba a su paso, al verme comenzó a reír a carcajadas; no supe que hacer, sólo me quedé parado junto a la puerta, mirándola… pero con desprecio… yo no tenía derecho a hacerle eso… y lo hice.
- ¿Es así como me ves ahora?, antes me veías como un idiota, no dejabas de vigilarme, me volvías loca… loco
- No estás en las mejores condiciones… dejemos esto para otro momento
-¡INFELIZ!, ahora tu vienes a decirme que condición es la mejor para mi… idiota
- Por favor, dejemos esto para otro momento
- Claro… debes llevar prisa… y ella debe estarte esperando… por favor, no te detengas…o qué ¿quieres que te ayude a empacar?... es eso verdad… loco
- No es momento para esto, cuando tengas la cabeza más fría…
- ¡FRÍA!, ja… no querrás decir ¿cuando esté muerta?
- Por favor…
- ¡Mira!, jejeje, pero ahora resulta que eres educado y pides las cosas por favor… que talentos ocultos los tuyos…
- No hagas esto
- Hacer ¿qué?... oooooh, ¿esto?... al diablo
- Eleanor, basta, no tiene caso continuar con esto… sólo nos estamos dañando
- ¡Ja!, ahora resulta que sabes lo que significa “dañar” y de pilón… te sabes mi nombre… pus… ¿quién eres tú y que has hecho con el imbécil de mi marido?
- Eleanor…
- ¡AL CARAJO CON EL MALDITO NOMBRE!, cuantos años hemos estado en este podrido asunto y que haces… te dejas de estupideces justo cuando… sí… cuando estas besuqueándote con la idiota esa que me rogó que no te dejara… por mi te hubieras muerto… eres un… no eres nada… ni siquiera eres lo suficientemente hombre… en ningún sentido lo eres…
- Eleanor…
- ¡CÁ-LLA-TE!, ¡CÁ-LLA-TE!, ¡CÁ-LLA-TE!, maldito… destruiste mi vida… mi juventud, perdí todo lo que tenía… y mírame, ahora no soy más que un guiñapo… y ¿qué quieres?... ¡oh sí!... TÚ… felicidad… escucha esto: SO-BRE MI CA-DA-VER…y aunque me ves así, juro que haré que te arrepientas por el resto de tus días; así que no te atrevas a dar un paso fuera de esta casa… o te arrepentirás el resto de tu podrida vida…¿claro?
- Lo siento, pero no la voy a dejar… no ahora que por fin la encontré… yo… la amo
- Ji… ji… ji… la amo
La dejé en la sala, sentada en el piso, rodeada de todo aquello que ya había roto; fui a la habitación, tomé mis cosas y las retaqué en una maleta; a lo lejos sólo escuchaba que ella hablaba, pero no comprendí nada de lo que dijo… me atemoricé. Cuando salí, ella ya no estaba en el lugar en donde la había dejado, pero tampoco escuchaba ruido de ella, me apresuré y salí.
El camino a casa de Evangeline se me hizo eterno, imaginé que jamás llegaría, además de sentirme constantemente vigilado por unos ojos que suponían eran de Eleanor; no sé si en realidad alguien iba detrás de mí, o simplemente era el cuerpo de la culpa que me seguía a todas partes.
Por fin al estar en casa de Evangeline, me sentí más tranquilo; pero no desechaba al cien por ciento la intranquilidad… fue mi primer pensamiento de temor por la vida de Evangeline. Esa noche fue el inicio de muchas otras y al día siguiente fue lo mismo; pero ahora al despertar y al dormir siempre llevaba una sonrisa, que buscaba ocultar el miedo que sentía.
Al mismo tiempo que trabajaba, atendía a lo que ahora llamaba mi “hogar”, estaba realizando los trámites de un divorció que se convirtió en un calvario; nuestros abogados era peor que ver peleas clandestinas de perros… y cada día temía por la vida de Evangeline, pues en este tiempo de divorcio, jamás vi a Eleanor, sólo a su abogado.
Mi miedo no era infundado, pero tampoco puedo decir que yo estaba libre de culpa; una noche que llegué a casa, encontré a Evangeline sumergida en lágrimas y muy alterada, nunca la había visto así:
- Evangeline, Evangeline, ¿qué tienes, qué te pasó?
- No… nada… nada
- Cómo nada, mírate estás temblando, ¿qué pasó?
- No… nada… nada
- ¡Evangeline!, mírame, ¿qué pasó?
- No, por favor, no quiero
- ¡Evangeline!
- Yo no quería…
- ¡Evangeline!
- Perdóname
Me abrazó con las pocas fuerzas que tenía, temí que mis pensamientos fueran reales y no estaba muy lejos de ello:
- Perdóname, traté de no causarte penas y quise afrontar las cosas con mis propias fuerzas, pero esta vez no pude, Eleanor ha estado viniendo desde el día en que te mudaste; al principio sólo eran discusiones, pero cada vez se tornó la situación más difícil, y hoy me acorraló, ya no supe cómo reaccionar… tengo miedo…
Lloraba sin consuelo, y el saber que tenía miedo… provocaba en mí, terror; pero tenía que parecer fuerte, para poder ser útil, de lo contrario, ambos nos quebraríamos y eso no lo podíamos demostrar.
Y aún así, llegó el día… Eleanor supo acosarnos, desprestigiarnos, arruinarnos y cuando ya no veía solución a todo esto, nos vimos bendecidos por lo que más deseábamos, un hijo, un niño… pero la situación se volvió peor; ya no era sólo cuestión de hablar con abogados, era tener una patrulla fuera de casa, y después perder ambos nuestros empleos; sin dejar atrás las continuas “visitas” de Eleanor; pero cuando vio a mi hijo… él fue su nuevo objetivo, al punto de querer atentar contra su vida.
Y así una mañana, sólo encontré una nota escrita con letra temblorosa, la cual era firmada por Evangeline:
“Ya no puedo más, amo a mi hijo; a donde voy, no me puedes seguir.”
Me volví loco por la incertidumbre, la busqué en los lugares que frecuentábamos y en los más probables y no la pude encontrar, mi única felicidad, había escapado de mis manos.
La mujer que realmente amé y con la que veía la posibilidad y tenía la firme creencia de que había formado una autentica familia, me había abandonado, pues vio que la venganza de Eleanor era más fuerte que su amor y su esperanza.
Yo, no tuve más fuerza para luchar y ahora me arrepiento, mi mente en aquellos días se encontraba más que colapsada y decidí buscar una salida y encontré la más fácil… alejarme de todos y todo aquello que conocía mi pasado y aquel presente.
Así fue como llegué a este sitio, el anterior maestro de ceremonias, vio en mi, algo que desconozco y me enseñó lo que ahora hago y a fingir lo que en realidad siento y me enseñó que si no soy capaz de ser feliz, debo hacer a alguien más feliz; las sonrisas de nuestros visitantes deben ser nuestro consuelo, aunque a veces se vuelven más una tortura que una alegría.
Los miembros que formamos este escenario, somos una familia, nos protegemos; nuestros secretos siempre estarán seguros entre los muros que montamos y desmontamos… nuestra seguridad es nuestro silencio y compañía.
De la mujer que amo y del hijo que ya nunca podré abrazar, sólo me quedan las cartas que me ha enviado, ahora las veo sólo como un símbolo de lastima y duele cada carta, y las heridas se abren con cada palabra, viendo que no hay remitente a donde escribir.
El hombre de escarlata continuó llorando, ese día me fui a casa sabiendo que aquel hombre había desahogado en mis recuerdos, la tristeza que le había inundado toda su vida.

#9

Cap. III

Después de un día más de trabajo con el Sr. G, decidí ir de nuevo al lugar donde el mundo de ilusión que se puede ver, no es real.
Esta vez mi visita sería algo menos costosa, ya que el señor de escarlata me dijo la tarde anterior:
- Por la virtud de tus oídos, te dejaré entrar con toda libertad a todos los rincones de este lugar; podrás hablar con todos… siente este lugar como un pequeño hogar al que puedes entrar libremente.
Me sentí muy contento con esas palabras y ese día decidí caminar por un lugar diferente, y aunque tenía ganas de ver una vez más a aquel hombre, creí que tal vez algo nuevo me esperaba en otra parte de aquella pequeña ciudad. Conforme me iba acercando me percaté que una serie de personas se veían atraídas por un pequeño lugar cubierto por unas cortinas de un suave color purpureo, y por debajo de este salía un extraño humo blanco, parecía una fábrica de nubes; me pregunté qué emoción existía dentro, ya que todo aquel que iba a entrar llevaba un rostro de emoción y de intriga, pero de aquella que provoca risa; cuando estaba esperando mi turno para entrar, observé que todo aquel que salía llevaba un rostro lleno de tristeza, de angustia, de ira… era triste y deprimente verlos; debió ser grande mi deseo de entrar, pues permanecí firme en la fila mientras otros desistían de permanecer.
Aquel extraño letrero que decía “Vidente”, tenía letras ruinosas, tristes, y bajo esta primera palabra la frase “El futuro en sus manos”; pero aquella frase se veía vieja, deteriorada, daba la impresión de que su dueño no creía ni siquiera en lo que hacía.
Llegó mi turno para entrar, pero me sorprendió ver que después de mí ya no había persona alguna; no me percaté en ese momento, pero ahora creo que fue una oportunidad, que algo más allá de lo que se puede ver, me concedió.
Al entrar existía una pausa entre la luz de afuera y la penumbra que daba ambiente a aquella extraña habitación improvisada; al enfocar mejor la vista, observé a una mujer sentada a una mesa, pero su gesto ya mostraba desgano, tristeza, soledad.
Acercándome a donde ella estaba, pero con cierta reserva, la mujer con un tono de desgano y de rechazo exclamó:
- ¡Los tuyos no pueden entrar a este lugar, largo!
Me quedé pasmado, inmóvil; reaccioné de forma opuesta y tomé asiento, la mujer sólo me miró con asombro y fue así como inició nuestra conversación:
- ¿Acaso le tiene miedo a uno de nosotros?
- No, sólo que ustedes no tienen nada que hacer aquí
- ¿Por qué?
- Porque así debe ser
- ¿Por qué?
- Así ha sido durante generaciones, debes respetar a tus mayores
- ¿Acaso la he insultado?
- Claro que sí, tu presencia no es bien recibida, vete
- ¿Por qué?
- ¡Vaya insistencia!, ahora lo veo, tú debes ser el amigo nuevo del gritón del maestro de ceremonias…
- ¿Cómo lo sabe?
- Vamos, vamos; no hay que ser adivino para concluir que eres tú la criatura de quien él nos habló
- Pensé que usted era una adivina
- Lo soy
- Entonces ¿por qué alguien le tuvo que decir quién soy yo?
- ¡Si te viniste a burlar de mí, mejor lárgate!
- Cuando uno teme a la verdad, le teme al que la predica
Aquella mujer entornó su mirada en mí, tenía los ojos tan abiertos que parecía que fueran a salir de sus órbitas; no tuve miedo, pero me sorprendió que comenzara a llorar, parecía que estuviera a punto de dejar salir su alma a través de sus lágrimas.
- No temo a la verdad pequeño, temo el recuerdo… temo el olvido y el futuro
- El pasado, alguna vez fue futuro
- Pero esos recuerdos y sucesos no se repiten dos veces, y si lo hacen, no es en lo absoluto igual
- ¿Por qué ese miedo?
- Dime pequeño, ¿le temes a la obscuridad?
- No
- ¿A qué le temes?
- No lo sé, no lo he pensado
- Bueno, cuando sientas ese miedo me podrás comprender
- Y ¿por qué no comprenderlo ahora? ¿Acaso existe alguna diferencia?
- La diferencia es el sentir, la angustia, la impotencia
- Pero ¿por qué?
- ¡Acaso no lo puedes ver!
- Yo no soy vidente, usted lo es…
Después de unos segundos, la mujer dibujo en su rostro una leve sonrisa y extrañamente se iluminó. Me dio gusto ver esa expresión, el ambiente en cierto modo cambió a algo más soportable… más amigable.
- Y bien, dime ¿qué quieres escuchar de mí?
- No lo sé, lo que usted me desee contar
- Acaso, ¿no te aburre la plática de los viejos, de los que rechazan a los tuyos?
- No, me gusta escuchar, me gusta imaginar
- Pues bien, te voy a contar mi historia, pero te aseguro que es muy aburrida, no tiene nada agradable, nada bueno. Sólo existen páginas de tristeza, de dolor, de lástima, de desesperación; esa es la esencia de lo que soy, de lo que transmito
- ¿Y acaso no todas las historias llevan partes así?
- En mi caso esas “partes” van de principio a fin; no como las historias en donde por cada suceso feliz, existe un evento que equilibra con tristeza
- No todo puede ser tan negro, debe haber otro color; ni siquiera la noche es negra, tiene otros matices
- Pero hay algo que te falta en esa conclusión; el cielo no siempre quiere estar negro y en cambio yo he contribuido cada día para que esa historia sea más oscura cada día.
Pero bien, déjame contarte más sobre ello, para que puedas entender lo que busco explicar. Mi vida no siempre fue así; mi niñez fue lo más bello que he tenido, de sólo recordarla la envidio, y la añoro tanto que prefiero llorar, pues ya no la puedo recuperar.
Aunque no tuve siempre juntos a mis padres, la vida no me dio un mal rostro con su cariño; mi padre trabajaba lejos y las veces que regresaba a casa su atención era absolutamente mía; día, tarde y noche él permanecía a mi lado, sonreía para mí, me hacía reír. Pero no fue eterna esta felicidad, pues llegó el día en que no volvió y mi madre jamás pronunció su nombre; yo no comprendía que sucedía, pero en cierta forma me atemorizaba esta actitud y aquí fue cuando iniciaron mis temores: el miedo a la obscuridad.
Para mi madre fue una lucha insoportable, pues cada vez que intentaba llevarme a dormir, existía un gran drama lleno de lágrimas y gritos; ella no lo soportó más; yo tenía 10 años cuando este drama inició y mi padre desapareció; 3 años después, mi madre no pudo contener más su ira, sus ojos ya llevaban la sombra de años de un intento de resistencia… terminaron por demostrar ira, furia, desesperación y odio. Y esto provocó un nuevo miedo: el miedo a mi madre.
Y se volvió en aquellos días como un ritual, el sol comenzaba a ocultarse yo comenzaba a entrar y salir de las habitaciones de la casa, me sentaba junto a la chimenea abrazando mi cuerpo, temiendo que algo pudiera jalarme si alguna parte de mí se encontrara en la obscuridad. Mi madre me llamaba a la cocina, quedaba petrificada de tan sólo pensar en atravesar aquella negrura; en casa no había muchas luces y así es como iniciaba la batalla, pues al momento de dar mis rondas por las habitaciones, buscaba la caja de velas, las tomaba y por ningún motivo las soltaba y si a algún lugar obscuro debía ir, dejaba todo un camino de velas… era un gran desperdicio de cera.
Mi madre al observar aquello no dudaba en darme un fuerte castigo, lo que en un principio, fue un abrazo para buscar consuelo, se volvió una gran golpiza y desfogue tanto de odio como de coraje.
Mi madre terminaba por llevarme del cabello a mi habitación, cuando había luna llena sólo me quedaba gimiendo hasta que el sueño me vencía, pero cuando esta negaba a aparecer, golpeaba y rasguñaba la puerta para poder salir de aquel sitio que me provocaba el deseo de morir.
Los años pasaban, la puerta y las lesiones en mis manos, quedaron como testigo del temor; y así como dicen que un dolor quita otro dolor, creo que un miedo venció a otro; pero se volvió demasiado tarde para reparar los daños, pues por cualquier mínimo error, mi madre no dudaba en arremeter contra mí, cualquier pequeño ruido era castigado con el encierro, y en aquel obscuro y silencioso castigo, decidí crear un consuelo, la canción que llevaría toda mi vida, hasta estos días:
Alondra que viajas libre,
platica todos tus viajes,
cuenta todo lo visto,
háblame de tu linaje.
Llévame a las montañas,
enséñame tu hogar,
canta a mi oído un arrullo,
vamos juntos a soñar.
Y la vida continúo bajo aquel temor, llegué a los 15 años, vi la posibilidad de alejarme de mi madre, pero tenía un pequeño defecto, para mi edad no sabía reconocer cuando una persona era sincera o hipócrita; algo muy grave para una jovencita que deseaba entrar a una gran urbe.
Aunque en ese entonces no logré llegar más lejos de la localidad vecina a la que nací, creí que ese cambio traería una nueva oportunidad; busqué un pequeño lugar en donde habitar, no me fue fácil encontrar uno que me aportara vivienda y trabajo, pero por alguna extraña razón encontré estas dos necesidades en una casa a las orillas del pueblito.
El dueño de esa casa era un hombre de edad madura, con una barba blanca parecida a un algodón de azúcar, su sonrisa mostraba calidez, comprensión; a mí llegada me percaté de que era un hombre muy conservador, pero su forma de hablar me hizo creer que dentro de aquella rigidez existía un poco de alegría.
Me mostró fotografías de su familia, me habló de cada miembro que la conformaba; y con más ánimo aún, me habló de uno de sus hijos, el más joven. Sólo decía maravillas de él y su boca se llenaba de palabras elogiosas; y fue cuando tuve la impresión de que había llegado a un lugar de bien.
Me comentó de la muerte de su esposa y de la pérdida de su primogénito… lloró al relatar ese suceso, creo que yo también lloré.
Un rato después me llevó a la que sería mi habitación, era pequeña… pero cálida y cercana a la cocina, desde ese día me encargaría de los quehaceres del hogar… mi lugar no era el de un invitado, era el de la servidumbre. Para ser el primer día creí que todo sería agradable, claro, con su trabajo y laboriosidad, pero agradable… que equivocaba estaba.

#10

Debo decir que pasó menos de un año cuando todo comenzara a tomar su verdadero color, aquel hombre bueno, demostró un rostro que yo nunca imaginé y fui muy tonta al creer después en sus palabras de arrepentimiento.
Pero la línea de estos sucesos no fue repentina, había acciones que yo solo vi como leves regaños, “acciones”… eso que consideraba como correctivos; lo vi como algo para mí beneficio; de nueva cuenta me equivocaba.
Pero todos esos “correctivos” fueron subiendo de tono, lo que al principio fue una llamada de atención, cambio a un leve grito, después a gritos acompañados de insultos y terminó siendo gritos, insultos y golpes; pero mi concepción de mis errores habían cambiado; aquel hombre que yo consideraba como recto, convenció a todos mis sentidos que yo era culpable… que gran error… en momentos en que mi propia razón me superaba, amenazaba con abandonar el lugar, huir de él; pero esa breve luz se veía apagada; por lo que la duda y el miedo ya no me permitían escapar; pero en realidad era presa del pasado, y aquel hombre lo vio, no era necesario que usara cerraduras para mantenerme sometida, mi propio miedo me encadenaba.
Ahora me imagino que en ese entonces me veía como el ave que tiene la jaula abierta para salir, pero aterrado y confundido con lo que debería hacer, simplemente se quedaba; pero así como todo empieza, todo debe terminar y el final de esta tortura llegaría y no fue por mis manos… fue por las manos de un joven que tuvo compasión de mí, que me otorgó una nueva forma de ver la vida, las circunstancias, las personas; me obsequió el secreto de la lectura de los movimientos y acciones humanas.
Todo esto llegó un día de verano en que yo me encontraba limpiando el piso del patio; mi rostro se encontraba lleno de moretones y mis rodillas sangraban tanto que dejaba un rastro al avanzar… que irónico, creo que limpiaba mi propia sangre una y otra vez… pero nunca quedaba limpio.
Un hombre se comenzó a acercar a la casa, llevaba dos grandes maletas y una pequeña, caminó tranquilamente hacia donde me encontraba, dejó su equipaje atrás y me tomó entre sus manos, sosteniéndome firmemente y dijo con sus ojos cerrados, como sintiéndose culpable – Ya veo que también le creíste a él, abre tus ojos y sal de aquí con vida, antes de que puedas salir pero de la mano de la muerte.-
Yo no supe que decir, sólo comenzaron a salir lágrimas de mis ojos, besó mi frente, se levantó, tomó su equipaje y avanzó a la puerta de la casa; tocó y habló con fuerza – Padre, he vuelto a casa.-
Aquel hombre bueno que alguna vez conocí, abrió la puerta radiante, feliz, su hijo había vuelto a casa; pero al verme sentada en el piso, la mirada del hombre al que temía apareció, no fueron necesarias las palabras, sabía que debía hacer… debía continuar.
Cada día trataba de hacer mis labores de manera mecánica, de tal manera que el cometer errores no estuviera dentro del proceso, pero la presencia de aquel joven, cambió por completo aquella rutina, y por lo tanto, los errores se hicieron presentes en mayor cantidad y desde muy temprana hora.
Para comenzar, él se levantaba a la misma hora que yo y realizó varias actividades que yo hacía, él me sonreía, pero en vez de hacer un bien, sólo logró hacerme un gran mal, ya que cuando el señor se percató de esto, me llamó amablemente hacia mi habitación y a su hijo le pidió que sacara la camioneta para ir por las compras del día… lo que me esperaba no era grato; la golpiza que me dio no tuvo límite, me dejó tirada en el suelo, con un brazo casi fracturado y con breve espacio entre el mantenerme respirando o dejarlo de hacer. Al terminar este acto brutal, cerró la puerta de la habitación, se escuchó el cuchicheo de la conversación entre ambos hombres y después el motor de la camioneta… me había quedado sola, en mi mente sólo había dos ideas: levantarme y continuar mis actividades o seguir recordando aquella canción – Alondra que viajas libre, platica todos tus viajes…
Mis ojos solo veían imágenes deformadas por las lágrimas que no paraban de brotar, en algún momento pretendí moverme, pero mi cuerpo nunca realizó acción alguna. No sé si por el dolor quedé inconsciente o si el cansancio acumulado venció a mi adolorido cuerpo, pero cuando abrí los ojos vi a aquel joven tratando de ayudarme; su rostro era severo, pero sus ojos mostraban y decían todo aquello que sus labios no podían pronunciar y todo lo que su rostro no podía expresar.
Me colocó en mi cama y vendó mi brazo, me dio a tomar un poco de agua, pero su sabor no era la de tal, no me dio miedo; creo que pensé en la posibilidad de que me mataría… no puse resistencia y suavemente me dijo: -Si él pregunta, yo nunca te vi; si él te grita, yo nunca te ayudé; si él te vuelve a golpear, yo jamás te he visto.
Dentro de aquel dolor que sentía, me sonrió y se dirigió a la puerta de la habitación, pero antes de cerrar tras de sí, me volvió a decir: -Abre tus ojos y sal de aquí con vida, antes de que puedas salir de aquí pero de la mano de la muerte.
De nuevo pasó un rato antes de que tuviera la voluntad para ponerme de pie… esta vez lo logré, y volví a mis labores, por alguna razón el dolor había disminuido un poco; el señor no me volteó a mirar en el resto del día y aquel joven pretendió que yo no existía.
Al día siguiente realicé mis actividades de manera habitual, pero considerando los factores: dolor, lentitud, inutilidad de mi brazo y la ayuda secreta; todo esto claro sin que el señor lo notara, por lo que el día transcurrió con relativa paz.
Y así fue por dos semanas, tal vez un poco más, fue justo el día en que una carta llegó a manos del señor, en la que le solicitaban su presencia lejos de casa y por un tiempo prolongado; y cuando pensaba desistir, aquel joven habló a su padre de manera tal que lo convenció en salir y dejarlo todo en sus manos, no sin antes jurar que nada cambiaría y los errores serían justamente reprendidos. Creí que posiblemente este juramento sería lo que terminara mi existencia, fatal juicio realicé, de nueva cuenta no sabía juzgar.
Y fue así como una soleada mañana el señor se fue de casa, dejando todo en manos de su hijo, que le había jurado ciega lealtad… y por mi parte tenía un futuro incierto, completamente obscuro y de nueva cuenta solo repetía: – Alondra que viajas libre, platica todos tus viajes…
A lo lejos, avanzando hacia el sol, se perdía la silueta del transporte que se llevaba al señor, y justo cuando se perdió por completo de vista, aquel joven giró hacia mí y dijo: -La primera orden del día… vete a dormir.
Su rostro era completamente diferente a como lo había visto antes, era sonriente, feliz, radiante y fue la primera vez en muchos años en que yo volvía a sonreír; ese joven caminó hacia mí con total seguridad, pero con movimientos ligeros a mis ojos, me cargó, me besó la frente y solo dijo: -Obedece, sé una buena chica.
Salió de entre sus blancos dientes una carcajada y sus labios dibujaron una cálida sonrisa; me llevó, no a mi habitación, sino a la de él; me introdujo entre las sábanas, me arropó con ellas, beso mi frente y salió cerrando la puerta; no sé por qué sentí tanta confianza… me quedé profundamente dormida. Me despertó una caricia en mi mejilla, era él que llevaba consigo una pieza de pan y un vaso de avena tibia; me ayudó a tomarla y a comer; de nueva cuenta me arropó y quedé profundamente dormida.
Al día siguiente me levanté de la cama, pero mi cuerpo se sentía tan ligero, que por un momento pensé que podría flotar. Por cada habitación que pasaba, podía ver que ya había sido limpiada, reparada, acomodada; mis suposiciones no eran erróneas, aquel hombre había realizado ya todos los quehaceres de la casa.
Cuán grande fue mi sorpresa cuando lo vi con el mandil en la cintura preparando el desayuno, me quedé sin palabras y con los ojos tan abiertos que hubiera parecido que saldrían de sus órbitas. Este renovado hombre me miró con alegría y con su suave voz me dijo: -Buenos días pequeña, ¿has dormido bien?, debes tener hambre, toma asiento ya casi termino de preparar el desayuno.
¿Sabes cuál es ese sentimiento que hace surgir un calor tenue desde el centro de tu cuerpo y corre para calentar de manera uniforme todo tu ser?, bueno, eso sentí en ese momento, era reconfortante, relajante… me hacía feliz. Pensé que ese debía ser el rostro de la verdadera felicidad; me sentía completa, parecía encajar todo… no faltaba nada, y el silencio en la habitación me pareció el algodón que protegía la fragilidad del retrato de la alegría.
La conversación que tuvimos mientras comíamos fue de temas triviales, pero que capturaron mi atención, como si un gran redentor me estuviera enseñando a predicar. Pensé que si moría, así sería a eternidad… y me gustaba esa idea, ya no tenía miedo.
Los días parecían transcurrir con una velocidad inalcanzable, en medio de tanta perfección, debía existir algún defecto… se acercaba cada vez más, el día en que el señor de la casa regresaría a sus dominios.
Pero cada día vivido el uno al lado del otro permitió que ambos habláramos de todo aquello que nos había marcado y fue así como el conoció mis penalidades y me enteré de todo aquello que él buscaba ocultar detrás de sonrisas y una ciega obediencia.