JorgeAOrtegaO
Rango5 Nivel 21 (486 ptos) | Escritor en ciernes
#1

¿Era posible creer que existiera en el mundo una mente genial y desquiciada a partes iguales... capaz de diseñar una aplicación de software que permitiera establecer comunicación con alguien que ya murió?

Su creador ha desaparecido, vivía en Carver Coves, Maine, EE.UU. el pueblo donde nací, un lugar en el que cada 40 años, decenas de personas mueren en extrañas circunstancias. La gente del lugar llama a estas épocas "Los Sábados Oscuros". Las historias dicen que las almas de aquellos que mueren durante estas épocas permanecen errantes y atrapadas en Carver Coves… y todo parece indicar que un nuevo Sábado Oscuro está a punto de ocurrir.
¿Hay alguna manera de detenerlo?
Quizás solo las almas errantes del pueblo pudieran tener la respuesta...y sólo yo puedo conocerla.

Soy Barton Harrison, periodista del Boston Globe ...y yo poseo... la Soul App.

Esta es mi historia...

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#2

Una semana antes...

A Harry McOddie le costaba mantener el equilibrio sobre la bicicleta. Esta vez la había liado en grande, debía estar en casa a las ocho y ya iba a ser casi media noche. El tiempo pasa rápido cuando no estas acostumbrado a beber cerveza. Eso era lo que mas le asustaba. Simplemente no había sido capaz de decir NO a Bob Hillersmith cuando le ofreció la primera delante de todos, Ronda Fletcher estaba allí y lo estaba mirando, ¡no iba a quedar como un bebito frente a ella!, pero esa explicación no iba a tener nada de peso en opinión de sus padres. Su teléfono sonó por milésima vez y por milésima vez lo ignoró.
La carretera se empinaba hacia arriba y él pedaleó mas fuerte mientras trataba de pensar en algo, pero por mas que intentaba su cabeza no lograba armar una excusa. Sentía mareo y una brisa fría soplaba sacudiendo los árboles desprendiendo sus hojas otoñales. Al fin divisó, aún lejanas, las primeras luces de las casas que flanqueaban Apple Road y se detuvo un momento. No tenía ganas de llegar pronto por la reprimenda de proporciones bíblicas que le esperaba, pero tampoco había estado nunca tan tarde, lejos de casa y tan solo.
Miró a su alrededor, no había un alma, ni siquiera un automóvil transitando, solo la carretera, los árboles y la noche.
Bien, lo reconocía, daba un poco de susto. Teniendo que elegir...prefería padres histéricos y el castigo del siglo. Se impulsó para seguir pedaleando y entonces sucedió algo extraño...¡La bicicleta no se movió! El pedal se había quedado fijo como un reloj señalando las 4:50 y aunque lo pisó con toda su fuerza no se movió ni in milímetro.
Extrañado, se bajó de ella y para su asombro la bicicleta no se cayó. Se mantuvo derecha como si estuviera sembrada en el asfalto. Harry estaba atónito tratando de comprender que sucedía. Pero en ese momento la brisa volvió a soplar con ímpetu y entonces sintió un frío tan intenso que le calaba hasta los huesos. De repente sucedió algo asombroso. ¡La bicicleta se elevó lentamente del suelo y se mantuvo suspendida como a un metro de la superficie! Harry retrocedió asustado, pero lo que sucedería después lo aterrorizó.
La bicicleta empezó a compactarse en medio de crujidos, como si una mano invisible y gigante estrujara papel hasta quedar hecha un amasijo de metal y luego salió despedida por los aires hacia la espesura del bosque.
El chico gritó con todas sus fuerzas...pero en la soledad de la noche...nadie lo escuchó.

El día de hoy...

Honestamente, Bart Harrison nunca pensó que algún día tendría que regresar a Carver Coves, un pueblo tranquilo en la costa de Maine en donde había pasado los primeros 8 años de su infancia. Sin embargo esa tarde, mientras conducía su Ford 150 por la carretera un sentimiento de nostalgia lo invadía al contemplar los enormes sauces y abetos que bordeaban la vía. Estos eran sus paisajes, los caminos que recorrió en su bicicleta en compañía de Carl Donwell, Jacob McOddie, May Finnerty y Jimmy Padickssen en aquellos viejos y buenos 90's. Bajó la ventanilla y dejó que sus pulmones se llenaran con el aire del otoño de Nueva Inglaterra. A lo lejos la gran mancha azul del golfo de Maine que se veía absolutamente límpido, recordó las fogatas en Hampton Beach por las tardes. Todo tan distinto a Boston...sin embargo había hecho su vida allá. E iba a regresar luego de atender el asunto que lo había traído aquí. Bart exhaló, cerro la ventanilla nuevamente y se centró en lo verdaderamente importante. Después de todo Carver Coves era un sitio demasiado tranquilo para un periodista como él, y allí nunca pasaba nada...

#3

Llegó justo antes del anochecer a un hostal llamado Mapple Leaf justo en las afueras del pueblo. Era nuevo, recordaba que anteriormente en ese lugar existía una gran casa estilo Victoriano donde vivía solitaria una señora apellidada Brubkswille...o Brunkswille. Aún para esa época la casona ya estaba bastante deteriorada.
El hostal era sencillo pero tenía una decoración genial donde predominaba la madera dándole al lugar un aspecto bastante acogedor.
Había una joven rubia, como de unos 20 años, bastante bonita en el mostrador ojeando distraidamente una revista. Por un momento pareció sorprendida de verlo, pero en seguida guardó la revista y le dedicó una sonrisa cordial.
Buenas noches, ¿en que puedo ayudarle? -
Buenas noches, me llamo Bart Harrison, reservé por internet una habitación - dijo acercándose. A ella se le iluminó el rostro.
¡Oh si!, por supuesto - dijo consultando su teléfono celular.
Es un lugar agradable...es usted la propietaria? señorita... -
Howard, Lynn Howard - sonrió - no, en realidad es de mi padre, pero supongo que algún dia la heredaré. ¿Efectivo o tarjeta de crédito, señor Harrison? -
Tarjeta - contestó el extendiendola.
¿Sabe?, usted es la primera persona que reserva por internet - dijo ella mientras manipulaba el datáfono.
¿En serio?, bueno entonces tal vez me hice acreedor a algún reconocimiento...¿o algún descuento en el precio? - sonrió él.
En realidad tenemos pocos clientes - contestó ella devolviéndole la sonrisa.
jeje, descuide, solo bromeaba -
mmm...quizás una ración un poco mas grande en el desayuno - dijo ella regresandole la tarjeta y ofreciéndole una llave. Lynn Howard no perdió un ápice de su actitud risueña.
Trato hecho -
Habitación 26 subiendo la escalera, disfrute su estancia en el Mapple Leaf señor Harrison -
Seguramente así sera, muchas gracias señorita Howard, feliz noche.
La habitación era sencilla con el mismo aire acogedor del hostal, aunque un poco estrecha. Bart dejó las maletas en un rincón y se tiró en la cama. Realmente había sido un día agotador, aunque así eran todos en el Boston Globe, y luego el conducir hasta Carver Coves había terminado por agotar sus energías.
Lo cierto es que esa no era la manera en que había planeado inicialmente sus vacaciones, aunque el salario de un periodista no es lo que la gente cree. Por eso se sorprendió cuando recibió el correo electrónico una semana antes.
Era de su tío Vincent. Hacía muchos años que no sabía nada de él, tenía entendido que se había radicado en California. Le había escrito para pedirle que ambos se reunieran en Carver Coves y definir la situación herencial de la casa de la familia siendo los dos únicos herederos vivos a raíz del fallecimiento de su tía Lyla, su esposo y su prima Welsie en un accidente automovilistico cinco meses atrás.
Ése había sido un golpe durísimo para Bart. Ella se lo llevó a Princeton con su familia y lo acogieron cuando su padre Richard murió dejandolo de tan solo 10 años de edad. Desde entonces jamás había regresado a Carver Coves hasta ahora...en medio de los recuerdos de su niñez, se durmió profundamente.



#4

El desayuno vino con doble ración, tal y como le había prometido Lynn Howard, aunque esa mañana fue el verdadero propietario en persona quien lo atendió y le dio la bienvenida. Reed Howard podría representar la típica postal de un leñador: alto fornido y con una espesa barba rojiza, aunque su carácter, lejos de ser huraño, era tan afable como el de su hija. De hecho, el hombre le había dado la mano tan efusivamente que disimuló para masajearse.
Abrió su laptop Dell mientras devoraba una exquisita porción de huevos con bacon, ojeó el Boston Globe y por supuesto algunos de la competencia. Luego abrió su cuenta de e-mail y buscó el correo que le había enviado Vincent.
La firma digital del documento indicaba que su tío ostentaba el cargo de ingeniero de desarrollo de software especializado en una empresa llamada Infostar Inc. Al investigar un poco encontró que se trataba de una compañía con sede en Fresno, California. Vincent lo había citado ese día a las ocho de la mañana en la vieja casa de la familia.
Terminó su desayuno y optó por dejar el auto y simplemente caminar por las calles. A pesar del cielo despejado, la brisa fría era signo inequívoco de que el invierno llegaría más temprano este año. Carver Coves había cambiado poco las fachadas de las casas, y los negocios eran prácticamente los mismos que recordaba, aunque los cambios más notorios se evidenciaban en en la Main Street. Ahora había una sucursal de Bank of América, un Mac Donalds´s en donde había funcionado la barbería del sr Boughton, y un Wall-Mart en lugar de la vieja estación de bomberos. Sin embargo, aún se mantenía la tienda de artículos de electrónica de Buddy Winslow, seguramente ya fallecido, el café Petar´s y la floristería de la señora Duworth. Se detuvo un momento para mirar a la abuela a través del cristal. Justo como la recordaba, con la misma regadera de color verde aceituna en su mano, Solía regalarle bizcochos de chocolate hechos por ella misma que sabían a gloria celestial.
Finalmente llegó hasta la casa. El sauce del antejardín se elevaba imponente y aún frondoso a pesar de la acción del otoño, abrió la portezuela de la verja de madera y caminó a través del césped descuidado dejando que los recuerdos invadieran sus pensamientos. Había alguien en la puerta de la entrada pero no era Vincent sino una mujer de figura menuda, baja estatura y cabello rubio que parecía concentrada en la lectura de unos documentos en su mano.
Emmm… ¿hola? – dijo acercándose, ella se sobresaltó – disculpa, busco a Vincent Harrison, soy… –
¡Bart! – exclamó sorprendida.
Sí, yo… -
Esos ojos azules… eran inconfundibles.
¿May? –
Te reconocería a una legua de distancia larguirucho –
Lo mismo te digo chica-barco –
Se acercó a ella y se fundieron en un abrazo efusivo. Mayflower Finnerty, su amiga de la niñez…y su primer amor.
¡Han pasado tantos años! – exclamó ella
Lo sé amiga mía, cuando papá murió y me fui a vivir con mi tía Lyla sinceramente no creí que te vería de nuevo…o que regresaría algún día a Carver Coves –
Sí, yo fui la primera sorprendida cuando Vincent me avisó de tu llegada –
Ahora el sorprendido fui yo.
¿Cómo dices?, ¿sabías que vendría? –
Ajá –
Ella me enseñó una insignia en su chaqueta. “Inmobiliaria Green Pines”
Trabajo en el negocio de bienes raíces del condado, Vincent me citó aquí a esta hora –
¿y él dónde está? –
Ella se encogió de hombros.
Él no vive en Carver Coves, pero viene regularmente y cuando es así suele quedarse unos tres meses antes de irse otra vez, por eso te darás cuenta que la casa está relativamente en buen estado. Aunque la última vez que vino fue hace casi un año. Cuando me contactó y me dijo que tu vendrías pensé que él también había regresado, pero en lugar de eso cuando llegué encontré un mensajero de FedEx con un paquete y un sobre para mí. El sobre contenía una carta dentro pidiéndome que yo te hiciera entrega del paquete…en tus propias manos – dijo ella extendiéndole el objeto.