Esu_Emmanuel
Rango13 Nivel 64 (18893 ptos) | Premio de la crítica
#1

I.

Recuerdo el día que te conocí, el viento soplaba con el estupor invernal y el Sol se nos colaba por los poros, haciéndonos sudar. Era común en ese tiempo del año que el frío y el calor hicieran mancuerna, no podíamos salir a la calle sin ir abrigados, pero tampoco podíamos soportar el calor que nos abrasaba al caminar bajo los rayos de nuestra estrella. Te creí increíble cuando te miré llegar a la oficina, eras tan jovial, tan llamativa, tus cabellos largos eran los compañeros de baile de ese viento que no tratabas de evitar, tu sonrisa enmarcaba a la luz en un esbozo tan nítido que no pude contener el palpitar que, repentinamente, despertó aquello que creí perdido. Eras la mujer con la sonrisa más sincera y la mirada más preciosa, me sentí enamorado desde ese momento, tanto así que no pude dejar de pensarte. No me evité buscarte, fui el primero que se acercó a tu cubículo para presentarse; me habías robado todo; el aliento era lo de menos, ya me sentía conectado a ti aun sin hablarte.

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#2

Me recibiste con una sonrisa llena de jovialidad, me diste la mano en un confiado apretón sin dejarme de mirar a los ojos con esa seguridad que te caracterizaba, me dijiste tu nombre, te dije el mío, fuimos amables y amistosos, pero con ese respeto que se dan los desconocidos. Al pasar los días, fue difícil no seguirte los pasos, en cualquier oportunidad que tenía te enviaba un correo electrónico por la red de la compañía para saber más de ti, y no me eras indiferente; entre tus mensajes te dejabas ver como esa mujer sociable que amaba interactuar con sus compañeros de trabajo, pero a mí me dabas un trato especial; eras distinta, y eso me encantaba, porque me hacías sentir de manera silenciosa que sentías algo por mí, quizás lo mismo que yo por ti. No dejé de buscarte, al final, te di mi número de teléfono invitándote a que fuésemos amigos, que saliéramos después del trabajo, quizás a un bar o a lo que tú prefirieras. Los siguientes meses fueron el paraíso, entre el trabajo y las citas nos fuimos acercando más, al grado de volvernos algo especial. Tenías todo lo que pude soñar, conectábamos de manera sorprendente, éramos tan compatibles que me olvidé de todo lo demás, no tenía cabeza para otra cosa que no fuera nuestra relación; tú y yo, nosotros. Me diste ese empuje que necesitaba para sentirme pleno, pues hace tiempo que yacía varado en la isla de la costumbre. Fuiste como el oasis que encuentra el sediento en el medio del desierto en el que creyó morir. Sin embargo… Algo no estaba del todo bien, habían cabos sueltos y ambos lo sabíamos. Tú no pusiste ninguna objeción, al menos no con la poca información que te había dado y con la misma, que sé, investigaste por tu cuenta. Pocas veces hablamos de ese problema, no queríamos que nuestro mundo se tambaleara por nada; éramos felices así, al menos estábamos conformes, gozando de la pasión que se nos desbordaba por los poros, así como el viento y el Sol que se hacían el amor el día que me decidí por ti, por empezar algo nuevo —de cero—, porque así se empieza lo que más se ama, lo que más se desea —se añora—; eso que has pedido desde que tuviste consciencia de que solo no se pueden hacer las cosas, que es necesario alguien a tu lado para construirlas de la mejor manera, y yo… yo supe, al verte, que contigo era necesario borrarlo todo, hasta el hombre que era antes de que llegaras.​

#3

II.

Era penoso fingir las sonrisas en todas partes a las que iba con ella, me deshacía en hipocresía al verla grabarnos en su celular para mostrarnos a toda la familia en sus redes sociales, eramos la pareja perfecta, el matrimonio envidiable, los padres más amorosos y afortunados sobre la faz de Internet (al menos). No había día en el que no tuviera que saludar a través de la cámara a su séquito de seguidores, sólo porque ella me lo pedía; jugar con las niñas, darles de comer, posar para su Instagram y, así, demostrarle a sus amistades que era una mujer feliz y una esposa completa que había logrado tenerlo todo. Si, parecíamos perfectos ante el lente, aunque se viera sencillo aparentar, no era nada fácil. Una vez apagada la cámara, volvíamos a ser los mismos de siempre; ella se avocaba a las niñas, a sus amigas y a su trabajo, mientras yo me guardaba en el estudio para seguir trabajando en pendientes de la compañía. Diario era lo mismo, habíamos caído en la clásica rutina de los casados; niños, trabajo y poco tiempo, muy poco, para nosotros. Ya había olvidado cómo fue que la conocí y la busqué, se habían emborronado todas las razones que me tenían ahí. Si, mis hijas eran hermosas, tal cual lo era mi esposa. Fui feliz, tampoco lo puedo negar. Algunas sonrisas no eran tan fingidas después de todo o, quizás, aprendí a aparentar en esos pocos años que estuvimos juntos. Fue todo tan rápido que no me di tiempo para, realmente, pensar si eso era lo que quería para mí. Siempre lo quise, pero algo faltaba, dentro de toda esa perfección documentada en sus redes sociales, había algo que no cuadraba; era ella, nada más, la que hablaba del amor que me tenía, de la fascinación con la que la había enamorado, de cómo la cuidaba y la respetaba, de cuáles habían sido sus momentos más tensos y yo, sin dudarlo, la había salvado. Me tenía en un altar, y no dudo que me lo haya ganado a pulso, pues, ¿cómo le niegas a la mujer que ha sabido manipularte las cosas que te pide hacer? Ella tenía el control en nuestra relación; tristemente, fui sumiso, pero ella no lo veía, para ella era el hombre ideal; el príncipe azul que la llegó a rescatar y quien no podía faltarle nunca, el que la proveía más que, financieramente, emocionalmente, pues ella era una mujer independiente; jamás tuvo problema para salir adelante, tuvo el apoyo de sus padres y hermano, toda su vida. No puedo decir que era una mimada, pero, sí estaba acostumbrada a los lujos, a tenerlos a todos en la palma de su mano; era caprichosa, ideática y posesiva, aunque, ante sus amigas, era toda una miel. ¡Vaya, que fingíamos muy bien! Tal vez, por eso, me cansé… No pude más con el teatro, eran demasiadas miradas sobre nosotros, por demás aplausos por la apetecible vida que teníamos. Sin embargo, aún no logro entender, ¿por qué me sentía varado en una cinta que no terminaba de repetirse? Una vez y otra vez y otra vez… tantas veces… sonreír, jugar con las niñas, fingir estar bien, actuar eso de seguir enamorado, crearme una emoción que no sentía en lo absoluto cuando me dio la noticia de su nuevo embarazo (evento que filmó y publicó en sus redes, sin duda). ¿Qué podía hacer? Insisto, ¿qué debía hacer? ¿Decirle la verdad de cómo me sentía? ¿Dejarla mal ante su séquito de seguidores y amistades? ¿Ser el malo de la historia?​

#4

III.

Pasar el tiempo con Rebeca era como volver a nacer, me inyectaba vida, de ahí mis intensas ganas de no quererla dejar ir cuando nos veíamos después del trabajo. Era la fuente de mi corazón, el sustento de mi sangre, el calor de mis entrañas, la razón de mi felicidad; me tenía loco de atar, y estaba por pedirle matrimonio (al menos, eso era lo que más anhelaba), aunque sabía que no había terminado con el anterior. No quería ni hablar de ello. Tenía dos vidas. Era el esposo perfecto en la burbuja de mi mujer y el amante ideal en el mundo que había creado de la mano de Rebeca. Ella me sabía, a medias. No había sido del todo sincero, pues le había dicho que estaba en proceso de divorcio cuando empezamos a salir, le hablé de mis hijas y de lo contento que me hacían, pero no ahondaba más. Por fortuna, ella no preguntó más, creo que lo que la movía era lo mismo que a mí; ese calor inusitado que nos quemaba cada que estábamos juntos y nos perdíamos en el sueño de amor que alimentábamos a diario. Paseábamos como novios por ciudades que desconocíamos; teníamos la afición del montañismo, así que nos dimos nuestras escapadas los fines de semana para practicarlo mientras mi esposa salía de viaje gracias a su trabajo. Si pudiera elegir qué era lo que más me agradaba de Rebeca, probablemente diría que su prudencia; era muy parecida a mí, no nos gustaba, para nada, mostrar nuestra relación en las redes, yo ni presente estaba en ese mundo, si lo estaba era por mi mujer y su narcisismo exacerbado. En cambio, con Rebeca, podía ser yo, no era necesario sonreír si no lo deseaba, tampoco aparentar estar bien si no lo sentía así. Nuestra intimidad era guardada en su celular y en el mío, nada más, así como en nuestra memoria. No era necesario mostrarlo ni presumirlo al mundo; a esa gente ávida de chisme y morbo, porque para querer a alguien no se necesita publicarlo. Por eso la amaba, por eso la cuidaba, por eso la protegía… Era lo más cercano a ser libre, pero, inconscientemente, me mentía y le mentía… Creo que de eso no pude salvarla, y es lo que hoy me tiene aquí, además de lo otro que… tanto me cuesta contar.​

#5

IV.

Todo empezó a ir mal ese fin de semana. Mi esposa había empezado a sospechar de mi relación con Rebeca, pero no era capaz de decírmelo en la cara. Comenzaron los cuestionamientos acerca de mi alejamiento, las razones de no querer acercarme a ella, de no hablar, de no abrazarla, de no besarla, de no hacerle el amor, ni siquiera era capaz ya de mostrarme desnudo ante ella. No podía, ya no me sentía conectado y, quizás, nunca lo estuve, todo había sido un engaño. Las sonrisas, los momentos dulces, la felicidad enmarcada en cada vídeo que publicaba en sus redes; inconscientemente, quería llevar eso a nuestra realidad, a ésa que a mí me costaba tanto disimular. Desconozco si fue la suerte o los azares del destino, pero unas semanas atrás, para ser exacto, un mes y medio, hubo un roce con mis padres. Fuimos a festejar el cumpleaños de mi sobrino (hijo de mi hermana), todo corría a la perfección hasta que mi niña más chica comió algo que no debía (es alérgica al cacahuate), gracias a la falta de atención, no sólo de mi mujer sino de mi madre. Fue un caos, algo tan lamentable, que mi madre y mi mujer dejaron de hablarse, mi padre tomó las cosas demasiado personales al grado de bloquear a mi mujer en Facebook. La verdad, me importó poco, lo acepto. Estaba tan locamente enamorado que, lo que pasara en la familia, me tenía, honestamente, sin cuidado. Mi mujer se puso fúrica, los reclamos no se hicieron esperar, al final, terminé como el tonto que no sabe fajarse los pantalones con sus padres y no es capaz de darle el lugar a su mujer. En fin, la dejé hablar, tenía nulas ganas de discutir por algo tan infantil como lo que había pasado, así que, no le di relevancia, sin embargo, lo tomé a mi favor. Ese evento me ayudó a cubrir mi real situación: mi relación con Rebeca. No quería que nadie lo supiera, y no porque fuese una relación extra-marital, sino porque, como bien lo dije, la quería proteger de todos, hasta de mí. Era mi más preciado secreto, mi locura, mi sustento, mi fuego, mi agua, mi sed y mi alimento. Así fue que tomé ese hecho como la causa principal de mi alejamiento, lo que envolvió a mi mujer en un acertijo que la llevó a decidir irse con mis hijas de vacaciones por un mes. Me dijo que iba a darme lo que le pedía; espacio y tiempo para pedirles a mis padres que le dieran una disculpa por atentar contra la vida de nuestra hija menor. Obviamente, jamás me pasó por la cabeza pedirle a mis padres dicho disparate. En mi cabeza, nuestra niña era responsabilidad de mi mujer, ¿qué le iba a decir a mis padres? No tenía caso ni siquiera pensarlo, pero le dije que si, que iba a hablar con ellos y les pediría una disculpa. Al regresar de sus vacaciones con mis hijas, las cosas se calmaron un poco, yo seguía viendo a Rebeca. Obviamente, no haber tenido a mi mujer ni a mis niñas en casa fue una oportunidad para sentirme libre, pero, también, algo cabizbajo. Las extrañé. Fue así que, al saberlas de regreso, volví a ser el hombre que tanto amaba mi mujer; ése que le gustaba ver reír y compartir su tiempo con las niñas, mientras ella se afanaba a su celular y nos grababa para publicarnos en sus redes. Esos días fueron de reencuentro con ella, eso la relajó un poco y la hizo sentir mejor. Dejó, por unos días, de cuestionarme, ya que, a pesar de mis ausencias, cuando estaba con ella, aparentaba estar bien, aunque por dentro sólo deseara terminar con todo para empezar de cero con Rebeca, la mujer que tenía mi cuerpo, mi alma y la complejidad de mi ser en sus manos.​

#6

V.

Pudo haber terminado de otra manera, no estoy seguro… Sinceramente, lo que más anhelaba era deshacerme de mi pasado y todo lo que tuviera que ver con él. Desconozco si lo planifiqué, todo sucedió tan rápido. Fueron pocos meses los que estuve saliendo con Rebeca, sin embargo, fue suficiente para hacerme cambiar totalmente. Dejé de ser el hombre sumiso que tanto amaba mi mujer, al grado de no respetarla. Las confrontaciones no se hicieron esperar, las vacaciones que se había tomado tuvieron un efímero resultado positivo en nuestra relación, lo que mejoró a su regresó, se echó a perder en pocos días. Volví a perderme en mi mundo con Rebeca, no me importaba nada, sólo ella, siempre ella… Era mi faro, mi brújula, mi razón de ser. En una conversación que tuve con ella, me confesó que había estado buscando vestidos de novia… “Fue una locura”, así llamó a ese momento de emoción al mirarse junto a mí toda su vida. Cuando me lo dijo, sentí que debía hacer algo por cumplirnos ese sueño, porque no únicamente era su ilusión, sino la mía. Desde ese día que atravesó el umbral de la oficina, con la compañía del viento haciéndole danzar los cabellos y la luz del Sol cayendo en su presencia, me decidí por hacerla mía, aún sin conocerla, sin saberla, sin haber cruzado palabra con ella; algo era seguro en mí, ya la amaba, y no podía contenerlo; debía expresarlo, por eso la busqué, por eso no dejé de hablarle ni de presentarme ante su cubículo, cada invitación para salir era volverme loco de alegría; me revolcaba en mi egoísta felicidad como un chiquillo que recién comienza a conocer el amor. El día de su confesión estábamos festejando nuestro tercer mes, estaba totalmente enajenado por nuestro amor y todo lo que había traído consigo; esa libertad tan ansiada y que, de repente, se estrelló en mi cara al terminar esa noche de sábado. Nos despedimos con un beso en los labios, ése que se había vuelto un símbolo ya desde nuestro primer encuentro; me tomó de las manos, me miró a los ojos y me dejó con una sonrisa mientras se dio la vuelta y entró a su departamento. Eran las diez de la noche. Miré el celular, había dejado a mis hijas con la niñera, ya que mi esposa estaba de viaje, pero regresaba esa madrugada. Tomé un profundo respiro, el último de la noche, y regresé a casa con una extraña pesadez. No me sentía del todo bien, traía como un nudo atorado en el pecho, mismo que ascendía por mi garganta mientras me engarrotaba las extremidades. No, no estaba nada bien. Hice media hora en volver a casa, para ser sábado por la noche era raro que no hubiese tanto tráfico. Al llegar, despedí a la niñera, me comentó —antes de irse— que las niñas ya estaban dormidas y se habían portado de maravilla. Le sonreí, le agradecí por su trabajo y la dejé ir. Subí las escaleras con una lentitud que me hacía arrastrar los pies, deseaba tanto salir de ahí y no volver jamás. Quería dejarlo todo y no mirar atrás, nada me importaba ya. No obstante, ahí seguía, subiendo las escaleras y encaminando mis pasos hacia las habitaciones de mis hijas. Me asomé a cada una para mirarlas dormir y, extrañamente, algo dentro de mí parecía decirme que ésa iba a ser la última vez que lo haría. Temblé un poco, tenía un gélido presentimiento o, quizás, era mi sobrecogedora ambición hablando a través de todo mi cuerpo. Sentí que los ojos se me llenaron de agua y las manos se me endurecían, me retiré de ahí y me metí a la habitación que compartía con mi mujer. Me metí a la cama e intenté dormir, sin embargo, había demasiado ruido en mi cabeza. Estaba siendo presa de una ansiedad que ya no podía soportar, así seguí dando vueltas, buscando apartar esa horrorosa sensación que ya me había amargado la lengua. Así pasaron dos horas, quizás dormité un poco, ya no lo recuerdo, todo se ha comenzado a desvanecer… Abrí los ojos y miré el reloj que descansaba en mi buró… “1:30 a.m”, parpadeaba la hora en un azul suave. De repente, escuché la puerta principal abrirse, ya estaba en casa mi esposa, y ni en cuenta había tomado su mensaje. No quería saber nada de ella, ya no. Pero, continué tratando de fingir que me importaba su llegada, me quedé acostado en la cama, ni siquiera pude levantarme. La miré entrar, se veía cansada, tenía los ojos hinchados, estaba algo pálida, algo me decía que había llorado. No era raro ya a esas alturas, estas dos semanas se la pasó derramando agua; sabía que estaba mal, desconsolada, preocupada por nuestro matrimonio y por mí. Me miró y no pudo contenerse más, se soltó en llanto y caminó hacia mí. Me levanté pesadamente para quedarme sentado y la miré venir, se sentó a mi costado y me abrazó con todas sus fuerzas; así, abrazada a mí, se desmoreció. Me llenó los oídos de te amos, me preguntó, una y otra vez, con la voz entrecortada y doliente, qué era lo que estaba pasando conmigo, por qué no hablaba ya con ella, qué había hecho para que me comportara así; sacó el tema de mis padres y la disculpa que no había recibido aún, me dijo que no le importaba ya, que si eso era el problema lo iba a dejar pasar, pero que volviera a ella, que me necesitaba, que no podía más, que si seguía alejándome se iba a morir. La tomé de los hombros y la separé de mí, la miré fijamente a la cara; mis ojos estaban secos, no sentía nada por mirarla llorar, me disgustaba siquiera escucharla y sentirla así, pegada a mí. De pronto, me envolví en un manto de frialdad que me llegó a calar hasta los huesos y, así, mirándola, le dije —sin titubear— que ya no la amaba. Se quedó impávida ante mis cortas, pero profundas y muy reales palabras. Creo que jamás me había escuchado hablar con tanta seguridad. Sin despegar los ojos de mí, siguió derramando agua, la escuché decir muy quedamente, casi sin aliento, si había otra mujer. Sin dudarlo, asentí. En ese momento y, sin darme cuenta, tenía su cuello entre mis manos y la apretaba tanto que percibía en mis dedos el latir de su sangre. Apreté tanto y tan fuerte, mientras ella sólo me miraba con los ojos enrojecidos y los labios amoratados. No se resistió, ni siquiera hizo el intento de salvarse, sólo se me quedó mirando y yo… no pude dejarla respirar más… su último aliento fue un “te amo” con la lengua paralizada. La dejé caer, lentamente, en la cama y me puse de pie. Elevé la mirada y caminé, arrastrando los pies, hacia la habitación de mi hija mayor.

Era tan hermosa, su piel era pálida a mi tacto, su blancura sobrepasaba a la de los mismos ángeles, y su inocencia no era la excepción. La estuve mirando por largo rato dormir, respiraba tan plácidamente. Sus párpados bailaban al compás de sus sueños, su boquita estaba ligeramente entreabierta, podía escuchar el sonido del aire al entrar a su nariz y al salir por sus labios. No sé cuántas veces suspiré ahí, sentado a su costado, con las manos heladas peinando sus rubios cabellos y acariciando sus mejillas sonrosadas. Sonreía como un loco, no quería despertarla, no podía hacerlo, la necesitaba así, dormida, perdida profundamente en sus más hermosas fantasías; me acerqué a su oído y le pregunté, quedamente, qué estaba dibujando en ese espacio destinado a las niñas bonitas como ella. La sentí moverse un poco, pero no abrió los ojos; descansaba con una soltura y una seguridad envidiables. Posé mis manos sobre las suyas, estaban tibias, las tomé y las llevé a mis labios, dejando, en cada una, un beso. La recorrí, una vez más, con la mirada, tratando de darme una razón para no continuar con lo que ya había empezado, pero, no encontré ninguna. Lo único que me martillaba en la mente era Rebeca, el vestido de novia, ella y yo juntos, eternamente, siendo felices, teniéndolo todo. Deslicé mis heladas manos hacia su cuello, la acaricié lento y muy suave, para luego, comenzar a apretar con fuerza. La vi abrir los ojos asustada, llevó sus manitas a mis brazos, a mis muñecas, tratando de liberarse. Oh, mi niña, ella sí que peleó por su vida… Me arañó con esa desesperación que es dejar ir a la vida cuando más la estás viviendo, sus labios se volvieron azules mientras su pequeña lengua sangraba en su interior. No sé a quién le dolió más, si a ella, a mí o a los dos, terminar así. Cuando dejó de moverse, la envolví en su cobija favorita y salí para la habitación de mi hija pequeña. Ya no importaba nada, me lo decía con cada paso que daba. Estaba en medio de la nada, no había sonido ni luz, ni calor ni frío, sólo había nada. Mi mente estaba detenida, en pausa, sólo podía sentir a mi pequeña hija quedarse sin aliento bajo la pequeña almohada a la que me aferraba. ¿Podía haber otro infierno ajeno a ése? No, no lo creo… El infierno estaba en mis manos, en mi ambición, en mi deseo, en el amor que le tenía a Rebeca… No había otro más que ése, y lo estaba creando yo.​

#7

Desperté pasado el medio día, era un Domingo tan silencioso y calmo que me sentí en otro mundo; uno que hace tiempo no experimentaba. Con pesadez, me levanté de la cama y bajé a la cocina, no me inmuté por los juguetes que yacían tirados en la sala, tampoco por los libros para colorear que descansaban en el ante-comedor y las cajas de crayolas que parecían esperar a que alguien las usara. Desayuné algo ligero, no tenía mucha hambre; había sido una larga noche y sólo quería seguir durmiendo. Sin embargo, no dormí más. No dejaba de pensar en Rebeca y en mis planes para proponerle matrimonio. Subí las escaleras en dirección al estudio, mientras revisaba mi celular; sonreí como un lunático al encontrarme con los "buenos días" que me había dejado el amor de mi vida en mi bandeja; me sentía tan pleno, pero, aún faltaba algo. Mi vida no podía empezar de cero sin deshacerme de todo lo que significaba mi pasado, fue así que tomé asiento frente a la computadora y empecé a buscar entre mis conocidos a un asesor de ventas en bienes raíces, recordé el nombre de una muy buena amiga y la contacté por mensajería. No esperé mucho tiempo, me respondió pasados unos cinco minutos, nos saludamos y, sin darle más rodeo al asunto, le dije que estaba poniendo la casa en venta y estaba interesado en que ella manejara la situación; accedió al instante, sin embargo, no dejó pasar la sorpresa ni tampoco las preguntas. Me cuestionó por mi esposa y la abrupta decisión por vender la casa. Sin dudarlo, le dije que el matrimonio no iba bien y que habíamos empezado a tramitar el divorcio. Sentí el pasmo en sus palabras al leerla, no se lo podía creer y no se contuvo al compartirme sus pensamientos al respecto. Ella estimaba mucho a mi esposa, de ahí su pesar al saber que estábamos por separarnos y, también, por mi urgencia por vender la casa. No ahondé más en la información, le pedí premura y prudencia. Me dijo que no me preocupara, que todo iba a salir bien y que esperaba que mi esposa estuviera tranquila, le dije que lo estaba. En ese momento, deseé terminar la conversación, pues percibí malestar en sus palabras, además de un vehemente interés por mi esposa, pero la dejé expresar su inquietud. Al final, le dije que ya tendría oportunidad para hablar con ella y que, mientras tanto, me ayudara con la labor de vender. Accedió amablemente y nos despedimos. Respiré por unos minutos; no podía negarlo, me sentía ansioso y no tenía idea de cómo calmar la amargura que, aun negándola con la consciencia de un hombre sensato, me carcomía por dentro. De forma inesperada recordé una canción de Metallica, abrí los ojos y busqué la letra en el buscador; al encontrarla ligada al vídeo le di play y la escuché atentamente...

"Smashing through the boundaries
Lunacy has found me
Cannot stop the battery
Pounding out aggression
Turns into obsession
Cannot kill the battery
Cannot kill the family
Battery is found in me
Battery
Battery"

La repetí, una y otra vez; cada que las letras, acompañadas de los acordes, entraban a mis oídos, me colmaba de una agitación que, extrañamente, me tranquilizaba. Me sentía comprendido —por absurdo que fuera sólo pensar que lo era—. Súbitamente, había alcanzado cierta paz en el delirio que me estaba alimentando la mente, estaba drogado de adrenalina, de ansiedad, de locura y de una intempestiva ola mercenaria de ambivalencia que me llevaba hacia las planicies del Paraíso sin despegar los pies del averno que estaba viviendo ya.

Continué el día sin mayor problema. Estaba solo, como lo había deseado tantos días desde que abrí los ojos a lo que no quería, no me engañaba en lo absoluto ya; era más libre de lo que me hubiese imaginado, en mi mente estaba viviendo el resultado del amor que le tenía a Rebeca. Dejé de angustiarme por lo que pudiera venir, porque sabía que no podría venir nada negativo para esta pasión tan impetuosa que fue a arrancarme el alma para entregársela a la mujer que tenía total derecho sobre mí y a quien le rendía todo lo hecho por la insondable adoración que le prodigaba.

#8

VI.

Creo que no había dormido tan bien como esa noche, descansé como un bebé, todo era silencio y paz, no había nada que me perturbara; todo era perfecto, hasta el canto de las aves que se paseaban por las ventanas. ¿Hace cuánto que no escuchaba tan claro el murmullo de la vida sin esos pestilentes ruidos que me acosaban cuando había aliento en ellos? No podía ser más feliz. Así, con esa desbordante alegría, me puse de pie y comencé el día. Era lunes, primer día de la semana, debía llegar antes de las siete a la compañía, y lo hice. El viento me parecía diferente, el color del cielo; tan azul y simple, parecía hablarme con esos esbozos blancos que eran las nubes en lo alto. No podía ser más fascinante. Al llegar a la oficina, me dirigí al cubículo de Rebeca, la miré como si fuese la primera vez, con el amor desbordándose por mis ojos y el gozo tremendo de saberla ahí. Me saludó con una sonrisa tan amplia; tan viva y tan exquisita que me fue inevitable suspirar como un adolescente. ¿Qué tenía? ¿Cuál era su secreto? ¿Cómo es que me tenía así, tan loco, tan perdidamente enamorado, tan enajenado de su presencia? Era algo tan incomprensible hasta para mí. Me había vuelto su esclavo, su títere, su hombre, y no me quejaba por ello; al contrario, el poder que tenía sobre mí era lo que me hacía respirar. No pude acercarme a darle un beso, pero nos dijimos con la mirada todo lo que nuestros labios anhelaban y que, en ese momento, por cuestiones de moral y ética laboral, no podíamos expresar abiertamente. Caminé en dirección a mi oficina sin apartar de mi mente esa sonrisa que Rebeca pintó en mis labios sin tocarme, estaba vuelto loco y los compañeros de trabajo lo percibían; me miraban y me saludaban de manera jovial, algunos me hicieron comentarios que rayaban en lo cómico, los cuales me provocaron reír. Fue un muy buen comienzo de jornada hasta pasadas dos horas; ahí comenzó a golpearme la realidad.

Llamadas constantes a mi celular, una tras otra, parecía que se habían vuelto locos mis vecinos, ya que eran ellos los que habían comenzado a marcarme. No respondí, silencié el dispositivo y traté de continuar con mi trabajo, sin embargo fue complicado dejar de mirar a la pantalla del aparato parpadear. Tomé un respiro mientras me puse de pie, caminé de un lado a otro dentro de mi oficina, pidiendo que cesaran las llamadas y, por un momento, pareció que mi deseo había sido escuchado. El celular dejó de vibrar. Me pasé las manos por el rostro tratando de calmar la ansiedad que me estaba haciendo mella. No podía fingir, me sentía atrapado, pero trataba de no aparentarlo. Volví a tomar asiento frente a la computadora e, inconscientemente, volteé a mirar la fotografía que yacía a la izquierda del monitor; helas ahí, enmarcadas en un "para siempre", mis hijas y mi mujer, sonriéndome como si siguiesen con vida. Un escalofrío me recorrió de los pies a la cabeza, tragué saliva y apreté los ojos. De repente, deseé que todo fuese una pesadilla; no más llamadas al celular, no más ansiedad recorriéndome las extremidades, no más amargura haciéndose hiel en mi boca, no más temor a cometer un error, no más ficción... ¡no más nada! Pero, no podía cambiar el fluir de las cosas, ya no... Había tomado una decisión y era necesario seguir adelante, por mi libertad y el amor que me consumía.

Llegó el medio día e, ingenuamente, pensé que habían terminado las llamadas. Quise salir a conversar un rato con Rebeca para tranquilizarme, pero el hecho de pensar en ello me ponía aún más nervioso. Fue así que tomé el celular y revisé el número de llamadas que había tenido a lo largo de la mañana, fue en ese preciso momento que recibí la llamada de un número desconocido. No sé qué me pasó, pero respondí de manera automática, como si hubiese estado esperando por ese repiqueteo. Del otro lado, la voz de un hombre se hacía escuchar, lo supe aun antes de que lo dijera; era policía y estaba frente a mi casa, con mis vecinos, cuestionándose preocupados en dónde es que estaba mi mujer ya que ninguna de sus amistades parecía estar al tanto de su paradero, así como tampoco había nadie en mi casa que pudiera dar respuesta. El oficial se portó paciente y comprensivo, pero me exigió me presentara en mi casa para darle, al menos, una razón coherente de lo que estaba pasando; le dije que llegaba en una media hora y colgué. ¿Qué más podía hacer? Me tragué mis propias verdades y di paso a una actuación más, no era algo que no pudiera hacer, estaba acostumbrado a fingir ya.

El tiempo se acortaba, sucumbían los segundos ante el andar de la camioneta en la que iba a mi casa, las luces rojas se olvidaron de aparecer, no había nada que pudiera poner en pausa el suceder de las cosas, y yo que ya no podía desear más que no llegar a mi destino. Al llegar, estacioné casi frente a la casa de mis vecinos, los mismos que vi al llegar; me esperaban con ansiedad, se les miraba al caminar, más a ella, a la buena amiga que no se despegaba para nada de mi mujer. ¿Cómo pude pasar por alto ese hecho? Bajé de la camioneta y fui, directamente, a la portezuela trasera para hacerme de la llave que abría la puerta del garaje. Caminé con relativa calma hacia el oficial y lo saludé con un fuerte apretón de manos; me repitió lo que me había dicho por teléfono, estaba ahí por mis vecinos, ya que mi mujer había quedado de verse con la vecina una vez que dejara a las niñas en la escuela, sin embargo, al no recibir respuesta alguna de ella y al ir a tocar a la casa, después de percatarse de que sus sandalias estaban en la puerta del patio trasero, se les hizo sospechosa su repentina ausencia. Todo parecía decir que estaba ella en casa; su auto y la camioneta que usábamos al salir en familia, ahí estaban, excepto ella y las niñas. Se me vino el mundo encima, pero continúe con el engaño, abrí el portón y, como si hubiese abierto la compuerta de una presa, entraron los vecinos y el oficial a mirar y revisar, respectivamente, el interior de la casa. Ignoro qué fue lo que pensé en ese momento, sólo recuerdo que todo pasó en cámara lenta; el oficial detrás de mí, preguntándome si tenía problemas con mi esposa, si no sabía de verdad en dónde estaba y si se había llevado con ella a las niñas, revisó lo que pudo de las habitaciones mientras, en mi desconfiada indiferencia, me perdía en mensajes de texto entre Rebeca y yo. La vecina lloraba en su angustia al tanto que su esposo miraba por toda la casa buscando algo que le dijera lo que había pasado con mi mujer. Los odié por su imprudencia, por su necedad, por su falta de respeto; ahí estaban, dándose el derecho de preguntar por la que había sido mi mujer como si tuviesen más responsabilidad por ella que yo. El oficial, al terminar de revisar la casa, se puso frente a mí y comenzó con la interrogación. En mi ficción, le fui sincero. Le dije que no sabía a dónde se había ido mi mujer, desconocía su paradero y, en mi aparente desasosiego, le mostré el celular de mi esposa; el cual, le dije, había dejado en casa, quizás, para no ser localizada. Ilusamente, creí que me creyó, pero mis vecinos seguían insistentes, le comentaron al oficial que el vecino de la casa contigua tenía cámaras de vigilancia y le metieron la idea de revisarlas; quizás, ahí podrían encontrar la respuesta. El suelo se me resquebrajó bajo los pies, el corazón me latía en las orejas, la garganta se me cerraba y la respiración se me complicaba y, a pesar de todo, no sudaba, estaba hecho hielo.

Salimos en dirección a la casa del vecino, el mismo que yacía en su puerta mirando lo que pasaba en mi casa; se le veía inquieto. El oficial le comentó el problema y la necesidad que tenía de revisar las imágenes que haya captado su sistema de seguridad. Sin poner objeción alguna, el vecino nos dejó pasar, nos guió por la estancia hasta llegar a la sala de televisión; ahí, encendió la pantalla y comenzó a buscar en los archivos los vídeos de la fecha en la que estábamos. Como era de esperarse, en la grabación que iba de ese día lunes, sólo aparecía yo al salir temprano hacia mi trabajo, de mi esposa ni hablar, no aparecía ni ese día, ni el anterior. Esto orilló al oficial a pedirle que se fuese a la grabación del sábado. Sin titubear, le comenté al oficial que mi esposa había salido de viaje y que había llegado a la media noche del Domingo. Sin pensarlo, le dio la orden al vecino que pusiera, una vez más, la grabación del Domingo, pero empezara por la madrugada. Fueron los minutos más agonizantes de mi vida. Vimos llegar a mi mujer a casa a la 1:30 a.m., no recapacité, la razón me había enmudecido, las emociones se me secaron, nunca me había sentido tan muerto. De pronto, en mis ojos se dibujaron esas imágenes, me estaba viendo desde afuera, esa madrugada del Domingo, sacando maletas de la casa para meterlas a la camioneta. Me llevé las manos a la nuca, respiré profundo, pero el aliento no me alcanzaba. ¿Estaba perdido? ¿Todo había terminado? ¿Ése era el fin de mi sueño con Rebeca? Quise desaparecer, esconderme, refugiarme en algún lugar lejos de ese mundo que parecía arrastrarme, no podía dejar de fingir ni aun con ella muerta, seguía exigiéndome aparentar ser algo que no quería y yo me mantenía cayendo como todo un ignorante. Escuché lejanamente la voz del oficial que me preguntaba qué hacía a esa hora del Domingo y qué tanto cargaba en la camioneta, lo volteé a mirar, pero no lo vi a los ojos; mi mente estaba en el vacío. "Herramientas que requería ese día en el trabajo", le respondí. Era suficiente. El oficial no ahondó más, no podía hacerlo, no había pruebas suficientes para señalarme como sospechoso. Se retiró, no sin antes decirnos que, al paso de 72 horas, si no se sabía nada aún de mi esposa ni de las niñas, iban a comenzar a darlas como perdidas e iban a iniciar la investigación correspondiente. Me miró fijamente, casi pude leer en sus ojos lo que en realidad pensaba de mí, pero no cedí... Asentí y le di las gracias.