WhiteCrows_98
Rango7 Nivel 31 (1664 ptos) | Autor novel
#1

A Mario y a Cristina, mis queridos pupilos, espero haberlos llevado bien, espero que aprendieran algo de mi. Espero que no lloren por mi.

El día que conocí a cada uno, algo cambio, mi manera de ver el arte fue distinta. Ustedes tienen un destino, uno que yo no voy a estar presente para ver. Pero de algo estoy seguro, desde el principio se necesitaron el uno al otro para cumplirlo.

Atentamente, Teodoro.

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#2

—¡Si! ¡Esto está pasando Nahomi! —salté de la silla, casi se me cae el teléfono de las manos, con la noticia más maravillosa de mi vida, corrí a abrazarla, su jugo de naranja se cayó sobre su plato de huevos y pan tostado. Después del susto ella decidió devolverme el abrazo, colocó sus brazos alrededor de mi cuello y apretó bastante fuerte para una niña de 6 años acabada de levantar.
—Eres cada vez más raro —alcanzo a decir cuando la deje ir— ahora el pan está mojado Mario.
—¡Ay hija! Disculpa, disculpa, no me pude contener, es que no sabes lo que acabo de leer, es increíble, fantástico, maravilloso, esto pasara a la historia, es que…
—Ayer no parabas de llorar, Mario —dijo cruzándose de brazos y apretando los labios, esa niña no dudaba en decirme las cosas y con esa cara sabía que me venía— dijiste ayer que alguien muy querido había muerto ¿cómo es que puedes estar feliz? —preguntó.
“¿Acaso los niños de ahora eran tan precoces para hablar así? O ¿solo era la mía?! Pensé y se me hizo un nudo en el estómago, era cierto, Teodoro Andrade, un gran pianista, compositor, campeón de torneos reconocido internacionalmente, había muerto; de nada grave, una vida larga y la decepción de un alumno desertor. Vaya que lo lloré y aún se me aguaban los ojos de pensarlo.
—Nahomi tienes razón, fue irrespetuoso actuar así —tomé una silla y la coloque enfrente de ella, una niña de mirada feroz, pecosa y con pijama de unicornios, me daba más miedo que estar frente a cualquier escenario— él era un gran amigo y también mi maestro de piano, lo admiraba mucho.
—¿Él te enseño a tocar tan bonito? —se quedo pensativa— un maestro como lo que eres ahora en mi colegio.
—Es cierto, el me enseño a tocar así y ahora yo enseño música —“gracias a ti” quise decir pero esa era una conversación para cuando sea mayor— pero la razón por la que comencé a tocar al piano fue ella —le dejé ver mi teléfono, la imagen de una mujer de piel morena, cabello negro y lacio y cara redonda dedicaba una media sonrisa a la cámara como diciendo “aquí te espero”— “Cristina Gallego, la mejor pianista del mundo reaparece ante nosotros para honrar a su maestro” —no tuve necesidad de leer el anuncio, lo había memorizado, cada palabras estaban aún sonando en mi cabeza.
—Es bonita, supongo —levantó la vista y me miró— pero se ve triste Mario.
—Claro, tanto como yo cuando me enteré de lo del maestro, pero sabes, en toda mi carrera nunca pude hablar con ella y creo que esta será mi última oportunidad antes de que vuelva a desaparecer, hay, hay algo que quiero decirle…
—¡Mario! El colegio —dijo viendo la hora en el teléfono.
—Claro, si, claro, es tarde, tú ve por tu ropa, yo recojo esto —dije pero antes de que ella pudiera irse la tomé por el brazo y le di un abrazo— sé que aún no te acostumbras, pero puedes llamarme papá —le di un beso en la frente— ahora si apúrate, hoy puedes quedarte en casa de tu amiga mientras voy al evento.
—¡Sí! ¡Pijamada! —fue corriendo a su cuarto.
Me quede mirándola correr hasta que cerró la puerta y volví a ver mi teléfono, la cara de Cristina Gallego aún hacia que me retumbara el corazón, Nahomi siempre fue muy intuitiva y buena para leer a la gente y la idea se vino a mi cabeza, esa foto era de hace 5 años.
Esa tarde la visita a la casa de la amiga de Nahomi, Sara, fue muy corta, su mamá, Tamara, estaba muy ocupada haciendo pulseras y collares y su papá Rei estaba cerrando unos negocios por teléfono “Señor, será mejor que haga el trato conmigo, si mi esposa tiene que levantarse saldrá perdiendo usted” escuche que dijo, y le creo, su mujer era muy determinada, gracias a su trabajo su casa se mantuvo en pie después de que a su esposo lo despidieran hace un año, parecían estar muy felices. “Mario, sabes que siempre eres bienvenido, Nahomi es un amor, claro que se puede quedar —me había dicho en la mañana cuando hable con ella en el colegio— pero estas seguro de ir a ese lugar, todos te odian”. Pensé en que Nahomi pasaba mucho tiempo con Tamara, sus respuestas se parecían tanto.
Me despedí de todos y me subí al auto, el cielo estaba teñido de naranja y no había tráfico, me llevaría 30 minutos llegar a mi destino y 20 años para por fin hablar con ella. Debajo de la corbata y la camisa de botones me rozaba la piel un collar de cuentas negras que Nahomi me dio en mi cumpleaños el mes pasado; calma, esa niña me producía una calma sin precedentes, sin ella no tendría valor de enfrentarme a todas esas personas “no te preocupes Tamara, estaré bien, llevo un buen traje, una linda sonrisa —puse mi mano sobre el collar— y un amuleto de la suerte” pensé.

phangoria
Rango7 Nivel 33
hace 4 meses

Es bastante buena. Muchas gracias por la etiqueta.
ʕ •ᴥ•ʔ ❤️


#3

Cuando llegue faltaba poco para comenzar el acto, los directores estaban agradeciendo a los gerentes del hotel por prestarles las instalaciones con tan poco tiempo de anticipación, agradecieron a los asistentes por haber venido, había escuchado que la familia se quedaría en ese hotel para poder viajar en la mañana; yo tenía razón, era mi única oportunidad de ver a Cristina Gallego, lo más seguro es que se fuera en ese avión. Los familiares hablaron uno a uno de su esposo, padre, tío, abuelo, de lo maravilloso que era, aunque sin mencionar lo bebedor y fiestero con sus amigos cercanos, de que cuando muriera no quería un funeral, quería música, que se olvidaran de su cuerpo y tocaran para él. No puede evitar que una sonrisa se asomara en mis labios y Amador Sánchez no tardo en reprenderme “No deberías estar aquí, después de deshonrarlo enfrente de todos, el gran prodigio viene a reírse una vez mas de su maestro”.
Instintivamente mi mano subió hasta mi cuello y tanteé las cuentas del collar, parecía haber sido hace toda una vida que yo hablaba y era como él, pedante, soberbio y con una dureza en la voz reservada para periodistas entrometidos y contrincantes que no valían nada, a todos los comparaba, nadie era lo suficiente para siquiera mirarlos.
—Lamento todo lo que ha pasado —di un paso hacia adelante— pero le hablas al hombre equivocado —en esa sala todos seguían sin significar nada para mí.
Solo importaba ese piano de cola blanco en el medio del escenario, había vuelto a tener 10 años, colgando del brazo de mi mamá, mi papá estaba a mi lado con mi hermano de 20 años. Los mismos 20 años que la siguiente interprete de la noche, no había dado su nombre, por el micrófono dijo que su música les diría quién era.
Esa joven caminaba con determinación en su vestido dorado y su cabello brillante hasta la cadera, contuve el aliento todo el tiempo, mi mamá me regañaba, me decía que la soltara que ya no podía sentir la mano. Recuerdo claramente que al terminar, se levantó, fue hasta el micrófono y dijo con una sonrisa “mi nombre es Cristina Gallego y mi padre es el compositor y juez Gale Gallego, buenas noches, nos veremos otra vez —guiñó el ojo— aquí los espero”. Salió del lugar y no regreso para las premiaciones, todo el lugar estaba lleno de murmullos “una hija del compositor” decía uno, “nadie sabía de ella” decía otro; ella había ganado el oro, y siguió haciéndolo por 20 años más. Ese día comenzó mi aprendizaje del piano.
La mujer que se sentó en el piano 20 años más tarde no resplandecía, arrastraba el vestido negro que traía, no pude escuchar ninguna nota que tocó, a mi alrededor todos la observaban maravillados, algunos con lagrimas en los ojos, decían que estaba tocando un original de Teodoro Andrade y yo queriendo gritar de dolor; cuando culminó la pieza se levantó se colocó unos guantes negros hasta los codos y sin mirar al público su marchó.
Hubo aplausos, eso creo, reporteros estaban haciendo preguntas y tomando fotos, pero yo no había venido a escuchar algo como eso. Fui corriendo al ascensor, que estaba cerrando sus puertas con ella adentro, vi sus ojos redondos mirándome, sus cejas se levantaron con sorpresa, corrí para alcanzarla, solo para toparme con dos cosas: sus ojos al borde de las lágrimas y mi cara reflejada en las puertas plateadas del ascensor.
Comencé a hiperventilar, n recuerdo vivido de una voz me hizo moverme ¿quién sabía cuál era su habitación? ¿Cómo llegaría ahí? ¿Tendría suficiente dinero para la fianza después de entrar sin permiso?
Un número, eso, un número, veinte, Teodoro Andrade, cansado de la insistencia de un niño molesto, me hablaba de ella, amaba el color rojo pero no le gustaba usarlo, adoraba los dulces pero comía solo uno a la semana y siempre se quedaba en pisos que tuvieran el número dos, el hotel tenía 20 pisos, mis opciones eran 2, 12 y 20; vi el tablero, hizo algunas paradas en el 3 y el 9 y se detuvo en el 12. Fui corriendo a las escaleras.
Mis zapatos no estaban hechos para correr por las escaleras y menos con una corbata tan apretada cortándome la respiración y cuando llegue al piso 12 tenía la camisa empapada en sudor, levanté la cabeza a ver las puertas de las habitaciones mientras recuperaba el aliento y había que no estaba completamente cerrada. ¡Crack!
Se había quebrado algo de vidrio en esa habitación y me encontré abriendo la puerta. Todo era un desastre. Habían flores en el suelo rodeadas de vidrios del jarrón y los cojines estaban en por todas partes, lo peor, apenas pude esquivar a tiempo otro jarrón que se dirigía a mi cara.

#4

—¡Tú!¡Tú! De todas las personas tenías que venir tú —ella era una persona muy diferente a la que imaginaba y, o no, ¡tenía un cuchillo contra su muñeca!
—Espera, espera, podemos discutirlo, no tienes que…—intenté acercarme por la derecha pero ella se movió a la izquierda y quedamos enfrentados y con el sofá entre nosotros.
—¿Discutir? No tengo nada que hablar contigo —su maquillaje estaba corrido y su voz desgarrada— ¿Qué pasa? A ya sé, te incomodó que no me quedara a ver como hablabas con la prensa, es que querías regodearte de tu éxito conmigo, no te basta lo que haces.
—¿De qué estás hablando? No tiene ningún sentido, yo solo quería conocerte…Por favor baje eso, usted no está bien.
—¡No estar bien! ¡Cínico! ¡Idiota!
—Señora escuche, prometo irme pero por favor no lo haga, tiene, tiene mucho porque vivir, esta no es la solución, las cosas mejoran —me estaba desesperando y se me acababan las frases motivacionales, con cada palabras lo que hacía era empeorar las cosas— señora es que yo la adm…
—¡Qué no entiendes que todo esto es tu culpa! —dijo al mismo tiempo que sus rodillas caían al suelo— yo te odio —dijo entre dientes— te odio, te odio, te odio.
—Señ…
—¡Cállate! —levantó la cabeza— quiero que te vayas, olvida que me viste, y te prohíbo que toques nada en mi funeral.
—No pienso irme.
—¿Para qué haces esto? —preguntó con la vista fijada en el cuchillo. No sabría decir si le hablaba a su mano o a mí pero el recuerdo que había tenido en el ascensor había vuelto.
—Señora, cuando vi sus ojos en el ascensor parecían estar pidiendo ayuda —seguí hablando, parecía no tener más fuerzas de gritarme, pero no dejaba de ver el cuchillo— fue muy extraño, jamás había comprendido eso de “ojos que piden ayuda” ¿sabe? —fui rodeando el sofá mientras hablaba— me parecía muy raro, leer así a las personas, leerlas como mi hermano —tragué saliva, no era el tema que quería traer— pero mi hija vio eso en mí hace un año.
—¿Tienes una hija? —preguntó sin mirarme— alguien tan sediento de poder como tú con una hija…
—Señora no le permito que habl…
—Señora, señora y dale con señora, no te quieras hacer el educado conmigo, sé quién eres Mario Torres, el alumno prodigio que me seguía a todos lados ¿estabas ansioso por probar que eras el mejor? Siguiendo y ganando todos los trofeos en la mitad del tiempo en que lo hacía yo. ¿Te dio rabia mi retiro? Seguro que sí, no dejé que me vencieras, o tal vez lo celebraste a lo grande.
— Nunca celebraría el retiro de mi ídolo —dije ya estando a su lado— yo quería ser como usted.
—Como yo…Es lo más deprimente que he escuchado —sus manos estaban temblando, sus brazos sin los guantes me hacían saber que no era la primera vez que colocaba un cuchillo sobre su piel— querer ser como la persona que siempre estuvo evitándote.
—¿Me evitaba? —pregunté mientras me agachaba cuidando mi distancia, listo para quitarle el cuchillo cuando tuviera oportunidad.
—¿Sabes cuánto practiqué para llegar a dónde estoy? Recuerdo —su voz se quebraba— recuerdo cuando mi madre me dijo que mi padre era Gale Gallego, que me había rechazado por ser hija de una prostituta ¿imaginas el escándalo? Ah estas sorprendido, claro nadie nunca lo supo, mi padre actuó rápido y después de mi presentación le compro una casa a mi madre, la obligó a guardar el secreto y a mí me reconoció, inventó una historia y el escándalo se evitó, yo practiqué día y noche desde los 10 años, hice todo por encontrar a Teodoro y que me enseñara…
—Lo sé, era un gran hombre —dije.
—No quiero escuchar eso de ti —me miró a los ojos— todo lo que hice, logre que Gale Gallego se tragara su orgullo y que me vieran como la siguiente gran artista y llegaste tú, el que hacia mi trabajo de años en meses, tomando todos los premios que yo me mataba por tener y luego…
—Las finales… Usted se retiró antes de nuestra competencia…Todo por mi…Absurdo señora, es absurdo que haya sido eso.
—Ves que eres soberbio —dijo con una sonrisa forzada— pero es verdad, es absurdo pensar que me retire por un mocoso, no, no me retiré por ti, me retire, yo —estaba comenzando a llorar— la competencia antes de las finales la vi en la pantalla de la clínica donde me hacia chequeos en las manos —me fijé en ellas, seguían temblando y mis manos se fueron directo al collar de cuantas debajo de mi camisa— en ese momento pensé “no podré vencerlo” y me fui, me fui antes de arruinar la imagen que todos tenían de mí. Te dejé el camino libre. —dijo. Ella no estaba enterada de nada de los últimos 5 años.
—Yo me retire —dije y el cuchillo cayó al suelo— un año después de que usted lo hiciera, yo me sentía perdido, incluso pensé en…Bueno usted sabe y la encontré.
—Tu hija…—dijo mirándome fijamente.
—Bueno más bien ella me encontró a mí.
Comencé a contarle desde el principio, el año que había pasado llorando sobre mi piano cada vez que recordaba que no la volvería a ver, que no quería seguir practicando, respondía de mala gana a todo el que me hablara, la novia que tenía me había arrojado champagne en la cara porque yo no la escuchaba, le conté que no me interesaba su compañía, no quería hablar con mis padres y menos con mi hermano, psicólogo prestigioso, y la gota que rebaso el vaso fue Teodoro, él había decidido que era momento de que yo tomara su puesto como juez, que había alcanzado todo mi potencial, esa parte la conté con precaución de no tener otro jarrón en la cabeza, pero ella escuchaba atenta.
Recordé ese día, las luces de las cámaras y todos queriendo hacer preguntas, Teodoro estaba dando un discurso, y yo tenía ganas de vomitar, podía ver a mi familia entre el público y cuando fue mi turno de hablar “yo no quiero este puesto” fue lo único que pude decir antes de correr de ese lugar, fui al metro, estaba rodeado de gente, me asfixiaba, todo me daba vueltas dentro de ese vagón, pasaron tantas paradas que ya no sabía dónde estaba, había dejado mi teléfono y mi cartera en esa reunión “es que hace que se te abulte el traje” había dicho mi mamá y ahora estaba en la calle Park totalmente desorientado, sentado en una banqueta.
—Oye te ves triste, toma una galleta —una niña de 5 años me estaba metiendo a la fuerza una galleta de chocolate en la boca.
—¡Nahomi! Suelta a ese hombre —una mujer con un vestido largo y un crucifijo en el cuello agarró el brazo de la niña— te he dicho que no te separes de mi —se giró hacia mi— como lo siento señor es incorregible ¡Ay Dios está llorando!
—Yo lo limpio —la niña frotó mis ojos con la manga de su vestido— lo siento si la galleta no te gustó.
—Perdóname por llorar niñita yo, eh, obedece a tu madre.
—Oh no soy su madre, tengo una casa hogar aquí cerca.
—¿Quiere venir señor? Tenemos otras galletas —la niña saltaba apretando la manga de mi traje.
—Fui todos los días a esa casa hogar después de eso —le dije a Cristina Gallego que seguía observándome— cada vez que iba los niños me recibían con tal entusiasmo, sus caras estaban llenando un vacio en mi interior y por primera vez pude ver quién era yo sin…
—Sin ser un pianista
—Exacto, es que, espere, usted…
—Cuando me dijeron que no podría tocar al piano de la misma forma que antes, yo, entre en crisis, mi vida entera había dependido de eso, ya no era que no iba a poder seguir siendo una ganadora, sino que toda mi identidad se hacía pedazos. ¿Qué pasó con tu familia?
—No he hablado con ellos este año… Deben odiarme, los tenías que haber visto animándome y cuando lo rechace todo, no, no, yo no podría volver a darles la cara.
—Tanto como yo nunca pude darle la cara a Teodoro, pero hace una semana me llamó, quería disculparse por nunca haberme enseñado a hacer mas de mi vida, quería que supiera que había más en sus alumnos que solo piezas memorizadas.
—Jamás compusiste nada…
—Nunca tuve tiempo y ahora todo me asusta, tocar hoy fue horrible.
—Horrible —repetí.
—¿Cómo?
—¡Nada!
—Ahora ¿quién eres Mario Torres?
—Soy el padre de Nahomi Torres y maestro de música de primaria —me atreví a tomar las manos de mi ídolo— ¿Quién eres Cristina?

#5

Una lágrima pasó por su mejilla y no me respondió la pregunta, me pidió que me quedara hasta la mañana, que no quería quedarse sola. Tampoco dormimos, le hable de cada uno de mis alumnos, de las madres de los estudiantes que siempre querían una cita conmigo y de la directora que me reprendía por hacer conciertos al aire libre cuando había examen de matemáticas. Le conté que estaba enamorado de ser padre, que aún no me salían las mejores comidas o peinados pero que abrazarla al final de un día largo me devolvía el aliento. Se quedó dormida después de un rato. Cuando fue hora de irme y antes de cruzar la puerta me tomó de la mano y me hizo mirarla.
—Yo aún no sé quien soy pero voy a averiguarlo si tú prometes que hablaras con tu familia.
Solo asentí con la cabeza, la idea me causaba mareos pero la idea de mentirle a Cristina Gallego me aterrorizaba, porque después de todo, seguía admirándola, pero ya no era una diosa, no era inalcanzable, era una mortal que sufría como yo, y eso la hacía ser mucho más hermosa.
Tres semanas pasaron desde ese encuentro, Nahomi me pregunto mil veces como me había ido y en todas le dije que había sido una visita corta pero que había conocido a alguien muy diferente a lo que esperaba.
—¿Cómo diferente? —preguntó por centésima vez, mientras estaba en la parte de atrás del auto.
—Pues esperaba que fuese como eso jarrones delicados de los museos que siempre te digo que no toques —la miré por el espejo, se había sonrojado.
—¿Y qué paso?
—Resultó ser una persona igual que yo.
—Eso no tiene sentido las personas no pueden ser jarrones Mario —se detuvo de golpe— papá… ¿a dónde vamos?
Saboreé ese momento, mi corazón estaba a mil y mi mano seguía en el collar; no le respondí, empecé a jugar juegos como “veo, veo” para distraerla, no quería decirlo en voz alta, y fue aún más difícil convencerla de que saliera cuando nos estacionamos frente a una clínica, a mí tampoco me gustaban esos lugares, pero había alguien a quién quería que conociera y estaba ahí. Pasamos por varios pasillos preguntando dónde estaba y en los televisores se veía una entrevista grabada en dónde estaba declarando Cristina Gallego, decía que había exigido mucho de sí misma y que comenzar a hacer algo por las razones incorrectas nunca es lo correcto, había decidido encontrarse a sí misma y que alentaba a todos a hacer lo posible por conocerse; tomé una nota mental de comprarle flores rojas, ya que nos veríamos en la casa hogar que era de Nahomi; pero era un completo secreto para todos, así que reprimí mi sonrisa y seguí buscando y cuando llegamos a la puerta solo bastaron tres golpes para que una voz dijera que ya iba a abrir, tiempo suficiente para que me sudaran las manos.
—¿Qué dice esa puerta? —preguntó Nahomi. No podía leer el letrero en dorado de la puerta con letras en negro, estaba muy alto, pero yo si podía “Consultorio de Lic. Maximiliano Torres. Sus ojos se encontraron con los míos en el momento en que la puerta se abrió.
—¡Hola Max! Quiero presentarte a tu sobrina.