OdioLosLunes
Rango8 Nivel 36 (2465 ptos) | Poeta maldito
#1
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¿De qué color era el mar? Me gustaría pensar en el azul, en lugar del verde. Aunque no podía evitar identificarlo con las algas y otras cosas marinas, que eran verdes y no azules. Pero a mí no me gustaba el verde, sino el azul. Mirando desde lo alto del puente hacia el Sena, solo quería saltar. Me ataría una cuerda al pie derecho con algo bastante pesado —¿El ordenador de sobremesa de Alejandro?— y saltaría. Luego llegaría el azul, a través del mar; de un río que desembocaría en el mar. Por supuesto que lo último que verían mis ojos sería el azul; oscuro, opresivo y hermoso. Me arderían los pulmones de delicioso azul. La vida me desgarraría las entrañas con preciosísimo azul. Me miras. Alejandro acababa de llegar, y tú me miras. No sé cómo pero sentía que me estabas mirando.

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#2

«¿Ya está lista la comida?». Asentí. Los ojos de Alejandro eran alfileres, que me habían agujereado hasta dejarme inútil. Parecía un queso gruyer pero aquello no le importaba a él, así que estaba descartado que pudiera ser relevante para el resto de personas. En días como aquel, en los que planeaba lanzarme al Sena, pensaba en mamá. Ojalá no hubiera nacido, me gustaría recriminarle. «¿Mamá, algún día me vendrás a buscar? Siento haberme ido de casa. Recógeme y prometo perdonarte haberme traído a la vida».

Mi cuerpo iría a parar a la orilla del Sena, como había pasado ya con otras personas que tampoco eligieron nacer y querían dejarlo claro aniquilando su sistema respiratorio. Me sigues mirando, y de nuevo me siento juzgada. Tus ojos no eran tan alfileres como los de Alejandro, pero los odiaba igual. Me gustaría que murieras; que muriéramos. ¿Te imaginas? Los tres amores de Alejandro sepultados por el agua. El ordenador, tú y yo. Sería maravilloso porque representaría yo el papel de la señora de los alfileres…, o de las dagas, que eran más dolorosas. ¿Podía un cadáver hacer daño? Sí, por supuesto que podía.

—¿Qué cojones haces? Se te ha caído el plato de la comida —espetó Alejandro, bastante enfadado. Yo tenía azul en los ojos, porque mis lágrimas evidentemente eran azules. Toda el agua era azul. El agua como penitencia, como castigo, como salvación. Se me había olvidado respirar, así que me atraganté. Tosí fuerte, muy fuerte, hasta hacerme daño en la garganta. Alejandro tiró de mi pelo, con los alfileres, con la promesa de terminar de partirme. Tenía miedo y, de nuevo, pensaba en que no quise nacer. «Mamá, venme a buscar», pero no lo hacías porque me fui.

Había agua ahí abajo, entre mis piernas. El azul de tu muerte, ¿quizás? ¿Qué tan horrible me hacía desear que te hicieras río? Te odiaba, a fin de cuentas. Ya no me miras. Eras rojo, no azul, y manchabas los azulejos del suelo. Aún con llanto, recobré las fuerzas suficientes para sonreír. Mis labios quebrados, igual que toda yo. Llena de manchas verdes, amarillas, naranjas…, en mi blanca piel. Mi existencia estaba destinada a convertirse en espuma de mar. Si salía con vida hoy, desde luego que saltaría al Sena. Pero primero debía de escribirle una carta a mamá, con palabras bonitas para que me perdonara. Yo la había perdonado ya por haberme traído a la vida y no rescatarme de aquí.

Escuché gritos que no eran de Alejandro. Menos mal que no me miras, aunque yo a ti sí. También te miraba Alejandro, un señor con uniforme de policía y mamá. Qué había llegado mamá, ¿acaso era aquello posible? El azul del iris de mamá, que también regalaba lágrimas. Su llanto y el mío como una única cosa. ¿Podría mi futuro cambiar? ¿Podría renunciar a estar sepultada por el peso del mar? Me alegro de que no me mires —de que hayas muerto—, pero que sí lo haga mamá. Le sostuve la mirada, arrepentida. Lamento haberme ido de casa, dejarte sola. Gracias por buscarme. Eso era lo que hacías siempre; quererme. ¿Cómo había estado tan ciega? Me daban igual ya todos los azules, menos el de mamá. Supongo que a ella también le daría igual todo lo que no fuera yo, con mis golpes y un aborto entre mis piernas. A veces la vida quería enseñarme que el problema no era nacer, sino cuando me rodeaba de personas que no deberían de haber nacido. Como tú, que ya estás muerto en el suelo; como Alejandro, que por desgracia no lo está.