Hiarbas
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#1

INICIO

El aire emitió un quejido silbante al ser cortado por la afilada hoja del bracamarte. Eutropio consiguió esquivar el golpe en el último instante, descargando su bastarda sin piedad en el costado del desguarnecido atacante. Su mano se empapo de cálida sangre y su adversario se desarticulo agonizante a sus pies.
Eutropio gasto un solo instante en mirar a su espalda el desolador escenario de cuerpos sangrantes que había dejado tras la inútil confrontación.
Mientras emprendía el camino hacia el lugar en el que su montura aguardaba impasible, inicio la limpieza de su bastarda. Se sentía orgulloso de Pia, era un arma increíble, tal vez la mejor que había empuñado nunca y debía agradecerle a Serapio eternamente su maravillosa fragua.

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Don_Diego
Rango12 Nivel 55
hace 5 meses

Ah!!! Esto lo voy a disfrutar 😁


#2

Los seis pobres desventurados que ahora se retorcían doliéndose de sus heridas, no suponían mas que una larga sucesión de emboscadas destinadas a evitar su llegada a Ferreol y estaban convirtiéndose en algo molesto para Eutropio.
Dos largas semanas habían transcurrido desde que inició su viaje por encargo del gran señor de Zemonan, Auxibio el grande, con la imprudente intención de rescatar a Benilda de su compromiso con Caciano, hijo mayor del regente de Arturia, Columbano, al que todos llamaban el Ladino.
Eutropio era muy consciente de lo disparatado que resultaba su encargo. Conocía desde la niñez a Benilda y sabía que lo que estaba sucediendo en Arturia no era fruto de ninguna imposición ni de ningún oscuro complot contra Zemonan, simplemente eran los devaneos de una caprichosa mujer acostumbrada a desafiar a sus progenitores con el único fin de dañarles en lo más profundo. Pero él se debía a su señor, tenía que intentar convencer a Benilda y borrar la mancha que supuso en su biografía la burla de la primogénita, aunque ello le supusiera enfrentarse a todo el ejército de Arturia.
Benilda era una mujer astuta, no escasa de belleza y altamente dañina. Unía a sus encantos un escalofriante desprecio por el género humano en general y por sus allegados en particular. Estaba altamente capacitada para utilizar cualquier medio para conseguir sus fines y muestra de ello había sido lo que había ocurrido en el último año.
Eutropio recordaba como doce meses atrás Benilda acudió a la gran reunión de mandatarios que se debía celebrar en la ciudad de Bleica, desoyendo las mil objeciones de su padre, los enormes pesares de su madre y los terribles silencios de Eutropio.
Él fue sugerido o más bien exigido, como su escolta por ella y se encontró en la terrible necesidad de seguirla a todas partes con la única intención de evitar sus aclamadas fechorías.
Bleica es una hermosa ciudad llena de canales, templos, palacios, mercados y sobre todo casas de juego, el peor de los lugares para dejar a su libre albedrio a Benilda, una mujer dotada de un don especial para encontrar problemas donde otros solo hayan distracción.
Tras siete largos años de luchas entre las tres mayores monarquías de las tierras centrales, el señor de Bleica había logrado el tímido compromiso por parte de los contendientes, de una corta pausa en las confrontaciones con el fin de lograr una reunión a tres bandas y tratar de alcanzar la paz deseada por todos los reinos, los contendientes y los neutrales. Zemonan, Arturia y Eberanda accedieron al encuentro, desgastados y disimulando la ruina, que acechaba a sus arcas, tras la largar confrontación.
Auxibio había puesto todas sus esperanzas en el encuentro, muchos aseguraban que había sido el inductor de los deseos de Cleto el señor de Bleica. Albergaba la firme creencia de una agradable solución ante la perspectiva de la unión de Eberanda y Zemonan por medio de sus primogénitos. Para Auxibio supondría una asociación que le garantizaba la salida al mar de sus productos a través del mejor de los puertos de las tierras centrales, además de evitar los inagotables deseos de aniquilación que Arturia albergaba para su reino desde que el tenia memoria. Solamente había un inconveniente, el mismo que había supuesto el inicio del conflicto con Eberanda, su hija Benilda. Ella era su castigo, la que iniciaba conflictos, la que disfrutaba haciéndole sufrir, ella era su azote y a la vez la única que podía resolver sus problemas.
Siete años atrás, recién iniciado el intento de expansión de Arturia a su reino y con ello el conflicto que aun se prolongaba, Benilda consiguió sin ayuda de nadie, dar al traste con su acuerdo para recibir el apoyo de Eberanda en la guerra. Humillo a su rey, deshonro socialmente a su primogénito e hizo tambalearse el matrimonio real de Eberanda con dudas y suspicacias. Solo ella podía en un mismo día convencer a toda Irneo, la capital de Eberanda, de las homosexuales inclinaciones del primogénito, así como de las supuestas visitas a camas extrañas del rey. Provocar la comparecencia publica del rey y conseguir su rechazo a los actos de su hijo, tras negarlos, tanto como los suyos, sin conseguir evitar las suspicacias de sus cercanos. Y rematar la jornada confrontando al matrimonio por los inexistentes gustos sexuales del hijo, sazonados con las infidelidades del regente.
Eberanda rompió rápidamente relaciones con Zemonan cuando Benilda se mofo públicamente de ellos destapando el engaño. Solicito un escarmiento ejemplar y publico por parte de Auxibio para con su hija o su reino haría lo imposible por capturarla y escarmentarla ellos mismos. La amenaza resulto innegociable y no satisfecha, para entristecimiento de sus súbditos, que albergaban el consabido desprecio a su heredera fruto de sus continuas fechorías. Auxibio no podía ceder, mas por orgullo y por mantener su posición de mandatario inflexible, que por considerar merecedora del premio a su hija. La consecuencia fue el inicio de una nueva guerra, dos frentes que por ventura no se convirtieron en una alianza por una misterioso malentendido que surgió entre Arturia y Eberanda, Nadie sabe como surgió pero todos sospechan que se apellidaba Benilda. Resultaron ser certeros en la suposición aunque ignorantes de la condición pues no fue por fidelidad a los suyos sino simplemente por molestar a los dos que trataban de unir sus fuerzas.
Eutropio recordaba como trato inútilmente de mantener alejada de cualquier zona de conflicto a Benilda durante aquellas jornadas agotadoras en Bleica. Recordaba como le fue imposible alejarla de las casas de juego, como se sintió impotente cada vez que le obligaba a protegerla de los ofendidos jugadores que descubrían sus trampas mientras ella se reía en sus caras. Como no había podido hacer nada el día que se encontró con Caciano y como habían conseguido los dos escapar de su vigilancia. Como se había enterado al día siguiente de que Benilda renunciaba a su condición para ponerse bajo la protección de Caciano y como se comprometía a casarse con él, el mismo día que se llegaba a un acuerdo de paz entre los tres regentes. Recordaba como su señor perdió su feliz sonrisa, provocada por el acuerdo, para montar en cólera ante el conocimiento de las nuevas andanzas de su hija. Como había estado a punto de terminar con su vida por su terrible fallo en la vigilancia y como había terminado finalmente cediendo a la depresión y reconociendo su inocencia ante las artimañas de la malcriada.
Ahora todo vagaba en una tensa paz. Los reinos se respetaban, incluso Zemonan y Eberanda habían llegado a fructíferos acuerdos comerciales que permitían el acceso al mar del rico mercado de Zemonan. Pero Arturia mantenía una tensa calma a la espera del matrimonio que suponía una unión no deseada entre los dos reinos y por ello tenia sembrado el terreno de espías y mercenarios dispuestos a evitar cualquier posible imprevisto en el futuro matrimonio.
Tres semanas atrás cuando la rimbombante delegación de Arturia llego a Verísima, la imponente capital de Zemonan, con el firme propósito de establecer las bases de la presumible futura alianza que surgiría tras el matrimonio. Auxibio exigió la presencia de Eutropio.
—Eutropio, ha llegado el momento, No podemos esperar más. Debes partir y tratar de conseguir como sea que la desdichada de mi hija regrese y así consigamos evitar este desastre.
—Señor. Cumpliré todo aquello que me ordene, pero le aseguro que su hija es la inductora de todo esto, ella no es ninguna víctima, ni esta obligada a nada. Estoy convencido de que lo hace como lo ha hecho todo en su vida, simplemente por capricho.
—¿Crees que no lo sé?¿Crees que me chupo el dedo? Sé de sobra como es mi hija. Sé que es una de sus muchas fechorías, pero no puedo permitir que siga adelante. Si Columbano consigue que este matrimonio se consume, estaría firmando una alianza en la que saldríamos perdiendo. Arturia podría utilizar libremente nuestro territorio para hacer llegar sus mercancías a las tierras del este, podría llevaros a una nueva guerra con cualquiera simplemente agitando a nuestros vecinos, podría hacernos perder nuestros acuerdos con Eberanda. No quiero llegar a saber que podría hacer alguien tan retorcido como Columbano. Por eso es tan importante que Benilda regrese, que rompa su compromiso, que todo vuelva a la normalidad. Si eso es posible con ella.
—Lo entiendo mi señor y hare todo lo que este en mi mano para poder realizar el encargo.
—Tu pide lo que necesites, tendrás tantos hombres como desees a tu cargo y no escatimes en gastos, haz lo que sea necesario.
—No necesito nada mi señor. Estoy convencido de que la única forma de poder llevar a buen puerto esta misión es encargándome yo solo de ella.
—Eutropio eso es muy arriesgado, Arturia esta esperando cualquier movimiento nuestro, serás presa fácil tu solo, creo que deberías llevar un buen grupo de los guardias de elite para apoyarte.
—Solo me estorbarían y llamarían más la atención. Confié en mí, si en un mes no tiene noticias mías, entonces mande lo que desee, pero mientras déjeme hacerlo a mi manera.
—De acuerdo, así lo hare, esperare noticias tuyas y mientras distraeré a estos desgraciados que han enviado para negociar. Pondré a trabajar a toda la corte para que consiga ejercer la mayor distracción posible a la delegación y se eternicen las negociaciones.
Ahora Eutropio se encontraba a solo una jornada de las puertas de Ferreol. No había sido discreto, pero sabía que su recorrido, largo y sin lógica, habría despistado a aquellos que trataran de saber quien o quienes eran. Por desgracia para los que había encontrado en su camino, la vida había llegado a su fin para ellos.

Don_Diego
Rango12 Nivel 55
hace 5 meses

Una historia con bastante contenido. Te recomendaria subir una parte por dia para que mas gente te leea, pues estas creando un mundo grande entretenido y bien escrito. 😁👍

Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace 5 meses

Gracias por tu comentario, lo iré subiendo poco o poco pues está naciendo aún la historia

IndigoDolphins_73
Rango9 Nivel 40
hace 3 meses

Tiene muy buena pinta @Hiarbas pero me pasa lo mismo que con los libros de Game of Thrones, me pierdo entre tanto nombre raro. Jajaja

Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace 3 meses

Tranquila también me pierdo yo, si no tuviera chuleta seria un desastre.


#3

La Insufrible.

Benilda no soportaba a Caciano. El heredero del trono conseguía hacer bullir su paciencia hasta convertirla en principio de demencia. Pero era consciente de su auto-impuesta obligación de soportarle e incluso agasajarle, mimarle y complacerle, si realmente deseaba llevar a cabo sus planes, aunque ello la hiciera pasear por los lindes de la locura.
Durante el largo año que llevaba alimentando su ladino plan, Benilda había comprendido que solamente el recuerdo de una persona pellizcaba la añoranza de todo lo que dejo atrás en el reino de Zemonan. Eutropio se había convertido en alguien importante para ella con el paso de los años. Siempre había estado junto a ella, desde pequeños. Era la única persona que se atrevía a decirle las cosas tal y como las veía, que se enfrentaba a ella y era capaz de reprenderla por sus vilezas, aunque jamás siguiera sus consejos e hiciera caso omiso de lo que le indicaba. Pero a pesar de todo siempre había estado junto a ella, cuando le necesito, cuando simplemente estaba allí e incluso cuando le desprecio y ahora comenzaba a darse cuenta de que extrañaba su presencia.
El tiempo seguía pasando inexorable y sus actos pronto encaminarían a todos al final que ella deseaba. Pero aun quedaba mucho por hace y lo pero era que debía seguir disfrazando ante Caciano la repulsa y el desprecio que este la provocaba.
Habían pasado cuatro semanas desde que Columbano enviara a su sequito de inútiles nobles a negociar con su padre los puntos sobre los que se asentaría su alianza tras el matrimonio de su hijo con ella y las noticias que llegaban eran desalentadoras.
Benilda era consciente de la enorme batería de artimañas que su padre utilizaría para tratar de entretener a los nobles. En Zemonan uno podía distraerse de mil y una formas y perderse en vicios de los que los nobles de Arturia jamás habían sospechado que pudieran existir. También era aconsejable añadir la variable de que los habitantes de Arturia y más sus nobles, eran gentes de férreos y anticuados caracteres, acostumbrados a vivir entre austeridades, dedicación a la oración y la disciplina, lo que les convertía en presas fáciles para un taimado truhan como lo era su padre. Por ello las novedades que llegaban a Benilda no eran otras que las negociaciones retrocedían adecuadamente para los intereses de Columbano mientras regocijaban a su padre. Más preocupantes eran los informes de que en distintos y distantes puntos a ambos lados de la frontera, habían sido encontrados los cuerpos sin vida de varios destacamentos de hombres, de aquellos con los que Columbano había sembrado el camino que llevaba a la capital, con la única y precisa idea de disuadir cualquier intento por parte de Auxibio para recuperar a su hija y así evitar los que estaba próximo a suceder.
Benilda albergaba la esperanza de que alguno de aquellos grupos que su padre había enviado para “socorrerla” fuera comandado por Eutropio, aunque ello la supusiera una extraña sensación de incertidumbre ante la posibilidad de que resultara herido en las confrontaciones. Lo cierto era que aquella sensación era nueva y altamente desconcertante.
Benilda jamás había sentido aprecio por nadie y mucho menos preocupación. El sabio Limeo a petición de sus padres la había estudiado durante largas temporadas y había llegado a la conclusión que lo suyo era una falta total de empatía por nada ni nadie que no fuera ella misma. Para sus padres había supuesto un amargo trago, uno más de los muchos que les había servido y de los infinitos que aún estaban por llegar, pero para ella solamente había supuesto algo que ya sabía, que a ella los demás no la importaban, por ello ahora se extrañaba ante esas sensaciones que Eutropio despertaba en ella con la distancia. De lo que si era muy consciente Benilda era de su desprecio por casi todos los que la rodeaban, algunos no merecían ni eso y por ello despacho pronto las ideas y pensamientos sobre Eutropio y se centró en tratar de destruir a su babeante prometido.
—Querida, estabas aquí. Llevo una eternidad buscándote. No sabes lo revuelto que esta todito. Mi padre está que trina. Parece ser que los asesinos de tu padre están ya aquí. Han encontrado a una jornada a diez hombres masacrados o eso le han informado a mi padre, que se ha puesto de un furioso que no hay quien le mire. Fíjate que locura, algunos insinúan que entre los asaltantes hay orcos sanguinarios.
Benilda contuvo sus nauseas al contemplar como Caciano contoneaba su rechoncho cuerpo y contraía su cara en gestos de terror fingidos, mientras relataba las inquietantes noticias. En lo más profundo de su ser volvió a sentir ese pinchazo de esperanza que hasta ahora nunca había sentido por nadie, amparado en la idea de que tal vez, Eutropio fuera el que estuviera por llegar. Por supuesto rechazo la idea de que su padre hubiera mandado a ningún orco a tales menesteres, los guardaba para las grandes ocasiones y esta no era una de ellas.
—Caciano cariño, no me cuentes estas cosas que me pones nerviosa. No me asustes con historias de monstruos. Ya sabes que a mí solo me interesan los preparativos de nuestra boda y saber que tú eres feliz.— Benilda se admiraba de su facilidad para fingir agrado a pesar de sentir un profundo asco por aquel ser. Lo cierto era que le interesaba poco lo que él pudiera decirle, Caciano era la persona peor informada del reino de Arturia y ella disponía en el palacio de una nutrida y bien pagada red de espías que la mantenían al tanto de todo aquello que sucedía entre las paredes de la residencia real.
—Lo sé querida, lo sé, pero es que mi padre me agobia con todo esto del gobierno y como tú vas a ser mi consorte pues…
—Ni consorte ni nada, eso son cosas que a mi no me interesan, son tus asuntos… Anda vámonos a dar un paseo que me aburro…
—Huyyy lo siento querida pero es que mi padre…
—Tu padre, tu padre, tu padre, siempre tu padre, que pesadez. Me tienes abandonada.
—Pero es que esta todo tan liado… Tu padre no cede, la amenaza de que te traten de llevar y este maldito reino que no acaba de despegar…
—Jooo que no me interesa, que me da igual. Si no puedes venir a pasear, pues nada, déjame aquí sola con mi tristeza…
—Que no querida, que no es eso. Te prometo que te compensare, pero ahora tengo que ir a… mejor no te digo nada que luego te enfadas, Nos vemos luego. —Caciano se acercó para besarla y Benilda le correspondió dejando escapar un tímido suspiro, suficiente para cargarle más con el peso de la culpa de abandonarla, aunque ella en su interior estuviera deseando que se alejara para contactar con Jorja, su criada y jefa del servicio secreto que habían montado en torno al rey.
Caciano abandono la estancia, contoneando su escasa altura y su excesiva masa mientras dejaba tras de si un penetrante aroma a perfume, más propio de una cortesana que de un príncipe.
Benilda busco con presteza a Jorja, ávida de información.
—Si mi señora, han encontrado otro grupo de desdichados muertos, pero no eran diez, solo eran cinco, han engordado la cifra para asustar al rey y que se tome en serio lo de los grupos estos, y han metido a los orcos para asustar mas, pero si la digo la verdad yo creo que todo es una artimaña para despistar a estos mendrugos, ni se como pudieron aguantar tanto en la guerra con lo tarugos que son en estrategia. Pero a lo nuestro, que ha sido cerca ya, a solo media jornada de aquí y quien haya sido debe estar ya en la capital, pues los que trajeron la noticia lo mismo cabalgaron a la vez que él o junto a el y ni se enteraron.
—Jorja, abre bien las orejas y alerta a tus informadores de la ciudad para que te tengan al tanto de los extranjeros que puedan coincidir con lo que buscamos.
—No se preocupe señora, están todos más que avisados, con lo que usia paga rinden como en su vida lo han hecho.
Benilda obtuvo algo de consuelo en las palabras de Jorja ya que su red de informantes, aunque cara, no la había fallado hasta el momento y si aún no la había avisado de posibles sospechosos es que aún no se encontraban cerca de ella.
Benilda necesitaba algo más de tiempo, su plan precisaba de dos semanas más para llegar a buen puerto. Todo estaba encaminado pero aún era pronto. Confiaba en que su padre consiguiera alargar las negociaciones esas dos semanas, y esperaba que los soldados de Columbano entorpecieran lo suficiente los movimientos de los hombres de su padre para concluir con sus propósitos.
Benilda no soportaba que la utilizaran, que la manipularan y eso era lo que un año antes había intentado su padre. Los días previos a la encerrona que preparo Auxibio en Bleica para firmar la paz con sus contrincantes, Benilda tuvo conocimiento, por parte de uno de sus muchos informadores, de que su padre estaba tramando un matrimonio sobre el que ella no podía opinar y al cual, por lo visto, no se podía oponer. Auxibio creía tener, como monarca que es, el control y poder absoluto para realizar sus planes sin objeciones, el problema era que siempre menospreciaba a Benilda y su tozudez en negarse a ellos.


#4

Benilda jamás consentiría algo así, lo llevaba en los genes, y por ello utilizo una amplia batería de artes y artimañas para conseguir ser incluida entre los que formarían parte de la delegación negociadora en Bleica. Su intención no era otra que la de abortar los planes casaderos de su padre y de paso dejarle en evidencia haciéndole todo el daño que pudiera. Para la puesta en escena necesitaba de alguien manejable al que poder persuadir y en su momento despistar y conocía al adecuado, Eutropio. Su relación prolongada desde la niñez, la había dotado de una facilidad singular para manejar al mejor de los guerreros que había tenido su padre a su servicio. Toda la fiereza, agilidad, inteligencia, destreza y presteza que desplegaba en sus misiones, quedaba anulada por la capacidad de Benilda para manejarle y controlarle amparada en su ignorancia. Llevaba años ejerciendo tal poder sobre el sin que se diera cuenta y pensaba seguir haciéndolo para beneficio de sus planes. Benilda sabía que ella era inteligente, tal vez la más inteligente de todo el reino, incluso más que el sabio Limeo, y por ello la condenaba saber que su condición de mujer la relegaba a un papel secundario, no estaba dispuesta a consentirlo y por ello trataba de ser visible de cualquier manera. Por ello exigió a Eutropio como escolta. A su padre le costó asignar a un afamado general como escolta, pero sabía que no podría negarse, las consecuencias de lo que su hija pudiera hacer eran impensables, además a pesar de que Eutropio hubiera ido ascendiendo en su rango, siempre se había encargado de ella y jamás había fallado en ninguna de las misiones que le habían encomendado, lo que a su vez le convertía en el candidato ideal para realizar la vigilancia de su caprichosa hija.
Lo que luego sucedió el Bleica fue tan sencillo como manejar los títeres de un teatrillo de los muchos con los que su padre había tratado de alegrarla en su infancia. Benilda pronto mostro el poco interés por las negociaciones y se dedicó a ser ella misma. Llevo de un lado a otro a Eutropio y su sequito de escoltas, aburriéndoles en los actos sociales, exasperándoles en las casas de juego, abrumándoles en las recepciones en las que abusaba del alcohol y desesperándoles cuando se empeñaba en rematar en cualquier taberna que encontrara en el camino. Benilda sabía que estaba consiguiendo llevar al límite a su guardián y ella contaba con ello. Tenía conocimiento de los movimientos de Caciano por sus informadores, y sabía como acercarse a él y como llevarle a su terreno gracias a Jorja, el gamusino camuflado como mujer, que había infiltrado en la corte de Columbano.
Había llegado el cuarto día de las negociaciones. Benilda tenía la certeza de que estaban a punto de concluir, sus espías la había informado con presteza de todo lo que se suponía no salía de las reuniones de los regentes y nobles y ella había llegado a sus conclusiones. El momento había llegado.
Ese día fue de lo más ajetreado. Llevo a Eutropio desde el mercado a una comida con las más refinadas y aburridas mujeres que engordaban las filas de acompañantes de los reunidos. Desde allí y con el sopor en el cuerpo, decidió despejarse en el mejor y más lujoso salón de juegos de Bleica donde tuvo el primer encuentro con Caciano, lo desplumo consiguiendo toda su atención. Ese era el principal cometido de aquella escaramuza. El juego no tenía secretos para ella desde que se encontró con Mamerto, un duende hábil con los naipes, infalible con los dados y el único capaz de anticipar cualquier tipo de resultado en un juego de azar. Tentar al duende para conseguir que compartiera parte de su saber con ella fue una tarea ardua y complicada, un auténtico reto, algo que la motivo en extremo, hasta que lo consiguió. En pocas semanas logro embaucar al embaucador y en unas semanas más este lleno de su sabiduría con el arte de controlar el juego y el azar, su ansia de conocimiento. Ahora lo ponía en práctica para doblegar al incauto de Caciano.
Abandonaron el salón de juegos seguidos de cerca por el príncipe desplumado, para desesperación de Eutropio y dicha de Benilda. Pocas cuadras mas allá entraron en un triste tugurio, que anunciaba entretenimiento y juego a partes iguales, pero que provocaba algo de inquietud por el mal olor que recibía a sus visitantes así como por la exigua luz y la abundancia de miradas inquietantes.
Eutropio no lo sabía pero Benilda tenía infiltrada entre los parroquianos a gran parte de sus espías ya que aquel había sido el lugar que había elegido para iniciar su venganza.
Caciano entro en el tugurio siguiendo su estela, las escoltas de ambos quedaron a las puertas confraternizando al no tener nada mas en lo que gastar el tiempo. Dentro solo Benilda, Caciano, Eutropio y el jefe de la guardia del príncipe se encontraron en medio de la clientela del nauseabundo lugar. Ella movió sus fichas, fingiendo sorpresa al encontrar allí al príncipe, este se excusó pidiendo revancha por las pérdidas, y así empezó la confraternización. En pocos minutos se fundieron con los alborotadores que bebían y bailaban a las ocultas ordenes de Benilda, y en menos de lo que Eutropio intentaba desprenderse de todas aquellas que a él se acercaban con lascivas intenciones, los dos herederos desaparecieron del local, sin escoltas y sin protección. Benilda había convencido al sorprendido Caciano, de que podían escabullirse juntos a un local que ella conocía y donde nadie les molestaría. Le había insinuado dedicación absoluta y le había dejado entrever una atracción por su persona que la llevaba a cometer locuras.
Huyeron hasta el escondido y secreto local en el que lo más granado de las cortes de las tierras centrales, daban rienda suelta a sus pecados prohibidos. La noche propicio una tremenda borrachera, y un compromiso entre los dos herederos. Con el conocimiento embriagado y la voluntad sometida, Caciano se encontró pidiendo matrimonio a aquella dulce y tierna princesa que había conocido horas antes y que creía su alma gemela. Con el amanecer anunciaron su buena nueva a un sorprendido y preocupado Columbano, que contemplaba tan inmensos los beneficios como intranquilizantes las posibles represalias de Auxibio. Aun así la tierna charla con la princesa le procuro una certeza de enamoramiento, acompañada de una férrea decisión en ella que le animo a afrontar lo que los dos le proponían.
Benilda recordaba todo aquello y recobraba ánimos al saber lo bien que había fingido su carácter dócil, frágil y tierno, mientras mostraba su amor incondicional por el insoportable Caciano, para poder afrontar el tramo final de su plan. La venganza había quedado ya atrás, ahora era algo mas grande, era su proyecto para reordenar el mundo que ella conocía, y faltaba muy poco para poder conseguirlo.
—¡Señora! ¡Señora! ¡Que ya está aquí!— Jorja entro sin pedir permiso, agitada y casi descompuesta. Tenía especial predilección por aquellos gamusinos capaces de camuflar su insignificante presencia, convirtiéndose en un ser humano como lo era ella o cualquier otro. Esa capacidad los hacia imprescindibles en cualquier red de espías, pues cuando no se mezclaban con los demás como humanos, se escondían en los lugares menos esperados para espiar sin ser vistos. Bien conocida es la leyenda de lo imposible de encontrar a un gamusino.
—Tranquilízate y dime quien esta aquí, no creo que sea para tanto….
—Que si, que si, que ya ha llegado, que es como usted lo describió y uno de los míos le ha visto entrar y desaparecer por la parte sur de la muralla sin poder seguirlo, que se ha quedao asombrao al verlo.
—¿Estas segura de que es él? — Jorja asintió, su cara mostraba su temor ante lo que pudiera pasar desde ese momento en el que Eutropio hacia acto de presencia.— Ordena que desde ahora sean todos más precavido, y más prudentes, y que vigilen con más presteza, hay que encontrarle, no puede estropear lo que llevamos planificando tanto tiempo.
Jorja desapareció de su presencia en el acto y Benilda quedo pensativa, aquello era lo que esperaba, y a su malestar por la incertidumbre que ahora se creaba sobre la continuidad de sus proyecto, se fundía un inquietante deseo de ver de nuevo a Eutropio.

Don_Diego
Rango12 Nivel 55
hace 5 meses

Me esta encantando la historia😁 Espero ansioso la continuacion. 😁👍


#5

El Primer Ministro.

Licerio desgranaba sus pensamientos, tratando de apartar los grises de aquellos que creía serian brillantes. Intentaba sobre todo seguir siendo lo más discreto posible, sin dejar de lado su inquebrantable muestra de lealtad y fiel servidumbre a los intereses de Columbano.
Perdía la memoria sobre los años que llevaba dedicado al enorme esfuerzo de convertirse en una persona imprescindible para el regente, sin que ello supusiera exponerle a la perversión de ser un ser público y reconocible. Licerio, prefería el anonimato, o al menos el segundo plano, ese en el que puedes controlar y evitas ser manipulado.
Licerio aun recordaba como despertando a la juventud había abandonado su pueblo natal para ingresar en la orden de los Palemonios. Durante años una férrea disciplina, acompañada de una sumisión absoluta al culto, le habían permitido embriagarse con la mayor reserva de conocimientos del mundo conocido. Con discreción y siempre tratando de no llamar la atención y sobre todo, de no dejar entrever ni un triste atisbo de aquello de lo que se estaba nutriendo, llego a convertirse en un sabio, en alguien para quien los misterios del mundo eran su dominio y al que estos nunca llegarían a sorprender ni atrapar sin un plan al que aferrarse.
Licerio llevaba un tiempo tratando de desvelar el verdadero rostro de la prometida real. Benilda no había conseguido engañarle, Licerio sabía que era todo fachada, un lienzo dibujado con agradables pinturas de pastel para embaucar al inepto de Caciano. Tenía la absoluta certeza de que su alma albergaba un ser calculador y cargado de odio y antipatía por todos los que allí habitaban. Para su desgracia hasta ese momento no había logrado desenmascararla, ni tan siquiera había logrado pillarla en un triste desliz y esta situación le frustraba y cargaba de pensamientos grises que alejaban los brillantes y los convertían en fútiles proyectos.
—Señor, llegan informes de que es posible que uno de los enviados a rescatar a la prometida real se encuentre ya en la ciudadela. —Cristino había sido uno de sus grandes descubrimientos y desde el día que le libero del yugo de la esclavitud, su más fiel servidor.
—¿Estás seguro de ello Cristino? Nos jugamos mucho en estos días, si Benilda se sale con la suya puede acabar con nosotros.
—Señor, son solo informes, pero quien me lo hizo saber es de fiar, aunque bien es cierto que no sabe nada de su paradero ni de quien es, solo sabe que hay mucho movimiento por el lado sur de los supuestos adeptos de la prometida real.
—Pues no nos quedemos atrás. Que Homobono se encargue de ello, creo que es el más cualificado para ello, suele ser discreto y muy hábil con los fierros.
—Me encargo de que se cumplan sus órdenes señor.
Cristino abandono la estancia del Primer ministro Licerio. El ébano de su piel, engrandecido por su elevada talla, le convertía en un personaje singular y único en aquel reino. Pocos eran los que mostraban una piel distinta al blanco casi albino que predominaba en el reino de Arturia. Muchos recurrían a la magia y a complicadas operaciones realizadas por diestros chamanes para ocultar rasgos y aclarar pieles que les hicieran destacar entre la recta y monótona clase alta de Arturia. Licerio no era albino, ni siquiera era rubio, se conformaba con pertenecer a esa amplia mayoría que formaban los poco favorecidos por el vil metal y entre ellos se mimetizaba a pesar de su rango y condición. Siempre había preferido la compañía de la plebe e incluso de la burguesía a la de los nobles y ellos se lo agradecían, nunca olvidaban sus raíces y no estaban dispuestos a aceptarle entre ellos por mucho capricho que tuviera su rey con él.
Lo cierto era que su puesto no fue fruto de ningún azar y menos de un antojo real. Licerio llego a Columbano siguiendo una estudiada escalada entre los distintos peldaños de la influencia cortesana. Dejo la orden cuando considero que nada más podían aportarle y encamino su sendero sirviendo a un afamado pleiteador que reconoció en él una basta y amplia capacidad para llevar a la práctica todo aquello que le enseñaba así como todo aquello que ya conocía. Trasvaso sus servicios a la cámara de comercio de Arturia, para desespero del pleiteador y regocijo del conde Indalecio, al que había humillado en mas de una ocasión en los pleitos en que se enfrentaron. Pero poco le duro el disfrute pues pronto el Ministro de Exteriores requirió de su presencia y tiempo después de él la requirió el que entonces era Primer Ministro hasta que Columbano, tras largos años al sirviendo en el anonimato, detecto que quien en realidad había convertido a un corto mandatario en un increíble gobernante, no había sido la fortuna sino su inseparable secretario Licerio. Sin precedente en el que apoyarse y rompiendo normas con los nobles, por primera vez alguien de cuna baja llegaba a ostentar el segundo cargo más importante del reino. Muchas fueron las suspicacias, los reproches y las reclamaciones, pero pronto todas fueron quedando en el olvido cuando, en ese mismo olvido o mejor dicho en el anonimato de quien no quiere gloria, Licerio fue ocultándose y dejando las candilejas y los halagos para los albinos de alta cuna. Su cometido era enderezar un país maltratado por gobiernos caprichosos de los poco capacitados nobles que habían llegado a ser Primer Ministro. Debía sumar a esta tarea cortejar y adular el ego del Rey para poder anteponer sus planes y esquivar o enterrar los dislates de Columbano.
Lograr firmar la paz en unos términos sumamente convenientes, dada la predisposición que Arturia tenía a fenecer en la guerra tras el desaliento y la escasa o ninguna ansia de triunfo en las filas de sus ejércitos, supuso un logro sin precedentes. Licerio aun recordaba lo escaso de su regocijo cuando se encontró con un matrimonio pactado con la ladina heredera de su enemigo mas encarnizado. Todos sus proyectos perdieron su brillo para convertirse en tristes sombras grises, sin horizonte en el que ver la luz. Benilda suponía un problema enorme para la expansión de Arturia. Unir los dos reinos en un matrimonio suponía doblegar a Arturia a la poderosa Zemonan. La guerra la habían soportado por la intervención de un tercer contendiente, mas dedicado a hostigar a Zemonan que a tratar de confrontar con ellos. Aun así había supuesto llevar a los lindes de la bancarrota al reino. Ahora todo podría ser distinto si no fuera por el acuerdo matrimonial. Licerio había enviado a los mejores de sus afines entre los asesores de los nobles encargados de la negociación. Sabia de la importancia del acuerdo, pero también era consciente de lo inútiles que eran los Nobles Artúricos en cualquier tipo de confrontación dialéctica, por ello les había encarecido que se apoyaran en sus asesores. Alecciono con rigor a estos y les obligo a que no se separaran nunca de sus asesorados, pero por desgracia las noticias que llegaban de Verísima estuvieron próximas a hundirle en la depresión. Auxibio movía ficha y estaba ganando la partida.
Licerio necesitaba una batalla ganada para reconducir su particular guerra con el Rey Auxibio y esta podía ser la de encontrar a sus infiltrados. El problema seguía siendo que aun desconocía los planes de Benilda y sabía que, aunque alejados de los de su padre e incluso contrapuestos a los de este, serian terribles para Arturia. Ahora estaba en manos de Homobono, el mejor de sus hombres, implacable con los filos, impasible ante la muerte, despiadado con sus oponentes. Si alguien podía proporcionarle ventaja era él.

Don_Diego
Rango12 Nivel 55
hace 5 meses

Se pone cada vez mas interesante la historia. 😁👌


#6

EL ENCUENTRO. (1)

Homobono sabía que no tenía rival pasando inadvertido entre la muchedumbre. Sus más cercanos le consideraban un auténtico maestro en estas lides. Puso todo su empeño en cumplir con su ganada fama y simplemente se fusiono con la marea que inundaba la ciudadela ansiosa por celebrar las nupcias reales.
Con la escasa información que le habían proporcionado, creía haber localizado a su posible rival. Lo cierto era que le estaba costando seguirle pues el también dominaba con maestría el arte del camuflaje. Pero Homobono no perdía una presa desde que tenía diez años. Recordaba como entonces su padre le había iniciado en el camino de los guerreros Emigdios. Le enseño todo lo que él sabía, pero aun así se movía con torpeza y había perdido cuatro presas en las últimas semanas. Ese día su padre le encargo seguir con cautela a su madre. Fue concienzudo, se aplicó con especial esmero, pero ella escapo a su vigilancia en el mercado de Marya. Aquello hirió su ego profundamente, debilitando su autoestima. Saber que hasta su madre podía esquivarle le toco en lo más profundo e hizo la promesa de que jamás volvería a perder una presa y así fue- Duplico su entrega, maximizo su esfuerzo y exagero su dedicación. Desde entonces nunca perdió a ninguno de los que hizo su presa. Ahora seguía a aquel escurridizo Zemonio por las callejuelas de la zona sur, con la fijación que merecía y la certeza de que incrementaría su larga lista de éxitos.
Homobono vio como su presa se deslizaba cautelosa en el interior de un abandonado almacén de grano, considero que ese sería el lugar idóneo para abordar a su objetivo.
Años de duro entrenamiento en el clan de los Emigdios, eternas horas de sufrimiento, de apaleamientos, de vejaciones, de confrontar contra compañeros a los que se había visto obligado a castigar, a arrebatarles la vida, para alcanzar su meta, el grado máximo dentro del clan, habían hecho de su cuerpo un arma y de él el instrumento ideal para cazar a cualquier objetivo. Hoy le tocaba a aquel desgraciado. Era una misión menor, no era digna de alguien de su rango, Licerio comenzaba a menospreciar sus capacidades y le encargaba misiones que cualquiera de sus discípulos podría llevar a cabo con facilidad y eso le exasperaba. Homobono se había enfrentado en el campo de batalla a innumerables adversarios considerados mas fieros que él y los había derrotado. Había servido con disciplina y lealtad a Licerio desde que unieron sus caminos el día que este se convirtió en Primer Ministro y el rey le encomendó proteger su vida y nunca le había fallado. Homobono se había convertido en alguien importante asesorando en estrategia a Licerio y en su mejor confidente, incluso él se consideraba su amigo. Pero ahora le empezaba a menospreciar, encargándole minucias, apartándole de su lado, privilegiando a Ursicino por delante de él. Tal vez fuera por su belleza, o por su juventud, o por su marcada musculatura, pero Ursicino comenzaba a ocupar su lugar al lado de Licerio y eso solo se lo consentía a Cristino.
Con Cristino tenía una relación especial, eran camaradas, compañeros, amigos. Habían vivido mucho junto a Licerio y eso les había unido. Pero Ursicino era un recién llegado, y aunque el Primer Ministro sintiera una insana inclinación hacia su hermosura, él tenía que apartarle de él. Homobono se consideraba por encima de él… o ¿tal vez solo fuera en su imaginación? ¿Y si todo eran puras fantasías suyas? ¿Y si Licerio nunca le había visto como un amigo? ¿Y si realmente no era nada para él? No, eso no podía ser, él era el mejor, el más cualificado el más…
De las sombras del almacén una daga, ligera y bien equilibrada, corto el tenue velo de polvo que impregnaba el ambiente y se alojó en el musculoso pecho de Homobono seccionando su carne y derramando su sangre sin que él pudiera impedirlo. Le había pillado desprevenido. Estaba ensimismado en sus preocupaciones y había olvidado años de férrea disciplina por estar pendiente de sus sentimientos. Si no actuaba con rapidez podría perder la vida allí.
Homobono, desprendió de su pecho el acero y trato de taponar la herida con parte de su camisa, pero parecía casi imposible cortar esa hemorragia. El juicio se le nublaba y la conciencia quería escapar de su ser, pero se exigió un esfuerzo para evitarlo. Arrinconado tras una columna de madera, arropado por las sombras, trataba de ver como podía contraatacar a su presa evitando perecer en el intento.
Eutropio desplazaba su cuerpo con cautela y el mayor sigilo, tratando de evitar ser localizado por Homobono. Le había reconocido. Su fama y su amplia hoja de crueles servicios le precedía y a él le hacía ser precavido y cauteloso hasta el extremo, no podía fallar y si lo hacía, se enfrentaría en combate a uno de los mas temibles guerreros de los que tenía constancia. Ahora disponía de la ventaja de haber conseguido sangre antes que su oponente, debía mantenerla y mejorarla. Con Pia en su diestra y Caya, su otra daga, en la siniestra, acerco su fantasmal caminar hasta el lugar en el cual creía escuchar los contenidos suspiros de dolor de Homobono.
Le vio llegar y se irguió amenazante para cerciorarle de que había perdido su ventaja, ahora él estaba preparado y empuñaba a Alia, su bastarda a la que tantas veces había encomendado su vida.
Eutropio quebró su gesto al ver como se erguía su oponente. Habría preferido un ataque traicionero sin confrontación, a empezar una larga lucha con un magnifico oponente como se anticipaba que iba a ser la que se avecinaba. Empuño con fuerza a Pia, mientras adelantaba con firmeza sus pasos hacia el filo de la bastarda que empuñaba Homobono. Los aceros confrontaron desprendiendo un quejido luminiscente de chispas rabiosas. Eutropio giro sobre su eje mientras descargaba el golpe, tratando de penetrar el costado de su oponente con Caya, pero no iba a ser tan fácil, Homobono esquivo el tajo y desarticulo su brazo tratando de alcanzar la cabeza de Eutropio. Consiguió esquivar el golpe constriñendo su cuerpo sobre su obligo a la vez que repetía el golpe con Pia a la altura del cuello de su contrincante, Homobono interpuso de nuevo a Alia , solo que esta vez avanzo su brazo, ayudándose de su hermano para imprimir más fuerza a su contraataque. Eutropio sorprendido por el empuje titánico de su sangrante oponente, finto en cuanto fue capaz su cuerpo para rehuir la salvaje embestida. Con presteza afianzo sus pies en el firme y avanzo su bracamarte dirigiendo su filo hacia el costado de su desequilibrado oponente.

Don_Diego
Rango12 Nivel 55
hace 5 meses

"Los aceros confrontaron desprendiendo un quejido luminiscente de chispas rabiosas." Te importaria mucho si me robo esta parte?? Es que en cuanto la lei me encanto jeje es broma. Muy buena caja por cierto. 😁👍

Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace 5 meses

Roba sin problemas, no habrá conflicto, al contrario es un alago, me alegro que te guste.


#7

EL ENCUENTRO (2)
Homobono había perdió por un triste segundo la compostura y el equilibrio, al zafarse el Zemonio de su golpe a dos manos y ahora intuía el ataque con el que este trataría de abrir sus costillas. Como buenamente pudo, más de forma tosca y poco ortodoxa que refinada y digna, dejo que su cuerpo abrazara el terregoso suelo del almacén para luego girar con desesperación huyendo del filo cortante del arma de su oponente. Cuando considero prudencial la distancia se irguió con la poca agilidad que le permitía su escasez de fuerzas, comenzaba a notar la pérdida de sangre, aunque tratase de bloquear el dolor para no pensar en él. Pero apenas si tuvo tiempo para establecer estrategia, el Zemonio se encontraba casi ya a su altura, blandiendo su arma y amenazando desde las sombras con su traicionera daga.
Eutropio considero todas sus posibilidades mientras se lanzaba sobre su cansado oponente. La victoria estaba al alcance de su mano, pero algo le molestaba de aquella situación. Eutropio jamás había sentido culpa ni remordimientos al enfrentarse ante una vida que iba a cercenar, pero esta vez algo era distinto. No comprendía porque aquel hombre, del que tenía constancia había dado muerte a tantos como el mismo, hoy le creaba un estúpido sentimiento de pena, de congoja al saber que su final estaba próximo. Trato de reaccionar lo mas pronto posible pero sus dudas habían provocado su error y ahora debía retroceder ante la respuesta de su rival.
Aquello no era comprensible para él. El Zemonio había errado su ataque, había dudado y le había permitido esquivarle y ganar terreno para contraatacar. Homobono se había visto perdido, su movilidad comenzaba a se limitada y el último ataque le pillo recomponiendo defensas, estaba desguarnecido pero el Zemonio había fallado, su golpe había sido blando y poco certero.
—Lo siento Homobono, perdone mi falta de consideración, no volverá a pasar, prometo darle pronta muerte limpia y digna.— Eutropio sentía la necesidad de explicar su torpeza a tan digno rival.
—Veo que me conoces… No te excuses chaval y no te envalentones que esta por ver si podrás conmigo… Yo no te garantizo nada digno, si puedo te mato por la espalda… Lo pillas.— Homobono no entendía a ton de que aquel tipo comenzaba ahora una conversación. Sabia de su delicada situación, viendo la destreza del rival y la gravedad de su herida, pero no le iba a facilitar la contienda.
Presa de su ardor y sabedor de que solo la sorpresa podría darle ventaja, Homobono lanzo con fiereza su bastarda hacia su contrincante, impulsándola con todas sus fuerzas justo cuando termino de hablar. La espada voló girando en el aire rápida y mortal hasta llegar a la altura de la cabeza de Eutropio. Casi sin tiempo para nada más, movió su diestra e interpuso a Pia lo justo para evitar que su filo abriera en dos su cráneo, pero no pudo impedir que la brusquedad del encuentro le cortara el pómulo profundamente. No pudo ni siquiera pensar en la herida pues tras la bastarda su dueño arremetía contra el con el gesto quebrado por la rabia y la furia llameando en su mirada. Homobono impacto en el pecho de Eutropio y le abrazo tratando de inmovilizar sus brazos y así evitar los filos de sus armas pero no lo consiguió. Caya atravesó su abdomen y le produjo una indescriptible corriente de dolor que atravesó todo su cuerpo, aun así trato de no soltar su presa, aun a sabiendas de que la nueva herida acabaría por desangrarle, aquellas malditas dagas eran largas y afiladas y cuando entraban destrozaban lo que a su paso encontraban.
Los contendientes rodaron por el suelo levantando una triste polvareda hasta golpear con sus cuerpos en una de las destartaladas paredes de madera. Eutropio salto ágilmente hacia atrás dejando tendido en el suelo a Homobono. Al retirar la daga un enérgico torrente de sangre, mano de su vientre augurando el final del combate.
—Mierda de dagas… toda la vida peleando en los mejores campos de batalla, en los mas dignos campos de duelos… y acabar aquí en esta mierda de sitio, lleno de polvo… Hay que joderse la puta vida como te maltrata… al menos dime cómo te llamas… saber quien me ha matado es lo mínimo que merezco…
—Mi nombre es Eutropio…
—No me jodas, el cabronazo del general Eutropio… tio, eres una leyenda… mira al menos muero a manos de alguien de mi mismo rango…
—Siento en el alma que nuestro encuentro haya sido así…
—Macho deja de lamentarte… eres muy pesa…
Homobono perdió el ultimo brillo de sus ojos y la vida le abandono, mientras Eutropio, a su lado, inclinaba la cabeza meditando una oración por su alma.


#8

EL INCONDICIONAL.

—¡Señor! ¡Señor! Malas noticias traigo, Homobono ha caído. Encontraron su cuerpo en la zona sur de la ciudadela. — Jadeo Cristino con la voz compungida por las noticias.
—¿Qué es lo que mascullas? ¿Me estas tomando el pelo? Acaso ¿tienes ganas de broma?— Licerio bramo con rabia mientras se separaba de sus contertulios.
—No mi señor, es cierto lo que le digo. Siento un gran pesar por darle estas noticias, pero son ciertas.
Licerio miraba desencajado a Cristino. Su mente no era capaz de procesar lo que escuchaba, se negaba a aceptar las fatales noticias que su inseparable compañero le trasladaba. Homobono su fiel compañero, su adorado, su suspirado, su deseado, había partido rumbo al mar de los caídos y el quedaba aquí sin poder decirle lo que tantas veces había deseado.
—¿Cómo puede ser? ¿Quién se ha atrevido? ¿Cómo… — El llanto broto sin contención, mientras Cristino se apresuraba a desalojar a los presentes y a cerrar las puertas, para que nadie pudiera contemplar al más importante de los afines al rey, quebrar su alma presa del sufrimiento.
—Señor, parece ser que cayó en una emboscada de los esbirros de Auxibio. Supongo que debían ser bastantes para poder doblegar a alguien tan formidable como Homobono.
—Cristino, ¡dijiste que era un solo hombre! ¡Un hombre! eso me informaste, por eso mande solo a Homobono para que se distrajera con algo sencillo y ¡ahora me insinúas que han sido varios los que le atacaron!
—No lo se… todo es confuso aun.
—Pues aclara la confusión y pon en alerta a toda la guardia, que patrullen sin descanso y que retengan a todos los sospechosos. ¡A todos!
—Sin falta mi señor. Ahora mismo me encargo de transmitir sus ordenes…
—¡YA! ¡VUELA!
Cristino se esfumo de la estancia, dejando tras de si a su señor dolorido, deprimido y encolerizado.
Sin dilación, sin descanso y con toda la autoridad que le confería su cargo, repartió ordenes, lanzo reproches, exigió acción y sobre todo, movilizo a todo aquel que estaba disponible entre los mandos de la guardia de la capital.
Cristino conocía los sentimientos y las inclinaciones de su señor. El tiempo la convivencia y la complicidad le habían convertido en un experto en todo lo concerniente a Licerio, a pesar del manto con el que Licerio trataba de ocultarlo, pero era algo imposible. Cristino se ocupaba de todo lo íntimo. De su ropa, de su correspondencia, de hacer llegar y recibir mensajes. El tiempo, la necesidad y la certeza de una férrea amistad, infundieron en Licerio la convicción de que no podía ocultar nada a su fiel compañero. Desde ese momento también le correspondió ocuparse de facilitar las ocultas llegadas y las convenientes desapariciones de sus compañeros de lecho.
Cristino perdió su juventud en su tierra natal y se escapó parte de su madurez esclavizado por el conde Vizancedo, un despiadado esclavista especializado en hacer incursiones por las tierras del sur, allí donde él había dejado su hogar y había perdido a su familia. Licerio le libero a él y a todos con los que aun no había conseguido enriquecerse el desalmado conde, en una incursión por tierras de Catirsa, encaminada a buscar rutas comerciales alejadas de los conflictos con sus vecinos y que les acercaran a las ricas tierras del sur. Licerio no soporto la condición de esclavista del conde y menos aun ver el sometimiento de aquellos pobres subyugados, decidido terminar con el negocio liberar a presos y opresores obteniendo una colonia afín a Arturia y el primero de sus puertos de la nueva ruta comercial.
De todos los que ese día obtuvieron la libertad, por alguna extraña e impredecible razón, Licerio se fijó en él, le pregunto, le interrogo, quiso saber de sus conocimientos, de su vida, de su familia, fue como si algo le indicara que Cristino era la persona que el necesitaba a su lado. Desde entonces nunca mas se separaron.
Cristino no tenía más lazos en este mudo que los que le unían a Licerio. Su familia fue masacrada por Vizancedo. Crato y todos los sabios del templo de Arsubi, donde él había aprendido todo lo que sabía y había comprendido todo lo que este universo nos aportaba, perecieron bajo las llamas de la incomprensión y la ignorancia del ejercito del conde. Su pueblo casi había sido vendido y los que quedaban ahora eran solo almas sin patria que imploraban a Arturia un lugar en el que vivir. Le habían extirpado sus orígenes y ahora se sentía feliz por poder compartir su vida junto a Licerio.
Ahora su señor, su amigo, le necesitaba más que nunca. La persona a la que amaba, aunque nunca se lo hubiera confesado, acababa de morir. El reino que gobernaba, ante la inutilidad de un rey en casi permanente estado de embriaguez, incapaz de regir su propia casa, y la ineptitud de un heredero gobernado por la gula, perdido en el opio, pero sobre todo dominado por la peor de las mujeres, amenazaba con derrumbarse y sucumbir. Debía prestarle todo su apoyo, todos sus conocimientos y todo su cariño para sostenerle en tan delicada situación.
Cristino sabía que su principal cometido era mantener vigilada a la ladina prometida del heredero. Aquella mujer le erizaba el vello cada vez que sentía su proximidad. Si su maestro Crato hubiera tenido la desdicha de conocerla, habría requerido la presencia de los mejores exorcizadores para expulsar el mal de su alma. Para ello tenia a Aleja la mejor de las asuncordas, meigas dotadas del don de la vigilancia, la sospecha y el seguimiento. Sabía que a Aleja no se le escaparía nada, que le informaría de sus movimientos y de con quien se relacionaba, incluso si podía se enteraría de sus planes. Para desgracia de Cristino, Aleja se había encontrado con un formidable oponente, Jorja una gamusina experta en camuflar, difuminar, escabullir, todo lo que rodeaba a su señora, además de ser la supuesta jefa de la red de informadores de la prometida real. La información que le llegaba a Cristino a raíz de este problema era escasa y el tiempo pasaba sin avances sobre los planes de la ladina princesa. Ahora necesitaba a Aleja para localizar a los asesinos y facilitar la venganza de su señor.
—¿Qué sabes?
—Malas noticias. Me he enterado de que solo fue un hombre el que dio muerte al gran guerrero, pero es como un fantasma, nadie lo vio, nadie sabe de donde vino, ni nadie sabe donde puede estar, lo que si se rumorea es que Auxibio pudo haber mandado al General Eutropio a rescatar a la princesa y si fuera asi…
—Realmente si sería un problema y también una explicación a la muerte del pobre de Homobono, solo uno de su talla podría haberle derrotado… Gracias por la información Aleja, mantente alerta y si dieras con él infórmame inmediatamente.
—No lo dude ni por un instante que así será.— La imagen de Aleja se desvaneció del aguamanil sobre el que flotaba inquietante. A Cristino no le gustaba la magia, pero alguien como él necesitaba de ella para poder servir de la mejor manera posible a su señor y pese a sus recelos se veía obligado a participar de ella.
Las noticias eran preocupantes, además debía mantenerlas ocultas pues si Licerio tuviera conocimiento de ellas podría empezar una nueva guerra y él sabía que esos no eran sus deseos, pero la ofuscación rige la peor de las decisiones. Sabedor de ello decidió buscar a Edmigio, un terrible Aouns al que utilizaba en los momentos de máxima necesidad.
Aouns quedaban pocos, esta terrible raza había sido perseguida y casi diezmada a pesar de sus grandes capacidades para fundirse con su entorno, aun así su necesidad de sacrificar a sus parejas, tras el parto a su terrible señor demoniaco y su carácter de raza dedicada a la magia negra, les habían convertido en objetivo de cazadores de monstruos. Por suerte el invierno había quedado atrás y con la llegada de la primavera Edmigio volvería a poseer sus alas, pérdidas durante el paso invernal, y con ellas su capacidad de volar aumentando sus posibilidades de éxito. Los Aouns eran conocidos por su habilidad para empatizar con la gente, pero también por su facilidad para infligir dolor si era necesario, lo que les convertía en los mejores interrogadores. Tampoco era despreciable su capacidad con los filos largos y el arco, por todo ello Edmigio era el as en la maga de Cristino.
—Necesito de tus habilidades, tienes que localizar al asesino de Homobono, Aleja esta también en ello pero creo que juntos seréis mas efectivos.
Edmigio irguió su larga figura de ébano con orgullo, sabedor de la cara misión que Cristino le confería. Su piel, lisa y carente de bello, mostro el palpitar del hechizo que le permitía ocultar sus alas a la vista mundana.
—“Sin tardanza contacto con ella para trazar nuestros movimientos.”— Sus pensamientos reverberaron en la mente de Cristino ya que los Aouns nacían con la incapacidad del habla pero aprendían, por medio de magia, a comunicarse, con aquellos que ellos escogían, mediante el pensamiento.
Cristino no podía hacer más, había movido ficha, ahora solo quedaba esperar a que sus fieles hicieran su trabajo. El momento requería poner todo su ser en reconfortar a su señor. Cristino sabía que el negaría el dolor que carcomía su alma, pero aun así allí estaría el para tratar de empequeñecer los clavos de dolor que sangraban el corazón de Licerio, mientras preparaba el dulce plato de la venganza para él.

Don_Diego
Rango12 Nivel 55
hace 3 meses

Oh! Cuanta informacion en una sola caja. Sigo en la historia.


#9

TANTEOS.(1)

Benilda sentía una ansiedad ajena a ella. No tenía recuerdos de ese sentimiento a lo largo de su vida. Una sensación que le provocaba impaciencia y un deseo irrefrenable de encontrarse con Eutropio, era completamente nuevo para ella.
Benilda siempre había sido una mujer fría, curtida en desalmando pretendientes, diestra en manipulando corazones, certera evitando ser alcanzada por los vapores del amor. Ahora un tenue destello de ilusión creaba nubarrones de preocupación sobre sus sentimientos. Ella no podía caer en esos momentos, su plan era mas importante, no podía dejarse llevar por un encaprichamiento, debía apartarlo de su cabeza, arrinconarlo en un cajón en el doble fondo de su corazón. Debía seguir siendo la mujer fría y calculadora que siempre había sido.
—Señora, parece ser que se confirma que solo es un tipo el que vino y he oído que casi seguro es el General Eutropio, o al menos eso me dicen los que se han enterado. Y por lo visto ha matado a Homobono, el tío los tiene bien puestos…— Benilda atravesó con su mirada inclemente a Jorja, no la gustaba que hablase de esa forma de Eutropio. En ese mismo instante se recrimino a si misma volver a caer en los sentimientos que quería arrinconar.
—¿Estas segura de lo que dices?
—Todo lo que me deja estarlo la información de los míos, pero he de decirla que uno de ellos se enteró en las mismísimas narices de Licerio de esto, que andaba por allí escondido el ladino y consiguió escucharlo. — Jorja sonreía con satisfacción enorgullecida de la capacidad de los suyos de obtener información desde las estancias del inexpugnable Licerio.
—Pues estas tardando en capturarlo. Sabes lo importante que es para mí que no se interfiera en mis planes.
—Señora, se hace lo que se puede, el General es difícil de localizar y si pudo con Homobono…
—Jorja no hay excusa. Recurre a quien sea pero apártale de mi camino.
—¿Está segura de eso señora? Mire que puede que no podamos cogerle vivo.
Benilda reflexión una décima de segundo la posibilidad que le planteaba su adepta. Con toda la frialdad que había atesorado durante años, dibujo un gélido gesto en su rostro, mientras su corazón se encogía en una desconocida sensación de dolor que trataba de ignorar con todo su ser. Ella no podía sucumbir a niñerías ni encaprichamientos, lo importante era su venganza, lo primordial era alimentar su ego obteniendo una victoria más ante todos aquellos ineptos, lo único realmente esencial era ser ella, la que siempre había sido, la que siempre había triunfado, la que siempre… Por mas que lo intentaba no encontraba mas justificaciones, pues sabía que su triunfo seria celebrado en soledad, solo ella lo disfrutaría, solo ella lo sabría, solo ella se beneficiaría… Hasta de eso dudaba ahora, tal vez el beneficio no fuera tal si perdía eso que se negaba a reconocer, si apartaba lo que empezaba a sentir, si…
—¡Jorja, lo que sea! Solo me importa logar mi victoria.— La gamusina miro con ternura a su señora. Jorja sabía que mentía, pero ella solo era una mandada y desde luego nunca la había invitado a compartir sentimientos, que hasta hacia poco tiempo creía inexistentes en su señora. Pero ella tenía la certeza de que algo estaba cambiando en aquel tempano de hielo capaz de engañar al mejor de los Aouns.
—Me pongo a ello. En cuanto sepa algo la aviso.
La gamusina esfumo su presencia y Benilda quedo sumida en sus pensamientos.
Unos firmes golpes de nudillos avisaron a la princesa.
—Adelante.
Cristino entro en la estancia de Benilda flanqueado por dos guardias del palacio. Mantenía erguida su elevada figura, engrandecida por la túnica blanca que siempre lucia y que destacaba con exageración su oscura piel. Caminaba con pasos cortos apenas perceptibles por la larga prenda, lo que semejaba la sensación de estar flotando al andar.
—Alteza, el Primer Ministro solicita audiencia urgente en las próximas horas. Llegaron noticias desde Zemonan, por ello se os solicita audiencia para informaros sobre ellas, además de proseguir con los preparativos de las nupcias reales.
Benilda experimento un breve momento de regocijo al comprender lo extraño de la petición. Nunca la avisaban cuando querían reunirse con ella, ni Licerio ni el Rey, de hacerlo ahora solo significaba que el Primer Ministro estaba nervioso y buscaba cambiar de estrategia en un intento desesperado de tomar ventaja.
—Sin ningún problema, siempre dispuesta a atender al bueno del Primer Ministro, ya sabe él que le tengo en gran estima y no necesita tanto protocolo para hablar conmigo. — Benilda no necesitaba de ningún esfuerzo para fingir amabilidad y cariño por alguien a quien despreciaba, tenía sobrada experiencia en ello.
—En una hora en la sala de consejos os espera. Si me lo permitís me retiro ya, mi misión ha sido cumplida. — Cristino semiinclino su elegante figura decidido a escapar de la presencia de la maligna.
—Querido Cristino, antes de abandonarme a mi soledad, podríais complacerme con uno de los acertados consejos con los que siempre nos agasajáis.— Benilda necesitaba ventaja y tal vez , solo tal vez, Cristino podría proporcionársela.
—Lo siento en el alma Alteza, pero mis múltiples ocupaciones me impiden entretenerme…
—Solo será un momento, te lo aseguro buen Cristino — Benilda acerco su figura a la del estirado Cristino, dibujando la bobería en su rostro y deslizándola en sus palabras, mientras dejaba caer una tímida mirada de necesidad desde los ojos del secretario hasta el suelo de la estancia, mientras un leve suspiro armonizaba el movimiento.
Cristino sintió un leve escalofrió cuando el rostro de la princesa rozo su hombro al acercarse a él con la petición. Aunque era plenamente consciente de la falacia de su fingida inocencia, la mirada de sus hombres le indico que ellos chismorrearian rápidamente una negativa ante aquella petición. Lo veía en ellos, los había embobado, los había cautivado con su aire de princesa desvalida.
—Decidme que queréis, hare un breve alto en mis ocupaciones por vos.
—¡Oh! Gracias, gracias, gracias… es una tontería pero creo que tu consejo será ideal para esto. Mira, había pensado en podría ir al bazar de los joyeros a encargar un brazalete único para mi prometido. Tiene que ser especia, como lo es él. — Sus últimas palabras las acompaño con la más empalagosa de las miradas que guardaba, de las miles que había ensayado, además de flexionar todo su cuerpo en un gesto de tierna inocencia. — Pero yo no puedo ir sola y me gustaría que me acompañara Homobono, últimamente me siento como vigilada y él es el mejor de los guerreros del reino…
Cristino dejo escapar un claro gesto de renuencia, acompañado de algo de sorpresa y mucho de inquietud. Tenía la certeza de que la princesa sabia ya lo de Homobono, casi antes que él, y para colmo debía urdir algo para escapar de su movimiento.
—Alteza pienso que lo del regalo es una gran idea pero no creo que sea necesario que salgáis de palacio, estando todo como esta. En la ciudad cada vez hay mas extranjeros que acuden ante el cercano enlace real y es casi imposible garantizar vuestra seguridad, sea quien sea vuestra escolta. Lo mejor será que me digáis que es lo que queréis y yo me encargare de que se cumplan vuestros deseos, hasta en el mas pequeño de los detalles. — Cristino creyó haber acertado con su respuesta y sintió un breve alivio la pensar que podría escapar de las garras de Benilda.
—Me alegra muchísimo que te guste mi idea y por lo otro, no te preocupes. Soy la princesa, nadie me va a hacer daño, ellos vienen para ver mi boda, además con Homobono a mi lado nadie se atreverá a acercarse a mi. — Benilda sonreía en su alma, sentía satisfacción por ver sufrir a Cristino tratando de buscar escusas estúpidas para evitar decir la verdad.
—Alteza, si insistís os proporcionare la mejor de las escoltas, pero lo de Homobono será imposible, partió en misión especial.
—¡Oh! ¡Que lastima! Con lo que deseaba yo lucir con una escolta tan especial. Pues si que debe ser importante la misión para partir así un día como hoy.
—Muy importante, pero ¿Quién os dijo que partió hoy?
—Nadie, yo le vi hace unas horas, tan fuerte, tan impresionante, por eso pensé que sería el mejor escolta.
—Si no necesitáis mas de mí, he de seguir con mis cometidos…
—Ohh… ya me dejáis, y sin satisfacer mis ganas de cotillear un poco… que triste esto de ser princesa, nadie me cuenta nada, en fin, cuando creas conveniente mándame la escolta para lo que te pedí, y cuando vuelva, dale recuerdos a Homobono y dile que desearía que fuera mi escolta. — Benilda sonrió con picardía a Cristino mientras este abandonaba la estancia sintiéndose apaleado.

Don_Diego
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hace 3 meses

—Adelante.
Cristino entro en la estancia de Benilda flanqueado por dos guardias del palacio. Mantenía erguida su elevada figura, engrandecida por la túnica blanca que siempre lucia y que destacaba con exageración su oscura piel. Caminaba con pasos cortos apenas perceptibles por la larga prenda, lo que semejaba la sensación de estar flotando al andar.

Mi mejor parte de entre todo lo bueno. 😁👌


#10

TANTEOS.(2)

Benilda disfruto su nimia victoria mientras se preparaba para el encuentro con un digno oponente como era el Primer Ministro. Sabia de la necesidad de Licerio por permanecer siempre en un plano gris, en dejar ser importante a su rey, en ser solo el que esta ahí sin llevarse los méritos, pero ella era consciente que la fama de Ladino que se había extendido por los reinos ligada a la figura de Columbano, era el reflejo de los hilos que Licerio movía entorno a su señor.
Durante el año que había compartido con la familia real, fingiendo candidez, mostrando ingenuidad y sobrealimentándolos de empalagosería, había conseguido retratar a cada uno de ellos con certeza y mano de buena analista.
Columbano no era un mal rey. Su mente era abierta y siempre estaba dispuesto a recibir un buen consejo y a compartir aquello de lo que dudaba, esperando una ayuda para tomar una decisión acertada. Su único problema era su hijo, un rechoncho ser, inútil para pensar, incapaz de decidir y sobre todo carente de toda autoridad. Caciano vivía para dilapidar el tesoro real en banalidades, fiestas y lujos. Caciano existía para amargar a su padre y para hacerle ver que a su muerte dejaría al reino al borde de la ruina en manos de su inútil vástago. Por ello dedicaba cada vez mas tiempo a perderse entre los vapores del alcohol, en adormecerse libando elixires, en hundirse en las profundidades de una eterna amnesia etílica. Había encontrado su refugio en los néctares espirituales y con ello había comenzado a abandonar la regencia del reino. Por suerte su fiel sombra, Licerio, ocultaba su fragilidad y mantenía su imagen de hábil gobernante y diestro estratega.
Benilda se disponía a enfrentarse al Primer ministro cuando cruzo sus pasos con los de la Reina Dosinda.
—Buenos días Alteza.
—Buenos días Benilda ¿Cómo tu por este lado del palacio?
—Asuntos a tratar con el Primer Ministro. Algo urgente dice que es, no se que puede ser tan importante. Tal vez sea algo de la boda, pues no creo que haya cosa mas importante ahora. — Benilda mantenía su tono simplón y el aire de princesa ignorante, era el perfil que la convenía incluso ante Dosinda.
—Pues anda ligera y no hagas esperar al bueno de Licerio, que siempre anda en mil negocios y en cientos de enredos para mantenernos a todos libres de pesares.
—Sin tardanza me encamino a cumplir con el no sin antes solicitar a su Alteza que comparta conmino la merienda, tenemos mucho de lo que hablar.
Benilda dibujo un artificioso gesto de dulzura en su rostro esperando la respuesta de la Reina. A Dosinda no la había prestado atención durante sus primeros meses en el entorno real, Benilda. Para ella, en un principio, solo había supuesto una figura más en un decorado en el que solo destacaban Licerio, Columbano y Cristino, los demás solo eran adornos. El paso de los meses y varios planes frustrados, a pesar de tener controlados y contenidos a sus tres principales rivales, la habían puesto sobre aviso de la figura que manejaba en la sombra parte del reino. Dosinda disfrutaba solo siendo la consorte, exhibiéndose ingenua y mostrándose muda e inútil. Siempre erguida, siempre perfecta, siempre educada, siempre correcta. Todos hablaban maravillas de ella pero nadie le daba importancia, solo era la Reina, la que estaba junto al Rey, la que le apoyaba, pero nadie era capaz de dar noticia sobre ningún hecho significativo en el que hubiera participado. El dosier era demasiado simple y por ello Benilda, ante sus fracasos sin explicación, decido fijar mas su atención en la consorte. Poco a poco descubrió en ella muchos de las artimañas que ella misma utilizaba. Con la ayuda de Jorja intuyo la red de adscritos que desbarataban sus planes. Revelo una digna rival y alguien a la que no menospreciar y de la que cubrirse y a la que tratar de tener lo mas engañada posible. El enemigo incrementaba sus filas pero a Benilda eso poco la importaba.
—Por supuesto querida niña. Sin falta esta tarde nos encontraremos para disfrutar de la merienda.
Ambas separaron sus caminos dejando el aire cargado de recelos y lleno de suspicacias.
Benilda entro en la Sala de Consejos, un recargado salón, demasiado amplio para su gusto, demasiado amueblado y demasiado colorido. Licerio la esperaba en soledad sentado en el sillón en el que siempre recibía a todo aquel que solicitaba audiencia. Frente a el se había dispuesto un par igual al que el ocupaba.
—Alteza. — Dijo mientras dibujaba una sutil reverencia, tras levantarse, e indicaba el sillón para que tomara asiento Benilda.
—¿Cuál es esa urgencia que me trae a vuestra presencia Ministro? — Benilda gustaba de empequeñecer el cargo de Licerio buscando su malestar. Tomo asiento dibujando toda la ingenuidad que pudo en su rostro.
—Alteza, su majestad me ha pedido que os ponga al corriente de los últimos e importantes hecho que han sucedido en el reino ya que puede que interfieran en la futura boda real. — Licerio trataba de dar un tono neutral a sus palabras, aun sintiendo un profundo malestar al pensar cuales eran dichas noticias.
—¡Oh! ¡Por lo mas sagrado, Licerio, no me asustes! — Benilda exagero sus temores todo lo que pudo.
—No os alarméis alteza, pero el Rey cree necesario que estéis informada de ello…
—Pues sin piedad, no esperes más, si es tan importante, cuéntame, lo soportare. — Benilda adopto un gesto de falsa dignidad, muy parecido al que había visto realizar a las otras doncellas en momentos similares.
—Lo mas importante es que tenemos la certeza de que enviados de vuestro padre están en la ciudadela y creemos que sus intenciones no son pacíficas, lo que podría suponer…
—No os consiento que penséis que mi padre haría algo para evitar mi felicidad.
—No es eso lo que quería decir, solo que tal vez alguien en vuestro reino trate de impedir las nupcias…
—No, no y no. Mi padre jamás lo consentiría, mi padre les cortaría la cabeza ante, mi padre…
—¡Pare ya de fingir! Usted sabe como yo que su padre no quiere esta boda, y que usted lo ha hecho todo para fastidiarle, que todo esto no es más que un capricho suyo, o algo más. Si le soy sincera a mí no me alcanza para saber que es lo que trama. — Licerio había explotado, no había aguantado más la falsedad de la princesa. Necesitaba respuestas y debían quitarse las máscaras cuanto antes.
—No os entiendo Ministro, no se de que habláis… yo… — Benilda disfrutaba con aquello. Llevaba tiempo esperando que alguno de sus oponentes se quitara la masacrara y por fin lo había logrado, ahora tenía que derrotarlo.
—No finjáis, se como sois, se lo que habéis estado haciendo, pero no se que pretendéis. Alteza, puede que sus planes y los míos sean los mismos, pero necesito saberlos, solo así podremos ver si tenemos un objetivo común.
—Por favor Licerio, creo que os ha dado una fiebre o algo parecido. No, ya se, debéis estar hechizado. Es que solo así me explico tanta tontería como la que estáis diciendo. Yo no sé de que me habláis, yo no he hecho nada. Bueno si, preparar una boda por todo lo alto, hummm. — Benilda termino sonriendo y mostrando su felicidad al desconcertado Licerio.
Durante una larga hora Licerio trato de quebrar la fachada de Benilda sin obtener mas que tontas sonrisas, chillidos de desesperación por la reiteración de preguntas, un ataque de nervios histriónico por lo insistente del interrogatorio y finalmente una eterna promesa de no dirigirle la palabra durante toda su vida.
Frustrado y con la idea de que tal vez se estuviera equivocando, Licerio permitió a Benilda abandonar la sala. La princesa al sentir tras de si cerrarse las puertas dibujo un maligno gesto de triunfo en su sonrisa iluminando todo el pasillo con sus ojos centelleantes de victoria.

Don_Diego
Rango12 Nivel 55
hace 3 meses

😈 malvada, seductora, fria y calculadora. Genial personaje.

Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace 3 meses

Es ella y solo ella, la protagonista de la historia. Me alegra que te guste el personaje @Don_Diego.


#11

CERCA(1)

Eutropio sabia como llegar al corazón de la fortaleza real, solo debía llegar hasta la muralla en la zona sur de la ciudadela.
Empezaba a estar cansado, el combate contra Homobono había sido rápido y limpio pero se encontró en su camino con tres adversarios mas, no se aproximaron ni de lejos al reto de enfrentarse al legendario Homobono pero, tras el viaje y el poco descanso, empezaba a sentir la sensación de cansancio que tan bien conocía.
Sabía que aún le quedaban rivales a los que enfrentarse y al que mas temía era al que había visto sobrevolarle en un par de ocasiones. Tenía la certeza de que era un Aouns y eso le intranquilizaba. Eutropio seguía al pie de la letra las enseñanzas de su maestro y siempre respetaba y temía a su adversario pues él, con su sabiduría legendaria, le inculco que solo el miedo y el respeto por aquello a lo que te enfrentas te hará valorar en su justa medida a tu oponente.
Eutropio llego a la zona sur de la ciudadela y distinguió, al final de la angosta callejuela por la que transitaba, su destino. Para su desgracia, la salida de los desagües que vertían en el canal que desembocaba en el rio, estaba siempre protegida por una guarnición de soldados, para su dicha todos parecían ser los menos preparados de los que formaran las filas de la guardia real, aquel era claramente un destino de castigo.
Eutropio avanzo sin ninguna discreción hacia los guardianes. Alguien dio la alerta de su proximidad y cinco mal pertrechados soldados trataron de hacerle frente. Con cautela pero sabedor de su condición de favorito, acelero su paso y lo convirtió en carrera con la que envestir a los desafortunados contendientes. Desplazo su cuerpo entre los filos de las armas de dos de sus oponentes, mientras su fuerte mano desarmaba al situado a su diestra. Freno sus pies levantando una nimia nube de polvo y enfrento la sustraída espada a la del adversario que se precipitaba sobre él desde su izquierda mientras golpeaba con violencia en la nuca al desdichado guardia que acaba de dejar atrás. Cruzaron los filos desgarrando el aire con sus rugidos, mientras los guardias gritaban atemorizados tratando de encontrar un valor perdido mucho antes de iniciarse la contienda.
Eutropio cerceno al opositor de su derecha tras apartar al que enfrentaba a la izquierda. En un movimiento natural, el arma, dibujo un arco al empujar con violencia la melliza que portaba su oponente topándose en su camino con el pecho del siguiente desgraciado. Abandono con rapidez el desgarro y enfilo al que acababa de llegar, atemorizado y tembloroso, sin apenas poder sostener su arma. Eutropio simplemente golpeo en su frente con la empuñadura dejándole sumido en la inconsciencia. Desenvaino a Caya que voló con precisión al centro de la espalda del que intentaba escapar. El desdichado doblo sus rodillas dejando escapar su vida. Eutropio se dirigió a recuperar su daga mientras amenazaba al soldado que aun permanecía consciente. Le miraba atónito, atemorizado, aun con la espada en la mano y con su espalda dolorida apoyada en el suelo. No se atrevió a moverse, tal vez así consiguiera sobrevivir a su encuentro.
Eutropio no tenía ningún interés en arrebatar mas vidas de las necesarias, él no era un sanguinario, un cruel asesino, solo mataba por necesidad y ya había cubierto su cupo del día, no quería matar a ninguno de los que quedaban con vida si ellos no se proponían perderla en acciones sin sentido, les había dejado bien claro quien dominaba la situación.
Dirigió sus pasos hacia la salida de los desagües de la ciudad, ignorando al atemorizado soldado. Sintió su presencia antes de que posara sus pies en el suelo. Eutropio siempre había sido capaz de anticipar a un adversario poderoso, y el que se acercaba lo era. Una tenue reverberación en el aire le anuncio la presencia de la magia, al mirar a la salida de los desagües contemplo como una leve membrana magia los cubría. Eutropio imagino que estaban allí por él, el agua salía pero podía imaginar que él no podría entrar. Solo había una forma de eliminar el hechizo, matar al autor, pues sabía que convencerle de eliminarlo sería imposible.
El polvo que se acumulaba en el suelo se levantó impulsado por el movimiento de las alas del Aouns, Eutropio giro sobre sus talones para enfrentarse a su nuevo oponente. Sus amuletos, cargados de hechizos protectores contra la magia, centelleaban nerviosos mientras ejercían su función.
—“Veo que estas protegido, entonces olvidemos la magia y centrémonos en nuestras armas”— Áspero y sin emociones aparentes la voz reverbero en la conciencia de Eutropio sin que fuera emitida por la garganta de su oponente.
Eutropio dejó caer la espada robada al guardia, envaino su daga y empuño su bracamarte, un rival como el que se disponía a enfrentar requería del curtido filo de Pia. Posiciono sus pies con firmeza en el suelo y espero los movimientos de su adversario. Eutropio sabía que con un Aouns no podía precipitarse, dominaban la espada, tenían la capacidad de volar y podían distraerle con magia, el combate prometía toda la cautela de la que el fuera capaz de utilizar.
—“Es un honor enfrentar a tan poderosa arma, le precede su fama, así como la de su portador. La mía no tiene fama pero si un gran filo, espero este a la altura del encuentro.”—Edmigio desenvaino su montante con ligereza a pesar el tamaño del arma que se mostraba pesada y muy afilada.
Edmigio dio un paso adelante mientras recogía sus alas, casi imperceptibles ahora. Oriento la punta de su montante hacia Eutropio aferrándola con firmeza con ambas manos. Su marcada musculatura mostraba la facilidad con la que podía manejar un arma de esas dimensiones y obligaba a Eutropio a mantener una distancia demasiado alta para evitar sus mandobles si quería conservar la vida.
Edmigio avanzo su pierna derecha mientas su montante atacaba frontalmente a Eutropio. Los cinco metros que los separaban se fundieron en uno y el Zemonio apenas si tuvo tiempo de golpear el tercio débil del montante para evitar ser embestido. Eutropio reacciono con presteza y giro sobre sus talones, lanzando la curvatura de su bracamarte hacia las piernas del Aouns que anticipo el movimiento con un golpe de sus alas que le elevo lo suficiente para evitar el corte. Eutropio equilibro con presteza su fallo y dirigió su arma para evitar la descarga que Edmigio, desde la altura que se encontraba, lanzaba sobre su cabeza. Ambos filos confrontaron y gimieron, destellando sus aceros.
Los minutos pasaron, los golpes, los intentos de corte, las atacadas infructuosas se sucedían. El combate anunciaba tablas, a pesar de las artimañas mágicas de las que se trataba de beneficiar Edmigio, pero Eutropio sabía que su cansancio podría ser determinante en el resultado final. Tenía que tomar ventaja y debía ser cuanto antes.

Don_Diego
Rango12 Nivel 55
hace 3 meses

Jijiji jejeje JAJAJA(risa de un artimañoso(no sé si eso exista) en creciente euforia) Buena pelea, de aqui presiento que he ganado cierto tipo de experiencia y de obtenidos algunos buenos puntos de vista para hacer mejores peleas 😁😁😁. Te sigo leyendo.


#12

CERCA (2)

Desde un oscuro rincón, allí donde nunca mira nadie, un gamusino contemplaba atónito el combate de titanes. Tenía un claro encargo, localizar al infiltrado de Zemonan, pero que hacer una vez localizado le tenía confundido.
En un principio les habían ordenado solo seguirlo y localizarlo, para tenerle controlado, pero las ordenes habían cambiado y durante unas horas la misión era localizar y eliminar si no era posible capturar. Ahora que él había cumplido con la primera parte de la misión le había llegado la orden de ayudar desde la sombra al intruso a llegar a su destino. Lo cierto era que para alguien tan insignificante como el la misión podría resultarle algo complicada, pero un gamusino siempre tiene un as en la manga y un odio visceral por los Aouns.
Con la cautela propia de su especie, y sin ser visto ni percibido, como era innato en ellos, Teótimo conjuro un simple hechizo para atenazar las alas del Aouns, sin ellas el fornido mudo quedaría en las mismas condiciones que el Zemonio, además creo un campo libre de magia alrededor de los contendientes, otra desventaja para el Aouns. Teótimo se sentía realizado y orgulloso de su trabajo y en su rincón se puso cómodo para disfrutar del final del encuentro, con la esperanza de no tener que intervenir mas.
—“Veo que has traído ayuda, esto iguala la contienda, veamos quien es mejor”—Eutropio no comprendió en un principio sus palabras, pero tras dos ataques en los que el Aouns no abrió sus alas, comprendió que algo no iba bien para su oponente, era su momento y debía aprovecharlo.
Eutropio proyecto a Pia hacia el hombro izquierdo de Edmigio en un movimiento de distracción. El Aouns defendió el golpe con su montante, mientras el Zemonio apoyaba su espalda sobre las alas de su oponente para caer en el flanco contrario de este, desenvainando con agilidad a Caya para cercenar el tendón del tobillo del Aouns.
El grito se ahogó en su mudez mientras se doblegaba víctima de su perdida estabilidad. Eutropio percutió con Pia en la mano armada del alado desarmándole. Su moral no era partidaria de matar a un rival desarmado, su instinto le decía que si volvían a encontrarse el combate podría no tener el mismo resultado.
—“Acaba rápido, la contienda ha sido justa, eres un digno adversario con el que perder la vida.”
—No mato por matar, creo que eso va mas con los de su especie. Ábrame el camino y le permitiré vivir.
—“Tal vez si lo haga, yo no estoy obligado a servir a nadie ni a morir por nadie, si me prometes dejarme vivir cumpliré lo que pides.”
—Veo que eran ciertas las crónicas que referían la vileza de vuestra especie. Yo si soy hombre de palabra y ella es ley para mí, lo prometido cumpliré, no me interesáis, liberar la entrada y marchare sin mas.
El Aouns chasqueo sus dedos y un temblor casi imperceptible se produjo en la salida de las aguas, el camino volvía a estar liberado.
Eutropio arrojo al canal el montante del derrotado y desapareció por el túnel de desagüe sin volver la vista atrás, sin preocuparse más de lo que a su espalda dejaba y con su conciencia limpia y serena.
Teótimo crispo su enjuto rostro en un claro gesto de adversidad. No podía creer lo que acababa de presenciar, el afamado héroe de Zemonan dejaba vivo a un despreciable Aouns, a uno de los seres más mezquinos que pisaban la comarca central. Aquello no podía quedar así, muchos de los suyos había sido masacrados por aquellos seres despreciables y él podía vengarse en parte por ellos. Le tenía allí, a su disposición, herido, desarmado, sin poder volar, sin saber que él le acechaba desde su escondite.
Teótimo lanzo un conjuro de opresión, seguido de uno de corte, más uno de fuego y otro de vacío. El Aouns constriño su cuerpo en un escorzo imposible mientras en su cara se grababan gestos de un dolor infernal. Su oscura piel comenzó a sangrar, cortada por invisibles filos aquí y allá, y el dolor quebró aún más su rostro. Las miles de heridas que adornaban ahora su cuerpo comenzaron a cauterizar, a enrojecer desde dentro, dejando escapar llamas de fuego aquí y allá cuando rompía la herida. Y después todos se contrajo, se acallo, se sumió en la nada, el fuego se apagó, el cuerpo del Aouns se contrajo aún más, como si algo le succionara, buscaba un aire inexistente, trataba de arañar lo intangible, buscaba aferrarse a la vida que se le escapaba.
Teótimo siguió por el túnel a su objetivo dejando atrás el irreconocible cadáver del Aouns. En su rostro un gesto de satisfacción dibujaba lo que sentía al haber acabado con el asesino de muchos de los suyos. Él era tranquilo y por lo general pacifico, pero había visto mucho dolor provocado por aquellos seres y hoy se había cobrado venganza. Ahora debía mantener vivo a este intruso, así lo quería Jorja y así seria.
Eutropio tenía claro el camino, recordaba con facilidad los planos que había estudiado en Zemonan. En escaso tiempo deslizo su cuerpo en los sótanos de la Fortaleza. De allí a su destino solo le separaban dos muros y una guarnición fuertemente armada de soldados. Tenía un plan y esperaba que fuera suficiente para flanquearle la entrada.

JorgeBenitezR
Rango9 Nivel 41
hace 4 meses

...trabajas duro tu obra literaria; extensa, significativa, interesante... ganas tus puntos no con breves párrafos sino con denso material de la inspiración.

JorgeBenitezR
Rango9 Nivel 41
hace 4 meses

...trabajas duro tu obra literaria; extensa, significativa, interesante... ganas tus puntos no con breves párrafos sino con denso material de la inspiración.

Don_Diego
Rango12 Nivel 55
hace 3 meses

Esta caja de tan buena se me hiso corta.


#13

PERDIDOS, HALLADOS.

Sentía su lucha interior, la confrontación de su mundo sentimental con su mundo racional. El dolor por la pérdida de aquel al que privilegio con su incondicional amor platónico, trataba de imponerse a su integridad como gobernante, a su capacidad para abstraerse de lo que le rodeaba primando el bien común. La pugna debilitaba su estado, distraía su mente, confundía su intelecto. Deseaba con fervor dejarse arrastrar por la depresión, abrazar la melancolía, nadar en los tristes mares de la perdida. Su alma imploraba abandonarse a la tristeza. Su mente luchaba con ahínco en pos de lo certero, de lo veraz, de no abandonar a un pueblo que dependía de él en las garras invisibles que amenazaban con someterlo.
Licerio era consciente de que su abnegación arrinconaría la melancolía, el dolor, la tristeza, en pos de luchar por salir de allí donde les llevaran las conspiraciones de Benilda.
La frustración también competía con el mar de sentimientos que inundaban su consciencia. No saber que tramaba, no poder anticiparse a ella y no recibir más que noticias desalentadoras sobre los movimientos que había realizado para aventajarla, ahogaba su iniciativa. Deseaba lograr un avance, una ventaja pero esta no llegaba.
Cristino también empezaba a preocuparle. Era importante para él, imprescindible, y los últimos hechos también habían mellado su confianza, su infalibilidad, la frustración mellaba también su determinación. Licerio sabía que empezaba a obsesionarse con ofrecerle la venganza que tanto anhelaba, pero él era consciente de que no podía dejarle perderse en ese mundo y para ello el primero que debía cambiar su actitud, su fachada era Licerio. Debía volver a ser el gobernante que todos conocían, apartar los fantasmas, generar confianza para que los próximos se empaparan de ella.
—Señor no traigo noticias buenas sobre el Zemonio…
—Olvídate de él. Ahora no es lo más importante. Lo importante es lo que trama la princesa. Eso es lo importante. Debemos centrar todos nuestros esfuerzos en adelantarnos a sus movimientos. Y mira, si por el camino alguien hace que desaparezca, tal vez así evitemos el desastre. Ya no sé que pensar de ella. He de reconocer que me tiene confundido. — Licerio quedo petrificado ante la energía de las palabras de Cristino. Su actitud, su pose, la frescura al hablarle. Aquel no era el desangelado amigo que había dejado perdido bajo una nube de tristeza unas horas antes.— A veces pienso que es tan insustancial como aparente, pero otras pienso que todo es un engaño…
—¿Señor eso quiere decir que abandonamos la cacería del asesino?
—No querido Cristino, eso nunca… nos centraremos en nuestras prioridades, dejamos ese tema en un segundo plano. Gasta los recursos justos para tratar de pararle, no quiero mas muertes, si es posible evitarlas. Lo que nos interesa ahora es impedir que la princesa Benilda acabe con nuestro reino. Se que trama algo, pero no logro descifrarlo y necesitamos un indicio, una pista que nos ponga en el buen camino. — Licerio fingía, trataba de ser el de siempre, de centrarse en lo importante, pero en su mente, machacona, la idea de la venganza golpeaba con furia tratando de apartar todo lo que interfiriera su camino.
—Si así lo deseáis, creo que tengo algo que puede ser útil… bueno mas que algo alguien, el mago Romualdo.
—¿Romualdo? Es un poco inútil, es mas un alquimista y de los malos, no sé como nos puede ser útil.
—En si no es el quien nos interesa, es su frailecillo.
—¿Frailecillo? ¿Un monje? No te entiendo Cristino.
—No señor, no es un monje, es un duendecillo, es el duende domestico del mago, lo bueno de estos duendes es que pueden encogerse y menguar hasta el tamaño de una hormiga, ideal para entrar en cualquier lugar y escuchar sin ser vistos, además son traicioneros como todos los duendes y por las noches son capaces de atormentar a sus víctimas sin que se enteren, despertaran con los ojos dañados y la piel escocida, lo justo para fastidias sin dañar.
—No estaría mal regalarle un escarmiento a la princesa, pero lo interesante es lo de colar un espía cerca de ella que nos informe y nos pueda dar algo de ventaja. Ponte en contacto con el mago y recluta al duendecillo, imagino que tendrá un precio.
—Es un duende doméstico, sirven a sus amos, y se cómo convencer a Romualdo. — Cristino dibujo una sonrisa pícara que fue correspondida por Licerio, su espíritu se colmó de gozo al volver a ver un atisbo de alegría en el Primer ministro.
Cristino se despidió de Licerio encaminándose hacia su nuevo cometido, mientras el gobernante abandonaba su fachada mientras tomaba un sorbo de melancolía antes de enfrentarse a sus deberes y obligaciones.
El día transitaba en su agonía, alumbrando a la noche, cuando apareció de nuevo Cristino, alterado y nervioso.
—¡Señor lo conseguimos! ¡Por fin tenemos algo sobre la princesa! — Sonreía exultante, sabía que era lo que esperaban y que esto podría paliar en parte la tristeza de Licerio.
—¿De verdad? ¿No me engañas?
—No señor, el frailecillo ha sido efectivo, sé parte de los planes de la princesa.
Licerio no se lo podía creer. Llevaba tanto tiempo tratando de enterarse de que tramaba Benilda y resulta que había sido tan fácil como recurrir a un duende doméstico, la paradoja resultaba cómica.
—Pues cuéntame, necesito saber para ponerme manos a la obra y arruinarlos.
—La boda, su obsesión es la boda. No fingía con lo de organizarla, ni con sus deseos de celebrarla, ante todo quiere casarse. Ha encomendado a sus espías que eviten que el infiltrado llegue a ella, no quiere ser rescatada… Lo que aún no sabemos son los motivos, esos no se los confía a sus esbirros, necesitara algo mas de tiempo el frailecillo, sabe de alguien que le puede ayudar, mañana me pondrá en contacto con el…
—Cristino, eso ya lo sabíamos. Esta aquí para casarse. Su padre no quiere, eso ya lo sabíamos.
—No, sabíamos que estaba aquí para casarse, pero creíamos que era cosa de dos, pensábamos que había sido el príncipe quien la había embaucado, pero fue ella la que lo planeo, ella fue quien le embauco. Ahora sabemos que la parte fundamental de su plan es la boda. Ella así se lo aseguraba a su confidente. Si atrasamos o incluso conseguimos anular la boda, estropearemos sus planes. Ademas por el frailecillo sabemos que todo es mentira, que es calculadora y lista, que no es una mojigata, que ella es lo contrario a lo que nos muestra.— Cristino exponía eufórico sus deducciones, ante la mirada perpleja y algo confundida de Licerio.
—No se, ando confundido. Me alegra que se confirmen mis suposiciones sobre ella pero en lo otro. Yo me he opuesto a la boda desde el principio pero no he conseguido nada… — Licerio quedo un instante pensativo. La luz cegadora del entendimiento le alumbro sin compasión. — ¡Claro! ¡Eso es! ¡La muy bruja! Por eso está obsesionada con casarse. Que mejor que un inútil y un borracho para dominarlos. Los tiene embaucados con su inocencia, con su dulzura, no esperan de ella nada malo, no hemos sido conscientes de lo que metíamos en casa. Su plan es audaz, si se corona heredera podrá manejarlos a capricho. Tendría dos reinos para ella, solo el obstáculo de su padre, y el mio, la impediría dirigir el mayor reino de la comarca central. Seguro que tiene algo pensado para librarse de nosotros en el momento adecuado.
Licerio quedo de nuevo pensativo, debía procesar la información y sus suposiciones, pero a Cristino aquello le llenaba de gozo, verle de nuevo reverdecer como el gran hombre que siempre había sido le colmaba de alegría.
—Cristino, creo que lo siguiente va a ser buscar aliados.— Una terrible chispa de malicia volvió a la mirada del gobernador. — Tú ocúpate mañana de tu nuevo espía, yo enviare misivas al padre de nuestra díscola Princesa, creo que podemos encontrar ayuda en él.
—Como desee señor, mañana me pondré manos a la obra. Otra cosa… Me alegra muchísimo ver que ha vuelto, que está mejor. — La sinceridad y la calidez de la amistad inundo el espíritu de Licerio. Espontaneo se acercó a Cristino y se abrazó a él, lo necesitaba, así como hacerle comprender a su amigo lo importante que era para él.
La soledad volvió a cobijarle cuando su fiel Cristino abandono su habitación. Debía escribir a Auxibio, debía hacerlo por cauces rápidos y discretos, lo importante era evitar que ella se enterara, que ella sospechara. Tenía la certeza de que el rey de Zemonan no deseaba la unión, lo había demostrado con suficiencia durante las negociaciones, pero se le escapaba porque Benilda también había propiciado el atraso de la ceremonia. Había algo más, algo importante no sabían aun e iba a resultar fundamental saberlo para evitar los planes de la princesa.

#14

IGUALES.(1)

Benilda tenía un mal presentimiento. Lo cierto era que ella no creía en esas cosas, ella solo creía en si misma, en sus capacidades, en su destreza, en su inteligencia, pero había algo que la inquietaba y por una vez pensaba que era algo que no podía controlar, algo intangible que provocaba esa sensación de mal presentimiento.

La situación permanecía demasiado estable. No había noticias de Eutropio, ni de los movimientos de Licerio y mucho menos de las artimañas de Cristino. Aquello la exasperaba, debía seguir fingiendo, pero no podía hacer nada. La boda se aproximaba y ella necesitaba algo más de tiempo. Una parte importante de su plan aún no estaba completamente cerrada y eso impedía su triunfal victoria.

Benilda debía contraer matrimonio con el títere de Caciano. La sencillez y facilidad con la que consiguió controlar, manipular y someter al inepto del príncipe heredero la había resultado demasiado fácil, casi ni había disfrutado de ello y eso la dejo algo frustrada. Sugerir una boda, deslizar la idea de incomodar a Auxibio, su padre. Inculcársela y convertirla en la obsesión de Columbano, el supuesto “ladino” rey de Arturia, fue un simple juego de niños y tampoco la aporto la satisfacción que buscaba. Al menos la oposición de Licerio, si había supuesto algo de reto para ella, un aliciente en su juego.

Sin querer y sin proponérselo, lo que empezó como mera distracción, como un juego para molestar e incomodar a su padre, incordiar a Arturia y enemistar a la mayor cantidad de reinos posibles, se había ido, poco a poco convirtiendo en un reto digno de una mente privilegiada como la de ella, además de una oportunidad de llegar a desprenderse de todos los mediocres que la rodeaban y gobernar, de una vez por todas, el reino más grande jamás conocido en la Comarca Central. Ya lo dijo su maestro Mamerto, un genio de las apuestas y los naipes, “cuando en la mesa empieza a acumularse el dinero, la jugada debe ser perfecta, el engaño sublime y la maniobra certera para poder llevarse todo el botín y dejar a todos embobados y sin respuesta”.

Lo cierto era que ella nunca había tenido ambición, se limitaba a pasárselo bien, incordiar a todos los que podía y molestar a algunos más. Pero el inicio de aquella aventura había despertado en ella deseos que desconocía albergar en su interior.

Un juego sencillo, así lo gesto en su cabeza. Una boda. Dominar y someter al incauto que debía ser su marido. Encandilar y conseguir que coma de su mano su futuro suegro. Un percance y la corona estaría a su disposición o mejor dicho en la testa de su marido. Manipular y controlar al incauto, para luego suprimirle cuando ya no fuera necesario y coronarse como la reina que merecía ser. Todo sencillo y fácil de llevar a buen puerto.

Lo malo fue que pronto la pareció poco lo que podía obtener. Su recién nacida codicia la llevo a ambicionar otros reinos, más poder, más grandeza y nació la parte complicada del juego. Eberanda debía ser suya también, uniendo los tres reinos lograría lo que antes nunca nadie había conseguido, dominar la Comarca Central.

El problema era importante, tal vez imposible. Lograr la corona de Arturia era fácil, la de Zemonan la correspondía por linaje, pero obtener Eberanda suponía un reto complicado, digno de su maliciosa mente.

Medio año tardo en ordenar ideas, tramar argucias, desencadenar circunstancias e iniciar el movimiento perfecto para que un reino al completo cayera en sus manos.

Una más que considerable parte de la fortuna que había conseguido esconder a su padre, robando, engañando, jugando y extorsionando, ahora había desaparecido en beneficio de un bien mayor como era el de completar sus planes. El oro había sembrado desconfianzas entre los súbditos de Eberanda, intranquilidad en los nobles, miedo en el pueblo, incertidumbre en su ejército, inquina en los asesores reales. Todo el reino se encaminaba poco a poco hacia el caos. Mes a mes regaba la semilla de la discordia, de la revuelta, de la desconfianza. Su plan caminaba certero hasta el día en el que su padre obtuvo los acuerdos con Eberanda, aquello supondría bienestar para el reino y prosperidad para sus habitantes, sus planes sufrirían un frenazo inesperado si no le ponía remedio, debía encontrar una solución. Debía hacer fracasar la prospera cooperación entre los reinos para que todo siguiera su curso y que mejor que un par de Cizañas, que aunque resultaban exorbitantemente caras nunca fallaban o eso la habían garantizado.

No obstante los planes para Eberanda no eran prioritarios, tenía tiempo para llevarlos a cabo, además de ser solo un fin si antes lograba el inicio de su plan. Debía centrarse en la boda, pero solo podría casarse si antes lograba convencer a Columbano de abdicar en su hijo como regalo nupcial. Esa parte era fundamental, esa era la que la quitaba el sueño y por la que no paraba de alargar la fecha del evento, desde las sombras, sin levantar sospechas, pues ante todo debía mantener su fachada, su imagen, seguir mostrando su ficticia necesidad de una boda inminente. Suerte que su padre también estaba contribuyendo a la causa sin tener conocimiento de ello.

La tarea resultaba complicada. Columbano tenía un concepto acertado de su inútil hijo. La confianza inexistía en el rey en referencia a sus capacidades en cualquier materia que no fuera la diversión y la pereza. Columbano era consciente de la inteligencia limitada de su vástago así como de su carente capacidad de liderazgo. Era un vividor, un alcohólico y un jugador empedernido, el único vicio que no lucia era el de las mujeres, por suerte para ella. Increíblemente solo en Benilda había fijado sus ojos. Llego a creer que se inclinaba más por los torsos varoniles que por las curvas femeninas, por suerte para ella su castidad era un adorno más de su limitado intelecto. Una promesa maternal de no tontear con ninguna mujer que no fuera esa que él considerara digna y única para ser su reina, le había apartado de las enfermizas y mal intencionadas garras de la infinidad de princesas casaderas que poblaban las fiestas que cada reino organizaba para casar a sus innumerables descendientes.

Este conjunto irrepetible de defectos y decepciones había sido el inicio y el alimento de la creciente y preocupante embriaguez, casi constante, del regente de Arturia. Algo que podría ser un problema si Benilda no hubiera tejido una dulce red de encantos y empalagosas muestras de cariño con las que pronto se gano al beodo Rey.
Benilda puso su magia en movimiento desde el primer día que puso sus pies en el que ahora, pretendía fuera su reino.

Convertir a un inútil en un candidato perfecto al trono, era una ardua y complicada labor, por no decir imposible. Convencer a un rey hastiado de su primogénito, significaba un gran reto, pero nada era inalcanzable para ella o eso suponía.

Su plan formaba parte del juego que inicio sin las intenciones que ahora lo justificaban. Simplemente debía manipular, controlar y dirigir cada movimiento de su títere favorito, Caciano. Con sutileza, mimo y fingido cariño, deslizaba ideas en su vacío cerebro con las que luego sorprendía a su escéptico padre. Con tiento y destreza envueltos en arrumacos y besos, sugería movimientos financieros que día a día centraban más la atención de su padre en Caciano. Pero cada paso que daba, poco tiempo después se desandaba. Algunos de sus planes fracasaban, quedaban inertes y el rey perdía de nuevo el incipiente interés en el cambio de su hijo y le ratificaban en su idea de inútil heredero.

Don_Diego
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hace 3 meses

Va exelente estas ultimas cajas me han sido muy entretenidas y bien llevadas.


#15

IGUALES.(2)

Benilda tardo en dar con el problema, pero una vez detectado comprendió que había equivocado al enemigo. Licerio en un principio le había supuesto algo de oposición. Su intelecto, su capacidad para la estrategia y su incansable, fiel e inseparable Licerio, llegó a pensar creyó serian su principal enemigo, su oposición más firme. Pronto consiguió evitar su oposición, sus espías, sus movimientos para anticiparse a ella. Benilda siempre conseguía ir un paso por delante de ellos, por eso comprendió que quien frustraba sus artimañas no era otra que la Reina.

Algo las unía. Benilda creía que tras su apariencia podría esconderse su alma casi gemela. Creía ver en ella alguien parecido a lo que ella misma era, con la diferencia de que la Reina finalmente se había conformado, había doblegado su inteligencia a la de un Rey peor dotado que ella y Benilda nunca estaría por debajo de nadie.

Su lucha ahora era un problema acuciante para Benilda. Perder tiempo y energías en sortear las zancadillas de una mujer aburrida que un día, tal vez, fue como ella y que ahora solamente vagaba por el palacio sin nada mejor que hacer más que enfrentarse a ella para entretener su tiempo, no era algo lo importante. Debía solucionarlo cuanto antes.

Dos días atrás, en su reunión para merendar, Benilda tomo conciencia de las certezas que ya sabía. Dosinda era quien la zancadilleaba, pero no era por fidelidad a su marido, Benilda sabía que era como ella y no pensaba en los demás, solo era para disfrutar ella. Desde ese día había estado tratando de comprender como obtener una aliada en ella y evitar así su oposición.

Benilda había manejado varios escenarios y creía haber encontrado la mejor opción para resolver el entuerto.

Sin dilación, forzó un encuentro con la Reina en los jardines del palacio. Jorja la informo con presteza de quien y quienes acompañarían a la Reina, además de encargarse de deslizar en sus refrigerios, indiscretos laxantes que hicieran efecto en medio del paseo.

—Buenos días Majestad, que maravillosa mañana nos acompaña hoy para disfrutar de vuestros magníficos jardines.— Benilda empalago su saludo con gestos artificiosos. La dama Caramila y la Duquesa Fuencisla dejaron escapar unas desconsideradas miradas de desprecio, sin recatarse en ello ni ruborizarse por ser descubiertas.

—Buenos y fantásticos días para ti también querida Benilda, que placer encontrarnos en tan singular paraje. Adoro mi jardín, el bueno de Eleuterio lo cuida con esmero y lo mantiene afín a mis gustos.— Contesto la Reina sobreactuando su modosidad.

—Veo que vais tan bien acompañada como siempre Majestad.— Dijo Benilda mientras contemplaba el extraño gesto que las referidas dibujaban en su rostro. Demasiado descarado para ser dirigido a ella, debían ser los efectos del laxante.

—Las pobres no pueden disfrutar hoy de nuestro merecido descanso. Ahora mismo nos dirigíamos de nuevo al palacio, se encuentran mal las dos y nos retirábamos para que un galeno las atendiera. — Respondió la Dosinda fingiendo preocupación por sus acompañantes.

—No interrumpa Majestad su paseo por ellas. Seguro que no será nada lo que las aqueja. Si no la importa yo la acompañare en su paseo. Sera un momento ideal para conocernos algo mejor. — Deslizo Benilda ante la mortífera mirada de las enfermas compañeras de paseo.

—Si no es molestia para ti, yo encantada de compartir mi tiempo contigo, dulce princesa. — Confirmo la Reina, sin que Benilda pudiera descifrar su mirada.

Las dos cortesanas se despidieron de la gran dama con ligeros besos perdidos en el aire, mientras iniciaban una precipitada huida en búsqueda de un lugar donde aliviar sus males.
Benilda ofreció cortes su brazo a la Reina que lo acepto sin oposición mientras comenzaban a caminar despacio, como si el tiempos se hubiera ralentizado para ambas.

—Y cuéntame querida, a que este encuentro “casual”.

—Mi Reina a vos no puedo engañaros. Lo cierto es que necesito hablar con vos, necesito sincerarme con alguien con quien creo me entenderá.

—¿Que os sucede chiquilla?

—Vos bien lo sabéis… la boda.

—Pero si eso está más que preparado, todo está a tu gusto, todo va como tú querías y en cuanto tu padre firme los acuerdos, podremos celebrar la ceremonia. — Benilda miro con frialdad a la Reina y esta sorprendida dejo caer su artificiosa capa de comprensión y bondad con la que se ocultaba. — Hummmm… Veo que vamos a hablar en serio.

—Lo preferiría Majestad. Es mejor que nos quitemos las caretas. — Benilda había detenido su cansino andar y ahora enfrentaba la acerada mirada de la Reina mientras su rostro olvidaba sus fingidas sonrisas mostrando la seriedad propia del momento. — Nosotras somos dos mujeres muy parecidas. Tengo esa certeza. Pero me duele ver como habéis perdido el brillo y ahora os ahogáis en este fingido estado de complacencia. Se que disfrutáis tramando y organizando, frustrando y espiando, por ello, os propongo que unamos fuerzas. Vais a volver a saborear la felicidad, vais a rejuvenecer, a sentiros plena. Seguro que aun recordáis lo que os ofrezco y que solo habéis saboreado entorpeciendo mis planes. — Dosinda ilumino su rostro con las promesas de Benilda. Una tenue sonrisa de esperanza se dibujó en sus labios, pero pronto se perdió velada por la pesadumbre y la tristeza.

—Tu que sabes de lo que yo espero o anhelo. Si es cierto que una vez fui como tú, te cale el primer día que apareciste en nuestras vidas. Hace mucho también yo fui así pero el amor me cambio, me cambio tanto que ya ni me reconozco y lo peor es que el tiempo ha matado el amor a la vez que hacia desaparecer al hombre al que amaba. Ese despojo que dice ser Rey no es ni sombra del hombre que conocí…— Dosinda quedo pensativa mientras se apartaba de la mirada de Benilda. — Una vez fui, pero ya solo queda sombra dentro de mi. No se lo que esperas encontrar, ni lo que pretendes lograr de mi, pero creo que no lo vas a conseguir.

—Mi Reina, solo os ofrezco compartir conmigo, estar a mi lado y disfrutar de cada movimiento. Os ofrezco la un reino sin igual. — Dosinda miro interrogante a Benilda. La propuesta la intrigaba.

Dosinda sabía de las artimañas de la prometida de su hijo para encandilar a su marido. Sabía desde un principio que guardaba frialdad, maldad y grandes dosis de inteligencia bajo la fachada dulce y cándida que mostraba. También había descubierto sus artimañas para cambiar la imagen que Columbano tenía de su inútil hijo, y la verdad es que no la importaban.

Nunca había sentido apego por su hijo, solo había sido un fin para tratar de mantener viva la llama del amor, aunque había resultado inútil, o mas bien contraproducente.
La llegada de Caciano había supuesto en un principio, una chispa de vida en su marido, le había rejuvenecido, pero pronto se dio cuenta de que la atención solo se centraba en su vástago y que ella pasaba a un segundo y oscuro plano. El amor se fue perdiendo en los reproches de Columbano por su desinterés en su hijo, su mundo agonizaba ante ella y con el tiempo la devoro dejándola en una triste sombra de lo que antaño fue.

Ahora solo era la Reina, la que compartía con el Rey, la madre del heredero, casi un objeto más de los que adornaban el palacio.

Y ahora un recuerdo de su juventud, un reflejo de lo que ella fue, la intrigaba con sus propuestas. Sabía que no podía fiarse de ella, pero tal vez la diera algo por lo que volver a sentirse viva.

—Cuéntame que te propones y decidiré si mereces mi ayuda.

Benilda dudo. Contarla sus planes la ponía en peligro. Una parte importante de ellos implicaba terminar con su marido y más adelante con su propio hijo. No podía esconderle nada del plan si se lo contaba pues entonces no tendría sentido y si ella seguía teniendo algo de afecto por alguno de ellos podría entregarla y terminar con todo.

La duda la estrangulaba. Debía decidirse, contarla una farsa y después idear algo para deshacerse de ella o decirle la verdad y arriesgarse a la tragedia. Sin saber porque, sin entender el motivo, por una sola vez, Benilda confió en alguien y decidió hacer partícipe a la Reina de su trama.

El rostro de Dosinda fue iluminándose, su alma llenándose de júbilo, su espíritu reverdeciendo esperanza. Durante el relato del reto de Benilda, la Reina fue comprendiendo que debía compartir aquella locura con ese alma turbada que le exponía tan disparatada aventura. Sus lazos con los suyos estaban perdidos con el recuerdo de lo que fueron y ya no alcanzaban ni a ser su sombra. Su maldad encendió la caldera de su alma y despertó todo aquello que había tardado años en olvidar y ocultar.

—Cuenta conmigo, desde hoy seré parte de tu plan y pondré mis sirvientes a tu disposición, siempre y cuando cumplas con lo que me has prometido.

—Lo prometido cumpliré y se que con vos a mi lado pronto tendré los primeros objetivos a mi alcance y con ello los vuestros.

Las dos mujeres se miraron cómplices, cerrando el acuerdo que comprometía a ambas. El paso que Benilda había dado la suponía ceder algo de su poder, pero la satisfacción de saber que lo compartiría con un alma gemela la llenaba de satisfacción… de momento.

IndigoDolphins_73
Rango9 Nivel 40
hace 3 meses

Llegada a este punto, mis más sinceras felicitaciones @Hiarbas . Confieso que hacia la mitad se me hizo algo pesado por lo denso y el exceso de información, pero tu capacidad para describir y recrear escenas con tanto lujo de detalles, tu rica prosa, el mundo que has creado con una historia para cada personaje, la definición de personajes lograda en un relato de este género, en fin, me quitaría el sombrero si lo llevara puesto. Incluso el tono coloquial de los diálogos me gusta, porque aligeran la narrativa y refrescan.
Sólo un detalle que no me gustó: Te cargaste a Edmigio, la mejor de tus criaturas.
Espero siguiente caja. Saludos.

Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace 3 meses

Agradezco tus palabras y me animan a seguir. Siento lo de Edmigio, mi hija suele criticarme también por matar a los que la gustan pero son los gages de participar en una de mis obras, tengo poca compasión con los personajes.

Don_Diego
Rango12 Nivel 55
hace 3 meses

Wow Enorme el mundo que has desarrollado. Mis felicitaciones. Seguire leyendote cada vez que escribas. 😁👌


#16

MAGIA (1)

Apestando a cloaca, Eutropio alegro su gesto al reconocer la proximidad del final de su oscura travesía por los desagües y sótanos de la fortaleza. El final de la primera parte de su misión se aproximaba, tal vez la más complicada, pero aun le quedaba mucho por hacer antes de regocijarse en el triunfo.

Doblo la última esquina en el oscuro túnel en el que se encontraba y su ánimo descendió hasta tocar sus mojados pies. Un muro de solida piedra, impedía su paso. En los planos no aparecía tal inconveniente y ese era el trayecto que había memorizado, no recordaba otro, no sabía por donde debía moverse para salvar el obstáculo. La frustración comenzó a embargarle.

Eutropio solía improvisar, pero si algo le frustraba era su corta capacidad para memorizar y en esta misión se había mostrado vital tal facultad. Intentó minimizar los riesgos, memorizo lo certero, pero ahora su plan había fracasado y debía perder tiempo en encontrar una salida que no supusiera enfrentarse a todo el grueso de la guarnición de soldados de la fortaleza.

Teótimo observaba divertido la frustración del héroe zemonio. Cuando dos pasillos más atrás había confundido su camino, pensó que buscaba algo distinto a entrar en la fortaleza, pero ahora que veía su enfado se daba cuenta de que únicamente se trataba de un despiste. Tendría que intervenir si no quería que aquel inútil terminara en medio del patio de guardia rodeado de soldados. El inconveniente era que para ayudarle debía dejarse ver, mostrarse y confiar en la benevolencia del guerrero, el riesgo a sufrir daño era una de las posibilidades que le preocupaban.

Teótimo chisto esperanzado desde su escondite. Eutropio no se percató de la casi inaudible señal del gamusino, su preocupación le tenía concentrado en recordar algo de aquel laberinto de pasillos en el que se había perdido. Caminaba desorientado y perdido, centrado en recordar el posible camino.

De nuevo el gamusino lo intento, esta vez alzando algo más el tono del sonido que emito con su boca, solo que esta vez hablo con miedo de asustar a su protegido, así lo consideraba por el encargo de Jorja.

—¡Chiiiissss! ¡Chiiiiiiissss! ¡Hola!

Eutropio se sobresaltó al escuchar al gamusino. Alerta giro sobre su eje, tratando de encontrar el origen del sonido mientras empuñaba su bracamarte alerta ante cualquier posible ataque que tratara de pillarle desprevenido.

—¡Woooo, woooo, woooo! ¡Tranquilo! ¡No soy ninguna amenaza! —Eutropio giraba y giraba tratando de encontrar al acechante pero no era capaz de localizarle. —Mira aquí abajo… ¡Hola!

Por fin miro al suelo y observo sorprendido, a aquella extraña criatura que le hablaba mientras saludaba con lo que parecía ser su minúscula mano.

—Perdonad. Si prometéis no hacerme daño me pondré a vuestra altura. Estoy aquí para ayudaros, os lo juro. —Teótimo gesticulaba y movía con exageración sus pequeños brazos tratando de mostrarse inofensivo ante el peligroso guerrero.

—¿Qué sois?

—Un gamusino.

—Pero si no se os puede ver.

—No si no queremos.

—¿Y vuestra magia? Creo recordar haber leído que vuestra especie es eficiente con ella. ¿No pretenderás utilizarla contra mí?

—Descuidad vuestras protecciones son suficientes para evitar cualquier ataque mágico.

—¿Eso es que pretendíais atacarme y por ello lo conocéis?

—Ni mucho menos buen caballero, al contrario, si lo sé es porque os ayude antes y percibí vuestras defensas. Creedme, no soy amenaza para vos.

Eutropio observaba con cautela al minúsculo ser. Si algo le dictaba su experiencia era no fiarse de nada ni de nadie, hasta lo más minúsculo podría matarte si tenía la oportunidad, pero quien ahora enfrentaba le provocaba sensación de afabilidad e inocencia y rara vez se equivocaba en sus primeras apreciaciones, para ello tenía un don innato que le había salvado de mil situaciones complicadas.

—Está bien, os doy un voto de confianza, pero a la menor duda, prometo hacer que sintáis el filo de mi arma.

—Tranquilo, aprecio mi vida demasiado para ponerla en peligro por nada. ¿Si me permitís?
—Teótimo se alejó un par de pasos de Eutropio y con un imperceptible gesto hechizo su aspecto transformándolo en humano. —Pensad que a partir de hoy podréis decir que visteis a un gamusino.

Teótimo se mostraba ahora como un hombre menudo, de cabello cobrizo y sonrosado rostro, vestía humildes ropas y portaba un cucharon de madera que contrastaba con su aspecto y desviaba la mirada hacia él, alejando el interés de su persona. Sonreía con afabilidad inspirando confianza, la suficiente como para que Edmigio apartara su arma y la devolviera a su guarda.

—¿Y bien? ¿Qué hacéis aquí? Y ¿Por qué queréis ayudarme?

—Primero permitidme que me presente, mi nombre es Teótimo y ando por estos sucios lugares únicamente escoltándoos y tratando de evitar que os suceda algún accidente o que vuestro camino se extravié como estaba a puntito de pasar.— Teótimo miro a Eutropio mostrando toda la comprensión de que fue capaz, aunque se le escapase un aire de burla en sus palabras.

—Algún motivo habrá para tan altruista misión. —Espeto Eutropio sabedor de la burla del gamusino, tratando de descifrar el misterio de su protección.

—Si os dijera que estoy aquí por encargo de la princesa Benilda… ¿supondría algún problema?...—Teótimo contrajo gesto y cuerpo tratando de parecer inocente ante la noticia que ofrecía a su protegido.

Eutropio oculto con fiereza su sorpresa y disimulo ante el gamusino, no le gustaba hablar y mucho menos dar respuestas y estaba seguro que si mostraba algún gesto que diera pie a hacerlas, aquel curioso personaje seguro que le acribillaba a ellas. Lo percibía, casi tenía la certeza de que se enfrentaba a todo un charlatán y eso no le gustaba.

—Si ella te envía es que está dispuesta a verme. Te seguiré, espero seas buen guía y conozcas bien este laberinto para sacarme de aquí.

—¡Oh! Por supuesto. Si le digo la verdad ha sido más fácil de lo que esperaba. Y desde luego que podéis confiar en mí, ya habéis hecho mucho por este pobre gamusino. Si, no lo dudéis, gracias a vos he podido liberar a mi gente de un terrible enemigo... Pero seguidme no os quedéis atrás, estamos cerca de la salida, solo habíais equivocado un poco el camino… perdonad si hablo demasiado, pero es que no suelo hablar mucho con humanos, me tienen siempre en lugares apartados vigilando y eso y claro pues…— Teótimo continuo con su excesiva verborrea, mientras Eutropio se resignaba a aguantar a su nuevo aliado, conteniendo las ganas de ensartarle en su afilado bracamarte.

Caminaban por los oscuros pasillos solo acompañados de la incansable charla del gamusino. A él no le preocupaba que les descubrieran, los había rodeado por un encantamiento de silencio que evitaba a cualquiera escuchar sonido alguno que pudieran emitir, también les protegía un hechizo de invisibilidad inherente a los gamusinos y que Teótimo había extendido a su protegido.

Eutropio, en la incesante charla de su acompañante, había sido informado de su camuflaje, lo que le había permitido perderse en sus pensamientos mientras transitaban por los sucios pasillos del sótano de la fortaleza y así soportar de mejor manera la incansable gamusino.

No podía apartar de su pensamiento el hecho de tener un escolta enviado por Benilda. Desconfiaba de ella, no era propio de la mujer que conocía facilitarle el acceso a ella y más sabiendo que venía a evitar sus planes, fueran los que fuesen. Algo tramaba, pero hasta que no la tuviera frente a él no podría tratar de descifrar el misterio, aunque bien sabía que le iba a resultar imposible, como lo había sido toda su vida, esa que llevaba ligado a ella para su desgracia.

En la infancia que se vio obligado a compartir con la heredera al trono, solo fue un juguete en manos de una cruel y manipuladora niña. Mimada por un padre que temía más sus rabietas, que el odio de un general que contemplaba, frustrado, como vejaban a su hijo. Eutropio creía que eso había contribuido a acortar la vida de su progenitor. No podía demostrarlo, la fidelidad que siempre mostro su padre a la corona y a un rey con el que él también había crecido, impido que jamás le hiciera un reproche al susodicho, aunque viera las humillaciones que sufría su hijo y sintiera como, con ellas, se escapaba parte de su vida. Por suerte para Eutropio, mucho de lo que sufrió endureció su carácter. Podría haber seguido el camino contrario y convertirse en un triste y marchito ser, sin autoestima ni carácter, sumiso y maleable, pero decidió enfrentarse a ella, tratar de igualarla, de no ser menos, de no sufrir con sus juegos crueles y frustrantes, devolviéndola todo aquello que podía y estaba en su mano. Y lo consiguió, Benilda con los años pasó de verle con un juguete a sentirle como un compañero, casi un amigo, aunque Eutropio tenía la certeza de que ese concepto era inalcanzable para alguien como ella. Por desgracia, para su padre fue tarde, no pudo regocijarse con el cambio, murió antes de que Eutropio considerase que había domado a la bestia.

Ahora pasado el tiempo y sufridas mil peripecias entre los dos, el rey sabía que el único que podía conseguir algo de sensatez y cordura por parte de Benilda era Eutropio y ese era el motivo de estar en aquella misión disparatada y estúpida, que cada vez tenía menos sentido para él.

IndigoDolphins_73
Rango9 Nivel 40
hace 3 meses

Creo que tuviste un despiste con el nombre en la primera frase, jeje

Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace 3 meses

Gracias por avisar, me fespiste, ya esta corregido


#17

MAGIA. (2)

Eutropio abandono sus pensamientos cuando pasaron junto a dos fornidos guardias que custodiaban la salida del sótano. Aunque se lo había explicado le parecía imposible que no pudieran ni verles ni oírles. Aquello era maravilloso, si no fuera por el continuo murmullo de la incesante conversación del gamusino. Volvió su mirada al frente y apenas si le dio tiempo a tratar de protegerse, aunque resultara inútil. En el descuido por mirar como los guardias no les podían ver, habían seguido avanzando hacia la puerta sólidamente cerrada que estos custodiaban. Por arte de la magia del gamusino la atravesaron como si no existiera tal puerta. El asombro de Eutropio no cesaba de crecer al comprobar las maravillas que un ser tan pequeño podía realizar.

—…Pero si le he de ser sincero, no me encuentro contento con mi actual situación, yo esperaba más, mucho más de este puesto y no estar siempre de guardia en lugares oscuros. ¡Que me he preparado a conciencia! Seguro que soy de los mejores, pero me infravaloran…
—Puedo hacerle una pregunta.

—Claro que sí, las que quiera. Pero sobre todo, tutéeme, que no soy ningún noble al que haya que tener respeto, aunque el respeto, como decía mi buena madre…

—Está bien y perdona que te corte, tutéame a mí también, solo soy un soldado,—no era cierto, ya era todo un general, pero quería ganarse su confianza— tampoco soy noble y es mejor así. Quería saber si ¿esta magia siempre puedes hacerla? Es que si es así tienes un don increíble.

Teótimo sonrió mostrando vanidad en su sonrosado rostro.
—Siempre, siempre, no. La verdad es que tenía una gran
reserva de magia en un par de buenos amuletos, de donde voy tirando para lo que hace falta. Suelo hacer eso a menudo, guardo para cuando no tengo, porque nunca se sabe cuándo puede hacerte falta. Una vez mi primo Facundo…

—Sí, seguro que es muy interesante, pero lo que me gustaría saber es ¿Si podéis todos hacer esta magia tan fascinante?

—Bueno lo cierto es que yo ando muy aventajado y no todos los gamusinos tienen esta facilidad, con la magia, aunque si es cierto que todos tenemos magia aunque no sepamos manejarla. Durante mucho tiempo nos persiguieron para robárnosla, por eso adquirimos la facultad de escondernos y no ser vistos je, je, je…

—Ya si claro, lo de cazar a un gamusino. Pero no me has contestado.

—Oh, perdona, es que me disperso, cosas de familia. Ya te he dicho que magia si pero cada uno en un grado y siempre que tengamos fuentes de magia. Innata es la facultad de no ser vistos y de trasmutar de forma humana a la nuestra real. Lo demás tenemos que aprenderlo y a unos se nos da mejor que a otros…

—Gracias eso es lo que quería saber. Y ¿Ahora qué hacemos?

—Pues buscar donde escondernos, mis reservas se acaban ya y te van a ver, lo mejor será escondernos y te iré guiando por los mejores sitios para que puedas llegar hasta la princesa. Eso si no te garantizo que este todo despejado, lo mismo tienes que dar cuenta de algún guardia, tratare de evitarlo, pero lo cierto es que es complicado…

—Esta bien, guíame y para un poco, a ver si ahora nos va a oír.

Teótimo le miro sorprendido y al instante se tapó la boca con su regordeta mano mientras con la otra le indicaba que le siguiera.

Caminaron sigilosos pro los pasillos mas apartados del palacio, cerca de las cocinas, hasta llegar a una alacena oscura y atestada de comida que enranciaba con la humedad del lugar.

—Vamos a esperar un ratin aquí, puede que mi jefa pase a ver si hemos llegado, sino seguiremos solos.— Susurro el gamusino al oído del zemonio.

—¿Tu jefa? ¿La princesa Benilda?

—Emmmm, no va a ser que no. La princesa es mi jefa, jefa, bruffff—el gamusino bufaba e indicaba con gestos exagerados hacia arriba — yo a ella ni la conozco, mi jefa es como si fuera la segunda al mando, es otra gamusina, ayudante de la princesa, toda una fiera en esto de espiar, je je je.— Teótimo quedo esperando la complacencia de Eutropio, creía haberse expresado bien para que lo entendiese.—Shiiiiiiiii, silencio, alguien se acerca, a callar que nos pillan y mmmmmm…

Eutropio tapo la boca del incorregible gamusino, mientras preparaba una de sus dagas ante posibles inconvenientes.

La puerta de la alacena se abrió y una mujer enjuta y tiesa que portaba una vela que iluminaba su serio gesto y su dura mirada. Eutropio se dispuso a reducirla, pero el gamusino se interpuso para evitarlo.

—Quieto que es la jefa.— Susurro evitando el altercado.

—Bien, veo que al fin le has traído sano y salvo. Perdonadme soy Jorja la doncella de la princesa, ella está esperándole pero antes debemos ingeniárnoslas para hacerle llegar hasta ella sin ser detectado. La fortaleza está plagada de guardias alertados por vuestra presencia, habéis liado una buena desde que llegasteis y eso ha levantado ampollas y recelos.

—Mi señora, si tenéis algún amuleto a mano cargado de magia yo me encargo de llevarle donde queráis. — Se lanzó Teótimo a proponer, solicito ante su adorada jefa.

—Tú y tus líos mágicos. Pero donde quieres que lleve yo magia por aquí, eso son ideas que solo se te pueden ocurrir a ti, anda tira que me tienes contento.

—No le regañéis señora, hasta el momento ha sido de gran ayuda para llegar aquí y me ha sorprendido su magia y lo que es capaz de hacer con ella.

—No si ya se de su costumbre de hacer magia por donde quiera que va, lo malo son las consecuencias que ha acarreado muchas y muchas veces, pero olvidemos eso ahora, no quiero cansarle con nuestras peleas. Ufff, es que encima usted es grande, grande.— Jorja estudiaba de arriba abajo a Eutropio.

La diferencia de altura de los dos gamusinos con el fornido guerrero era considerable, incluyendo el voluminoso tamaño de su bracamarte que siempre llevaba a su espalda. Jorja trataba de idear alguna forma de camuflar al zemonio pero no encontraba solución al entuerto.

—Señora, no creo que pueda pasar por alguien del servicio, para nuestra desgracia aquí todos son pequeños, imposible disfrazarlo. Si me permitierais…

—¿Qué? A ver, sorpréndeme.— La dureza de la mirada de Jorja atravesó por completo al extrovertido Teótimo empequeñeciéndolo mas de lo que ya era.

—Pues si pudierais decirle a Eustolia que se pasara por aquí con su bolsito, yo no tendría ningún problema en convertir a este hombretón en un insignificante cocinero, o en un barrepasillos, o en…

—¡Calla charlatán! Y muestra algo más de respeto por el caballero.

—No le regañéis, le di yo permiso para tratarme como a un igual.

—Pues mal hecho señor, a estos rufianes hay que atarlos en corto. Pero a lo que íbamos. ¿Qué narices es eso del bolsito?

Teótimo con recato tras ser regañado, conto su idea y explico el misterio del bolso de Eustolia. Jorja quedo medio complacida con la explicación y partió en busca de la camarera, no sin antes exigir a los dos que allí dejaba que guardaran un silencio sepulcral y encomendarle la misión a Eutropio de rebanar el cuello de Teótimo si comenzaba a hablar.
Pocos fueron los minutos de sufrimiento del pobre de Teótimo, antes de que comenzara a sudar por su impuesto silencio la puerta se abrió de nuevo y en ella apareció resplandeciente la figura fresca y juvenil de la camarera Eustolia. El corazón del gamusino brinco de emoción y alegría al ver a su amada mientras Eutropio sonreía consciente de la química que entre ambos fluía.

—Hola. A sus pies señor. Dime que quieres Teo.—Pasada la primera mirada y ya consciente de la presencia del zemonio la actitud de la camarera se volvió recatada y algo tímida.

—¿Tienes cargado el bolsito?

—Si.

—Pues me lo tienes que dejar, lo necesito. — El gesto de sorpresa y rechazo de Eustolia desconcertó a Teótimo. —Es necesario, es para la misión, te devolveré toda la magia, sabes que siempre lo hago.

—Eso dices siempre y luego tardas una eternidad y sabes que lo necesito para cumplir con mi trabajo.

—Perdona que me meta donde no me llaman pero es cierto lo que te dice mi compañero, es de máxima necesidad y te aseguro que yo mismo te compensare por el esfuerzo en cuanto me sea posible.

Eustolia miro resignada al caballero y tendió su bolsito a Teótimo. Antes de que pudieran darse cuenta, Eutropio quedo transformado por arte de la magia del gamusino en un enclenque cocinero, que portaba un enorme cucharon en el que iba hechizado su bracamarte.

—Ves y hasta me ha sobrado algo, lo suficiente para que puedas cumplir tus tareas. — Teótimo le devolvió el bolsito a su amada con su mirada cargada de ternura mientras su cuerpo se deshacía por ella.

—Bien pues salgamos yo os llevo hasta la princesa. Tomad un queso de la alacena y ponedlo en esta bandeja así justificaremos que un cocinero suba hasta esa zona del palacio.
Emprendieron su trayecto sin más dilación. Aquí y allí se cruzaban con soldados que inquirían sobre sus circunstancias así como el destino de sus andanzas. Salvaron sin dificultades los obstáculos y finalmente llegaron al ala donde se encontraba la estancia de la princesa.

Del otro lado de la puerta nada llegaba, solo silencio pero Teótimo temía algo, sentía una presencia al igual que Eutropio que estaba alerta.

Tras llamar con cautela, la voz de la princesa les permitió el paso y los tres entraron en la estancia alerta.

—¿Qué es lo que deseáis?

Teótimo rompió el hechizo y Eutropio se mostró con todo su altanero porte ante Benilda, ella quedo sorprendida, tanto que no acertó a reaccionar hasta que Teótimo grito asustándola y arrancándola de su trance.

—¡Mierda había un espía! Tranquilos yo me encargo, voy tras él, si da la alarma estamos perdidos, Tolia avisa a la jefa yo tratare de evitar el desastre…—El gamusino salió corriendo de la habitación sin dejar de hablar mientras blandía el cucharon y trataba de dar a algo o a alguien que ninguno podía ver más que él.

Eustolia se disculpó y partió a la carrera en busca de Jorja y en la estancia quedaron frente a frente el buscador y la encontrada.

Don_Diego
Rango12 Nivel 55
hace 3 meses

La magia ayuda bastante. Por otro lado ya viene lo bueno.