anamar26
Rango8 Nivel 37 (2658 ptos) | Poeta maldito

I

Xiana, entró en la Mansión de los Cisnes, el lugar donde vivía junto con su hermano, conocido como don Gael de Ramírez, respetado terrateniente y admirado músico y compositor.
Caminaba con pasos apresurados pero elegantes. Cruzó el amplio vestíbulo dejando caer la capa al suelo y arrojando los guantes a un lado.
Su doncella, Mirta, la seguía, a la vez que recogía las prendas del suelo.
Xiana, una mujer de poca estatura, bella, sensual y elegante, entró en la biblioteca, donde sabía que encontraría a su hermano Gael.
Gael estaba sentado en un sillón orejero. Había estado leyendo un libro pero se dejó llevar por sus pensamientos y hacía horas que no pasaba una página.
─ ¡Querido hermano! ─exclamó con regocijo Xiana─. He conocido a una criatura maravillosa y la he invitado a pasar una temporada con nosotros.
Gael se levantó de un sobresalto, dejando caer el libro al suelo alfombrado. Su hermana siempre había sido caprichosa e impetuosa, rozando lo irracional y extravagante en sus decisiones pero, no por ello, dejaba de sorprenderle una vez más. Solo esperaba que no le diese...

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#2

(..) Solo esperaba que no le diese motivos para enfadarse con ella.
Xiana se rió al ver la expresión ceñuda de él y corrió a abrazarlo. Se alzó en la punta de los pies y le besó en ambas mejillas.
─No te preocupes, querido hermano. Te aseguro que se trata de una jovencita totalmente indefensa.
─Sabes bien que no es conveniente traer a nadie a nuestro hogar.
─Sí, sí, sí. Lo sé bien pero estoy muy aburrida y necesitaba tener a una amiga para hablar con ella de temas femeninos que tú jamás entenderías.
─Así que esta vez se trata de una mujer ─comentó, pesaroso.
─La última vez que traje a un invitado masculino… Todo salió mal. ¡Los hombres podéis ser tan brutos y cándidos a la vez! ─comentó evasiva, bajando el tono de voz para no enfadar más a su hermano trayéndole recuerdos dolorosos del pasado.
─ ¿Y dónde está? ─preguntó Gael, pasando por su lado y caminando hacia la licorera para servirse una copa.
─ ¡Oh, sí! Está en el carruaje. Pediré a Mirta que vaya a por ella.
─No me parece respetuoso que hayas dejado a tu invitada esperando dentro del coche. Es de noche y hace frío ─la recriminó.
─No he tenido ninguna intención de ser desconsiderada. Pero es que… está dormida ─sonrió y miró a su doncella que esperaba en la entrada de la biblioteca.
La mujer se apresuró a ir en busca de la joven invitada.
─Estoy segura de que te gustará ─sonrió Xiana mirando a su hermano.
Gael no opinaba lo mismo que su hermana. En realidad, ni le importaba saber cómo era esa joven. Solo le preocupaba los problemas que podía traer su presencia en la mansión.
Estaba cansado de advertir a su hermana de que no podían mezclarse con el mundo de los mortales. Ellos eran vampiros y hacía más de un siglo que estuvieron a punto de ser exterminados por culpa de los hombres que les daban caza.
El clan de los vampiros había llegado a un acuerdo, en secreto, con las autoridades para establecer la paz entre los dos mundos. Pero era necesario ser precavidos y, sobre todo, prudentes. Todavía había gente que los buscaba para darles muerte, y vampiros que rompían el acuerdo para alimentarse de la sangre humana.
Los caprichos de Xiana rozaban lo inadmisible dentro de ese pacto y Gael temía que, antes o después, tendría que imponer su voluntad de alguna manera más explícita.

JairoMoya
Rango5 Nivel 23
hace 3 meses

A la espera de la siguiente parte.

anamar26
Rango8 Nivel 37
hace 3 meses

Gracias. Espero que también te guste. #JairoMoya


#3

Gael, aprovechando sus poderes, corrió hacia la salida de la mansión, adelantándose a la doncella, quien lo miró sorprendida. Hacía dos años que Mirta trabajaba para los vampiros y conocía su secreto pero no terminaba de acostumbrarse a los hábitos de ellos.
Gael abrió la puerta del carruaje y comprobó que la joven dormía. Estaba acurrucada bajo una manta. Algunos mechones de su melena rubia caían sobre su rostro, medio cubierto por la ropa.
La cogió en brazos con cuidado y la llevó hasta uno de los dormitorios del primer piso de la mansión, donde tenían reservados varias habitaciones para los invitados, aunque hacía tiempo que no recibían visitas.
Su hermana subió tras él y vio como la depositaba en la cama y la cubría con la colcha.
Entonces, ambos se quedaron mirando el rostro de la muchacha. Gael se conmovió antes los rasgos tan dulces y bellos como los de una ninfa.
La joven se movió inquieta pero no despertó.
─Se llama Aldara. ¿A qué es hermosa? ─preguntó Xiana.
Gael cogió a su hermana por un brazo y la obligó a salir de la habitación. La acorraló contra una pared y tuvo que bajar la cabeza para hablar con ella, debido a su altura.
─Has sido muy imprudente tomando esta decisión. ¿Dónde la conociste? ─preguntó. De pronto, se sorprendió a sí mismo sintiendo un interés inesperado por la muchacha.
─La conocí en un teatro de mala muerte de la ciudad. Estaba trabajando como limpiadora pero aspiraba a ser cantante. Tiene una voz muy bonita y canta muy bien. ¿Te imaginas qué podría ser de ella si algún desalmado la engañase para aprovecharse de ella? La he salvado trayéndola aquí.
─ ¿Cómo la convenciste?
─Le hablé de ti, de tu pasión por la música y le dije que le pagarías las clases de canto.
Gael miró perplejo a su hermana y esbozó una sonrisa sarcástica.
─ ¡Sí, seguro que sí! ─susurró─. Te prohíbo que le hagas daño. No permitiré que la corrompas.
─No tengo intención de hacerlo.
─Conozco tus intenciones, Xiana. Sé de lo que eres capaz. Las mazmorras están llenas de tumbas por culpa de tus caprichos.
Xiana se apartó de él y lo miró con desdén. Se marchó para refugiarse en su dormitorio.
Gael entró de nuevo en la habitación y contempló a la muchacha. En su interior crecía un desconcertante deseo de protegerla, aun sin conocerla.
No sabía nada de ella y era posible que tras esa dulce máscara se escondiera una auténtica desvergonzada. Como fuere, se prometió que no permitiría que su hermana le hiciera daño.
Salió de allí y se dirigió a su dormitorio. Se sentó frente a la chimenea. Todavía quedaba mucha noche por delante.
Cerró los ojos y recordó el último invitado que tuvieron en la mansión. Se trataba de un joven sacerdote, Pedro. Xiana jugó con él hasta convertirlo en un histérico pusilánime. Un alma atormentada que no encontró otra salida más que el suicidio.

#4

Despuntaba el alba cuando Aldara despertó. Miró a su alrededor y se asustó al no reconocer la habitación. Intentó hacer memoria y se acordó de que había hecho un viaje con una amiga, que la había invitado a su mansión, prometiéndole ofrecer clases de canto.
Se levantó. Le dolía la cabeza. Había dormido profundamente, sin soñar. Y era extraño, pues ella tenía el sueño ligero.
Se asomó a la ventana. Desde allí se podía ver la parte de atrás de la mansión, donde había un magnífico jardín lleno de rododendros, azaleas, adelfas y setos de boj. En medio, destacaba un estanque en el que nadaban varios cisnes.
─La Mansión de los Cisnes ─se dijo Aldara, recordando las palabras de su amiga, Xiana.
Aunque, no estaba muy segura de poder llamar “amiga” a una mujer a la que hacía pocos días que había conocido y que la había arrastrado a una nueva vida, sin contar con su opinión. Había querido resistir pero la voluntad de Xiana era más fuerte que la suya propia. Cierto era que se había manifestado excitada con la posibilidad de tener un profesor de canto para ella sola. Pero desconocía qué exigiría Xiana a cambio de ese favor. Porque si algo había aprendido en la vida la joven Aldara, era que todo tenía un precio en la vida.
La sobresaltó el toque que dio alguien en la puerta. Se giró sobre sus talones y entonces se dio cuenta de que todavía tenía puesto el vestido con el que había viajado.
La puerta se abrió y entró una muchacha que parecía poco mayor que ella. Tenía el rostro pálido, mirada asustadiza y cubría sus cabellos rojizos bajo una cofia.
─Buenos días, señorita. Soy Mirta, la doncella de la señorita Xiana. Me ha pedido que la atienda a usted. Tiene la ropa en el armario y la cómoda. En la habitación de al lado encontrará una bañera preparada. Supongo que querrá darse un baño.
─Sí, sí, claro ─asintió Aldara.
─Después del baño puede bajar al comedor para desayunar.
─Gracias. ¿Dónde se encuentra la señorita Xiana? ─preguntó Aldara.
─En su dormitorio. No acostumbra a madrugar.
─Me ha dicho que vive con su hermano, don Gael.
─Sí, así es. El señor ha salido temprano y todavía no ha regresado. ¿Necesita ayuda para el baño?
─No, no, gracias. Creo que podré apañármelas yo sola ─sonrió con timidez.
─Entonces, me retiro. Si necesita algo solo tiene que tirar de este cordón ─señaló una cuerda roja que colgaba al lado de la puerta principal.
─Gracias. Es usted muy amable.
─ ¡Oh, a mí no tiene que tratarme con deferencia, señorita! ─exclamó Mirta, turbada.
Aldara asintió sin saber cómo debía tratar exactamente a quien consideraba su igual.
El agua estaba caliente y tardó un poco en acostumbrarse a ella. Si tuviera más valor, habría llamado por Mirta para que le trajera agua fría. Pero ella no se creía con derecho a exigir nada, aunque era una invitada.
Salió de la bañera y se envolvió en una toalla de lino. Soltó los cabellos y se miró a un espejo de pie. Oyó que alguien entraba en la habitación y se agarró con fuerza al nudo de la toalla.
─ ¡Así que estás aquí! ─exclamó Xiana entrando en el cuarto y mostrando una gran sonrisa. El carmín rojo de sus labios resaltaba la blancura de los dientes.
─Sí, Mirta me dijo que tenía preparado el baño.
─Sí, por supuesto. Mientras estés aquí vivirás como una reina. Solo espero que tu estancia sea muy larga ─sonrió.
Aldara también esbozó una sonrisa tímida. Xiana regresó a la habitación y abrió el armario. Buscó un vestido para su amiga y cogió uno azul que dejó sobre la cama. En la cómoda cogió ropa íntima. La joven la miraba desde la puerta, sin poder evitar mostrarse cohibida.
─ ¿Es la primera vez que te vistes delante de una mujer? ─le preguntó, riendo divertida.
─No ─negó Aldara─. Solo es que… Todo esto es tan nuevo para mí.
─ ¿El qué es nuevo?
─Estar en una mansión como invitada. Que me preparen un baño.
─Entiendo ─se acercó a ella y le entregó la ropa íntima─. Vístete o te cogerá el frío. Te acostumbrarás a esto. Te espero en el comedor. No quiero incomodarte más ─rió.
Aldara sintió como sus mejillas se encendían y trató de sonreír.

Hiarbas
Rango10 Nivel 45
hace 3 meses

Me gusta como va. Esperando la continuación


#5

Después del desayuno salieron a pasear por los jardines. Los setos de boj bordeaban caminos laberínticos que conducían al estanque. En algunos jardines más pequeños sobresalían los arbustos florales y alguna fuente de piedra donde bajaban los pajarillos a beber y bañarse. También se disponían bancos diversos para que los paseantes pudieran descansar y disfrutar del paisaje.
Se sentaron frente al estanque y contemplaron a los cisnes que se deslizaban en el agua con su típica elegancia cautivadora.
─Es un lugar precioso ─comentó Aldara─. Y está muy bien cuidado. Pero no sé ve a nadie cuidándolo ─miro alrededor.
─El jardinero vive en el pueblo y viene tres días a la semana. A mi hermano no le gusta estar rodeado de gente, así que en la mansión solo viven los criados que son esenciales para ejercer las actividades diarias. Hay una cocinera, mi doncella, y un mozo que se encarga de cuidar a los caballos y conduce el coche. Una vez al mes vienen algunas mujeres del pueblo para ayudar a Mirta a hacer limpieza general. Tenemos todo bajo control ─explicó Xiana.
─Espero que a tu hermano no le haya parecido mal que me invitaras.
─En realidad, está encantado ─sonrió─. ¡Ven! Todavía no has tenido oportunidad de ver la vista más espectacular. Está más allá de la entrada de la mansión. Desde ella solo se puede ver a través de los árboles que hay en el bosque de la entrada. Aún así, es magnífica.
Rodearon la mansión y bajaron por el camino principal. Cruzaron un pequeño bosque.
─¿No lo oyes? ─preguntó Xiana apurando el paso.
─¡El mar! ─exclamó Aldara, entusiasmada.
Corrieron por el bosque hasta que llegaron al inicio de un acantilado. Xiana se detuvo. En el cielo había algunas nubes que reflejaban los rayos dorados del sol. El mar estaba tranquilo y tenía un color azul profundo.
─Me gusta vivir junto al mar. No hay nada que me transmita más energía ─comentó Xiana─. ¿Alguna vez lo habías visto antes?
─Solo una vez ─respondió Aldara sin dejar de contemplar el horizonte─. Cuando era niña.
─Ahora podrás disfrutar de él todos los días. Allí ─señaló hacia su derecha─ hay un camino por el que se puede descender a la playa donde guardo una barca. A mi hermano no le gusta que salga a navegar pero no puedo evitar llevarle la contraria ─rió.
Permanecieron un rato más mirando el mar. Después, Xiana cogió a Aldara de la mano y regresaron a la casa.
─Tengo hambre. Supongo que es hora de comer.

A petición de Xiana, la comida fue servida en la galería. Un lugar adornado con plantas en grandes macetas y los muebles eran de estilo colonial, rompiendo la decoración clásica del resto de la mansión. Desde allí se podía contemplar los jardines de atrás.
─No te dejes impresionar por mi hermano ─comentó de pronto Xiana.
─¿Qué quieres decir? ─la miró extrañada.
─Mi hermano tiene un porte y unas maneras de comportarse que pueden intimidar a cualquiera, y más a una joven inocente como tú ─sonrió─. No te cohíbas por eso. No le demuestres temor, ni cobardía ─añadió con un matiz de preocupación en su voz.
Aldara lamentó que su amiga le hubiese dicho eso, la advertencia en sí misma ya la ponía nerviosa. Ahora temía encontrarse con don Gael y se pregunta si Xiana había sido sincera cuando le manifestó que él había aceptado de buen grado tenerla como invitada en su mansión.

#6

Pasaron la tarde en la biblioteca. Xiana se interesó, una vez más, por el pasado de Aldara, haciéndole las mismas preguntas que le había hecho poco después de conocerse.
Sin embargo, se mostraba esquiva para hablar de sí misma o de su hermano.
Lo único que averiguó Aldara fue que Gael amaba la música. Tocaba el piano y violín con la dulzura de un ángel y la maestría de un demonio.
Las composiciones que había escrito todavía sonaban en los más afamados teatros y las mejores reuniones sociales.
─Xiana, por favor, deja de aburrir a tu invitada exagerando mis virtudes.
La voz educada y profunda de Gael llenó la sala.
Las dos mujeres levantaron la mirada hacia la puerta. Gael caminó hasta ellas mostrando su porte esbelto y elegante.
─¡Querido hermano! ─Xiana se apresuró a abrazarlo─. Por fin puedo presentarte a nuestra invitada… Aldara. Tendió una mano hacia ella y la joven se levantó─. Mi hermano, don Gael de Ramírez.
El corazón de Aldara se aceleró bajo la mirada oscura y penetrante de él. Gael, a pesar de ser un hombre que podía tener unos cuarenta años, era muy atractivo. Tenía los cabellos oscuros ligeramente canosos y llevaba una barba bien cuidada. Cogió la mano de ella y la besó educadamente.
─Es un placer conocerla, señorita Aldara. Espero que se sienta cómoda en nuestra casa.
─Gracias. Su hermana consigue que me sienta bien, don Gael.
─Por favor, llámeme solo Gael. Mirta sírvenos un jerez ─pidió volviéndose hacia la sirvienta─. Así que le gusta la música…
La doncella, que había entrado detrás del señor y se mantenía en un discreto segundo plano, se apresuró a obedecer.
─Sí, mucho ─respondió Aldara─. Mis padres me inculcaron el amor por ella en los pocos años que compartimos, antes de que… fallecieran.
Xiana ayudó a Mirta a servir las copas. Aldara y Gael se sentaron uno frente al otro.
─¿Era muy joven cuando sus padres fallecieron?
─Tenía ocho años.
─¿No tiene más familia?
─No. Bueno, sí. Un tío. Pero está en las Américas y no quiso hacerse cargo de mí, aunque, de vez en cuando, me enviaba dinero al orfanato.
─Mi hermana y yo también quedamos huérfanos a temprana edad. Nos cuidaron unos parientes lejanos.
─Así es ─asintió Xiana, quien se había sentado al lado de Aldara─. Gracias a ellos viajamos a muchos sitios ─bebió un trago de licor y miró a su hermano por encima de la copa, con complicidad.
Gael le devolvió la mirada pero Xiana pudo ver que todavía estaba disgustado con ella, aunque confiaba en que se le pasaría pronto. Había visto como miraba a Aldara, con un interés y una pasión contenida como hacía siglos que no mostraba.

#7

VI

Durante la cena, Xiana fue quien llevó el mayor peso de la conversación hablando de cuantas experiencias había vivido en la ciudad.
A Aldara le sorprendía que una mujer pudiera comentar con tanta frivolidad sus encuentros amorosos con hombres. Incluso llegó a sentir vergüenza y se sonrojó.
Gael se dio cuenta de la incomodidad de la joven e interrumpió a su hermana.
─Hermana estás avergonzando a nuestra invitada con tus exageraciones.
Xiana parpadeó confusa. Durante unos momentos había olvidado que su nueva amiga era inocente.
─Lo siento ─dijo─. Querida ─la miró─ debes recordar que soy mayor que tú y, aunque soltera, he conocido la vida de una mujer casada. Me niego a vivir recluida en una casa como si fuera una beata mojigata.
─Yo… yo… no sé qué decir ─habló Aldara con timidez.
─Por favor, no se inquiete ─le pidió Gael─. Mi hermana puede ser muy exagerada cuando se comenta sus experiencias ─dirigió una mirada recriminatoria a su hermana──. Le aseguro, señorita Aldara, que no va a ver ningún comportamiento escandaloso en esta casa.
Xiana intentó disimular una sonrisa bebiendo un trago de vino.
─Mi hermano dice la verdad. En esta casa se vive con decoro. Tanto que llega a ser opresivo. Son las reglas que Gael impone desde hace mucho tiempo. ¡Cambiemos de tema! ─pidió antes de enfadar a su hermano─. Gael tienes que escuchar cantar a Aldara. ¿Por qué no tocas algo al piano después de la cena?
─Sabes que hace tiempo que no toco nada ─contestó él, incómodo.
─Pero mantienes los instrumentos afinados. Eso es porque ansías volver a tocar algún día y ¿qué mejor día que hoy para escuchar a Aldara?
Gael permaneció pensativo un rato. Deseaba oír cantar a la joven pero no se sentía preparado para volver a tocar el piano, ni el violín.
Hacía muchos años que la alegría había desaparecido de su hogar y temía que su corazón no estuviese dispuestos a volver a sentir la paz y la pasión que vivió un día.
Tras la cena entraron en un salón. Xiana se acercó al piano, levantó la tapa y tocó algunas teclas.
─¿Tú también sabes tocar? ─preguntó Aldara.
─Sí, pero no como Gael. Él toca con sentimiento y maestría cada pieza. No solo las que ha escrito, sino las de otros compositores. Su sensibilidad hace que parezcan obras de su propia creación. ¿Recuerdas los aplausos que arrancabas al público? ─le miró sonriente─. Las mujeres se desmayaban y los hombres te envidiaban. ¡Por favor, Gael, toca algo! ─suplicó.
Gael se acercó al piano y se sentó en el banco. Sus largos dedos acariciaron las teclas con delicadeza, como si fueran frágiles y temiera romperlas. Sintió el deseo de cerrar la tapa pero miró a Aldara. Los azules ojos de ella le miraban con tanta dulzura que se dejó llevar por el recuerdo de viejos sentimientos y empezó a tocar una “Quasi una fantasia” de Beethoven, más conocida como “Claro de Luna”.
La música inundó el salón y recorrió todos los rincones del palacio llegando a los oídos de los sirvientes que vivían en él.
Mirta se estremeció. Al contrario que Aldara, quien sentía como las notas musicales acariciaban su ser despertando sentimientos hasta ahora desconocidos para ella, la doncella sabía que ese sonido era arrancado por las manos de un ser demoníaco. Tapó los oídos con las manos. No quería escuchar más. No quería someterse a los vampiros más de lo estrictamente necesario para su supervivencia. Sintió lástima por la señorita Aldara.

#8

Cuando Mirta llegó al Palacio de los Cisnes desconocía que los hermanos de Ramírez eran vampiros.
A su llegada al pueblo, escuchó rumores sobre el comportamiento extraño de los hermanos. Decían que eran solitarios, incluso parecían rehuir a la gente, aunque sabían que la señorita Xiana frecuentaba, de vez en cuando, la ciudad.
No se conocía que recibieran visitas, así que no debían tener amigos, ni conocidos.
Algunos aseguraban que, en una ocasión, hacía mucho tiempo, había vivido con ellos un sacerdote joven. Sin embargo nunca los vieron asistir a actos religiosos. Ni siquiera cuando fallecieron dos niñas en el pueblo, por extrañas circunstancias. Cierto era que el señor Gael había visitado a los padres de ambas y transmitió sus condolencias pero no asistió a la misa, ni al entierro, así como tampoco lo hizo la hermana.
Mirta no hizo caso a quienes le aconsejaron que no fuera al palacio a buscar trabajo. No tenía dinero, no quería mendigar y no quería creer que los hermanos podían ser malos solo por no ser creyentes.
La primera persona que la recibió cuando llegó fue la señorita Xiana. A Mirta le llamó la atención el rojo de sus labios. Pocas mujeres se atrevían a pintarse de una manera tan llamativa. Aunque ella podía hacerlo. Era muy bonita y se desenvolvía con mucha seguridad.
Más tarde descubriría que el hermano, don Gael, la mimaba en exceso consintiéndole todo tipo de caprichos. A veces, eso le traía problemas y se enfadaba con ella pero no cambiaba su actitud. Era como si tuviese miedo de verla infeliz o, quizás, la soledad de ambos era un aliciente para que le permitiera los caprichos.
La vida en el palacio transcurría con normalidad. Cierto era que sus señores vivían aislados. El señor Gael solo se ausentaba para visitar sus tierras y hablar con los trabajadores. Pero el palacio estaba sumido en una triste soledad. La señorita Xiana viajó a la ciudad una vez y la llevó a ella consigo. Entonces, Mirta no vio que se comportara de una forma pecaminosa, como hablaban las malas lenguas. Aunque tampoco podía decir que la había acompañado a todos los sitios que frecuentara.
Mirta agradecía la tranquilidad que se vivía en el palacio. Las tareas eran fáciles de llevar y podía dedicarse a pasear por la playa, cuando le tiempo lo permitía.
Un día descubrió algo que la sorprendió y asustó e hizo que su vida diera un giro.
Sucedió pocos meses después de estar en el palacio. La señorita Xiana y su hermano se enzarzaron en una fuerte discusión. Él parecía muy enfadado, tanto que elevaba la voz más de lo habitual.
Xiana se quejaba de su encierro y el aburrimiento que la estaba volviendo loca. Quería traer a alguien al palacio a vivir con ella, pero él se negaba y le recordó la última vez que había traído a un supuesto amigo y dónde estaba ahora.
Mirta, que no acostumbraba a escuchar las conversaciones privadas, no pudo evitar acercarse a la puerta, que estaba entreabierta para prestar atención.
─¡No es necesario que me recuerdes ese incidente, Gael! ─exclamó ella─. Vivo con esa pesadilla desde entonces.
─Permíteme que lo dude, hermanita. No es la única pesadilla que deberías tener. En las mazmorras hay varias tumbas donde oculté a los amiguitos que trajiste a esta casa sin mi permiso.
Mirta se horrorizó al oír las palabras de su señor y retrocedió unos pasos. Creyó no haber hecho ruido pero las faldas crujieron y dentro de la habitación se produjo un silencio.
Sin saber cómo, Xiana apareció a su lado, cerrándole el paso. La miró fijamente y la recriminó por indiscreta.
Al contrario de lo que esperaba Mirta, la reprimenda no pasó de ahí y pudo regresar a su habitación. No fue despedida ni se volvió a repetir la regañina.
Sin embargo, Mirta no podía vivir tranquila y empezó a tener miedo a sus señores.
Hasta hacía poco, miraba y admiraba a don Gael con verdadera devoción, no solo por su físico y sus maneras. Ahora no podía ni mirarle a la cara. Y las veces que lo hacía veía sus ojos penetrantes, inquisidores, que la acusaban por su atrevimiento y la amenazaban.
Con el paso de los días, le parecía que la señorita Xiana la miraba de igual modo, y se le hacía insoportable.
Los nervios se apoderaron de ella y le afectaron física y psicológicamente, volviéndose una persona de aspecto enfermizo.

#9

Llegó un día en el que decidió que debía irse de allí cuanto antes. Una noche, recogió las pocas cosas que tenía y salió por la puerta de atrás del palacio. Se aseguró de que nadie la había visto y apuró los pasos hasta la entrada del camino.
Para su sorpresa, en ese mismo lugar la estaban esperando don Gael y la señorita Xiana. Mirta se detuvo. Dejó caer la bolsa de equipaje y empezó a temblar.
Su señor, Gael se acercó a ella con tanta rapidez que parecía volar sobre el césped. Entonces Mirta recordó los cuentos que le contaban de niña y las historias que comentaba la gente y comprendió que sus señores eran vampiros.
─¿Va a alguna parte, Mirta? ─le preguntó.
─¿Nos abandonas en mitad de la noche? ─preguntó la hermana que también apareció a su lado de una forma misteriosa.
─Yo… ─Mirta no supo qué responder. Un inmenso terror se apoderó de ella. Los ojos se le llenaron de lágrimas y resbalaron por sus mejillas, en silencio. Temía por su vida pero no tenía fuerzas para defenderse.
Don Gael se acercó más a ella. Cogió con una mano el cuello de Mirta y le hizo un corte en la yugular, con una uña. Untó el dedo en la sangre que manaba de la herida y se llevó el dedo a la boca. Repitió la operación y acercó el dedo a su hermana, que lo saboreó con deleite. Luego mojó el dedo nuevamente y lo pasó por los labios de Mirta.
─Te dije que tendría buen sabor. Vivir en nuestro hogar le ha sentado bien. Venía muy flaca y ahora tiene mejor aspecto ─dijo Xiana.
─Miras mal, hermana. Hace tiempo que Mirta nos teme ─dijo él y esbozó una sonrisa enigmática.
─Por favor, no me hagan daño ─suplicó Mirta─. Déjenme marchar.
─No, Mirta. Nos gusta como trabajas y permanecerás en nuestro palacio mucho tiempo. No debes preocuparte. No te haremos daño. Solo te exigimos que guardes silencio de cuanto sabes de nosotros.
─Si rompes el pacto… ─empezó a decir Xiana.
─Las amenazas no son necesarias ─la interrumpió Gael─. Regresa a tu habitación, Mirta.

Mirta obedeció al señor. Ninguno de los dos hermanos volvió a recordarle esa noche y la trataron como si nada hubiese sucedido.
Pero Mirta nunca volvió a ser la misma. Su físico cambió. Había adelgazado y siempre estaba pálida y ojerosa, aunque sabía que ellos no se alimentaban de su sangre. Dormía mal y tenía miedo de ellos. Y soñaba con huir de allí.

#10

Gael dejó de tocar el piano. Interrumpió la música de forma abrupta ante el asombro de las mujeres que salieron del dulce letargo al que se vieron sometidas con la melodía.
Miró a Alana con tanta intensidad que la joven se ruborizó.
─¿Desea cantar ahora, Aldara? ─le preguntó.
El sonido de su nombre en los labios de él la estremeció.
─Sí ─asintió.
Se acercó al piano y miró indecisa a Xiana.
─¿A qué categoría pertenece su voz? ─preguntó.
─Soprano.
─¿Le suena “O bellisimi capelli” de Falconieri?
─Sí ─sonrió.
Gael empezó a tocar y Aldara cantó con una voz clara y brillante. Gael asintió complacido ante tanta belleza y Aldara dio lo mejor de sí misma.
Cuando terminó el aria se miraron durante un largo rato, en silencio. Durante esos momentos parecía que no había nadie más en el mundo.
Xiana se levantó y se acercó a ellos, aplaudiendo. La miraron como si recordasen que no estaban solos. Gael se levantó.
─Canta muy bien. Buscaré un profesor para que le de clases.
─Gracias. Pero yo no puedo pagar clases de canto. Lo poco que sé lo aprendí en el orfanato.
─No se preocupe por eso.
─Te he traído hasta aquí porque sabía que mi hermano no dudaría en ayudarte, Aldara ─dijo Xiana─. Hazle caso y no te preocupes de los detalles.
─Bien. Así haré. Gracias ─´sonrió agradecida─. Creo que voy a retirarme. Necesito descansar.
─Sí, por supuesto ─asintió Gael.
─Que pases una buena noche, Aldara. ¡Mirta, acompaña a la señorita a su habitación! ─pidió Xiana.
La doncella, que esperaba sentada en una silla en el pasillo, obedeció y acompañó a la joven.
Mientras subían las escaleras Aldara, emocionada, comentó:
─Don Gael y su hermana son muy buenos, ¿verdad?
Mirta la miró horrorizada durante unos segundos pero se dio cuenta de su error y esquivó de inmediato la mirada. Asintió con la cabeza.
Xiana llenó las copas de jerez y se sentó. Gael caminó hasta la ventana. Bebió un trago y exhaló un suspiro.
─No has debido traerla ─susurró.
─Te ha impresionado.
─Demasiado.
─Tienes derecho a ser feliz de nuevo, hermano. Si te gusta, no luches contra tus sentimientos.
─Tú no lo comprendes. Estás acostumbrada a dejarte llevar por tus impulsos.
─¿Y por qué no haces tú lo mismo? ─se levantó y se acercó hasta él, dejando la copa sobre una mesa─. ¿Por qué te atormentas con lo que sucedió en el pasado?
─No puedo evitarlo.
─Ya es hora de olvidarlo, Gael. Vive y sé feliz. Esa joven también se siente atraída por ti. No la dejes escapar.
─Tú lo has dicho ─la miró─. Es joven. Demasiado joven e inocente.
Gael dejó la copa sobre una mesa y se retiró. Xiana chascó la lengua. No tenía ganas de acostarse todavía, así que salió afuera para pasear un rato por el jardín.
Con suerte se encontraría con el mozo de las caballerizas y coquetearía un rato con él.

#11

Ante la falta de sueño, Gael salió de la habitación y caminó por el pasillo hasta el dormitorio donde dormía Aldara. Apoyó la oreja contra la puerta para escuchar. Podía percibir la respiración profunda de la joven. Abrió la puerta, despacio y se asomó.
La muchacha dormía plácidamente. Gael entró en la estancia y se acercó a la cama. La luz de la luna creciente entraba por la ventana y sus rayos iluminaban su tez. Gael se inclinó hacia ella y aspiró su aroma a jazmín. Pasó un dedo por sus labios y se retiró. Apretó los puños conteniendo las emociones que lo embargaban. Salió de allí y se apoyó en la pared. Un sudor frío recorría su cuerpo.
Regresó a la habitación y paseó nervioso. Se sentó ante el escritorio, cogió papel y la pluma que mojó en el tintero y, sin dejar de ver el bello rostro de la muchacha en su pensamiento, empezó a componer una melodía.
Al alba, Gael seguía escribiendo la composición musical, llevado por un estado febril. No bajó a desayunar y ordenó a Mirta que no le molestara nadie, aunque deseaba encontrarse con Aldara otra vez. Cuando hacía una pausa cerraba los ojos para pensar en ella y repetía su nombre en voz alta.
Xiana sabía que su hermano había retomado su faceta de compositor. La presencia de Aldara le estaba despertando de su largo letargo. Se alegraba, aunque también sentía celos. Ella, con su amor y devoción de hermana, nunca fue capaz de conseguir que Gael sintiera la suficiente pasión por la vida para interesarse otra vez por todo aquello cuanto amaba.
Aldara preguntó por él pero Xiana solo le dijo que estaba cansado y no quería ser molestado. No le habló de la atracción que sentía él por ella, ni de que, gracias a ella, había vuelto a sentir interés por la música.
Bajaron hasta la playa y Xiana le pidió ayuda para mover la barca hasta la orilla. Tuvieron que hacer un gran esfuerzo y terminaron acostándose dentro, jadeando y riendo.
─En el horizonte se ven nubes ─comentó Aldara─. No creo que sea buena idea salir a navegar.
─El exceso de prudencia es malo para la salud.
─Yo creí que era todo lo contrario ─rió Aldara.
Xiana se sentó y empezó a manejar los remos. Aldara también se sentó y se cubrió con la capa. Le gustaba el mar, su color, el olor y el ruido que podía ser salvaje e hinóptico.
─Cerca de aquí hay un islote. Podemos ir hasta allí. Hay un faro donde vive el farero. Un viejo algo loco pero que cuenta historias muy interesantes.
Aldara no dijo nada pero no le apetecía ir tan lejos cuando el cielo amenazaba con un temporal. Rezaba para que no se desatara estando ellas en altamar. Aunque tampoco le agradaba pensar que podían quedar atrapadas en el faro y se preguntaba qué haría y opinaría Gael de esta aventura.

#12

Llegaron a la playa cuando empezaba a llover. Arrastraron la barca hasta unas rocas y Xiana la amarró a una de ellas. A Aldara le sorprendía la fuerza que tenía su amiga, a pesar de su aspecto menudo.
Corrieron hasta el faro y llamaron a la puerta. No tardó en abrirles un señor de mediana edad, rubio, y aspecto rudo. Llevaba bigotes largos y perilla recortada. Sonrió a Xiana y se hizo a un lado para que pudieran pasar las dos.
─Esta noche va a ser difícil ─dijo─. ¿Quién es su amiga, señorita? ─preguntó observando con atención a Aldara.
─Es la señorita Aldara.
─Creí que a su hermano no le gustaba tener forasteros en el palacio.
─Depende de la educación del forastero ─rió Xiana─. Sírvenos un café, por favor. Mi amiga ha empezado a temblar, aunque no sé si es de frío o miedo.
─Es frío ─se apresuró a decir Aldara, aunque también estaba algo asustada. Se sentía muy incómoda en el faro, junto a ese desconocía que no le inspiraba confianza.
─Nuestro amigo se llama Celso ─dijo Xiana.
Aldara pensó que ese hombre no era su amigo y dudaba mucho que llegara a serlo.
Dejaron las capas sobre una silla y se sentaron junto a la cocina de hierro. Era la única fuente de calor del lugar pero, al menos, para esa habitación era suficiente, aunque se respiraba la humedad del océano.
Fuera empezó a tronar y la lluvia caía con más fuerza golpeando los cristales del faro sin piedad. El viento sacudía las ventanas y las puertas.
─No deberían haber venido un día como hoy, señorita Xiana ─dijo Celso ofreciendo una taza de porcelana rústica a cada una de ellas─. Con este tiempo no podrán regresar y don Gael se enfadará.
─Mi hermano está ocupado en su mundo y no se dará cuenta de que estamos aquí ─dijo Xiana.
Pero no era cierto. Gael dejó de escribir la composición musical y se asomó a la ventana. Se preguntó dónde estaría Aldara y, creyendo que podía encontrarla en la biblioteca se dirigió hacia allí.
Tras comprobar que las mujeres no se encontraban en la biblioteca, ni en el salón, se quedó parado en el vestíbulo y escuchó atentamente para percibir las voces o las respiraciones de ellas. Sin embargo, lo que llegaba a sus oídos no tenía que ver con Xiana, ni Aldara.
Llamó a Mirta tirando de un cordón que había al lado de la puerta del salón y esperó, impaciente, a que viniera. Pero la muchacha no respondía. Así que salió al vestíbulo y la llamó a voces.
La doncella dejó el cubo con agua sucia y el cepillo de fregar chimeneas y echó a correr. Estaba haciendo limpieza en la habitación donde dormía la señorita Aldara. Bajó corriendo las escaleras y entró en el salón donde Gael paseaba de un lado a otro, mostrando un rostro poco amigable.
─¿Me llamaba el señor?
─Sí. ¿Dónde están mi hermana y la señorita Aldara?
─No lo sé, señor. Sé que han salido de casa pero no me han dicho a dónde se dirigían.
─Algo me dice que mi hermana ha hecho una de las suyas ─comentó, pensativo─. ¡Menuda mierda! ─susurró entre dientes─. Voy a cambiarme y saldré a buscarlas. Deja mis botas y ropas de abrigo en la entrada. Y pide al mozo que ensille al caballo.
─Sí, señor.
Gael subió a su habitación y se cambió de ropas. Bajó al vestíbulo y cambió los zapatos por las botas altas para la lluvia. Se puso el abrigo, los guantes y el sombrero y salió del palacio. El mozo le esperaba delante de la puerta, sujetando al caballo. Gael se montó en el animal que relinchó nervioso. Llovía mucho y el ruido de la tormenta era ensordecedor.
─No debería salir con este tiempo, señor.
─Tengo que saber que mi hermana y la señorita Aldara se encuentran bien.
Gael espoleó al animal y se dirigieron hacia el acantilado. Sin bajar del caballo pudo contemplar que la barca de su hermana no estaba en la arena.
Pensó que, tal vez, las olas se habían llevado la barca. No sería la primera vez que ocurría. Cuando el mar estaba embravecido desaparecía la playa. Hacia el horizonte se podía ver la luz del faro entre la niebla. Olfateó el aire y percibió el aroma de las mujeres. Sabía que se habían dirigido al islote.
─¡Maldita seas, Xiana! ¿Acaso quieres morir ahogada? ─se preguntó en voz alta─. ¿Pretendías impresionar a Aldara con tu estupidez?
Obligó al caballo a girarse para regresar al palacio. Esa noche no las vería pero esperaba que el tiempo mejorase para que pudieran regresar al día siguiente.

#13

El farero, Celso, sabía que las mujeres no podían regresar al continente, así que les dejó unas mantas para que se arroparan y les sirvió algo para cenar.
─Nos gustaría que nos contases una de tus historias ─le pidió Xiana después de la cena.
─No sé. Podría asustarse su amiga ─titubeó.
─¡Oh no se preocupe! ─rió Xiana─. Aldara no se asusta fácilmente. ¿Cierto? ─miró a su amiga.
Aldara asintió para complacer a su amiga pero, en verdad, no era necesario que el farero contara una de sus historias para que se sintiera asustada. Además, también le preocupaba lo que podía pensar Gael de tan larga ausencia.
Celso sonrió satisfecho. Aunque estaba acostumbrado a la soledad, le gustaba compartir sus cuentos. Algunos de ellos, aseguraba, eran ciertos.
─Hoy es noche de tormenta, así que contaré una historia que sucedió hace mucho tiempo en un día como hoy ─se sentó en un taburete, encendió una pipa y miró a las mujeres con una sonrisa socarrona─. Esta historia aconteció hace mucho tiempo. Tanto que solo se recuerda como un cuento de viejos pero todo lo que voy a decir fue verdad ─hizo una pausa para comprobar el efecto de sus palabras. Las mujeres le miraban con interés─. Una familia, compuesta por los padres, y tres hijos, dos de ellos varones, estaba sentados delante de la chimenea, ajenos al temporal que se desataba fuera. El padre tocaba el violín y la hija cantaba. La madre asaba manzanas y los hijos bailaban moviendo los pies y batiendo palmas. Como dije, en el exterior había empezado la tormenta más fuerte que se conocía en años. Los relámpagos iluminaban el cielo de un extremo a otro. Los truenos estremecían la tierra. Pero a la familia no le importaba. Eran felices y tenían suficiente con la algarabía que formaban ellos. Pero todos guardaron silencio cuando alguien llamó a la puerta. Se miraron sorprendidos entre ellos y, a la orden del padre, uno de los hijos, un mozo de unos quince años, abrió la puerta. Fuera había un hombre de buen porte y una mujer muy guapa. Tenían las ropas empañadas y pidieron cobijo. El padre los invitó a entrar. Los recién llegados comentaron que su carruaje sufrió un accidente. El cochero había salido despedido, resultando muerto con el golpe. Y ellos, que esperaron pacientemente que alguien apareciera en el camino que los pudiera auxiliar, se vieron obligados a caminar hasta encontrar un lugar donde cobijarse o pedir ayuda. El padre de la familia les ofreció bebida y comida. Dejaron sus ropas de abrigo cerca de la chimenea para que se secasen y se unieron a la fiesta familiar, aunque su comportamiento era mesurado. El recién llegado dijo que él también sabía tocar el violín y el padre de la familia le dejó el suyo. El hombre se levantó y empezó a tocar una melodía bastante triste. Pero, de pronto, su interpretación dio un giro brusco y empezó a tocar una magnífica pieza más ligera. Sus dedos se movían con gran agilidad por las cuerdas y el arco subía y bajaba con una inusual rapidez. La mujer miraba a su compañero con fascinación. Entreabrió los labios en una mueca que parecía una sonrisa, dejando ver los colmillos demasiado afilados. Entonces, el padre se fijó en el hombre y percibió su palidez. Se levantó alarmado y ordenó a su familia que se refugiaran detrás de él. Se santiguó y pidió a los invitados que se fueran. Se había dado cuenta de que eran vampiros. Sus súplicas no sirvieron de nada. Los vampiros se miraron y, en menos tiempo del que le llevaría a un mortal, mataron a todos los miembros de la familia, convirtiendo una reunión agradable en una auténtica carnicería.
Celso, el farero, terminó el relato y soltó una carcajada corta y hueca. Aldara estaba sorprendida pero no por la historia, sino porque le había parecido ver en su amiga los rasgos que había descrito de los vampiros: palidez, y colmillos demasiado afilados. Parpadeó confusa. No podía dejarse llevar por imaginaciones pueriles.
─¿Cuándo sucedió eso? ─preguntó Xiana.
─Ya lo he dicho. Hace mucho, mucho tiempo. Tanto que ya nadie cree en vampiros pero existen.
─Pero esa historia es solo un cuento ─sonrió Aldara, intentando tranquilizarse.
─¿Tú no crees en vampiros? ─le preguntó Xiana.
─No. Por supuesto que no.
─¿Por qué no?
─Dios no puede permitir que existan esos seres.
─¿Acaso no existe el diablo? ─preguntó el farero─. Los vampiros son seres diabólicos. O lo eran. Dicen que algunos viven en las sombras, y otros, los que han conseguido controlar su instinto animal, se han mezclado entre los mortales fingiendo llevar una vida normal. Pero yo estoy seguro de que nadie puede controlar su lado más salvaje y algún día los veremos actuar como hacían antes, como cazadores asesinos en la noche.
Aldara dio un respingo y lo miró horrorizada. Xiana se echó a reír.
─¡Por favor, no asustes más a mi amiga! ─pidió.
─Ya la advertí que con mis historias asustaría a su amiga. Nada más verla entrar por la puerta supe que era de naturaleza impresionable.
─Se le pasará ─Xiana miró a Aldara y apoyó una mano en su rodilla, para reconfortarla─. Será mejor que descansemos. Ojalá mañana haya despejado y podamos regresar al palacio o mi hermano se enfadara en serio conmigo.
El farero subió a su habitación y dejó que las mujeres se pusieran cómodas cerca de la chimenea y durmieran.

Hace alrededor de 2 meses

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AldenSmeethy
Rango11 Nivel 51
hace alrededor de 2 meses

Excelente! Sigo al pendiente, deseo saber lo que sucede entre Aldara y Gael

anamar26
Rango8 Nivel 37
hace alrededor de 2 meses

Muchas gracias, #AldenSmeethy

Cara
Rango9 Nivel 42
hace alrededor de 1 mes

cada vez me está gustando más.


#14

La noche se hacía larga para Aldara. Escuchaba el fuerte batir de las olas contra el faro y como golpeaba el viento las ventanas y puertas. Pero su insomnio se debía más a que sus pensamientos estaban con Gael. No podía dejar de pensar en él, en su voz, sus ojos. Su corazón se agitaba cada vez que lo veía en su mente. Deseaba reencontrarse con él, al mismo tiempo que intentaba luchar contra ese sentimiento que despertaba en ella con la fuerza de un volcán y la hacía tener deseos que no se podían considerar decentes para una joven bien educada.
Abrió varias veces los ojos para intentar alejarlo de su mente y concentrarse en otra cosa pero se traicionaba a sí misma, una y otra vez, imaginándose en brazos de Gael. Anhelaba conocer la calidez de sus besos y la fuerza de sus abrazos.
En una ocasión descubrió a Xiana mirándola fijamente. Aldara le devolvió la mirada, incómoda.
─¿Estás bien? ─le preguntó Xiana.
─Sí. Solo es que… me asusta el temporal.
─Tranquila. Aunque no lo parezca, estamos seguras en este faro.
─Sí. Gracias ─susurró.
Xiana sonrió de una manera cómplice y Aldara se preguntó si había descubierto su mentira y sabía realmente qué era lo que la inquietaba. Se cubrió con la manta y se regañó por ser tan mal pensada.
Para Gael la noche también se hacía agonizante. Paseaba nervioso por su habitación y, de vez en cuando, se asomaba a la ventana. Desde allí podía ver el mar a lo lejos, entre los árboles. Intentaba concentrar su pensamiento en su hermana para sentirla pero Aldara se interponía una y otra vez. La joven había despertado en él un fuerte sentimiento que no parecía querer remitir. Deseaba protegerla y amarla. Sí. Gael reconocía que se estaba enamorando de una mortal. Sabía que no era correcto. Nunca habían funcionado las relaciones entre vampiros y humanos y él, como vampiro experimentado que era, tenía que controlar sus sentimientos y alejarse de Aldara, pero no podía hacerlo. La dulzura e inocencia de Aldara lo dejaba sin armas para luchar. Abrió la ventana y dejó que el viento y la lluvia entrara en el dormitorio, empapando sus ropas.
─Aldara ─susurró.
Xiana abrió los ojos una vez más. Pero, en esta ocasión, no lo hacía porque sentía el desasosiego de Aldara, sino porque presintió a su hermano pensando en la joven con una pasión descontrolada.
No le importaba que su hermano fuera feliz viviendo un romance con una humana, siempre que se tratara de algo pasajero. Pero lo que sentía Gael por Aldara parecía más profundo y no le gustó. Aunque, ahora no era el momento de atormentarse pensando en ello. Decidió descansar y ya buscaría la ocasión para hablar con él.
Cuando amaneció, Xiana se levantó al mismo tiempo que el farero, quien tenía síntomas de que había descansado poco esa noche.
─¿Han dormido bien? ─le preguntó Celso.
─Lo mejor que se pudo, teniendo en cuenta las circunstancias.
─Ha sido una noche difícil.
─Sí. El viento azotaba fuerte y el oleaje debía ser terrible.
─He vivido tormentas peores que ésta. Pero ahora el cielo y el mar están tranquilos. Quizás quieran desayunar pero yo aprovecharía para regresar al continente antes de que se desate otra tormenta.
─¿Cree que habrá otra?
─Sí, desde luego. La de ayer ha sido la primera de la temporada. El aire está pesado y eso es síntoma de tormenta.
─Está bien. Despertaré a mi amiga y nos iremos. Espero que la barca esté en buenas condiciones.
─Lo comprobaremos y yo les ayudaré a empujarla.
Aldara se levantó y los tres bajaron a la playa. Entonces comprobaron que la barca había sido arrastrada por el oleaje y la estrelló contra las rocas, destrozándola.
─¡Qué desastre! ─exclamó Xiana, preocupada─. Y ahora, ¿qué hacemos? ¿Usted tiene una barca que nos pueda dejar?
─No, señorita. Creo que ya se lo comenté en una ocasión. Si el tiempo es bueno, no necesito irme. Y si es malo, no podría hacerlo. Así que, ¿para qué quiero una barca? Si necesitase ayuda dispongo de códigos para hacerme entender con los del continente.
─¿Qué hacemos ahora? ─preguntó Aldara, nerviosa.
─No nos queda más remedio que esperar a que mi hermano envíe a alguien a buscarnos.
─Será mejor que regresemos al faro y desayunemos ─propuso Celso.
Xiana lo siguió pero se detuvo y miró a Aldara. La joven se había quedado en la playa mirando el horizonte, perdida en sus pensamientos.
─¡Aldara, ven! ─la llamó.
Se volvió y se apresuró a alcanzarlos.

Hace alrededor de 2 meses

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Hiarbas
Rango10 Nivel 45
hace alrededor de 2 meses

Sigue avanzando firme el relato y seguimos fiel a él esperando nuevas entregas.

anamar26
Rango8 Nivel 37
hace alrededor de 2 meses

Gracias, #Hiarbas


#15

Gael se quedó dormido poco antes de que despuntara el alba. Estaba sentado en la silla, delante del escritorio y tenía la cabeza apoyada en éste. Se levantó y estiró los músculos dolientes de la espalda. Cerró la ventana. El fuego de la chimenea se había apagado y la habitación estaba fría. Se aseó y se cambió las ropas. Bajó al comedor. Mirta estaba preparando la mesa para servir el desayuno.
─Señor, las señoritas no han regresado todavía ─comentó.
─Lo sé. Sospecho que han ido al faro y confío en que regresen esta mañana. No tendría sentido que quisieran prolongar su estancia allí. Ni siquiera comprendo qué placer le produce a mi hermana hablar con el farero ─comentó.
─¿Le sirvo café?
─Sí, por favor.
Gael se sentó y cogió el periódico que había traído el mozo, como hacía todas las mañanas, de paso que compraba lo que le pidiese la cocinera o el señor.
Mirta echó el café en la taza y miró de reojo a Gael. Todavía le parecía atractivo, a pesar de saber que era un vampiro. Aunque su actitud era la de un perfecto y respetable caballero, nunca dejaría de ser un monstruo y un asesino.
Gael presintió los pensamientos de Mirta y le hizo gracia. Compadecía a la mujer por vivir atormentada imaginando cosas horribles sobre él y su hermana. En algo tenía razón pero no en todas sus elucubraciones. Gael no tenía intención, al menos de momento, de apaciguar su inquietud. Estaba seguro de que si se marchaba del palacio, no dudaría en contar su experiencia a la gente y él no quería atraer la atención de curiosos hacia su morada.
Después de desayunar, Gael decidió ir al pueblo para dejar una carta en la pequeña tienda del servicio postal, dirigida a su abogado. Aunque no le agradaba tener a mucha gente merodeando por el palacio, estaba dispuesto a contratar a un profesor de canto, fuese hombre o mujer, para que ayudase a Aldara a perfeccionar su técnica.
─Si viene mi hermana dígale que no se aleje del palacio. Estoy seguro de que la señorita Aldara ya ha vivido demasiadas impresiones hasta el momento ─pidió a Mirta.
─Así lo haré, señor ─contestó ella, cabizbaja.
Gael se marchó y Mirta regresó a sus quehaceres. Recogió la mesa y fue a la cocina.
La señora Telma era la cocinera, una mujer delgada, de rostro agradable, cabellos negros en los que apenas se veían canas, a pesar de su madurez. Contaba con la ayuda de Mirta pero, aún así, siempre estaba atareada, como si el trabajo nunca fuera a acabar.
─¿No han desayunado las señoritas? ─preguntó viendo solo un servicio.
─Las señoritas no han regresado del faro.
─¡Así que se ha llevado a la señorita Aldara junto a ese viejo loco! ¡Qué mujer más extraña! Porque pagan bien y no dan mucho trabajo, Mirta, que si no, te aseguro que yo ya no estaba aquí. ¿Tú no dices nada, chiquilla?
─No. Yo estoy bien aquí.
─Pues igual que yo. Pero estos hermanos son un poco raros, ¿no crees? ─Mirta no respondió─. ¡Y mira que son guapos! ¡Pero qué raros, por Dios!
Miró a la joven y movió la cabeza con preocupación. Mirta nunca se había mostrado como una mujer extrovertida pero la cocinera estaba convencida de que cada vez era más callada y taciturna.
Las horas de la mañana pasaban y la señorita Xiana y su amiga no venían. Mirta empezó a preocuparse pensando en qué quizás les había pasado algo. Por otro lado, se decía a sí misma que no debía lamentar la muerte de un vampiro, pero la señorita Aldara no era como ellos, o al menos no en apariencia.
Cuando llegó Gael, Mirta salió a su encuentro con tanta prisa que casi tropieza con el mozo. Éste se echó a reír.
─¡Qué prisas, señorita!
─Lo siento.
─No se preocupe. No ha pasado nada. Aunque podíamos haber caído al suelo. Quizás eso no fuese tan malo ─añadió con un tono de picardía que incomodó a Mirta y agradeció que el señor requiriese de sus atenciones, así se olvidaba de ella.
─Marco, lleva al caballo y dale de beber pero procura que no se pase. Recuerda que la última vez estuvo enfermo por culpa de tu torpeza ─le miró con severidad.
─Sí, señor. Tendré cuidado.
─¿Deseas algo Mirta? ¿Han venido las señoritas? ─Gael caminaba con paso rápido y entró en el palacio, seguido por ella.
─De eso quería informarle, señor. Su hermana y la señorita Aldara todavía no han regresado.
─¿Qué mierda dices? ─Gael giró sobre sus talones con un rápido movimiento-. ¿Cómo que no han regresado?
Mirta se estremeció. Gael se quedó pensativo. Aunque la criada no lo sabía, estaba conectando su pensamiento con el de su hermana. Sintió que estaba preocupada pero no estaba herida.
─Regresaré al pueblo para pedir ayuda. Iré a buscarlas yo mismo ─dijo y salió del palacio─. ¡Marco! ─llamó al mozo para que le trajera al caballo.
Gael llegó al puerto y entró en la taberna donde se reunían los pescadores para alquilar un barco que le acercara al faro.

Hace alrededor de 2 meses

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#16

Después de un día y una noche de tormenta, los pescadores tenían bastante faena por hacer. Debían reparar redes, arreglar algún barco, arneses, y recoger la basura que el oleaje y el viento habían formado en el puerto.
Gael se acercó a ellos y les preguntó si alguno podía acercarlo al faro para rescatar a las mujeres. Mostró una bolsa de dinero.
Un hombre mayor se acercó a él y le señaló un barco que era de los más grandes que había en el puerto.
─Yo puedo llevarlo hasta allí, señor. Mi barco no ha resultado dañado.
─Se lo agradezco.
─Llevaremos a mi hijo con nosotros ─el hombre silbó y un joven de unos veinte años vino corriendo hasta ellos.
Tardaron un tiempo en poner el barco en marcha. El carbón estaba húmedo y no encendió fácilmente.
Gael estaba impaciente pero lo disimulaba para no parecer descortés.

Aldara y Xiana estaban sentadas delante de la puerta del faro, mirando para el horizonte, hacia el continente.
El farero, Celso, después de pasar la noche en vela, decidió dormir un rato.
Xiana se levantó y señaló hacia el mar.
─¡Ahí viene un barco! ─exclamó─. Seguro que es mi hermano.
Aldara también se levantó y sintió que el corazón le daba un vuelco. Anhelaba reencontrarse con Gael.
El barco se detuvo y echaron el ancla. El joven, con ayuda de su padre, bajaron una pequeña barca en la que el muchacho navegó hasta la playa.
Xiana frunció el ceño. Su hermano estaba en proa, contemplando el faro. Su expresión era seria, preocupada.
─Está enfadado ─dijo─. ¡Oh, no te preocupes! ─sonrió a Aldara─. No está enfadado contigo. Y se le pasará pronto. ¡Vamos!
─¿No nos despedimos del señor Celso?
─Está dormido. Cuando se despierte y vea que no estamos se dará cuenta de que han venido a rescatarnos. ¡Venga, vamos!
Echaron a correr hacia la playa y llegaron cuando el joven llegaba a la orilla.

Gael las ayudó a subir a bordo. La primera en subir fue Aldara. Se cogió a las manos de él para permitir que la subiera.
─¿Se encuentra bien? ─le preguntó.
─Sí, gracias ─se ruborizó, perturbada por la presión de sus manos y su intensa mirada.
Luego ayudó a Xiana pero no le hizo ningún comentario, decisión que la molestó.
─¿A mí no me vas a preguntar si estoy bien?
─Sé que estás bien ─respondió con acritud.
Xiana se alejó, enfadada y miró a Aldara. Empezaba a pensar que, tal vez, no había sido tan buena idea traerla al palacio.
Gael ayudó al capitán y al hijo de éste a subir el bote y reemprendieron el regreso a puerto.

Hace alrededor de 2 meses

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#17

Durante el trayecto en barco, ninguno de los tres habló. Aldara podía sentir la mirada de Gael pero, para no incomodar a Xiana, no se atrevía a acercarse a él. La tensión entre los hermanos era más que evidente y Aldara no quería hacer algo que pudiera afectarles de alguna manera y provocar más malestar o distanciamiento.
En el puerto, Gael alquiló un caballo para su hermana y ayudó a montar a Aldara en el suyo. Después montó él y cogió la correa, espoleó al animal y se pusieron en camino hacia el palacio.
No quería pensar en los sentimientos que le despertaban la cercanía de la joven, pero sabía que cada vez le sería más difícil mostrarse indiferente.
Cuando llegaron al palacio y la ayudó a bajar del caballo sus miradas se cruzaron y, durante unos segundos, contuvieron la respiración. En ese instante sabían que sus corazones estaban condenados a entrelazarse.
Solo la actitud de Xiana, quien echó a correr hacia el palacio, llena de ira, los distrajo.
─Entra en casa. Seguro que estarás deseando darte un baño y descansar ─le dio Gael a Aldara y ella asintió.
Gael cogió por las riendas a los caballos y se dirigió al establo. Pidió a Marco que atendiera a los caballos y, más tarde, devolviera el alquilado a su dueño.
Se encaminó hacia la biblioteca pero se detuvo en el vestíbulo al ver que su hermana lo estaba esperando sentada en las escaleras.
─Deberías asearte, hermanita ─le dijo y siguió su camino. Ella fue tras él─. Ahora no me apetece hablar.
─Si estás enfadado dime lo que tengas que decir, Gael ─pidió ella─. La incertidumbre me exaspera.
─Lo que pudiera decirte lo sabes de sobra ─se volvió hacia ella─. Ya eres mayorcita y me conoces bien.
─Solo he dado un paseo en barca. No tengo culpa de que el tiempo se volviera desapacible.
─No sigas, por favor.
─Me ha molestado tu indiferencia. Parece que Aldara te importa más que yo.
─¿Me vas a hacer una escena de celos? ¡Eres increíble! ─sonrió con sarcasmo─. Por un lado insistes en que rehaga mi vida sentimental y, cuando parece que estoy interesado en una mujer, te molesta. No te entiendo.
─¡Pues deberías! Tú eres el primero en decir que no debemos involucrarnos emocionalmente con nadie para evitar que se ponga en riesgo nuestra identidad y, por tanto, nuestra seguridad. No me importa que tengas un “affair” con una mujer pero me doy cuenta de te estás enamorando, Gael.
─Y si es así, ¿qué te importa? Sé cuidar de nuestra seguridad. Siempre lo hice, al contrario que tú.
Xiana miró dolida a su hermano. En ese momento deseaba abofetearlo pero sabía que sería una grave imprudencia hacerlo.
─No hay momento en que no me reproches mis errores.
─Han sido muchos.
─¿Tú no te has equivocado nunca?
─Muchas veces. Pero no he repetido los mismos errores.
─¡Sí, claro! ─Aldara se dio la vuelta para que él no la viera llorar, pero Gael la obligó a mirarlo.
─Por favor, no llores. Sabes que no me gusta discutir contigo pero ya no sé cómo pedir que seas más prudente. Lo que hiciste ayer fue una osadía propia de una niña. Pusiste tu vida y la de Aldara en peligro.
─Intentaré…
─¡No! ─la interrumpió─. No, no digas más. No quiero que lo intentes, Xiana. Quiero que lo hagas.
Xiana se soltó de él y salió corriendo de la habitación. Gael aspiró aire con profundidad y lo exhaló despacio para controlar su crispación.

Hace alrededor de 1 mes

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#18

Aldara terminó de bañarse y se cambió de ropas. Salió de la habitación y pasó por delante del dormitorio de Xiana.
La puerta estaba entreabierta. Se detuvo y escuchó a su amiga llorar. Quiso entrar pero vio venir a Gael y fue hasta él.
─Quizás me equivoque pero creo que se ha enojado con su hermana ─le dijo a modo de reproche.
─Tengo mis razones para enfadarme con ella ─replicó él.
─No debería hacerlo. Fui yo quien insistió en ir al faro.
Gael la miró con ternura y sonrió divertido.
─Es loable su actitud ─le dijo─. No se aflija porque mi hermana y yo discutamos de vez en cuando. Nuestras diferencias no nos separan, se lo aseguro. Yo ya la he perdonado y estoy seguro de que ella hará lo mismo conmigo.
Gael levantó la mirada y vio a su hermana, vestida en ropa interior, apoyada en el marco de la puerta. Bajó la mirada y entró en la habitación. Gael cogió a Aldara por un codo.
─Vamos al comedor. Mirta nos está esperando.
─¿No esperamos por Xiana? ─preguntó ella.
─Vendrá enseguida.
Pero Gael y Aldara tuvieron que comer solos, pues Xiana no se unió a ellos. Él aprovechó para comentarle que ya había enviado un telegrama a su abogado para que buscara un profesor de canto.
─…O profesora ─añadió.
─Es usted muy amable.
─Estoy seguro de que no necesitará muchas clases para que pueda dar un recital en breve en alguno de los mejores teatros de la ciudad.
─Esa sería mi mayor ilusión ─sonrió─. Desde niña sueño con cantar ante un público que se emociona con mi voz.
─Así será ─dijo Gael, pensativo.
A Aldara le pareció que él la miraba preocupado pero no se atrevió a preguntarle qué estaba pensando. Y si lo hiciese, él jamás se lo diría porque, aunque estaba haciendo todo lo posible para ayudarla, no se imaginaba el mismo futuro que ella ansiaba para sí, sino que la veía a su lado, viajando a diferentes países del mundo y disfrutando de su mutuo amor.
Terminaron de comer y entraron en el salón. Xiana se unió a ellos. Mirta sirvió café a los tres.
─¿Sigues molesta? ─preguntó Gael a su hermana.
Ella no respondió. Aldara, para aliviar la tensión, comentó a su amiga lo que le había dicho Gael durante la comida.
─Confiemos en que aparezca pronto alguien que pueda ayudarte a conseguir tu objetivo ─dijo Xiana, intentando sonreír─. ¿Te imaginas convertirte en una cantante famosa? Podrías viajar por todo el mundo. El público rindiéndose a tus pies… Los críticos hablando maravillas de ti.
─Vas a abrumar a Aldara ─dijo Gael.
Xiana soltó una breve carcajada y se levantó, con la copa en la mano. Se acercó a su hermano y apoyó un codo en el respaldo del sillón donde él estaba sentado.
─¡Mi hermano es muy considerado! ¡Has sido muy afortunada encontrándote con nosotros, Aldara! ─rió─. Pero su interés por ayudar puede convertirlo en alguien demasiado… paternalista. Quiero decir que, una vez que quieras levantar el vuelo, él deseará que permanezcas a nuestro lado, porque temerá por tu bienestar.
─Mi hermana exagera ─dijo Gael, molesto. Apretó las mandíbulas intentando contener su creciente ira.
─Es inevitable que algún día me vaya de aquí. Aunque siempre estaré agradecida por su ayuda y no me olvidaré de vosotros ─dijo la joven bajando el tono de voz a medida que hablaba. Para su sorpresa se dio cuenta de que sus palabras expresaban temor. Miró a Gael, preocupada. Por primera vez en su vida convertirse en cantante no era lo que más le interesaba.

Hace alrededor de 1 mes

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#19

Durante la noche, Gael intentaba concentrarse en la partitura que estaba escribiendo pero, pensar en Aldara lo distraída demasiado, a pesar de que hacía la composición musical por y para ella.
Xiana seguía enfadada con su hermano, aunque tenía sentimientos enfrentados. Quería enfrentarse a él, exigirle más libertad y que se olvidara de Aldara, al mismo tiempo, lamentaba su insolencia y rebeldía y se convencía de que debía pedirle perdón.
Aldara tampoco podía dormir. Se había sentado cerca de la ventana. Fuera no se veía nada más que oscuridad pero eso la ayudaba a concentrarse en sus pensamientos. Siempre había soñado con convertirse en cantante. Se veía actuando en los mejores teatros del mundo. Sabía que, debido a su situación económica, el sueño era un imposible y nunca se imaginó que alguien sintiera interés por ella y la quisiera ayudar a conseguirlo. Mas, ahora, tenía un sentimiento de culpa porque su deseo se podía hacer realidad pero no le interesaba. Ya no le despertaba la misma ilusión que antes. Lo único que tenía en su mente era a Gael. Caminó hasta la puerta y la abrió un poco. Permaneció en silencio, intentando armarse de valor para ir junto a él. La puerta de la habitación de Xiana se abrió. La vio salir y caminar con decisión hasta el dormitorio de su hermano.
Aldara cerró la puerta y se apoyó en ella. Cerró los ojos. Le dolía el corazón. Anhelaba entregarse a Gael pero su timidez, su cobardía, fruto de una educación represora, no le permitían abandonarse a él. Se echó en la cama y lloró.
Gael dejó de escribir y miró a su hermana que lo miraba con sentimiento de culpa. Se acercó a ella.
─¿Qué quieres, Xiana?
─Quería pedirte perdón por mi comportamiento.
─¡Olvídalo!
─Necesito que me digas que me perdonas.
─¿A qué viene esa insistencia? Siempre te perdono.
─No. Si lo hicieras no me recordarías mis faltas cuando te enfadas.
─Si no te perdonara, no estarías viviendo conmigo.
─Me gustaría irme pero ¿me dejarías marchar? La vez que lo intenté viniste a buscarme y me trajiste de vuelta.
─Estabas portándote como una necia. Fuiste a vivir a una casa de rameras.
─No tenía dinero.
─Me lo hubieses pedido. ¡Xiana, en serio, no quiero discutir contigo! ¿Qué quieres de mí?
─No lo sé ─bajó la cabeza─. Me duele tanto tu indiferencia como tu exceso de celo ─añadió.
─Creo que tu malestar tiene que ver con Aldara. Estás celosa porque me he enamorado de ella. ¿No querías que fuera feliz de nuevo?
─Sí, lo quiero. Quiero que te enamores pero de alguien de nuestra especie. No de una humana.
─Lamento no cumplir tus expectativas. Pero eso no es motivo para que cometas estupideces o te pongas celosa.
─No la harás feliz, lo sabes.
Xiana salió de la habitación. Gael regresó al escritorio y dio un golpe con el puño.
Antes del alba, se preparó para hacer un viaje. Dejó escrita una carta a su hermana que entregó a Mirta. En ella decía que debía atender unos asuntos en la ciudad y estaría ausente unos días. Confiaba en que, si durante su ausencia llegaba el profesor de música, supiera atenderlo y evaluarlo con buen criterio.

Hace alrededor de 1 mes

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#20

A Xiana no le sorprendió que su hermano se fuera sin despedirse en persona. No era la primera vez que lo hacía, siempre que tuviera que atender algún asunto con compradores o proveedores, aunque lo habitual era que le comentara con antelación sus planes.
Durante los dos días siguientes, ella y Aldara se dedicaron a pasear hasta el acantilado, bajaron al pueblo donde la joven conoció a algunos vecinos, y se entretenían en la biblioteca realizando diferentes actividades.
Una tarde que estaban jugando a las cartas, Xiana observó que Aldara parecía preocupada. Su mirada estaba ausente y, de vez en cuando, suspiraba de manera inconsciente.
─¿Te sucede algo, Aldara? ─le preguntó.
─¿Qué? ─salió de su ensimismamiento─. No. No. Estoy bien, gracias ─intentó sonreír.
─No lo parece. ¿Qué te preocupa?
─Nada. Estoy bien, en serio ─insistió.
─No creas que no me he dado cuenta ─dijo Xiana y ocultó media sonrisa tras las cartas.
Aldara sintió enrojecer sus mejillas pero no comentó nada. Echó una carta sobre la mesa, sin importar si con esa jugada podía ganar o perder.
─Te toca ─le dijo.
─Sé que te gusta mi hermano ─dijo Xiana.
Aldara bajó la mirada y carraspeó nerviosa.
─No sé por qué dices eso. ¿No juegas?
─He visto cómo lo miras y estoy segura de que ahora mismo suspiras por él.
Aldara la miró perpleja. Intentaba que no se notara su nerviosismo y vergüenza pero Xiana era una mujer muy perspicaz, que tenía más mundo que ella, y no se dejaba engañar fácilmente. Quiso negar la afirmación de su amiga pero las palabras no salieron de su boca.
─Entiendo que te enamoraras de él, Aldara ─echó una carta y recogió las dos que había sobre la mesa, pues había ganado─. Gael es un hombre muy atractivo y enigmático. Pero deberías olvidarlo. Es mayor que tú. Y su personalidad, tan fuerte, doblegará la tuya hasta hacerla desaparecer. No lo hará por mal, sino porque tú eres muy joven e inocente. Tienes derecho a vivir tu vida, a crecer como persona y a enamorarte de alguien más joven… Más cercano a tu mundo.
─Eso debería decidirlo yo, ¿no crees? ─replicó con un tono insolente del que se arrepintió en el acto.
─Sí, por supuesto ─respondió Xiana extrañada por la actitud de Aldara.
Siguieron jugando a las cartas, sin mostrar mucho interés. Aldara intentaba no mirar a Xiana para no delatar sus pensamientos. Estaba molesta con la advertencia de ella. No porque su amiga mostrara su preocupación, sino porque estaba tan enamorada de Gael que pensar en olvidarle era totalmente inadmisible. Por otro lado, deseaba saber qué sentía él por ella pero no se atrevía a preguntárselo a Xiana.

Hace alrededor de 1 mes

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Cara
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hace alrededor de 1 mes

Quedo a la espera de la siguiente parte, excelente.

anamar26
Rango8 Nivel 37
hace alrededor de 1 mes

Muchas gracias #Cara.


#21

Aprovechando que la mañana estaba soleada, Aldara y Xiana salieron al jardín. Los cisnes nadaban en las aguas tranquilas del estanque. Se sentaron en un banco y contemplaron en silencio el espectáculo.
A media mañana, Mirta se acercó a ellas. Como siempre, caminaba cabizbaja y su mirada era esquiva y nerviosa.
─¿Qué quieres, Mirta? ─le preguntó Xiana.
─Señorita, ha llegado un caballero que se presenta como el profesor de música.
Xiana se levantó de inmediato.
─¿Cómo se llama?
─Don Hugo Castillo.
─Hazle pasar al salón de visitas.
Mirta asintió y regresó al palacio. Aldara miró expectante a su amiga. Xiana suspiró.
─Prefería que este asunto lo llevara Gael ─dijo y se encaminó hacia el palacio. Aldara la siguió─. No, espera aquí. Hablaré yo primero con él.
─Está bien ─Aldara retorció las manos, nerviosa y vio como su amiga se alejaba.
Xiana se acercó a un cuadro que había en el pasillo cuya pared separa éste del salón. Se subió a un escabel y miró a través de un agujero que había en uno de los ojos de la pintura para ver al profesor, que estaba del otro lado. Le sorprendió comprobar que era un hombre joven y atractivo, todo lo contrario de lo que esperaba. Quizás era demasiado joven para dedicarse a dar clases de canto.
Entró en el salón. El hombre, que paseaba por la estancia admirando la decoración, se volvió de inmediato y sonrió complacido ante la belleza de la mujer. Entre sus manos llevaba una carpeta de piel gastada, marrón.
─Buenos días, profesor Castillo. Soy Xiana de Ramírez ─tendió una mano hacia él.
─Por favor, llámeme Hugo ─el hombre se acercó a ella y se inclinó para besarle la mano.
─Es demasiado pronto para los formalismos ─sonrió.
─Sí, tiene razón. Me he dejado llevar por mi entusiasmo cegado por su belleza. Perdone mi torpeza ─se disculpó.
─Olvidado está. Como ya sabe quien requirió de sus atenciones fue mi hermano, don Gael. Pero él no está y, aunque delegó su responsabilidad en mí, no me considero la persona adecuada para saber si usted puede ser o no el candidato ideal para cubrir el puesto.
─¡Aquí tengo mi currículum! ─mostró la carpeta.
─Estoy segura de que es un buen currículum, a pesar de su juventud.
─Parezco más joven de lo que soy ─sonrió con timidez.
─Insisto en que debemos esperar por la llegada de mi hermano.
─¿Y qué hago hasta entonces?
─Hay una casa en el pueblo donde ofrecen hospedaje. Puede instalarse ahí. No es muy cara ─se apresuró a decir cuando vio la expresión de preocupación de él.
─Tengo solvencia económica, gracias ─replicó.
─No era mi intención ofenderlo.
─No lo ha hecho ─sonrió─. Lo siento. Esta mañana parece que me he levantado torpe ─se disculpó─. ¿Sería usted mi alumna? ─preguntó.
─No.
─Tal vez… ¿La hija de su hermano?
─No ─rió─. Mi hermano no tiene hijos, que yo sepa ─respondió. Hugo la miró atónito y Xiana rió con más ganas─. No, no tiene hijos. La alumna es una amiga de la familia de la que nos hemos hecho cargo.
─Entiendo. Entonces, si tengo que esperar por la llegada de su hermano… aquí ya no hago nada.
─Dentro de poco será la hora de comer. Quizás quiera aceptar mi invitación.
─Sería un honor.
─¿Le apetece tomar algo?
─Sí, por favor.
─¿Jerez? ─preguntó y él asintió─. Siéntese, por favor ─le entregó una copa y se sirvió otra para ella─. Pediré a Mirta que vaya en busca de mi amiga.
─¿Mirta es la mujer que me recibió?
─Sí. Es una mujer muy servicial ─se sentó y se miraron esbozando una sonrisa.
Xiana pensó que le gustaría que su hermano aceptase a Hugo como profesor de Aldara pero era tan joven y apuesto que temía que lo descartara, aunque no se podía decir que los celos formasen parte de su personalidad.

Hace alrededor de 1 mes

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#22

Hugo se levantó de inmediato cuando Aldara entró en el salón e, impresionado por su belleza angelical, tardó en articular palabra alguna. A Xiana le pareció divertida su torpeza, aunque sintió una punzada de celos pues deseaba que él centrara toda su atención en ella. Y, estaba segura de que si Gael lo contrataba, conseguiría que así fuera pues ella, a diferencia de Aldara, sabía cómo conquistar y retener a un hombre.
Xiana los presentó y acercó una copa de jerez a la joven.
Como era de esperar, Hugo sintió interés en saber cuánto sabía Aldara de música y cómo era su voz. Incluso se atrevió a pedirle que cantara algo.
─¿Sin música? ─preguntó perpleja.
─Sí. Solo es necesario que cante una estrofa de alguna canción. Me encantaría escucharla.
─Sin mostrarte descarada, es necesario que venzas la timidez ─dijo Xiana.
─Sí, es cierto ─asintió Hugo.
Aldara se levantó y empezó a cantar una canción popular. Hugo quedó fascinado con su voz. Se levantó y aplaudió entusiasmado.
─Puedo asegurar, sin ninguna duda, que su voz es de soprano lírica. ¡Es maravilloso! ─miró a Xiana─. ¡Espero que su hermano me conceda el honor de ser el maestro de la señorita Aldara!
Aldara sonrió complacida aunque, en realidad, ya no deseaba recibir clases de canto pero no se atrevía a decirlo.
Durante la comida, Hugo habló de su pasión por la música. Comentó algunas anécdotas de los viajes que había hecho a diferentes países de Europa donde trabajó para las mejores familias de la sociedad.
─Si usted lo desea, señorita Aldara, yo puedo convertirla en una diva ─le dijo.
─¡Eso sería magnífico! ─exclamó Xiana─. ¿Cuándo cree usted que podría dar su primer concierto ante el público? ─preguntó.
─En unos meses.
─¿Solo unos meses? ─preguntó Aldara, extrañada.
─Sí. Solo tendría que preparar algunas canciones. Si todo sale bien, nadie dudará en contratarla para que cante en solitario en los mejores teatros, o para que forme parte de una ópera.
Aldara sonrió sin poder evitar fruncir el ceño por la preocupación que se había adueñado de ella. Ese gesto no pasó desapercibido para Xiana.
Tras la sobremesa, Hugo se despidió y las mujeres quedaron en la biblioteca. Cogieron una baraja de cartas para jugar.
─Parece que no te hizo mucha ilusión lo que te comentó el profesor ─comentó Xiana repartiendo las cartas.
─Sí, me hace ilusión. Pero todavía no sabemos si él será mi profesor ─respondió Aldara.
─¿Te gustaría que fuera él? De momento no se ha presentado nadie más pero podemos esperar.
─Supongo que tendremos que hacer lo que tu hermano deseé.
─Sí, él tiene la última palabra pero si tú quieres que el señor Hugo sea tu profesor, se le puede comentar y, estoy segura, de que tendrá en cuenta tu deseo.
─No puedo elegir. No conozco sus credenciales.
Xiana sabía que a la joven le preocupaba algo pero no lo quería comentar. Su nerviosismo iba en aumento y, aunque intentaba disimular, sus respuestas eran esquivas.
─Entonces… dejaremos que Gael tome la decisión.
Aldara bajó la mirada y asintió.

Hace alrededor de 1 mes

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#23

La noche caía sobre el palacio. Los cisnes se resguardaron en su refugio y los pájaros, en bandadas se refugiaban en las ramas de los árboles. De vez en cuando se oía el canto de los búhos.
Aldara y Xiana se habían retirado a sus dormitorios pero ninguna de las dos conseguía dormir.
A los ruidos de la noche se sumó el de los cascos de un caballo. Xiana se levantó de la cama y sonrió. Su hermano había llegado.
Gael condujo al animal hasta el establo. Le quitó la silla y lo acercó al bebedero. Pocos minutos más tarde, Marco llegó corriendo. Colocaba la camisa por dentro del pantalón cuando entró en el lugar y saludó al señor
─¡Ya estoy aquí, señor! Le he escuchado y vine tan rápido como pude ─sonrió.
─No te preocupes, Marco. El caballo no necesita más cuidados por hoy. Ve a descansar.
─Pero…
─Insisto.
─Gra-gracias, señor. Que pase una buena noche.
─Igualmente. Hasta mañana.
Gael guardó la silla del caballo y las riendas y dejó al animal en su establo. Le echó algo de comer y se despidió de él.
─Descansa, amigo ─susurró y le acarició la cabeza. El animal relinchó complacido.
Entró en el vestíbulo y vio a su hermana que lo esperaba sentada en las escaleras.
─Bienvenido Gael ─le dijo, levantándose.
─Gracias. ¿Todavía no duermes?
─No tengo sueño. ¿Has tenido un buen viaje y una buena estancia en la ciudad?
─Sí. Todo ha ido bien. ¿Cómo estáis vosotras?
─Bien.
Xiana bajó las escaleras y se acercó a él. Se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla.
─Ha venido un profesor de música.
─¿Tan pronto? Esperaba que tardase más en presentarse alguien. ¿Qué impresión te dio?
─Prefiero que juzgues tú cuando lo conozcas. Aunque…
─¿Sí?
Xiana quiso decir a su hermano que le parecía que Aldara tenía alguna preocupación que se negaba a compartir pero, finalmente, prefirió callar. Era posible que terminara por contárselo en algún momento. Además, no quería preocupar a su hermano.
─¿Qué ibas a decirme? ─le preguntó Gael.
─Nada ─sonrió─. Me pareció muy joven, aunque asegura que no lo es.
─¿Dónde está?
─Le dije que podía instalarse en la posada del pueblo.
─¿No le has ofrecido nuestra hospitalidad? ─la miró extrañado.
─Dos mujeres y un desconocido en palacio. ¡Eso podría levantar rumores en el pueblo! ─exclamó, fingiendo escandalizarse.
Gael enarcó una ceja, contrariado pero rió ante la ocurrencia de su hermana.
─No sé qué intenciones tendrás ahora ─comentó─. Y casi prefiero no saberlo. Vamos a dormir.
Subieron las escaleras y se despidieron hasta el día siguiente.

Hace alrededor de 1 mes

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#24

Hugo paseó por el pueblo antes de regresar a la posada. Cenó y subió a la habitación. No sabía cuánto tiempo tendría que esperar por la llegada del hermano de la señorita Xiana pero confiaba en que no fuera mucho.
Se sentó delante del escritorio. Era pequeño pero no necesitaba más espacio para poder escribir en su libro de viajes, donde hacía todas las anotaciones que consideraba necesarias e imprescindibles sobre su búsqueda de vampiros.
Todavía recordaba la emoción que sintió al leer en el despacho del abogado, don Jacinto Hernández, la carta que Gael había enviado solicitando los servicios de un profesor de música. Era una suerte que él tuviera conocimientos en esa disciplina, de lo contrario le sería más difícil encontrar un pretexto para presentarse en el palacio.
No era el único “cazador de vampiros”. Formaba parte de un grupo de expertos en diferentes materias, medicina, antropología, etc., y con conocimientos en armas y deportes como el pugilismo, entre otros. Por ello, se consideraban lo suficientemente fuertes e inteligentes para poder dedicarse a esta difícil tarea de buscar vampiros y sacarlos a la luz.
Aunque la mayoría de los vampiros permanecían ocultos ante los humanos porque llevaban una vida similar a éstos, los “cazadores de vampiros” estaban convencidos de que eran seres crueles y peligrosos y se debía acabar con ellos antes de que los superaran en número y fuerza, constituyendo un verdadero problema.
Hugo supo de la existencia de los hermanos Ramírez en Italia. Una de las mejores maneras de saber de los vampiros era seguir el rastro de muertes misteriosas. Así, un día, llegó a la casa de la familia del conde Vitali, en Venecia. Una de las dos hijas que tenía se había suicidado.
El suicidio no se podía considerar en sí una muerte extraña pero, en este caso, se relacionaba con un hombre que viajaba acompañado de su hermana y no había tenido ningún reparo en abandonar a la joven cuando presentaba un estado de salud físico y mental deplorables. Los amigos de la familia insistían en que ese hombre se hacía llamar Gael de Ramírez y había manipulado a la muchacha hasta llevarla a tomar tan terrible decisión.
Que una doncella se enamorara y se desquiciara por no ser correspondida no era razón suficiente para pensar que su enamorado era un vampiro pero los detalles que el conde y la hermana de la fallecida daban sobre la enfermedad de la muchacha, hizo que Hugo alertara sus sentidos y sintiera interés por la historia. Por ello, Hugo, se trasladó a Venecia para saber más.
El conde y su hija le hablaron de los hermanos. Describieron perfectamente cómo eran físicamente. Incluso, Hugo, siguiendo sus indicaciones, consiguió dibujar un retrato exacto de ambos.
Les aseguraron que la fallecida, Mónica Vitali, había adelgazado considerablemente en muy poco tiempo. Su rostro se había vuelto de una palidez alarmante y tenía marcadas ojeras. Sin embargo, a pesar de su aspecto enfermizo y su debilidad que iba en aumento, a veces, sobre todo por las noches, mostraba una entereza que no era propia de una persona enferma. También mostraba un comportamiento extraño en ella. Le gustaba pasear en la oscuridad y su actitud se había vuelto descarada, casi lasciva. Algo totalmente insólito en una joven bien educada y devota.
La familia temía que muriera pues los médicos no sabían cómo curarla. Una noche, los hermanos desaparecieron del lugar y la joven, cuando se enteró, se suicidó arrojándose a uno de los canales de la ciudad. Nunca hallaron su cadáver. Hugo sospechaba que, tal vez, no estuviera muerta y se convirtiera en una vampiresa. Nunca compartió esta información con la familia pero se aseguró de saber que jamás habían visto a nadie parecido a Mónica merodeando por los alrededores del palacio.
Como era habitual, Hugo mantenía correspondencia con sus compañeros y, en algunas ocasiones, se reunían en Londres. En base a las investigaciones de Hugo, se convencieron de que los hermanos de Ramírez eran vampiros y debían buscarlos y, como ellos decían en su jerga: “darles caza”.
Pero no fue fácil localizarlos. Los hermanos tardaron un tiempo largo en establecerse en la costa oeste de España.
Ahora, por fin, Hugo los había encontrado. Sabía que él solo no podría luchar contra ellos. Necesita la ayuda de algunos de sus compañeros. Y éstos vendrían pero, de momento, se ganaría la confianza de los hermanos ejerciendo de profesor de música.
─¡Ah, Aldara! ─exclamó, pensativo.
Se preguntaba si ella estaba implicada en la vida de los hermanos o era una inocente víctima. En ese caso, era imprescindible salvarla.

Hace alrededor de 1 mes

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Hiarbas
Rango10 Nivel 45
hace alrededor de 1 mes

Bien, empieza la caza.


#25

Gael entregó una nota a Marco para que la llevara al señor Hugo. En ella le citaba para esa tarde en el palacio. Después de irse el mozo, se asomó a la ventana del despacho y vio a Aldara y a Xiana pasear por los jardines.
El viento movía los cabellos de la joven y se los retiró de la cara. Se dio la vuelta y vio a Gael en la ventana. Sus miradas se cruzaron y permanecieron mirándose un largo rato.
Xiana se dio cuenta y llamó a Aldara para continuar el paseo. Luego, miró a su hermano de manera recriminatoria.
Por la tarde, a la hora exacta, las cuatro y media, se presentaba Hugo en el palacio. Mirta lo anunció y, a petición de Gael, lo hizo pasar a su despacho. La doncella llevó un servicio de café y sirvió una taza a cada hombre.
─Mi hermana ya me ha comentado que estuvo comiendo con ella y la señorita Aldara.
─Así es ─asintió, a la vez que entregaba su currículum y credenciales.
─Entonces ya sabe quién será su pupila.
─Sí, he tenido el placer de conocerla.
Gael echó un vistazo a los documentos. En ellos se podía comprobar que la experiencia del profesor era amplia y digna de admiración.
─Parece demasiado joven para tener este currículum ─observó.
─Aparento menos edad de la que tengo. He tenido la suerte de que, una vez terminada mi carrera en el conservatorio de música, encontré trabajo de inmediato. Y, como puede comprobar, siempre he trabajado en lugares de prestigio y para familias de gran abolengo.
─Sí, así parece… La señorita Aldara es alguien a quien tenemos en gran estima. Es una mujer de carácter sensible. Confío en que sabrá tratarla con la cortesía y sensibilidad conveniente.
─Desde luego. ¿Me está diciendo que me contrata? ─preguntó entusiasmado.
─Sí. Está usted contratado. Mi doncella le preparará una habitación para que se aloje en el palacio. Supongo que la mejor hora para las clases son las matinales.
─Sí.
Gael se levantó y ofreció la mano a Hugo para cerrar el acuerdo. Hugo se apresuró a levantarse también.
─Enviaré una carta a mi abogado para que redacte el contrato.
─Gracias. Es usted muy amable.
Le devolvió los documentos y lo acompañó hasta la puerta. Hugo debía regresar a la posada para recoger sus pertenencias.
Aprovechando un momento a solas, Xiana preguntó a su hermano qué le parecía Hugo.
─Miente. No sé qué mierda le ha traído hasta aquí pero pienso averiguarlo.
─¿Quieres que me encargue de él? ─preguntó ella.
─No. De momento, no. Deja que se confíe. Que piense que somos estúpidos. No debemos bajar la guarda, Xiana.
Aldara entró en el salón, sonriendo y la recibieron también con una sonrisa.
─¡Aldara, es un placer comunicarte que ya tienes profesor de música! ─exclamó Xiana.
La joven se detuvo bruscamente y frunció el ceño, pero trató de no perder la sonrisa para no alarmar a sus anfitriones.
─Eso es maravilloso ─dijo.
─Cada vez estás más cerca de convertir tu sueño en realidad ─dijo Gael tendiendo una mano hacia ella, que aceptó.
Aldara suspiró. Su sueño ya no tenía nada que ver con la música. Él era su sueño y necesitaba decírselo.

DanaMaat
Rango11 Nivel 54
hace 28 días

Estoy totalmente enganchada a esta historia, la sigo aquí también además del blog. ¡Espero la continuación con muchas ganas!

@anamar26

anamar26
Rango8 Nivel 37
hace 28 días

Muchas gracias, #DanaMaat


#26

Hugo saludó a Aldara. Traía algunas partituras de canciones para impartir las clases. La joven intentaba mostrarse entusiasmada, aunque no le era fácil y temía que se le notara en la voz.
─De momento vamos a calentar la voz. Luego cantará una canción.
─Está bien.
─Siga las notas ─empezó a tocar el piano, y Aldara emitió sonidos siguiéndolas.
Do-re-mí. Pausa. Fa-sol-la. Pausa. Y así entonó, una y otra vez, hasta que Hugo decidió que podía cantar.
Gael y Xiana, que estaban en el salón, podían escucharlos. Ella hizo un mohín con la boca y exclamó:
─Tiene la voz muy bonita pero no sé cuánto podré soportar este ruido.
─Soportarás el que haga falta.
─¿No te das cuenta de que no lo está haciendo bien?
─Sí.
─¿Qué crees que le pasa? ¿Se sentirá intimidada por el profesor?
─No lo sé, Xiana. Quizás sea eso y necesite unos días para adaptarse. Después de todo, Aldara es una muchacha que acaba de salir de un orfanato. Se la ve tímida, sin mundo.
─Lo que me sorprende es que él no se dé cuenta ─comentó Xiana.
─Ya te dije que mentía. Es evidente que no sabe tanto de música como presume ─comentó Gael.
En ese momento Mirta entró en el salón para llenar las botellas de licor. Aprovechó para preguntar a los señores si deseaban algo.
─No, gracias, Mirta ─respondió Gael─. Solo una cosa ─advirtió de pronto─. ¿Sabes si Marco ya ha llevado al pueblo la carta que le entregué esta mañana?
─Sí, señor. Salió nada más se la entregó usted.
─Bien, gracias. Puedes retirarte.
Cuando Mirta salió, Gael se levantó y se sirvió una copa de licor. Miró a su hermana y le ofreció otra.
─Debemos ser precavidos, Xiana. Nadie debe conocer nuestras sospechas sobre el maestrillo ─bebió un trago─. Confío en que pronto nuestro abogado pueda darme información sobre él.

Aldara terminó de cantar y Hugo aplaudió. Bajó la tapa del piano y recogió las partituras.
─Lo ha hecho muy bien, señorita Aldara.
─¿Está seguro? Estaba un poco nerviosa y no pude registrar bien los agudos.
─Sí, bueno. Eso se puede controlar. Me refiero a los nervios. Solo es necesario practicar ─respondió. En realidad, agradecía que Aldara comentara ese detalle del que él no se había percatado. Aunque sabía de música, no era un experto y su oído tampoco era el mejor sentido para percibir bien los tonos de las voces─. Hoy ha sido la primera clase, es normal sentirse nerviosa ─añadió─. Mañana daremos otra clase y seguro que se sentirá más tranquila. ¿Hace mucho tiempo que vive en el palacio? ─preguntó fingiendo desinterés.
─No. Solo hace unos días que he llegado.
─¡Oh! Pero conoce a los hermanos de hace tiempo ¿verdad?
─No ─sonrió─. Hace unas semanas conocí a Xiana y ella me invitó a venir a pasar una temporada aquí. Además de ofrecerme su ayuda para formarme como cantante.
─Sí, parece que es el sueño de su vida.
─Sí ─respondió cabizbaja.
─¿Algún problema, señorita Aldara?
─¡Oh, no! No. Todo está bien ─forzó una sonrisa que, a pesar de su preocupación, iluminó su rostro y Hugo la miró fascinado.
El profesor empezaba a pensar que Aldara no tenía nada que ver con los vampiros, y si estaba allí era porque la habían engañado.

Hiarbas
Rango10 Nivel 45
hace 26 días

Me da que el maesyrillo va a terminar mal. Continuo con la lectura y pendiente de nuevas entregas @anamar26.

anamar26
Rango8 Nivel 37
hace 25 días

Muchas gracias, #Hiarbas


#27

A pesar de su aspecto enfermizo, Hugo no vio otros síntomas en Mirta que sugirieran la posibilidad de que los vampiros se estuvieran alimentando de ella.
Lo cierto era que en los días que llevaba en el palacio no vio nada que indicara que los hermanos eran vampiros. Había pasado las noches en vela, vigilando los movimientos de los habitantes de allí y nunca vio nada anormal, lo único que consiguió fue que su salud se resintiera.
Convencido de que alargar su estancia en ese lugar era una pérdida de tiempo, escribió una carta de dimisión para entregar a Gael. Lo haría por la mañana y se iría ese mismo día.
Salió de la habitación para dar una última vuelta por el palacio. Quería asegurarse de que las costumbres diarias seguían transcurriendo con normalidad.
Todos estaban en sus respectivos dormitorios. Por debajo de la puerta de Gael era habitual ver luz. Se acostaba tarde porque se dedicaba a la lectura, así se lo había dicho.
También era normal que Xiana se levantara varias veces en la noche y se asomara a la ventana, dejándose llevar por la melancolía, quizás para recordar a algún amor.
Aldara no hacía ruido, aunque Hugo desconocía que dormía poco, pensando en Gael. Luchaba contra su moral para encontrar el valor suficiente para sincerarse con él.
Los criados siempre tenían un sueño profundo. Se levantaban muy temprano y se acostaban tarde, así que tenían que aprovechar la noche para descansar.
Hugo pasó por delante de las puertas de todos pero se detuvo ante la que pertenecía a la habitación de Mirta. Por debajo de la puerta salía luz. Se acercó y escuchó atentamente. Parecía que la doncella estaba rezando.
─Por favor, señor. Ayúdame a conseguir las fuerzas necesarias para irme de aquí. No permitas que me hagan daño. Necesito encontrar una oportunidad para irme. Quizás el señor Hugo pueda ayudarme… ¡Oh, Señor, ojalá el señor Hugo sea la llave de mi libertad!
Hugo, sorprendido por las palabras, cargadas de desesperación, de Mirta, decidió abrir la puerta y entrar.
La doncella, que estaba arrodillada delante de la cama y miraba un crucifijo que había colgado en la pared, sobre la cabecera del mueble, se levantó de inmediato.
─¡Señor! ¿Qué hace aquí? ¿Desea algo? ─preguntó alarmada.
─¡Sí! ¡Sí! Quiero que me digas qué significan tus palabras. ¿Por qué me mencionabas en tu oración?
─Ha debido entenderme mal, señor. Yo no le he mencionado a usted. Solo estaba rezando, como hago todas las noches ─mintió.
─Te he escuchado bien, Mirta. ¿Qué sucede para que quieras irte de aquí? ¿Por qué esperas que yo te ayude?
Mirta se retorció las manos, preocupada, pensando en una excusa que pudiera tranquilizar a Hugo y no la comprometiera con sus señores. Por nada del mundo quería que ellos se enteraran de este incidente.
─Señor, le aseguro que yo solo estaba rezando ─insistió─. Acostumbro a incluir a todos mis conocidos en mis oraciones. Quizás por eso le nombré. No lo recuerdo.
─No sabes mentir. Escuché muy bien lo que dijiste. ¿Por qué quieres irte de aquí? ¿Quién te puede hacer daño?
─¡Por favor, señor, no insista! ─suplicó─. ¡Váyase de aquí, se lo ruego!
Pero lejos de hacerle caso, Hugo la cogió por los brazos y la obligó a mirarlo. Mirta se asustó más, si cabe.
─No pienso irme hasta que me digas la verdad. ¿Temes a tus señores, verdad?
─¡No! ¿Cómo puede pensar eso?
─¡Mientas! ¿Acaso tus señores te han hecho daño? ¡Dime, Mirta! ¿En verdad son lo que creo?
─No sé de qué me habla.
─Creo que sí lo sabes. Son vampiros, ¿verdad?
─¿Qué? ─Mirta lo miró atónita.
Hugo la soltó y ella se dejó caer en la cama, sentada. Ocultó el rostro entre las manos y sollozó. Él se arrodilló ante ella.
─Son vampiros ─no era una pregunta, sino una afirmación y Mirta, mirándolo, asintió─. ¡Dios mío! ¡Y pensar que estuve a punto de abandonar este lugar convencido de haberme equivocado! ¿Te han hecho daño?
─No ─respondió Mirta.
─¿Por qué estás aquí? ¿Por qué no has huido? ─se irguió.
─Me amenazaron.
─Entiendo. ¿Y qué me dices de la señorita Aldara?
─Ella no sabe nada.
─¿Por qué crees que la retienen aquí? ─preguntó Hugo.
─No consigo entenderlo. La quieren ayudar a conseguir su sueño. Nunca le han hecho daño, ni parece que quieran hacérselo. Aun así, creo que debería irse de aquí.
─Sí, en eso estamos de acuerdo. Tengo que enviar un telegrama a mis amigos. Es necesario que acabemos con esta gente.
Mirta le miró horrorizada. Ella no quería formar parte de una lucha, sino irse, sin más.
─No te preocupes, Mirta. Te sacaré de aquí sana y salva… Así lo haré con la señorita Aldara también ─le dijo y sonrió.
Se despidió de ella y regresó a su dormitorio.
Mirta se dejó caer en la cama, desfallecida. No estaba segura de si estaba haciendo lo correcto. Aunque sus señores la habían amenazado aquella terrible noche que intentó huir, nunca más volvieron a tratarla igual. No la vigilaban, no la atemorizaban. Se levantó. No podía dejarse llevar por la compasión cristiana. Debía ser fuerte y luchar solo por liberarse de esas cadenas psicológicas que tanto la atormentaban.

Hiarbas
Rango10 Nivel 45
hace 26 días

Siempre los monstruos son aquellos que luchan con tesón en contra de lo que ni entienden ni quieren aprender. Ver la maldad en los demás es un buen escudo para ocultar la que se lleva dentro. Divago. Quedo a la espera. Muy buena la caja como siempre.


#28

Hugo se levantó temprano para ir al pueblo antes de que llegara la hora de dar clases a Aldara.
En el comedor se encontró con Gael. Durante unos segundos se quedó petrificado en la entrada de la habitación.
─Buenos días ─saludó Gael.
─Buenos días ─respondió. Entró en la estancia y se sentó. Mirta se apresuró a servirle un café con leche, como acostumbraba a tomar. Sus manos temblaban y derramó un poco en el mantel.
─Lo siento ─susurró.
Gael observaba atentamente la escena, mostrándose impasible. Hugo sonrió a la doncella para tranquilizarla y ella miró a su señor, nerviosa.
─Debería dormir más, señor Hugo ─dijo Gael.
Sus palabras sobresaltaron a los dos y Mirta dejó caer más café en la mesa. Hugo carraspeó nervioso.
─Siempre he tenido problemas de insomnio ─dijo.
─Sí. Le oigo pasear por la casa por las noches. En una ocasión escuché a un médico decir que el ejercicio era bueno para todos los males del cuerpo, pero estoy seguro de que no se refería a hacerlo en mitad de la noche.
─No sería normal pero a mí me relaja hacerlo ─dijo Hugo─. Necesito que me haga un favor ─intentó cambiar de tema.
─Usted dirá.
─Tengo que acercarme al pueblo y me preguntaba si podría dejarme un caballo.
─Mi hermana tiene uno que apenas utiliza. Puede pedirle a Marco que se lo prepare. Es un caballo dócil, no debe preocuparse por su manejo.
─Gracias. Es usted muy amable.
─¿Cancela las clases de hoy?
─No, por supuesto que no. Llegaré a tiempo para dar las clases. De hecho… -apuró el café─, me voy ahora mismo. Con su permiso.
Hugo se levantó y se fue. Mirta recogió el servicio bajo la atenta mirada de Gael. La doncella podía sentir su poder como una losa sobre su cuerpo. De pronto él se levantó y ella le miró sobresaltada. Pasó por su lado y se detuvo ante ella.
─Parece que tú tampoco has dormido bien esta noche, Mirta. Deberías tomar algo que temple tus nervios ─diciendo esto, salió de la habitación.
Mirta exhaló aire, con calma, para aliviar la tensión nerviosa que se había apoderado de ella.
Gael entró en su despacho e intentó concentrarse en su trabajo. Pero no podía hacerlo. Estaba seguro de que Mirta y Hugo se traían algo entre manos pero desconocía si lo que tramaban suponía un verdadero peligro para él y su hermana. No sería la primera vez que tenía que defender a su familia. Lo que más le preocupaba era Aldara. No quería perderla.
Se asomó a la ventana y la vio cerca del estanque. Parecía que Xiana no estaba con ella. Gael salió del despacho y caminó con paso decisivo hasta el lugar donde se encontraba Aldara.
La joven miraba el cielo que estaba despejado. El farero había dicho que durante unos días habría tormentas, sin embargo, se equivocó. Excepto aquel día que tuvieron que permanecer en el faro ella y Xiana, desde que había llegado al palacio, los días siempre amanecían despejados. Pero el otoño estaba terminando y el buen tiempo daría paso al frío, la lluvia.
Oyó unos pasos que se acercaban y vio a Gael. Su corazón se aceleró y, siguiendo un impulso, caminó hasta él.
─He intentado luchar contra lo que siento ─empezó a decir él cuando se encontraron─. Estoy seguro de que no tengo derecho a robar tu juventud. Pero no sé cómo apartarte de mi mente, ni de mi corazón.
─Yo también me torturo pensando en ti. Pero no quiero alejarte de mí.
Gael sonrió con ternura y acarició una mejilla de la joven, maravillado por la suavidad de su piel. Bajó la mano hasta el cuello y acarició la yugular. Sintió el latido del corazón. La acercó a él y la besó con suavidad en los labios. Se retiró un poco y la miró a los ojos. Aldara lo miraba con verdadera pasión. Gael la cogió por la barbilla y le obligó a abrir la boca, entonces se fundieron en un beso apasionado.
─No te vayas de mi lado ─le pidió.
─¿Por qué había de irme? ─preguntó ella, perpleja.
─Quizás te digan cosas que te pueden alejar de mí.
─¿Quién? ¿Qué cosas? ─Aldara se apartó de él, contrariada─. ¿Acaso hay algo que deba temer de ti?
─Jamás te haría daño, Aldara.
Se abrazó a él y se besaron otra vez.
─Nada podrá apartarme de ti, Gael. Nada, ni nadie.
─Te pediría que lo prometieras, pero soy consciente de tu inocencia ─dijo él.
Ella no entendió bien sus palabras pero volvió a besarle para asegurarle de que le amaba y no se iría de su lado.

#29

Xiana contemplaba desde la ventana de su habitación el encuentro entre su hermano y Aldara. Cuando vio como se besaban, supo que ya nada podría separarlos porque Gael jamás lo permitiría.
Salió de la habitación. Tenía que hacerse a la idea de que la familia aumentaba con un nuevo miembro. No le agradaba pensar que fuese una humana. Ella había invitado a Aldara al castillo para tener una amiga especial con la que divertirse y luego dejarla marchar, sin importarle los sentimientos de la joven. Pero, era evidente que se había equivocado al escogerla. Sin querer, había traído un regalo para su hermano. Solo esperaba que la felicidad inicial no se convirtiese en un recuerdo amargo, como lo era Mónica, aquella muchacha italiana que perdió la cordura por él y la llevó al suicidio. O Michelle, la francesa que estuvo a punto de acabar con ellos, por venganza. Gael, por su condición de vampiro no podía enamorarse de humanas. Sabía que las relaciones estaban condenadas al fracaso, y siempre terminaban de manera trágica. Pero, a pesar de su experiencia, había caído en el mismo error, una vez más. Quizás, el hecho de llevar tantos años viviendo como un ermitaño le había vuelto vulnerable y la inocencia de Aldara, que tanto lo atormentaba, fue suficiente para doblegar su voluntad.
Bajó las escaleras y vio entrar en el vestíbulo al profesor. Se detuvo y lo miró con interés.
─¿Hoy no le da clases a su pupila? ─preguntó.
Hugo se detuvo, sorprendido, y miró a Xiana.
─Sí. Por supuesto que le voy a dar clases. Me he retrasado un poco porque he ido al pueblo. Pediré a Mirta que llame a la señorita Aldara.
─Está en el jardín, con Gael.
Hugo miró hacia el pasillo que conducía a la puerta trasera y se encaminó hacia ella, tras titubear unos segundos. Xiana siguió bajando las escaleras.
Gael y Aldara permanecían abrazados y besándose, abstraídos del mundo que les rodeaba.
Hugo los vio desde la distancia y se quedó horrorizado. Apuró los pasos hasta llegar a ellos. Xiana se había apresurado para seguirle. Reconocía que la situación le parecía un poco divertida.
─¡Buenos días! ─saludó Hugo sin ocultar su sorpresa.
Gael y Aldara se separaron y se miraron, sonriente.
─Buenos días, señor Hugo ─saludó él, sin dejar de mirar a la joven.
─He venido a buscar a la señorita para que asista a la clase ─dijo Hugo, carraspeando incómodo.
─Ahora mismo voy ─dijo ella y sonrió a Gael.
Se despidieron con un beso y Aldara siguió a Hugo. Xiana se situó al lado de su hermano y esperó a que se alejasen lo suficiente para hablar con Gael.
─Y bien, Gael. ¿Vas a decirle la verdad o esperarás a que lo descubra por sí misma?
─Ahora no quiero hablar de eso, Xiana.
─Sabes lo que puede pasar cuando lo descubra. Deberías romper con esto antes de que se produzca una tragedia.
─No tiene por qué pasar nada malo, Xiana. Esta vez sé que es diferente.
─¿Qué te hace pensar eso? Los humanos siempre actúan igual. ¿Por qué ella puede ser diferente a las otras?
─Porque lo intuyo. Lo puedo ver en sus ojos, Xiana. Su amor no es un simple capricho de juventud. Ni es lujuria.
─Aun así, sigue siendo humana. Cuando descubra nuestra verdadera naturaleza hará lo mismo que las otras. Se volverá loca, o buscará venganza.
─Te equivocas, Xiana.
Se quedaron pensativos. Cada uno de ellos analizaba su preocupación en silencio.

#30

Hugo cogió la carpeta donde tenía guardadas las partituras de música, sin dejar de mirar a Aldara.
La joven paseaba por la habitación, ensimismada en el recuerdo vivido en el jardín. Sonreía y suspiraba como una auténtica enamorada.
─Señorita Aldara ─la llamó─. Le aseguro que no me gusta entrometerme en los asuntos de los demás pero hay algo que creo es mi deber decirle.
Aldara se acercó al piano y miró al profesor. La sonrisa no se desdibujaba de su rostro.
─La veo enamorada del señor Gael ─comentó.
Aldara dejó de sonreír y frunció el ceño. No quería hablar de sus sentimientos con un desconocido, pues Hugo, aunque era su profesor, no le tenía la confianza suficiente como para platicar con él sobre su vida privada.
─Por favor, no se incomode ─se apresuró a decir él dejando los papeles sobre el piano─. Solo quiero prevenirla para que no sufra. He conocido alguna relación semejante a la que acaba de iniciar usted con el señor Gael y, le aseguro, que nunca terminan bien. Él es mayor que usted y…
─¡Por favor, no siga! ─pidió ella, interrumpiéndole─. No quiero ser maleduca pero este asunto no es de su incumbencia.
Hugo tensó la mandíbula. Quería decirle la verdad pero sabía que no era el momento. Además, si estaba enamorada, Aldara podía convertirse en un obstáculo en su empeño de acabar con los vampiros.
─Tiene razón. Disculpe mi intromisión. Por favor, olvidemos el tema y centrémonos en la música.
─La verdad es que ahora no me apetece cantar ─dijo Aldara y se encaminó hacia la puerta.
─¡Señorita! ─la llamó─. Si quiere convertirse en una cantante profesional debe saber que tiene que aprender a sobreponerse a cualquier adversidad que se le presente en la vida.
Aldara se detuvo y bajó la cabeza. Quiso decirle que ella ya no quería ser cantante pero no se atrevió. Salió corriendo de la habitación y se refugió en su dormitorio.
Hugo recogió las partituras y las guardó. Se sentó en el taburete y quedó pensativo. Deseaba tener noticias de sus amigos cuanto antes. Tenía la impresión de que su estancia en el palacio estaba llegando a su fin.
Gael y Xiana entraron en el vestíbulo. Les sorprendió no escuchar el sonido del piano y se dirigieron al salón. Comprobaron que Hugo estaba solo.
─¿Dónde está Aldara? ─preguntó Xiana.
─La señorita no se encontraba en condiciones de recibir sus clases ─respondió Hugo con un tono ligeramente sarcástico.
Gael le miró con severidad y se acercó a él.
─Se encontraba bien, ¿qué ha sucedido?
─Está demasiado distraída con su nueva situación ─Hugo se levantó, enfrentándose a la mirada de él.
─Parece que le molesta ─observó Gael, molesto.
Xiana los miró preocupada. Le parecía extraño que el profesor tuviese la osadía de cuestionar lo que pasaba entre Aldara y Gael.
─Sé que no debería hacerlo pero no he podido evitar formar mi opinión ─comentó Hugo─. Y, aunque estoy seguro de que no le importa, me gustaría hacérsela saber.
─Tiene razón. No me importa. ¿Y sabe por qué?
─Sí, lo sé ─sonrió con insolencia─. No es de mi incumbencia ─añadió con sarcasmo─. Aún así, se la diré. Creo que usted es demasiado mayor para la señorita Aldara. Ella es una niña que tiene que formar su personalidad. Si en verdad le importa, permítale que conozca mundo y no la someta al suyo.
─¿Por qué le preocupa la señorita Aldara? ¿Acaso ha puesto sus esperanzas en ella como algo más que un simple profesor? ─preguntó Gael.
─¡No! ─exclamó─. ¡No!... No se trata de eso ─respondió, confuso. Las palabras de Gael le hicieron profundizar en sus sentimientos. Guardó silencio y se preguntó si era posible que empezase a sentir algo por Aldara.
─Ahora permítame que yo le diga lo que pienso ─Gael se acercó a él, amenazante─. Creo que se ha enamorado de su pupila y le molesta que ella y yo hayamos iniciado una relación amorosa. Quizás ha llegado el momento de que se vaya de mi palacio.
─¿Y qué pasará con las clases de Aldara? ─preguntó Hugo.
─Usted no es el único profesor de música que existe en el mundo.
─Está bien. Recogeré mis cosas y me iré. Pero me gustaría despedirme de la señorita.
─No creo que deba hacerlo.
─Déjalo, Gael ─pidió Xiana.
Gael quiso replicar pero se contuvo. Asintió con la cabeza.
─Sea breve.
Hugo cogió la carpeta y salió del salón. Xiana fue en busca de Aldara. Mientras, Mirta, que había escuchado parte de la conversación desde el pasillo, corrió a la habitación del profesor para hablar con él.

#31

Mirta entró en la habitación de Hugo, sin llamar. Le miró aterrorizada. Hugo había cogido su bolsa de equipaje y guardaba sus cosas.
─¿Se va? ─preguntó con temor.
─Sí. Me han despedido.
─Pero ¿me llevará con usted?
Hugo miró a la doncella. Le había dicho que la sacaría de allí pero no podía hacerlo ahora o levantaría sospechas sobre su verdadera ocupación y los hermanos tendrían la oportunidad de irse de allí, o de matarlo.
─Ahora no puedo llevarla conmigo, Mirta. Lo siento.
─Pero… ¡Usted me prometió que me sacaría de aquí!
─Yo no le he prometido nada, Mirta. Sé que le dije que lo haría pero no puedo llevarla conmigo. ¡No puedo comprometer mi misión!
─¿Y qué puedo hacer? No quiero quedar aquí. Les tengo miedo.
─Nunca le han hecho daño y no tienen por qué hacérselo ahora. Resista un poco más. Estoy esperando a que lleguen mis amigos. Entonces podremos enfrentarnos a ellos y me la llevaré de aquí. Además, necesito su ayuda.
─¿Mi ayuda?
─¡Sí! ─se acercó a ella y la cogió por los hombros─. Necesito que cuide de la señorita Aldara. Ella ha cometido la estupidez de enamorarse de Gael pero, estoy seguro, de que no sabe que él es un vampiro. Tiene que protegerla. ¡Solo Dios sabe de qué será capaz de hacer él con ella!
─Si tiene pensado hacerle daño yo no podré impedirlo.
─Lo sé. No le pido que luche con él. Solo quiero que la cuide y que le abra los ojos. Es necesario que la señorita Aldara recele de él, sin saber la verdad absoluta. Es mejor que, de momento, no la conozca. Eso la protegerá. ¿Podrá ayudarme?
─No lo sé… Yo… Lo intentaré ─asintió.
Hugo sonrió y continuó guardando sus cosas. Mirta salió de la habitación y se encontró con la señora Telma, quien la miró extrañada.
─Pero, ¿qué haces tú ahí? ─le preguntó cogiéndola por un brazo.
─El señor Hugo se marcha del palacio y requirió mi ayuda para hacer el equipaje ─respondió.
─¿Qué se va? ¡Qué extraño! Creí que las clases de la señorita Aldara eran fructíferas.
─¿Es que no te has enterado de que la señorita Aldara se ha enamorado del señor Gael? Ahora no quiere recibir clases. Tiene otras prioridades.
─¡Pero qué insolencia es ésta, Mirta! A ti no debe importarte de quién se enamoran los señores. Hoy has estado muy despistada, Mirta. No entregaste el correo al señor. Suerte tienes si no te regaña. ¡Anda, ven conmigo a la cocina que hay mucho que hacer! ─sin soltarla la obligó a ir a la cocina.

#32

Hugo entró en el salón donde le esperaba Aldara. Ella no quería hablar con él pero Xiana no le permitió rehusar. Desconocía qué habían hablado Gael y el profesor y no entendía por qué éste se iba de palacio, aunque lo agradecía porque ella ya no estaba interesada en las clases.
Aldara le miró fijamente, intentando mostrarse serena, pero era un mar de nervios. Agradecía estar sentada o, estaba segura, se caería desmayada. Hugo se sintió conmovido por la intensa mirada azul de ella. Se acercó lo suficiente para sentir su respiración. Entonces, se dio cuenta de que Gael tenía razón. Se había enamorado de Aldara. Y, ahora más que nunca, consideraba imprescindible apartarla del vampiro.
─Lamento haber sido inoportuno con usted, Aldara y le pido disculpas.
─Las acepto.
─Gracias. Ya sabe que me voy del palacio…
─Sí.
─Pero no quiero hacerlo enemistándome con usted.
─No tiene por qué ser así.
─Señorita Aldara, lo que quiero decir es que… ─se arrodilló ante ella─. Me gustaría que viniera conmigo.
─¿Qué? ─Aldara se echó hacia atrás en el asiento.
─¿Es que no se da cuenta de que si permanece en este palacio se estará perdiendo todo un mundo que hay ahí fuera? ¿Y qué me dice de su sueño? ¡Usted quería ser cantante!
Aldara consiguió levantarse para apartarse de él. Le miraba horrorizada. Hugo también se levantó.
─Ya no quiero ser cantante ─dijo.
─Eso lo dice porque cree estar enamorada. Pero no lo está.
─¿Cómo puede decir eso? ¿Usted que sabe de mis sentimientos?
─No puedo explicárselo pero le aseguro que lo que siente por Gael es falso. Él la ha sometido a su voluntad. Su edad, su experiencia le da poder para hacerlo.
─¡No! ─exclamó─. ¡Eso es imposible! Me enamoré de él nada más llegar a palacio.
─¿Lo ve? ¡Usted misma lo admite! ¿Qué tiene él para enamorarla nada más encontrarse? ¡De acuerdo, admito que su presencia es atrayente! ¡Pero es mayor que usted!
─La edad no importa en el amor.
─Sí importa, Aldara. En este caso, sí importa.
─¿Por qué dice eso? ─preguntó suspicaz.
─Señorita Aldara ─se pasó una mano por los cabellos, nervioso. No sabía cómo hacerle entender cuán dañino podía ser Gael para ella sin decirle la verdad─. Conozco algo del señor Gael que sucedió en su pasado.
─¿A qué se refiere? ─preguntó con temor.
─No sé si debo decírselo. Lo que sé no puede llegar a oídos de él, ni de su hermana.
─Entonces, calle. Y váyase. Yo quiero quedar al lado de Gael y nada hará que cambie de opinión.
─Está cometiendo un error muy grave.
Aldara se giró para que él no se diera cuenta de su perplejidad, pero Hugo supo que había despertado la curiosidad de ella e implantado la semilla de la duda.
─Me quedaré en el pueblo. Si necesita mi ayuda no dude en acudir a mí. Mirta puede ayudarla en cuanto necesite. Por favor, señorita Aldara, actúe con prudencia. Intente templar su corazón para imponer la razón.
Hugo salió del salón y Aldara se dio la vuelta. No entendía por qué el profesor la advertía de la posible existencia de un peligro y se preguntó si él tenía razón y estaba cometiendo una imprudencia permaneciendo en el palacio. Pero solo con pensar en la idea de alejarse de Gael le provocaba un inmenso dolor en el corazón.

Hiarbas
Rango10 Nivel 45
hace 17 días

Yo lo siento, no se que rumbo seguira la historia pero mi lado oscuro se inclina por Gael y le tengo mucha mania al maestrillo, Dicho esto sigo leyendo y felicidades por el relato, aunque no soy de leer romantico aqui me tienes @anamar26.

anamar26
Rango8 Nivel 37
hace 17 días

No es una historia romántica muy empalagosa, que a mí tampoco me gustan mucho. Gracias por tus lecturas y comentarios @Hiarbas


#33

Xiana esperaba en el vestíbulo por Hugo. Cuando lo vio salir del salón, se acercó a él.
─Lamento que tenga que irse ─le dijo─. Me hubiera gustado que nos conociéramos mejor.
─Permaneceré unos días en el pueblo. Tengo que pensar en mi futuro.
─Entonces, es posible que nos veamos en alguna ocasión ─sonrió con coquetería.
─Sí, es posible. Bien, debo irme. No creo que a su hermano le agrade que alargue mi estancia aquí.
─Mi hermano puede parecer más fiero de lo que es. Sus enfados no duran mucho.
─Eso me consuela ─sonrió─. Señorita Xiana, ha sido un placer ─besó la mano que ella tendió y se fue.
Ella entró en el salón donde estaba Aldara. La joven parecía preocupada. Xiana le sirvió una copa de jerez.
─No me apetece.
─Te sentará bien. Has tenido una mañana intensa.
Aceptó la copa y bebió un trago. Xiana se sentó frente a ella.
─El profesor me ha dicho que estará unos días en el pueblo. Es posible que Gael vuelva a contratarlo.
─¡No! ─negó Aldara.
─¿No? ─la miró perpleja.
─No quiero ser cantante ─se levantó y dejó la copa en una mesa─. Ya no quiero ser cantante ─repitió con decisión─. Solo quiero estar con Gael. ¿Tan malo es eso?
─Hmm… No, no lo es… Pero parecías tan convencida de querer ser…
─Sí, lo sé ─la interrumpió─. Pero estaba equivocada. En realidad, ese sueño me unía a mis padres. Ellos amaban la música. Creí que haciéndome cantante me acercaba a ellos de alguna manera. Que eso me ayudaría a tener más vivo su recuerdo. Pero no necesito cantar para recordarlos. Xiana ─se acercó a ella─. Estoy enamorada de tu hermano. No me importa si es mayor que yo. No me importa si ha hecho algo malo en su pasado ─Xiana enarcó una ceja, inquisitiva─. Solo quiero estar con él. Amarle y que me ame.
Xiana se preguntó qué había hablado con Hugo para mencionar el pasado de Gael.
Mirta entró en el salón y anunció que la comida estaba preparada y podían ir al comedor.
─¿Ya has avisado al señor? ─preguntó Xiana sin dejar de mostrar preocupación.
─No. Voy ahora mismo, señorita.
Las dos mujeres se dirigieron al comedor.
Gael se había encerrado en su despacho. Sobre el escritorio estaba la carta que le había entregado la cocinera. Con la preocupación por la discusión mantenida con Hugo se había olvidado de ella. Fue en el momento en que Mirta entró a decirle que podía ir al comedor, cuando se acordó de la carta. La cogió y abrió el sobre con un abrecartas.
─Gracias, Mirta ─dijo─. ¿El señor Hugo ya se ha ido?
─Sí, señor.
─Bien. Dentro de un rato voy al comedor. Que las señoritas no esperen por mí.
─De acuerdo, señor.
Gael leyó el contenido de la carta que le enviaba su abogado. Con cada palabra que leía su enfado iba en aumento. Sus ojos se inyectaron en sangre y los colmillos afilados asomaron por la comisura de los labios.
─¡Maldita sea! ─exclamó.
Intentó serenarse. Guardó la carta en un cajón bajo llave y fue al comedor.

#34

Durante la comida Gael estuvo más callado de lo habitual. Aldara se preguntó si su actitud tenía algo que ver con ella. Por otro lado, Xiana estaba deseando poder hablar con su hermano a solas para comentarle las palabras de su amiga. Estaba segura de que los recelos de Gael hacia Hugo tenían su razón y era necesario averiguar qué podía saber de ellos y su pasado.
Gael no tomó el café con ellas. Se retiró a su despacho con la excusa de que tenía que hablar.
─Parece preocupado ─comentó Aldara.
─Sí. Tuvo una conversación desagradable con el señor Hugo ─explicó Xiana.
Aldara no hizo ningún comentario. Desconocía exactamente qué habían hablado Gael y Hugo pero intuía que tenía que ver con ella y eso la preocupaba e incomodaba.
─Aldara ─Xiana la sacó de sus pensamientos─. Antes me dijiste que amabas a mi hermano sin importarte su edad.
─Así es.
─También dijiste que no te importaba lo que había hecho en su pasado. ¿Acaso conoces algún detalle de su vida? Me consta que Gael no tiene por costumbre hablar de sí mismo, por mucha confianza que tenga con alguien.
─Es cierto que no sé nada del pasado de Gael y no me importa. Sé que ha tenido que estar enamorado en alguna ocasión. Tendrá amigos y enemigos. Eso no influye en mi decisión de amarlo ─explicó.
Xiana sonrió satisfecha, aunque sabía que la joven mentía. Se daba cuenta de que Hugo había despertado la inquietud en ella.
Durante el resto del día no vieron a Gael. Sin avisar, salió a pasear en caballo, y, llegada la hora, cenaron sin su compañía.
Aldara se asomó a la ventana de su dormitorio. La noche estaba oscura y el cielo amenazaba con lluvias. Parecía que se avecinaban días grises, pero no había nada más triste que su corazón. No entendía por qué Gael había estado ausente. Ni siquiera se había molestado en despedirse de ella.
Corrió la cortina y se metió en la cama. El fuego de la chimenea se estaba apagando y tenía frío.
Unos minutos más tarde, oyó como alguien abría la puerta despacio. Se incorporó en la cama y encendió el candil que había en la mesilla de noche. Para su sorpresa, era Gael quien entraba en el dormitorio. Se acercó a la cama y se sentó en el borde.
─Espero que perdones mi atrevimiento de entrar sin llamar ─dijo y le acarició una mejilla.
─Te he echado de menos ─se quejó ella.
─Y yo a ti. Pero tenía que atender algunos asuntos importantes.
Se inclinó sobre ella y la besó en los labios. Aldara se dejó caer en la almohada y le rodeó el cuello con los brazos. Pensaba que estaba siendo demasiado atrevida pero se dejó llevar por sus sentimientos, sin importarle las obligaciones morales y de decoro.
Se miraron con intensidad y sonrieron. Volvieron a besarse. Las manos de Gael bajaron por la espalda de ella y Aldara arqueó el cuerpo buscando mayor contacto con él. La besó en el cuello y lamió la vena yugular. Percibió el latido del corazón, el olor a jazmín de su suave piel. La mordisqueó con delicadeza y ella gimió. Se apartó. Sabía que podía hacerla suya en ese momento. Ella le miró con extrañeza. Le acarició el rostro y lo besó en los labios para indicarle que estaba dispuesta a entregarse a él.
Gael sabía que era más prudente llevar la relación con calma, no precipitar las cosas pero, contrariamente a lo que dictaba su razón, se dejó llevar por la pasión. Dejó que ella le desabrochara la camisa y le besara el pecho. La cogió por los cabellos y la obligó a mirarlo. En ese instante, al percatarse de la inocencia que brillaba en sus ojos, mezclada con el deseo, Gael podía retirarse pero no lo hizo. La besó en la boca obligándola a abrirla para que sus lenguas jugaran juntas. Le quitó el camisón, dejándola completamente desnuda. Al principio, Aldara sintió vergüenza, pero los besos de él y las caricias que recorrían su cuerpo llegando a los rincones más íntimos, arrancándole gemidos de placer, hicieron que se entregara a él, totalmente desinhibida y apasionada.
Esa noche, los amantes conocieron sus cuerpos y entregaron sus almas, amándose hasta el amanecer.

Hiarbas
Rango10 Nivel 45
hace 15 días

Ufff, se puso caliente la cosa.


#35

Aldara todavía dormía cuando Gael salió de la habitación. Se encontró con Xiana en el pasillo. Ya estaba vestida, dispuesta a bajar al comedor.
─Has madrugado ─comentó.
─He dormido bien. Estoy segura de que más que tú y ella.
─Tenemos que hablar de algo importante.
─¿Vas a decirme algo sobre tu relación con Aldara? Sabes que me parece que te equivocas.
─No, no voy a hablar de mí y de Aldara porque es algo que no te concierne ─replicó Gael─. Te espero en mi despacho.
Gael se adelantó a su hermana. Xiana frunció el ceño. Miró hacia la puerta de la habitación de Aldara. Tenía un mal presentimiento con ella y deseaba encontrar la forma de hacer que se fuera del palacio.
Entró en el despacho. Gael estaba revisando un libro antiguo. Miró por encima a su hermana.
─Cierra la puerta, por favor ─pidió.
Así lo hizo ella y se apoyó en ella. Gael dejó el libro en la mesa y cogió la carta que le había enviado su abogado. Se la acercó a su hermana. A medida que la leía su rostro cambiaba de expresión, mostrando perplejidad y horror.
─¿Hugo es un caza vampiros? ─preguntó sin terminar de creérselo.
─Ya te dije que se traía algo entre manos ese infeliz. Y no trabaja solo, Xiana. Forma parte de un grupo muy peligroso para los de nuestra raza. Se dedican a buscarnos por todo el mundo y darnos caza, como si fuésemos animales salvajes.
─Hubo un tiempo en que lo fuimos ─comentó ella.
─De eso hace mucho tiempo.
─Todavía hay alguno de los nuestros que se alimenta de sangre humana.
─También hay humanos asesinos. Siempre hay excepciones en todo, hermanita.
─Creo que Aldara sabe algo ─comentó Xiana. Se acercó a la mesa para dejar la carta sobre ella. Gael la miró atónito.
─¿Qué dices? Eso no puede ser ─sonrió divertido─. Acabo de pasar la noche con ella. ¿Crees que me recibiría en sus brazos si supiese que soy un vampiro?
─Las mujeres podemos hacer cualquier cosa por amor, Gael.
─Sí. Pero Aldara carece de la picardía suficiente para disimular ante mí. Ella no sabe nada.
─Sé que Hugo tuvo que hablar con ella de algo y no fue de música ─insistió Xiana─. Después de despedirse de él, me dijo que te amaba y que no deseaba ser cantante. Que quería estar contigo sin importarle lo que hubieses hecho en el pasado. Cuando le pregunté a qué se refería, quiso disimular dando vanas explicaciones. Pero yo sé que él le dijo algo que la hizo dudar de ti.
─Hugo sabe quiénes somos y es posible que quisiera prevenirla de alguna manera. Pero estoy seguro de que Aldara no sabe nada, ni puede sospechar remotamente la verdad.
─¿Qué podemos hacer, Gael? ─le miró, preocupada─. Hugo dijo que permanecería en el pueblo unos días.
─Seguramente está esperando por sus compañeros.
─Deberíamos irnos de aquí, Gael.
─Sí, sería lo mejor.
─¿Qué harás con Aldara?
─Ella se vendría con nosotros.
─¿Estás seguro de que es lo mejor? ─preguntó preocupada─. Puede suponer un problema, Gael.
─¡No insistas, Xiana! Acepta que Aldara forma parte de nuestras vidas ─sentenció con firmeza.

Hiarbas
Rango10 Nivel 45
hace 15 días

Confirmo que Hugo me cae fatal y que yo le daba matarile si fuera Gael. Sigo adelante con la lectura. Buenas cajas @anamar26


#36

Gael estaba demasiado inquieto para poder conciliar el sueño. Cogió la partitura que había escrito y bajó al salón donde estaba el piano. Encendió algunas velas y se sentó en el taburete. Colocó los papeles en el atril y empezó a tocar la melodía a la que llamó: Aromas de mujer. Era una sonata romántica que estaba escrita en tres movimientos: Adagio, allegretto y presto agitato.
La melodía se podía escuchar en todo el palacio y despertó a quienes estaban en él, dejándolos ensimismados en sus alcobas. Incluso Mirta tuvo que admitir que nunca había escuchado nada más hermoso y su corazón se conmovió.
Xiana se asomó al pasillo y vio aparecer a Aldara. Se miraron con curiosidad. La primera se metió en su habitación y la segunda bajó al salón.
Gael estaba concentrado en la música y no se dio cuenta, o no quiso hacerlo, de la presencia de la joven.
Aldara se sentó en un sillón y escuchó la bella melodía que conseguía erizar su piel y hacerla llorar de emoción.
Varios minutos más tarde, Gael terminó de tocar la pieza y se fijó en Aldara. Se levantó y fue junto a ella. Le ofreció la mano y ella la aceptó y se levantó. Se abrazaron y se besaron.
─¡Si supieras cuánto temo perderte! ─exclamó él.
─Ya te dije que no hay nada que pueda alejarme de ti ─le recordó ella.
Gael asintió, aunque ella vio en sus ojos que no estaba seguro. Era la primera vez que él demostraba inseguridad y temor y eso la alarmó.
─¿Qué sucede Gael? ─le preguntó.
─Nada ─sonrió─. No te preocupes, cielo. No debes temer por nada.
─Pero… ─la besó para acallar sus temores y la cogió en brazos para llevarla a la alcoba. Esta vez fue a su habitación.
La dejó en la cama y se tumbó a su lado. Pasó un brazo por debajo de la cabeza de ella y empezó a acariciarle los cabellos y jugar con ellos entre sus dedos.
─Tengo que decirte algo, Aldara. Es posible que mi hermana y yo tengamos que realizar un viaje largo. ¿Vendrías con nosotros?
─Sí, por supuesto ─se acomodó entre sus brazos─. No me imagino una vida sin ti. ¿A dónde iríamos?
─Lejos.
Gael se inclinó hacia ella y le dio un beso lento y largo en la boca. La amaba y deseaba como no lo había hecho en mucho tiempo, cuando era joven y había conocido a lady Charlotte, su primer y gran amor de juventud. Ella era unos años mayor que él y supo seducirlo hasta someterlo a su entera voluntad. Fue ella quien le enseñó las artes amatorias y los secretos de un mundo que no sabía que existía: el vampirismo.
Durante un tiempo creyó que su vida estaría siempre unida a lady Charlotte hasta que averiguó que habían sido sus tíos quienes forzaron el encuentro entre ellos para que ella lo vampirizara, así como obligaron que un hombre hiciera lo mismo con su hermana. Esos días ya quedaban atrás pero siempre guardó en su corazón la desazón y tristeza que había vivido entonces, no solo por haber sido manipulados, vampirizados, sino porque Gael había descubierto que sus tíos fueran quienes habían asesinados a sus padres. Nunca le dijo la verdad a Xiana. Ella estaba convencida de que sus progenitores habían muerto en un accidente. Y así lo prefería él para que albergara rencor en su corazón.
Gael, al conocer la verdad, se rebeló a sus parientes y, tras una fuerte discusión, decidió marcharse con su hermana. Se refugiaron en la India, donde estaban convencidos de que no los encontraría nadie conocido. Unos años más tarde, cuando consideró que las aguas se habían calmado, decidió regresar a Europa. Pero no fue, hasta hacía pocos años que decidió que había llegado la hora de regresar al hogar. Y ahora que creía estar seguro y no le apetecía viajar, tenía que irse otra vez.
Lo único que lo consolaba era tener a Aldara a su lado. Cuando creía que jamás se volvería a enamorar, apareció ella en su vida.
Aldara era como una brisa primaveral en la madurez del otoño. Las otras mujeres que habían pasado por su vida solo fueron un entretenimiento. Nunca quiso enamorarlas, ni hacerles daño. Pero ¿cómo evitar que una jovencita se sintiera atraído por él y su famosa personalidad enigmática? Intentó alejarlas de su vida pero ellas insistían en acosarlo, en soñar con él, en enviarle ridículas cartas de amor con poemas propios de poetas reconocidos. Nada pudo hacer para evitar que Mónica Vitali se trastornara alimentando sueños imposibles. Le dolió mucho que la joven tomara una decisión drástica cuando él y su hermana decidieron irse de Venecia. No lo hicieron por huir de Mónica. Su decisión fue fruto de un acontecimiento de lo más mundano: el palacio de los cisnes estaba rehabilitado y podían regresar a él. Era el hogar que había pertenecido a sus antepasados y deseaban regresar a él. Sin embargo, Mónica no lo entendió, ni aceptó. De nada sirvió que Xiana intentase razonar con ella. Se mantenía obstinada, irracional. La familia de Mónica nunca aceptó que Gael fuese inocente y eso forzó su salida del país.
Aldara lo apartó de ella suavemente. Deseaba que le hiciera el amor pero Gael parecía estar ausente.
─¿Te sientes bien? ─le preguntó.
─Sí ─se abrazó a ella─. Nada perturbará nuestra paz ─dijo y ella lo miró extrañada pero no comentó nada.
Amaba a Gael pero, a veces, no entendía sus palabras y no se atrevía a indagar porque, su inseguridad le advertía que podía molestarlo.

#37

Xiana se levantó temprano, cansada de escuchar suspiros y gemidos. Se encontró con Mirta que estaba preparando el comedor.
─¡Señorita Xiana! ─exclamó sorprendida─. La señora Telma está preparando el café, si espera un poco…
─No me apetece nada, gracias, Mirta. Quiero que Marco prepare mi caballo. Voy al pueblo.
─Iré a decírselo.
─¡Un momento! ─ordenó.
Mirta se detuvo justo cuando iba a salir por la puerta y se dio la vuelta, sin mirar a Xiana.
─Si el señor pregunta por mí… dile que salí a pasear. No le comentes que fui al pueblo.
─Sí, señorita.
La doncella salió y se apresuró a ir en busca del mozo para pedirle que preparara el caballo de la señorita. Mientras, Xiana se paseaba impaciente por el comedor. Ya no soportaba estar al lado de Aldara. Había escuchado la música que su hermano había compuesto para ella y era tan hermosa y apasionada que sabía que el amor que sentía por ella iba más a allá de la vida.
Se subió al caballo y lo hizo cabalgar con más velocidad de lo que acostumbraba. En una curva del camino el animal se detuvo bruscamente cuando vio a unos perros que corrían uno detrás del otro, e hizo que Xiana se cayera al suelo. Rodó por la ladera y se estrelló contra un tronco. Intentó levantarse pero se mareó y perdió el conocimiento.

Gael y Aldara entraron juntos en el comedor, cogidos del brazo y sonrientes. Mirta los miró sorprendida.
─¡Buenos días, Mirta! ─saludó Gael.
─Buenos días, señor. Señorita Aldara.
─¿Ya se ha levantado mi hermana?
─Sí, la señorita Xiana salió temprano de casa. No quiso desayunar.
─¿A dónde fue? ─preguntó enarcando una ceja, extrañado.
─Solo me dijo que iba a dar un paseo.
─Espero que no tarde. Tengo que hablar con ella ─comentó Gael.
En mitad del desayuno, Gael levantó la mirada por encima de la taza de café y frunció el ceño. Depositó la taza en el plato y miró hacia la ventana, preocupado.
─¿Sucede algo? ─preguntó Aldara.
─Creo que le ha pasado algo a mi hermana ─se levantó.
Aldara lo miró perpleja y también se levantó.
─¿Cómo puedes saber eso?
─Voy a buscarla.
─Pero… ¿Qué te hace pensar que le ha pasado algo? ─insistió Aldara.
─Espera aquí.
Gael se fue dejando a Aldara atónita. Miró a Mirta buscando alguna respuesta pero la criada bajó la mirada. Se sentó y apuró el café pero no dejaba de pensar en las palabras de Gael.
─No entiendo por qué piensa que a Xiana le sucedió algo ─comentó en voz alta.
─Los hermanos están muy unidos ─dijo Mirta.
─Sí, lo sé. Pero eso no le permite ver más allá de los muros.
─Ellos son especiales. Ya debería haberse dado cuenta.
─¿Qué quieres decir, Mirta? ─preguntó Aldara con interés.
─Yo solo quiero decir que… ellos están tan unidos y se preocupan tanto el uno por el otro que es normal que teman que les pase algo cuando están separados.
─Eso no es normal, Mirta. Ya son adultos y son conscientes de que cada uno tiene su vida. E insisto, no justifica que Gael se deje llevar por un presentimiento irracional.
─Señorita ─Mirta se acercó a ella─. Sé que lo que voy a decirle le parecerá que está fuera de lugar pero le pido que vaya a hablar con el señor Hugo. Él puede ayudarla.
─¿Qué dices? ─Aldara se levantó y caminó hasta la ventana poniendo distancia entre ella y la criada─. ¿Qué te hace pensar que necesito la ayuda del señor Hugo?
─¡Oh, sí la necesita! Ahora no lo entiende porque desconoce la causa pero debe escuchar al profesor.
─¿Por qué me dices eso, Mirta? No te entiendo.
─Por favor. No le diga a los señores que hablé con usted de esto pero… siga mi consejo. Lo digo por su bien.
─Te agradecería que fueras más explícita, Mirta. Si no quieres no hablaré con Gael ni con Xiana de esto pero, por favor, no me dejes en la ignorancia.
─Es mejor que hable con el señor Hugo. Yo no puedo arriesgarme más ─añadió y empezó a recoger la mesa.
Aldara se dio cuenta de que de nada servía insistir. Subió a su habitación a buscar un chal y salió al jardín.

#38

Xiana despertó sintiendo un fuerte dolor de cabeza. Abrió los ojos despacio y miró a su alrededor. No reconoció la habitación que era pequeña y estaba decorada con austeridad.
Vio a un hombre sentado de espaldas a ella, junto un pequeño escritorio, pero al principio no lo reconoció.
─¿Dónde estoy? ─preguntó─. ¿Quién es usted?
El hombre se levantó y se acercó a ella.
─¿Se encuentra bien?
─¡Hugo!
─¿Recuerda qué le ha pasado?
─Creo que… me caí del caballo.
─La encontraron unos hombres del pueblo y la trajeron aquí. Yo pedí que la instalasen en mi habitación. Han ido a buscar al médico.
─No necesito ningún médico. Solo quiero que mi hermano venga a buscarme.
Intentó levantarse pero un fuerte mareo se lo impidió. Hugo acercó la silla a la cama.
─No debe esforzarse. Ha recibido un fuerte golpe en la cabeza. La dueña de la posada le puso un vendaje pero necesita que le hagan una cura. Y no se preocupe, ya envié a alguien para que avise a su hermano de lo sucedido.
─¿Por qué ha decidido quedarse en el pueblo? Aquí no hay nada que lo retenga.
─Permítame que no responda a su pregunta.
─Le dijo a Aldara que conocía algo del pasado de mi hermano. ¿A qué se refería?
Hugo tensó la mandíbula. No esperaba que Aldara hablara demás pero, tenía que tener en cuenta que estaba enamorada de Gael y sería leal a los vampiros, sobre todo porque no sabía que lo eran.
─Estoy segura de que lo que cree saber es erróneo. Gael jamás hizo daño a nadie de manera intencionada ─comentó.
─¿Por qué no intenta descansar? ─se levantó.
─Sé que quiere hacernos daño pero no entiendo el motivo ─se irguió sin importarle el fuerte dolor de cabeza─. ¡Gael es un buen hombre! ¡Es mucho mejor que yo, se lo aseguro!
─¡Ya es suficiente! ─alzó la voz, amenazante. Se acercó a la cama─. De nada sirve fingir, ¿verdad? ¡No sé ni cómo me he molestado en atenderla! ¡Usted y los de su clase no se merecen ni un ápice de misericordia!
─Haga conmigo lo que quiera pero deje en paz a Gael. Se equivoca si cree que es un ser maligno. No le hablo como hermana. ¿Cómo puedo convencerle?
─Nada hará que cambie de parecer. No insista, por favor. Permitiré que su hermano se la lleve, solo porque los aldeanos saben que está aquí y temo por el bienestar de la señorita Aldara. De lo contrario ya... ─se calló.
─¿Qué? ¿Qué haría conmigo? ¡Dígalo! ─exigió Xiana y se dejó caer para reposar la cabeza en la almohada. Le faltaban las fuerzas─. ¡Dígalo! ─repitió con un hilo de voz─. ¿Me mataría?
─Sí ─asintió Hugo.
La puerta se abrió y Gael entró en la habitación, despacio pero con paso firme. Se acercó a la cama y se inclinó sobre Xiana. Le dio un beso en la frente.
─¿Cómo estás, hermana?
─No muy bien.
─Te llevaré a casa. He venido en el coche ─Se volvió hacia Hugo, que los miraba atento─. Agradezco su ayuda, señor Hugo.
─No tiene que hacerlo.
Gael cogió a su hermana en brazos y ella se sujetó a él rodeándole el cuello con los brazos. Aprovechó la cercanía para susurrarle algo al oído.
─Quiere matarnos, Gael.
Gael miró a Hugo con severidad pero no dijo nada. Salió de la habitación. Por las escaleras de la posada se encontró con el doctor que quiso ver a la paciente pero desechó su ayuda.

#39

Aldara vio venir el carruaje y echó a correr hacia el interior del palacio para recibir a Gael. Esperaba que Xiana viniera con él y se encontrara bien. Pero se quedó estupefacta cuando vio que él portaba en brazos a su hermana y ella tenía una vendaje en la cabeza.
─¡Dios mío! ─exclamó. Corrió hacia ellos─. ¿Qué ha sucedido?
─Se cayó del caballo.
Subieron a la habitación de Xianaa. Aldara echó la colcha hacia atrás para que Gael acostara a su herman y luego tiró del cordón para avisar al servicio.
Gael descalzó a su hermana y la cubrió con la colcha. Xiana estaba más pálida de lo habitual.
─¿La ha visto un médico? ─preguntó Aldara.
─Solo necesita que le hagan un cura. No te preocupes.
─Pero podría tener algo grave. Es necesario que la vea un médico, Gael.
─Por favor, Aldara. Yo sé lo que necesita mi hermana.
Mirta entró en la habitación. Aldara no dejaba de contemplar a los hermanos con extrañeza.
─Mirta, necesito ayuda para curar a mi hermana. Aldara, por favor, espérame en el salón.
─Puedo ayudar ─se ofreció.
─No es necesario, gracias.
Aldara titubeó pero acató la petición firme de Gael y salió de la habitación pero no fue al salón, regresó al jardín. En ese momento, le parecía que el palacio tenía una atmósfera demasiado asfixiante.
─Gael… tienes que irte de aquí ─empezó a decir Xiana─. Hugo es más peligroso de lo que parece. He visto su mirada y es la de un fanático.
─Olvídate de Hugo ahora. Debes centrarte en descansar y recuperarte.
Mirta regresó a la habitación con todo lo necesario para hacer la cura a la señorita. Entonces Gael se fue y dejó que la doncella se encargara de todo.
Buscó a Marco y comprobó que el caballo de su hermana había regresado y estaba bien. El mozo lo estaba atendiendo.
─Venía asustado, señor. Pero no está herido. ¿Y su hermana? ¿Está bien?
─No, pero se repondrá, gracias.
Se acercó al animal y lo tranquilizó hablándole al oído. El animal relinchó nervioso pero, poco a poco, se calmó. Luego, se dirigió al jardín para buscar a Aldara.
La joven permanecía en pie, contemplando el estanque, aunque sus pensamientos estaban centrados en Gael y Xiana. Se planteaba algunas preguntas a las que no encontraba respuesta.
─¡Aldara! ─la llamó Gael.
Se volvió hacia él y negó con la cabeza mostrando su inquietud.
─Por favor, ven conmigo ─le pidió él ofreciéndole una mano─. Tenemos que hablar.
─No entiendo qué está pasando, Gael. Estoy muy confusa. ¿Cómo es posible que supieras que tu hermana estaba en peligro? ¿Por qué no permites que la vea un médico?
─Ven conmigo. Te lo explicaré ─insistió él.
Aldara caminó hasta él y aceptó su mano. Pero lo miró con un poco de desconfianza. Se preguntaba qué secreto guardaban los hermanos que tenía el poder de influir en sus propios sentimientos haciéndola dudar de su amor por Gael.

#40

Entraron en el salón donde estaba el piano. Gael se acercó a la mesa licorera y se sirvió una copa.
─Supongo que será pronto para ti ─comentó a Aldara ofreciéndole la copa y ella asintió. No le apetecía tomar nada. Gael apuró la bebida y dejó la copa sobre la mesa─. Por favor, siéntate.
Se sentaron uno frente al otro. Ella lo miraba con perplejidad y preocupación. Su corazón estaba acelerado y sentía las palpitaciones en las sienes. Las manos le sudaban y las oprimía contra la falda. Temía que lo que dijera Gael pudiera abrir una brecha entre ellos.
Gael sabía que era mejor ser directo pues prefería que ella se enterase de la verdad por él y no por Hugo.
─Lo que voy a decirte sé que es difícil de asumir. Antes de confesarte la verdad, quiero que sepas que jamás te haría daño. Nunca tuve esa intención, ni la tendré. No esperaba enamorarme de ti pero ha sucedido y, créeme, te amo más que a mi vida ─hizo una breve pausa. Temía la reacción de la joven─. Aldara, mi hermana y yo somos… vampiros.
─¿Qué? ─preguntó perpleja─. ¡No! ─negó y se levantó─. Eso no es posible. Los vampiros no existen ─dijo y caminó hasta la ventana. Se volvió hacia él. Gael se había acercado a ella─. ¿Cómo es posible?
─Mi hermana y yo somos vampiros desde hace algo más de doscientos años.
Aldara negó con la cabeza. Lo que le estaba diciendo Gael era muy difícil de asimilar y no tenía claro que sentir ni pensar.
─¿Por qué no me lo has dicho antes, Gael?
─Debí hacerlo nada más declararte mi amor pero estoy acostumbrado a vivir en la más absoluta discreción. Eso nos mantiene seguros a quienes no queremos ser importunados por los humanos. Hay grupos que desean nuestra exterminación.
─Pero eso es horrible porque…vosotros no hacéis daño a nadie, ¿verdad?
─Si con hacer daño te refieres a alimentarnos de sangre humana… No. Hace mucho tiempo que los vampiros hemos hecho un pacto con los humanos para aceptar que debemos controlar nuestros impulsos, así como ellos se olvidarían de nosotros y no nos perseguirían.
─No sé qué pensar, Gael. Me cuesta asimilar esta verdad ─dijo ella.
─Lo entiendo. Te dejaré tiempo para que pienses en ello y, créeme, aceptaré la decisión que tomes a partir de este momento. Si deseas dejarnos… lo entenderé.
─No tengo intención de dejarte, Gael ─le miró con intensidad─. Solo necesito pensar pero sé que te amo.
Se abrazó a él y lo besó en los labios. Gael, emocionado, respondió al abrazo y el beso. Le acarició el rostro.
─Te amo, Aldara.
─Jamás te dejaré, Gael.

#41

Por la noche, Gael fue a visitar a su hermana. Xiana había dormido todo el día y se encontraba un poco mejor. Estaba sentada en la cama, recostada sobre almohadones y tomaba una taza de caldo que le había traído Mirta.
─¿Todavía estás aquí, Gael? Ya deberías haberte ido ─comentó, preocupada.
─Por favor, no insistas ─pidió él. Se sentó en la cama y le acarició una mejilla─. ¿Cómo te sientes?
─Aún me duele la cabeza pero ya se me ha pasado el mareo.
─Me alegro.
─Tengo miedo, Gael. Solo nos enfrentamos a los caza vampiros en una ocasión y de eso hace mucho tiempo.
─Entonces les vencimos y lo volveremos a hacer. Ahora somos más fuertes y sabios, Xiana. Debo decirte algo…
─¿De qué se trata? ─le miró con interés.
─He hablado con Aldara y le dije la verdad.
─¿Le has dicho que somos vampiros?
─Sí.
─¿Crees que es lo correcto? ¿Cómo ha reaccionado? ─preguntó impaciente.
─Lo aceptó bien. Seguirá con nosotros.
─En verdad está enamorada pero, aun así, no debes confiarte, Gael. Es una humana y siempre cambian de parecer ─comentó.
─Lo sé bien, hermanita. Confío en ella, aunque no bajo la guardia. Aldara está enamorada pero nada asegura que en cualquier momento cambie de opinión. Es joven e impresionable. El miedo o la inseguridad pueden afectarle demasiado.

Aldara estaba segura de amar a Gael y no quería perderlo, pero necesitaba estar sola y pensar en lo que acababa de saber. Consideró que el mejor sitio para sentir aislada era ir a una iglesia, así que pidió a Marco que la llevara hasta el pueblo, si el señor permitía utilizar el carruaje.
Marco le aseguró que el señor no tendría inconveniente y dejó recado a Mirta de que se iba con la señorita Aldara pero regresarían pronto.
La capilla del pueblo era pequeña pero luminosa. Aldara entró en ella y se arrodilló en un reclinatorio. Rezó una oración, tras la cual, se puso a pensar en su situación.
Algo le decía en su interior que no era correcto amar a un vampiro pero se negaba a seguir los consejos de su raciocinio.
Se sentó en un banco y cubrió la cara con las manos. Se sentía tan desesperada en ese momento. Necesita hablar con alguien que la comprendiera pero no sabía a quién podía recurrir.
─¡Señorita Aldara! ─la llamaron.
Se volvió hacia atrás y vio a Hugo. Lo miró perpleja y se asustó. No esperaba encontrarlo y menos tener oportunidad de hablar con él, cosa que no le apetecía nada.
─¿Qué hace usted aquí?
─La he visto entrar. Necesito hablar con usted.
─No creo que tengamos nada de qué hablar, señor Hugo.
─Por favor, señorita Aldara. Es imprescindible que sepa que su vida puede correr peligro en el palacio ─se sentó a su lado.
─¡Eso es mentira! ─exclamó ella─. ¿Por qué iba a ser como usted dice?
─El señor Gael y su hermana mienten. No son…
─Señor Hugo conozco la verdad ─dijo Aldara y se levantó, dispuesta a irse pero él no la dejó salir de la iglesia.
─¿Sabe lo que son? ─preguntó incrédulo.
─Sí, lo sé. El señor Gael se ha sincerado conmigo. Y me ama como yo le amo a él.
─Aunque sea sincero no debe creer en él. Los vampiros son seres peligrosos, señorita. Permítame que la aleje de ese lugar.
─No necesito su ayuda, señor Hugo. No quiero alejarme de Gael.
─¡Está bien! Acepto que Gael la ama y no le haría daño pero ¿qué me dice de Xiana? Ella está muy apegada a su hermano. ¿Sabe si ella está de acuerdo con su romance? ¿En verdad cree que la trajo aquí con la única intención de ayudarla? Yo de usted no me fiaría, señorita Aldara. ¡Aléjese de los hermanos antes de que sea demasiado tarde!
─Por favor, no insista ─pidió y salió de la iglesia. Se apresuró a subir al carruaje y regresó al palacio.

Hiarbas
Rango10 Nivel 45
hace 11 días

Estas haciendo un gran trabajo con la personalidad de los personajes, esta tan definida que siento verdadero asco por Hugo, mi vena oscura me lleva a ponerme del lado de los vampiros.


#42

El señor Hugo, ante la tardanza de la llegada de sus amigos y el temor por la posibilidad de que los hermanos de Ramírez huyesen del pueblo, se dejó llevar por la desesperación y fue a hablar con el párroco de la iglesia.
Encontró al sacerdote en la sacristía, hablando con un muchacho que, seguramente, era el monaguillo, pues le estaba instrucciones sobre lo que debía hacer en la misa del domingo.
─¿Deseaba algo? ─preguntó a Hugo, cuando se dio cuenta de su presencia.
Era un hombre bajo, de maneras nerviosas y mirada aguda.
─Sí. Me gustaría hablar con usted… en privado.
El sacerdote pidió al niño que se fuera e invitó a que se sentara el recién llegado.
─¿Con quién tengo el placer de hablar?
─Soy Hugo Castillo ─le ofreció la mano y se sentó.
─Yo soy el padre Miguel, supongo que ya lo sabe, ¿no?
─En realidad, desconocía su nombre ─esbozó una sonrisa tímida─. Pero no importa mucho nuestros nombres, sino lo que voy a decirle.
El sacerdote miró al hombre con interés y se sentó tras un escritorio de madera oscura.
─Usted dirá.
─Padre, voy a hacerle una pregunta difícil de asimilar pero es necesario que me responda la verdad.
─No tengo por costumbre mentir, señor Castillo ─comentó con calma.
─No es mi intención insultarlo.
─Hágame la pregunta, así podré valorar si puedo o no contestar. Pero le aseguro que no mentiré.
─Está bien. Padre, ¿usted cree en vampiros?
El sacerdote enarcó una ceja, sorprendido ante tal pregunta. Se echó hacia atrás, en la silla, y estudió a su interlocutor.
─Para la iglesia los vampiros son una manifestación del mal, así que… sí, creo en vampiros.
─No me refiero a eso. Sino a… vampiros de carne y hueso.
─No. Por supuesto que no ─negó con rapidez─. Eso son supersticiones.
─Padre, le aseguro que los vampiros existen. Yo formo parte de un grupo de personas con una gran preparación intelectual que nos dedicamos a buscar vampiros para exterminarlos.
El sacerdote se levantó y caminó hasta la puerta con la decisión de despedir al señor Castillo. No entendía a qué venía este interés en hablar de vampiros, quizás se tratase de un pobre desquiciado, aunque le había visto por el pueblo y no daba muestras de tener un comportamiento extraño.
─Dígame, joven. ¿Usted no estuvo en el palacio de don Gael?
─Sí. Así es.
─¿Habló con ellos de esto?
─Ellos son el motivo por el que estoy aquí. Me hice pasar por profesor de música para tener acceso al palacio ─se levantó─. Estoy esperando la llegada de mis compañeros para que me ayuden pero, me gustaría que usted y, tal vez, algunos hombres del pueblo, viniesen conmigo para detener a los hermanos de Ramírez.
─No entiendo nada ─comentó perplejo─. ¿Qué tienen que ver sus amigos con los hermanos de Ramírez? ¿Por qué quiere detenerlos? Desde que están en el pueblo nunca dieron muestras de tener un comportamiento delictivo, ni deshonroso. Cierto es que no vienen a misa, pero no eso no constituye un delito.
─Padre Miguel… Ellos son vampiros. Es necesario apresarlo para matarlos. Y no importa si se matan sin ser apresados.
El párroco lo miró estupefacto. Abrió la puerta de la sacristía y caminó hasta el interior de la iglesia. Hugo lo siguió. Cuando estuvo delante del altar, se santiguó.
─Nunca oí una aberración tan grave como la suya, señor Castillo ─le dijo─. No pienso involucrar al pueblo en una cacería inhumana. Le aconsejo que coja sus cosas y se vaya del pueblo.
─¿Es que no lo entiende? Son vampiros y muy peligrosos. ¿En verdad me va a decir que nunca han sucedido muertes extrañas en este pueblo desde que ellos llegaron?
El sacerdote se quedó pensativo. Recordaba el día que habían muerto aquellas niñas de una manera misteriosa. Los médicos no sabían a qué se debía su mal pero tampoco era motivo para pensar en la existencia de vampiros.
─En serio, sus palabras no tienen sentido. Insisto en que se vaya del pueblo antes de decir más barbaridades. La gente podría molestase con usted y no con los hermanos de Ramírez.
─No puedo irme. He venido a acabar con ellos y lo haré.
─No puedo permitirlo. Yo no creo en vampiros y no puedo permitir que haga daño a unas personas inocentes.
─Nada me detendrá.
─Si no se va, me obliga a que hable con las autoridades.
─Hágalo. Quizás ellos me ayuden. En verdad me ha decepcionado, padre.
Hugo salió de la capilla y el sacerdote permaneció en silencio un rato. Decidió que debía ir al castillo para hablar con don Gael.

#43

El padre Miguel entró en el vestíbulo del palacio de los Cisnes y aguardó pacientemente a que la doncella, Mirta, anunciara su presencia a Gael.
Era la primera vez que entraba en ese sitio, un lugar que había estado abandonado muchos años, incluso sufrió un importante deterioro en parte del tejado y la fachada. Pero eso ya quedaba atrás. El palacio había recobrado todo su esplendor y estaba decorado con mucho gusto.
Mirta regresó e hizo pasar al sacerdote al despacho de Gael. Se saludaron y le ofreció asiento.
─¿Qué le ha traído por aquí, don Miguel? ─preguntó Gael sin ocultar su malestar por tener que recibir al sacerdote.
─Como bien sabe este pueblo es pequeño y me he enterado del accidente de su hermana. También supe que rehusó la ayuda del médico. Aunque es un profesional modesto, estoy seguro de que sus conocimientos le habrían servido de ayuda.
─¿Viene a recriminar mi decisión? ─preguntó Gael, grave.
─Eh… No. Deduzco que su hermana está bien si no ha necesitado de las atenciones del médico.
─Deduce bien. Mi hermana solo necesita reposo. ¿Desea algo más?
─En verdad, sí ─carraspeó nervioso.
La confianza que transmitía Gael le hacía sentirse inseguro. Se movió inquieto en el asiento.
─He tenido una conversación extraña con un forastero que se aloja en la pensión del pueblo. El señor Hugo Castillo.
Gael enarcó una ceja. Se recostó en el asiento. Le causó tanta gracia como extrañeza que el falso maestro de música se atreviera a acudir a la iglesia, pues estaba seguro de que sería más discreto en su afán de querer acabar con él y Xiana.
─¿Y me concierne en algo?
─Sí, hemos hablado de usted. Aunque, para ser más correcto, debería decir que fue el señor Castillo quien vino a hablar conmigo sobre usted ─se apresuró a explicar.
Gael asintió e intentó no mostrarse impaciente, sin embargo su semblante estaba serio y tenía las mandíbulas contraídas. El padre Miguel continuó hablando.
─Don Gael he venido a advertirle de que el señor Castillo me parece un hombre peligroso, y no lo deduzco solo por lo que dice, sus intenciones, sino porque en su manera de hablar, su mirada, demuestra que es un hombre perturbado.
─En eso estamos de acuerdo ─comentó Gael─. El señor Castillo trabajó para mí unos días y me vi obligado a cancelar el contrato debido a su extraña actitud.
─¿Entonces ya sabe de qué los acusa a usted y a su hermana?
─No ─fingió desconocimiento─. No hemos tenido un enfrentamiento tan grave como para que pueda acusarnos de algo ─añadió.
─Su acusación es fruto de una insensatez. ¡Una locura! No de una discusión.
─No alcanzo a comprender.
─El señor Castillo dice que usted y su hermana son vampiros.
Se produjo un silencio en el que los dos hombres se miraron fijamente. Gael se levantó y rodeó el escritorio.
─¿Vampiros?
─Sí, eso dijo. ¡Un absurdo! ¿Puedo saber por qué lo despidió? ─preguntó.
Gael se acercó a la ventana y se volvió hacia el sacerdote. Tardó en responder.
─El señor Castillo demostró una actitud poco ética con la persona a quien daba clases de música.
─Entonces, ¿no tiene nada que ver con su obsesión por acusarlos de ser vampiros? ─se levantó y miró extrañado a Gael.
─Eso también podría ser un motivo para su despido pero me causaría más gracia que el primero. Padre, le aseguro que no entiendo su interés en que yo conozca la opinión del señor Castillo.
─Verá, como ya le dije, el señor Castillo parece un hombre perturbado y, me atrevería a decir que incluso es peligroso. En su empeño de acusarlos de ser vampiros, insiste en que usted y su hermana deben ser destruidos y vino a mí solicitando mi ayuda. Le aconsejé que se fuera del pueblo pero dudo que me haga caso. Así que sentí que tenía obligación de advertirle para que se cuide de encontrarse con él.
─Se lo agradezco pero no tengo miedo a ese hombre.
─Pero no está solo. Me ha dicho que tiene amigos que opinan y actúan igual que él. Es por eso que he venido. Tiene que cuidarse de esos locos. Debería hablar con las autoridades para que pongan vigilancia en el palacio. O contrate a alguien.
─Agradezco su advertencia, padre. Pensaré en ello ─dijo Gael.
El padre se despidió y se fue. Gael lo vio alejarse en un carro tirado por un mulo.

#44

Xiana escuchaba a Aldara leer poesía, sentada en una butaca delante de la ventana. Ya se había recuperado del golpe recibido en la cabeza pero todavía no le apetecía salir de la habitación.
Gael entró en la habitación, se acercó a ellas y pasó una mano por los cabellos de su hermana.
─¿Cómo estás hoy? ─le preguntó.
─Estoy bien, Gael.
─Te veo decaída.
─Me preocupa nuestra situación ─comentó.
Aldara los miró preocupada. No sabía a qué se refería su amiga y miró a Gael buscando una explicación. Gael se sentó en el borde de la cama.
─Hoy ha venido una visita particular ─empezó a decir.
─¿No habrá tenido la osadía de regresar? ─preguntó Xiana.
─No, no se trata de él ─respondió Gael sabiendo que su hermana se refería a Hugo─. Ha venido el cura del pueblo. Don Miguel.
─¡El cura! ─exclamó sorprendida.
─Ha venido a advertirnos de que Hugo está cizañando contra nosotros. Fue junto él para pedirle ayuda porque asegura que nosotros somos vampiros y, por tanto, peligrosos.
Aldara bajó la cabeza y frunció el ceño, preocupada. Dejó el libro en una mesa y retorció las manos encima de la falda.
─Debí decíroslo antes ─la miraron─. El señor Hugo insistió en que me vaya con él porque teme que me hagáis daño.
─¿Y tú crees que podríamos hacerte daño? ─le preguntó Gael.
─¡No! ─exclamó mirándole a los ojos─. Por supuesto que no. Pero yo creo que ese hombre insistirá en hacer algo contra vosotros.
─Por eso deberíamos irnos cuanto antes de aquí ─añadió Xiana mirando a su hermano─. Yo ya me encuentro bien. No tiene sentido aplazar la marcha.
─Mañana dejaré algunas cosas preparadas y enviaré una carta al abogado. Luego…, nos iremos ─añadió con pesar.
Durante años había albergado la esperanza de poder regresar a su hogar y, ahora que lo había conseguido y se sentía cómodo y libre en su tierra, se veía obligado a irse, sin saber si podría volver algún día.
Xiana intuyó su dolor y lo sintió como suyo propio. Unas lágrimas rodaron por sus mejillas y Gael esbozó media sonrisa para tranquilizarla.
Afuera, en el pasillo, Mirta escuchaba la conversación. Cuando se produjo el silencio, se apresuró a bajar a la cocina.
Gael se levantó y cogió a Aldara de la mano. Se despidieron de Xiana y bajaron al jardín para pasear un rato.
─Nunca doy nada por seguro pero pensé que habíamos llegado a un momento de nuestras vidas en las que podíamos vivir tranquilos, sin nada ni nadie que nos molestara ─comentó Gael, con pesar.
─Todavía puedes encontrar un lugar donde vivir en paz… Y yo estaré contigo.
─¿Estás segura de que quieres venir con nosotros, Aldara? Somos vampiros. Seres casi inmortales. Para nosotros el tiempo se mide de distinta manera.
─Gael ─se detuvieron─. Quiero ser como tú.
─¿Quieres que…? ─Gael la miró atónito y negó con la cabeza─. No. No podría hacerte eso.
─Pero yo quiero ser igual que tú. Quiero disfrutar del tiempo que nos quede siendo igual que tú, sin preocuparme de perderte porque la vejez hace mella en mi cuerpo.
─Ni la vejez de tu cuerpo me apartaría de ti, Aldara. No puedo convertirte en una de nosotros. Ser vampiro tiene unas consecuencias que no son fáciles de asumir. Nosotros tenemos algo más de doscientos años y nos hemos acostumbrado pero los inicios fueron una auténtica tortura. No pienso permitir que pases por eso ─la abrazó─. No temas. Antes de que yo pueda pensar en dejarte, tú ya te habrás ido.
─¡Jamás!

#45

Mirta entró en la cocina con tanta prisa que casi tropieza con la señora Telma. Se detuvo bruscamente y la miró horrorizada.
─¡Lo siento! ─exclamó.
─Pero ¿se puede saber qué te sucede muchacha?
─¡Nada!
─¿Nada? ─la miró con extrañeza y se acercó a la cocina donde puso una tartera que estaba en la mesa─. Si parece que has visto un fantasma. ¡Nada! Explícate, mujer. A veces es bueno desahogarse y creo que tú lo necesitas ─le dijo sin mirarla, pues estaba centrada en la tarea de cocinar.
─Me gustaría ir al pueblo para hablar con alguien.
─Pídeselo al señor, seguro que te deja. La verdad es que no entiendo por qué no disfrutas de tu día libre. Cierto es que aquí ninguno de nosotros conocemos a nadie pero es bueno salir, Mirta. Te lo digo yo que ya soy vieja y veo que te estás marchitando entre estas paredes. Ve junto al señor y pídele que te deje unas horas libre. Es un buen hombre y no pondrá objeción ─la miró.
Mirta dudó. No quería decirle a su señor a dónde tenía pensado ir pero no podía posponer su visita al señor Hugo. Así que, se armó de valor, y fue al jardín, donde sabía que encontraría al señor y a la señorita Aldara.
Los encontró junto a una fuente pequeña de piedra, sentados en un banco de hierro. Conversaban y reían ajenos a cualquier preocupación. Vieron acercarse a Mirta y esperaron a que estuviera a su altura.
─¿Qué deseas? ─le preguntó Gael.
─Señor, quería pedirle permiso para ir al pueblo ─habló con timidez, sin bajar la cabeza.
─Está bien. Pide a Marco que te acerque en el coche.
─¡No es necesario, señor! Puedo ir andando.
─La caminata es larga y el cielo se está cubriendo de nubes. Insisto en que te lleve Marco y espere por ti ─dijo Gael, poniéndose en pie.
─Gracias, señor.
Mirta se dio la vuelta y apuró el paso. Aldara se levantó y cogió a Gael de la mano.
─Es una mujer extraña ─comentó.
─Ella sabe que somos vampiros y nos teme ─explicó Gael.
─¿Por qué?
─Lo normal es que los humanos no crean en vampiros pero, aun así, nos temen. Y Mirta escuchó una conversación que la llevó a formar una opinión no muy acertada de nosotros. Reconozco que nunca la desmentí. Ahora que nos vamos a ir, ella también podrá seguir su camino.
Empezaron a caer unas gotas de agua. Miraron al cielo y se apresuraron para entrar en el palacio.

#46

Mirta se bajó del coche en la plaza del pueblo y se aseguró de que Marco no la viera entrar en la posada. Preguntó por el señor Castillo y le dijeron que se encontraba en su habitación, así que subió al primer piso y llamó a la puerta.
Hugo miró sorprendido a la doncella y le permitió entrar en la habitación. Le acercó una silla para que se sentara y él se sentó en la cama.
─¿Cómo se encuentra la señorita Aldara? ─preguntó.
─Está bien. Tiene que saber algo… Mis señores quieren irse de aquí. Y llevarán a la señorita Aldara con ellos.
─No me sorprende que se quiera ir. Ya saben quién soy y que los estoy buscando ─se levantó─. ¡Pero debemos evitar que se lleven a Aldara!
─Aldara está enamorada de don Gael. Jamás entrará en razón ─dijo Mirta─. Deje que se marchen y váyase usted también.
─¡No puedo hacer eso! ¡No puedo permitir que esos monstruos retengan a Aldara!
─Le digo que ella está con ellos por deseo propio. Nadie la obliga ─insistió Mirta.
─Usted no lo entiende ─Hugo la miró desesperado─. No sabe de lo que son capaces los vampiros. Manipulan a sus víctimas. Las someten a su voluntad como si las hipnotizaran. Aldara no actúa con libertad, se lo aseguro.
─A mí nunca me han hipnotizado.
─¿Va a defenderlos? ─preguntó perplejo─. Usted quería que la sacara de ese lugar. ¡Les tiene miedo! Ellos han sabido manipularla para que no se aleje de la casa.
Mirta guardó silencio. Hugo tenía razón. Gael y Xiana la habían atemorizado tanto que se sometió a la decisión de ellos y no encontró el valor para huir. Sin embargo, también admitía que podía hacerlo ahora. Nada le impedía irse del pueblo y, lo cierto era que se lo estaba planteando. No había ninguna razón para regresar al palacio. Se levantó y se asomó a la ventana. Hugo la miró extrañado.
─Entonces, ¿usted se queda aquí? ─le preguntó.
─Tengo que hacer todo lo posible para evitar que huyan y acabar con ellos ─afirmó Hugo.
─Yo me voy. No regresaré a ese lugar.
─Hace bien en tomar esa decisión. Váyase bien lejos. ¿Necesita dinero? Puedo ayudarla.
─La verdad es que no traje nada conmigo.
Hugo cogió su bolsa de viaje que estaba en el fondo del armario y buscó algo en el interior. Sacó una bolsa más pequeña donde guardaba dinero.
─Tenga ─entregó unos billetes a Mirta.
─No puedo aceptar tanto.
─Por favor, insisto. Puede pagar a alguien del pueblo para que la lleve hasta la ciudad. Luego, allí… seguro que encontrará oportunidades para salir adelante.
Mirta dudó pero, finalmente, aceptó el dinero.
─Y usted, ¿qué hará? ─preguntó.
─Me quedo aquí. Recibí un telegrama de un amigo en el que me dice que llegará aquí dentro de dos días pero, si tengo que hacer antes algo para evitar que los vampiros se vayan llevándose a la señorita Aldara, lo haré, sin dudar.
─¡Cuídese!
Se dieron la mano y Mirta salió de la habitación. Bajó las escaleras y salió al exterior.

#47

Mirta caminó por la calle sin poder evitar que la gente se fijara en ella por sus ropas oscuras. No sabía bien a dónde dirigirse y caminó sin rumbo hasta llegar a la iglesia. Se detuvo y se santiguó. Entró en la capilla y se arrodilló ante un reclinatorio, bajo la atenta mirada de unas mujeres mayores que estaban allí.
─¡Oh Dios mío! ─exclamó tras un rato en el que su sufrimiento interno no la dejaba pensar con claridad─. No sé qué hacer ─añadió.
Empezó a rezar una oración tras otra. Su mortificación era tan evidente en su rostro, contraído, sudoroso, que llamó la atención del padre Miguel cuando entró en la capilla. Se acercó a ella y se sentó en un banco, a su lado.
─¿Tan graves son sus pecados, hija?
Mirta se sobresaltó. Miró al sacerdote y negó con la cabeza. Tenía las manos entrelazadas y las apretó con tanta fuerza hasta enrojecer los dedos y blanquear los nudillos.
─Pues hay algo que la mortifica. Quizás quiera confesarse.
Mirta dudó pero, finalmente, aceptó la propuesta del sacerdote y entró en el confesionario.
─Dime hija, ¿qué atormenta tu alma?
Mirta necesitaba desahogarse, así que, a pesar de esperar que el sacerdote no la creyera, decidió contar todo lo que había visto, oído y vivido en el palacio de los Cisnes.
Cuando terminó la confesión se dio cuenta de algo que se había negado a sí misma hasta este momento. Admiraba a Gael hasta la devoción. Aunque sus sentimientos eran confusos, empezaba a creer que estaba enamorada de él y por eso nunca se había ido del palacio.
Entonces supo que había cometido un grave error al confesarse. Aunque el padre Miguel no podía desvelar su revelación, sí podía buscar la manera de unirse a Hugo para atacar a los hermanos de Ramírez. Tenía que evitarlo. Antes de salir de la iglesia dejó el dinero, que le había entregado el señor Hugo, en un cepillo. Corrió hasta el carruaje. Marco la esperaba pacientemente sentado en el pescante.
─¡Tenemos que llegar cuanto antes al palacio! ─le pidió.
─¡Usted siempre con prisas, señorita! ─rió Marco.
─Es cuestión de vida o muerte que lleguemos pronto allí ─insistió Mirta.
Marco la miró extrañado. Desde luego que iban a regresar al palacio pero no entendía a qué venían esas prisas.

El padre Miguel se quitó la estola que utilizaba para confesar, la dobló y la guardó en un bolsillo de la sotana. Las señoras que estaban en la capilla, hasta ahora rezando, se acercaron a él con intención de rezar.
─Ahora no puedo atenderlas. Tengo un asunto urgente que atender.
─¿Es que ha fallecido alguien, padre? ─preguntó una de ellas, santiguándose.
─Mis deberes con el rebaño no consisten solo en atender a moribundos, hijas ─dijo el sacerdote y salió de la capilla.
Lo que le había dicho la criada de los señores del palacio era realmente extraño y grave, además, ratificaba las palabras del señor Hugo. No sabía si tomárselo en serio o pensar en que se hubieran puesto de acuerdo para obligarlo, de alguna manera, a tomar parte en la absurda teoría que mantenía el profesor de que los hermanos de Ramírez eran vampiros.
Decidió pensar con sensatez y no dejarse llevar por temores infundados. Enviaría un telegrama a un viejo amigo, canónigo de una importante colegiata. Un hombre erudito en diversos temas. Estaba seguro de que le podía ayudar a entender lo que estaba sucediendo en su humilde parroquia.

#48

A la doncella se le hizo demasiado largo el camino de regreso al palacio. Cuando entró se encontró con la cocinera que, para su sorpresa, no estaba faenando en la cocina. En sus brazos cargaba unos vestidos de la señorita Xiana.
─¡Por fin llegas, muchacha! ─exclamó la señora Telma.
─¿Qué está haciendo? ─preguntó Mirta.
─Lo que deberías hacer tú. Los señores se van de viaje y necesitan ayuda para preparar el equipaje. Así que, muévete y ven a ayudarme ─dijo mientras subía las escaleras.
─¿Dónde está el señor Gael? ─preguntó Mirta.
─Si no ha salido, está en su despacho. Pero ¿para qué quieres saberlo? ¡Cámbiate de ropas y sube a ayudarme!
La doncella no le hizo caso y apuró los pasos hasta el despacho de su señor. Llamó a la puerta y esperó a que le dieran permiso para entrar.
─¡Adelante! ─oyó la voz que procedía del interior y abrió la puerta.
Gael guardaba unos documentos en una carpeta. Miró de soslayo a la doncella y, sin dejar de hacer su tarea, le preguntó qué deseaba.
─Señor, tengo que decirle algo importante ─empezó a hablar. Gael la miró y asintió con la cabeza para animarla a que continuara─. Me temo que usted y la señoritas están en peligro.
Gael dejó de guardar documentos. Exhaló aire con calma y centró su atención en la doncella.
─¿De qué me estás hablando? ─preguntó.
─He ido a hablar con el señor Hugo Castillo. El profesor.
─Sé quién es ese imbécil.
─Él… Bueno, él…
─Mirta, habla ya o acabarás con mi paciencia ─le ordenó intentando mantener la calma.
─Señor, él cree que la señorita Aldara está aquí en contra de su voluntad y quiere rescatarla y hacer daño a usted y a su hermana.
─¿Con hacer daño te refieres a matarnos? Lo sé, Mirta ─dijo antes de que ella pudiera responder─. Conozco bien las intenciones de ese hombre. Por eso he tomado la decisión de irme de aquí. No es por cobardía, sino para evitar un encuentro que pueda terminar en tragedia. Debo proteger a mi hermana y a la señorita Aldara por encima de todo. Pero, dime… ¿Qué relación hay entre tú y el señor Hugo?
─¡Nada! ─se apresuró a decir─. Al principio creí que me ayudaría a llegar a la ciudad pero ahora ya no quiero irme. ¿Me llevará con usted, señor? ─preguntó con firmeza mirándole a los ojos por primera vez en mucho tiempo.
Gael enarcó una ceja y observó el cambio que mostraba la doncella. Se la veía más segura de sí misma, aunque todavía se retorcía las manos, nerviosa.
─Creí que deseabas alejarte de este lugar. Incluso iba a darte dinero para que pudieras instalarte donde quisieras y no tuvieras que preocuparte mucho por tu futuro ─ante la sorpresa de ella, Gael quiso puntualizar su decisión─. No lo haría con intención de comprar tu silencio, Mirta. Sino para agradecer tus servicios.
─No quiero irme, señor. No tengo a dónde ir. No tengo familia, ni amigos. Si no le importa, me gustaría ir con ustedes.
─Iremos al extranjero. Y no sé si regresaremos algún día.
─No me importa.
─Está bien. Si insistes… Ve a ayudar a las señoritas con el equipaje.
─Gracias, señor ─dijo y mostró una sonrisa maravillosa que sorprendió a Gael.
Mirta salió del despacho y subió las escaleras corriendo, sin dejar de sonreír. Gael se quedó pensativo un rato antes de seguir guardando los documentos que quería llevar consigo.
No había percibido nada en la doncella que pudiera suponer un peligro. Al contrario, la sintió sincera y más segura que nunca de su decisión. Estaba seguro de que Mirta había confiado en que fuera su salvador pero, por algún motivo, había cambiado de opinión. Confiaba en no equivocarse dejándola ir con ellos.

Hiarbas
Rango10 Nivel 45
hace 7 días

Bueno ya me puse al día, va muy bien la historia, con el puntito del malvado Hugo que me tiene en ascuas con sus artimañas. Espero la continuación.


#49

El padre Miguel esperó pacientemente a recibir respuesta a su telegrama. Sabía que el canónigo, ante la gravedad de la situación, le escribiría ese mismo día.
En vez de regresar a la iglesia, entró en la taberna y pidió una cerveza. Los hombres que se congregaban en el local lo saludaron y le ofrecieron asiento.
En otro lugar del pueblo, Hugo insistía ante los agentes de justicia que debían ir de inmediato al palacio de los Cisnes para rescatar a la señorita Aldara, a quien aseguraba, habían secuestrado los hermanos de Ramírez.
Los agentes se negaban a hacerle caso pero, ante su insistencia y tras enseñar varias credenciales que demostraban su lucidez y los buenos contactos que tenía en la sociedad, decidieron ir al palacio.
Había empezado a llover con insistencia y no se veía a nadie fuera del lugar. Los dos agentes, ataviados con capas que cubrían incluso los sombreros, hicieron sonar la aldaba de la puerta.
Mirta, que se encontraba cubriendo los muebles con sábanas, se apresuró a abrir la puerta.
─Buscamos al señor de Ramírez ─dijo uno de los hombres.
─Por favor, pasen ─los hombres entraron en el vestíbulo─. Esperen un momento ─. Pidió y se apresuró a ir a la biblioteca, donde estaban los señores reunidos.
Gael y las señoritas mantenían una conversación distendida. Parecía que todo era normal y no entraba en sus planes irse de allí nunca.
─Señor, han venido dos agentes que desean hablar con usted.
Gael enarcó una ceja, sorprendido.
─¿Agentes de la ley? ─preguntó extrañada Xiana─. ¿Qué querrán?
─Será mejor que vaya a averiguarlo ─dijo Gael, levantándose. Salió de la habitación, seguido por la doncella.
Los agentes, que contemplaban admirados la decoración del palacio, se pusieron firmes cuando llegó Gael junto a ellos.
─Buenas tardes, agentes. ¿En qué puedo ayudarles?
─Buenas tardes, señor de Ramírez. Nos han alertado de un asunto que, la verdad, nos negamos a creer, pero es nuestra obligación comprobar que todo está bien ─respondió uno de ellos.
─¿Y cuál es ese asunto? ─preguntó molesto, Gael.
─Un hombre, llamado Hugo Castillo, asegura que retienen a una señorita de nombre Aldara.
Gael entrecerró los ojos. Hugo, con su estúpida osadía conseguiría enfurecerlo. Intentó mostrarse calmado.
─Eso es una auténtica estupidez y pueden comprobarlo por ustedes mismos.
─Si es posible nos gustaría ver a la señorita Aldara y hablar con ella.
─Por favor, síganme. Estábamos reunidos en el salón, tomando un café. Tal vez ustedes quieran tomar algo.
─No, gracias. No pretendemos molestar más de lo imprescindible.
Entraron en el salón y las mujeres los miraron con curiosidad. Gael se adelantó a ellos.
─Agentes, les presento a mi hermana, la señorita Xiana y a mi novia, la señorita Aldara.
Aldara se sonrojó de satisfacción cuando oyó que Gael la llamaba “novia”. Se acercó a ella y le sonrió.
─Aldara, estos agentes quieren saber si te tengo secuestrada en el palacio.
La joven los miró perpleja y se rió.
─¿Cómo creen eso?
─Nuestro viejo amigo, el señor Hugo Castillo, insiste en hacer suposiciones fantasiosas ─comentó Gael.
─¿Usted se encuentra bien, señorita? ─preguntó el agente a la joven.
─¡Sí, por supuesto que sí!
─Puede hablar con libertad ─dijo el otro agente que, hasta ahora, se había mantenido callado.
─No tengo necesidad de mentir. Me encuentro bien ─se levantó y cogió a Gael por un brazo─. Como ha dicho el señor Gael, tenemos una relación y estoy aquí por mi propia decisión.
─¿Por qué creen que el señor Castillo nos ha mentido? ─preguntó el mismo agente.
─El señor Castillo era el profesor de música de la señorita Aldara ─empezó a explicar Gael─, y se enamoró de ella. Ante su comportamiento poco ético, me vi en la obligación de despedirlo. Supongo que me guarda algún tipo de rencor.
─Eso lo explica todo ─comentó el primer agente─. Lamentamos mucho las molestias, don Gael. Si nos disculpan, nos vamos. Que disfruten de la tarde.
─Gracias. Igualmente. Los acompaño hasta la entrada ─se ofreció.
Cuando hubieron salido del salón, Xiana se levantó, airada. Caminó hasta la puerta y vio marchar a los agente y regresar a su hermano.
─¡Ese hombre es un auténtico incordio! ─exclamó.
─Tranquila, hermana. Pronto nos iremos de aquí y no tendremos que aguantarlo más.
─¡Ha metido a la justicia en esto! ¡Primero el cura, ahora los agentes! ¿Qué más nos queda por aguantar!
─¡Tranquila! ─repitió Gael con autoridad─. No nos pueden hacer ningún daño. El cura no cree en Hugo. Y los agentes no tienen razón ninguna para actuar contra nosotros.
─A mí me asusta de lo que es capaz ese hombre ─dijo Aldara, preocupada.
─No debes preocuparte. No nos pasará nada ─se acercó a ella y le acarició una mejilla.

#50

Anochecía cuando un muchacho corrió a la taberna para buscar al sacerdote y hacerle entrega de un telegrama.
Don Miguel le dio una propina recordándole que lo quería ver el próximo domingo en misa, y leyó el mensaje.
Se levantó de la silla casi de un salto ante la mirada perpleja de los demás, y salió corriendo hacia la iglesia, obligando a los demás transeúntes que se apartaran si no querían ser embestidos por él.
Entró en la sacristía y se dejó caer en la silla, detrás del escritorio. Volvió a leer el telegrama para comprobar que no se había equivocado.
“Los vampiros existen”. Leyó. Poco le importaba a don Miguel que el canónigo le recordase que los vampiros y los humanos habían firmado un tratado de paz. La única frase que repetía su mente era ésa, tan breve e impactante.
Era posible que existiese ese tratado pero ¿qué podía hacer él como sacerdote si en su parroquia vivía una familia de vampiros? ¿Debía tratarlos con normalidad? ¿Era su obligación comunicárselo a las autoridades? ¿Sería más aconsejable hacer caso al señor Hugo y exterminarlos? Todas las preguntas que se agolpaban en su mente solo conseguían levantarle dolor de cabeza. El canónigo, en el telegrama, decía bien claro que tenía que dejar en paz a los vampiros, pero el señor Hugo insistía en que éstos eran peligrosos.
Sintió hambre. Siempre le pasaba igual ante los problemas. Así que guardó el telegrama y fue a la cocina donde la sirvienta le dejó preparado un guiso. Se sirvió un poco en un plato. Un poco de vino y pan como acompañamiento y cenó sin dejar de pensar en el problema.
No podía dejar de pensar en don Gael y la señorita Xiana. Ahora entendía por qué no asistían a misa. Podían comportarse con toda la normalidad que quisieran pero, era evidente, que no eran cristianos.
Tras la cena, dejó los utensilios en una tina y pensó qué debía hacer. Se asomó a la ventana. Le gustaría ir a hablar con don Gael, pero llovía tanto que no le apetecía salir.
Le llamó la atención la aparición de un carruaje en el camino que tenía acceso a la ciudad. No era habitual que a esas horas llegase algún forastero al pueblo. Se rascó la cabeza. Pensó que era mejor curiosear un poco y, tal vez, ir al palacio de los Cisnes, aunque no eran las horas más adecuadas para hacer una visita. Antes de salir de la casa parroquial se aseguró de llevar consigo el crucifijo más grande que tenía.

Un hombre alto, delgado, de cabellos oscuros y rasgos marcados, entró en la posada y preguntó por don Hugo Castillo. No necesitó que le respondieran. Una voz que lo llamó lo hizo volverse.
─¡Claudio! Estoy aquí ─Hugo se acercó a su amigo y se abrazaron─. Creí que vendrías más tarde.
─He podido adelantar el viaje. La verdad es que tus mensajes me han alertado bastante, no solo por saber que los hermanos se encuentran aquí, sino porque tienen a una joven retenida.
Se sentaron junto a una mesa y pidieron vino para beber y algo de comer. Claudio dejó las ropas de abrigo sobre una silla.
─¿Has hablado con el sacerdote de aquí? ─preguntó.
─Sí, pero ha sido en vano. Y también solicité la ayuda de los agentes. Fueron al palacio pero no encontraron nada extraño. ¿En verdad esperaban que la señorita Aldara saliera de esa casa sin que la obliguen? ¡Ella vive sometida al vampiro! ─dijo Hugo.
─La gente no cree en vampiros y no es consciente del mal que pueden causar.
─Los agentes no saben que son vampiros ─comentó Hugo.
─Me imagino. Pero el cura sí lo sabe y no te creyó.
─¿Qué podemos hacer? ¡Se van a ir en cualquier momento! ¡No podemos permitir que se la lleven! ─exclamó impaciente.
─Calma, Hugo. Sabes que la templanza es una de nuestras mejores armas.
─Sí, lo siento. Admito que estos días me he dejado llevar por la desesperación.
─Esos hombres de ahí ─señaló a un grupo de cuatro hombres fornidos que se sentaron junto a una mesa y bebían en silencio─ son de los nuestros.

Claudio alquiló una habitación y, tras la cena, subieron a ella. Se cambió la camisa mientras Hugo explicaba cuanto había vivido en el palacio.
─¡Yo sé que no es amor, Claudio! ¡Esa muchacha ha sucumbido al embrujo del vampiro!
─Y ¿qué pasa contigo, Hugo?
─¿Conmigo? ¿Qué quieres decir? ─preguntó confuso.
─¿Te has enamorado de esa mujer?
─¿Yo? ¿Enamorado? ¡No! ─negó.
─¡Vamos, Hugo! Que nos conocemos hace tiempo. A mí no puedes engañarme.
─Está bien. Sí. Sí, lo admito. Me he enamorado de ella. Pero es que… Cuando la veas lo comprenderás. Es preciosa. Su voz es dulce. Canta como los ángeles. Y su rostro es tan dulce. La mirada tan azul…
─¡Ya es suficiente! ¡Detesto tanto romanticismo! ─exclamó con aversión─. No es bueno que te hayas enamorado, Hugo. Para luchar contra los vampiros se deben dejar a un lado los sentimientos. Tenemos que ser más fríos y calculadores que ellos.
─Lo sé…
La conversación fue interrumpida por los golpes de alguien que llamaba a la puerta. Los hombres se miraron extrañados.
Claudio abrió la puerta y vio a un sacerdote ante él, que llevaba un gran crucifijo dorado colgado del cuello.
─Soy el padre Miguel. ¿Se encuentra aquí el señor Hugo Castillo?
─Pase, padre ─dijo Claudio y se hizo a un lado para dejarle entrar.
El sacerdote entró y miró a los dos hombres. No le gustaba el cariz que estaba tomando la situación.
─Supongo que usted es uno de los compañeros cuya llegada esperaba el señor Castillo ─comentó.
─Sí, lo es ─asintió Hugo─. Es el señor Claudio ¿A qué ha venido padre?
─Tengo algo importante que decirle.
Claudio esbozó una sonrisa burlona que el sacerdote pasó por alto. Hugo le ofreció asiento pero prefirió seguir de pie.
─Después de la conversación que mantuvimos, decidió ponerme en contacto con un buen amigo. Se trata del canónigo que tiene amplios conocimientos en teología, antropología, y otras materias. También conoce bien las normas de la Iglesia. Me refiero a las que guardan con celo y no comunican a sus feligreses.
─Padre, por favor, vaya al grano ─pidió Claudio, impaciente.
─Está bien. Le puse en conocimiento lo que usted me había comentado sobre los hermanos de Ramírez ─miró a Hugo─. Y recibí su respuesta.
─Estoy por asegurar que no dice nada que nos importe ─comentó Claudio, mordaz.
─Ha dicho que los vampiros, efectivamente, existen. Pero la Iglesia se somete al tratado de paz que se firmó…
─¡Tonterías! ─interrumpió Claudio─. Padre, si no va ser útil en esta causa, le sugiero que se regrese a su iglesia y nos deje trabajar en paz.
─No pienso permitir que se masacre a una familia que es inocente, sea cual sea su naturaleza ─dijo el sacerdote, enérgico.
─Usted no puede impedir que hagamos justicia ─dijo Claudio.
─¿Justicia? ¿Le parece que es justicia exterminar a una familia?
─No estamos hablando de una familia de humanos, sino de vampiros.
─Que tienen secuestrada a una humana ─añadió Hugo.
─Eso de que tienen secuestrada a la señorita Aldara es un invento suyo, señor Hugo. Les aconsejo que se vayan del pueblo esta misma noche o, de lo contrario, me veré obligado a denunciarlos a las autoridades.
Los dos hombres se dieron cuenta de que era inútil intentar convencer al sacerdote de que su causa era justa y necesaria, así que guardaron silencio y dejaron que se fuera.
─¡Es inaudito que la iglesia no se ponga de nuestra parte! ─exclamó Hugo cuando el sacerdote se fue.
─Solo se mueven por intereses y éste no es uno de ellos, de momento. Pero eso no debe importarnos. Nosotros haremos nuestro trabajo. Prepárate, Hugo. Nos reuniremos con mis hombres e iremos a ese palacio esta noche.

Claudio y Hugo acordaron ir en el carruaje hasta la entrada de los dominios del palacio. Luego se adentrarían en éste a pie. Rodearían el lugar y entrarían por diferentes puertas o ventanas, haciendo el menor ruido posible. Tenían que rescatar a Aldara, dejar en paz a los criados, salvo que se interpusiesen en su camino, y matar a los hermanos de Ramírez. Llevaban consigo armas de fuego, espadas y puñales. Sabían que para acabar con un vampiro era imprescindible herirles en el corazón y cortarles la cabeza.

#51

Xiana no podía dormir. Amaba ese lugar pero no veía el momento de irse. Temía a Hugo. Hacía mucho tiempo que su hermano y ella habían tenido que enfrentarse a fanáticos como él. Siempre habían vencido. Sin embargo, ahora, ella no se sentía con fuerzas para enfrentarse a un, o varios, caza vampiros. Desde que habían dejado de cazar para alimentarse, sentía que sus fuerzas y su destreza habían mermado.
Se había sentado en una butaca, delante de la chimenea donde ardían varios leños, e intentaba concentrarse en la lectura. De vez en cuando, cerraba los ojos y se dejaba vencer por el sueño durante unos minutos.

Gael se encontraba en el despacho. Escribía algunas cartas con las indicaciones precisas de cómo hacerse cargo de los negocios y el palacio para entregar a su abogado, don Jacinto. La señora Telma se quedaría en el palacio para cuidarlo, así como el mozo, Marco, quien regresaría con el carruaje cuando ellos hubiesen zarpado hacia el continente americano. Solo llevarían a dos de los cuatro caballos que tenían. El abogado, don Jacinto, se encargaría de sus negocios y de que los criados cumpliesen con sus obligaciones. Todavía dudaba si debía llevar con ellos a Mirta, a pesar de las súplicas de la doncella.

Claudio ordenó que el grupo se dividiese en tres. Dos hombres vigilarían la entrada que daba al jardín, otro se encargaría de sacar a los caballos del cobertizo para que los vampiros no pudieran escapar con ellos. Y él, Hugo y otro hombre entrarían en el palacio por la puerta delantera.
Hugo, durante su estancia en el palacio, había tenido la oportunidad de conocer bien el lugar y sabía por dónde podían entrar sin ser escuchados. En el salón del piano había una ventana, cuya cerradura había forzado para que pudiera abrirse sin dificultad desde el exterior.
Llovía con fuerza pero lo agradecían por muy incómodo que fuera, pues el ruido de ésta amortiguaría el que pudiesen hacer ellos.

Gael lacró el último sobre y se recostó en el sillón. Cerró los ojos y se concentró en el ruido de la lluvia. Poco a poco fue entrando en un estado somnoliento.

Hugo se acercó a la ventana adyacente a la puerta principal y la abrió. Entraron en el salón y encendió las velas de un candelabro.
─Están arriba. Las habitaciones de los vampiros son la segunda y tercera estancia, en el lado derecho.
─¿Y dónde está la señorita Aldara? ─preguntó Claudio.
─Su dormitorio está al final del pasillo, a la izquierda… Si no ha decidido dormir en el dormitorio de Gael ─hizo una mueca de repulsa.

Gael abrió los ojos y escuchó atentamente. Estaba seguro de que había entrado alguien en el palacio. Apagó las velas y se acercó a la puerta. Bajó la manilla, despacio y se asomó al vestíbulo. Pudo oír voces que procedían del salón del piano y reconoció la voz de Hugo. Una ola de adrenalina recorrió su cuerpo, provocando que sus músculos se tensaran, enrojecieran los ojos y los labios se abrieron ligeramente para dejar ver los colmillos afilados.
─¡Maldito seas! ─susurró.
Fuera se oyó el relinchar de los caballos que eran obligados a alejarse. Gael sabía que eso no suponía ningún problema. Los animales estaban bien entrenados y compenetrados con él, solo tenía que pensar en ellos para que le obedecieran.
Vio venir a Marco y, con la rapidez característica de los de su raza, se apresuró a cogerlo y echarlo a un lado del pasillo, ocultándose tras una columna, le cubrió la boca para evitar que hiciera ruido. El mozo abrió los ojos como platos y su corazón dio un brinco.
─No hables, Marco. Hay intrusos en el palacio ─le quitó la mano de la boca.
─Pero escuché a los caballos, señor.
─Olvídate de los caballos. Ve arriba y avisa a mi hermana para que huya con Aldara. Luego coge un arma y ayúdame a acabar con estos desgraciados.
─¿Cuántos son, señor?
─Escuché dos voces pero seguro que son más. ¡Apresúrate!
─Sí, señor.
Marco salió del escondite y empezó a subir las escaleras en el momento en que los tres hombres que estaban en el salón salieron al vestíbulo. Claudio empuñó un arma y dio la orden para que se detuviera. El tercer hombre alumbraba la estancia con un candelabro.
Gael vio que había tres hombres, uno de ellos, como había esperado, era Hugo Castillo. Pero tenía que haber más afuera pues alguien se había encargado de espantar a los caballos. Salió del escondite para ayudar a que Marco siguiera subiendo las escaleras. El mozo se había quedado tieso y no sabía qué hacer.
─¿Era esto lo que buscaba, Hugo? ─preguntó─. ¿Atacarnos en medio de la noche? ¿Crees que la oscuridad os concede alguna ventaja?
Marco, aprovechando que su señor atraía la atención de los intrusos, siguió subiendo las escaleras pero Claudio lo volvió a llamar.
─¡Detente o disparo! ─gritó.
Gael levantó la mano y concentró su energía en el arma de Claudio. El hombre sintió que le fallaban las fuerzas y disparó antes de que le cayese la pistola al suelo. La bala se incrustó en uno de los escalones. Marco se apresuró a subir al primer piso pero Xiana y Aldara, que habían escuchado las voces y el disparo, ya se asomaban.
─¡Aldara! ─la llamó Hugo cuando la vio─. ¡Ven conmigo! ─tendió su mano─. Debes alejarte de estos demonios.
─¿Qué está pasando? ─preguntó Aldara, asustada, mirando a Gael.
─Xiana, será mejor que os vayáis ─dijo Gael─. Olvidaos de mí.
Xiana dudó pero cogió a Aldara por la cintura y la obligó a retirarse. Corrieron hasta la habitación de Gael.
─¡No permitiré que se la lleve! ─gritó Hugo a Gael.
─Ella se viene conmigo por decisión propia ─dijo Gael─. Les concedo la oportunidad de irse de mi casa ─añadió, con una voz amenazante, mirando con firmeza a los tres hombres.
─Me temo que no está en condiciones de exigir nada ─dijo Claudio─. Somos más y, como ha visto, estamos armados.
─Usted también ha visto que sus armas no son muy efectivas.
─Tenemos otras ─desenvainó una espada.
El tercer hombre dejó el candelabro sobre una mesa y sacó un puñal. Hugo también desenvainó una espada.
Gael sabía que los hombres intentarían herirlo para debilitarlo y cortarle la cabeza. No se asustó. Su única preocupación era que su hermana y Aldara se pusieran a salvo.

#52

Xiana movió un adorno que había sobre la chimenea y se abrió una puerta al lado de ésta. Cogió una vela y pasaron al otro lado y la puerta se cerró tras ellas.
Bajaron unas escaleras de piedra y recorrieron un túnel que comunicaba el palacio con las caballerizas.
Marco permanecía en lo alto de las escaleras sin saber qué hacer. Quería ayudar a su señor pero no tenía armas y no era lo suficientemente fuerte para enfrentarse a los intrusos. Armándose de valor, empezó a bajar las escaleras.
─¡Estate quieto! ─insistió Claudio.
El tercer hombre, a una señal de Hugo, se abalanzó contra Gael con la intención de clavarle el puñal. Pero Gael fue más rápido y se hizo a un lado. Cogió al hombre por un brazo y lo tiró contra la pared con tanta fuerza que el hombre se golpeó la cabeza y perdió el sentido.
Entonces Claudio recogió la pistola y disparó a Marco, quien bajaba las escaleras para reunirse con Gael. Le dio en una pierna y el mozo se cayó rodando los últimos escalones, emitiendo un fuerte quejido.
─¡Aaah! ¡Me han herido, señor! ¡Me han herido! ─gritaba.
Gael no podía ayudarlo en ese momento. Claudio y Hugo se abalanzaron sobre él empuñando las espadas.
De un ágil salto se abalanzó por encima de la balaustrada para situarse en las escaleras. Entonces bajó para coger a Marco y lo ayudó a subir al primer piso cargando con él como si no pesara nada.
Hugo y Claudio subieron corriendo detrás de ellos pero no eran tan rápidos como Gael.
Los hombres que estaban en la parte de atrás del palacio, oyeron el disparo y se miraron confusos. Los nervios y la impaciencia se adueñaron de ellos y uno decidió acceder al interior. Golpeó con fuerza la puerta con el pie y la abrió. Corrió por el pasillo.
Mirta y la señora Telma salieron de sus habitaciones y gritaron asustadas al ver la hombre.
─¡Enciérrense si no quieren morir! ─dijo el hombre.
─Será mejor hacer lo que nos dice ─sugirió la señora Telma.
─¡Pero es posible que los señores necesiten ayuda! ─dijo la doncella.
─¿Y qué podemos hacer nosotras para ayudar? ─sollozó.
Mirta no supo qué responder pero sentía la necesidad de hacer algo.
─Quédese en la habitación y cierre con llave. Yo iré a comprobar cómo están las cosas.
─Pero ¿te has vuelto loca, chiquilla? ¡Mira! ─señaló al exterior─. Allí hay otro hombre. ¡Dios mío, nos van a matar!
─Tengo que saber cómo están los señores ─dijo Mirta y salió corriendo.
La señora Telma quiso llamarla pero prefirió callar para no llamar la atención del hombre que estaba fuera. Entró en su dormitorio y cerró la puerta con llave.

#53

Mirta llegó al vestíbulo y vio sangre que venía desde las escaleras. Miró hacia arriba y empezó a subir despacio. El hombre que había entrado por detrás ya estaba arriba.
Gael y Marco se refugiaron en la habitación del primero. Dejó al mozo en la cama, le acercó un cordón de las cortinas para que pudiera hacer un torniquete y abrió la puerta que llevaba al pasadizo.
─¿Me va a dejar aquí, señor?
Se asomó para escuchar si su hermana y Aldara ya habían llegado al final. Todavía pudo oír sus últimos pasos. Volvió a cerrar la puerta y miró a Marco.
─Te quedarás aquí. No te harán nada si no te mueves.
─Y usted, ¿qué va a hacer, señor?
Gael no respondió. Salió al pasillo y se encontró de frente con Claudio. Hugo lo seguía. Esquivó una estocada que le quiso dar con tanto ímpetu que, al fallar, le venció el cuerpo. Gael lo empujó de un puntapié y lo tiró al suelo. La espada salió disparada varios metros.
Hugo quiso hacer lo mismo que Claudio pero Gael lo esquivó con rapidez. La espada se clavó en un mueble que había en el pasillo y Gael lo cogió por el cuello levantándolo del suelo unos centímetros. Hugo luchaba por soltarse y respirar.
─¡Eres un mierdas que no sabe dónde se ha metido! ─susurró Gael y apretó más fuerte.
El hombre que venía del jardín, viendo la escena, corrió a ayudar a Hugo y clavó un puñal en el costado a Gael. Se quejó pero consiguió arrojar a Hugo contra él.
Hugo cayó sobre el hombre y terminaron en el suelo. Tosió violentamente e intentó levantarse.
Claudio se había levantado y recuperó la espada, pero sacó el arma y disparó a Gael. La bala le atravesó el brazo izquierdo.
Mirta echó a correr hacia su señor.
─¡Basta! ─gritó─. ¡Basta! ─se puso ante él para protegerlo.
Los hombres la miraron perplejos. Claudio se adelantó a ellos y apuntó nuevamente con el arma.
─¡Aparta, mujer, o juro que te mato! ─dijo amenazante.
Mirta no se amilanó. Miró con decisión a Claudio en su empeño de defender a su señor.
─Mirta, aléjate ─le pidió Gael─. Estos hombres no se andan con bromas.
─No pienso permitir que lo maten, señor.
─No lo harán, créeme. Solo hago tiempo para que mi hermana y Aldara puedan irse bien lejos.
Hugo miró contrariado a Gael. Hasta ese momento, pensando en matarlo, se había olvidado de Aldara. Corrió a abrir la puerta de la habitación donde dormía el vampiro y se encontró con Marco. Entonces buscó en las otras habitaciones pero no estaban ni Aldara, ni Xiana. Gael sonrió complacido.

#54

Xiana y Aldara abrieron la última puerta y subieron unas escaleras que daban a una trampilla. Haciendo uso de su fuerza, levantó la trampilla y accedieron al cobertizo. Ya no estaban los caballos, así que tenían que huir andando.
─Iremos por el monte ─dijo Xiana.
─Pero, ¿a dónde?
─Al pueblo. Luego ya veremos qué hacemos.
─¿Vamos a dejar a Gael solo?
─Sabrá cuidarse.
─¿Es que no has visto que Hugo no venía solo? ¡Lo van a matar! ─sollozó, desesperada.
─¡Escucha, Aldara! ─se acercó a ella y la cogió por los hombros─. Ahora solo debemos pensar en salir de aquí.
─A mí no me harán nada. Puedo hablar con ellos y pedirles que os dejen marchar.
─¿Es que no lo entiendes? ¡Han venido a matarnos a mí y a mi hermano! No importa si tú te vas con ellos.
Cogió a la joven de una mano y salieron del cobertizo. Entonces se encontraron con un hombre que las apuntaba con un arma. Se detuvieron en seco y lo miraron asustadas.
─¿Cuál de las dos es la señorita Aldara? ─preguntó el hombre.
─Es ella ─señaló Xiana─. Por favor, no le haga daño.
─No es mi intención hacerle daño a ella…, sino a usted.
Levantó el arma y disparó acertando cerca del corazón de Xiana. Aldara gritó horrorizada y se agachó para ayudar a su amiga que yacía en el suelo, inconsciente. Las ropas se empaparon en sangre.
─¡La ha matado! ¡La ha matado! ─sollozó.
─Esa era la idea ─sonrió el hombre y se acercó a Aldara. La cogió de un brazo y la obligó a ir con él. Miró a Xiana y le dio un puntapié─. No creo que se mueva. Luego la remataremos ─añadió.
Aldara quiso zafarse pero él tiró de ella con violencia y la llevó hasta el castillo.

Gael sintió el dolor de su hermana y se enfureció más. Cogió a Mirta de la mano y la hizo bajar con él las escaleras lo más rápido que ella podía sin caer.
─¡Regresa a tu habitación y enciérrate! ─le ordenó.
─Pero, yo quiero ir con usted.
─Ahora solo me estorbarías y podrían matarte sin motivo. ¡Haz como te digo!
Mirta no tuvo tiempo de reaccionar. En ese momento abrían la puerta de un puntapié y entraba otro hombre con Aldara. En la cima de las escaleras aparecieron Hugo, Claudio y el tercer hombre.
─Parece que la suerte se les ha acabado ─comentó Claudio con regocijo.
El hombre que sujetaba a Aldara empuñó el arma apuntándole a la cabeza. Gael se hizo a un lado para que no pudieran atacarle desde arriba y Mirta se puso delante de Gael para evitar que le hicieran daño.
─Será mejor que te vayas, Mirta.
Mirta obedeció. Se alejó de Gael pero, en vez de ir a su habitación, entró en la biblioteca. Sabía que allí se guardaban armas antiguas que habían pertenecido a algún antepasado de su señor.

#55

Gael intentó pensar en qué acción debía llevar a cabo para no dañar a Aldara y vencer a los contrincantes. En las escaleras estaban tres hombres y delante, apuntando a Aldara, otro. Desde arriba, no podían verle, así que, si querían atacarle tenían que bajar y eso era una ventaja para él porque podía defenderse contra ellos, pero el hombre que estaba junto a la puerta, podía dispararle con facilidad o herir a Aldara.
─¡Por favor, Gael, vete! ─pidió ella─. ¡A mí no me harán nada! Ya han matado a Xiana, no quiero que tú también mueras ─sollozó.
Gael sabía que su hermana estaba malherida pero no había muerto. Podía sentirlo.
─Te prometo que nos reencontraremos en algún lugar ─dijo Aldara.
Gael pensó que quizás Aldara tenía razón. Podía entrar en el salón y salir por la ventana que ya estaba abierta, coger a su hermana y huir. Pero sentía que actuar así era una cobardía, así que dudó. Y en esos segundos que se hicieron eternos, sucedieron dos cosas inesperadas.
Marco se acercó a las escaleras. Le dolía la pierna pero, con el torniquete hecho, podía caminar despacio. Llevaba consigo un atizador de la chimenea y propinó un golpe al hombre que tenía más cerca. Rodó por las escaleras y rompió el cuello.
Claudio se volvió y le disparó nuevamente acertando en el pecho. La violencia del golpe de la bala hizo que Marco saliera disparado hacia atrás y se golpeó la cabeza contra la pared. Perdió el sentido.
Aprovechando esos minutos de confusión, Gael se abalanzó con gran rapidez y agilidad, sobre el hombre que tenía a Aldara. Le partió el cuello con un solo movimiento y liberó a la joven.
─¡Huye! ─le ordenó.
Aldara salió corriendo de la casa. Claudio quiso disparar contra Gael pero Hugo se lo impidió.
─¡Podrías herir a ella! ─gritó.
─¡Y qué carajo importa! ─gritó a su vez Claudio─. ¡Hay que acabar con los vampiros!
Mirta regresó al vestíbulo y apunto hacia los dos hombres. No estaba segura de haber cargado bien el arma pero disparó a Hugo. A su vez, Claudio le disparó a ella y le dio en la cabeza, provocándole la muerte en el acto.
Hugo se dobló sobre sí mismo. La bala le había alcanzado en el estómago. Se sentó en las escaleras. Tenía dificultad para respirar. Gael se abalanzó contra Claudio y lo estrelló contra la pared. Le abrió la garganta de un mordisco. Hugo quiso atacarle pero no le respondieron las fuerzas. Gael, con calma, se acercó a él y se agachó a su lado.
─¡Pobre imbécil! ─le dijo─. Has arruinado la vida de seres inocentes por un simple calentón.
─No ─negó Hugo con las pocas fuerzas que le quedaban─. Mi intención… era matarte… a ti… a tu hermana… Me alegra saber… que ella está muerta.
─Mi hermana no está muerta, cretino. Y saldrá de ésta.
Gael se inclinó sobre él y lo mordió en el cuello para darle muerte. La última expresión de Hugo fue de asombro al conocer que no había tenido éxito en su misión.

#56

Aldara no sabía hacia dónde ir. Estaba muy asustada y confusa, así que regresó junto a Xiana y se arrodilló junto a ella. Comprobó que no estaba muerta pero sí muy débil. Quiso llevarla al cobertizo para protegerla de la lluvia pero no tenía fuerzas suficientes.

Gael subió las escaleras y se acercó a Marco. El hombre estaba grave pero aún vivía. Luego bajó junto a Mirta. La doncella yacía muerta en el suelo. Fue a buscar a la señora Telma para que atendiera al mozo.
Antes de llegar a la habitación de la cocinera, vio al hombre que aguardaba en el jardín por sus compañeros. Corrió hacia él y, sin darle tiempo a que reaccionara, le partió el cuello.
La puerta del dormitorio de la señora Telma estaba cerrada. Gael llamó pero no le respondieron. Entonces abrió la puerta de un empujón. La cocinera corrió a refugiarse en una esquina de la habitación.
─¡No me haga daño, por favor! ─suplicó entre sollozos.
─Señora Telma, soy yo ─dijo Gael.
La mujer le miró y se levantó. Corrió hacia él y le cogió de las manos.
─¡Oh, Dios mío! ¡Cuánto me alegro de verle, señor! ¿Cómo están los demás? ¿Ha visto a Mirta?
─Mirta ha muerto. Quiero que vayas al primer piso y atiendas a Marco. Está herido. Yo voy a buscar a mi hermana y a la señorita Aldara.
Cuando llegó al vestíbulo vio que el hombre que había permanecido inconsciente empezaba a despertar. Le dio otro golpe y volvió a perder la consciencia.
Salió al exterior y olfateó en el aire. Supo que su hermana y Aldara estaban juntas, cerca del cobertizo. Corrió hacia allí.
Aldara, en medio de la confusión que provocaba la lluvia intensa, vio venir a alguien hacia ellas corriendo más rápido de lo normal. Supo que se trataba de Gael y lo llamó.
─¡Gael!
Se abrazaron y besaron. Gael examinó a su hermana y la cogió en brazos para llevarla a casa.
La señora Telma lloraba sentada en las escaleras. Gael supo que Marco había muerto. Subió a su hermana al dormitorio y la dejó en la cama.
─¿Qué hacemos ahora, señor? ─preguntó la señora Telma detrás de él.
─Hay que avisar a las autoridades. Pero ya me encargo yo. Prepare todo lo necesario para curar a mi hermana.
Rompió las ropas y dejó al descubierto la herida del pecho. Aldara echó agua en una palangana y cogió una toalla para limpiar la sangre.
─¿No es mejor avisar a un médico?
─No. Yo puedo encargarme. Vengo ahora ─dijo y salió de la habitación.
Gael entró en su dormitorio y se acercó a una de las mesas que estaban al lado de la cama. En uno de los cajones cogió una daga pequeña y regresó junto a su hermana.
La señora Telma ya se encontraba en la habitación. Traía vendas, agua caliente y linimento.
Gael extrajo la bala de la herida y procedió a limpiarla y vendar a su hermana. Luego dejó que las mujeres le cambiaran las ropas y la acomodaran.
Se aseó y se cambió las ropas. Salió al exterior y concentró su pensamiento en los caballos.
Los animales no se habían alejado mucho y regresaron juntos en poco tiempo. Gael ensilló el que siempre usaba para montar y se dirigió al pueblo.

#57

Las autoridades y el padre Miguel se hicieron cargo de la situación. El sacerdote supo qué había pasado en realidad, pero para los agentes, en el palacio se cometió un robo con trágicas consecuencias.
Los gritos que profería el hombre que había estado inconsciente diciendo que los hermanos eran vampiros no afectó en nada en la investigación.
─¿Cómo está su hermana? ─preguntó el sacerdote a Gael.
─Todavía no ha recuperado la consciencia.
─Tal vez debería verla un médico.
─No será necesario, gracias.
─Después de esta tragedia, ¿qué van a hacer? ¿Se van a ir del pueblo?
─¿Por qué debería irme de mi hogar? ─miró al sacerdote y éste asintió.
No le agradaba la idea de que en su parroquia vivieran vampiros pero tampoco podía evitarlo, así que decidió continuar como si nada hubiera sucedido y nada supiera.

Gael se sentó al lado de la cama y contempló el rostro de Xiana. Hacía dos días del disparo que recibió y seguía inconsciente. Había perdido mucha sangre y, si no recuperaba las fuerzas, sabía que tenía que ayudarla de alguna manera.
─Xiana, por favor… Tienes que despertar.
La respiración de Xiana era muy débil. Gael no podía permitir que su hermana se muriera. Tenía que alimentarla para ayudarla a recuperarse.
Sobre la mesilla todavía estaba la daga con que le había extraído la bala. Se arremangó la camisa y se hizo un corte en el brazo con ella. Acercó la herida sangrante a la boca de su hermana.
Al principio, Xiana no reaccionaba. Pero la sangre bajó por su garganta y empezó a llenar su estómago. En la respiración se hacía evidente como recuperaba las fuerzas. Abrió los ojos y se sujetó al brazo de Gael para beber con más ansia.
Aldara llegó a la habitación y se quedó paralizada al ver la escena. Era la primera vez que se hacía consciente de lo que era un vampiro. Salió de allí y se quedó en el pasillo. Gael la vio salir.
Xiana dejó de beber sangre y miró a su hermano. Sonrió agradecida. Él la besó en la frente. Limpió la boca de su hermana con un pañuelo y lo utilizó para vendar la herida.
Aldara estaba apoyada en la pared y miró horrorizada a Gael cuando lo vio salir.
─¿Por qué has hecho eso? ─le preguntó.
─Lo necesitaba o moriría ─dijo Gael.
─Pero, pudimos llamar a un médico para que le hiciera una transfusión ─hablaba con rapidez, presa del nerviosismo─. Ahora se puede donar sangre de una persona a otra. Lo vi una vez en el orfanato. No es necesario hacer esas aberraciones, Gael.
─Nosotros no somos humanos, Aldara. Somos vampiros. Nos curamos de otra manera diferente. Así, tal cual has visto ahora.
─No sé si me gusta esto.
─¿Qué pensabas que era un vampiro, Aldara? ─se acercó a ella.
─No lo sé. En verdad, no lo sé.
─Creo que tenías una imagen romántica, tal vez sacada de algún cuento.
─¿Os alimentabais así?
─De eso hace mucho tiempo.
─Pero, si dejasteis de hacerlo, ¿por qué no cambiáis otras costumbres?
─Hemos cambiado las costumbres que nos hacían monstruos ante los ojos de los humanos, pero no podemos cambiar todas. Aldara, lo que hice ahí dentro fue para salvar a mi hermana. Pero eso no cambia mi forma de ser. No me impide amarte.
─¿Qué futuro puedo tener a tu lado, Gael? No quieres que sea como tú. Eres casi inmortal y… ¿Y si decidiese tener hijos un día? ¿Tú me podrías dar hijos?
─Sí. Pero no serían como los niños humanos ─se miraron en silencio unos segundos─. ¿Qué vas a hacer, Aldara? ¿Vas a irte?
Aldara se abrazó a él y lloró en silencio. Tenía algunas dudas de que su decisión fuese la más acertada, quizás fuesen producto de los miedos infundados por la ignorancia. Sabía que siempre tendría que luchar con sus fantasmas pero no se dejaría vencer por ellos.
Sintió el calor que desprendía su cuerpo. Le miró y le besó en los labios. Gael respondió y le acarició los cabellos.
─Jamás te dejaré, Gael ─le dijo y se besaron.

FIN
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