Hiarbas
Rango10 Nivel 46 (4819 ptos) | Fichaje editorial
#1

Aurea caminaba ligera, tratando de acortar lo más posible el tiempo que tardaba en llegar a su casa. En el cielo violentos destellos, cargados de energía salvaje y mortal, se desprendían cada vez que las turbias mareas grises entrechocaban su fiereza tratando de demostrar quién era más poderosa. Los enormes buques que dibujaba la tormenta amenazaban con terminar de dar sus salvas luminosas, para empezar a descargar sus bodegas sobre la desierta ciudad.
Aurea se afanaba en no pensar cada vez que un relámpago quebraba el cielo, cada vez que un trueno estremecía sus oídos. Asustada, sus pasos casi la llevaban a correr, semiencogida, ante la posibilidad de que el aguacero la sorprendiese en aquella desierta calle sin ningún lugar donde refugiarse.

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#2

A tan solo tres calles de distancia, su hogar, la esperaba. Ahora se enfrentaba a esa desierta calle, ancha, larga y sin protección. Tras ella balcones y terrazas la ayudaron a no llegar muy mojada a su casa.
Fijo su mirada en el suelo y su cara dibujo un inconfundible gesto de desaprobación. Sombras grises, grandes círculos grises, comenzaron a dibujarse en el suelo de la acera cuando las grandes gotas se vertieron con violencia sobre ellas. Acelero el paso sintiendo como su cabello comenzaba a mojarse. Miro al frente y detuvo su acalorado paso. Frente a ella separados por la cortina de agua que incrementaba su fuerza por segundo, la inconfundible figura de Ramiro la esperaba al final de la calle.
─ ¿Qué haces tú aquí? ─ Chillo con fuerza para que el pudiera oírla entre el fragor de la tormenta. El silencio fue su respuesta.
Aurea se estaba empapando, no había salido de casa preparada para la lluvia. Aquellos meses de primavera eran imprevisibles y las tormentas llegaban traicioneras sorprendiéndote desprevenida sin poder evitar acabar empapada hasta los huesos. Ella lo sabía pero tenía la mala costumbre de ignorar los avisos que cada mañana hacían los locutores de la radio, para ella siempre fallaban, menos cuando acertaban y entonces simplemente maldecía su imprudencia.
Avanzo hasta enfrentar la mirada vacía de los ojos de Ramiro.
─ ¿Qué haces tú aquí? Se suponía que me tenías que esperar en casa con la cena puesta.
Ramiro no la miraba, seguía con sus ojos clavados en un punto perdido de la calle. Estaba quieto, muy quieto, mojado, chorreando agua por todo su cuerpo, como si fuera incapaz de absorber, su ropa, ni una gota más.
Aurea lo miro intranquila, aquel comportamiento no era normal en él.
─ Vámonos, que vas a pillar una pulmonía con tanta agua.
─ ¡No!
Aurea había tratado de tirar del brazo de Ramiro pero este se zafo de sus manos con violencia.
─ ¿Ramiro, que te pasa? ─ Él la miro y una sonrisa forzada y cargada de falsedad se dibujó en su rostro, sus ojos estaban vacío y sus palabras sonaron huecas.
─ A mi nada, cariño, solo estoy paseando. Ve a casa que ahora voy yo.
─ Ramiro, me estas asustando, anda deja de hacer el tonto y vámonos a casa, ¿Qué van a pensar tus padres cuando lleguen y no estés?
─ ¡Te he dicho que no! ─ Grito con furia y se enfrentó a ella con una fiereza en la mirada que jamás había visto dibujada en aquellos tiernos ojos.
Aurea se asustó, retrocedió varios pasos y después simplemente corrió calle adelante obsesionada con llegar cuanto antes a su casa. Aquel no era el hombre que cada día la despertaba con un dulce beso en los labios. Aquel no era el hombre que cada día la preparaba el desayuno antes de salir corriendo a su trabajo. Aquel no era el hombre con el que convivía desde hacía un año, con el que compartía cada minuto fuera de su trabajo. A aquel hombre no lo había visto nunca, no lo conocía.
Miro atrás para ver que hacia Ramiro antes de doblar la esquina y perderle de vista, pero el ya no estaba allí. Acelero su carrera, en dos calles más llegaría a su casa, solo esperaba que él no la hubiese adelantado, no quería verle, no quería ver a ese Ramiro.
Dos minutos más tarde entro en el portal, sintiéndose aliviada de escapar de la lluvia, de llegar a su refugio. Busco las llaves en el bolso y noto el tenue brillo de la pantalla del teléfono móvil. ¿Quién la había llamado?
Extrajo nerviosa el teléfono del bolso y miro la pantalla, había tres llamadas de Ramiro y una del buzón de voz. Hizo la rellamada al buzón mientras comenzaba a subir las escaleras.
─ Tiene tres mensajes de voz nuevos y diez mensajes guardados… Mensaje número uno: “¿Dónde andas? Se empieza a hacer tarde y van a llegar mis padres… Sabes que no quiero estar solo cuando lleguen… Recuerda que te lo pedí… No soporto la idea de estar solo con ellos… Por favor ven cuanto antes.” Si quiere responder a la llamada... ─ De forma mecánica pulso el botón que la dirigía al siguiente mensaje. ─ Mensaje número dos: “¡Ya están aquí Aurea, ya están aquí! No los soporto… Por Dios ¡ven ya!” Si…─ Repitió la acción aunque esta vez con más urgencia, los mensajes empezaban a ponerla nerviosa, tanto que incluso había acelerado sus pasos por la escalera. Su respiración ahora se agitaba presa de la fatiga por el esfuerzo y de los nervios que los mensajes iban inyectando en su cabeza. ─Mensaje número tres: “Me has fallado, esto no te lo perdonare, sabias que debías apoyarme en esto, pero claro tu trabajo siempre es más importante, me has fallado… Deja de hablar con esa puta… No la llames así… Después de lo que te ha hecho la llamare como yo quiera, ahora tomo yo las riendas… No, tú no puedes… ¡Cuelga!” No hay más mensajes nuevos, Si quiere...
Aurea se encontraba frente a la puerta de su casa. Estaba entreabierta. Su cuerpo se había quedado paralizado, lo que había escuchado la había confundido, la había llenado de miedo. No sabía porque Ramiro estaba tan nervioso, porque la decía aquellas cosas. No sabía que era aquella voz violenta que interrumpía la de Ramiro.
Frente a la entrada las dudas y el miedo a lo que se pudiera encontrar, la impedían moverse. Con prudencia empujo la puerta que cedió con suavidad hasta abrirse por completo. Todas las luces de la casa estaban encendidas, o al menos las que ella desde el umbral veía. Dio dos tímidos pasos que la permitieron entrar en el pasillo, recorrió este, olvidando cerrar la puerta tras de sí.
─ ¿Hola? ─ No hubo respuesta. ─ ¿Hay alguien?
Con cautela y pasos lentos y temerosos llego hasta el salón. La televisión estaba encendida, en el sofá, frente a esta, dos cabezas sobresalían del respaldo avisando de la presencia de dos espectadores silenciosos.
─ ¿Hola? ¿Señores Miranda? ─ Silencio.

Don_Diego
Rango11 Nivel 52
hace 3 meses

Muy muy bueno. Creo saber lo siguiente. 😁 aunque puede que me equivoque. 👌

Hiarbas
Rango10 Nivel 46
hace 3 meses

Me alegro de que te guste la historia, ahora cuelgo el final para que compruebes si acertaste.


#3

Aurea no sabía que hacer, el miedo y la prudencia la decían que lo mejor era salir de allí. En su cabeza mil fantasías trabajaban a toda máquina creando imágenes posibles de lo que se podía encontrar si se enfrentaba a la escena de la que solo contemplaba lo que se veía tras desde el fondo del escenario.
Sacando la poca valentía que la quedaba de entre el espeso follaje de miedo que la rodeaba, camino hasta el sofá. Un grito ahogado, murió en sus labios cuando contemplo a aquellas dos personas, que solo conocía por foto, ensangrentadas, inertes, con aquel profundo gesto de horror dibujado en sus lívidos rostros.
─ Te lo dijo mil veces, pero no, tú tenías que convencerle, tú tenías que conocer a sus padres, tú y tus artimañas de arpía, tenían que romperle…
─ ¿Ramiro?
─ ¡Calla! ─ La cara de Ramiro era todo odio y furia, estaba en la entrada del pasillo, mirándola, empapado, con la cabeza adelantada del cuerpo y sus brazos constreñidos, anunciando violencia. ─ Ramiro ya no está, nunca debía haber estado, es un pusilánime, se deja manipular, ¡Tú le has manipulado!
─ ¡Ramiro por Dios! ¿Qué te pasa? ¿Qué has hecho? ─ Aurea temblaba, lloraba, no entendía nada, no sabía que había pasado, pero un miedo profundo inundaba todo su cuerpo mientras se alejaba arrinconándose contra la pared, lejos de aquel hombre al que no reconocía.
─ Ramiro, Ramiro, Ramiro, y dale con el maldito Ramiro, es que no te enteras, Ramiro ya no está, me he librado de él, por fin he conseguido que desapareciera, no podía soportar por más tiempo su mentalidad de corderito, no podía aguantar más su resignación, ahora yo controlo todo y todo va a cambiar.─ Hablaba con rabia, con asco, aquel hombre estaba muy lejos de lo que era su pareja, aquel hombre era un desconocido para ella, aquel hombre la daba miedo y Ramiro jamás se lo había dado. ─ Tú has tenido la culpa de todo, aunque tal vez debería darte las gracias. Tú y tu obsesión por conocer a estos malditos, “Quiero conocer a tus padres” Mis padres, valientes seres despreciables. Ramiro te lo imploró, él no quería que vinieran, pero a ti no te importo nada de lo que él decía. Tú no veías su sufrimiento todos los días según se acercaba la fecha de su llegada. Pero claro es que tú nunca te has preocupado de saber nada de su vida. Tú nunca supiste por el martirio que supuso para el tener un padre maltratador, una bestia que siempre andaba buscando una excusa para desfogar sus rabias sobre el cuerpo de Ramiro. Tú nunca supiste de la desfachatez de una madre que siempre miraba a otro lado para no ver lo que su marido hacía. Dos monstruos que ponían buena cara ante los vecinos. Que pasaban por ser ejemplares. Pero que de puertas adentro martirizaban a su hijo día si día también. Años he estado intentando convencer a Ramiro para que diera el paso, para que se librara de estos monstruos, pero no lo conseguí. Y ahora que había enderezado su vida junto a ti, que incluso me había relegado al olvido a mí, que ya no me necesitaba para desahogar sus miserias, tienes que meter de nuevo en su vida todos sus viejos fantasmas. Ves todo ha sido por tu culpa, pero gracias a ello he tenido la fuerza para dominarle, para mandarle a él donde me ha tenido a mi metido todo este tiempo, ahora yo mando y me cobre lo que tenía tantas ganas de cobrarme desde hace años.
Aurea le miraba desconcertada, la historia que le acababa de contar era nueva para ella. Ramiro nunca la había hablado de su pasado, en sí, hasta hacia muy poco tiempo, ni sabía que sus padres vivían, nunca hablaba de ellos, y cuando ella le pidió conocerlos, aunque en un principio se negó, al final consintió, tal vez por la insistencia enfermiza de ella, ahora se daba cuenta de su error.
Aurea se quedó mirando a los ojos a aquel hombre que tenía la cara de Ramiro, su voz, vestía como el, pero que era tan distinto. La rabia y la amargura le rodeaban desprendiendo un halo perverso palpable desde donde estaba ella. El horror la golpeo por completo cuando, en un movimientos de manos mientras gesticulaba al ir hablando, un frio destello la anuncio la presencia del enorme cuchillo que Ramiro solía utilizar en la cocina.
─ No sé que voy a hacer contigo. Para Ramiro eras impórtante, te quería mucho, la verdad es que si, te quería. Pero para mí no eres nada, ni siquiera siento afecto por ti, creo que eres prescindible.
─ Ramiro por Dios. ¿Qué vas a hacer?
─ ¡QUE NO ME LLAMES RAMIRO! Me estas poniendo nervioso, y no me gusta que me pongan nervioso. Me has hecho gritar, y eso me saca de quicio. ─ En un ataque de rabia golpeo la lámpara, movió con violencia las sillas, tiro al suelo los jarrones, estaba tratando de dar salida a su nerviosismo, a su rabia, a su odio. ─ Aurea, no quiero matarte, pero… ME LO ESTAS PONIENDO MUY DIFICIL. ─ Los gritos recorrieron todo el edificio hasta morir amortiguados por el golpeteo de la lluvia en la calle.
Se escucharon unos golpes de unos nudillos en la puerta.
─ ¿Hola? Policía, nos han avisado de posibles malos tratos en este domicilio, vamos a pasar. ¿Hay alguien?
Ramiro se vio sorprendido por la voz aflautada del policía y sin pensarlo dos veces se abalanzo hasta el lugar donde estaba Aurea que grito horrorizada al ver como el cuchillo se movía hacia ella. Ramiro la golpeo con brusquedad y después la sujeto del cuello, como había visto muchas veces que hacían en las películas con los rehenes.
─ Tranquilo señor, tranquilo, estese quieto, no haga ninguna tontería, hágame caso, lo mejor es que tire el cuchillo y la deje en paz a la señora.
─ ¡Y UNA MIERDA!
─ Por favor señor, piense lo que hace, que aún no ha pasado nada y si le hace daño a la señora tendrá usted muchos problemas.
─ JAJAJAJAJAJAJAJAJA. ─ Ramiro levanto el cuchillo hasta la altura del cuello de Aurea, un estruendo rompió su carcajada.
Aurea lloraba, mientras su cuerpo temblaba sin que pudiera evitarlo. Un espeso y cálido reguero la corrió por el cuello mientras el tintineo de cuchillo al golpear el suelo la aviso de que todo había terminado. El peso del cuerpo de Ramiro al caer sobre ella la hizo gritar mientras se alejaba de él presa de un ataque de histeria.
─ Tranquila señora, todo ha terminado ya. Venga por aquí, salgamos de aquí. ─ Un policía joven, la abrazaba mientras la sacaba del salón para llevársela lejos de la tétrica escena. ─ ¡Martin reacciona! Anda y asegúrate de que ese no hace na más malo, yo me la llevo para fuera y aviso a la central para que venga la científica y el juez.
─ Pedro en el sofá hay alguien más.
─ No jodas. ─ Martin se acercó hasta el sofá y en su cara se dibujó un claro gesto de asco.
─ Tío aquí hay dos muertos, madre mía, esto es una escabechina, anda llama que vengan que aquí hay tarea.
Las siguientes horas fueron un continuo ir y venir de policías, forenses, médicos, jueces y toda la fauna que ha de intervenir en estos casos.
La tormenta languidecía agotada. Las calles reflejaban la luz de las farolas, limpias por el torrente de agua que las había saneado. La tormenta que había sufrido Aurea había ensuciado su alma.
Aurea lo contemplaba todo desde un lugar muy lejano al que su mente la había llevado, un lugar apartado que la protegía de todo lo malo que estaba pasando.
Aquella noche quedo resumida en una breve crónica en los periódicos sobre un caso más de violencia de género. Su vida cambio, su mundo se rompió, pero para el resto de los mortales solo fue un número más en la lista de crímenes que año a año crece sin poder evitarlo. Esas listas que numeran historias desconocidas, historias que carecen de importancia para los demás y que solo atañen a los que las viven, a los que quedan marcados por ellas.

Don_Diego
Rango11 Nivel 52
hace 3 meses

Si mas o menos de esa forma me lo habia imaginado. Pero no por ello dejo de ser buena historia. 👍👍👍👍