Hiarbas
Rango11 Nivel 52 (7753 ptos) | Artista reconocido
#1

Su mirada se perdía en el horizonte. El sol, tímido aun, dejaba ver sus primeros rayos por encima de las altas montañas de Kraspart. Sus ojos, acostumbrados a la noche hasta ese momento, se entrecerraron para aceptar la nueva luz que iluminaba la tierra que le rodeaba. Pero él no quería mirarla. Todo lo que le rodeaba le daba asco en ese momento, lo despreciaba, quería salir de allí cuanto antes. Comenzó a caminar tratando de esquivar el sin fin de cadáveres que cubrían la tierra yerma sobre la que habían combatido. La batalla había sido una autentica carnicería. Fieros guerreros yacían, destrozados, junto a los cuerpos de los valientes, pero mal preparados campesinos. Nunca comprendería como una idea, un sentimiento, podía arrastrar a tantos a la muerte para conseguir tan poco.

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#2

La rebelión había empezado, silenciosa, escondida, agazapada en el corazón de pocos, pero había prendido su llama pronto entre el resto de los oprimidos. Una reina tirana, unos nobles demasiado acostumbrados a ejercer un poder desmesurado con crueldad e injusticia, habían conseguido llevar al reino a la más absoluta miseria. La gente moría de hambre, todo lo que tenían se lo arrebataban los soldados para nutrir a las innumerables tropas que se acumulaban en el reino para su defensa. Lo malo es que el enemigo había empezado a ser aquellos a quienes debían proteger.
Pocos meses atrás había llegado a sus oídos que un joven, un tal Guierano Parlizo, se había convertido en el ideólogo de los descontentos, en el paladín de los abandonados. El Conde Morcay, un seboso mujeriego, acostumbrado a pedir y que todo se le concediera. Había encargado al Capitán de su guardia la pronta captura de aquel osado rebelde y Helmaster, el capitán de la guardia, puso todo su empeño en la tarea, pero fue inútil. Perdió 30 hombres en el intento, debilito la moral de sus hombres al no ser capaces de dar caza al que empezaban a considerar un fantasma. Cada vez que creían tenerle cercado, una hábil escaramuza les rompía el cerco y dejaba un reguero de cadáveres entre las filas de los soldados. Helmaster no estaba dispuesto a perder más hombres en la caza de algo que aun no era importante pero que con sus escaramuzas comenzaba a crear el mito del libertador. Para su desgracia el Conde Morcay no era de su opinión, deseaba tener en su salón la cabeza de aquel que le retaba, se había encaprichado de ella y quería que así fuera, por ello mando llamar al más refutado de los caza recompensas del reino, Josuef.
Llego al descomunal castillo una tarde de otoño, lluviosa y gris. Los caminos embarrados habían retrasado un día su llegada pero el tiempo para él no era importante, aunque pronto se dio cuenta de que no era igual para aquel que le quería contratar.
Nervios, precipitación, gritos y movimientos espasmódicos fue lo que le ofreció el Conde cuando fue llevado a su presencia. Quería ver muerto a aquel hombre, quería su cabeza en medio de su salón, estaba furioso por lo que había hecho, en si no le importaba que fuera cabecilla de tal o cual revuelta, ni si instigaba a las masas a levantarse en armas contra él, eso le daba igual. Lo que realmente le importaba era que dos noches atrás, había osado entrar en su castillo, había osado entrar en su palacio e incluso había osado entrar en su habitación para robarle su corona de conde. Eso sí que no podía consentirlo, ese desprecio a su persona solo podía pagarlo con la vida. Todo el cuerpo del Conde hervía en cólera, su cara estallaba en un carmesí incendiado de rabia. Josuef no acababa de entender la situación, el pensaba que había sido contratado para capturar a alguien peligroso, pero no a alguien molesto, aquello no acababa de cuadrarle. Pero en si poco había de importarle, mientras el cobrase lo estipulado, el haría su trabajo.
Tras reponer fuerza, recabar información de los oficiales, e indagar entre los criados para tener la mayor información posible, partió a la mañana siguiente a realizar su encargo.
Comenzó a recorrer pueblos y aldeas, empezó a empaparse de la tristeza que embargaba el condado, vio la miseria a la que estaba sometida la población, y sintió pena por aquella gente, pero no era su guerra, el solo era un mercenario con un encargo concreto. En pocos días había recopilado información suficiente sobre su objetivo, y la verdad cada vez le gustaba menos lo que se había comprometido a hacer.
Había descubierto que el tal Guierano era todo un personaje. Había nacido en cuna rica según decían, pero había caído en desgracia la familia y se había visto abocado a la pobreza, desde niño le había tocado trabajar, pero su padre, previendo un futuro mas aragüeño, trataba de darle toda la educación que el atesoraba y le había enseñado incluso el manejo de las armas, ahora de madera, pero esperaba que en un próximo futuro fueran de noble acero. Para desdicha de su desventurado padre unas malignas fiebres habían terminado con su padecimiento en este mundo traidor y había dejado de cabeza de familia al ahora jovenzuelo Guierano. Su entrega, tesón y ganas de ser mejor, lograron que en poco tiempo su posición subiera en la triste sociedad en la que vivían, pero la dicha fue corta, su madre también enfermo y le dejo solo sin nadie por quien luchar. Vagabundeo por las tierras del Conde desde entonces y se empapo de las penurias de la gente, logrando estas que en su corazón prendiera la llama que le impulsaría hacer lo que siempre había hecho, cuidar de los demás. Y esto es lo que hizo, defendía a los pobres de la ambición de los recaudadores, peleaba contra los excesos de los soldados, ahuyentaba a los borrachos soldados que trataban de soliviantar a las doncellas. Así poco a poco se fue convirtiendo en el paladín de los humildes, de los humillados, de los oprimidos. Con el tiempo consiguió que a su alrededor creciera una comunidad de luchadores, todos unidos con el afán de ayudar a los demás, y eso es lo que hacían. Robaban a los recaudadores para repartir entre los necesitados lo que para el Conde solo sería un banquete más. Acosaban a los soldados para que no se extralimitasen en sus cometidos. Escarmentaban a aquellos que mancillaban a las que puras debían seguir. Todo un ejército de justicieros al servicio de los necesitados. Se habían convertido en una molestia, pero por lo visto lo único que realmente molestaba al Conde era que violasen su intimidad.
Josuef tenía una misión y para él la condición del objetivo no era barrera para cumplir con ella. Sus sentimientos siempre quedaban aislados en el doble fondo de su corazón, sus ideales habían perecido hacia demasiado tiempo, por eso aunque simpatizara con el desdichado Gueriano, para el solo era una bolsa de oro que le esperaba en manos del Conde.
Trazo su estrategia, sencilla y limpia. Quien se iba a negar a dar una oportunidad a un fornido guerrero como él. Una vez dentro todo sería fácil. Y así se infiltro, desde abajo, desde los desdichados que hacían las más sucias misiones para recaudar víveres para los combatientes, asaltando caravanas de suministros a los cuarteles, almacenes del ejército y todo lo que llevase el emblema del Conde y que guardase comida y armas en su interior. No sufrió pero si se desespero viendo como caían demasiados hombres en cada asalto, no es que le importaran los caídos, era más por practicidad, si realizaran los ataques de otra manera serian más limpios y sufrirían bajas mínimas, el lo sabía, su experiencia era basta en este campo, pero no era su misión, aunque no pudo reprimir comentarlo con el que hacía las veces de oficial, un flaco campesino ascendido por la necesidad más que por los méritos. El desdichado comprendió sin mucho esfuerzo que aquel hombre sabia de que hablaba y acepto sus sugerencias. Los siguientes ataques se libraron con limpieza y mínimas bajas. Aquello llamo la atención entre los combatientes y pronto Josuef sin querer, o tal vez si, entro en el circulo de los privilegiados. Su misión estaba cercana a su conclusión, había mantenido sus sentimientos bien escondidos, encerrados, y su mente seguía fría, fija en cumplir su objetivo. Pero el destino siempre tuerce los renglones por más que tratemos de mantenerlos rectos. Gueriano había decidido acabar con aquel sangrante sufrir de su gente, había decidido luchar en campo abierto contra los ejércitos del Conde, quería la vía rápida para terminar con su tiranía. De nada sirvieron las voces de cordura que le aconsejaron esperar, que le aconsejaron adiestrar mejor a sus hombres, que le aconsejaron pertrecharlos con mejores armas. Su decisión era firme, en su mirada se veía la llama de la decisión, había decidido triunfar o perecer, pero de una forma u otra acabar con aquello.

Don_Diego
Rango13 Nivel 60
hace 9 meses

Orales, vaya como comprimes la historia, me refiero que fue mucho el contenido dado en solo una caja. Muy bueno. 😁👍


#3

Los preparativos fueron rápidos, demasiado rápidos, y a Josuef, por sus meritos adquiridos, le encomendaron un puñado de hombres famélicos y mal armados para adiestrarlos y entrenarlos como fuerza de primer choque. Por una vez, un tímido sentimiento escapo de su prisión ante la visión calamitosa de aquellos desgraciados que estaban condenados a ser carne de lanza. Sintió lastima, algo inusual en él, y ello le llevo a implicarse más aun en su labor, aparco su misión, seria por poco tiempo, sabía que tendría tiempo y oportunidades de sobra para cumplirla. Puso todo su empeño en hacer de ellos lo que jamás soñarían que podrían ser, y obtuvo en tan poco tiempo suficiente como para no ser solo trozos de carne ensartados en las lanzas de los soldados.
Llego el día fijado para iniciar el asalto, todos se habían preparado como pudieron y a Josuef y los suyos les encargaron ser el caballo de Troya. Debían entrar por las cloacas para tratar de abrir el portón del puente levadizo. Aquello le alejaba de su misión pero algo le hervía en la sangre, que le empujaba a hacer lo que le pedían, sabía que podía hacerlo, y acepto.
Al amanecer las cornetas y los gritos de nervios corrieron desbocados por el castillo del Conde, Una masa de hombres armados se dirigían al castillo. Les habían sorprendido, no esperaban tal locura. Pronto quedo el Fortín cerrado a cal y canto y todos los defensores ocupando sus puestos, no estaba toda la guarnición pero serian suficientes para acabar con aquellos pueblerinos.
Mientras el grueso de hombres se mostraba frente a los sólidos muros del castillo, Josuef y los suyos avanzaban por el maloliente desagüe del castillo, su objetivo estaba cercano y la sorpresa rompería las defensas del Conde. Todo fue rápido, casi realizado con mano de cirujano. Salieron de las cloacas, eliminaron a los escasos guardianes que vigilaban los pasillos internos de las murallas y pronto se encontraron enfrentándose a los defensores del portón. Las sonrisas socarronas de los soldados al ver a lo que se tenían que enfrentar se convirtieron pronto en gestos de desesperación al ver como sus compañeros caían ante aquellos endiablados campesinos que no paraban de moverse, fue una carnicería, solo tres aldeanos fueron abatidos pero los 25 soldados perecieron sin piedad. Hicieron caer el porton y la locura se desato, la batalla comenzó dentro y fuera del castillo.
La noche caía y la batalla derramaba sangre y dolor por cada rincón, por cada metro de tierra.
Los insurrectos avanzaron con lentitud arrinconando a los defensores, veían cercana la victoria, mediada la noche, pero la maldita fortuna no siempre es justa con quien debe serlo y para desgracia de los rebeldes llegaron los refuerzos demasiado pronto, la batalla comenzó de nuevo en la yerma tierra que se extendía frente al castillo. Gentes de los alrededores también se habían unido a la lucha, ansiosos de libertad, aquello comenzaba a ser una autentica carnicería.
Lindando el amanecer la batalla concluía sin vencedores ni vencidos, solo muertos por todas partes, los oprimidos se retiraban a sus hogares a curar las heridas de los escasos supervivientes, los opresores sin apenas ejército ya regresaban a su humeante castillo.
Josuef encontró a Gueriano en medio de una vasta extensión de cadáveres, contemplando lo que había provocado. Se acerco a él y mirándole a los ojos le hizo comprender que aquel era su final. Gueriano le pidió antes de que cumpliera su cometido que le permitiera hacerle un último encargo. Josuef acepto, para el aquello era normal, era su trabajo, y sin dilación secciono su cuello.
Cansado, arrastro sus pies por entre los cadáveres de todos aquellos que en vida eran enemigos y que ahora en la muerte compartían el mismo lecho. En su mano llevaba la cabeza de Gueriano, salpicando de sangre el suelo por el que pasaba. Los soldados del Conde al verle no supieron si apresarle o darle vítores por acabar con el líder del pueblo. El simplemente se arrastro hasta el salón donde sabia encontraría al Conde, refugiado tras los guardias que le protegían. La locura broto en el rostro del Conde, por fin había logrado lo que tanto ansiaba. Corrio hasta el lugar donde Josuef había quedado quieto, esperando los movimientos del Conde. Le mostro la cabeza de Gueriano y el Conde la tomo entre sus manos como si fuera lo mas delicado que jamás hubiera poseído, miro con ojos llenos de locura a Josuef y le entrego su recompensa, un magnifico cofre lleno de oro. La misión había acabado, ahora debía terminar su nueva misión.
Apoyando su mano en el hombro del Conde este le miro a los ojos para tratar de saber qué es lo que quería de él y justo en ese instante lo comprendió. El filo de la espada de Josuef secciono el cuello del conde y las dos cabezas rodaron juntas por el salón de recepciones del Castillo, juntas quedaron, al mirarlas no se sabía quién era el opresor ni quien el oprimido, quien el loco y quien el cuerdo, solo eran las cabezas de dos hombres que solo sabían entregar a la muerte a los suyos.
Josuef tomo su pago y salió del castillo, nadie le molesto, nadie le pregunto, nadie le miro. Se alejo hacia el amanecer, en busca de un nuevo objetivo que cumplir.