SARACEN
Rango15 Nivel 74 (34701 ptos) | Estrella de la editorial
#1

Érica.
Sus manos tiemblan, pero no tiene frío, sus labios están entumecidos y agrietados, pero ella siempre los pinta de un tono tan rojo como su sangre, sus ojos se mantienen cerrados, esperando el momento indicado para abrirlos y descubrir que el cielo no es celeste, sino un arco iris sin final.
Érica los abre... Y el cielo, aunque ya no es celeste, mantiene un hermoso color morado, el punto entre el término del día y el inicio de la noche, aunque hubiese deseado ver el arco iris, se resigna a aquel color... tan morado como los moretones que cubren su delicado cuerpo.
Al fin y al cabo, aquel color es sin dudas más real.

Hace 7 meses Compartir:

0

9
#2

Dante.
El viento sopla contra él, el humo del cigarrillo que ahora se encuentra entre sus labios, se amolda a su rostro hasta desvanecerse, mientras sus ojos luchan por no dejar derramar una sola lágrima.
Dante no entiende mucho sobre la vida, sobre sus caprichos y locuras, él no sabe que en realidad no existe una sola persona en el mundo que sepa realmente lo que significa.
Aun así, como mucho otros, él cree que es el único que no la entiende. El cigarrillo no es ahora más que una colilla que está a punto de quemar sus labios. Lo arroja lejos de él, e inmediatamente enciende otra, acomoda su mochila al hombro y emprende camino a su hogar.
De todos modos, apenas tiene 13 años, que puede saber sobre la vida cuando sin darse cuenta va en busca de la muerte.

voz_sin_vos
Rango12 Nivel 58
hace 6 meses

Yo había escrito varios textos y en cada uno de ellos describía a una persona, está caja me trajo recuerdos, gracias.

SARACEN
Rango15 Nivel 74
hace 6 meses

Gracias @voz_sin_vos, los recuerdos siempre que sean buenos son bienvenidos en la mente de uno! ;)


#3

Martín y soledad.
Los viernes por la noche eran sus días y momentos favoritos, no importaba si hacia frío, calor, si llovía, o nevara. Era en aquel momento que se sentía humano, tan completo y tan incompleto al mismo tiempo.
Los viernes por la noche lo único que hacia Martín era sentarse bajo el techo de su pequeño quincho hecho de paja y madera, simplemente a observar. Observar nada en general. Él se mantenía en completo silencio, en ocasiones dejaba escapar unas cuantas lágrimas sin ningún tipo de sentimiento más que la simple necesidad de llorar aquellas solitaria gotas saladas que siempre ardían al resbalar por sus mejillas arrugadas.
Anhelaba tantas cosas, tantos recuerdos y tantos momentos. Buscaba en aquel silencio la figura solitaria y sin forma de la soledad, la que lo atosigaba y al mismo tiempo lo reconfortaba.
Aquella relación toxica de los viernes por la noche se había vuelto un ritual. Su ritual.
Un ritual que dolía porque a su edad no encontraba consuelo de su solitaria vida.
Y la soledad no era más que la puta que succionaba su alma.
La puta que un solitario como él necesitaba.

#4

Dara y Ana.
Tiempo atrás la vida se había vuelto una rutina para ella, aunque en ese entonces poco le importase, después de todo ya estaba acostumbrada y de algún modo ahora buscaba aquella rutina tan desesperadamente como agua en el desierto. Trabajó 4 años de recepcionista, ahora estaba por cumplir cinco años y nunca odio tanto a una persona en su vida.
Dara se mantenía sumergida en sus pensamientos, mirando a través de la puerta de vidrio de recepción, se preguntaba como podía existir personas con el corazón tan negro y el alma tan podrida como para simplemente hacer el mal por placer. Ella no quería realmente pensar sobre eso, pero sentía que no existía otra explicación a su situación.
La señora Ana era su nueva jefa desde apenas tres meses atrás y al principio creyó que aquel carácter tan duro no era mas que su personalidad. Pero en algún punto que ella no recordaba bien todo se desmoronó.
Nunca sufrió tanto maltrato en su vida, las ganas de alejarse de aquel lugar eran intensas, pero no podía darse el lujo de perder aquel trabajo.
Ella se preguntaba en que momento de la vida había ofendido a la mujer que ahora la atormentaba sin ninguna explicación.
Que terrible era sufrir de esa manera pensaba Dara.
Que horrible era sentir el poder de la desigualdad social.
Pero sobre todo era tan doloroso resignarse a aquel maltrato cuando lentamente el odio se volvía un miedo que entumecía su cuerpo y empequeñecía su alma.