Hiarbas
Rango11 Nivel 50 (6211 ptos) | Artista reconocido
#1

Alguien a quien yo quería, mejor dicho a quién yo adoraba, me conto durante mi infancia, siempre que podía, con titánicas dosis de emoción y ternura, una bella historia de una princesa, un campesino y un terrible dragón. La bonita aventura siempre empezaba con una pobre princesa sacrificada, a un terrorífico dragón que la esclavizaba y la retenía prometiéndola sufrimientos eternos. Durante su cautiverio nobles caballeros intentaban rescatarla fracasando con estrepito. Y un buen día irrumpía en la historia un pobre campesino, empujado por el hambre y atraído por la promesa de fortuna. Se enfrentaba al dragón y con su corazón noble y algo de fortuna, vencían al malvado y salvaban a la bella, obtenía su mano y vivían eternamente felices. Para mi en mi inocente infancia, aquella era la mas maravillosa historia que se había contado y la disfrutaba con pasión.

Hoy ha pasado el tiempo. La historia que me contaron entonces me sigue fascinando solo que ya puedo contarla con detalles y dar la versión real de lo que sucedió. A todo aquel que le interese le propongo descubrirla de mi mano

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GoldBirds_19
Rango12 Nivel 56
hace 4 meses

Aquí, mi señor, tenéis un siervo con el corazón embaucado por tan tierno recuerdo y los sentidos bien atentos...

Don_Diego
Rango12 Nivel 55
hace 4 meses

Recorcholis, yo amó los dragones!!! Sin dudas disfrutate leer esta historia 😁

voz_sin_vos
Rango12 Nivel 58
hace 2 meses

No soy de leer historias largas aquí y está no va a ser la exención (por falta de tiempo) aunque echando una mirada se ve interesante como lo que acostumbras publicar. Escribo para felicitarte y para que sigas escribiendo! Estas creciendo muy rápido en esta plataforma pese a que la misma está muerta. Bravo!


#2

Aexterongovix volaba a la mayor altura que le permitían sus alas. El día era claro y sin nubes que le permitieran ocultarse de las indiscretas miradas que desde el suelo pudieran dar con él. Comenzaba a notar el cansancio, demasiado tiempo huyendo, demasiado tiempo ocultándose. Él era un dragón, un ser poderoso, de los que cada vez quedaban menos, lo sabía bien, los malditos humanos habían decidido exterminarlos. Aexterongovix estaba cansado de evitar cazadores que le buscaban por su corazón, con la esperanza de que les hiciera inmortales, o por magos que necesitaban la mitad de su cuerpo para realizar sus pócimas inútiles o para conjuros que podrían invocar sin despedazar a cualquiera de su raza. Odiaba a los que simplemente les perseguían por el placer de matarlos, por el disfrute de sentirse los mejores por acabar con un ser del que cada vez se veían menos. En sus doscientos años de existencia solo había tenido dos parejas, es conocido por todos que los dragones son monógamos y solo cuando Mixtifalia pereció a manos de aquel estúpido mago, de quien el dio buena cuenta, unió su camino al de Claxtimilia.
Aexterongovix aun guardaba en su memoria el imponente porte de Mixtifalia, ella había sido su primer amor. Tenía la certeza de que si hubieran aportado a este mundo desagradecido una descendencia, jamás se habría vuelto a emparejar, pero el necesitaba dejar su legado y con Claxtimilia lo había conseguido. Ahora siete descerebrados dragones jóvenes intentaban labrarse un futuro, pero el dudada de que lo consiguieran, el mundo cada vez era más difícil para ellos. Ahora buscaba donde pasar el invierno, había dejado a Claxtimilia en el santuario, donde podría estar a salvo, pero todos no podían vivir allí, no había comida suficiente para todos y el, como muchos otros debía encontrar donde colocar su guarida.
Aexterongovix volaba sobre Arturia, había escuchado al charlatán de Gingexnovix que en sus montañas podías encontrar grandes cuevas donde pasar el invierno y buena caza en sus valles para alimentarse, el problema era el de siempre, demasiados humanos dispuestos a morir para darles caza, la maldita fama y fortuna que siempre unian a ponerle precio a sus cabezas.
Desde las alturas veía las pequeñas casas de los campesinos y los ganaderos, esparcidas por el fértil valle a pies de la encrespada sierra en la que buscaba alojamiento. Los veía lejanos y albergaba la esperanza de que tal vez pudiera pasar un invierno tranquilo.

GoldBirds_19
Rango12 Nivel 56
hace 4 meses

¡No me digas que el campesino al final se carga al dragón!

Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace 4 meses

Paciencia, espera a conocer a todos los personajes y sus circunstancias. Tratare de no tardar mucho.

GoldBirds_19
Rango12 Nivel 56
hace 4 meses

No te apresures que te está quedando niquelada (es que yo soy como el dragón, a mí los humanos... ¿sabes? XD)

Don_Diego
Rango12 Nivel 55
hace 4 meses

Chale todos quieren ser el dragon. En ese caso yo sere el Dios Dragon. 😇

Cara
Rango10 Nivel 47
hace 2 meses

WOW hasta el final no pararé.


#3

Eleuterio no veía salida a su situación. La cosecha no le había dado más que para cubrir las deudas de su padre y el cansancio comenzaba a hacer mella en él. La muerte de su madre al inicio del verano, la espiral de alcohol y juego en la que había entrado su padre y el ultimátum del conde que les urgía a mejorar el aprovechamiento de sus tierras o buscaría a otros que ocupasen su lugar, habían acabado con lo poco que quedaba de esperanza en él. Necesitaba un golpe de fortuna, necesitaba algo que apartara a su padre de allí, que le volviera a convertir en una persona y no en el títere con el que se divertían a diario los vividores del pueblo.
Eleuterio levanto la mirada al cielo, tratando de encontrar iluminación a sus dudas, a sus penas y allí lo vio, majestuoso, enorme, imponente, pero sobre todo esperanzador. Alto muy alto, vio volar un animal enorme, que solo podía ser un dragón.
Eleuterio había escuchado mas de una vez a Faustino en la taberna de Brígida, contar que en la capital el rey pagaba una fortuna por aquel que le llevara un dragón, a ser posible vivo, aunque no le importaba que fuera muerto. Necesitaba satisfacer a su enorme equipo de magos. Faustino repetía una y otra vez, que el rey estaba obsesionado con vivir eternamente. La muerte le agobiaba, le producía terror y sus magos le habían convencido de que con un dragón podría conseguir el elixir que le convirtiera en un ser eterno como lo eran los dragones. El rey, como es de lógico, creía ciegamente en ellos y no dudaba de todo aquello que le susurraban y por ello había dedicado una cuantiosa cantidad del tesoro real para satisfacer las necesidades de los zafios magos.
Eleuterio miro de nuevo al cielo y en su rostro, quemado por la vida y agrietado por el tiempo, dibujo una sonrisa de esperanza. Con presteza entro en su humilde casa y trato de despertar a su padre.
—Quieto… para... ¿Qué día es hoy?
Eleuterio se quedo pensativo e intrigado, no comprendía que tenía que ver la pregunta con su urgencia.
—Hoy es sábado, ya lo sabéis. No comprendo que tiene que ver eso con…
—Shiiiiii, calla. ¿Qué te digo yo siempre de los sábados?
Eleuterio recordó la maldita cantinela y abatido la recito para satisfacción de su progenitor.
—Viernes de euforia, sábado sin memoria…
—Jejejeje, eso, eso, eso, ves, ahora tienes que dejarme dormir, pues estoy desmemoriao.
Aquello era superior a él. Quería a su padre, pero no podía seguir muriendo a su lado poco a poco. Eleuterio sabía que su padre había decidido dejar de remar en su vida y ahora solo se dejaba arrastrar por la corriente allí donde le llevara, que normalmente era hacia una botella de vino. Sabía que su futuro sobrevolaba sus cabezas en ese momento y el debía agarrarse a el con todas sus fuerza. Le dolía saber que debía abandonar, en el peor de los momentos, a su padre, pero también lo hacía por él. Si lograba derrotar a aquella bestia, no volverían a tener problemas en su vida.
Rebusco por la casa la miseria que les quedaba, tal vez tendría para un mes su padre si se administraba, pero si volvía a las andadas no le llegaría más que para una semana. Guardo lo poco que creía le haría falta en un triste hatillo y con el corazón empequeñecido, conteniendo el llanto y gimiendo de arrepentimiento, escribió tres tristes frases para que alguien pudiera leérselas a su padre y con ellas tratara de entender, porque huía y le abandonaba a su deriva.
Enfrento el camino con decisión pero sin rumbo. El dragón ya no era visible en el cielo, pero lo primero era saber como podía matar un dragón, luego debía encontrar un arma con la cual realizar la hazaña y cuando hubiera conseguido esto ya se preocuparía por encontrarle. El camino se antojaba largo, pero disponía de poco tiempo y no podía dudar en el empeño, por eso sin titubeos afianzo su paso y se encamino a la gran ciudad.


#4

Casilda cruzaba el valle, ligera, a bordo de su deslúmbrate carruaje. Su copiosa escolta procuraba evitar que ninguno de los aldeanos se acercara a curiosear. Ella era la princesa, la heredera y debía mantener las distancias con la plebe, eso le había enseñado su padre. “Hija, ellos están aquí—decía mientras situaba su mano por debajo de su cintura—y nosotros siempre estaremos aquí—la aleccionaba colocando su otra mano por encima de su cabeza—que te quede bien claro, nada de confraternizar con ellos, solo sirven para llenar las arcas del tesoro”. Casilda tenía siempre en mente las palabras de su padre y procuraba ser fiel a ellas.
La altanera princesa, regresaba de la gran fiesta de compromiso de su prima Constanza. Las dos jornadas durante las que se desarrollaron las celebraciones resultaron entretenidas, solo que ella no pudo alejar sus celos y envidias al verse de nuevo superada por una de sus primas a las que consideraba inferiores a ella.
Constanza era la tercera en contraer matrimonio antes que ella con uno de los pocos herederos apetecibles que quedaban y eso la ennegrecía el alma y empequeñecía una vez mas su belleza.
Casilda se creía dotada de una hermosura sin igual entre las princesas de la gran marca central, lo sabía por las miradas que los hombres la destinaban, lascivas y cargadas de embobamiento, pero no llegaba a comprender porque los nobles príncipes casaderos siempre acababan prefiriendo a las empalagosas de sus primas. Casilda no era consciente de su carácter altivo, despectivo, arrogante, ella había sido criada así, sintiéndose superior a los demás y lo demostraba siempre que podía. La carencia de una madre que compensara el ego de un padre sumido en su mundo de poder, fraguo una insuficiencia afectiva que germino en crear la soberbia princesa que creía merecer todo y estar por encima de todos.
Regresaba ahora derrotada y enfurecida ante el hecho de ser de las últimas de las casaderas que seguía sin propuesta de matrimonio, tendría que hablar con su padre seriamente y recurrir a un pacto de estado para no quedar en ridículo.
Atravesaban el valle y Casilda observaba distraída por la ventana del carruaje como pasaban a gran velocidad los estupefactos campesinos que se encontraban en sus campos trabajando, cuando la saco de su ensimismamiento los gritos exagerados de uno de los conductores del carruaje.
—¿Lo has visto? ¡Dios mio es enorme!
—Hacia dedadas que no veía uno por aquí. El rey acabo con el ultimo que vivía en las montañas.
—Pues creo que va a haber problemas. Tengo entendido que andaba mandando a buscarlos mas allá de Zemonan.
—Eso dicen. Pero fíjate ¡Es grandísimo!
—Cochero ¿Qué pasa? ¿A que vienen esos gritos?
—Lo siento señora… Es que hay un dragón enorme volando por encima de nosotros.
Casilda quedo conmocionada por la noticia. Sabia del interés de su padre por dar caza a un dragón. Uno de sus magos, a los que ella consideraba unos charlatanes, le había sembrado la cabeza con ideas de vida eterna si obtenían el corazón de un dragón. Todo el mundo sabía esa leyenda, por ella habían matado a infinidad de esos bichos en toda la marca, pero ella sabía, tenía plena certeza de que no era mas que otra sucia artimaña de los magos para exprimir mas el tesoro real. Si ahora uno de ellos llegaba a Arturia su padre gastaría todo lo que fuera necesario para acabar con él y eso, como había pasado en otros reinos, no era nada aconsejable.
Casilda además de soberbia y altanera, tenia la virtud de ser una persona cultivada y ávida de conocimiento. Durante su corta vida, apenas alcanzaba los veintitantos años, había devorado con pasión tomos y tomos de las mas variadas materias, de los que se encontraban en la biblioteca real. Este ansia de conocimiento la permitía tener una fundada opinión sobre lo que podría pasar si su padre iniciaba una aventura en pos de la caza del dragón. Había leído lo que le había sucedido a mas de uno de los reinos embarcados en semejante empresa. Los dragones no son seres fáciles de dominar y mucho menos de vencer. Son inmunes a la magia, tienen un gran conocimiento estratégico, disfrutan de la capacidad de comunicarse entre ellos a gran distancia y sobre todo, se apoyan entre ellos si es necesario. Puedes creer que te vas a enfrentar a uno y encontrarte luchando contra decenas. Matarlos se los podía matar pero el costo era muy elevado.
Casilda sabía que su padre, en su juventud, había derrotado a un dragón, el único que quedaba por aquel entonces en su reino. Era una época en la que la miseria y la pobreza dominaban Arturia como consecuencia del desastroso reinado de su abuelo, acompañada de una larga década de sequia y enfermedades. Arturia había vivido poseída por una maldición, o eso decían, de la que solo pudo salir a la muerte de su abuelo coincidente con la del desdichado dragón. Casilda había escuchado mil veces la historia heroica de su padre, de la que no creía nada, en la que el alardeaba de haberse enfrentado solo a la enorme bestia, consiguiendo, tras heroica batalla, atravesarle el corazón y cercenarle su enorme cabeza. La prueba de sus aventuras presidian el enorme salón real, donde los sucios huesos del cráneo del desdichado dragón, lucían tras el trono dándole un aire terrorífico.
Casilda no se creía la historia de su padre. Por el tamaño del cráneo del desafortunado contendiente, debía ser viejísimo, los dragones crecen durante toda su vida. Ella creía que simplemente le encontró muerto, bien sabia ella que su padre ni era diestro con las armas ni su corazón alojaba valentía y bravura. También había llegado a sus oídos, que su padre enfrento a su oponente tras varios días en una larga celebración, bañada por litros de vino de los que el dio buena cuenta. La dijeron que sus amigos le retaron a enfrentarse al dragón y el acepto, a pesar de no ser capaz de mantener erguida su figura y de anteponer un pie al otro sin trastabillar. Todo esto se desvaneció de la memoria de todos ante la muerte de los dos ancianos, el dragón y el rey. Por suerte para su padre con el dragón murió la maldición, o eso dicen y el reino prospero de su mano, por lo que a nadie le importo como lo había conseguido. Ahora todo eso era pasado y se había convertido en leyenda.
Casilda trataba de concebir un plan que evitara heredar miseria el día que su padre encaminase sus pasos al mas allá. Debía evitar la caza del dragón, debía evitar que los magos convencieran a su padre. Urgió a los cocheros para que aceleraran su llegada al castillo, sabia de lo necesario de aprovechar el tiempo, las noticias llegarían antes que ella y eso podría suponer un desastre.

Don_Diego
Rango12 Nivel 55
hace 4 meses

Wow. Realmente buena la historia.

Cara
Rango10 Nivel 47
hace 2 meses

Me encanta


#5

Aexterongovix encontró, a gran altura, alejado de los humanos, cerca de los glaciares, próximo a las nubes, la cueva que buscaba. Descendió con elegancia y poso sus poderosas patas negras en la entrada de la cueva. Su majestuoso cuerpo negro azabache destello bajo el sol del atardecer mientras entraba en el que podría ser su nuevo hogar.
Aexterongovix pronto percibió un aroma familiar en la cueva. A pesar de su profundidad, y de la invasión de murciélagos con sus consiguientes excrecencias, en el ambiente flotaba un olor que le removía la memoria aflorando recuerdos de un viejo y muy querido compañero.
Crientexmoxi durante una larga centena fue su compañero de fechorías, siempre estaban dispuestos a emprender alocadas venganzas, ilógicas luchas, melancólicos rescates, irracionales fechorías. Juntos crearon fama y juntos afianzaron los límites de su santuario, obligaron a los humanos a no entrar allí, a respetarlos. Pero Crientexmoxi era mucho mayor que él, había vivido mucho mas, había crecido mucho mas y su enorme cuerpo carmesí comenzaba a evidenciar el final de un largo camino.
Aexterongovix aun recordaba con dolor el día que se despidió de su compañero de aventuras. Le hizo prometer no seguirle, le hizo comprometerse a no buscarle, le obligo a jurar que no buscaría venganza si su muerte no era natural si los humanos conseguían aprovechar su vejez para vencerle. Aexterongovix cumplió su palabra el día que se enteró que un nuevo rey de la comarca había cazado a un poderoso dragón rojo. No quiso saber quién era, no deseo conocer detalles, no intento entender cuáles habían sido las consecuencias. Sabia quien era la víctima y debía honrar su memoria cumpliendo sus promesas.
Profundizo en la cueva y su alma lloro al encontrar semienterrados, los huesos de su adorado compañero. Su piel incorruptible había desaparecido, los desalmados humanos le habían despojado de ella y habían abandonado a la carroña su cuerpo. Aexterongovix lloro a su compañero. En lo mas profundo de la enorme cueva, deposito sus huesos y los pulverizo con su aliento infernal. Había cumplido su promesa, pero ahora jugaría con los humanos, no se vengaría, no cobraría su cobardía, pero el invierno les resultaría difícil, él se encargaría de ello.
Voló presto, necesitaba comer, el viaje había sido largo, su nuevo aposento ya había sido elegido y ahora debía comportarse como esperaban los humanos que lo haría un dragón, siendo dañino, aunque la verdad era que a él solo le importaba vivir tranquilo, pero debía anunciar su llegada al lugar y que mejor que dar caza a un par de hermosas vacas para llenar sus dos estómagos.
Aexterongovix era conocido por ser un diestro cazador, el mejor avistando gamos y ciervos en lo profundo del bosque. Único deslizándose entre los árboles, con ligereza y habilidad para darles caza. Preciso a la hora de exterminar las continuas plagas de jabalíes, esos cerdos no paraban de multiplicarse. Los hombres alejaban a los lobos y sin ellos el resto de animales crecían en exceso, y él se encargaba de equilibrar la naturaleza. Pero hoy debía cumplir con los humanos, ellos necesitaban saber que él había llegado, después volvería a su anonimato, para el era mejor deporte cazar un gamos que no una perezosa vaca.
Voló sobre una coqueta granja, en sus bien nutridos pastos centenares de vacas rollizas y lustrosas, pastaban con alegría, ajenas a lo que se les avecinaba. Ellas no eran conscientes del peligro que suponía la enorme mancha oscura que las sobrevolaba. Cuando considero que era el momento, eligió a la más hermosa y descendió con delicadeza sobre ella. Sus garras se cerraron sobre su lomo mientras mugía con desesperación, la lanzo al aire con violencia y sus fauces la apresaron dándole muerte instantánea. Las demás comprendieron con rapidez que aquello no era bueno y emprendieron una ruidosa huida mientras el desdichado granjero, contemplaba inmóvil como Aexterongovix devoraba a su animal. El mensaje había sido entregado y pronto todos sabrían que él estaba aquí.

GoldBirds_19
Rango12 Nivel 56
hace 4 meses

Ahora empieza lo bueno. Como diría mi enano: Yo soy Aexterongovix! (cambia la tecla de acento en la ó jajaja)
Genial @Hiarbas, me tienes como un perrico comiendo de tu mano!

Don_Diego
Rango12 Nivel 55
hace 4 meses

Exelente forma de describir como el dragon cazo a la vaca.

AlexisTLGeiger
Rango4 Nivel 19
hace 2 meses

Muy interesante. Muy hábil en la manera de describir y detallar la historia.


#6

Eleuterio comprendió nada más llegar, que la capital era un mundo diferente al suyo. Conocía alguna ciudad cercana a su granja, que había dejado atrás en su camino, pero ninguna podía compararse con la capital.
Todo era bullicio, intranquilidad, algarabía, desenfreno. Era difícil moverse y más tratar de encontrar a alguien. La amabilidad quedaba a las afueras de los sucios barrios que crecían más allá de la muralla que protegía a la antigua ciudad.
Eleuterio llevaba un mes fuera de su casa. La triste miseria que dejo para la subsistencia de su padre, ya se habría agotado y si este no había decidido cambiar de actitud, estaría ahora mendigando un vaso de vino con el que olvidar su abandono. Pero todo se había complicado. Eleuterio creía que sería sencillo encontrar como afrontar su tarea, pero resultaba casi imposible. Nadie sabía nada de dragones, nadie sabía como enfrentarse a ellos. Llevaban mucho tiempo lejos de la comarca y lo poco que se sabía de ellos permanecía en la biblioteca de la capital. Había tardado casi un mes en descubrir esto y mientras el dragón se había convertido en el centro de todo lo que pasaba en Arturia.
Eleuterio escuchaba con presteza las noticias que llegaban de los distintos intentos por acabar con la bestia. Muchos fueron los caballeros, osados y audaces que habían intentado dar muerte al monstruo, pero ninguno lo había conseguido. Todas las crónicas terminaban con héroes caídos a manos del despiadado enemigo. El rey comenzaba a impacientarse. También llego la noticia a sus oídos de que se había puesto en marcha la batalla final contra el temible dragón. El rey tomo la decisión de enviar a una parte destacada de lo mejor de su ejército, armados hasta los dientes e incluso con armas de asedio, para terminar de una vez por todas con la bestia.
Eleuterio vagaba por la ciudad sin saber qué hacer. Un desequilibrado, que decía había sido ayudante de un reputado mago, le confeso, en su locura, que dicho mago tenía el gran secreto de como acabar con un dragón. En la taberna donde tuvo lugar el encuentro, todos se mofaban de él y todos reían sus locuras, pero Eleuterio necesitaba algo así, era su única esperanza, lograr encontrar al mago y rezar para que fuera cierto lo que le había contado su alocado confidente. Pero ahora se antojaba tardío su descubrimiento. Eleuterio dudaba pues tenía la certeza de que el poderoso ejército enviado a luchar contra el dragón no fallaría esta vez-
La esperanza de cambiar su vida empezaba a desvanecerse, su futuro se antojaba perdido y confuso. Dejo atrás la intranquilidad de servir a los caprichos de un tiránico Conde que exigía más de lo que podían darle. Abandono a su suerte a su padre, sabiendo que sería difícil, imposible, alcanzar su objetivo a tiempo de poder salvarle. Emprendió un absurdo camino con la esperanza de ser más que los que llevaban una vida preparándose. Todo por el maldito dragón, todo por creer que el seria el héroe, el salvador.
Tenía dos opciones, ser su padre y sucumbir a su desgracia, dejarse arrastrar por su herencia y perderse en el fondo de un vaso de vino. O afrontar su desgracia enfrentándose a ella, siguiendo el camino que había emprendido, convirtiéndose en lo que había elegido ser y matar al dragón. Y si no podía ser este, buscar a otro, en el mundo abundan y todos son igual de despiadados.
Con el alma purificada, recargada de energía, empeño sus fuerzas y sus energías en encontrar al escondido mago que le proporcionase la llave para conseguir su propósito.
La ciudad consumía a Eleuterio. Trabajar para obtener dinero con el que subsistir era sencillo y más en alguien curtido en el campo y sin miedo al esfuerzo y a enfrentarse a cualquier tipo de reto. En dos semanas hizo de todo, incluso lucho por dinero. Pero por más que preguntaba no localizaba al escondido hechicero. Lo peor era que Eleuterio no soportaba el agobio de no ver el cielo, de no poder respirar mas que pestilencia y podredumbre, de estar siempre rodeado de gente, de no tener espacio, de no ver nunca el horizonte. Añoraba el campo, añoraba la soledad, añoraba el aire limpio.

Cara
Rango10 Nivel 47
hace 2 meses

Pobre Eleuterio, ha de ser desesperante estar en su lugar, me apena su situación, pero espero pronto mejoren las cosas para él.

Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace 2 meses

Dale tiempo puede que te sorprenda, recuerda como empieza la historia, las cosas no son como en las demás historias.


#7

Un día como otro cualquiera por las callejuelas de la capital empezó a extenderse una sensación de miedo, de pánico, que pasaba de unos a otros prendida a los cuchicheos. Pronto el rumor llego a Eleuterio y allí murió el miedo y el pánico, él brilló de esperanza y alegría. Nadie le entendía, incluso alguno le tomo por loco. La noticia de la derrota del ejército enviado contra el dragón, siguió extendiéndose, pero Eleuterio tenía nuevas energías para seguir adelante.
—¿Eres tú el que pregunta por el mago Aquilino? —Un anciano, sucio y andrajoso, se acababa de acercar a Eleuterio que estaba saltando de alegría, entre los sorprendidos parroquianos que le acababan de comunicar la buena nueva.
—Sí, el mismo. ¿Sabes algo de él? —El día no podía ser mejor, alguien que sabía el nombre del mago.
—Sí, el me envía, sígueme, te está esperando.
—Adelante, buen hombre, yo te sigo. —Henchido de gozo, Eleuterio siguió al pobre anciano. Tenía la sensación de estar siguiendo a uno de los muchos mendigos que se apostaban en las calles por donde paseaban los afortunados, pero a él le daba igual su condición mientras le llevase donde él deseaba.
Se adentraron en la parte más humilde de la ciudad, por no decir en la más miserable, hasta llegar a una desvencijada casa de dos plantas, sucia y a punto de derrumbarse.
—¿No se nos caerá encima cuando entremos? —El anciano le miro con desprecio ante sus insinuaciones.
—Tú decides, él te vera dentro, si tienes miedo no entres, pero olvídate de que te vuelva a invitar.
—No, tranquilo, con lo que me ha costado encontrarle, no voy a dejar pasar esta oportunidad.
Atravesó tras el anciano la puerta de la casa y la sorpresa le abofeteo dejándole petrificado. El andrajoso anciano transmuto sus ropas por otras de un blanco deslumbrante. Su rostro no gano en juventud pero si en limpieza, pero su porte abandono la derrota para mostrar altanería y orgullo. Eleuterio quedo fascinado por el cambio y mas aun cuando reparo en que la casa por dentro mostraba fortaleza, limpieza y una luz inusual en aquel sucio callejón en el que se encontraba.
—Bien, pues ya me has encontrado. Imagino que seguirás empeñado en matar al dragón y más ahora que te has enterado de la noticia del fracaso del loco del rey. —Aquilino comenzó a caminar en dirección a una de las puertas que daban a la entrada de la casa invitando a Eleuterio a seguirle.
—Pero… ¿cómo sabe lo que quiero? no se lo he dicho a nadie.
—Yo se muchas cosas y no hace falta que lo digas si en tu corazón siempre esta fija la misma idea. Tengo mucho que contarte y no se si todo va a ser de tu agrado.
—Cuénteme por favor, estoy deseando aprender.
—Toma asiento, que esto va para largo. —Aquilino llevo a Eleuterio a una estancia llena de cojines y alfombras, con una pequeña mesita baja en el suelo, llena de luz que no se sabía de donde salía. —Lo primero que debes saber es que los dragones no son los seres que todos pensáis, ellos no pretenden enfrentarse a nosotros, solo quieren vivir en paz, como cualquier ser vivo. Tampoco están predestinados a traer la desdicha, como anuncia el rey, ellos no traen el hambre ni la desgracia, ellos no son una maldición, todo son cuentos para acabar con ellos. Llevamos siglos eliminándolos solo para ocupar su lugar en el mundo, para ser más que ellos, para demostrar que los poderosos somos nosotros. El hombre es el dañino, pero no queremos verlo, preferimos cargar con esa culpa a otros inocentes y así justificar su eliminación. Los dragones son cada vez más escasos y solo en su santuario se sienten protegidos, pero incluso allí llegara algún día el hombre para exterminarlos. Nuestro rey solo quiere matar al dragón porque le han contado historias de promesas mágicas que son mentira. El corazón de un dragón es solo eso un corazón, lo que le da vida a ese ser, pero no tiene magia en él, ni ninguna de las partes de su cuerpo, la magia la tiene el dragón en si por ser quien es, pero desaparece con su vida cuando esta se le abandona. He intentado hacer ver esto a todos los que se empecinan en destruir a un ser tan magnifico como lo es un dragón, pero mi voz cae en saco roto. Ahora está tú aquí, con la misma idea, con más fuego dentro que el dragón al que quieres matar y yo quiero convencerte para que cambies esa idea y me ayudes a protegerlos. —Aquilino callo lo que había leído en su espíritu. Eleuterio poseía una fuerza, un don por el que necesitaba que fuera su aliado, para evitar que se enfrentase al dragón.
Eleuterio escuchaba sorprendido. En su cabeza la idea de que un dragón era más o menos como un caballo, no tenía cabida. Desde su niñez, siempre había escuchado historias de despiadados dragones que arrasaban con la vida de todos los que no se inclinaban ante ellos. De seres horribles capaces de matar sin misericordia a cualquiera que se cruzara en su camino. Y ahora Aquilino pretendía quitarle de un plumazo todo lo que le habían enseñado. Eso no era lo que él quería de ese mago.
—Se lo que estás pensando, sé que esto no es lo que pensabas, ni lo que querías, pero es la verdad. Yo te ofrezco convertirte en alguien mejor, aprender a mi lado y luchar por ayudar a quien lo necesita.
—No, yo no quiero ayudar a esas bestias. ¡Acaba de matar a un ejército! Eso no es de ser bueno, eso es de ser despiadado. No, no me creo lo que me dice, ese ser debe morir y si usted no puede ayudarme ya encontrare yo como hacerlo, pero yo sé que mi vida está encaminada a eso, lo acabo de comprender, ese es mi destino y desde luego usted no puede arrebatármelo. —Eleuterio se había incorporado y miraba con agresividad al sorprendido mago mientras le gritaba.
—Pues lo siento en el alma. Yo no te lo impediré, mi camino no arrebata vidas, no las interfiere, no las interrumpe. Yo ofrezco alternativas, opciones, pero sois los demás los que debéis decidir. Sigue tu camino si has tomado una decisión y espero que tu vida sea larga y que consigas lo que te propongas, aunque sea un error.
Eleuterio abandono la sala cargado de ira. El enfado crecía en él cuanto más vueltas le daba a lo que el mago le había contado. Abandono la casa y se acurruco en el suelo en cuanto doblo la primera esquina, necesitaba pensar, la situación le había provocado cansancio en su atribulada mente.
Un terrible estrepito sacudió el suelo en el que se encontraba sentado. Alarmado volvió al callejón donde se encontraba a casa del mago justo para ver como esta se derrumbaba en parte, provocando una enorme polvareda. Una sombra huyo a gran velocidad del lugar y Eleuterio se acercó para ver si el mago necesitaba su ayuda o era el quien había huido.
Los escombros y el polvo ocupaban ahora el lugar de la destartalada casa. Eleuterio avanzo con precaución entre los cascotes hasta llegar al lugar que suponía ocupaba la habitación en la que había estado con el mago. Allí tirado, con una porción de la pared aplastándole la cabeza, estaba el cuerpo de Aquilino. Eleuterio sintió pena por él e imagino que algún otro mago rival habría matado a Aquilino. El edificio ahora si, amenazaba con derrumbarse, pero antes de abandonarlo, decidió explorarlo para ver si podía sacar algún beneficio de aquello.
Recorrió lo que le permitieron los cascotes y en un de las estancias encontró una formidable espada tapada por los escombros. Su rapiña le beneficio un cofre cargado de monedas y algunos manuscritos que le parecieron interesantes, sobre todo uno en el que aparecía la espada dibujada. Con poco orgullo, no le parecía la forma adecuada de honrar al muerto, pero amparado por la necesidad, abandono el lugar, tratando de no llamar la atención, por la parte trasera de la casa.
Eleuterio corrió a su pensión y en el amparo de su sucia habitación, inspecciono sus tesoros. Pronto se dio cuenta de que el destino volvía a sonreírle. El manuscrito describía a la espada como la mata dragones. Contaba sus hazañas y enumeraba sus virtudes, pero no daba noticias de como utilizarla. Para Eleuterio solo parecía una espada, bella, magnifica, pero una espada, debería averiguar como utilizarla para llevar a cabo su destino gracias a ella.

Cara
Rango10 Nivel 47
hace 2 meses

Me picha la actitud de Eleuterio, asi nooo


#8

Casilda perdía sus pasos ahogando su frustración, matando su cólera. Lo había intentado todo, lo seguía intentando pero la locura se había adueñado de su progenitor.
La noticia de la presencia del poderoso enemigo llegó antes que ella al ocupante del trono. No pudo evitar que el brillo de la locura comenzara a intuirse en las decisiones de su padre tras saber la buena nueva. No pudo calmarle, sosegarle. La precipitación, el ansia y la demencia se adueñaron de él.
El rey llamo a los mejores de los suyos para incitarles a enfrentar a la bestia. Poco le importaron sus reticencias, su incredulidad, ni las teorías de que tal vez solamente estuviera de paso. Para él era una certeza que un nuevo inquilino había ocupado la cueva del dragón.
Casilda conocía el reino mejor de lo que jamás lo pudiera hacer su padre. A pesar de su obligado distanciamiento del resto del pueblo, la información, llegaba a ella limpia y certera, creando un mapa preciso de cómo vivían entre sus fronteras sus súbditos. Por suerte para todos hasta la llegada del dragón el reino había gozado de una larga época de crecimiento y buenaventura que había propiciado dicha para todos y riqueza para el reino. La amenaza del recién legado, podría suponer entrar en una oscura época en la que el gasto no se cubriera con lo recaudado y con ello la crispación, la precipitación y la opresión, podrían adueñarse de los siempre susceptibles ánimos de los recaudadores. Casilda no deseaba nada de eso. Necesitaba un reino rico y feliz, ofrecer bienestar a su futuro prometido y poder heredar tranquilidad y no un despojo de reino al que volver a levantar de sus cenizas. Lo primero era ella y ante todo poder contraer matrimonio y dejar atrás su condición de solterona, quería ser heredera y solo podría serlo si contraía matrimonio.
Casilda trato de mover sus piezas, debía matar el brillo de locura de su padre, debía evitar que vaciara las arcas reales en pos de un imposible. Conocía bien a algunos de los caballeros cercanos al rey, ser princesa y estar soltera propiciaba desahogos nocturnos con aquellos que sabía nunca revelarían lo sucedido. Tenía conocimiento de algunas de sus debilidades y de ciertas e inconfesables perversiones, con ellas pretendía evitar la cruzada contra el dragón.
Casilda ato a cuantos pudo y amenazo a los que le eran inaccesibles, pero aun así tenía un grave problema, los magos influían en el rey con un poder mucho mayor del que ella, siendo su hija pudiera tener jamás.
La locura había germinado en el regente y un lazo de sangre ya no podía compararse a la promesa de una vida eterna en la que hacer todo aquello que quisiera, le ofrecían el poder de un dios y ella solo le prometía amor, la balanza a ojos del rey claramente se decantaba a uno de los lados y no era el de Casilda.
Primero fueron los mercenarios extranjeros, los que cobraron estipendio por morir en el vano intento de doblegar al dragón. Después se les fueron uniendo los chantajeados, sabedores de poder dejar a sus familias adineradas si ellos no lograban vencer a la bestia. Finalmente se convirtió en un absurdo concurso, infructífero y sanguinario, en el que solo ganaba el dragón y siempre perdía el tesoro real.
Casilda luchaba en vano contra la obstinación de su padre, hábilmente alimentada por los magos y algún que otro consejero deseoso de escabullir parte del erario, pero fracasaba, llegando incluso a ser apartada, arrinconada. El rey no deseaba que nadie le distrajera de su deber divino, él debía terminar con aquel ser que llegaba para sumir a su reino en la miseria de nuevo y el evitaría eso por todos los medios. Casilda veía en su locura la realidad de lo que estaba pasando. No era el dragón el objeto de la desgracia, el que la provocaba. Era su padre quien se había convertido en el instrumento de la fatalidad para invadir con su pena y su pobreza, cada rincón de su rico reino. Ella no podía hacer nada, la habían apartado, la tenía amordazada, atada y sus esfuerzos habían muerto sin tan siquiera llegar a la orilla de la esperanza.
El tiempo pasaba y la contienda contra el dragón seguía cobrándose víctimas a la par de ir arruinando, debilitando y deprimiendo al reino. El rey en su locura, masacro parte de su ejército en un combate absurdo contra el dragón invasor. Iluso él envió lo más granado de sus combatientes a enfrentarse a la bestia, pretencioso imagino un combate singular en el que sus fieles exterminaban a su oponente por superioridad. Lo que no pudo imaginar es que el dragón encontrara apoyo entre los suyos. Ahora su ejército ante su debilidad, reclutaba sin miramientos entre los más humildes. Los campos perdían a sus labradores para engordar las huestes del rey. La comida escasearía pronto si nadie evitaba lo que comenzaba a fraguarse, la maldición había vuelto.

Cara
Rango10 Nivel 47
hace 2 meses

Ummm vaya abaricia de poseer vida eterna la del rey, y pensar que en la actualidad hay muchos ejemplos así, pero lo que ansían es el poder.


#9

Casilda fue llamada a presentarse ante su padre. Habían pasado varias semanas sin que se la permitiera hablar con él, confinándola en la zona más olvidada del palacio. Ahora volvía a solicitar su presencia junto a él.
Entro en el salón del trono y mucho de lo que contemplo levanto sus guardias, la puso a la defensiva. La presencia de un número exagerado de magos, la escasez de nobles, la desorbitada convocatoria de guardias, no la auguraba nada bueno.
—Casilda, hija, cuanto tiempo sin gozar de tu presencia. — El rey había extraviado años de vida en su rostro y las arrugas campaban por doquier sobre él. Su altanera figura siempre erguida y orgullosa, se arrastraba ahora abatida y cansada, aquel era solo una sombra del que poco antes visitaba Casilda.
—¿Qué te ha pasado padre? ¿Cómo te han dejado estar así? —Le miro con pena, con preocupación. Era su padre y a pesar de sus enfrentamientos le quería y le preocupaba.
—¡Hija, esto es la maldición del dragón! — La chillo abriendo con exageración sus tristes ojos, ni siquiera allí quedaba ya nada de chispa, hasta la locura había sido absorbida por la tristeza.
—¿Qué maldición padre? Esto solo es vuestra obsesión con el maldito bicho ese. Esto es solo el abandono de todos estos chupasangres que tienes a tú lado. Seguro que ellos siguen viviendo como dioses mientras tú te consumes con sus historias. — Casilda no pudo contener un llanto de frustración, cargado de preocupación y sazonado del dolor que le producía ver a su padre en semejantes condiciones.
—No, hija no. Ellos me cuidan y me aconsejan. Hacen todo lo posible por mí. Pero el dragón ha traído con él la maldición y ha llenado el reino con ella y a mí también solo hay una solución ya…
—¿Pero te estas oyendo padre? Todo eso es una locura, el dragón no ha hecho nada. Si os hubieseis olvidado de él, todo habría seguido igual, sois vosotros los que estáis matando el reino…
—¡Te prohíbo hablar así! ¡El único culpable es el! ¡Esa es mi palabra!... Hija no quiero discutir contigo y menos con lo que te tengo que pedir… — El rey trato en vano de dibujar un gesto de cariño y comprensión en su deteriorado rostro.
—Está bien, veo que es imposible hacer que reacciones. Cuéntame que se os ha ocurrido ahora. — Casilda rompió su lanza, cualquier lucha iba a resultar infructífera en aquellas condiciones. Su padre era una sombra de lo que había sido y su mente estaba infectada por la inquina de los magos. Le dominaban y ella allí, en aquel momento, no podía luchar contra ellos.
—Pues veras. Es algo complicado, pero Meitreforn ha estudiado ampliamente el tema y cree que es la única solución que nos queda ya para calmar al dragón y acabar con la maldición. El y la mayor parte del consejo de magos, creen que todo es una venganza por haber matado yo al dragón de la cueva, que por eso esta esté aquí…
—¿Pero qué locura es esta? ¿Qué disparate tan absurdo me estas contando? Si cada vez que se mata un dragón estos buscaran venganza, el mundo entero estaría maldito. Padre, como te has podido creer semejante disparate.
—No es un disparate. Además tú no sabes más que estos grandes magos que llevan toda su vida dedicada al estudio. — Casilda dudo con un gesto claro y diáfano de que aquello fuera así. Ella tenía la certeza de que sabía más que muchos de aquellos charlatanes y estaba segura de que si hubiera estudiado su magia les vencería a todos sin dificultad. — Tú limítate a callar y escuchar, esto es importante, no me discutas. No quiero obligarte, prefiero informarte antes y que sepas a lo que te vas a enfrentar. Esto es duro para mí. Eres mi hija y siempre es doloroso sacrificar sangre de tu sangre, aunque sea por el bien de todo el pueblo, pero es la única solución. — Casilda miraba horrorizada a su padre. Un mal augurio comenzaba a dibujar la idea que habían inyectado en la atormentada mente de su padre y no era nada agradable para ella. — Hija… el dragón necesita un sacrificio y mis sabios asesores han llegado a la conclusión de que solo la sangre pura de mi descendiente calmara su sed de venganza y terminara con esta maldición que arrasa mi reino. — Un falso sollozo acompaño las últimas palabras del rey mientas los magos asentían mostrando en sus rostros la altanería de aquel que se sabía poseedor de la única y absoluta verdad.
—Es decir, que la solución de todas estas mentes privilegiadas… es entregarme al dragón, para que este… haga conmigo lo que le plazca… y eso acabara con todos los males de la tierra… y ¿el dragón se marchara? — Casilda lloraba de rabia mientras hablaba, cargaba su corazón de odio hacia todos aquellos que la miraban ajenos a ella, lejanos a lo que sentía, distantes de sus preocupaciones, orgullosos de su propuesta. La locura era la auténtica maldición que había invadido la corte. La avaricia era su aliada y en muchos dejaba entrever sus afiladas garras. Y ella era el pago que les abría las puertas para la rapiña final.
—Noooo, marcharse no, eso no lo queremos. Pero el sacrificio aletargara su cuerpo y me permitirá matarle y obtener su corazón. ¡Hija, seré inmortal gracia a ti!
Casilda comprendió que sus palabras jamás podrían competir contra la demencia que oprimía al que un día había sido su padre. Resignada se dejó caer en el suelo de salón del trono y retiro sus defensas, entrego sus armas, dejándose arrastras por la corriente de locura que todo lo arrasaba.
—Bien, Bien, perfecto, perfecto. En dos días prepararemos todo para tu entrega al dragón. Te prometo que será una ceremonia preciosa, no reparare en gasto para ello y para que el vea que nuestro ofrecimiento es sincero. Todo va a salir perfecto, perfecto, perfecto…
Casilda se dejó arrastrar por los guardias de su padre tratando de no escuchar la paranoia que manaba de la boca del rey. No podía luchar, no podía ganar, solo podía dejarse llevar y caminar hacia su fin.

Don_Diego
Rango12 Nivel 55
hace 4 meses

Sublime. Ya quisiera yo escribir una historia asi. Espero la siguiente entrega 😁👌

Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace 4 meses

Gracias, pero si algo no te falta a ti es imaginación y disposición para regalarnos grandes historias.

Cara
Rango10 Nivel 47
hace 2 meses

Que demencia la del rey por Dios... a todo esto, es una historia escrita con mucho cariño, atrapante, de facil comprensión, en una palabra, es genial :) Felicidades @Hiarbas

Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace 2 meses

Gracias @Cara por tus palabras, el cariño lo dejamos en todo lo que escribimos o eso intentamos, aunque sea siniestro o solo un cuento.


#10

El cansancio empapaba todas y cada una de las escamas del cuerpo de Aexterongovix. Él era un ser pacifico, los conflictos formaban parte de su pasado. Los años habían germinado madurez sazonándola con sensatez, arrinconando el arrebato y la precipitación en algún rincón olvidado de su ser.
En un principio había provocado a los humanos, dando cuenta de unas tristes vacas aquí y allá por la simpleza de hacer ver su presencia, de hacerse notar, de infundir el temor que habían perdido con la desaparición de Crientexmoxi, pero no lo habían entendió y ahora ellos eran su tortura diaria.
Difícil de encontrar era el día en el que no tenía un combate con algún desdichado caballero deseoso de gloria. Al principio jugueteo con ellos, incluso a más de uno le dio a entender que tenía alguna posibilidad de llegar a herirle. Aexterongovix recordaba al pobre desdichado de la coraza carmesí. Un infeliz y joven caballero, lleno de ilusión y colmado de esperanza. Llego hasta el, mal pertrechado y peor armado. Con una triste espada, vieja aunque bien conservada, pretendía hacerle frente. Aexterongovix sintió lastima por aquel desventurado caballero, trato de razonar con él, fue de los pocos que tuvieron el privilegio de escuchar su voz, pero todo resultó inútil. El desafortunado contrincante exigía demostrar su valía en combate. Dos golpes bastaron para desarmar su cuerpo y humillar su espíritu. Pero no se rindió, exigió morir como un valiente, para que se recordara su gesta. Aexterongovix no pudo evitar sentir pena cuando cumplió sus deseos, los humanos no eran capaces de retirarse a tiempo, siempre tenían que demostrar más de lo que era necesario y eso les llevaba a la locura y la exageración.
Aexterongovix ya no jugaba con ellos, ni gastaba tiempo en hacerles ver su error, cuando algún desdichado le retaba unía sus cenizas a las de los anteriores pretendientes, depositándolas en el lugar de honor que había dispuesto en la cueva para ello. Pero daba igual, seguían llegando, más fuertes, mejor armados, incluso alguno con conocimientos mágicos, inútiles contra él. La peregrinación no parecía tener fin, su temporada en aquellas montañas iba a convertirse en una continua confrontación y todo por la obstinación del rey por acabar con él.
Alguno de los desdichados cazadores, había confesado antes de huir o fallecer, el motivo del incesante peregrinar de victimas a su hogar. El iluso rey de la región pagaba sin miramientos a aquel que se enfrentara a él y para colmo prometía saciar la avaricia del vencedor con ferviente generosidad. Aexterongovix intentaba influir en tan disparatados deseos dejando con vida a todos los que podía, siempre y cuando no confundieran en exceso sus hechos y acciones. Les devolvía cargados de mensajes pacificadores y de disculpas por sus iniciales malos modos, pero de nada servía, el carrusel de combatientes seguía incesante, el reino quedaría pronto sin caballeros que luchasen por él, aunque eso a él poco le importaba.
Un día cualquiera, como muchos otros, voló alto para alejarse de los desdichados. Era feliz sintiendo sobre el azabache de sus escamas el fresco baño de silencio y aire que le rozaba, limpiaba la pestilencia de la muerte que tanto le rodeaba desde que había llegado a aquel lugar. Deambulaba por los cielos, ligero y etéreo, consciente de su majestuosidad, sabedor de ser más poderoso que cualquiera de los que, allí abajo, seguramente le miraban atemorizados. Observo el mundo, enorme, bello, insuperable y se sintió diminuto ante su inmensidad. Y todo se quebró cuando observo los movimientos de un triste ejercito encaminarse a su hogar. Los hombres nunca tenían bastante.
Un dragón nunca está solo. Su mente convive con la de todos los de su especie, es un mundo inimaginable para una mente minúscula como es la de un ser humano. Pueden disfrutar de su libertad, pueden elegir con quien compartir, excluir a quien no deseen, bloquear a los ingratos. Rara el la vez que alguien ignora una prohibición y si esto sucede siempre hay quien escarmiente al infractor, pero lo importante es que siempre pueden comunicarse con quien deseen.
Aexterongovix había visto los movimientos de los ingenuos humanos. Tenía la opción y la posibilidad de acabar con ellos el solo, podía derrotarlos y mostrar su poder, su fortaleza, pero eso le debilitaría, le dejaría a merced de un arma encantada, de un diestro guerrero, de un grifo dispuesto a aprovechar la ocasión. Necesitaba ayuda y tenía su pequeño ejército, sus hijos.
—Maumangovix, Aliestangovix, Birtritangovix, Yegerogovix, Pelopicegovix, Quebrugovix, Eoxtifugovix ¿estáis ahí? Os necesito. — Aexterongovix reverbero su voz en las mentes de sus hijos a la vez y sin discriminación.
—Padre, que necesitas. Tu pide y raudo me pondré a tus ordenes.— Birtritangovix siempre estaba dispuesto para la acción, siempre alerta y siempre deseoso de cumplir los deseos de su padre.
—¿Es algo importante? Porque aquí tengo mucha tarea.— Pelopicegovix no era dada a abandonar el confort de su hogar, ella siempre era reacia a viajar, aunque la encantaran las aventuras.
—¿No será alguna de tus locuras padre? Mira que llevamos mucho tiempo tranquilos. — Maumangovix era el menos dado a la aventura, el más tranquilo y el mas reflexivo, siempre prefería dialogar antes de pelear.
—Acción, acción, eso es lo que necesito un poco de acción, me aburrrrrooooo…— Yegerogovix, el más inquieto, nunca podía estar mas de dos semanas en un mismo lugar, siempre vagaba de un lado para el otro, buscando emociones nuevas.
—Eso, movimiento, espero poder repartir buenos mamporros. — Eoxtifugovix, simplemente era una fuerza bruta de la naturaleza, no le gustaba pensar, prefería dormir y actuar, ejercitar el cerebro le cansaba en exceso.
—Pero mira que sois todos burros, dejad que padre se explique primero, luego hablaremos, no nos anticipemos. — Quebrugovix era la mas reflexiva de todos los hermanos, su cerebro no dejaba de sorprender a Aexterongovix siempre que mantenían una conversación, a pesar de la diferencia de edad nunca se quedaba atrás, siempre sabia como corresponder a sus propuestas.
En la sociedad de los dragones, no había distinciones por sexo aunque siempre nacieran mas machos que hembras. Todos eran iguales, todos se ayudaban por igual y en las batallas todos intervenían sin distinción.
Aliestangovix como siempre permanecía en silencio, aunque Aexterongovix notara su presencia en la conversación, siempre en segundo plano, siempre dejando los focos a los demás, siempre pasado desapercibido.
—Necesito vuestra presencia, los humanos no paran de intentar echarme de la cueva de las montañas de Arturia, podría con ellos pero necesito una muestra de poder, necesito que vengáis a apoyarme. Estoy cansado de luchar con ellos y tal vez todos juntos podamos mostrarles el camino a seguir, dejándonos tranquilos.
Todos aceptaron sin titubear, un padre es un padre y a él se deben siempre que se lo pidan, es su ley y es inquebrantable.

IndigoDolphins_73
Rango9 Nivel 40
hace 2 meses

Aexterongovix , el símbolo del feminismo.
Ya no me acordaba de esta @Hiarbas y eso que me enamoré de tu dragón.


#11

En solo dos días los ocho dragones, se reunieron en la inmensa cueva. La reunión fue entrañable, aunque no había pasado demasiado tiempo desde la última vez que se habían reunido, tener allí a todos sus vástagos, llenaba de orgullo a Aexterongovix.
Disfrutaron de dos días de reencuentro, cazando en los bosques, volando sobre las montañas, nadando en el lago del glaciar, pero al tercer día el bullicio del ejercito aproximándose, con sus artefactos bélicos chirriando y el despliegue colorido de sus estandartes ondeando al viento, quebró la tranquilidad y dio comienzo a la carnicería.
Aexterongovix conocía los movimientos de los ejércitos humanos, todos eran iguales, con nimias variaciones, y él sabia como debilitarlos y acabar pronto con sus ánimos, con su valentía y con su lealtad. El hombre depende de su fortaleza mental, Aexterongovix lo sabía, como sabía que la unión fortalece la valentía. Debía quebrar ambas y la batalla y tal vez la guerra estaría vencida.

Yegerogovix y Eoxtifugovix plantaron sus grandes y brillantes cuerpos en el frente de la batalla, ellos eran los mas corpulentos y sus colores, dorado y plateado exageraban su tamaño bañados por el deslumbrante sol de la mañana.
Quebrugovix y Maumangovix volaron sobre los flancos rociando fuego cerca de los asustados oponentes, mermando su valentía y destrozando su entereza. Mientras Pelopicegovix con su afinada destreza, lanzaba desde el cielo en el que trataba de quedar suspendido, certeras andanadas de fuego, que condenaban a los arqueros a la extinción.
Aliestangovix y Birtritangovix dieron cuenta sin piedad de la retaguardia, hiriendo más que matando pero siempre evitando dejar indemnes, así conseguían evitar que volvieran a plantearse atacar de nuevo e infundían terror eterno en sus corazones.
Aexterongovix enfrento directo a los nobles que dirigían el espectáculo, ellos eran su objetivo principal, tanto como destruir aquellos artefactos destinados a hacerles daño. La piedad abandono su ser y no dejo a ninguno que relatara crónica de su encuentro. Los nobles cayeron, humillo su altanería, su orgullo de poderosos. Las armas fueron destruidas, los artefactos creados para someterlos perecieron bajo su poder. Muchos hombres, pobres, obligados y exigidos a luchar contra ellos, sobrevivieron pero las ganas huyeron por siempre de ellos. Muchos otros quedaron para sanar cuerpo y alma por mucho tiempo, tal vez por una eternidad. Demasiados quedaron en el suelo, bañando con su sangre la tierra que supuestamente defendían, sembrando de muerte el antojo de un rey.
Aexterongovix y sus hijos no celebraron la victoria, la muerte de tantos era una sinrazón que oprimía sus almas. Compartieron algunos días más y todos abandonaron el nuevo hogar paterno en busca de su lugar en este mundo agonizante en el que vivían. Solo Aliestangovix prometió regresar pronto, algo le mantenía inquieto y deseaba estar cerca de su padre para confirmar sus recelos.
Pasaron los días y la paz inundo las montañas de Arturia. Aexterongovix cicatrizaba las heridas de su alma, tratando de evitar flagelarse por la inutilidad del acto cometido. No apreciaba a los hombres pero respetaba su vida, solo los enfrentaba para defenderse, jamás había atacado a uno conscientemente hasta la batalla. Ahora se arrepentía, tal vez debería haber buscado un nuevo hogar, haber olvidado al rey loco, haberse obligado a permitir vivir a aquellos que nada tenían que ver con la tonta contienda en la que se había visto involucrado. Pero sabía que el mundo era cada vez más pequeño para compartirlo con los humanos y tal vez no encontraría un lugar como aquel para subsistir. Ahora se mortificaba mientras compartía con Claxtimilia, en la distancia, sus pesares, sus dudas, sus miedos.
Un día, sin aviso, sin esperarlo, apareció como salido de la nada, un temeroso paje vestido elegantemente, portando un largo pergamino y un temblor visible en cada una de las partes de su cuerpo. Aexterongovix, curioso, poso su fabulosa cabeza frente a el. Los orificios nasales de su hocico bañaban con cada exhalación al tembloroso personaje, mientras este trataba de hablar sin conseguir articular palabra.
—Tranquilo, la carne humana no me interesa, puedes hablar no te hare daño, solo los que me tratan de dañar pueden sufrir por sus actos y creo que tú eres inofensivo.
El desdichado paje asintió con exageración a las palabras de Aexterongovix, recompuso su ánimo, pauso su pulso, todo lo que pudo y trato de nuevo de leer el pergamino que portaba.
—SU MAJESTAD EL MUY SERENISIMO, GRANDE Y PODEROSO…
—Para… no es necesario que grites, oigo perfectamente, y además estoy cerca de ti, habla con normalidad, y sáltate todo lo que no es importante. ¿Vale?
El paje volvió a asentir, releyó lo que debía relatar y se dispuso a empezar de nuevo siguiendo las normas del terrible dragón que le miraba a los ojos.
—El rey Clemencio III, en su grandeza y magnanimidad, de común acuerdo con sus vasallos y su pueblo, han llegado a la conclusión del error de tratar de enfrentar a un ser tan majestuoso como es el aquí presente. Por consiguiente ha decidido ofrecer a su propia primogénita, como ofrenda de paz, para evitar nuevos altercados. El ofrecimiento es con el corazón y sin remordimientos, pues el poderoso dragón podrá disponer como considere de la ofrenda.
—¿Y eso es lo que tenias que contarme?
—Bueno, eso es mas o menos, lo resumí sin tanto artificio como lo escribieron los sabios del monasterio, je je. — Trato de sonar lo mas convincente y cercano posible, pues creía que eso era lo que aquel enorme ser quería.
—No, perdona, si tu lo has hecho bien, te estoy agradecido por librarme de toda la paja del escrito. Lo que no entiendo es que es lo que quieren que haga yo con una mujer.
—Puessss…— Lo cierto era que a él tampoco le alcanzaban las entendederas para comprender que pretendía el rey dándole a su hija a tan terrible ser. Lo que si sabia es lo que el haría. Sin poder evitarlo las imágenes pasaron por su cabeza y una tonta sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro.
—Ummmm… parece que tu si sabes lo que harías, pillín, ja, ja, ja. — La risa de Aexterongovix estremeció al paje y le borro la sonrisa con violencia. — Nada, diles que no me interesa. Paz, tranquilidad y todo lo que quieran para estar lejos de mí, sin problemas, pero una princesa no la necesito.
—Señor… o como tenga que llamarle… no es una opción, ni una sugerencia, ella ya está preparada y ha asumido su sacrifico. Y es más, casi juraría que si no deja que ella venga a su presencia la sacrifican igual en el altar que colocaron en la ladera, mire, mire… — Sin saber porque, el paje se sentía con confianza al hablar con aquel ser tan imponente, algo le decía que no corría ningún peligro, que podía y que debía ser el antes que tratar de engañarle.
—¿No será capaz ese gañan? — El paje asintió cómplice. — Deja que mire a ver que tienen montado. — Aexterongovix alzo el vuelo, descendió hasta la zona que le indicaba el paje y contemplo la terrible parafernalia que habían montado en una explanada del bosque.
Un altar, profusamente decorado con flores, guirnaldas y plumas de mil colores, ofrecía a la princesa, vestida de blanco impoluto y coronada con una diadema de rosas y gardenias blancas. En derredor la corte, a gran distancia, acompañaba al rey y su guardia, mientras grandes bandas de músicos, tronaban melodías tratando de insuflar alegría a los temerosos que observaban el vuelo de Aexterongovix.
Elevo el vuelo y retorno a su guarida, allí le esperaba su nuevo compinche.
—Bien, ya vi lo que me decías. Por cierto, me llamo Aexterongovix, así que nada de señor, ni tonterías de esas. Ahora te iras, y le dirás que no pienso bajar, no les daré el gusto de tenderme alguna trampa en la que mueran más hombres, ellos no tienen culpa de los desvaríos de tu rey, díselo si te atreves. Dile que si quiere que la mande, ya veré que hago con ella, pero que la mande solo a ella, y en cuanto a ti, siempre que quieras aquí tienes un compañero para hablar, sé que te pilla lejos de tu hogar, pero ven tranquilo, charlaremos a gusto. — El paje miraba asombrado a aquel maravilloso ser que ahora le ofrecía su amistad.
—Mi nombre es Andrian, para servirle a usted.
—Nada de servirme ni tonterías de esas, tu eres un hombre libre.
—Lo que usted diga. Agradezco su ofrecimiento y comunicare lo que me ha indicado. Tal vez algún día venga a visitarle. — Andrian sonreía feliz. No sabía que era ni porque, pero confiaba en aquel increíble ser y estaba dispuesto a volver algún día a conocerle mejor.
Andrian descendió la montaña mientras se despedía con efusividad de Aexterongovix, mientras este le miraba divertido. Él sabía lo que había pasado. Un humano solo tenía que dejar caer sus férreas barreras de miedo para dejar entrar la empatía del dragón dentro de él. Si todos tuvieran el valor de aquel simple paje, ellos no sufrirían en el mundo por culpa del miedo y el desprecio.
La nueva aventura prometía, ahora tendría que velar por una humana, tendría que ganársela, debería tratar de aliarse con ella, pero sobre todo debía mantenerla con vida, sabía que esa sería su llave para la tranquilidad.

Don_Diego
Rango12 Nivel 55
hace 4 meses

Ah pillin! Jaja. Te esta quedando genial el mundo que escribes. Espero mas contenido gran amigo @Hiarbas 😁👏

Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace 4 meses

Gracias por los ánimos que siempre infunden tus comentarios @Don_Diego, pero a ver cuando continuas tu con tus relatos que nos dejaste a la espera y deseando continuar leyendo.

Cara
Rango10 Nivel 47
hace 2 meses

Aexterongovix el super dragon, me encanta.


#12

Eleuterio mantenía su atención pendiente de las constantes noticias que llegaban sobre el dragón y los movimientos que se realizaban en torno a él. La calle era un bullicio constante de noticias, ciertas o solo supuestas sobre los hechos referentes a la bestia, pero por alguna razón oculta a sus entendederas, lograba discernir las auténticas de las fraudulentas.

La pérdida del ejército, la frustración del rey ante tal hecho y la posterior loca idea de ofrecer a la princesa como sacrificio para calmar el ansia de sangre de la bestia, habían alterado su estado hasta llevarle a una crispación constante.

Tenía la absoluta certeza de que él era el único, el elegido, para acabar con aquel ser abominable. Lo comprendió después de la extraña y trágica entrevista con el mago Aquilino. Desde entonces, en su interior la idea creció hasta convertirse en certeza y por ello no había cejado en su idea de conseguir su propósito, para lo cual trataba de encontrar la forma de hacer útil su irreverente saqueo al desafortunado mago.

Recabó toda la información de la que fue capaz de encontrar, en la biblioteca de la ciudad, sobre la espada, prácticamente ninguna, solo un par de textos informado de su fama y atestiguando la certeza de ser infalible frente a un dragón, pero de como manejarla o activarla nada de nada.

Eleuterio comenzaba a perder la esperanza de encontrar algo que le fuera útil con respecto a la espada, debería arriesgarse y enfrentar a la bestia confiando en que mostrara su poder en la cruzada. Sabía que era jugarse la vida como muchos otros lo hicieron antes de él, pero le acompañaba la certeza de que tendría más posibilidades que ninguno de ellos gracias a la supuesta “mata dragones”.

Solo debía escoger el momento, estudiar cuando realizar su hazaña, pero no podía dilatarla en exceso, el rey había emprendido la marcha y la entrega de la princesa a la bestia en pocas jornadas sería efectiva.

El único consuelo que calmaba la encorajinada alma de Eleuterio era fantasear sobre la princesa desgraciada. Soñaba con la certeza de que el mejor premio a su valiente encomienda debía ser la de la mano de la princesa. Convertirse en el heredero del reino, casarse con la princesa, olvidar las penurias y la pobreza, mandar él en vez de ser mandado, tener poder sobre todo un reino, era un justo premio para lo que estaba dispuesto a afrontar. Y aunque conocía el premio estipulado para el vencedor de la contienda, albergaba la esperanza de que al cambiar las circunstancias, también cambiase recompensa.
Unos días de haber tomado posesión de la discreta casa que compró con la rapiña al fenecido mago. Uno de tantos en los que andaba absorto en tratar de averiguar como podría funcionar la espada robada, llamaron a su puerta sorprendiéndole, pues a nadie conocía allí ni nadie le conocía a él aun en esa zona de la ciudad.

Frente a él, al abrir su puerta, encontró a un hombre corriente, bien vestido y mejor perfumado, algo mayor que el sin llegar a ser anciano. Espesa barba, pelo algo largo, de gesto sincero y aspecto simpático.

—Buen día ¿Qué desea?

—Muy buenos y provechosos días. Mi único deseo es ayudaros.
Eleuterio quedó sorprendido ante la respuesta del visitante y no pudo por menos que pedirle se explicara.

—No entiendo que quiere decir. ¿Qué es eso de que quiere ayudarme?

—No dije eso, dije que deseo ayudaros, que es distinto. Querer implica posibilidad y supone probabilidad de fallo, desear conlleva certeza en lo que se ofrece. — Eleuterio quedo algo confundido, aunque no era tonto, tanta palabrería podía llegar a enturbiar sus raciocinios. —Si me permitís pasar podre explicarme mejor y seguro os complacerá lo que tengo que ofreceros.

Eleuterio aparto su cuerpo del hueco de la entrada franqueando el paso al invitado que lo agradeció con una amplia sonrisa. Le condujo hasta el patio de la casa, donde momentos antes practicaba con la espada, de la que no quería separarse para evitar posibles despistes. Tomaron asiento en los poyetes que se encontraban bajo el escuálido árbol del patio y cortésmente le invito a hablar.

—Cuenteme que es eso que viene a ofrecerme señor.

—Primero permítame presentarme, mi nombre es Alaricio Mentrir. Se que para usted poco importante es esta información, la que si lo será es que soy Mago de decimo nivel de la orden del Rayo de Luna. — La cara de Eleuterio dibujo sorpresa mezclada de desconfianza. En sus incursiones a la biblioteca, a la par de informarse de la “mata dragones” había curioseado sobre los magos y la magia y ahora recordaba que dos eran las facciones de magos en el mundo, los de la orden del Rayo de Sol y los de la orden del Rayo de Luna, unos en oposición a los otros, unos considerados oscuros y otros reconocidos como magos blancos. Aquilino, su desafortunado benefactor, formaba parte de los denominados magos blancos y el ahora presente era uno de sus opositores. —No temas Eleuterio, no pretendo hacerte ningún daño, todo lo contrario, te he dicho que pretendo ayudarte.

—¿Cómo sabe mi nombre?

—Saber, sé muchas cosas, imposible enumerarlas, además de no ser importante. Lo que sí lo es, es que sé que robaste a la “mata dragones” y que no tienes ni idea de como usarla. —Eleuterio se levantó de inmediato y tomo la espada en sus manos amenazando al mago. —Eso no es necesario, te repito que lo que pretendo es ayudarte, además tu para mí no eres rival, aunque ahora me dé pereza demostrártelo. Simplemente siéntate y escucha si luego sigues con el mismo deseo, combatiremos.

—No sé qué es lo que quiere… le voy a hacer caso… pero al más mínimo movimiento le rajo…— Eleuterio volvió a sentarse sin apartar la punta de su espada del invitado. Permanecía tenso y alerta por si tuviera que intervenir, desconocedor el que con un simple pensamiento el mago podría inmovilizarlo.

Don_Diego
Rango12 Nivel 55
hace 3 meses

—No dije eso, dije que deseo ayudaros, que es distinto. Querer implica posibilidad y supone probabilidad de fallo, desear conlleva certeza en lo que se ofrece. — Eleuterio quedo algo confundido, aunque no era tonto, tanta palabrería podía llegar a enturbiar sus raciocinios

Pero incluso yo necesite releer eso. De 10/10 ese fragmento. Mis respetos. Seguire leyendo. Por cierto eso de ser mago del decimo nivel me parecio un gran detalle. 😁👌

IndigoDolphins_73
Rango9 Nivel 40
hace 2 meses

Genial este mago , bien vestido y mejor perfumado. Bien perfilado.

Cara
Rango10 Nivel 47
hace alrededor de 2 meses

Este Eleuterio ya me da dolor de cabeza.


#13

—Bien, mejor así. Te cuento: Mi orden siempre ha estado en oposición a la complacencia y a la convivencia que tienen los del Sol con los dragones. Nosotros no los consideramos dignos de equipararse al ser humano, pero para nuestra desgracia somos pocos y las leyes de la magia suelen marcarlas los del Sol. (Te lo cuento así porque entiendo que sabes quienes somos unos y los otros)— Le susurro cómplice, mientras Eleuterio asentía con tensión. — Hace poco, yo mismo, elimine a Aquilino de Siervia para evitar que te malmetiera ideas en la cabeza y te apartara de tu noble misión. Ese día tú te hiciste con ¡esta maravilla de la creación! que ahora portas en tus manos y de la que nada sabes y nada sabrás si no me escuchas con atención.— Alaricio gesticulaba y se movía de forma exagerada con cada frase que articulaba. Al referirse a la espada se inclinó ante ella en gesto de veneración.— Ella como ya sabes es única, lo que no sabes es que tú también eres único, ese y solo ese fue el motivo de que el indeseable de Aquilino se acercara a ti.

—¿Cómo que soy único? ¿Qué me está contando? ¿Me quiere tomar el pelo?— Eleuterio relajo su gesto y preocupado inquirió al visitante.

—Tranquilo, ahora me explico, no te tomo ningún pelo. Eres único y él lo vio como yo lo veo. En tu interior late la fuerza de los grifos (por si no lo sabias son los únicos seres capaces de enfrentar y derrotar a un dragón), eres uno entre millones con esa espíritu con esa fuerza interior y ello es lo que te lleva a ser el ideal para portar esa maravilla que luces en tu mano.

Eleuterio quedo petrificado ante lo que le decía aquel loco mago. Pensar que sus fantasías nunca habían sido tales, era algo impresionante, algo realmente difícil de asimilar. Su mente bullía desconcertada pero a la vez insuflada de un aliento poderoso que provenía de saber que era cierto lo que el mago le decía. Era como si siempre lo hubiera sabido y no hubiese querido reconocer esa certeza. Poco a poco fue apartando las dudas y dejando que la locura de lo que le exponía el visitante poseyera su conciencia.

—Siempre he sabido que este era mi destino y cuando la toque supe que debía ser mia…

—He, he, he, no corras tanto gorrión. Sabes que eso no es verdad, lo se yo cuanto tu más debes saberlo. No te envalentones ni te dejes llevar, lo que no necesito ahora es iluminados que caminen ciegos por su misión celestial. Tu eres un instrumento, eres el portados de la “mata dragones”, ella es la importante, tu eres la llave para activarla, no te envalentones. —Eleuterio estaba de nuevo desconcertado, la euforia salió corriendo ahuyentada por la regañina del mago y las dudas ocuparon el lugar que dejaba vacío. —Mira no es personal, es que ella es la única que puede matar a un dragón con facilidad, las demás formas son complicadas y nunca son certeras, ella si lo es. Cualquiera puede empuñarla, cualquiera puede matar a un dragón con ella, si sabe como activarla y para eso hace falta mucha magia, pero tu no necesitas nada más que ser tú. Es como si se hubiese hecho para ti, aunque no sea así.

—Bien, vale, lo entiendo… entiendo todo lo que me dice… es dicifil de asumir pero creo que lo entiendo… lo que no comprendo es como voy a activarla si por mas que lo he intentado ella no hace nada de nada.

—¿Lo ves? Por eso me necesitabas a mi. Chaval te voy a dar el conocimiento para convertirte en el héroe de todos los héroes, en le mata dragones, en el único e irrepetible aniquilador de bestias… pero…podríamos comer algo ante, es que estoy canino…

Eleuterio colmó su paciencia con la petición, pero no pudo negarse a cumplirla a pesar de su enfado y su incipiente estado de agitación. Comieron y bebieron con toda la tranquilidad que les fue posible mientras el mago se negaba a contestar la batería de preguntas que Eleuterio le lanzaba sin cesar.

Terminado el avituallamiento Alaricio se dispuso a sestear como siempre acostumbraba.

—No, no, no, maldito mago, o me da la respuesta ahora mismo o le atravieso con la espada aunque tenga que buscar a otro de su orden para que termine de contarme esta locura.

—Vale, vale, vale… será mejor que te lo cuente, sino no me vas a dejar en paz para poder echar una siestecita. Bueno pues para activarla… solo tienes que empuñarla.

Eleuterio quedó petrificado ante la propuesta del mago. Eso era lo que hacía a diario y no dejaba de ser una espada normal cuando la empuñaba. Definitivamente el oscuro mago debía estar tratándole de tomar el pelo, de reírse de él.

—No te alteres. No te estoy contando ninguna milonga. —Prosiguió el mago ante la cara de decepción de Eleuterio. —Siendo tu la lleve con empuñarla es suficiente, solo que ella no es más que una espada hasta que enfrenta a su enemigo. Frente a un dragón despliega su poder y se convierte en mortífera para ellos. No te lo puedo explicar, solo los que la utilizaron saben lo que hace, pero ninguno jamás lo quiso contar, es como un pacto con ella. Tú lo comprenderás cuando venzas al dragón, lástima que no pueda estar allí para verlo.

—¿Entonces ya está? ¿Eso es todo? ¿Quieres que me enfrente al dragón así con la espada en la mano y ya está?

—No era eso lo que ibas a hacer? La diferencia es que ahora sabes que vencerás, antes tenías la seguridad de ir a una muerte segura, ahora soy yo quien te asegura que la muerte será para el dragón. Eso sí, necesito algo a cambio de dejarte ir con ella.

—Pídame, que importa, si usted lo sabe todo, sabrá que poco me importa lo que pida, si no muero os lo daré, total seguro que si me niego me hará algún conjuro para que no pueda llevarme la espada, crea yo o no en ella.

—Has acertado en todo. Tampoco es nada del otro mundo. Solo quiero que cuando des muerte al dragón me traigas la escama más grande de su pecho, es inconfundible. Fácil ¿no?

—¿Y para que quiere eso?

—Cosas de mago.

Eleuterio colmo su paciencia. Sabía que no sacaría más del frustrante mago. Aunque tenía sus dudas, algo en su interior le decía que lo que el mago le había contado no era ninguna mentira. Sabía que debía confiar en él y además deseaba que fuera cierto lo contado por el alocado mago. Supondría cumplir sus sueños y tal vez dar ese giro a su vida que tanto deseaba para convertirse en poderoso y así alejarse de la inmundicia y la pobreza.

—Bien veo que lo tienes todo claro, que has comprendido lo que tenías que comprender y que la siesta no será nada buena si no es en mi incomparable cama de plumón de roc. Con lo cual me despido, no sin desearte la mejor de las suertes en tu valerosa aventura gentil Eleuterio.

Con un gesto de su mano el mago desvaneció su figura y dejo a Eleuterio solo, perdido en sus pensamientos, sorprendido por la desaparición tanto como por la visita, inquieto ante la posibilidad de que todo fuera una fantasía de un mago loco, pero ante todo dispuesto a realizar la tarea que en su interior cada vez tenia más certeza de que sería triunfal a la par de épica.

En pocas jornadas encaminaría sus pasos en busca de su enemigo. Ahora tenía la certeza de que el dragón era su antítesis y que el sentido de su vida era darle muerte y con ello salvar a todos los que le aclamarían por ello.

Don_Diego
Rango12 Nivel 55
hace 3 meses

—He, he, he, no corras tanto gorrión. Sabes que eso no es verdad, lo se yo cuanto tu más debes saberlo. No te envalentones ni te dejes llevar, lo que no necesito ahora es iluminados que caminen ciegos por su misión celestial.

Me dejo impresionado esta parte. No vueles tan alto que el sol quemara tus alas de cera. 😁👍. Como que tu historia me ha estado incitando a hacer una similar. De princesas y dragones, de caballeros y gorriones. Jejeje

Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace 3 meses

Me alegra que te guste espero no defraudar con el desenlace pero ya avise de que no es un cuento tradicional.

Don_Diego
Rango12 Nivel 55
hace 3 meses

Mejor aun, me gusta lo nuevo e inovador. 😁


#14

Aexterongovix recibió como correspondía a su invitada, si bien es de reconocer que Casilda llego extenuada y cargada de miedo y toneladas de terror a la entrada de la cueva donde el imponente dragón negro la esperaba.

—Bienvenida mi señora. No temáis nada, desde hoy seré vuestro anfitrión, sirviente y protector. No dudéis en pedir aquello que necesitéis, tratare de cumplir siempre me sea posible. ¿Tenéis sed? en la cueva hay un limpio y exquisito manantial de agua pura y cristalina. ¿Tenéis hambre? cacé un ciervo antes de vuestra llegada y lo asé para vos, en la cueva lo tenéis a vuestra disposición, ¿si os parece poco hecho puedo asarlo más?— Aexterongovix trataba de mostrarse dócil y cumplidor para apartar los miedos de la princesa y romper las barreras que ahora les separaban pero comprendía que la tarea iba a resultar complicada.

Casilda no pronuncio palabra, el terror que le inspiraba aquella enorme bestia, por muy amable que se mostrara, era tan grande que aun permanecía atenazada y era incapaz de dar tan siquiera un tímido paso, aunque ansiara el agua que le ofrecía el terrible monstruo.

—Perdonad, soy un mal educado, mi nombre, por el que todos me llaman y reconocen es Aexterongovix, sé que resulta complicado, pero para nosotros es normal, todos tenemos nombres artificiosos y difíciles de pronunciar. ¿Cuál es vuestro nombre princesa?

—Casilda. — Se atrevió a pronunciar la asustada princesa mientras apartaba la mirada, incapaz de seguir observando a la bestia que terminaría con su vida en cuanto se encaprichara de ello.

—Un placer conocerla, sé que os sentís atemorizada, creo que puedo mejorar eso en algo, por suerte nacemos dotados de algún que otro poder mágico y uno de ellos es ideal para este caso. — Aexterongovix chasqueo su lengua y una tenue y difusa nube blanca y brillante, envolvió su cuerpo a la par que iba menguando. Cuando desapareció el dragón había mermado llegando solo a alcanzar la mitad o menos de su tamaño y aunque seguía siendo imponente, ahora solo casi doblaba en tamaño a la asustada princesa. — Creo que así será más fácil, casi estamos a la misma altura. Veo que tampoco mejoráis, mejor os dejo un momento tranquila para que comáis y os refresquéis, mientras me alimento.

Casilda sumaba la sorpresa a su miedo, lo que había hecho el dragón era impresionante y si su padre llegara a verlo enloquecería sabiendo que era cierto lo de la magia de los dragones.
Aexterongovix alzo el vuelo dejando sola ante la entrada de la impresionante cueva a la princesa. Casilda se armó de valor consiguiendo dar sus primeros pasos desde su llegada al lugar. Entró en la cueva y pronto localizo el increíble manantial gracias a la enorme hoguera que iluminaba parte de la cueva.

Satisfecha su sed, dio cuenta de la carne asada que se encontraba junto a la hoguera. Estaba perfectamente asada, sosa pero agradable tras el desfallecimiento por su ascensión hasta la entrada de la cueva.

Antes de que pudiera darse cuenta Aexterongovix había vuelto. Entro en la cueva sin cambiar su tamaño, seguía pequeño y Casilda agradeció el detalle de su carcelero. Se sentía algo mejor y allí, amparada por la danzante luz de la hoguera armo su fortaleza, encontrando el valor para enfrentarse a la bestia.

—¿Qué piensas hacer con migo mala bestia? — Rugió enfurecida, demasiado envalentonada por su ataque de entereza.

—Nada princesa, lo cierto es que me han obligado a recibiros y sois libre de marcharos cuando os apetezca. Fue vuestro padre quien se empeñó en esta absurda ofrenda, si accedí a ella fue solo por vos pues amenazaban con sacrificaros igualmente si no dejaba presentaros ante mí. Mi intención con vos es nula, mi interés en vos también, no odio a los humanos y solo mate a los que se empeñaron en luchar a pesar de darles la oportunidad de huir sanos y salvos. Los dragones no somos esos bichos malos que tanto os empeñáis referir en vuestros relatos, no os odiamos solo nos defendemos. ¿Queréis marcharos? Pues hacedlo.

Casilda torno el miedo en confusión, el terror en desconcierto. Aquello no era lo que su padre le había explicado. Él la mandaba a un sacrificio por su pueblo, por su país, por su padre. Ella debía morir, solo así terminaba la maldición, aunque ella no creyese en tales fantasías, pero sí su padre y si el dragón no la mataba, seguro que lo hacia él. Casilda era consciente de que su locura había invadido toda su consciencia y ya era imposible de exorcizar ese diablo de su interior.

—No puedo volver, está convencido de que solo si me sacrifico la maldición desaparecerá y si no lo haces tú lo hará el, me matara, estoy segura.

—No entiendo a los humanos. ¿Cómo podéis matar a los de vuestra especie? ¿Cómo podéis matar a los de vuestra propia sangre? ¿Cómo se puede matar a una hija? No puedo entenderlo. Es igual, podéis quedaros, ya os he dicho que hare lo que me pidáis para manteneros a salvo, por ello no os preocupéis y de mi mucho menos, no me interesan los humanos. Bueno, únicamente si tratan de matarme, pero no creo que sea el caso.

—Somos despreciables. Es cierto. Pero no todos somos iguales. Yo no le deseo el mal a nadie. Siento que tengas que cargar con migo, pero si me lo permites me quedare un par de días aquí a ver si se calman los ánimos de mi padre.

Casilda tubo la sensación de que el miedo se perdía entre la maraña de sentimientos que ahora campaban en su interior. La desconfianza huía en retirada dejando vacía la plaza dispuesta a ser ocupada por una tímida confianza. La empatía tomaba asiento invitando a la timidez a ponerse tras ella, a ocupar un plano menos importante. El terror huía despavorido despedido por una minúscula alegría que intentaba crecer pero no podía. Sentimientos encontrados plegaban y desplegaban sus lazos tratando de ocupar un lugar destacado, creando confusión en la princesa no cautiva.

El día agonizaba, la noche llegaba y la tensión entre anfitrión e invitada, aunque no fuera el caso, se eclipso por el inicio de una tenue confianza hasta que algo alarmo al dragón, que siempre alerta estaba.

—Perdonadme princesa, creo que solo erais una distracción. Ahora regreso, no os mováis y estaréis a salvo.

Don_Diego
Rango12 Nivel 55
hace 2 meses

Exelente desarrollo entre el dragon y la princesa. Continuo.


#15

Aexterongovix abandono a la princesa, alejándose de la seguridad del fondo de la cueva para encarar la entrada que ahora se tintaba con los rojizos tonos del atardecer. Según se acercaba a la entrada su tamaño retorno a su ser y cuando emergió de la cueva mostro todo su imponente cuerpo ante los desprevenidos caballeros que trataban de pillarle por sorpresa.

—Bienvenidos señores. No tengo cena para todos pero si puedo agasajaros con vuestra vida si decidís abandonar aquello a lo que hubierais venido a hacer y volvéis con vuestras familias. Creedme no merece la pena.

Los caballeros, cuatro imprudentes enviados por el rey para aprovechar el momento de distracción del dragón, quedaron sorprendidos. No esperaban un dragón parlante, se suponía que era una bestia sanguinaria y despiadada, no un ser inteligente y dialogante. No esperaban que le invitasen a volver por donde habían venido y a regresar a sus casas, solo esperaban lucha, sangre y fiereza en su oponente. No esperaban ser sorprendidos, el rey les había garantizado facilidad en la gesta. Pero sus mentes, como no esperaban nada de nada, continuaron ausentes y emprendieron su batalla sin importarles las propuestas del oponente ni su imponente porte y amenazante fama.

—¡Por el rey!

—¡Por la Princesa!

—¡Por Arturia!

Tres de ellos se lanzaron alocados, poseídos por la rabia, insuflados de la locura legendaria de la fama. Aexterongovix suspiro resignado, con su poderosa cola barrio a los tres adversarios, pero ellos lejos de abandonar aumentaron su desenfreno y recargaron su locura para cargar con mayor y aumentada intensidad contra el dragón expectante. Aexterongovix de un zarpazo disloco a uno, de otro aturdió a otro y de un cabezazo desparramo al restante. El cuarto caballero contemplaba asustado y algo resignado, como sus compañeros malgastaban energías en la imposible victoria.

Los tres recompusieron sus figuras y cargaron de nuevo con osadía, volviendo a rodar por los suelos sin ninguna gallardía. Una y otra vez arremetieron hasta extenuar sus cuerpos, mientras, a mitad de la contienda, el cuarto caballero abandonaba el lugar, consciente de la inutilidad de la disputa y deseoso de volver junto a los brazos de su amada.

—Hacéis bien señor, vivid para contarlo y disfrutad de ello. — Le despido Aexterongovix mientras se seguía ocupando de sus descerebrados compañeros.

Casilda contemplaba, oculta en la entrada de la cueva, como la lucha se desarrollaba. No entendía la insistencia de los caballeros, como tampoco entendía porque el dragón no terminaba el enfrentamiento. Tenía la seguridad de que tendría facilidad para acabar con ellos si se lo proponía. Empezaba a pensar que tal vez fuera verdad lo que le había dicho de que el no mataba a los humanos si no era necesario.

Aexterongovix trataba de convencerlos para que depusieran las armas y huyeran del lugar conservando la vida, pero sus palabras resultaban inútiles con los enajenados caballeros.

—Habla lo que quieras monstruo del infierno, solo la muerte impedirá que te matemos.

Aexterongovix suspiro resignado, una vez más aquellos desdichados, que se enfrentaban a él, solo esperaban un resultado y no aceptaban otra alternativa. Tomo aire y dejo escapar su poderoso aliento sobre los tres combatientes, dándoles la digna muerte que ellos exigían. Las terribles llamas calcinaron sus cuerpos en segundos, dejando un triste recuerdo de ellos en forma de cenizas sobre el suelo. Casilda contemplo horrorizada el final del combate. No se había equivocado, el dragón era un ser malvado, había matado a aquellos valientes.

Pasaron dos días y la situación se mantenía. Aexterongovix agasajaba a la princesa con todo aquello que podía, ayudado por Andrian, que se convirtió en un visitante asiduo del lugar y que proveía al dragón de todo aquello que le encargaba para la princesa.

Las charlas entre ambos se fueron haciendo más largas. Casilda empezó a comprender a aquellos seres temibles y maravillosos a la vez. Aexterongovix empezó a entrever como era el mundo desde los ojos de un humano aunque no llegara a comprender su forma de afrontar conflictos y problemas, para él los humanos siempre tomaban la vía difícil, siempre acababan en conflicto, tanto con otros como con ellos mismos. Casilda pensaba que mucho de lo que el dragón le contaba era fantasía creada para que ella se sintiera más afín a él. Y Andrian, que alguna vez compartía charla con ellos, siempre manteniendo la pleitesía con la princesa, crecía en su admiración por la magnificencia de aquel ser fantástico e increíble.

También fueron constantes las incursiones de descerebrados intentando ajusticiar al dragón, incluso alguno tratando de eliminar a la princesa por encargo de su padre, enterado de que aún conservaba la vida por medio de algún que otro espía y de aquellos que no desearon el combate. Casilda comenzó a comprender que Aexterongovix no los mataba por placer, les ofrecía la vida y solo mataba al que deseaba perecer en su lucha.

Al empezar el tercer día Casilda comprendió que su percepción de su anfitrión había cambiado. Empezaba a entender que no fingía, que así era él y eso colmo su espíritu dejando fluir la empatía, permitiendo a la admiración campar a sus anchas acercándola a Aexterongovix, aproximándola a su ser.

Por el contrario, Aexterongovix sabedor y conocedor un poco mejor de los humanos, ahora se sentía muy alejado de ellos, algunos como Andrian y tal vez Casilda, podrían merecer la pena, pero por lo que ellos le habían contado y por como ellos mismos veían a sus semejantes, dragones y humanos nunca podrían convivir, los humanos se encargarían de ello. Sus corazones disfrutaban con la lucha, sus vidas no les importaban ni a ellos, sus banderas, sus tierras, sus líderes eran los que les importaba los que guiaban sus vidas. No lo entendía ni pretendía entenderlo, los dragones no eran así ni nunca podrían serlo.

Llegaba el mediodía cuando Aexterongovix sintió en su corazón la llegada de la desesperanza y por primera vez en su vida noto el miedo. Algo se aproximaba y no era nada bueno.

En la entrada de la cueva, empuñando su espada Eleuterio desafiaba al dragón, le esperaba.

Don_Diego
Rango12 Nivel 55
hace 2 meses

O si! YEA!!! El encuentro esperado al fin llega.
—¡Por el rey!

—¡Por la Princesa!

—¡Por Arturia!

—¡Por los Dioses antiguos, por los actuales y los por haber!!!

Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace 2 meses

Ya está cerca, toca esperar un poquito hay que alimentar al vampiro antes.

Cara
Rango10 Nivel 47
hace alrededor de 2 meses

Ay no, este Eleuterio y su loca idea de matar a este hermoso dragoncito.


#16

Llegaba el mediodía cuando Aexterongovix sintió en su corazón la llegada de la desesperanza y por primera vez en su vida noto el miedo. Algo se aproximaba y no era nada bueno.

En la entrada de la cueva, empuñando su espada Eleuterio desafiaba al dragón, le esperaba.

—¡Maldita bestia he venido a matarte! ¡Tú fin ha llegado y de ello me voy a encargar yo con mis propias manos!

Eleuterio gritaba exaltado, azuzado por la certeza de que podía derrotar a aquel fabuloso enemigo.

Durante la ascensión a la entrada de la cueva y más aun, según se aproximaba a ella, fue notando como en el interior de su ser algo poderoso crecía, algo que nunca antes había sentido, algo que le ofrecía la certeza de llenarle de poder, de fuerza. Eso debía ser a lo que se refirió el mago loco que le había visitado. También notaba como la mata dragones absorbía energía del entorno, de la naturaleza, se recargaba y empezaba a estar llena de vida y de una fuerza increíble, indescriptible. No se veía, pero él notaba su presencia, la sentía, entendía lo que pasaba, era como si estuviera conectado a la espada, percibía como si poco a poco comenzaran a formar parte el uno del otro, a ser uno solo, como si la espada le urgiese a esgrimirla para fusionarse con su mano, con su carne. Era extraño pero era lo que sentía y más ahora allí delante del monstruo, esgrimiéndola poderosa, sentía como hasta el mismo dragón la temía.

—¿Qué deseas humano? Y ¿Por qué portas esa destructora? Esa vil arma salida del averno para acabar con todo lo que pisa la tierra. Acaso no te han dicho que es un arma oscura, creada para destruir la vida no solo de los dragones, sino de todo lo que pisa la tierra. Es que no te han dicho que ella provoca la locura, posee a su portador y le obliga a matar para alimentarla.

—¡Vaya, si sabe hablar el bicho! No me cuentes zarandajas, sé de sobra lo que te pasa… tienes miedo, lo veo en tus ojos. ¡Yo soy poderoso! ¡Esta espada es parte de mí y juntos vamos a darte muerte! ¡Tú eres el ser infernal no la espada y vas a morir!

Eleuterio gritaba como un poseso desde el centro de la explanada de entrada a la cueva. Su mirada, rozando la locura, exorbitaba sus ojos y le daba un terrible aspecto a su crispado rostro, atemorizaba. Su pose, abierto de piernas, esgrimiendo en alto la espada, posando su otra mano en la cadera, simulaba la que mil veces había visto en grabados de los libros de caballería de la biblioteca, en la que el vencedor se mostraba triunfante delante de su víctima caída.

Aexterongovix mostraba respeto por lo que ante él se encontraba. Sabía lo que aquel terrible arma podía hacerle, sabia de las pocas posibilidades que tenia de vencer la contienda, sabía que si aquel demente le vencía la mortífera espada sobrecargaría su poder y le exigiría un alto precio de sangre, tanto de dragones como de cualquier otro ser de los que la tierra pisaba, incluidos los humanos. La conocía bien, su leyenda acompañaba la vida de todos los dragones, temerosos de encontrarla algún día en sus vidas. La conocían como “la mata mundos”, pues en los orígenes de la memoria de los seres inteligentes, había estado a punto de terminar con la vida de todo lo conocido. Por suerte desde entonces, se había conseguido minimizar su poder, alejándola de los humanos que poseían la semilla que alimentaba su esencia. Para desgracia de Aexterongovix, resultaba bien claro que aquel insensato era uno de los portadores de la semilla.

—Sé que no puedes evitarlo, que para ti soy un monstruo, que deseas matarme por encima de todo, pero reclamo a tu conciencia de ser humano y te pido que pienses lo que haces. Yo me alejare de aquí si es lo que deseas pero deshazte de ese instrumento maligno, su poder te va a corroer hasta aniquilarte a ti y a todos los que se crucen en tu camino.

—Deja de hablar monstruo y enfréntate a mí, vengo a cobrar tu deuda con todos los caídos ante ti.

Eleuterio avanzo con intención de atacar a Aexterongovix quien por respuesta intento alzar el vuelo para escapar del filo mortal de la espada, pero apenas si consiguió elevarse tres metros, suficientes para abortar el intento del campesino.

Alarmada por los gritos, Casilda abandono su confortable refugio en lo profundo de la cueva y se asomó a ver qué era lo que sucedía. Con mucho temor ante la posibilidad de volver a contemplar otra carnicería propiciada por la locura de su padre. Aunque esta vez ya había tomado conciencia y estaba dispuesta a interponerse entre los caballeros y el dragón, para convencer a los primeros de la inocencia de su protector.

Tenía la certeza de que podría convencerles y mandar un mensaje a su padre para que terminase con aquella locura sin sentido. Estaba dispuesta a ello y con tal intención abandono su escondite y apareció en la entrada de la cueva. Mas su sorpresa fue ver al dragón temeroso frente al atacante, un personaje singular, con ropas de comerciante y gesto de loco que esgrimía, amenazante, una espada de aspecto hermoso, pero poco impresionante para que el dragón les temiera. Confusa escucho la conversación y quedo alarmada ante lo que decía Aexterongovix. Sabía que él no mentía, no le hacía falta, era un dragón y si lo que decía era cierto aquel personaje era una autentica amenaza.

Casilda sintió como se le encogía el alma cuando Eleuterio ataco a Aexterongovix y este no pudo alzar el vuelo. Temió lo peor, conocer al dragón la hacia mirarle con otros ojos, incluso podría decir que albergaba un sentimiento de comprensión y hasta cariño por aquel fabuloso ser. Se sintió aliviada al ver que conseguía esquivar el arma. La inundo la necesidad de hacer algo, debía hablar con el atacante, pues tal vez ella consiguiera que la respetase. Ella era una princesa.

—¡Señor! ¡Podríais atenderme!

Eleuterio miro sorprendido a la mujer que aparecía en la entrada de la cueva, vestida de vivos colores, mostrando su espléndida figura. Su cabello caía en cascada sobre sus hombros y su rostro resplandecía y deslumbraba mostrando su belleza a pesar de la preocupación que lo marcaba. Aquella era la princesa que para él estaba destinada, pensó.

—¡Princesa, estáis viva! Cuanto me alegro de ello, así podre salvaros y entregaros a vuestro padre, seguro se pondrá feliz por volver a veros. Alejaos princesa, dejad que acabe con el monstruo.

—No, eso no. No le matéis. Él no es un monstruo, el único monstruo es mi padre que me mando aquí a morir. Él no me ha tocado, ni piensa hacerlo. Es noble y solo mato a aquellos que no quisieron dejar de luchar. Creedme no debéis matarlo, el…

—¡Princesa! ¡Estáis loca! ¡Es un monstruo, no puede vivir, debe morir, yo puedo matarlo! ¿Qué os ha hecho?… ¿Os ha hechizado?... maldito, pagaras por esto…— Eleuterio hizo ademan de atacar de nuevo, mientras Aexterongovix preparaba su defensa, poco confiado en vencerlo.

—No, él no me ha hechizado, no me hizo nada. Creedme no debéis matarlo, no debéis luchar contra él, hacedle caso, seguro que es cierto lo que os dice.— Las palabras de Casilda interrumpieron el intento, aunque no la actitud amenazante de Eleuterio.

—Princesa, huid de aquí, no le vais a convencer y es posible que acabe con vos si le parecéis una amenaza, huid ahora yo le distraigo.

Aexterongovix se había acercado a la princesa tratando de evitar una tragedia mayor, pues era consciente de la locura que comenzaba a invadir al campesino.

—Princesa, confirmo vuestra locura, nadie en su sano juicio defendería a un dragón. Apartaos, no quiero haceros daño, pero tengo que matar a este monstruo.

Aexterongovix expulso su aliento como nunca antes lo había hecho. En la explanada el calor se convirtió en infernal y Casilda se tuvo que refugiar a la carrera en la cueva para que su piel no sufriera por la llamarada. Pero fue en vano el ataque pues la invencible espada absorbió todo el torrente de pura lava que Aexterongovix había enviado sobre Eleuterio, dejando indemne a su portador.

Don_Diego
Rango12 Nivel 55
hace 2 meses

Ohhhhh!!!! Genial. Y de paso veo aqui un exelente nombre. La mata mundos. Bien hecho 👍👍👍

Cara
Rango10 Nivel 47
hace alrededor de 2 meses

No quiero que Aexterongovix muera 😱


#17

El campesino creyó que la muerte le llegaba cuando vio manar las llamas de la boca de la bestia. Su sorpresa se convirtió en éxtasis cuando su arma devoro el fuego impidiendo que el pereciera. Ahora sí que sabía que nada podría detenerle, ni aquella loca princesa que se empeñaba en defender a su enemigo, al enemigo del mundo entero. Eleuterio debía cumplir su misión, él era el elegido, él era el salvador, el ungido y nada podría pararle.

—Dragón estas acabado, este ha sido tu último ataque, reza si eso es lo que hacéis las bestias parlantes, pero haz lo que quieras para estar en paz pues vas a abandonar el mundo de los vivos.

Los dragones no rezaban, olvidaron a su dios cuando conocieron al hombre y entendieron que no eran únicos y privilegiados. Lo que si hacían era despedirse de los suyos, confortarles antes de que llegara su final.

—“Hijos… Claxtimilia… Escuchadme…No tengo mucho tiempo, se me acaba… La Mata Mundos me ha encontrado y sé que no voy a poder con ella… No quiero venganzas, no quiero aventuras, no quiero salvadores, ni redentores, solo quiero que me recordéis y que me lloréis poco… Claxtimilia te he amado con todo mi corazón, siento dejarte tan pronto… A vosotros solo pediros que crezcáis y hagáis que me sienta orgulloso allí donde este para vigilaros… eso si decir a la orden del rayo del Sol que deben evitar que la Mata Mundos siga en manos de este hombre, es una semilla y si mata más dragones o algún otro ser mágico nadie podrá parar…”

Eleuterio contemplaba como Aexterongovix había entrado en algo parecido a un trance. Era como si no estuviera allí, como si les hubiera abandonado. Él no era un caballero, no se regía por ninguna ley que le atenazase, por ello, sin pensarlo dos veces se abalanzo hacia el dragón y con fiereza le hundió la espada en el pecho, tratando de evitar la escama que le reclamo el extraño mago que le visito.

Del pecho de Aexterongovix broto sangre ardiente, era como ver lava incandescente, pero no quemaba. Junto a ella una impresionante luz dorada broto con furia inundando toda la explanada. La espada temblaba, consciente de su golpe de muerte y se comunicaba con su portador, traspasándole la fuerza que robaba a aquel ser poderos al que en ese instante aniquilaba. La luz fue menguando, muriendo, agonizando y con ella el majestuoso dragón negro derrengaba su cuerpo hasta dejarlo inerte a los pies del campesino triunfante.

Aexterongovix exhalo su último aliento mientras el último destello moría y en el cielo un lamento de estrellas se oía.

—¡NOOOO! ¡Maldito bastardo!

Casilda salió a la carrera, llorando, histérica. No entendía como podía haber matado a un ser tan fantástico como lo era Aexterongovix. No comprendía como aquel miserable, que ni siquiera era un caballero digno de tal privilegio, solo era el dueño de aquel arma malvada, había sido capaz de matar al poderoso dragón.

Con rabia se lanzó sobre el campesino, golpeándole en el pecho, en la cara en cualquier parte que sus inocentes puños pudieran alcanzar.

—Estate quieta estúpida princesa. ¿Es que no ves que te he salvado? Serás mi reina.

Eleuterio la sujeto por el brazo, matando su arranque de rabia. Sonreía victorioso, henchido de gozo, colmado de poder, exultante de obtener más de lo que acababa de lograr.

Casilda le observo temerosa, en el rostro de aquel insensato brillaba la locura, pero había además brillos claros de demencia.

—¡Jamás seré nada tuyo!— Grito convencida y envalentonada.

Eleuterio la miro sorprendido, pero fue consciente pronto de lo que le sucedía a su prometida, realmente estaba hechizada.

—Cuanto siento lo que os pasa. Estaba convencido de que teníamos un futuro juntos, pero solo hay una solución para el mal que os domina, para la brujería no hay mejor remedio que la espada.

Sin dar tiempo a que reaccionara a sus palabras, Eleuterio hundió en el vientre de la doncella la temible arma que se estremeció de gozo al sentir la sangre humana de nuevo.

Llevaba centurias recluida sin probar el dulce sabor de la sangre de los humanos. Los magos la habían condenado al ostracismo y el olvido, a la sed y a la carencia de poder, pero su nuevo instrumento pronto la llenaría de todo aquello que anhelaba.

Casilda murió junto al dragón, unió sin desearlo su destino al del ser mágico. Para su desgracia ni siquiera su padre lloraría su perdida, solo el humilde Andrian derramaría lagrimas por ella.

Eleuterio notaba como la espada susurraba ordenes en su cabeza, trataba de dominarle, pero el aún se negaba, no podía controlarle. Tal vez lo que el dragón le dijera fuera cierto y aquella fabulosa espada no le llevara por el camino correcto. Solo una persona podría saberlo, pero para eso necesitaba un regalo y se dispuso a tenerlo.

Antes de que despertara el alba, sin que nadie en la gran ciudad capital se enterara, refugiándose en las sombras, amparándose en el silencio de la madrugada, Eleuterio rindió visita al mago Alarico.

—Buen día Eleuterio ¿Cómo tu por aquí con la que está cayendo?

—No cae nada.

—Es un decir, anda pasa. ¿Traes algo para mí? Estoy impaciente, como un niño esperando los regalos de su cumpleaños.

—Si tengo lo que me pidió. Ha sido fantástico, lo mate sin problemas, fue increíble y la espada fabulosa, era como si fuéramos uno, indestructibles…

—Si, si, si, si, todo lo que tú quieras, pero ahora, dame mi regalo.

Eleuterio le dio la enorme escama del pecho del dragón al mago, que la contemplo con deleite, sabedor de lo maravilloso que era aquel regalo. Después sin decir más palabras, derramo sobre la escama el contenido de uno de los miles de frascos que en aquella estancia guardaba. De la escama comenzaron a brotar brillantes y zigzagueantes hilos luminosos, azulados, verdosos, irisados. Cubrieron toda la estancia, envolviendo a los presentes, acariciando sus cuerpos, hasta que encontraron la espada.
Los hilos luminiscentes, volaron ansiosos hasta la espada, ciñéndose a ella, cubriéndola, tapándola por completo y arrebatándosela a su dueño. Alarico aprovecho el momento y soplo sin miramientos los polvos que en su mano portaba, sobre el rostro de Eleuterio.

—Bien, ya está hecho. A ver gorrión, ahora solo tienes que olvidarme, ignorarme, desterrar de tu mente toda la presencia que tuvieras de mí y de la espada. Luego vas y cortas la cabeza del dragón, se la llevas al mentecato del rey y así te conviertes en leyenda. Fácil. Ah que se me olvidaba, recuerda decir que fue el dragón quien mato a la princesa, clava sus dientes en su cuerpecito y así nadie sospechara de ti. Ale ya está todo listo, puedes partir, jijijijijiji.

Cuando el mediodía las campanas anunciaban, apareció en el gran arco de entrada a la muralla de la ciudad Eleuterio con la cabeza de Aexterongovix en un carro cargada, junto a ella llevaba el cuerpo inerte de la desdichada Casilda.

Fue aclamado, agasajado, honrado y encumbrado como caballero. Vivió desde entonces rodeado de favores, adorado por las doncellas, y honrado por los nobles. De su padre nunca mas se acordó, ni saber de el intento. Vivió colmado por el rey disfrutando de sus atenciones hasta el día que intento repetir la hazaña y termino convertido en un triste montón de cenizas por las llamas de Claxtimilia. Curiosa coincidencia.

El rey pereció sin descendencia, sin llegar a obtener más inmortalidad de la cabeza del dragón que la que le dieron los libros que relataron sus peripecias.

El mago Alarico emprendió un camino de destrucción y guerra, solo que eso es otra historia que nada tiene que ver con esta.

FIN.

Don_Diego
Rango12 Nivel 55
hace 2 meses

Un gran y diferente historia a las acostumbradas!,muy muy bueno! Si, sin dudas basada en la propia e inerente esencia del ser humano. Ahora quiero saber sobre el mago Alarico muajajaja.

Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace 2 meses

Gracias @Don_Diego ese era el reto escribir una historia clásica, esa que todos imaginan pero cambiando los roles, el heroe es malvado, la damisela secuestrada es una víctima de su supuesto salvador y el despiadado monstruo solo es un pobre condenado por ser quien es sin importar lo que realmente pueda ser.

Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace 2 meses

Alarico a mi también me ha dejado huella

IndigoDolphins_73
Rango9 Nivel 40
hace 2 meses

Casi te mato @Hiarbas por cargarte al dragón!
Es broma, es tu criatura y tu historia. Buen final, diplomático. No decepciona a los que buscan finales felices ni a los que los buscamos crudos. No me lo esperaba y te quedó muy bien, nada forzado. Los tres últimos párrafos son soberbios. Hasta te quedó un pie para otra historia ;)

Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace 2 meses

Gracias @IndigoDolphins_73 me alegra que te haya gustado y el final escierto que lo forcé un poco para no disgustar a todos pues si soy sincero la idea era matar a todos a través de Eleuterio, pero asi queda mejor.

Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace 2 meses

Repito @Lunnanegra en las viejas historias los dragones mueren, he explicado como desearía yo que hubiera pasado pero el final no se puede cambiar, lo siento.

Cara
Rango10 Nivel 47
hace alrededor de 2 meses

Bueno, estoy triste por la muerte de Aexterongovix pero, la historia te quedó fabulosa.
Felicidades @Hiarbas eres un excelente escritor.

Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace alrededor de 2 meses

Gracias @Cara me alegra que te gustase y lo del dragón ya lo explique aunque viendo la pena que deja habra que contar un dia de estos algo de su larga historia para resarcir a sus seguidores.

Cara
Rango10 Nivel 47
hace alrededor de 2 meses

Siiiiiii por favor, deja la crueldad de lado y has unas cuantas historias de sus hazañas @Hiarbas queremos leer más de él 😍😍😍

anamar26
Rango8 Nivel 39
hace alrededor de 1 mes

Magnífica historia. El final es triste pero ya comentaste que no era la típica historia de siempre. Aplausos.