Astren
Rango6 Nivel 26 (856 ptos) | Novelista en prácticas
#1
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  • #2

Buen día mi sabio bibliotecario, ha pasado mucho tiempo desde mi última carta. Había un  momento en el que desconocía todos los lenguajes para mí.  Conocí otros en los que le miraba escribiendo mis propias palabras y yo me preguntaba si esos serían todos los instantes que compartiría usted.  Dejabas de escribir diciendo “he terminado” y yo me quedaba muda deseando haber extendido las líneas que me regalaban su tiempo y compañía. Era difícil despedirse.

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#2

Cuando lo conocí por primera vez, esa pequeña parte de usted rodeada de tantos libros escritos en un idioma que desconocía, insegura no sabía como acercarme y torpemente me inventé una excusa; que una humilde modista como yo en tierra extranjera supuestamente enamorada de un francés quería escribirle cartas y lo necesitaba a usted para que tradujera mis versos.
Cada semana llevaba mis cartas en español, lo observaba leyendo y esperaba que tradujera en su propio idioma lo que tanto quería decirle, mis sentimientos… mi corazón abierto
No conocías la razón y me temblaba las manos cohibida de decirle que no era otra razón las cartas más que ninguna otra persona sino por usted
Continué tanto tiempo esa tonta mentira, sentándome a su lado. Sin embargo, estaba acostumbrándome a la agonía de conservarlo a mi lado escribiendo para mí en otro idioma. En silencio, usted garabateaba en otra hoja lo que yo escribía en las mías. “He terminado”. Sabe lo que significaba para mí esas dos palabras. Había terminado de escribir mi carta, la compañía llegaba a su instante final.
Salía de su biblioteca francesa y cada semana el clima podía ser diferente; en algunas ocasiones el día era gris. No importaba porque en mi corazón el sol siempre brillaba.
Era un ritual acercarme a un buzón de servicio postal, meter mi mano en la ranura pero no soltar la carta que usted tradujo; era un ritual sacar la mano y volver a meter la carta dentro de mi bolso, caminar calle abajo hacia mi casa, entrar en mi habitación y acostarme, doblar la carta y lanzarla hacia el techo junto a todas las demás. Todas volando como aviones de papel sobre mí. Ninguna salía por la ventana, y de hacerlo, estaría saliendo de mi corazón la primera confesión.  No se imagina usted como dolía.
Conservaba todas esas cartas para mí. Las memorizaba, solo en el orden en que las letras estaban escritas,  me distraía mientras confeccionaba y garabateaba sobre la mesa de mi máquina de coser palabras que no conocía. Alguna de esas decía el “te amo” que escribí en español.
Un día quise aprender francés, quería recitar con mi propia voz lo que usted escribía. Aprendí en menos de dos años su propio idioma y fue entonces cuando comprendí el tiempo que usted y yo habíamos perdido. Me di cuenta, lo que más me duele, ninguna de las cartas en francés traducía lo que yo había escrito; todas confesaban sentimientos puros, llenos de respeto y también cargados de pasión, ternura, todas ellas hacia una amante de telas y prendas.
Cuando salía de mi taller de modistería miraba en dirección hacia su biblioteca, miraba las ventanas donde estaría usted asomado viendo el mismo cielo gris que yo, preguntándose porque ninguno de los dos se acercaba, hablando el idioma del corazón.
Hoy por primera vez me siento feliz de escribirle Je t’aime. Je suis en amour avec vous.
Je suis en amour de toi.