Rlyeh
Rango8 Nivel 36 (2491 ptos) | Poeta maldito
#1

--LA HERMSOA PASEADORA SIN VOZ
Plan de amigos. Chicas y chicos, de a pares, parejos. La pasamos genial y en algún momento hice reír demasiado a mi chica, tanto que se quedó sin voz. La observé contestando con una voz de hilo la llamada de su madre. Se veía tan hermosa: cómo tenía especial cuidado de no lastimarse más, su bonita carita... No podría tener mejor apreciador que yo. Luego nos separamos del grupo para decirnos adiós. Estábamos cansadísimos, me acosté en el suelo y ella se sentó sobre mis posaderas, como si cabalgara un potre. Estuvimos allí, en silencio, sólo mirándonos y sonriéndonos. Luego, de camino al barrio, le ofrecí mucha agua y al llegar justo salía de casa mamá. Ella no podía saber lo nuestro, así que la evadimos y a la vuelta de la manzana nos besuqueamos una última y silenciosa vez. Ay, Lolita...

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#2

-INVASORES SATANISTAS
Estábamos ya acostados en una profunda, silenciosa y oscura noche sin retorno cuando escuchamos el sonido más macabro, desgarrador y desesperanzador del mundo: las cerraduras de la puerta de nuestra casa se abrían y la entrada chirriaba, intentando advertirnos o quizá burlándose de nuestro infortunio. Mi primo y mi padrino fueron las primeras víctimas, durmiendo en la sala, los inocentes creyeron que éramos nosotros y entredormidos saludaron a un cuchillo en sus pechos y gargantas.

Mi madre y yo eramos un par de conejos enjaulados y aterrados; los psicópatas, no uno, sino dos, se las habían arreglado para sabotear la energía eléctrica y nuestro único testigo y salvador, el satélite Selene, incapaz de hacer más, con mucho esmero se las arregló para arrastrarse a través de los pequeños rinconces de la casa para iluminar a medias las dos figuras demoniacas: y nunca mejor dicho, ya que aparentemente eran dos satanistas que cargaban con los cadáveres de sus serotoninas. Con los ojos desorbitados, llenos como la luna y rojos como el suelo, la delgada y apuesta pareja oraban fortisimamente alguna clase de ritual en latín donde el eje gravitatorio era la palabra Sátanas. Sus ropas hacían juego con el oscuro entorno de la casa y aunque el chico se veía delgado tenía lo que caracterizaría al típíco criminal calvo y corpulento: una voz profunda y una fuerza de oso. La chica si parecía frágil pero hermosa cual cristal. Madre y yo corrimos a ocultarnos mientras la oscura avalancha Bonnie y Claud avanzaban con su onda de destrucción y poema latín al únisono en crescendo.

En algún momento, se separaron y la chica entró a nuestro escondite, la encaré y verla al rostro fue como enfrentarte a un niño romano criado para matar, llevaba un alicate en la mano, intentó apuñalarme pero la detuve, yo era increíblemente más fuerte, se lo quité de la mano y la amenazé con matarla si no se largaba ahora mismo, ella, en un mundo aparte, fue sacando otro alicate de su cintura sin dejar de recitar su mierda de poema, pero fui el vaquero más veloz y acabé con Terminator clavando su propio alicate en su cuello. La chica en una mala imitación del Guasón se retorcía y reía histéricamente mientras su existencia se apagaba y terminaba acostada en el charco de sangre que ella misma causó. Pude percibir como alguien corría en la casa pero fuera de ella. El otro infeliz al escuchar que el poema de su compañera se detuvo, huyó. Fue una noche de pesadilla y ahora no sé cómo contarle a madre lo que le pasó a nuestros familiares...

#3

-INSTITUTO EDUCATIVO ABISMO-

Mi amiga y mi amigo me tomaban de los brazos, ellos eran pareja pero me cuidaban cual madre y padre. Por alguna extraña razón, ibamos a la escuela de noche, pero como para ellos era normal, yo me fui alienando. Llegamos a lo que parecía la entrada del colegio: un risco sacado del mismísimo infierno, un fondo rojo y negro y un calor abrasador podía percibirse en el infame e infinito vacío. Alineados habían, como juegos de feria, una docena de sillones conectados a una especie de riel diagonal ascendente hacia las puertas reales del colegio, que estaban casi a un kilómetro de altura de donde estábamos.

No perdimos más el tiempo y cada uno nos sentamos en una silla, entonces comenzó el ascenso. No habían cinturones ni medidas de seguridad más allá de una barra donde sostenías tus pies para balancear la silla con tu propio peso. Estaba cagado del miedo y mi corazón suspiró quedándose por un segundo en silencio cuando en una mala voltereta, mi amiga se cayó, soltándo un grito de lamento. Mi concentración en no morir no me permitió llorar y al fin cuando llegué solté no sólo mi control de equilibrio sino todo control que tuviese en ese momento. No había espacio para la psicorigidez allí, rompí a llorar. La escuela es un infierno.