Hiarbas
Rango11 Nivel 52 (7753 ptos) | Artista reconocido
#1

Aristóteles Jiménez Candil, era hombre de naturaleza curiosa y muy dado a introducir su nariz en los asuntos mas variados, incluidos aquellos que no eran de su incumbencia, bueno diríamos mejor que sobre todo en aquellos que no eran de su incumbencia.

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#2

Llevaba ya la increíble cantidad de no se cuantos años siendo el portero de una elegante finca del centro de la ciudad. Los inquilinos habían ido cambiando con en paso de los años y los que a su llegada eran unos adinerados nobles de baja alcurnia y mucha pretensión, habían sido remplazados con el paso del tiempo por unos adinerados empresarios, metidos en políticas y ante todo muy despilfarradores y sobre todo muy ostentosos en sus maneras. A el la alcurnia, los títulos, los cargos y demás zarandajas de los poderosos le traían sin cuidado, pues solo era el portero y sabia que por muy bien considerado que fuera, su premio seria siempre una mayor o menor propina, pero al día siguiente su rutina allí seguiría.
Aristóteles había sobrepasado ya los cuarentaicinco pero se sentía joven y fresco “como una pescadilla recién pesca”, solía decir a todo el que se interesaba por saber como se encontraba. Su vida transcurría realizando sus quehaceres diarios de mantenimiento de la finca. En la lectura de sus periódicos, y de alguna que otra revista del corazón. Y ante todo en la ardua labor de seguir siendo la persona me-jor informada sobre la vida de todos los vecinos del barrio. Se vanagloriaba de su capacidad como sabueso de las intimidades del prójimo, y en mas de una ocasión a alguno le habría podido levantar una o dos exclusivas de la prensa rosa.
Una mañana de otoño andaba Aristóteles recogiendo las hojas caídas de los arboles en el césped del amplio jardín de la finca, cuando se percato de la entrada por la puerta del jardín, la que da a la calle mal oliente de detrás de la finca y por la que solo pasean perros, gatos y tal vez alguna que otra rata, de Mauro Pujalte, un politiquillo en rápido ascenso que en opinión de Aristóteles subía mas por su do-minio con su bragueta que por sus grises dotes para la política.
Mauro solía codearse con las altas mandatarias del partido del poder, y decimos altas pues de los altos no se le conocía que hubiera tenido ni una triste conversación con ellos. Ese día Mauro llego jadeante a la puerta trasera del jardín y Aristóteles se vio obligado a enterarse de que es lo que le podría haber pasado al bien relacionado de Mauro.
–Se encuentra bien señor Mauro, que le veo un poco sulfurao. ¿Quiere que le traiga un poco de Agua?
–No gracias Aristóteles, no es nada que ...me encontré con.....unos pandilleros y me toco salir corriendo para evitarlos... no sabes la pinta que tenían—Aristóteles le miro fijamente mientras asentía con la cabeza.
Su cerebro comenzó a engrasar la maquinaria del detective que el sabia llevaba en su interior y decidió que aquello seria prioridad, las circunstancias hacían pensar que lo que a Mauro le había sucedido merecía la pena ser investigado.
–Tranquilo señor Mauro aquí no pueden entrar, y si lo hacen les arreo con el palo que tengo en la portería. Pero si se queda mas tranquilo llamamos a la policía. – Aristóteles sabía que Mauro se negaría a hacerlo pero quería ver la reacción de su cara al realizar la propuesta. Y no fallo, una vez mas Aristóteles anticipaba sus pasos a los de su investigado.
–No Aristóteles no te molestes más por mí... si seguro que ya se habrán marchado y todo...
–Si quiere voy y lo miro para asegurarnos. –El ingenioso portero había realizado aquella propuesta intentando darle a su voz un aire de humildad que en ese momento no tenia ya que, como Mauro tenia la mirada fija en sus zapatos, él estudiaba concienzudamente el vestuario de Mauro, repasándolo de arriaba abajo con la mirada por si encontrase algo que le diera indicios o pistas de que era lo que le tenia en tal estado de agitación al politiquillo.
–No Aristóteles, de verdad le estoy agradecido pero déjelo...hasta luego me voy a mi casa.
–Hasta mas ver Señor.
Mauro miro hacia atrás por encima de su hombro hacia la puerta, mientras se alejaba del lugar donde había estado hablando con Aristóteles. Este le siguió, discretamente, a una distancia prudencial, pero le siguió. Mauro entro en el portal y cruzo este hasta llegar al ascensor, toco el botón para llamarlo, y espero.
–Mauro, Mauro, como has podido dejarme allí tirada...como has sido capaz de...
–¡Calla loca!, ¿Que quieres que todo el mundo de entere?
–Pero Mauro entiéndeme...
–¡Calla te digo! Sube al ascensor conmigo, hablaremos en mi casa.
Desde un oscuro rincón del portal Aristóteles observaba lo que estaba sucediendo. Su cabeza daba vueltas a dos ideas y tenia que resolver las dos.
La primera y más importante era saber que le había pasado a Mauro para estar tan nervioso.
La segunda, y no menos importante era conseguir ver bien de cerca a aquel pedazo de escultura de mujer que se había abalanzado sobre Mauro.
Ligero como el intrépido sabueso que se consideraba, se encamino hacia el montacargas de servicio para subir hasta el la cuarta planta, que era en la que Mauro tenia su piso. Sabía que el montacargas era mas rápido que el ascensor, por ello cobro la suficiente ventaja como para situarse en el lugar perfecto para ver que es lo que pasaba antes de que entraran en el piso.
–Mauro, por Dios, deja que me quede en tu piso un par de días hasta que todo se calme...
–Tu te has vuelto majareta, ni loco te dejo entrar en mi piso... vete antes de que me obligues a hacer algo de lo que luego me arrepienta…
–Pero Mauro como puedes hacerme esto...como puedes tratarme así...
–Deja de decir mi nombre ya, se va a enterar todo el mundo de que estas conmigo, se un poco mas discreta…
–Pero Mauro no quiero ser discreta... lo que quiero es que me prestes atención...
–¿Atención? ¿Después de lo que me has hecho hoy? no ni lo sueñes.
Aristóteles estaba hechizado por la conversación, desde su puesto de vigía podía observar sin ser visto y disfrutaba con lo que estaba viendo, era feliz. Aquellos solían ser los mejores momentos en su monótona vida, y los saboreaba con placer.
Y sin saber como ni de donde provenía sintió un fuerte golpe en la nuca, y todo se nublo, todo se desvaneció a su alrededor, pero mientras esto pasaba oyó como alguien decía.
–Pero mira que sois descuidados, tenéis un espía...– Y luego solo silencio, oscuridad y paz.

Don_Diego
Rango13 Nivel 60
hace 7 meses

Bueno que quede en claro, que aqui el fisgon soy yo, por querer saber mas.


#3

No supo cuanto tiempo paso desde que predio el conocimiento hasta que despertó de nuevo, pero lo que si sabia es que le dolía fuertemente la cabeza. Intento abrir sus ojos pero encontró un obstáculo que se lo impedía, extrañado intento incorporarse pero no pudo sus manos y sus pies estaban atados. La preocupación comenzó a abrirse paso entre sus sentimientos comenzando a dominarle y poco a poco transformándose en miedo. Trato de escuchar pero no consiguió oír nada. Aquello comenzaba a asustarlo de verdad. El miedo estaba mutando y estaba convirtiéndose e pánico. Desesperado, comenzó a agitarse intentando librarse de sus ataduras, pero era imposible. Entonces pensó en que no había intentado gritar, pero se dio cuenta de que algo aprisionaba su boca. Todo era inútil, tenia que rendirse a la evidencia, podían hacer con él lo que quisieran.
–De donde ha salido este cotilla.
–Es el portero de la finca, pero dime ¿Porque has tenido que hacerle esto?
-Y que querías que saliera corriendo a contar a todas las revistas que “el guapísimo y muy bien relacionado dirigente político Mauro Pujalte, ha sido visto hoy en circunstancias poco aparentes con la mujer del jefe de su partido”. Si es eso lo que quieres pues ahora mismo lo publico yo.
Aristóteles se había quedado completamente quieto, aquello que acababa de escuchar valía una fortuna y si consiguiera una foto seria ya la jubilación.
–¿Pero que vamos a hace con el ahora?
–Tenemos dos opciones, una nos lo cargamos, como en las películas, seguro que a este nadie lo echara de menos. –El corazón de Aristóteles comenzó a galopar co-mo si fuera un corcel desbocado. –Y la segunda es la de siempre, dinero a cambio de silencio. Tú lo decides.
–Pero Jacinto como puedes pensar ni tan siquiera en la segunda opción, no estoy en situación de malgastar el dinero, además quien nos garantiza que nunca hablara.
Aristóteles se retorció como un hurón encerrado en una jaula, tenia que quitarse aquellas ataduras. Tenia que escapar. Tenia que gritar. Pero todo era inútil.
–Mira como se retuerce, se ve que se te olvido taparle los oídos, ahora si que no tenemos más remedio que ejecutarle. Nos ha oído todo lo que dijimos.
–Pues cuanto antes mejor, trae los plásticos del coche y así evitamos las manchas de sangre.
Aristóteles escucho como alguien se alejaba y después tras un breve instante el portón del maletero del coche se cerro, con un seco sonido, y entonces pudo escuchar como alguien arrastraba algo que emitía un crepitante sonido, comprendió que eran los plásticos de los que habían hablado antes. Aquello le puso muy nervioso, demasiado nervioso, con frenesí comenzó a mover brazos y piernas lo que podía, intentando librarse de las ataduras, pero era imposible y además comenzó a sentir que las muñecas le sangraban.
–Pero que haces loco que te vas a hacer daño. – Aristóteles pensó con horror como aquel hombre era capaz de jugar con el de aquella manera preocupándose de si le sangraban las muñecas cuando pensaban matarle.
–Venga déjate de tonterías ya, extiende el plástico y ponle encima que se hace tarde.
El crepitar se hizo ensordecedor cuando aquel hombre extendió el plástico, después le cogió de las axilas y le arrastro hacia el centro del plástico. Intento resistir-se pero fue inútil, realmente era muy fuerte aquel hombre.
–Quiero que me vea cuando le de el tiro de gracia, quítale la venda.
–¿Que venda? Si no teníamos venda para taparle los ojos.
–¿Entonces que lleva en los ojos puesto?
-Eso es cinta americana, je, je, je es lo primero que encontré.
Sintió un dolor agudo en su rostro y la luz llego a sus parpados. Los levanto y miro a su alrededor, en un principio lo vio todo borroso pero cuando al fin pudo fijar su mirada vio a aquellos dos hombres delante de él, le miraban con una sonrisa maliciosa en su rostro. Uno de ellos sujetaba con su mano un arma. Una pistola. El terror le lleno de lágrimas los ojos. Como podía acabar así, como podía ser victima de su manía por espiar a los demás, como podía ser ajusticiado por su obsesión de meter su nariz en la vida del prójimo. Lloraba y con sus ojos imploraba clemencia, pero los hombres se reían de él, y Mauro empuño el arma y la di-rigió hacia su frente.
–Amigo siento lo que te va a pasar pero nadie debe saber lo mio con esta mujer.– Le apunto y...–Bang, bang , bang... estas muerto, jajajajaja.– Aristóteles se quedo helado. ¿Todo era una broma?
¿Como podían haberle hecho eso a el? ¿Como podían jugar así con una persona? ¿Como podían...?
Un fuerte pinchazo apareció en su pecho, muy fuerte, tal vez antes también estu-viera pero su estado de enfado no se lo había dejado notar, pero ahora era agobiante, le estrangulaba el pecho, le oprimía y le dolía. Aristóteles abrió los ojos de forma exagerada y los dos hombres comprendieron que algo malo estaba pasando, corrieron a su lado y le quitaron todo lo que le habían puesto, la soga en las muñecas y tobillos y la cinta de la boca que le impedía hablar. Le tumbaron en el plástico y se quedaron helados al ver que Aristóteles ya no respiraba. Su cara se había quedado contraída en un gesto de dolor. Su cuerpo estaba desarmado como un muñeco de trapo tirado en el suelo. La muerte se había pegado a su piel y la había blanqueado, dejándola casi traslucida.
–¿Que ha pasado? ¿Que ha pasado?– Gritaba Mauro
–¡Nos van a meter en la cárcel,.. esto es un homicidio..., que horror..., que horror!
–Yo me voy
–No, tú no te vas, tú te quedas para ver que hacemos con el cuerpo.
–No, yo no puedo quedarme, y mi carrera y mi reputación.
–A la mierda la carrera, si te vas si que te quedas sin carrera.
–¡Que me dejes! Yo me voy.
Mauro estaba siendo agarrado por el brazo por el otro hombre que le sujetaba con fuerza. Comenzaron a forcejear y con un movimiento brusco, Mauro golpeo al otro hombre en la cabeza con el codo, este cayo hacia atrás y se golpeo con fuerza el cráneo. Un fuerte mareo le invadió pero a pesar de todo se levanto cogió del suelo la pistola y la quito el seguro. Apunto a Mario.
–Tu no te vas antes te mato. – Mauro miro sorprendido al hombre, pero se giro y haciéndole un gesto de desprecio con la mano se dirigió a la salida. Un estruendo sonó en la casa y Mauro cayo al suelo de bruces, inerte, con media cabeza volada de un balazo.
–Ya te avise que tu no te ibas de...–No pudo continuar sintió un intenso dolor en la cabeza y tras tocarse, se dio cuenta que tenia la parte trasera de esta hundida y ensangrentada.–Dios mio que desgracia...–La muerte le sorprendió de esta manera y también cayo el de frente incrustando su cara en el suelo cubierto por el plástico.

Al día siguiente los periódicos se hacían eco del extraño caso de los tres hombres encontrados muertos en un portal del centro. No hay sospechosos, no se sabe quien los mato ni porque, solo el forense podrá decirlo....

Don_Diego
Rango13 Nivel 60
hace 7 meses

Caramba. Pues muy mal les salio la broma. Me gusto la historia. 👍👍👍 En especial la muerte del ultimo: Ya estaba muerto solo que él no lo sabia 😔

Oneyros
Rango3 Nivel 11
hace 7 meses

jajajaja me encanta la forma en que redactas, se hace super fluido leerte :-D

Gala_Sanchez_Montero
Rango11 Nivel 51
hace 6 meses

Curiosa historia!! ;) Estoy de acuerdo con @Oneyros neyros es muy fluido leerte, el ritmo de lectura es muy ameno y el de los acontecimientos muy bien llevado. Mantienes la intriga hasta el final. Describes también muy bien, muy dinámico, ¡ojala yo pudiera hacer también eso!! Por cierto, ¡Adoro las tragicomedias!! :D Me quedo por aquí a seguir leyendo, ¿alguna recomendación?