JorgeBenitezR
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Según cierto filósofo, el humano es un ser condenado al sentido. O sea, a la búsqueda continua de algo más allá de todo límite y de todo logro. El inconformismo es algo propio de humanos. El hombre y la mujer no sólo aspiran a vivir... sino a vivir una vida con sentido.

Pero... el sentido es quizá el intangible más controversial. En filosofía es uno de los puntos de quiebre entre las tesis materialista y la holística. Los materialistas consideran el sentido una palabra vacía de significación.

El sentido es lo que mejor refleja el carácter tendencial de la vida humana. A diferencia de los seres inferiores, el humano no sólo existe, sino que sabe que existe. Y percibe su existencia en (el mundo), entre (otros seres y cosas), para (hacer algo, cumplir un propósito) y hacia (sentido de ulterioridad). Para el humano, vivir implica relación con los demás (entre), para alcanzar ciertos objetivos y con un sentido de propósito ulterior.

En la mayoría de las culturas a lo esencial del ser individual, a nuestra...

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JorgeBenitezR
Rango9 Nivel 41
hace 11 meses

No, Diego... quizá muy cercano la visión heideggeriana del valor trascendente de la existencia humana... pero nada que ver con Sartre y su existencialismo... Más proclive al postulado de Ernst Cassirer "más que racionales, somos seres simbólicos" y al énfasis de Savater sobre la dimensión simbólica de lo humano "las cosas no son sólo lo que son, sino lo que significan para nosotros" y su frase casi sentencial "Esa vida que tanto nos ocupamos de preservar es mucho más que un proceso biológico... es un devenir de símbolos".


#2

(En la mayoría de las culturas a lo esencial del ser individual, a nuestra) interioridad profunda interioridad profunda o centro de la sensibilidad se le denomina corazón. Quizá sea así porque refiere a lo que nos mantiene vivos. Y se entiende que lo así denominado trasciende el órgano funcional de la circulación sanguínea. Se refiere al núcleo mismo de nuestra espiritualidad. Es allí donde se enraíza el yo.

Somos una unidualidad: el sujeto o lo externo u observable de nosotros, que se mueve en medio de lo tangible. El yo es nuestra interioridad profunda, capaz de captar y traducir intangibles, y se mueve entre ellos.

Volviendo a lo anterior, el drama de lo humano consiste en que esa tendencialidad, se da en función de posibilidades y logros y se vincula con valoraciones. El humano compara, jerarquiza y otorga importancia (lo que le importa). Y se valora no sólo cosas y hechos sino también el sentido mismo de lo que se hace y de cómo se vive. He allí el punto álgido de lo ético y lo moral: la dicotomía entre lo bueno y lo malo.

Desde la mente se considera lo bueno y lo malo según criterios de conveniencia. Desde el corazón se considera según el sentir; o sea, de cómo nos afecta. Y esto se hace según la posibilidad de fluir bien en la vida o la dificultad para hacerlo. De otro modo, en términos de bienestar o malestar.

Mente y corazón sanos implica ausencia de contaminación. Así, un corazón sano siente que las cosas trastocadas pueden y deben cambiar para recuperar el sentido de lo natural: lo que sostiene el ser y su fluir armónico. La fe y la esperanza nacen del corazón. La alegría, en su versión más simple, sencilla y natural, es un sentir que brota de un corazón sano. El corazón sano está siempre a la espera de lo bueno... o de algo mejor. Así son los niños inocentes de toda maldad. Para ellos, es bueno lo que apoya o ayuda a vivir gratamente, y malo es lo que estorba o fastidia la vida.

Y en esa visión tan simple está explicitada la direccionalidad natural de la vida humana. Sólo el temor a lo desconocido o lo amenazante restringe esa inclinación a la alegría o hacia lo bueno. Ya lo hemos visto: es bueno todo lo que afirma o sostiene el ser y facilita fluir en la vida, y favorece su continuidad y desarrollo. Malo es lo contrario.

Tanto para la mente como para el corazón sano, lo malo no es una opción viable sino una desviación, algo indeseable, que se aleja de lo naturalmente deseado. Así se constata en las definiciones de bueno y malo en todas las culturas. Un corazón sano se niega a aceptar lo que hace daño a sí mismo o a los demás (lo malo); aunque la voluntad influenciada por factores externos induzca a ello. Cuando desde el corazón se acepta o se apoya lo malo, tal actitud procede de un ser muy maltratado, enfermo o degenerado por malas prácticas.

Los conceptos bien y mal —o lo bueno y lo malo— no son una invención cultural; son valoraciones implícitas en la dinámica del vivir, de lo que favorece fluir o lo impide. Tanto así que decir bien se equipara con la expresión "como debe ser" o como conviene al bienestar individual y social. Bienestar y malestar son la polaridad más cotidiana del vivir. Y se observa en las dos expresiones emotivas más básicas: alegría y enfado. Una brota del sentimiento de satisfacción, y la otra de la insatisfacción.

La alegría es un indicador de bienestar individual y grupal, y también lo es de salud física y mental. Cuando estamos o nos sentimos bien somos proclives a sonreír espontáneamente. En contraposición, la sensación de malestar inhibe la inclinación natural a reír o a sonreír espontáneamente. Alegría y bienestar son aspectos correspondientes y complementarios.

De tal modo que la vida y el mundo parecen estar orientados en sentido positivo, hacia lo que afirma el ser y procura bienestar. Los científicos afirman que la evolución del universo ha sido resultado de un continuo y progresivo sobreponerse el orden sobre el caos. Así lo evidencian las leyes físicas, que son regularidades funcionales. Por eso, al Universo se le llama también Cosmos, que significa "lo ordenado".

¿Tiene eso algo que ver con la alegría? Veamos, lo cotidiano del vivir acontece a través de dos planos de desempeño paralelos y complementarios, aunque a veces resultan opuestos: lo natural y lo cultural. Lo natural abarca lo biológico, donde destacan en relación con la dinámica del vivir: lo fisiológico y el entorno vital. Lo cultural es todo lo producido por el humano, y los cambios generados por éste en la realidad. Así, estamos condicionados por lo natural y sujetos a exigencias sociales o derivadas de las transacciones humanas.

Sin embargo, hoy día pesan más sobre la Humanidad las exigencias y restricciones creadas por el humano que las posibilidades que ofrece lo natural (clima, suelos fértiles, aire sano). Y vivimos afectados por las contradicciones que se han generado de exigencias inadecuadas. Hay de todo y para todos, y aún así pesan sobre nosotros graves y fatales amenazas. Así, estamos ante una realidad no sólo afectada, sino enferma, trastocada.

¿Y... la alegría? Bueno, aún dentro de un esquema violentado o distorsionado, seguimos encontrando razones o motivos para sonreír. ¿De dónde brota la alegría, cuando ésta es espontánea? De nuestra interioridad profunda, del corazón. Y estar vivos ya es de gran valor, porque, a diferencia de los animales, el humano es capaz de sobreponerse al ambiente y a las restricciones.

¿Cómo es así? La dimensión simbólica del pensar y el lenguaje nos permiten accionar dentro de un plano histórico-simbólico. Histórico porque se da no sólo a través de hechos sino de aconteceres portadores de valor. Y simbólico porque vivimos en medio de significaciones, nos guiamos mediante valoraciones y somos impulsados por expectativas. Y en ese conjunto destacan los criterios de valoración y de elección.

El lenguaje, como expresión del pensamiento, es un auténtico recurso simbólico que permite crear y modificar la realidad. ¿Cómo es así? Al incidir sobre lo posible para convertirlo en real. Hay dos tipos de posibilidades: las vinculadas a lo existente y las vinculadas a lo no existente. Estas últimas sólo se activan desde el pensamiento. Si alguien no hubiese pensado en la posibilidad de desplazarse por el aire, si no lo hubiese expresado y desde allí no se hubiera accionado, todavía no existirían los aviones.

En el mundo humano lo intangible sobrepasa lo tangible. Vivimos más de intangibles que de lo tangible o material. Nos afectan más los intangibles que orbitan alrededor de las cosas que lo tangible de las mismas. Y hasta llegamos a morir por intangibles. Es la dimensión simbólica del vivir humano.