JaiverC
Rango4 Nivel 19 (395 ptos) | Promesa literaria
#1

Un conocido medico resuelve los problemas de los pobres pacientes que necesitan su ayuda, algunos, ni saben que necesitan de él. Es un prodigioso doctor que usa métodos macabros para solucionar problemas. Su objetivo es ayudar a sus clientes, cabe recalcar, que la mayoría de los que lo solicitan no son humanos.

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Don_Diego
Rango13 Nivel 60
hace 7 meses

Que sera lo que pasara acontinuacion?


#2

En la sala de cirugía se está llevando a cabo una operación muy delicada. "Se intenta salvar a un paciente para cambiarle la vida por completo."

—Aquí tiene doctor, las pinzas que pidió. ¡Sálvele la vida, por favor! Es un ser querido —el doctor se pasó la mano por la frente, trataba de no perder la concentración.
—Silencio enfermera. Sé que es un ser querido para usted. Pero necesito enfocarme en la operación. Soy el mejor médico. ¡Claro que saldrá con vida! —hablaba con mucha pretensión. Confiaba mucho en sí mismo.
El doctor miraba al paciente, no se dejaba intimidar por su alterada mirada que se combinaba con rápidos parpadeos, unos ojos rojos se fijaban en sus herramientas de trabajo: pinzas, agujas y navajas quirúrgicas. El alterado paciente, se encontraba amarrado a la camilla, se sacudía, se revolvía en sí mismo, pero todo era en vano. No podía gritar, tenía tapada la boca.
—¡Con cuidado doctor! Parece que no le ha llegado la anestesia —decía preocupada la enfermera.
—Ya lo sé. Voy a acelerar el procedimiento.
El doctor introdujo rápidamente la navaja, haciendo profundos cortes en las extremidades superiores e inferiores del doliente. El enfermo manifestaba gestos de agonía. Sus ojos hinchados formaron un río de lágrimas.
Rápidamente, el medico sabiondo de muchos conocimientos de una medicina muy extraña. Retiró los huesos de las extremidades, también abrió y sacó las costillas. Trabajaba con un milimétrico cuidado, para no dañar órganos vitales. Cortó y retiró los músculos más grandes del cuerpo y los pequeños que se dejaron. La enfermera sin desprender la vista de su ser querido, arrojaba los restos a una caneca de desperdicios.
El paciente blanqueaba los ojos, ya no era consciente de nada. En sus extremidades, pecho y cachetes, solo había unos flácidos pedazos de piel. Sus extremidades ahora parecían unas medias veladas, sin nada de músculos, ni huesos.
—Tráigame el algodón enfermera. ¡Urgente! que necesitamos terminar —ella se apresuró, no quería perder ni un segundo. Podría ser mortal.
Ella estaba a la espera de lo que ordenara el médico.
—La frente —la asistente paso un pañuelo por la peluda frente del doctor.
—¡Páseme el algodón! —la enfermera le pasó varias bolsas de algodón.
—¡Mas algodón!
—Se acabó doctor.
—¡Oh no! —exclamó con una falsa sorpresa— Necesitamos más relleno. ¿En que trabajaba el paciente?
—En construcción —le contestó ella.
—¿Qué le gustaba hacer?
—Fumar
—¿Lo que más odiaba?
—Los libros sobre realismo. Ni ami me gustan —respondió ella.
—A mi tampoco, me da escalofríos la realidad.
Procedieron con el paciente.
—Bien, muy bien. Páseme escoria de construcción, muchos cigarrillos y abundantes picadillos de libros de realismo —le ordenó el doctor con una perturbadora cara placentera.
La enfermera con sus casi dos metros, se dirigió a la parte superior de un estante, agarró los materiales que estaban junto a juguetes aplastados, videojuegos triturados, muchas inyecciones y dulces de diferentes colores y formas.
—Apresúrese que se nos va. Siempre quise decir eso —empezó a reírse maquiavélicamente.
—Aquí tiene doctor.
Le embutieron todo el relleno. Habiendo terminado de rellenar, le cocieron lo más rápido posible. Al finalizar la demandante operación, se dijeron a sí mismos “¡perfecto!”.
A cualquier sastre, esa costura le hubiera hecho sangrar los ojos. Era la cosa más horrible y deformada que se pudiera ver. En sus caras se reflejaba un morbo placentero por interpretar los roles del doctor, la enfermera y el paciente. Todo con el fin de crear atrocidades.
—¡Maravilloso doctor! ¡Mire no más, que preciosidad! Ahora puedo colgarlo en la pared. Debemos hacer el mismo procedimiento con mi antigua dueña, su esposa, también con sus dos hijos. Harán que la colección sea perfecta. Ahora sentirán lo que verdaderamente es ser un peluche, un muñeco relleno con sus gustos y disgustos. —en su velludo, mugriento y descolorido hocico se dibujó una maligna sonrisa. Su cuerpo estaba lleno de irregulares remiendos con hilos de distintos colores. Le brillaban unos ojos de un intenso color rojo-demoníaco.
—Hay mucho trabajo por hacer —dijo el doctor peluche. Su figura se asemejaba a un oso, parecía un muñeco abandonado por varios años a la intemperie. Tenía una cicatriz mal remendada, iba del lado derecho de la frente, atravesaba su nariz, hasta llegar a su cachete izquierdo. Medía 150cm. Se sacó los guantes y se dispuso a ponerse unos nuevos, entonces dijo: “que pase el siguiente”.
—¡Enfermera! Deje de roer los huesos que vamos a empezar nuevamente. Deje la cena para después—dijo el doctor reprendiéndola, dejó salir una apestosa saliva entre sus colmillos, amarilla y espesa. Solo ver los huesos le ensalivaba la boca, pero para él, primero estaba el trabajo.
La enfermera asintió. Dando lentos movimientos con su pesado cuerpo, intentó limpiarse el hocico lleno de sangre coagulada, escupió astillas de hueso. Salió del cuarto, luego entró arrastrando a un niño que gritaba despavorido.

Yuki_Rose
Rango12 Nivel 55
hace 7 meses

Me encanta tu relato, mientras lo leo la piel se me escarapela

Hiarbas
Rango11 Nivel 52
hace 7 meses

He quedado impactado, me ha gustado mucho tu relato, cargadito de encanto, impresionante el doctor. En un principio pensé que iba a ser algo fantástico casi surrealista, pero prefiero este toque macabro y vengativo, muy bueno @JaiverC.

Don_Diego
Rango13 Nivel 60
hace 7 meses

Y decias que, que tengo en la cabeza? Pues tu tampoco estas tan cuerdo. Jaja es broma. Buena historia. 😁👍


#3

Estaba sentado sobre su sillón favorito, uno muy acolchonado, recubierto por una suave tela roja. Una penumbra se adueñaba de la sala. De pronto, sonó el teléfono, brillaron unos ojos rojos en el semioscuro salón.
—¿Diga?
—Doctor, soy yo de nuevo, necesito que me ayude —una voz exhausta y con poco aliento hablaba desde la otra línea.
—¿Cuál es el problema, querido cliente?
—Mi esposa. Se ha vuelto loca, tuve que amarrarla y encerrarla en un cuarto. Tengo miedo. Nunca se había comportado así—en el fondo se escuchaban unos apagados y agudos gritos.
—Ya veo. ¿Seguiste todas las indicaciones que te di?
Un silencio se escucho desde la otra línea.
—Si, claro que seguí los pasos.
—Eso esperó —respondió el médico, con un tono de incredulidad.
—Doctor, venga pronto, no quiero que nada le pase a mi esposa —Los ruidos del fondo se acrecentaron más y más.
—Ya voy para allá.

El doctor se alborotó el mechón de la cabeza y se desarregló los vellos de la peluda cara. Se puso su sombrero negro. Tenía que dar una buena impresión al que lo viera a esa hora, era la media noche. Se acomodó la bata blanca-amarillenta de doctor, estaba parchada con varios remiendos. Antes de agarrar el maletín de cuero negro, se enroscó el estetoscopio en el cuello como si fuera una serpiente. Se dirigió a la puerta de salida del sótano. Margarot lo esperaba en la puerta, con un pesado frasco negro en sus grandes manos con garras.

—Que bien quedaron colgados en la pared, son una hermosa familia de cuatro. ¿Si le has inyectado la sustancia con nutrientes? Recuerda que son dos veces al día, sino se secarán y morirán, se deshidratan muy rápido.
—Si, doctor. He estado haciéndolo correctamente, son mis seres queridos, no les puedo fallar—respondió Margarot y le pasó el frasco.
—Me parece bien. —metió el tarro en el maletín— Bueno, me voy.

Emergió de una abandonada casa que quedaba en un oscuro bosque pantanoso. Entre la sombría noche caminaba lentamente. Al dar un paso al frente con su pie derecho mandaba para atrás el pesado maletín de la mano diestra y bajaba la cabeza como haciendo una ovación. Al mover su pie izquierdo extendía la maleta hacia el frente y enderezaba la cabeza, hacía esto alternando los brazos.
Se adentró en la silenciosa y desolada ciudad. Por todas partes veía carteles con gente desaparecida, niños de todas las edades, mujeres, hombres, jóvenes, adultos y ancianos, no había discriminación. Los carteles estaban por las paredes y algunos rodaban por el piso. Al parecer, eso explicaba las solitarias calles de la lúgubre ciudad. Nadie estaría tan loco como para salir a esas horas de la noche.

—Niña de 12 años desaparecida. Anciano visto por ultima vez en su cuarto del ancianato. Joven desaparecida de camino al colegio. Ama de casa secuestrada en el baño. Hombre desaparecido en un lago. Bebe perdido. Universitaria extraviada en la biblioteca de la universidad. Se busca familia desaparecida. —leía mientras caminaba con su peculiar forma— Parece que estamos haciendo un buen trabajo —empezó a reír.
Llegó a unos oscuros callejones de unos barrios abandonados. Tocó la puerta de una despintada casa. Se escuchaban unos acelerados pasos desde el otro lado. Abrieron la puerta.
—¡Por fin doctor! Venga, es por acá. —tenía una sólida cara angustiada, esa expresión no se le quitaba con nada.
—¿Pero que te ha pasado amigo? Tienes una cara muy blanca, tirando a verdosa y esas pronunciadas ojeras no se te ven bien. ¿Has dormido bien? —dijo el doctor con sarcasmo.
El cliente no respondió nada
—Era una broma. Vamos a ver a la poseída.
Entraron a la sucia casa. De una habitación del fondo provenían fuertes chillidos. Al abrir la puerta se encontraron con una joven tendida en el suelo, totalmente amarrada. Se revolcaba e intentaba arrastrarse.
—¡Uy, no, no, no! —exclamó muy lentamente el médico y negaba con la cabeza— ¿Pero que veo aquí?, esto es grabe.
—¿Tiene cura doctor?
—Por supuesto, por eso he venido aquí.
—¡Auxilio! ¡Unos monstruos me quieren comer! ¡Auxilio, me tienen secuestrada! —gritaba la joven con desesperación.
—Me preocupa mi esposa, no me reconoce. Bueno, nunca lo hizo, pero no se comportaba así. Era la pareja perfecta para un zombi como yo, pero se enloqueció. Ya llevábamos una semana desde que nos conocimos y nos casamos. —Hablaba con una voz preocupada, su cara no cambiaba de expresión, era la misma con la que había abierto la puerta. Su cara petrificada, sin vida, dejaba caer una baba verde y espumosa, mostraba unos ojos sin alma. Tenía varias peladuras en el cuerpo que mostraban la carne viva, una carne verdosa y con pus.
—El frasco que te entregué, ¿dónde está? —le pregunto el doctor.
El zombi le trajo el tarro vacío.
—¡Malditos zombies! Siempre tan descerebrados. Te dije que era para usarse en un mes y solo ha pasado una semana. ¿Qué hiciste?
—No lo recordaba muy bien. Ella se estaba muriendo, no quería que eso pasara. Hoy en la mañana no se levantó de la cama, no se podía mover. La inyecté varias veces, pero no pasaba nada, me acabé el tarro inyectándola. Después de tres horas se puso a gritar como loca: “¡auxilio, auxilio!”.
—Debiste llamarme. Pero bueno, no importa, ahora la curaré. —el doctor volteó hacia la joven sonriéndole malévolamente.
El medico examinó a la joven. Sacó una lámina de cartón que tenía muchos pequeños colores. Se la acercó al brazo de ella y comparó.
—Los colores de la piel están muy vivos, hay que hacer que la piel se ponga blanca y verdosa. A ver a ver. —puso el estetoscopio en el pecho de la paciente. El corazón de la joven se aceleraba cada vez más y el apestoso aliento del doctor le provocaba arcadas— El exceso de nutrientes causado por las inyecciones la sacaron de su sonambulismo. Ahora está más viva que nunca. Tranquila, ya te vamos a curar. —La joven gritaba esperando ilusamente a que alguien la rescatara.
La cargaron entre los dos y la pusieron en una tina con agua. La joven solo podía patalear, nada más. Después, el medico sacó de su maletín un pesado frasco de vidrio, la transparencia dejaba ver cientos de viscosas y apretadas sanguijuelas.
—Bien, el tratamiento será un poco lento. —empezó a arrojar las sanguijuelas a la tina y las contaba—1, 2, 3 —llegó hasta 30 y dijo: “qué más da” y arrojo todo el contenido del recipiente. Las sanguijuelas negras y asquerosas se retorcían, se movían libremente por toda la tina. Rápidamente se pegaron por todo el cuerpo de la joven, se introdujeron hasta por los lugares más estrechos, visibles y no visibles. Los pequeños vampiros negros succionaban con una imparable sed. El doctor como buena costumbre, siempre les tapaba la boca a sus pacientes, sus ruidosos quejidos le irritaban. La muchacha solo se movía con una cara de pánico.
—Quédate quieta que estresaras a mis amigas. Trabajan más rápido con el agua tranquila, no tardaran en extraerte todos los nutrientes que tienes. Volverás a ser la que eras. —le dijo a la joven como reclamándole su falta de respeto.
—No te preocupes mi buen amigo zombi, voy a hacer algo para que esto no vuelva a pasar.
—Gracias doctor, se lo agradezco desde mi agusanado y frío corazón.
—No traje la anestesia, así que tengo que improvisar.
El doctor, como si su bolso de cuero negro fuera infinito, sacó varias herramientas para trabajar. Agarró un martillo y golpeó fuertemente a la joven en la cabeza, esta desorbito los ojos, empezó a temblar y luego se desmayó. Seguidamente, con un cincel y el martillo, hizo un pequeño cuadro en la parte superior del cráneo. Sacó unos electrodos y los insertó en los puntos del cerebro donde él sabía que eran los correctos. Conectó los electrodos a una fuente de poder y empezó a dar secuenciadas descargas eléctricas. El cuerpo de la joven se tensaba y formaba un arco con cada descarga, en ciertos momentos el cuerpo se destensaba por la suspensión de la corriente eléctrica. El doctor operaba mientras las sanguijuelas hacían lo suyo.
—Listo, han sido dos largas horas, pero he terminado. Mírala, esta tan pálida y verdosa como tú. Ya no volverá a enloquecerse. Le quité la capacidad de tener conciencia, quedó más descerebrada que un zombi.
—Es estupendo doctor, esta igual que antes, hasta tiene la boca abierta y saliva sin decir una palabra. ¿Cuánto le debo?, pídame lo que sea.
—Bueno, me gusta más que me deban favores. Por ahora disfruta de tu compañera, después me pagaras el favor. Por cierto, cámbiale el uniforme de colegiala, esta todo mojado y hará que le salgan los hongos más rápido. Recuerda, solo una inyección al día, así se mantendrá como está. Si se intenta revivir de a mucho, se solucionará con una sesión de sanguijuelas.

Hiarbas
Rango11 Nivel 52
hace 7 meses

Espeluznante el mundo que nos muestras, me gusta, sigo pendiente de tu relato @JavierC.

escritoraatiempoparcial
Rango11 Nivel 51
hace 7 meses

Wow, es muy bueno, me encanta. Lo describes muy bien, y desarrollas los textos con un ritmo espléndido, es genial, felicidades, he quedado francamente perturbada a la hora de leerlo.

Don_Diego
Rango13 Nivel 60
hace 7 meses

Este si te quedo bien chispado. Nada mal! Seguire leyendo si hay mas. 👌