BloodyLore
Rango6 Nivel 27 (1082 ptos) | Novelista en prácticas
#1

―Quita esa música, Mara. Vas a volverme loca.
Alargo la mano y apago el reproductor del coche. Sé que, aunque a ella no le guste esa música, se pregunta por qué no escucho reggaetón como una chica de mi edad. Pero es que yo no soy como las chicas de mi edad. Para empezar, odio el reggaetón, no tengo preferencia por ningún tipo de música, en realidad escucho de todo, excepto ese género. Lo que pasa es que en este caso llevo Nirvana a todo volumen y a mi madre este estilo la vuelve loca en un segundo. Y yo, porque la quiero y la quiero cuerda, le hago caso y lo apago. 
―Bruno Mars, ese sí que es una buena opción.
―¿Para qué exactamente? ―pregunto porque me gusta hacerla rabiar.
―Para escuchar en el coche, ¿para qué va a ser, hija?
―No sé, a lo mejor lo quieres como yerno ―mi madre pone los ojos en blanco―. Oye, que yo no pongo ninguna objeción. 
―¡Calla y conduce!
―Puedo hablar y conducir a la vez.
―No sé quién me vuelve más loca, si la música o tú.
 Evidentemente yo, pero no se lo digo; sonrío, me callo y me concentro en la carretera.

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#2

Diez minutos después, estamos llegando al centro comercial donde trabaja como dependienta en una tienda de electrónica. Sí, mi madre con cuarenta y cinco años es una crack con cualquier dispositivo electrónico. Sabe más de ordenadores que yo.
―Venga, mamá, baja en marcha, en plan especialista de cine.
―Que hija más graciosa tengo, me ha tocado la lotería contigo ―ironiza.
―Aunque pongas ese tono de hartazgo, sabes que si no te molestara lo echarías de menos.
―Lo peor es que llevas razón ―se cuelga el bolso y antes de salir del coche me mira―. ¿No quieres que nos tomemos un café? Tengo tiempo.
―Me encantaría, mamá. Pero tengo mil cosas que hacer antes de marcharme.
―Odio tenerte tan lejos, hija. Pero nunca cortaría tus alas. Te mereces volar y llegar muy alto.
Mi madre. Siempre con las palabras correctas para tocarte la piel y erizarte el corazón.
―Ay ese amor de madre ―le digo y se ríe.
―Amor de madre y una verdad como un castillo, mi princesa guerrera.
Así me llama desde que yo recuerdo aunque me ha dicho que así me llamó cuando vio mi cara por primera vez.
―Ve con cuidado, cariño. Te quiero.
―Y yo a ti, mamá. No trabajes mucho.
Se baja del coche y me dedica una última sonrisa, antes de seguir mi camino. Estoy disfrutando de un periodo de vacaciones antes de volver al país donde resido desde hace cinco años. Echo de menos todo esto, a mi familia, mis amigos, todo lo que dejé atrás para cumplir mi gran sueño. A mi madre le costó más que a ninguno dejarme marchar, pero pronto entendió que necesitaba esto para ser feliz, para sentirme realizada, para sentir que podía con todo lo que se me pusiera por delante. Muchos me dijeron que marcharme de aquí no sería la cura para mi infelicidad, pero es que yo no era infeliz, era feliz pero faltaba la pieza que me completara, que pusiera el toque de aventura que necesitaba. Emoción, adrenalina, la satisfacción de desarrollar eso que desde temprana edad consideras que es tu gran pasión; lo que daría chispa a mi vida.
Pude cumplir mi sueño y me siento bien, pero debo seguir si quiero prosperar y que estos cinco años de mi vida hayan servido para algo más que hacer de mi vida un sueño pero por tiempo limitado. No quiero límites en esto, quiero soñar despierta y en voz alta. Quiero volar.
Vuelvo a conectar el reproductor y Nirvana invade el habitáculo y todo mi ser. Canto a pleno pulmón importándome un pimiento que me miren como si estuviera loca.
Giro en una curva pero algo no va bien. El coche patina y el volante no responde. La dirección se ha bloqueado. Coloco mis dedos alrededor del freno de mano pero siento un fuerte golpe en la cabeza. Noto mi cuerpo tensarse mientras da vueltas. Siento presión en muchas partes de mi cuerpo. Y dolor, tanto que la visión se me nubla antes de que poder procesar lo que acaba de ocurrir.

Despierto aturdida. Los párpados me pesan y siento mi cuerpo como adormecido. Quiero abrir los ojos pero no encuentro las fuerzas. Me siento como en un estado de suspensión.
Escucho una melodía y una voz llorosa que contesta.
―Hola. Sigue igual. No, no hay cambios. Los médicos dicen que puede despertar en cualquier momento. Lo sé. De verdad, no hace falta. Sí. Gracias. Os avisaré de cualquier cambio. Lo intentaré. Hasta luego.
La voz cesa. Quiero hablar, quiero decirle a mi madre que estoy despierta. Necesito saber qué ha pasado. ¿Estoy en un hospital? Siento el calor de la mano de mi madre asir con fuerza la mía. La escucho llorar y eso me parte el alma. Hago acopio de todas las fuerzas de las que dispongo y muevo los dedos ejerciendo un poco de presión para que sepa que estoy aquí. Sé que lo consigo porque escucho cómo se levanta sobresaltada.
―¡Mara! ―exclama―. ¡Hija!
Los párpados se me mueven en pequeños pestañeos, no puedo abrir los ojos aún.
―Ma… ―la voz me suena muy débil.
―No hagas esfuerzos, cariño. Voy a buscar al médico y avisar a tu padre.
Cuando el médico llega yo ya he podido abrir los ojos. Y lo primero que me ha recibido cuando mi vista se ha acostumbrado a la luz ambiente, ha sido una fría e impersonal habitación de hospital. Llevo una venda alrededor de la cabeza, tengo los brazos magullados y noto el labio hinchado, además de un gran apósito en el costado y ambas piernas vendadas.
El doctor hace unas sencillas comprobaciones de mi estado tras el letargo y sale después de anunciar un par de pruebas que quieren hacerme para evaluar mi estado.
―Agua ―la voz sigue sonándome débil, pero al menos puedo hablar.
Mi madre coge un vaso de plástico y ayudándome de una pajita doy pequeños sorbos que me refrescan la boca y la garganta.
―Mamá ―el agua me ha posibilitado hablar un poco mejor―. ¿Que ha… ―me interrumpe un ataque de tos―, ¿qué ha pasado?
―Tranquila, Mara. Todo está bien. No te preocupes por eso ahora.
―Por favor, mamá ―me duele el pecho de toser―. Dime qué ha pasado.
―Has... tenido un accidente. Sufriste un grave golpe en la cabeza. Has estado inconsciente diecisiete días ―hace una pausa y sigue―. Uno de los limpiaparabrisas se te incrustó en el costado pero no ha causado daños internos, afortunadamente.
Se calla aunque sé que hay algo más que no quiere contarme, y me adelanto.
―Mis... mis piernas.
―Mara, no...
―Mamá ―le corto, pronunciando entre dientes.
―Cariño ―mi madre intenta contener las lágrimas, pero es en vano―. Has... sufrido daños en ambas piernas. El tobillo izquierdo sanará pronto pero... el derecho ha sufrido un traumatismo bastante severo.
Las palabras de mi madre se me agolpan en la cabeza y no consigo juntar más de dos letras para preguntarle el significado de esa frase. Levanto la cabeza al tiempo que dos lágrimas inauguran el camino para las decenas que las siguen y mi cerebro da la orden de hablar.
―¿Qué... significa eso? Volveré a patinar, ¿verdad? ―mi madre aparta la mirada―. ¿Verdad, mamá?
Pero el silencio de mi madre dice más de lo que podrían contar sus palabras.


#3

Cinco meses después

―¿A qué te dedicas, Mara?
“A observar a la gente”. Esta afirmación solo es cierta a medias. Cada día desde hace casi un mes, me siento en un banco delante del edificio de rehabilitación. Pero es algo que hago porque supongo que la visión de la vida que tenía antes de aquella mañana, ha cambiado. Hace poco, muy poco tiempo de aquello, por lo que aún no he podido hacerme a la idea. Demasiados años haciendo lo mismo. Desde niña con un objetivo, una meta, muchos logros conseguidos y muchos otros que ya nunca conseguiré.
Mónica, la terapeuta, me mira alzando las cejas esperando, quizá, una respuesta por mi parte.
―Soy... ―carraspeo―. Era patinadora artística.
De esas palabras ninguna me pesa, solo el tiempo en el verbo.
No estoy aquí por culpa de nadie, ni soy la primera a la que le pasa. Me gustaría poder culpar a alguien de mi desafortunada situación, pero lo cierto es que no sería justo porque solo yo tengo la culpa de ello.
Mónica no me pregunta, se limita a asentir con la cabeza y seguir con la rehabilitación.

Salgo del edificio andando a trompicones con estas muletas del demonio que aún no me acostumbro a usar. Hace un calor horrible a pesar de ser invierno, ventajas de vivir en una isla como esta, supongo. La ciudad está vestida de Navidad, los comercios ya han puesto las tradicionales luces y adornos, y en las ventanas, los vecinos de la zona ya han puesto al típico Papá Noel colgando de la ventana, así como los tres Reyes Magos subiendo por una escalerilla.
Consulto la hora y decido que no me apetece volver a casa tan pronto, así que me siento en el banco desde el cual, observo a la gente que pulula por allí haciendo sus compras navideñas, inventándome historias sobre cómo serán sus vidas, pensando en cuáles serán sus limitaciones, aunque no tengan en realidad. ¿Soy mala persona por desarrollar en mi cabeza la vida de los demás dándoles un sentido de mierda? Que conste que no les deseo ningún mal, pero nadie puede juzgarme por el hecho de inventar que a alguien le vaya peor que a mí ahora que ya no puedo seguir desarrollando mi gran pasión.
La Navidad ya no me suscita gran cosa, desde aquel fatídico día en el que mi sueño se fue a la mierda, ya no disfruto cómo antes de nada. Mis padres están realmente preocupados y, aunque no me lo digan, desean que esta actitud hosca desaparezca y vuelva a ser yo.
Bajo la vista al suelo, con mis ojos fijos en la sombra que el astro rey proyecta de mi cuerpo sobre el pavimento, cuando unos zapatitos amarillos se plantan delante de mí. Levanto la vista lentamente, para encontrarme con unos ojitos oscuros, que me miran con mucha curiosidad mientras balancea su cuerpecito de un lado a otro sin moverse del sitio.
―Tienes un pie malito ―dice, señalando el tensoplast que cubre mi pie derecho.
Antes de poder responderle, una voz se hace escuchar, llamándola.
―¡Amanda! ―ella se gira al escuchar la voz―. No vuelvas a marcharte así de mi lado, ¿quieres que tu madre me mate?
―Mira tío, la señora tiene un pie malito.
El ceño se me frunce involuntariamente. ¿De verdad me ha llamado señora? Pero si solo tengo veinticinco años, por Dios. Claro que ella no lo sabe. Esta niña no tendrá más de cinco años. Para ella, mi edad será equiparable a la de Bilbo Bolsón después de pasarle la pesada carga del anillo a Frodo.
―Amanda, no molestes ―dice él y me mira―. Además, es señorita.
―¿Y tú qué sabes? ―le pregunto.
―¿No lo eres? ―pregunta él, sonriendo.
Madre mía, qué guapo.
―Sí, lo soy.
Nos quedamos mirando el uno al otro sin intercambiar ni una sílaba, hasta que él rompe el hielo.
―Me llamo Hugo.
―Encantada, soy Mara ―acabo de darme cuenta de que estoy sonriendo.
La niña nos mira a los dos y luego suelta una risita.
―¿Y tú de qué te ríes, pequeñaja? ―le suelta él.
―Estáis lugando.
―¿Lugando? ―pregunto, pero seguidamente abro los ojos porque comprendo lo que quiere decir―. ¡Ligando!
Me echo a reír. Ambos me miran y yo me dirijo a la niña.
―No estamos ligando ―miro a Hugo―. ¿No estamos ligando, verdad?
―¿Tan descabellado te parecería que lo estuviéramos haciendo?
―Sí. No. A ver ―céntrate Mara―. Es que no te conozco.
Se sienta a mi lado y agarra las manitas de la niña.
―Peque, ¿por qué no vuelves a los remos? Desde aquí te veo.
La niña se va corriendo hacia un pequeño parque que está justo delante de nosotros y desde el que Hugo puede vigilarla perfectamente.
―Me presento: me llamo Hugo, tengo veintiséis años y estoy soltero. Soy tío y, por tiempo limitado, babysitter de esa granuja de ahí ―señala a la niña que corre de un remo a otro―. Soy el pequeño de cuatro hermanos, profesor de primaria disfrutando de las vacaciones de Navidad y me encantaría invitarte a tomar algo esta tarde o mañana si no estás muy ocupada. Te toca.
Una pequeña carcajada sale de mis labios, pero me los muerdo abriendo mucho los ojos porque hacía tiempo que nada me hacía reír. Si es que estas cosas solo me pasan a mí.
―A ver ―comienzo―. Me llamo Mara, tengo veinticinco años y estoy libre como el viento ―digo queriendo seguir la misma estructura de su presentación―. Soy hija única de una pareja de padres amantes de la adrenalina y... ―lleno mis pulmones de aire antes de continuar─, era...era patinadora... artística.
Hugo mira mi pie pero no dice nada. Decido explicarle.
―Hace pocos meses sufrí un accidente de tráfico. Estuve diecisiete días en coma. Diagnóstico: tobillo fracturado y un sueño roto. Entre otras cosas.
En cuanto termino de hablar, intento procesar por qué acabo de contarle todo esto. No me gusta dar pena y dada la forma en la que Hugo me está mirando tengo claro que se está compadeciendo de mí. Traga saliva y pone su mano sobre la mía.
―Lo siento. Debe de haber sido muy duro.
―No me compadezcas. Odio que hagan eso.
―No te estoy compadeciendo. Es que no me puedo imaginar lo que debe de haber supuesto algo así.
―Estoy harta, ¿sabes? No dejo de oír mi nombre acompañado de "pobrecita" cuando creen que no estoy escuchando.
―¿Tus padres?
―No, ellos no. Pero sí el resto de personas a mi alrededor. Y solo de pensar las miradas de lástima que me esperan otra vez dentro de una semana en Nochebuena y Fin de Año...
―Debe de ser frustrante para ti que hagan eso.
―Lo es.
―¿Y es permanente? Quiero decir, ¿podrás volver a patinar algún día?
―Profesionalmente, es poco probable. Quizás después de muchos años de rehabilitación... casi tendría que empezar de cero, enseñar a mi pie a moverse sobre el hielo otra vez
―suspiro―. Daría lo que fuera por volver a hacerlo.
La niña se acerca a toda prisa a nosotros sin que nos diéramos cuenta y a punto está de darme en el pie.
―¡Amanda! ―le regaña él―. Ten cuidado peque, casi le das a Mara.
―Perdóóóóón ―dice la niña―. Es que quería decirte una cosa, tío.
―A ver, dime.
―Pero, al oído.
―Eso es de mala educación, Amanda.
―No importa ―le digo, sonriendo.
Hugo inclina la cabeza y la niña se tapa la boca con una mano mientras le susurra algo en el oído a su tío. Cuando la niña acaba de hablar, él sonríe y niega con la cabeza, divertido.
―¿Me disculpas un momento? Tengo que llevarla al servicio.
―Claro.
―Y a comprarme un helado ―añade, pizpireta.
―Y a comprarte un helaaaado ―repite resignado.
Sonrío, mirándolos mientras van camino de una cafetería que está justo al lado del parque infantil. Es tan guapo y tan mono con la niña. Un suspiro sale de entre mis labios mientras pienso en cuánto me gustaría resultarle interesante, aun siendo una tullida.
Una chica vestida de duende de Navidad pasa delante de mí y me deja un folleto de una tienda de regalos. "¿Crees en la magia de la Navidad?", reza en grandes letras. Miro al frente y veo a Hugo y la niña caminando en mi dirección. Abro el bolso y guardo el folleto dentro cuando llegan a mi lado. La niña se está comiendo un pedazo de helado que le chorrea por todas partes. Ambos me miran mientras cuchichean algo. Son muy graciosos.
―No, peque. Tienes que decírselo tú.
―¿Qué pasa? ―pregunto extrañada.
―¿Sabes? Mañana cumplo seis años, ¿quieres venir a mi cumple? Va a haber tarta y piscinas de bolas y toboganes y muuuuchas chuches ―miro a Hugo que se encoge de hombros―. Mi tito también quiere que vengas.
―Así que tu tito quiere que vaya ―Hugo me sonríe.
―Andaaaaa, di que sí ―me suplica la niña.
―Sí, andaaaaa di que sí ―dice él, imitándola y haciéndome reír.
―Bueno ―le digo a la niña―. Nunca diría que no a una fiesta como esa. Claro que iré.
La niña se vuelve al parque gritando como loca. No sé por qué le hace tanta ilusión que una, prácticamente, desconocida vaya a su fiesta de cumpleaños.
―¿De verdad vas a ir?
―Me ha invitado, ya no puede desinvitarme.
―Gracias. Le has caído muy bien.
―Es muy simpática y graciosa. Y guapa.
―Sí, ha salido a su tío ―me guiña un ojo.
―¿Tienes un hermano? ―intento sonar seria, pero no puedo aguantarme la risa al ver la cara que me ha puesto.
―Cuánto sentido del humor ―dice haciéndose el indignado pero finalmente se ríe―. ¿Entonces Mara? Me dejas que te invite a tomar algo. Aunque no te libraras de otra invitación mañana.
Y vuelvo a sonreír como hacía tiempo que no hacía.