SierraB
Rango5 Nivel 24 (658 ptos) | Escritor en ciernes
#1

Efímero
Del otro lado del tren hay una chica.
De pelo negro, con un libro en sus manos y una mirada distante.
Ella no aparta sus ojos de un punto en el suelo y yo no puedo dejar de verla.
Asi como esta, tan quieta y callada, ha de estar cansada del ir y venir de sus pensamientos.
Una lágrima se escapa de sus ojos y se desliza sigilosamente en su mejilla hasta que ella en un suave movimiento de su mano le pone fin a su travesía.
Por alguna razón quiero invitarla a un café. Quiero llevarla al museo y explicarle el significado detras de cada pintura y cada exéntrico pintor.
Tendré que aprender de arte.
Quiero tomar su mano y aliviar la interrogante en mi mente que se questiona la reacción que tendrían mis dedos entrelazados a los suyos.
Pero sobre todo quiero hacerla sonreir.
Y no dejar que quien la lastimó la lastime de nuevo.
Mira su reloj y la parada en la que estamos. Se pone de pie, y antes de comenzar a caminar me dirige una mirada, y yo quería decirle tanto. Y nunca sentí el tiempo tan efímero como cuando ella se bajo del tren, ni tan lento como cuando no me baje tras ella.

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#2

EL BANCO
Estaba nervioso, pero siempre era así cuando iba al banco.
Cualquier cosa podía salir mal.
Saliendo de casa, cruzando la calle, entrando al lugar… cualquier cosa podía salir terriblemente mal.
Cuatro personas.
Pero ahí estaba. Parado en la fila. Venciendo su miedo a interactuar con alguien más. Nadie le estaba hablando lo cual agradeció.
Era delgado y de estatura promedio, camisa a cuadros y pantalón de lona. Una mochila al hombro. Nada fuera de lo común.
Tres personas.
Subió sus gafas luego de limpiar el sudor de su frente con su pulgar. Su respiración era agitada.
Solo tomaría un minuto. Solo tenía que llegar a la ventanilla y entonces podría hacer lo que vino a hacer y largarse de una vez de aquel lugar.
Dos personas.
Sus manos temblaban mientras avanzaba en la fila.
Luego de esto irá por un café a aquella cafetería donde la mesera siempre le sonríe. Leería un libro. Eso ayudaría.
Una persona.
Bajó su mochila del hombro, respirando profundamente al considerar que ya pronto saldría.
Al fin. Su turno.
Aquella espera agoniosa había llegado a su fin y podría irse a casa.
Colocó su mochila frente a él y extrajo el arma.
“El dinero. Ahora.”

#3

HAY UN OLOR EN EL AIRE

Huele al perfume que dejaste en mis suéteres, mezclado con el amargo aroma de un corazón roto.


#4

Con un pequeño empujón, me reclamas que a ella le escribí un poema para su cumpleaños. Preguntas por qué a ti no te he escrito uno.
Deja te cuento un secreto.
Todos mis demás poemas son tuyos.
Pero no lo sabes.

escritoraatiempoparcial
Rango11 Nivel 50
hace 3 meses

Que bonitoooo yo también quiero que alguien me escriba poemas aún sin saberlo jajajaja


#5

Cuando entró a la casa ya estaba hablando por teléfono.
Siempre hablando por teléfono.
Tenía esa cara de pensar otra vez, ésa que pone cuando ellas le hablan. Mi mamá dice que por ser su hermano buscan su ayuda, yo creo que ya están grandecitas para ayudarse solas, o al menos eso cree mi abuelita.
Despacito y sin hacer ruido, me siento detrás de su silla a escuchar.

“Ella no está siendo justa. Tu sabés todos los problemas que he tenido.” Era mi tía Majo. Ella siempre llama después de mi tía Inés. Seguro ya le había hablado.
A mí no me cuentan nada porque soy pequeña, pero cuando cumpla seis, seguro me contarán.

Mis tías se pelean todo el tiempo. No sé muy bien por qué, creo que es por el restaurante. Ellas lo compraron juntas y hacen comida que tengo que agradecer aunque no me guste; eso dice mi mamá. Yo creo que es rica, pero es comida que puedo comer en mi casa. Por ejemplo, la sopa de pollo la puedo comer en mi casa, pero si salgo quiero comer algo que no puedo, como pasta con salsita blanca y honguitos y pollito en trocitos y tocino con esa hojita verde encima, esa que no se come. Eso no lo puedo comer en casa porque mi mamá no sabe hacerlo.
Lupe tal vez sabe.
Lupe es la que me cuida cuando mi mamá trabaja. Ella me cae bien, pero a ella tampoco le cuentan nada, entonces tengo que esconderme y hacer silencio para saber de qué tanto hablan los adultos.

“¿Y cómo está eso de que no te lo da completo?” dice mi papá al teléfono. Creo que habla de dinero. No entiendo por qué los problemas de los adultos siempre son de dinero. Mi papá siempre tiene. A veces le pido un helado y me lo compra y a veces le pido y me dice “no tengo dinero”, pero no le creo porque antes sí que tenía cuando le dio al banco. Y el banco para qué lo va a usar, ya tiene mucho que le dan los demás. Yo solo quiero un helado.

Mi papá está triste. Mi mamá dice que tengo que quererlos a todos ellos. A la familia de mi papá. Y sí los quiero y los quiero mucho. Pero a veces me cuesta quererlos porque quiero más a mi papá y lo lastiman.
No le pegan con sus puños como yo le pego a mi hermano cuando me molesta y luego va llorando con mi mamá. No, ellos le pegan con palabras. Y creo que duelen más porque mi papá se queda triste más tiempo que mi hermano cuando le pego. Y eso que mi hermano es más chiquito y más debilucho.

Mi tía dijo algo del dinero al teléfono. Yo lo sabía, era por dinero. Una vez escuché que el dinero es poderoso, pero no es cierto. Yo agarré un billete una vez y lo partí en dos. Así, fácil. En todo caso, las monedas son más poderosas porque esas no las puedo romper. De todos modos, la gente parece preferir los billetes a las monedas. Que tontos, nunca han intentado romperlo. Si lo hicieran, se darían cuenta de lo ridículos que son al dejar que los domine cuando pueden romperlo.

Mi mamá me enseñó esa palabra. Dominio. Es cuando uno tiene el control.
Casi me ve mi papá escondida detrás. Le duele tener que escuchar a sus hermanas pelearse. Por eso yo no quiero más hermanos y cada noche le digo a Dios “Gracias Dios por darme solo un hermano y por hacerme la mayor.” Pero en voz bajita para que mi mamá no me oiga.

Mi papá cuelga el teléfono y yo salgo despacito de atrás de la silla y lo abrazo. A mí me gustan los abrazos y creo que a él también porque sonríe.
Me gusta más así mi papá, sonriente. Sonriente como cuando nos lleva al cine y nos compra poporopos. O aquella vez que mi tía Celeste me regaló cincuenta quetzales y les dije a mis papás que los invitaba a una pizza. O aquel día que estornudé en el pastel y manché a todos de turrón azul. Así me gusta mi papá, cuando se ríe de los chistes que me invento (aunque él no sepa que no me los invento yo, sino Dani, y me los cuenta en el colegio).

No parece lastimado. Cuando yo me lastimo me salen moretes. Tengo en las piernas y en las rodillas porque siempre me caigo cuando juego con mi bici con el vecino. No parece lastimado, pero sé que tiene moretitos en algún lado. Aunque no pueda verlos. Lo abrazo más fuerte hasta que su teléfono vuelve a sonar. Es mi otra tía.
Más golpes.