Hiarbas
Rango11 Nivel 51 (6744 ptos) | Artista reconocido
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El día había sido agotador. Estaba cansado de tanto niño y tanto padre comprando caramelos y chucherías a última hora para el maldito halloween. Pero era de lo que vivía, de vender caries a todo el que entraba en su pequeño puesto de la calle Mayor.

Cada día se le hacía más pesado y más cuando llegaban días como este. Los caramelos especiales con formas siniestras, las calabazas de caramelo o gominola, los paquetitos preparados por las grandes industrias de este negocio para hacer el día. ¡Cansancio! Tanta tontería le provocaba cansancio.

Encamino sus tristes pasos por la calle Mayor rodeado de demasiados niños, unos disfrazados, otros solo asustados de ver los terroríficos atuendos de sus compañeros, pero todos tratando de disfrutar ese día.

Recorría calles distraído en sus sombríos pensamientos, apretando las solapas de su abrigo para tratar de evitar que el frío viento que soplaba penetrase en él y le hiciera temblar, no quería que pensaran que tenía miedo, el nunca tenía miedo, pero el maldito frío siempre le provocaba temblor y hoy no era día para temblar.

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Cada paso le acercaba mas al cálido y confortable apartamento que llevaba años ocupando. Deseaba con demasiada ansia llegar cuanto antes a él, ya que se sentía incomodo con todo lo que le rodeaba ese día. La verdad es que se estaba volviendo demasiado gruñón, demasiado cascarrabias y demasiada mala persona, pero creía que eso iba con la edad.

Hoy mismo había tratado con dureza y malos modos a un pequeño que, de puro nervio al ver tanto caramelo, había dudado demasiado tiempo en que escoger. La verdad es que tenía una cola enorme de niños esperando y aquello le hacía retrasarse y no le gustaba. Le había gritado y más de un padre le había recriminado su acción, pero no le había importado, era su tienda y en ella era el rey, hacia lo que quería.

Giro en una esquina, entrando en una pequeña callejuela que le apartaba del camino pero también de la muchedumbre.

Su cuerpo se sobrecogió por el susto, por el impacto, de ver, al girar la calle, una figura gigantesca, toda de negro y en la que solo las blancas facciones de una calavera dejaban ver algo, siniestro pero al menos una referencia que mirar.

—¡Coño! ¡Menudo susto! Ya podía mirar por donde anda, que con esas pintas da miedo.—El gigante no dijo nada, se quedo quieto, supuestamente mirándole, pero sin decir nada.—Al menos podía pedir perdón, digo yo—Tampoco esta vez hablo, solo permanecía allí parado, quieto.

El vendedor de caramelos pensó por un momento que no era un hombre, que lo mismo aquello que allí veía era solo una figura para asustar a quien entrara en el callejón, y que seguro había algún chiquillo riéndose de él escondido en cualquier sombra. Eso no le gusto, no le gustaba que se rieran de él.

—Malditos críos, como sea una broma y pille al que la ha preparado se va a enterar de quién soy yo.— El silencio fue la respuesta que obtuvo a su farfullada.

Quedaba claro que no eran niños los que habían hecho aquello, los niños nunca pueden evitar la risa. Miro a todas partes, pero nada vio, convencido de que no merecía la pena seguir allí perdiendo su tiempo mientras el gélido viento se colaba por su ropa hasta tocar sus huesos, decidió rodear la imponente figura y continuar su camino. Dio dos pasos para sobrepasar el obstáculo y cuando veía al fin libre la calle, algo le sujeto por el cuello del abrigo impidiéndole continuar su camino.

Sintió miedo, no sabía porque, él nunca lo sentía, pero sabía que aquello no era nada bueno.

Un frío sudor comenzó a cubrir todo su cuerpo, no entendía el motivo, pero tenía miedo. Tembloroso, y no por el frío, giro su cabeza para ver qué era lo que le sujetaba y le impedía continuar su camino. Una huesuda mano, amarillenta, aferraba con fuerza su abrigo. Aterrado, ahora sí, fue recorriendo con su mirada, temeroso, el brazo al que pertenecía la mano, lo hizo despacio, temía ver qué era lo que iba a encontrar cuando llegara al final.

Lo que en un principio le había parecido una máscara de una calavera, estaba iluminada ahora por la tenue luz de la única farola del callejón. Era una calavera, no era una máscara, pero lo que le había parecido limpio y blanco la primera vez, comprobaba ahora que estaba salpicado de girones de piel seca, con aspecto de cuero sucio, viejo. La imagen era terrorífica, y más viendo aquellas dos profundas cuencas que supuestamente enfocaban su inexistente mirada hacia él. Una voz, profunda, tenebrosa, cavernaria, rompió el silencio que antes le había resultado tan incomodo y que ahora deseaba no se rompiera jamás.

—Tú, el que desprecia mi día, el que desprecia a mis sirvientes, el que desprecia mis regalos, ¿Creías que no te iba a visitar?

Aquello le devolvió a la realidad, como que sus regalos, como que sus sirvientes, pero que le estaba contando eso que le tenía sujeto. Parte de su miedo se esfumo al comprender que aquello era una venganza de algún padre desairado.

—Bueno, bueno, bueno, que me estas contando, se termino la pantomima, anda dejar ya la bromita que os he pillado… ¡Ja! menuda sandez lo de los sirvientes y los regalos, buscaros otra historia, que esa no cuela.

El brazo de la siniestra figura elevo con suma facilidad al vendedor medio metro sobre el suelo y le enfrento a su desagradable rostro, un molesto olor a putrefacción y fango llego a la nariz del tendero que no pudo reprimir un gesto de asco.

—Mi historia es vieja como el mundo, y mis seguidores lo son sin saberlo, pues ellos festejan el día en el que vago libre por la tierra, sin ataduras sin obligaciones. Soy la muerte y hoy es mi día, todos me celebran. Esta noche y el día de mañana en el mundo solo se hacen ofrendas a mí, a mis actos y tú desprecias a los únicos que son felices celebrándolo. Desprecias los regalos que me hacen sin saberlo. Tu fortuna es que por unas escasas horas, solo descanso para disfrutar de mis siervos, tu desdicha es que ya se ha terminado mi descanso.

Un brillo metálico ilumino el callejón, en el otro brazo, aferrada por su otra mano, La Muerte había mostrado su herramienta de trabajo, su afilada guadaña mostraba su terrible hoja de filo ancestral. El desdichado tendero comprendió, tarde pero comprendió, que aquello no era una broma. El sudor volvió a empapar su tembloroso cuerpo, gritos de terror brotaron de su garganta, el húmedo orín del miedo empapo sus pantalones, veía como aquella mortífera arma se acercaba, muy despacio, a cámara súper lenta a su desdichado cuerpo, la agonía comprimía su corazón.

Horas después unos niños encontraron a los pies de la gran figura de telas y barro que habían hecho para halloween a su vendedor de caramelos favorito, tenía el rostro crispado, estaba blanco y mojado por su orina, pero lo peor es que no tenia vida.

Hiarbas
Rango11 Nivel 51
hace 4 meses

Ya iré publicando alguna mas que tengo sobre la noche de muertos. Escribí varias para un foro de juegos en el que nos entreteníamos en asustarnos con cuentos.

Eduardo_Moonrise
Rango5 Nivel 22
hace 3 meses

Hola @Hiarbas , me gustó tu relato, escribir sobre este género es complicado, y veo que te quedo muy bien!