SagaReverso
Rango5 Nivel 20 (400 ptos) | Escritor en ciernes
#1

El Simiente Obscuro es el primer relato corto de la saga Reverso, una ambiciosa serie de Ciencia ficción y Fantasía que cuenta la historia de una variedad de personajes envueltos en una épica aventura sobre mundos paralelos, poderes sobrenaturales, naves espaciales, y la eterna lucha entre la luz y la oscuridad.

El viaje comienza con Fabio, un niño despojado de su nombre, sus bienes y sus derechos, que desea escapar de una colonia minera ubicada en un planeta cercano a la frontera de la galaxia de Lôgos, territorio dominado por la Federación Legadora Intergaláctica.

A raíz de sus intentos, un inesperado enfrentamiento con una tenebrosa entidad le hará cuestionar su propia integridad física y mental, ocasionándole daños psicológicos y arrastrándole a través de un misterioso sendero repleto de tribulaciones.

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Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace 2 meses

Buena presentación del relato, ahora a leerlo cuando empieces a colgarlo en las cajas. Se bienvenido y espero empezar a disfrutar de lo que propones.

SagaReverso
Rango5 Nivel 20
hace 2 meses

Muchas gracias por la bienvenida, Hiarbas.


#2

Prólogo

Fragmento del informe final de la ‘Operación Hoarfrost’

...pensábamos que era un asteroide, aunque muy particular por estar congelado; como si estuviera hecho de agua solidificada.

El equipo de reconocimiento liderado por el doctor Stanley Hoover, supo que algo andaba mal cuando comenzaron a cavar. Según lo registrado por las cámaras insertadas en los trajes presurizados, debajo del hielo había piel, carne, nervios y sangre coagulada. Todo congelado.

Existía la posibilidad de que fuera algún bio-organismo desconocido a la deriva, pero su tamaño no concordaba con ningún espécimen registrado en nuestras bases de datos. Un animal de tales proporciones jamás ha sido descubierto en algún planeta habitable, o no habitable, de nuestro territorio galáctico, mucho menos flotando en el espacio.

Se le ordenó a nuestros agentes de campo que utilizaran un escáner de pulso para mapear la figura del cadáver que yacía bajo el hielo (los detalles se describen en un informe adjunto a éste documento). Con los datos recabados se construyó una imagen aproximada del esqueleto irregular del espécimen; se logró calcular hipotéticamente donde se encontraba la médula espinal. Luego de una prolongada discusión entablada entre el equipo científico y el grupo de escoltas, sobre si era conveniente o no descongelar el asteroide, un androide asistente a las órdenes del doctor Hoover procedió a acoplar una bomba fahrenheit a la piel de la criatura y, tras activarla, el calor transformó el líquido solidificado de vuelta a su estado natural.

Cometimos un error.

No teníamos idea de que en el interior del cadáver había algo más; algo que aún estaba vivo. El registro visual captó las imágenes que mostraban como unas alas de gran tamaño comenzaban a sacudirse de repente, como si la criatura hubiera despertado de un letargo.

Presos del pánico, algunos de los mercenarios que estaban bajo el mando del capitán Howard Hughes, dispararon proyectiles de nobalto hacia la piel escamosa de debajo. Quizás intentaban matarle, pues pensaban que el espécimen aún estaba vivo, pero no se percataron de la dureza extrema de las escamas, pues, al no estar congeladas, eran mucho más difíciles de penetrar. Por ello, las balas rebotaron, una a una, y se desató el caos.

Algunos sufrieron heridas fatales, otros murieron por la falta de oxígeno luego de que las balas impactaran contra los dispositivos de respiración de sus trajes presurizados. La sargento Favreau, en particular, salió disparada hacia el vacío del espacio luego de que su arnés de seguridad se desanclara de la nave de transporte, con un violento sacudón. Una lástima, considerando que era una de las mejores agentes del cuerpo.

Por otra parte, nuestro equipo motriz solo logró captar unas pocas imágenes antes de perder el contacto visual por completo. Supimos que el capitán Hughes había quedado el último en pie, también captamos la aparición de una sustancia negra no identificable brotando desde las entrañas de la bestia. No sabemos lo que es, solo manejamos algunas hipótesis poco probables. De pronto, todo se volvió silencio, a excepción de la señal de la baliza de los trajes, las cuales nos permitieron rastrear las posiciones de los cadáveres del equipo de expedición por un tiempo.

Durante un par de meses, detectamos movimientos atípicos del cuerpo del Capitán Hughes hasta que la señal se detuvo en la superficie de un planeta rocoso; Galatos Fern, en la provincia de Traciat, hace aproximadamente media jornada (ficha de linea de tiempo adjunta a este documento). Desde entonces, no se ha movido. Creemos incluso que ha muerto, pero no estamos seguros.

De acuerdo a nuestro protocolo de recuperación de material esencial, hemos solicitado a la Coordinación de Operaciones de Campo (COC) que permita el envío de un nuevo equipo de investigación encabezado por el ingeniero holístico, Julius Rendez'vous, y la doctora Annia Chopin, especialista en neuromancia y biomecánica.

El objetivo será recuperar el cadáver del capitán Howard Hughes, junto con toda la evidencia que se haya recabado de la Operación Hoarfrost.

Nivel de prioridad 5

Belaggio E. Primvillow
Coordinador del Departamento de Exploración Espacial y Expansión Galáctica (DEEEG).
Hollistic Corp

Kobbe
Rango8 Nivel 36
hace 2 meses

Muy interesante. Me tienes a la expectativa de ver como continua la historia

SagaReverso
Rango5 Nivel 20
hace 2 meses

¡Gracias, Kobbe! La buena noticia es que es una historia ya terminada, así que iré publicando todas las partes restantes con bastante frecuencia.

Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace 2 meses

Bueno el inicio y me alegra saber que sera constante la publicación, hazlo de una en una asi es posible que te lean mas.


#3

Capítulo 1 - El abismo (parte 1)

La oscuridad lo envolvía todo, el camino que tenían por delante y el opuesto, su confianza y sus miedos. La realidad dejaba de palparse, el tiempo se dilataba; y aunque el alma tenía ventanas para ver, no podía.

Un chispa activó la linterna acoplada al desgastado casco dieléctrico que cubría los escasos cabellos plateados de Nerius Loh'gerd. Tras parpadear un poco, el espectro alumbró un amplio tramo de la roca negra que formaba las paredes y el suelo de la caverna.

–¿Podemos volver? –Preguntó Fabio, quien seguía a Nerius de cerca, con la voz atenuada por un respirador artificial mientras soltaba la cuerda de fibras de carbonio que utilizaron para descender al abismo–. Creo que prefiero volver a las barracas.

La baja densidad atmosférica de la zona no explorada, fuera de la cúpula de la colonia minera, les obligaba a utilizar esos incómodos aparatos de respiración que emitían sonidos escabrosos.

El otro extremo de la cuerda se encontraba tan arriba, que la luz tenue del exterior apenas iluminaba medio camino del descenso.

–Nos enviarán a El Disco porque no puedes mantener las manos dentro de los bolsillos de esa maldita braga –contestó Nerius, reanudando la intensa conversación que llevaban a cabo desde hace un rato, y fue interrumpida por la vista del tenebroso umbral de la cueva.

–¿Que tan malo puede ser El Disco? –Replicó Fabio mientras limpiaba su mono de cuerlino sintético, el cual lucía sucio de forma natural–. Al menos nos comerémos comida de verdad, en vez de esa masa con grumos que me provoca pesadillas. Además, ¡ser famoso en la arena sería algo increíble!

–¡Oh, si! Y, ¿con que vas a luchar?, ¿con esa panza de gaamalt que te gastas? O, mejor, ¿asustarás a todo el mundo con tus rabietas de nene? –Nerius soltó un resoplido con los labios, intentando reproducir el sonido de una cabeza de ganado.

Ambos se rieron a carcajadas mientras intentaban ubicarse en el pedregoso terreno.

Un rastro de aceite amarillento y brillante, característico del fusel refinado, formaba una estela en el suelo que se adentraba en las profundidades de la cavidad subterránea. La luz que emitía la sustancia por si sola hacia contraste con la roca negra.

–Vale, no iremos a la arena, pero encontraremos al droide y nos iremos cuanto antes –dijo Fabio intentando tomar la delantera.

–¡Eh, eh! –Nerius le detuvo en seco–. Me gusta tu ímpetu, pero yo iré primero, gladiador.

Fabio era apenas un chiquillo inmaduro cuando fue enviado a la colonia minera a llevar cabo su programa de reformación para menores delincuentes. Allí conoció a Nerius, un legador exileno que cubría una sentencia perpetua de trabajo obligatorio como ex-convicto. Al anciano le llamaba la atención que el sistema de justicia de la federación fuera tan estricto como para enviar gente tan joven a los campos de trabajo, sin asegurarse primero si podían asearse el trasero de forma correcta. Eventualmente, terminó convirtiéndose en una figura paterna para Fabio con cierta reticencia; quizás porque el niño tenía la pinta de ser cualquier cosa menos un delincuente. Llevaban así al menos un ciclo, inseparables como un imán a una placa de nobalto.

Un largo tiempo trabajando en las minas de zarqún, un mineral de cristal purpúreo y polimórfico, había dibujado una marca de resignación imborrable en los deseos y aspiraciones del viejo supervisor; también un código tatuado en la parte posterior de su cuello que lo identificaba como un exileno por el resto de su vida. El propósito era básicamente confesar ‘¡Eh!, soy un criminal’, a todo aquel que descubriera aquella marca perpetua. Convertirse en exileno era convertirse en un cascarón deambulante, despreciado por la sociedad. Esa era una de la razones por las que su manera de criar a Fabio, a veces, era demasiado dura. No quería que el chico fuera codificado como un exileno antes de siquiera alcanzar su mayoría de edad.

A pesar de los progresos que demostraba estando bajo su guía, Nerius nunca pudo disuadirle de una única cosa: Fabio deseaba con ansias inmesurables poder escapar algún día del planeta, y comenzar una nueva vida más allá de Lôgos. Una vez allí, el pasado criminal de ambos podía ser olvidado, dándoles la oportunidad de reiniciar sus vidas. Pero llegar a la frontera con El Anillo de Cauldrom se consideraba extremadamente difícil, sino imposible.

–Debería delatarte con el capataz, es mi deber como supervisor –dijo Nerius, iniciando su sermón respectivo. Fabio puso los ojos en blanco–. Por más que intento cubrir tu comportamiento, no puedes evitar hacerlo todo cada vez más difícil.

–Te dije que no encendieras al robot –dijo Fabio fatigado. Llevaban discutiendo todo el día y el cansancio hacia mella en su capacidad de réplica–. No sabes cómo manejarlo, y es muy valioso... Cuesta lo suficiente para comprar un par de pasajes a los contrabandistas... –Casi al instante, el niño se arrepintió de revelar parte de sus planes.

–¿Todavía sigues con esa tontería de viajar al sistema capitolio? –preguntó Nerius con un atizbo de enojo.

–Yo no quiero vivir en una colonia minera hasta convertirme en un saco de arrugas andante.

–¡Tú… no conoces nada sobre mi!

Nerius dejó escapar un graznido de frustración mientras apretaba sus puños, intentando retener las ganas de golpear al chico. La linterna de su casco parpadeó, pero volvió a la normalidad tras un fuerte golpe propinado por sus manos enguantadas.

–Lo siento –murmuró Fabio–. Solo quiero que salgamos de aquí.

–No puedo salir de este lugar, eso ya lo sabes. Solo tienes que esperar unas cuantas jornadas más para volver con tu familia.

–No, tú eres mi única familia.

Nerius no sabía cómo responder. Sintió que el corazón se le encogía.

–Solo deja de buscar problemas...

Un estruendo interrumpió la conversación. Fabio sintió como el suelo se sacudió durante unos segundos, y Nerius notó la expresión de horror en el rostro del muchacho.

–¡Venga, mueve el trasero! –Exclamó el anciano–. ¡Nos movemos!

Los movimientos telúricos eran comunes, consecuencia de la explotación minera que desestabilizaba la corteza planetaria.

No pasó mucho tiempo antes de que ambos se toparan con un arco rocoso que hacia de entrada a una recámara más amplia. Justo delante, el pequeño droide explorador que buscaban, yacía destartalado en el suelo en medio de un charco resplandeciente de fusel refinado.

La unidad de memoria del droide estaba frita. Curiosamente, todo lo demás estaba intacto, solo que las piezas estaban desarmadas. En una de las carcasas se mostraba el código serial y el logo romboide del fabricante: Hollistic Corp.

En una de las piezas desperdigadas había una diminuta bombilla que parpadeaba constantemente, a pesar de no estar acoplada a una fuente de energía. Era una especie de baliza, muy similar a las que utilizaban los sistemas de detección de las naves de transporte para establecer coordenadas de aterrizaje.

–Quedó inservible –dijo Fabio, al ver como se desvanecía su esperanza más pronta de escapar de la colonia.

El viejo Nerius estuvo a punto de hacer un comentario cruel, pero se dio cuenta de que los ojos del niño estaban humedecidos. Prefirió entonces permanecer en silencio, al mismo tiempo que se repetía a si mismo que era lo mejor para ambos. Si alguien descubría que el muchacho había robado el aparato, nadie sabe las consecuencias que le acarrearía tal osadez.

Tras un buen rato de relativo silencio, ambos percibieron una sensación de pesadez, una fuerte presión, como si estuvieran dentro de una caldera a punto de explotar. Tal vez solo era el sosiego que reinaba en el lugar, pues estaban acostumbrados a recorrer minas iluminadas, con maquinaria pesada haciendo mucho ruido y obreros trasladándose de un lado a otro con premura.

Algunas vetas de acerio, un metal maleable de color cobrizo, sobresalían de las paredes. Al fondo, una abertura daba acceso a secciones mucho más profundas del subsuelo.

Nerius prestó oídos a un leve zumbido semejante al de gases combustibles expulsados por un géiser. Al acercarse a la fuente del molesto sonido, logró echar un vistazo a la abertura y admiró la garganta abismal de la cueva, la cual parecía estar parcialmente cubierta por una delgada capa de escarcha gélida; un fenómeno fuera de lugar en un sitio como ese.

Una niebla oscura y densa recorría de manera sinuosa el interior del agujero. Nerius percibió que un pedrusco se movía sutilmente, como si intentara ocultarse del destello de luz artificial proyectado por la linterna que brillaba en su cabeza.

...Continúa en la parte 2...

Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace 2 meses

Muy buena el inicio del capitulo, me ha gustado mucho. Ágil prosa para llevar el texto por buen camino y fácil de leer. Diálogos creíbles. Mucho contenido que incita a seguir leyendo para encontrar explicación. Me gusta y sigo leyendo.


#4

Capítulo 1 - El abismo (parte 2)

–Por cierto –dijo Nerius rompiendo el incómodo silencio–. Hay algo que no entiendo. Ese aparato recorrió todo el camino hasta aquí, ¿solo para desbaratarse en este sitio?

–Quizás el baño de aceite que le diste en el barril, le descontroló los circuitos –sugirió Fabio–. Aunque, ahora que lo pienso, el sujeto que me lo entregó me dijo que estaba en perfectas condiciones. Un droide explorador está hecho para aguantar ese tipo de cosas, ¿no?

–¿El sujeto que te lo entregó? ¿No me has dicho que lo habías robado?

Fabio no contestó, otra vez su bocota le hizo confesar cosas que no quería.

–Bueno, ya tendremos tiempo de pensar en ello –dijo Nerius para el alivio de Fabio–. Coge las piezas y salgamos cuanto antes. Cuando volvamos a la cúpula, lo arrojaremos en un horno para eliminar la evidencia, y...

La cabellera abundante de Fabio estaba expuesta mientras su casco, que solía taparla, reposaba sobre el suelo. El chico sudaba como un trozo de carne grasoso al horno, concentrado en lo que hacía, pero no tardó en darse cuenta de que faltaba una voz en el aire. El sudor que cubría su espalda pareció enfriarse de súbito, lo que le provocó escalofríos.

Con las piezas del droide en sus manos y con lo dedos empapados de fusel, se levantó, se colocó de nuevo su casco y apuntó la linterna hacia Nerius. Fabio se estremeció al ver una entidad incorpórea surgiendo desde el boquete del suelo de la recámara, una masa flotante y vizcosa de la que emanaba una bruma que consumía todo rastro de luz a su alrededor. Un cadáver que lucía húmedo, y en avanzado estado de descomposición, se asomó también por la boquilla del agujero; el cadáver parecía estar atado a aquella masa obscura como una prenda.

La criatura sombría se movía de forma errática. Al tiempo que avanzaba, expulsaba bramidos como los de una bestia agonizante.

Nerius intentó no mover una sola hebra de sus escasos cabellos. Sus movimientos quizás hubieran funcionado contra un depredador animal, pero aquella criatura era diferente. Casi al instante, varias membranas de carnosidad negra envolvieron su cuerpo como ataduras, dominándole. En medio de gritos de terror, la sustancia vizcosa se introdujo por la cuenca de sus ojos, su dispositivo de respiración, sus oídos y su boca.

–¡Sal de aquí, muchacho! –gritó Nerius, antes de que sus cuerdas vocales fueran obstruidas por completo.

Fabio emprendió su huida tras dejar caer las piezas del robot, justo donde las recogió.

Mientras tanto, el engendro había reclamado un nuevo huésped, recuperando la fuerza para cazar a su próxima presa.

Dejando huellas brillantes de fusel por todo el corredor, Fabio arribó al lugar donde se encontraba la cuerda de carbonio. Sus manos la sujetaron mientras sus piernas escalaban la roca. Intentaba con desespero no mirar hacia el abismo, solo mirar en dirección a la salida. Sus brazos se cansaban, su cuerpo estaba agotado y su mente mucho más. Podía escuchar pasos arrastrados detrás de él y golpes en las paredes.

A mitad de camino, el casco de Fabio se deslizó por su grasosa cabellera hasta desprenderse y caer al abismo. A lo que el chico continuó su escalada en plena oscuridad.

La salida estaba cada vez más cerca. Ahora alcanzaba a ver la luz del exterior, pero algo le sujetaba las piernas. No se atrevía a mirar hacia atrás. En un último esfuerzo, se colgó de la cornisa cercana a la salida de la caverna. Sus brazos, temblorosos de cansancio, le levantaron y logró reposar en terreno plano, pero sus piernas aún estaban atrapadas.

Una vieja lámpara llena de aceite de fusel, ardía colgada de un poste cercano. Las manos magulladas de Fabio, rasgaban la roca intentando avanzar a rastras hacia la salida que estaba frente a él, pero sus fuerzas flaqueaban mientras percibía que algo reclamaba su cuerpo. El suelo debajo de él comenzaba a sentirse como hielo seco.

De pronto, otro movimiento de tierra sacudió el terreno. El suelo tembló más fuerte que la vez anterior; tanto, que la anilla de metal que sostenía la lámpara de aceite se soltó del poste y cayó al suelo, regando el combustible aún ardiente sobre la roca desnuda. El aceite se deslizó hacia la cornisa y las lágrimas de fuego se precipitaron al vacío, quemando la cuerda de carbonio en el proceso.

Un bramido espantoso hirió los tímpanos de Fabio, logrando proyectarse hacia el exterior de la caverna. Por fin, sus piernas se liberaron y, aunque trastabillaba un poco, le era posible seguir avanzando. Su respirador artificial comenzaba a fallar, una fisura en el cristal dejaba escapar un hilo de oxígeno y le costaba recuperar el aliento.

En las afueras de la caverna, el cielo abierto de la superficie, que daba la bienvenida a un nuevo amanecer, se sentía como una caricia en sus mejillas, pero Fabio estaba exhausto. Solo logró avanzar unos pocos metros hasta perder el conocimiento, mientras divisaba las figuras borrosas de algunos colonos, a los lejos, acercándose a él con luces de linterna y faroles de aceite en mano.

...Fin del capítulo 1...

Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace 2 meses

Igual de bueno que la parte anterior. Realmente angustiosa esta parte, bien llevada la tensión, me ha gustado mucho. Lo que antes no te dije es que los personajes tenían muy marcada la personalidad, eso es genial. Pues nada, aquí ganas un lector fiel, espero la siguiente parte.

SagaReverso
Rango5 Nivel 20
hace 2 meses

Muchas gracias, Hiarbas. ¡Me motiva mucho tu opinión! Más tarde publico el segundo capítulo.

IndigoDolphins_73
Rango8 Nivel 39
hace 2 meses

Genial! Bien construida la escena y mejor relatada.
Buenas descripciones, muy gráficas: "...el cadáver parecía estar atado a aquella masa obscura como una prenda", me encantó esta frase.


#5

Capítulo 2 - Ausencia (parte 1)

–¿Puede describirnos lo que vio? –preguntó una mujer con retinas oculares de visión holográfica y cabello rubio, observando a Fabio y recopilando datos de su corto expediente penal a través de la red Truenet.

–Ya le dije que no sé lo que era –respondió el chiquillo con la mirada pérdida entre las hebras de la lona de la tienda.

Fabio había despertado en la enfermería de la estación penitenciaria GF7. El médico residente le había desinfectado algunas heridas y rasgaduras que tenía en las manos y piernas. Ese mismo día, por la tarde, directivos de Hollistic Corp irrumpieron en la tienda, solicitando realizarle un interrogatorio.

El chico les contó lo que había sucedido en la mina, pero se saltó el tema del droide explorador, y la verdadera razón por la que habían entrado en ella.

–Usted asegura que había un cadáver –dijo la fémina, revisando las notas en su dispositivo holográfico retinal, moviendo los dedos para interactuar con una interfaz que solo sus ojos veían–. ¿Pudo reconocer de quien se trataba?

–Creo que... tenía un uniforme militar –comentó Fabio mirando los dedos de la mujer moviéndose en el aire–. Pero no estoy seguro, estaba muy podrido.

–No nos ayuda mucho su inseguridad.

–¡Oh, claro! La próxima vez intentaré descubrir de qué color tiene los ojos.

–Tomo nota de tu sarcasmo –dijo la mujer con una sonrisa.

Los telones de la entrada de la tienda se agitaron al recibir a un hombre calvo de traje formal, quien expresaba un rotundo asco al pasar frente a un par de pacientes recostados en las camillas. Al llegar donde estaba Fabio, sacó un recipiente con desinfectante de uno de sus bolsillos y roció un poco de la sustancia en su cuello, para luego frotarlo en su piel como si intentara limpiar una mancha difícil de quitar.

–¡No soporto este lugar! –dijo el recién llegado, con una voz que a Fabio le resultaba familiar; cosa que le extrañaba, porque estaba seguro de que era la primera vez que le veía la cara.

–¿Que haces aquí entonces, Rendez'vous? –preguntó la mujer, mirándole con decepción.

–Lo mismo que tú, Chopin, mera curiosidad.

Rendez'vous miró de reojo a Fabio, como si deseara que no estuviera allí.

–Está todo listo –dijo–. Podemos ir a echar un vistazo, cuando quieras.

–¿Habéis visto al espécimen?

–Aún no.

Rendez'vous volteó la mirada hacia Fabio, de nuevo, y con desprecio. Chopin retiró los proyectores holográficos de sus ojos y los guardó en su chaqueta, revelando el verdadero color de su iris, azul intenso. Seguidamente, se dirigió al niño:

–Muchas gracias por tu tiempo, señor Marl'vaten.

–No soy un Marl'vaten –espetó Fabio.

–Es el nombre patrónico de su familia –interrumpió Rendez'vous con tono orgulloso–. Y de gran reputación, debo admitir...

–Las verdaderas familias no abandonan a sus familiares –interrumpió Fabio, bajando la mirada.

Rendez'vous produjo un resoplido entre dientes, en clara señal de burla.

–Tienes razón, Fabio –dijo la mujer, acusando a Rendez'vous con la mirada–. Eres un chico muy inteligente. Toma... un caramelo de malta, para que te sientas mejor.

El chico abrió los ojos sorprendido, y rompió la envoltura del caramelo para devorarlo con rapidez.

–Gracias, señora –balbuceó, mientras saboreaba aquel manjar.

–Llámame Annia.

–Esstá biemm, mussho gussto, Annia.

Luego de despedirse, los directivos de Hollistic Corp se alejaron de la camilla. Fabio logró escuchar un poco de la discreta conversación que entablaban camino a la salida.

–No deberías fraternizar con estos colonos, Chopin.

–Por favor, es solo un niño...

La voz de ambos se desvaneció en la distancia.

Fabio estaba prácticamente amarrado a la cama con un catéter inserto en la parte inferior de su brazo izquierdo. La vía transportaba sangre mezclada con jacvit, una sustancia química que aceleraba la regeneración celular. Se sentía relajado, y levemente mareado por el efecto de la droga, pero al menos ya no escuchaba los chillidos ni las voces que durante la noche habían querido atormentarlo.

Al llegar la tarde, el médico residente envió a Fabio a las barracas, no sin antes prescribirle un inhalador con siete dosis de jacvit para que finalizara su tratamiento.

No había mucha gente transitando a esa hora sobre los caminos de grava y las plataformas de tránsito. Postes de aceite de fusel alumbraban los callejones mientras que las luces reflectoras del puerto aeroespacial patrullaban las nubes guiando el camino a las naves de transporte que entraban y salían del planeta. Aquella vista siempre fascinaba a Fabio. A veces se quedaba horas admirándo el transito hacia el espacio exterior. Sin embargo, ese día su entusiasmo por las naves espaciales era casi inexistente.

Antes de adentrarse en el área de las barracas, se acercó a una de las vallas alambradas con vistas hacia la zona no explorada; un terreno vasto con enormes formaciones de cristal purpúreo, montículos de roca y tierra. Allí se encontraba la caverna de la que a duras a penas había escapado la noche anterior, la guarida de aquel monstruo sin forma. La entrada de la cueva ahora estaba cubierta por una estructura ancha de plastohierro.

Había mucho movimiento en las inmediaciones. Hollistic Corp había tomado el control del área y aún no era claro que pretendían hacer allí. Robots de carga e individuos con indumentaria de protección contra materiales peligrosos se movían por el lugar bajo el resguardo de efectivos de seguridad del Departamento de Control de la colonia.

La vista del montículo de tierra donde se alzaba la caverna, hizo que los pensamientos de Fabio se convirtieran en fragmentos de recuerdos de aquel encuentro con la entidad obscura. La voz de Nerius y los rugidos de la criatura sombría retumbaban en su cerebro, transformándolo en una caja de resonancia.

–¡No puedes evitar echarlo todo a perder! –gritaba la voz distante de Nerius. –¡MUCHACHO IDIOTA!

Luego de inhalar, el jacvit disipó su tormento, y una vez más se sintió sereno. Se preguntaba si se estaba volviendo loco. No era normal escuchar voces en su cabeza, ¿no? Es verdad que le temía a lo que fuera que estuviera encerrado en aquella caverna, y que, estando tan lejos del lugar, lo más probable era que se sintiera seguro. La cabeza le dolía por pensar demasiado, quizás lo mejor era descansar.

Fabio se alejó de la valla y se dirigió a las barracas. La cabaña que le correspondía estaba erigida con troncos de madera chamuscados, como la mayoría de los edificios de la colonia. La puerta chirriaba cada vez que se abría y cuando él entró, no fue la excepción. Algunos de los legadores exilenos que allí pernoctaban se dieron cuenta de su presencia al entrar, pero se envolvieron en sus sábanas tras comprobar que no se trataba de un guardia del DC, pues lo único que querían era seguir aprovechando sus horas de sueño. A ninguno le importaba lo que al chico le había pasado. Sus vidas ya eran los suficientemente miserables como para sentir compasión por un muchacho rebelde que estaba de paso por la colonia.

Así como Fabio, había otros chicos en la colonia, pero los que formaban parte del programa de reformación para menores estaban a punto de alcanzar la mayoría de edad. Se les trataba como adultos y cuando cumplían los dieciséis ciclos, eran reclutados por la Legión Suprema; un proceso casi automático. Los más pequeños eran infantes que nacieron allí, descendientes de legadores o forájenos residentes, los cuales vivían en el planeta desde antes que fuera reclamado por La Federación y convertido en una colonia penitenciaria. Familias enteras tuvieron que conformarse con la única opción de vivir entre ex-convictos. A pesar de que estaban ubicados en un complejo residencial, separados de la estación penitenciaria, su calidad de vida no se consideraba mejor que la del resto.

Cada noche, Nerius era el único que le preguntaba a Fabio con genuino interés acerca de como había ido su día; si la señora gorda del comedor común le había servido raciones extra, como siempre, o si había logrado recorrer las minas sin tropezar con alguna roca mal parada. El anciano había sido el padre que Fabio necesitaba al estar tan lejos de casa, y el niño también llenaba un vacío en su viejo corazón; los dos se necesitaban, los dos se complementaban de alguna forma.

Esa noche, sin embargo, Nerius no le esperaba, y tampoco iba a aparecer al día siguiente. Se había terminado todo. Ya no volverían a hablar nunca más de las olimpiadas intergalácticas, ni de las ideas tontas que se le ocurrían todo el tiempo. La posibilidad de aceptar aquello era demasiado para un niño como Fabio, pero una dosis de jacvit antes de ir a dormir, y en los momentos que demandara su ansiedad, le ayudarían a evitar lo inevitable por un tiempo.

---Continúa más abajo---

Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace 2 meses

Continua tu relato tna interesante como empezó, con más información aun. Continúo leyendo.

SagaReverso
Rango5 Nivel 20
hace alrededor de 2 meses

¡Muchas gracias a ambos!


#6

Capítulo 2 - Ausencia (parte 2)

Al día siguiente, bajo un clima lluvioso, Fabio se enteró de que las pocas pertenencias de Nerius fueron enviadas en un cofre al almacén de bienes básicos de la estación. La encargada del mismo, una bâangal, la única alienígena de su especie que trabajaba allí, había enviado una nota a Fabio para que éste acudiera a echarle un vistazo. Sentía pena por él porque sabía lo cercanos que habían sido ambos.

Fabio admiró los grandes ojos de la bâangal, frente a él, inspeccionándole. En el lugar donde debía estar una nariz, la forájeno tenía un dispositivo de respiración que cubría toda el área inferior de sus mejillas azules, hasta la parte baja de su delgada barbilla. Detrás de los condensadores de aire, se ocultaban las branquias. El aparato de respiración le permitía respirar fuera de su hábitat, puesto que los bâangal eran criaturas acuáticas; como era de esperarse, en lugar de manos y pies tenía aletas articuladas.

–Acompañamess, Fabioss –dijo la bâangal. Su acento gutural emitía siseos con frecuencia.

Ambos entraron en una habitación no muy amplia, llena de cajones con sobres de raciones sintéticas comestibles y suplementos vitamínicos. Por algunos orificios del techo de láminas de acerio, se colaba el agua estancada de la lluvia, lo que incrementaba la humedad de las paredes de madera y el suelo de tierra, permitiendo la proliferación de brotes de maleza y hongos. Al fondo, detrás de una reja con candado, Fabio avistó unos refrigeradores con soluciones fisiológicas, aerosoles de gelimed, antibióticos y otras cosas que no identificaba. También había inhaladores de jacvit en la parte más baja.

–Aquíss esstá.

La bâangal señaló un pequeño cofre sin cerradura que resposaba sobre un par de cajas de madera roída. El pequeño cajón tenía el nombre de Nerius en una cinta adhesiva adosada a la tapa. Justo al lado, estaba anotada la orden de envío:

U3G365 – Satélite Arthurus, Atlas

–Lo ssiento mucho, Fabioss –dijo la forájeno–. Sse llevaran el paquetess en un par de díass, puedess echarle un visstazzo, ssi quieress, pero debess dejarlo todoss como esstá antess de que acabess.

–Gracias –dijo Fabio.

La alienígena regresó a su puesto en la recepción del almacén para dejarle a solas con el recuerdo de su amigo. Al abrir la tapa del cofre, lo primero que vio fue un manto rojo, doblado cuidadosamente sobre un cuaderno con una tapa confeccionada de cuerlino. El manto era un estandarte con una heráldica muy llamativa. En el centro del banderín se alzaba un tridente blanco rodeado por una laureóla muy parecida a las coronas de los antiguos emperadores. En la base de la punta del tridente había un dibujo de una delgada cinta ondeante con la palabra "Argos", escrita en letras auríferas. El estandarte era más largo que ancho, por lo que fácilmente podría utilizarse como una manta para dormir o una capa; fue el único uso del que podía pensar, porque que no tenía idea de cual era el significado del símbolo o el nombre que profesaba.

Fabio volvió a doblar el manto carmesí y lo colocó en su lugar, intercambiándolo por el casi desarmado cuaderno. El papel de la libreta estaba mohoso. Muchos de los garabatos que contenía estaban ilegibles. Sin embargo, las últimas páginas parecían estar recién escritas y cosidas a la tapa con un estambre ordinario. Tras echarle un vistazo, Fabio vio su nombre en uno de los escritos:

"... ese chico es problemático. Me recuerda a mi hijo. Esas ganas de vivir y salir al mundo a hacer grandes cosas. Después de lo que me ha contado, es cierto, no merece estar aquí. Me gustaría ayudarle, pero te prometí que nunca volvería a meterme en problemas, por el bien de nuestro hijo, Agripina. Además, ya he roto una promesa, no puedo permitirme romper otra."

Una lágrima tímida se liberó de los párpados de Fabio mientras continuaba su lectura.

>Cuanta falta me haces, Agripina. Todo fuera mucho más fácil contigo aquí. Intento rezarles a tus dioses cada día para que ese paraíso del que tanto hablabas, exista... y acepten mi eventual llegada para reunirme contigo. Se que me perdonarás por haber dejado ir a Nerón, pero no aguantaba ver a nuestro hijo machacando su futuro en este lugar.

No importa cuan grande sea su secreto, en algún momento lo descubrirá, y estoy seguro de que tendrá la fortaleza para afrontarlo por si mismo. Nerón tiene sangre de guerreros y eruditos..."

Luego de pasar la tarde leyendo el diario, los efectos del jacvit ya estaban cesando, y las emociones se revolvían de nuevo en su mente. Las visiones de Nerius siendo arrastrado por el monstruo de la caverna, fueron calando en su mente como termitas solariegas en acerio. Fabio intentó controlar sus impulsos por un instante, pero su tormento empeoró. Una voz familiar le llamaba por su nombre. La misma voz fue interrumpida por un graznido de dolor. Frente a él, observó una figura brillante en medio de un pasaje oscuro. ¿Acaso estaba perdiendo la razón, o el consumo de la droga empeoraba sus alucinaciones?

Fabio colocó el diario de vuelta en el cofre, y lo cerró de sopetón, dejando todo como estaba y secándose las lágrimas del rostro. La manga de su camisa de obrero era tan áspera que le rasguñó levemente las mejillas. Justo antes de salir, cruzó una mirada aletargada hacia los inhaladores de jacvit del estante refrigerante de medicinas. Sabía que la droga era lo único que mantenía a raya sus pesadillas.

Luego de convencerse a si mismo de que lo necesitaba, se le ocurrió acercarce a la nevera, e intentó estirar su mano a través de una de las rendijas que la resguardaban para tomar uno de los inhaladores. Sus dedos que sentían el frío de los refrigeradores, alcanzaron pronto la base de uno de los dispositivos. Después, lo extrajo con cuidado y lo almacenó en un compartimento oculto de su braga.

Antes de salir, pensó que podía alcanzar uno más; y así fue. Con cuatro inhaladores en su poder, Fabio por fin decidió salir hacia la recepción.

–¡Oh!, ¿ya hass terminado, Fabioss? –Preguntó la bâangal desde detrás de su escritorio–. Quiero que ssepass que puedess contar conmigoss para lo que necessitess.

Fabio agradeció el gesto, aunque no prestó demasiada atención a lo que le decían. Concentrado en no levantar sospechas, se despidió como se supone que debía hacerlo, y salió a enfrentarse a la gran tormenta que azotaba el cielo plomizo del planeta.

---Fin del capítulo 2---

Black_Soul_1114
Rango3 Nivel 13
hace 2 meses

Buenisima la historia estaba esperamdo el capitulo 2, muy bueno me encanta espero el 3 capitulo

DanaMaat
Rango12 Nivel 55
hace 2 meses

Llevas una historia estupenda, con pinceladas de angustia en algunas partes y fácil de leer a medida que continúas con las cajas más te incita a saber qué sucederá.

Saludos @SagaReverso

SagaReverso
Rango5 Nivel 20
hace 2 meses

Gracias, DanaMaat y Black Soul, me ayudan mucho sus opiniones!

Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace 2 meses

La historia va genial y mas con tu estilo de escribir tan limpio y sencilllo, cargada de información, accion, sentimiento. Espero con ansia la continuación.

IndigoDolphins_73
Rango8 Nivel 39
hace alrededor de 2 meses

Sigo alucinada con la cantidad de detalles que das y la naturalidad con la que lo haces. Para mí es lo que más me ayuda a meterme en la historia, realmente parece que ese mundo existe.


#7

Capítulo 3 - Vulnerable (parte 1)

Unas cuatro jornadas habían pasado desde el incidente en la caverna. Fabio había sido llamado a reanudar sus labores en las minas, y ahora se le veía con una actitud inquietantemente tranquila.

El carrito de refrigerios que siempre empujaba a través de largas rutas subterráneas ya no era tan pesado como antes, cuando llegó a la colonia por primera vez. En aquel entonces le costaba moverlo, pero con el tiempo sus brazos y piernas se acostumbraron a la rutina, y todo era más llevadero.

Como era habitual, ese día Fabio se adentraba en las minas de cristal para hacer su recorrido. El olor a ácido y aceite quemado le ensanchaban la nariz. Los obreros, con sus ropas habituales confeccionadas con linoleo barato, sedimentos y sudor, recibían al carrito con ganas de ingerir algún brebaje frío que les limpiara la garganta llena de arenilla, y un bocado sintético dulce que les repusiera las energías para seguir golpeando rocas.

Alrededor del planeta había otras colonias mineras y algunas refinerías de fusel. La mayoría utilizaba fuerza de trabajo proveniente de las prisiones de la federación, o mano de obra alienígena; los tan mal-llamados forájenos.

Galatos Fern era un planeta rocoso rico en zarqún y metales varios. Cada asentamiento estaba rodeado por una cúpula atmosférica artificial que mantenía el aire mucho más respirable en su interior. Fuera de ellas, las condiciones no eran tan favorables para seres vivos cuyo organismo dependía del carbono. Existía vida salvaje fuera de las cúpulas, pero, la mayoría, eran criaturas cristaloides con una dieta alimenticia basada en minerales radioactivos como el zarqún.

El Magno Foro Siderea era el órgano público que estaba a cargo del sistema de producción y comercio de la federación. Era abundante la cantidad de corporaciones privadas que incursionaban en el negocio de los campos de trabajo. Dependiendo del ecosistema de cada planeta, se determinaba un número y el tipo de colonias que se establecían allí mediante grandes subastas en las que participaban los interesados en monopolizar alguno de los rubros para su explotación. De esa forma, se mantenía un orden en cuanto a la competitividad del mercado y la cantidad de entes involucrados, dando poca relevancia a las pequeñas y medianas empresas, cuyos esfuerzos independientes con frecuencia terminaban siendo absorbidos por las grandes compañias.

Uno de los modelos de negocio más particulares giraba en torno a la exploración espacial y la terraformación planetaria. Ambos, dirigidos exclusivamente por Hollistic Corp, la corporación trasestelar más grande de todo El Syntix, que también dominaba el área de la investigación y el desarrollo de nuevas tecnologías.

Galatos Fern fue uno de los pocos planetas que no necesitó ser terraformado. La región de Traciat, ahora convertida en una provincia, había sido un territorio sin gobierno desde el comienzo de La División hasta el final de La Insurrección del Tridente. De hecho, la mayoría de las colonias mineras habían estado allí antes de que La Federación Legadora Intergaláctica anexara aquel cúmulo de estrellas fronterizo al territorio bajo su dominio.

Al ser tan joven, los conocimientos de Fabio sobre esas historias eran limitados, y, lo poco que sabía, se lo había contado Nerius durante sus largas sesiones de charla nocturna. A pesar del hecho de haber sido un ex-convicto, a Fabio le parecía que el anciano era un respetable intelectual en muchos aspectos; una sabiduría que compartió con él cada vez que pudo.

Las entradas de las minas se disponían alrededor de una gran plazoleta entre cañones rocosos, cercana a la estación GF7. En medio de la plazoleta de adoquines de cormigón, se alzaban un par de torres de vigilancia con agentes armados del DC, los cuales mantenían la zona bajo constante observación. En el centro se erigía una estatua de metal tiberiano con la figura de un legionario con exoarmadura militar, sosteniendo un rifle en su mano izquierda, y la punta rota de un tridente en su mano derecha.

La estatua rememoraba el desenlace de La Batalla de Galatos Fern, ocurrida cincuenta ciclos atrás. Era un símbolo del dominio absoluto de la federación y un homenaje a Romulus Gunnman, Guardián de La Verdad; el héroe que derrotó al líder terrorista del Tridente de Argos. Así lo profesaba una placa de orihalcón en la base de la escultura.

Fabio recorrió varios kilómetros con su carrito de refrigerios. Era un trabajo relativamente sencillo, lo más adecuado que podían asignarle a un muchacho de su edad. Sin embargo, no quedaba exento a la suciedad, o a la toxicidad de los químicos que se solían utilizar para extraer minerales.

En las minas, escuchaba conversaciones y rumores a veces exagerados, como el relato de un alienígena que había logrado infiltrarse en el puerto aeroespacial, sin que le vieran, a través de una cuesta oculta en el interior del cañon. O el cuento de como un legador ex-convicto se había logrado borrar el código exileno de la nuca, utilizando una esponga de fibras de carbonio y aceite de fusel quemado. Una de las conversaciones llamó la atención de Fabio, pues se trataba de algo sobre unos experimentos conducidos por Hollistic Corp en la caverna de la zona no explorada.

–Ayer desapareció Titus –decía un hombre muy delgado y con barba, que golpeaba una mena de acerio con un pico de punta mellada–. Ya sabes, el moreno fortachón...

–Si, lo recuerdo –contestaba otro sujeto bajito y regordete, que cargaba una cubeta con una sustancia brillante en los brazos–. ¿Qué le ha pasado?

–No lo sé, pero he escuchado que los de Hollistic le fueron a buscar a las barracas... escoltados por los guardias del DC. Fergus no le ha vuelto a ver desde entonces. –El hombre se acercó más a su compañero para susurrarle algo entre dientes–. Escuché también rumores de que esconden algo en esa cueva... un monstruo.

–¡Tonterías! –Contestó el otro, soltando una carcajada–. En todos los años que llevo aquí jamás he escuchado algo como eso... ¡Eh, chiquillo! concéntrate en tus propios asuntos.

Tras escuchar la advertencia, Fabio continuó su ruta intrigado por lo que acababa de escuchar.

Cada cierto tiempo se ocultaba en algún pasaje estrecho de las minas para ingerir un poco de jacvit. Así no tenía que preocuparse por escuchar aquellas voces extrañas en su cabeza durante sus jornadas de trabajo. El problema con dicha sustancia es que le quitaba el apetito, y la cantidad de alimento que estaba ingiriendo durante los últimos días era mucho menos de la recomendada para mantenerse sano. Además, poco a poco estaba generando una dependencia peligrosa a la sustancia. Su suministro personal estaba disminuyendo más rápido de lo normal, por lo que sus incursiones secretas al almacén donde había conseguido los inhaladores por primera vez, eran más frecuentes.

Al atardecer, la estrella Balcan se posaba sobre las montañas rocosas del oeste, y Fabio se preparaba para regresar a las barracas. Apresuradamente, se unió a la fila de obreros exilenos que intentaban atravesar el puesto de control de la valla penitenciaria mientras que, un par de pantallas holográficas transmitían un noticiero con una presentadora muy guapa. La historia que cubría en ese momento era tan insólita, que incluso los guardias de seguridad miraban las pantallas con expresión de asombro.

–Los expertos aseguran que se trata de un agujero de gusano lo que ha devorado por completo al planeta Domus y la estación espacial interplanetaria apostada en su órbita... –decía la presentadora mientras se mostraban algunas imágenes de un gran orbe siendo despedazado por un remolino oscuro y denso–. No sabemos que pudo haber causado ésta catástrofe, pero se cree que la vorágine se produjo desde el interior de la corteza planetaria. Escuchemos las breves declaraciones del Administrador en Jefe del Departamento de Control del sistema estelar Udine, Claudius Jor'vufel...

La imagen de la pantalla cambió, y ahora se mostraba el rostro de un legador, delgado y de edad avanzada, hablando delante de una sala llena de periodistas y droides cámara.

–Tenemos registros visuales del momento en el que el planeta comenzó a implosionar –declaraba el funcionario–. El agujero de gusano consumió el planeta desde dentro, y no sabemos que causó la formación del mismo.

–¡Coordinador!, ¿han encontrado información acerca de un culpable, o existe alguna hipótesis sobre si efectivamente se trata de un fenómeno natural? –preguntó uno de los reporteros que le acosaban.

–Como os he dicho ya, no tenemos detalles concretos. Las investigaciones pertinentes se están llevando a cabo –contestó Jor'vufel–. No se descarta la posibilidad de que el núcleo del planeta se haya desestabilizado, pero les interesará saber que ha llegado a mis manos información acerca de una operación militar que se estaba llevando a cabo en el interior de uno de los agujeros industriales. Sin embargo, por el momento, no tenemos conclusiones concretas.

–Señor Jor'vufel, ¿tiene usted un estimado del número de víctimas? –preguntó otra reportera.

–No manejamos una cifra exacta, pero se estima que se han perdido muchas vidas. Me temó que el número podría incluso traspasar la barrera del millón.

–¿Cómo logró escapar usted, señor funcionario? –preguntó la misma reportera.

–Siguiendo los protocolos de evacuación, señorita.

–Los obreros de la colonia industrial no tuvieron tanta suerte como usted. ¿Ellos también formaban parte del protocolo?

–No más preguntas –contestó el hombre, retirándose del lugar con actitud desafiante.

La presentadora del noticiero volvió a aparecer en la pantalla.

–Se espera que el agujero continúe atrayendo otros cuerpos celestes –dijo– incluso se estima que podría llegar a devorar la estrella del sistema, Ufos, muy pronto. Seguiremos informando…

Casi de inmediato, el noticiero cedió el espacio a un anuncio publicitario de Hollistic Corp y su famosa soda Nexus. "¡Destapa el universo con Nexus! Hollistic Corp, está en todas partes..."

SagaReverso
Rango5 Nivel 20
hace alrededor de 2 meses

Jajajaja, ojala fueramos parientes. Me alegra que te guste tanto.


#8

Capítulo 3 - Vulnerable (parte 2)

–¡Esta galaxia se está yendo a la mierda, ya se veía venir! –exclamó uno de los exilenos de la fila, dándo una palmada a Fabio en el hombro para que espabilara, pues se había distraído demasiado con aquellas inquietantes noticias.

Al llegar a la caseta de registro, Fabio estiró una de sus manos ante el escáner de dermatoglifos, y se dio cuenta de que regresaban sus temblores. El efecto del jacvit estaba desapareciendo. Apenas logró entrar en la estación penitenciaria, se introdujo en un callejón oculto para consumir la droga una vez más. El último inhalador estaba a punto de vaciarse. Por suerte, ya sabía a donde ir para reaprovisionarse.

En el almacén de bienes básicos, Fabio había descubierto una pequeña abertura en la pared de madera podrida, por la cual podía colarse sin ser visto por la bâangal. Al no tener una excusa lo suficientemente buena como para no levantar las sospechas de la recepcionista, el chico se había asegurado de ocultar su entrada secreta detrás de una placa de acerio abollado para que, al atravesar el callejón de la parte trasera del edificio, solo él pudiera encontrarlo.

Su plan había funcionado a la perfección hasta ese día, cuando se topó con algo inesperado. El refrigerador donde se almacenaban los suministros médicos ya no estaba, lo habían puesto en otro lugar, y no tenía idea de donde podría estar. Todo lo demás, los cajones derruidos y estantes de acerio, parecía estar en su sitio.

Afuera comenzaba a llover. Tomaría horas recorrer la estación entera en busca de inhaladores, así que se le ocurrió que quizás la recepcionista podía darle una pista.

Después de salir por la trampilla oculta, se dirigió a la entrada principal del almacén por donde acababa de salir un hombre de traje, quien maldecía a la lluvia con ahínco y llevaba puestos unos guantes de gomilla plaster. Fabio pensó que aquella voz le era muy familiar. Había escuchado de cerca esa voz al menos un par de veces, pero no lograba ubicar el rostro del individuo al que pertenecía.

Para su sorpresa, en la recepción del almacén no estaba la bâangal. En su lugar, había un guardia del DC con cara de pocos amigos, anotando cosas en hojas de papel silc con un laserillo; un bastoncillo que emitía un láser muy fino, capaz de trazar marcas sobre cualquier superficie.

Tímidamente, el niño se acercó.

–Disculpe.

El guardia lo miró con el ceño fruncido, deteniendo su escritura.

–¿Ha visto a la señora encargada del almacén? –preguntó el chico.

–¿El cachalote azul? –dijo el guardia, con tono despectivo–. Le han destituido y, por mi maldita suerte, me ha tocado cubrir el puesto.

–¿Puedo preguntar por qué?

–No, chiquillo. No puedes. –Fabio le fulminó con la mirada. El guardia denotó un ápice de satisfacción en sus toscas facciones, cuando descifró el enojo que emanaba de los ojos del chico–. Que sepas que tu amiga alienígena no ha hecho su trabajo como es debido. Últimamente han desaparecido suministros médicos de la bodega, así que le han despedido. Quizás envíen a esa golfa a las minas, o los contrabandistas la reclamen para venderla a los piratas de la frontera.

Se remarcaba el sadismo en el rostro del guardia mientras hablaba y arrastraba las manos por el escritorio con agresividad. La rabia que sentía Fabio también le brotaba por todos lados. Tenía muchas ganas de golpear a aquel desagradable sujeto con la intención de drenar su furia contenida.

–¿Qué sucede, niño? –Preguntó el guardia–. ¿Te estás mojando los pantalones?

Fabio ya no podía contenerse. Con cierta habilidad, le arrebató al guardia el laserillo de las manos, y apuntó el delgado láser a uno de sus ojos.

–¡AHHHHGG!, ¡HIJO DE...

Fabio salió disparado del almacén mientras el guardia, ahora tuerto del ojo derecho, volcaba la mesa con violencia.

Así dio comienzo la persecución a través de los callejones de la estación penitenciaria. Fabio tenía la ventaja de escabullirse por espacios estrechos mientras que, su perseguidor, era más rápido. Luego de un rato, un par de guardias se unieron a la justa, y cuando rodearon la gran lona de la tienda de la enfermería estuvieron a punto de atrapar al niño, sin éxito. La humedad que absorbía el terreno arenoso les obligaba a resbalar de cuando en cuando.

Luego de atravesar una vía de tierra ancha que era utilizada como una especie de avenida principal, llegaron hasta el complejo de barracas. Fabio se vio acorralado en un callejón cercano al muro de la valla de la estación, tras haber resbalado en uno de los charcos de lodo que atestaban la zona.

Los tres guardias se abalanzaron sobre el chico, y éste intentó defenderse. Desesperado, mordió la oreja de uno de ellos, y golpeó en la entrepierna al otro, para zafarse. De la nada, el guardia tuerto le propinó un fuerte golpe en la mandíbula que le tumbó al suelo al instante.

La boca de Fabio ahora sangraba por haberse mordido la lengua accidentalmente durante la caída. Desde los bolsillos de su braga se deslizaron hacia afuera un par de inhaladores vacíos de jacvit, que cayeron a los pies de los guardias.

–¡Pedazo de mierda! –gritaba el guardia al que el ojo le sangraba, recogiendo lo inhaladores del suelo–. Estás jodido, ladronzuelo.

Fabio trató de levantarse con la mitad de la cara llena de lodo, y el olor a sangre dopando su cerebro.

–¡Quédate en el suelo! –Uno de los sujetos lanzó una fuerte patada que impactó en el brazo derecho del niño.

Fabio sintió el dolor insoportable de uno de sus huesos quebrándose, y comenzó a retorcerse en el piso. Justo cuando sus atacantes se disponían a golpearle de nuevo, una mujer de traje se asomó por uno de los extremos del callejón.

–¡Oigan!, ¿qué creen que hacen? –exclamó aquella mujer de cabello rubio, resguardándose debajo de un paraguas blanco de algodino.

Los tres pillados huyeron de la escena a través del lodo.

Las manos de Fabio temblaban con fuerza porque los efectos del jacvit habían cesado. La lluvia le limpiaba el rostro mientras el lodo se adhería a sus ropas. No lograba soportar el dolor de la fractura en su brazo, y nunca había estado tan vulnerable.

–Fabio, ¿eres tú? –Preguntó la mujer rubia de ojos azulados–. Soy yo, Annia, ¿me recuerdas?

El chico no contestó. La miraba muy asustado, pero si la reconocía.

---Fin del capítulo 3---

#9

Capítulo 4 - Lejos de casa (parte 1)

–Solo, tómalo, chiquillo –dijo el misterioso hombre encapuchado que llevaba puestos un par de guantes de un material plástico muy fino.

Fabio no podia ver su rostro, pero su tosca voz a veces se volvía suave sin intención, como si tratara de falsear su verdadera tonalidad para parecer más intimidante.

–No se si debería aceptar cosas de un extraño –dijo el chico, a pesar de que tenía muchas ganas de quitarle el droide de las manos– Debería… debería irme.

–¡Espera! –La voz del hombre encapuchado se tornó incluso más suave y chillona–. No es ningún truco, pequeño amigo. Simplemente, no lo quiero, y creo que tú podrías sacar mejor provecho de este cacharro.

–Pero, está casi nuevo.

–Si, está intacto, pero no lo quiero.

Fabio miró a su alrededor para corroborar que Nerius no estaba cerca, y, tras dudarlo un poco, tomó al diminuto robot y lo envolvió bajo su brazo derecho. La carcaza metálica se sentía fría al tacto.

–Está bien –dijo Fabio–. Gracias.

–Si, si… –susurró el hombre encapuchado con extraña excitación–. Recuerda encenderlo cuando estés completamente solo. No deberían verte con algo tan valioso por allí.

Justo al finalizar sus instrucciones, el sujeto de la capucha empezó a hundirse en la tierra como si de la nada se hubiera formado un agujero de arenas movedizas justo debajo. Una especie de carnosidad oscura comenzó a brotar del mismo agujero, envolviendo el cuerpo del hombre como enredaderas mientras éste soltaba una carcajada siniestra.

–¡Sal de aquí, muchacho!

Fabio escuchó la voz lejana de Nerius en su cabeza, pero se dio cuenta de que sus pies también comenzaban a hundirse en la tierra y, cuando aquella masa obscura intentó atraparle, se sacudió violentamente… y despertó.

Desde hace tiempo, Fabio no tenía la posibilidad de dormir en una cama tan cómoda, aunque los dolores en el cuerpo le recordaban la paliza que había recibido hace poco.
La cabaña de madera era acogedora. No era una suite de lujo, pero, bajo las exigencias de Hollistic Corp, la administración general de la colonia se encargó de acomodarla para que sus empleados tuvieran un alojamiento de calidad.

Annia había ocultado al chiquillo en su cabaña, luego de encontrarlo herido en aquel callejón. La mujer intentó curarle las heridas de la cara, y le inmovilizó el brazo fracturado con un soporte de tela amarrado a sus hombros y espalda, aunque tenía problemas para mantenerle quieto. Conversando con él, se enteró de que había estado robando jacvit para mantener su prematura dependencia hacia la droga. Así que evitaba a toda costa administrarle el mismo medicamento para evitar que generara una adicción más grave a la sustancia.

Así pasaron varios días de relativa tranquilidad, y Fabio mejoró su condición más rápido de lo esperado. Mientras tanto, era buscado por los efectivos de seguridad del DC, y le habían atribuido cargos de asalto, robo e intento de asesinato. Si lo encontraban, posiblemente le enviarían a una prisión del borde exterior y le codificarían al fin como un exileno.

Cuando estaba solo, Fabio daba una vuelta por la zona residencial, que se encontraba alejada de la estación penitenciaria, con cuidado de no ser visto por los guardias. Casi siempre visitaba el patio trasero de la única escuelita de infantes del asentamiento, y les veía jugar hasta el atardecer. Otras veces, simplemente se dedicaba a escuchar conversaciones de adultos para mantenerse informado de los sucesos importantes que ocurrían a su alrededor.

–He oído rumores de que los obreros pretenden iniciar un motín –escuchó decir a una mujer gorda, que llevaba un vestido de flores abultado–. Han desaparecido algunos de los presos... no les importó al principio, pero, hace un par de días, desapareció un niño pequeño. Ahora Fathrak y sus hombres están furiosos con el DC.

Fabio pensó que el niño del que hablaban era él, pero, ¿por qué los contrabandistas estarían reclamando su desaparición?

–¡Mi alma! –Contestó una señora de edad avanzada, escandalizada por los rumores–. Hay que tener cuidado entonces, reunir provisiones por si sucede algo pronto... ¿Sabes de que me entere ayer por la noche? Lucia me contó que su marido, ya sabes... el guardia que trabaja en el puerto espacial. Le dijo que pronto se iban a mudar. Al parecer quieren irse a la capital. No recuerdo bien porque. Creo que dijo que hay muchos problemas en la frontera.

–No puedo creerlo. ¿Es posible que vaya a haber otra guerra tan rápido? Apenas han pasado, ¿cuántos? ¿Cincuenta ciclos?... Ahí viene esa chusma de nuevo.

Un qualio, una criatura alienígena que caminaba en cuatro patas y tenía cuernos de cristal blanquecino, transitaba por los caminos de tierra con cierta gracia. Al pasar por delante de las señoras, inclinó sus musculosas patas delanteras para saludar, mostró sus dientes gruesos y pulidos, bufó, y prosiguió su camino.

–No soporto convivir con estos animales... –comentó la anciana.

Fabio hubiera deseado objetar aquella declaración.

Galatos Fern era el mundo de origen de los qualios, una raza amistosa de criaturas cristaloides que, aunque eran inteligentes, se conformaban casi siempre con realizar labores domésticas. No se les prestaba mayor atención, y tampoco se les podía maltratar o rechazar, de acuerdo a los estatutos de preservación de las especies. Aún asi, la población de qualios había disminuido considerablemente desde la llegada de los primeros colonos al planeta. Era bien sabido que los contrabandistas sostenían una red de tráfico ilegal de qualios con otras colonias planetarias, pero nadie parecía tener el valor de reclamar por ello.

Aunque parecían equinos salvajes, los qualios eran criaturas muy serviciales, por lo que merecían respeto. Sin embargo, Fabio no podía delatar su presencia con otro escándalo que, de seguro, aquel par de señoras de lengua floja formarían. Así que decidió volver a la cabaña refunfuñando para si mismo.

Al caer la noche, Annia lo encontró recostado en la pequeña cama que había dispuesto para él, con cara de que no quebraba un plato.

–¿Cómo te sientes, Fabio? –preguntó Annia, ofreciéndole una taza de té nagussiano, y revisando el medidor de aceite de la lámpara de fusel que colgaba del techo de madera.

–¿Qué es esto? –preguntó Fabio, mirando el contenido de la taza con una mueca.

–Te hará bien. Es dulce –contestó Annia, sentándose a su lado.

Al escuchar las palabras mágicas, Fabio probó la sustancia acaramelada. Ambos se reían mientras él intentaba limpiarse los labios espaturrados de dulce.

–Ahora cuéntame, ¿cómo te sientes, Fabio?

–Ya no me duele tanto la espalda. Y creo que puedo alzar el brazo un poco más, mira...

–¡Que bien! Dentro de poco estarás como nuevo.

Fabio se limitó a sonreír, pero, en el fondo, debatía de qué le serviría recuperarse. No tenía idea de a donde ir, y estaba seguro de que ella en algún momento tendría que irse también.

–¿Por qué me estás ayudando, Annia? –preguntó, timidamente.

–¿Por qué no? –Contestó ella con una sonrisa–. No podía dejar que esos brutos te hicieran daño. Éste no es lugar para un niño... Fabio.

–No soy un niño.

Annia soltó una carcajada que calentó las mejillas de Fabio.

–¡Oh! disculpe, señor adulto, me he confundido por su tamaño. –Las risas de ambos fueron interrumpidas por un fuerte estornudo–. Aún tienes un leve resfriado.

–Ya se me quitará –contestó Fabio, bebiendo más té.

–¿Has vuelto a salir?

–Si, estuve un rato cerca de la escuela... ya lo sé, tuve cuidado para que no me vieran. También escuché rumores sobre algo malo, creo. ¿Qué es un motín?

–Oh, pues, si es algo muy malo. Una revuelta, como una rebelión...

–¿Como una guerra?

–Algo así.

Fabio ordenó las ideas en su cabeza sobre lo que había escuchado mientras tomaba otro sorbo de té, luego continuó su relato:

–Alguien estuvo hablando de una guerra en la frontera... Hay gente que planea escapar a la capital, ¿tú también te iras?

Annia le miró con ternura, pero también se podía ver un ápice de preocupación tras escuchar las malas nuevas. Tras echar un vistazo a la ventana de la habitación, suspiró, y volvió a mirar a Fabio.

–No lo sé. Están pasando cosas raras en todos lados.

–¿Qué cosas?

–Es complicado, cosas de política y leyes.

Fabio sabía que Annia evitaba explicarle tales asuntos, quizás porque subestimaba su capacidad para entenderle. No la culpaba, pero extrañaba la confianza que le tenía Nerius para ese tipo de cosas; el anciano nunca dudó en tratarlo como un adulto, aunque a veces tuviera tan poco tacto.

–Oye, se que me pediste que no te lo volviera a preguntar, pero... –dijo Annia, intentando cambiar la conversación–. De verdad me interesa saber porqué estás aquí. Se que tu familia...

–Ya no son mi familia –interrumpió Fabio.

–Vale, lo siento.

Hubo un silencio incómodo entre los dos. Fabio solía enojarse cuando le recordaban a los dichosos Marl’vaten.

Su familia era una de las más acaudaladas de Atlas, la capital de la federación. Él era el menor de cinco descendientes. Sus hermanos y hermanas habían nacido en incubadoras genéticas mucho antes que él, y ya eran adultos cuando su madre le concibió mediante parto natural. De hecho, muchos de los Marl'vaten ostentaban títulos y cargos de gobierno de envergadura. Para Fabio, aquello era una ventaja y una maldición, porque tenía todas las comodidades y el derecho a lujos costosos, pero no tenía tanta libertad para cometer errores o decidir cosas por si mismo. Además, por alguna razón que desconocía, su padre no le prestaba la más mínima atención, y cuando estaba en casa se veían una vez cada dos jornadas.

–Estuve en una academia de pilotos –Fabio rompió el silencio–. Me gusta pilotar naves espaciales.

–Interesante, ¿eres bueno? –preguntó Annia.

–Soy el mejor –dijo Fabio simulando una falsa modestia, y tomando otro sorbo de té–. Tenía muchos amigos en la academia. Me apodaban, El Huracán.

Annia abrió los ojos sorprendida, animándole a contarle más de su historia.

---Continúa más abajo---

Hace alrededor de 2 meses

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#10

Capítulo 4 - Lejos de casa (parte 2)

–Aurora tenía un hermano pequeño, Celso... El pobre no podía pilotar por su tamaño. Era más pequeño de lo normal, para su edad. Aunque también quería ser piloto, tenía que conformarse con aprender a ser mecánico.

>Un día, Aurora me contó que quería llevarlo a volar para que su hermano pudiera sentir lo mismo que nosotros sentíamos al pilotar, al menos una vez.

>Entonces, la noche del aniversario de la fundación de Olimpia, cuando casi todos los instructores estaban de permiso, los tres planeamos escapar de nuestros dormitorios para colarnos en el puerto aeroespacial de la academia. Todas las naves estaban aseguradas en los hangares con agarres magnéticos, excepto una. Ni siquiera pensamos en porqué no estaba amarrada, creímos que la suerte estaba de nuestro lado. Solo queríamos dar una vuelta por el campo de entrenamiento, y regresar rápido antes de que los custodios del hangar regresaran de su fiesta, pero todo salió mal.

>La nave era una lanzadera orbital, un modelo viejo, y la estaban reparando, por eso no estaba anclada a un amarre magnético... Cuando nos dimos cuenta de eso era muy tarde. Un pedazo de la cubierta trasera se desprendió mientras tratabamos de aterrizar. El hermano de Aurora se resbaló, y se cayó de la nave...

Annia escuchaba la historia horrorizada, con una mano tapándo su boca.

–No se cómo logré aterrizar. Hice lo que pude. Yo… no quería que eso pasara, yo pensé que...

Las lágrimas empaparon el rostro del niño, y el lamento no le permitió continuar hablando.

–Termina de beberte el té, Fabio, te ayudará a calmarte –instó Annia, acariciándole el cabello.

El té nagussiano que quedaba en la taza lo ayudó a sentirse mejor.

Nerius era la única persona a la que Fabio le había confiado aquella historia, hasta ahora, pero confiaba en Annia lo suficiente como para contarle también a ella. Le contó que lo acusaron de muchas cosas; a ambos, a Aurora y a él, y los expulsaron de la academia. Su propio padre, Gaius Marl’vaten, tribuno de El Palacio de la Suprema Justicia, solicitó que lo enviaran a la colonia minera para que formara parte del programa de reformación para jóvenes delincuentes.

–¡Me gritó! Me dijo que había manchado el nombre de mi familia –dijo Fabio entre lágrimas.

–Y, ¿que dijo tu madre? –preguntó Annia, con la voz más dulce que pudo salir de sus labios.

–Ella... murió cuando yo nací.

Annia no estaba segura de cómo consolarle, simplemente le abrazó y le dijo:

–Quizás tu padre solo quería enviarte lejos. Le diste la excusa perfecta para hacerlo...
De pronto, alguien entró en la cabaña, acusado por el chirrido de los pasos sobre el suelo de madera, y se asomó por la entrada de la habitación. Era Rendez'vous, el sujeto calvo que usaba guantes de gomilla plaster todo el tiempo.

–¿Ya se ha dormido? –preguntó el hombre, sorprendiendo a Fabio, quien sostenía la taza vacía con sus dos manos.

–¿Qué? –preguntó el chico. Comenzaba a sentirse mareado.

Annia le quitó la taza de las manos, y se levantó para entregarla a su compañero.

–Ya está haciendo efecto, pudiste haber esperado un poco más –reprochó Annia a Rendez’vous.

–Venga, Chopin –espetó Rendez’vous, ajustándose los guantes de plástico fino–. No tenemos tiempo que perder. Las cosas se están complicando allá afuera.

–Poor favoor... –Fabio arrastraba las palabras mientras intentaba resistirse al efecto del somnífero.

Annia bajaba el rostro como si estuviera decepcionada de si misma.

–No me digas que le has cogido cariño al chico, Chopin –comentó Rendez'vous con ironía, al tiempo que Fabio se rendía ante un sueño profundo.

---Fin del capítulo 4---

Hace alrededor de 2 meses

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#11

Capítulo 5 - El engendro

Cuando despertó, las luces blancas de unos faroles destellaban directamente en sus ojos. El cuerpo le pesaba y le costaba levantarse. El resplandor intenso provocaba un aumento gradual de su temperatura corporal.

Fabio se percató de que llevaba puesto un dispositivo de respiración en el rostro, y algo le punzaba en la parte de atrás del cuello, como si lo pincharan con una aguja insistentemente. Frente a él, había una compuerta de metal tiberiano sellada herméticamente. Al darse media vuelta, avistó una barrera magnética generada por un marco de postes de iones, que tapaban la otra salida de un pasadizo de roca negra.

Más allá del campo magnético, se apreciaba la entrada a una caverna envuelta en oscuridad absoluta. Una fina capa de escarcha gélida abrazaba la piedra bruna del escarpado terreno.

–Hola... holaaa –se escuchó una voz amplificada a través de un altavoz oculto–. ¿Está funcionando?

Fabio reconoció la voz cínica de Rendez'vous. Le observaban a través de cámaras instaladas en las paredes.

–Vale. Estate quieto, chiquillo. Estás encerrado, pero no desesperes. Si cooperas con nosotros, te dejaremos salir muy rápido.

Sin hacer caso a lo que le decían, Fabio golpeó varias veces el metal de la compuerta con el único brazo que le servía.

–Pero bueno, muchacho. ¿Qué te acabo de decir?

–¡Fabio! –Irrumpió la voz de Annia a través del mismo altavoz–. Presta atención. No dejaremos que te pase nada.

–¡Me habéis engañado! –gritó Fabio.

–Lo siento, pero es por una buena causa. Oye, sé que eres valiente. Confía un poco, por favor...

Fabio estaba exhausto y furioso. Ya no quería que le vieran llorar ni gritar como un niño, así que simplemente se detuvo. Se sentía vacío por dentro. Miraba el suelo perdido en sus pensamientos, y respirando el poco aire que le proveía el respirador artificial.

–Bueno, ya se ha callado –comentó Rendez'vous–. Apaguen las luces y enciendan los focos ambientales.

Las luces blancas de los faroles laterales se apagaron y, en su lugar, una hilera de bombillas incrustada en el techo se encendió. La luz azulada era muy tenue. Fabio apenas podía verse los pies, pero el campo de iones que sellaba la entrada a la caverna emitía su propia luz.

A lo lejos, se podía ver aún la garganta del abismo, y, en medio de aquella oscuridad, apareció un hombre que vestía ropas de obrero y caminaba de manera muy particular. Su piel morena y su calva se iluminaron cuando se paró justo al frente de la barrera magnética. El sujeto era fornido y de altura considerable, todo un fortachón. Su mirada parecía perderse escudriñando cada rincón de la cueva, hasta que se posó sobre Fabio.

Sin decir una palabra, el sujeto se dio media vuelta, revelando una viscosa sustancia obscura que le cubría toda la espalda hasta la nuca. Una deforme extremidad flotante parecía halar su cuerpo de vuelta hacia el fondo de la caverna, como si de un títere se tratara. Pronto, el hombre grande desapareció entre las sombras, y otra persona tomó su lugar.

Ésta vez, era un anciano de escasos cabellos grises. La piel en sus mejillas estaba rasgada y cubierta por una capa de sangre seca. En una de sus manos sujetaba un casco dieléctrico con una linterna rota.

Fabio corrió hacia la barrera apenas le reconoció.

–¡Nerius! –exclamó, apoyando sus manos sobre el campo magnético. El flujo de energía le hacía cosquillas en los dedos.

Nerius tenía la boca medio abierta, como si le colgara la mandíbula. Su garganta emitía un sonido carrasposo cada vez que respiraba. Sus ojos miraban fijamente a Fabio, pero se sentían vacíos, cubiertos por una niebla negra, como si detrás de esos cristales no hubiera un espíritu capaz de asomarse.

–¿Puedes escucharme?

Nerius no le respondió con el habla, pero sus párpados se movieron lentamente.

–¡Sáquenle de allí, por favor! –gritó Fabio, pero no hubo respuesta.

Más deambulantes surgieron de entre las tinieblas, atados a membranas de masa obscura. Entre ellos había dos alienígenas. Uno de ellos era un qualio, cuyos cuernos de cristal se habían vuelto opacos, cubiertos por la viscosa sustancia negra. Fabio no estaba seguro de cuál era la especie del otro forájeno, pues parecía estar consumido casi por completo por las viscosas membranas del monstruo de la caverna.

Los demás deambulantes eran legadores que se encontraban en una especie de trance mental. Fabio se horrorizó al ver entre ellos a un chiquillo con la ropa ensangrentada, incluso más pequeño que él, arrastrándose por el suelo sin reparar en que se estaba rasgando las manos y las rodillas.

–Abran la barrera –se escuchó la voz de Rendez'vous a través de los altavoces.

El campo de iones se desactivó, lo que obligó a Fabio a retroceder del susto. El frío que había estado contenido detrás de la barrera magnética, comenzó a esparcirse por el pasadizo, formando una capa de escarcha por encima de las rocas.

Al comprobar que ninguno de los deambulantes tenía intenciones de moverse, Fabio se acercó de nuevo a Nerius y le tocó el rostro, sintiendo que la piel del anciano aún estaba caliente. Luego, posó su mejilla sobre su pecho y sintió su corazón aun latiendo.

–¡Estás vivo! –exclamó el chico.

Fabio sintió los brazos de Nerius envolviéndole como si éste fuera a abrazarlo, pero pronto sintió que le apretaba la espalda más de lo normal, y que sus manos se hundían en un cúmulo de carnosidad viscosa y gélida.

–¿¡Qué haces!? –gritó Fabio mientras intentaba zafarse.

Luego de unos segundos, a Fabio le costaba respirar. Un vástago de masa obscura brotó de la boca de Nerius, y se introdujo en las cuencas de los ojos del chico.

La abominación le había reclamado al fin como nuevo huésped.

---Continúa más abajo---

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Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace alrededor de 2 meses

Muy adictiva, en cuanto puedo me pongo a leerte.


#12

Capítulo 5 - El engendro (parte 2)

–Jurgen, dame imagen –ordenó Rendez'vous–. Comienza la sincronización.

En la pantalla holográfica se observaban fragmentos borrosos de recuerdos del niño, que contaban fugazmente lo que había sido su infancia hasta ahora. La academia de vuelo, sus ratos en casa, y una niña de ojos azules encantadora, predominaban en la transmisión de imágenes fijas. La cara de su padre se mostraba difusa, y sus memorias más vívidas le ponían detrás de la consola de control de una nave espacial.

–Buen trabajo, Chopin –dijo Rendez'vous–. El implante neuronal funciona.

A medida que avanzaba la sincronización, los recuerdos se volvieron más nítidos por ser más recientes, pero, a su vez, más lúgubres y dolorosos; conversaciones nocturnas con un anciano, sus rondas diarias de trabajo en las minas, y los ratos libres que pasaba viendo las naves salir y entrar del puerto aeroespacial de la colonia. Las imágenes siguientes mostraban su incursión en la caverna del monstruo, y las manos de Fabio recogiendo piezas desarmadas de un diminuto robot, regadas sobre un charco de fusel.

–¿Eso es un droide explorador Probe-5? –preguntó Annia, desconcertada.

–Cortesía de Hollistic Corp –contestó Rendez'vous con una sonrisa cínica.

Annia observó las manos de su colega, quien llevaba puestos sus habituales guantes de gomilla plaster, debido al trastorno obsesivo compulsivo que padecía.

–Se lo has dado tú... –balbuceó Annia–. Tú lo guiaste hasta la cueva, ¿verdad?

–Buena deducción, Chopin –confesó Rendez'vous–. Necesitábamos el permiso del alcaide... El incidente con el anciano y el niño les convenció de que había algo peligroso aquí dentro.

–¿¡También enviaste a los guardias a golpearle!?

Annia estaba furiosa. El resto de los empleados presentes en la sala, observaban la acalorada discusión desde sus asientos. Todos llevaban respiradores artificiales en el rostro, y algunos vestían trajes de plaster grueso especial para protección contra materiales peligrosos.

–¡Oh, no!, querida, no soy un monstruo. Aquello fue obra de esos brutos, –contestó Rendez'vous entre risas–. No me interesaba en absoluto el chico, hasta que se topó contigo y tu infinita bondad. Solo me hizo falta convencerte de que me ayudaras...

–Señor, ha terminado la sincronización neuronal–interrumpió uno de los técnicos de forma oportuna.

–¡Magnífico!, veamos que ve su cerebro.

Las borrosas imágenes mostraban un lugar desolado, oscuro y frío. Fabio se miraba las botas, las cuales reposaban sobre una capa de hielo grueso, en lo que parecía ser un lago congelado. Se encontraba de pronto en el fondo de una hondonada de glaciares cuyos picos se entrelazaban como ramas de espino. Más allá, se extendía una nada infinita. En medio del lago, estaba la única fuente de luz del lugar, una esfera en cuyo interior fluía una especie de corriente de energía luminosa.

–¿Está soñando? –preguntó Rendez'vous.

–No, señor. Su actividad neuronal no indica que está soñando –contestó una de las operadoras–. Está bastante despierto, o, al menos, su mente lo está.

–Pero, si está en la cueva, ¿cómo es posible que su mente esté en otro lugar? ¿¡Qué es eso!?
Una entidad monstruosa flotaba sobre el lago gélido. Un ser con miles de ojos que brillaban a través de las sombras que lo envolvían; era como si estuviera hecho de muchos cuerpos, unidos en una sola masa deforme de tamaño descomunal, con tentáculos, aletas y fauces colgando flojamente de su integridad. Zarcillos de carnosidad viscosa y obscura brotaban de su cuerpo como garras preparadas para devorar. Era la obscuridad encarnada.

Lo que no sabían era que la conciencia de Fabio estaba en otra dimensión. Un lugar imposible de buscar en un mapa de las estrellas. Una prisión inerte en tiempo y espacio, cuya existencia era imposible de ser entendida por la mente de simples mortales.

La sala de control comenzó a abrazar el frío. Annia, Rendez’vous, y el resto de los que estaban allí, experimentaban la sensación de adentrarse en una cápsula de hibernación. Cristales de hielo se formaron en el suelo y en las paredes, como si los glaciares proyectados en las pantallas se estuvieran transmutando a la realidad.

–¡Apágalo, apágalo! –gritó Rendez'vous aterrorizado mientras una sombra se cernía sobre ellos.

El implante neuronal colocado en la nuca de Fabio no respondía. Las luces de la sala parpadearon, a causa del congelamiento repentino.

–¡Haz algo, Jurgen! –gritaba Rendez'vous desesperado, desprendiendo un vaho gélido a través de su respirador–. ¡Su cerebro, fríelo! ¡Corta la conexión!

–¿¡Qué!? –exclamó Annia.

–¡Es una orden!

Annia levantó el primer objeto contundente que encontró a la vista, el cual resultó ser una silla de acerio, y, sin pensarlo, golpeó a Rendez’vous en la parte trasera de la cabeza, quien cayó al suelo inconsciente. Los técnicos y operadores de la sala miraban a la mujer atónitos.

–¡Enciendan los faroles de la cueva! –Ordenó Annia tomando el control de la situación–. ¡Voy a entrar!

La mujer se acercó a la consola de mando, y accionó la palanca de apertura de la compuerta.
Las membranas del monstruo de la cueva no soportaban el resplandor intenso de los faroles. Mientras retumbaban los gritos de la bestia retorciéndose, el piso tembló y la obscuridad que brotaba desde la garganta de la cueva, arrastraba a los cuerpos de los deambulantes de vuelta a las sombras. Algunos de los sujetos habían despertado de su trance, y se aferraban a las hendiduras de las rocas para intentar liberarse.

En medio del caos, el cuerpo de Fabio se sacudía en los brazos de Nerius, emitiendo rugidos monstruosos. El anciano también había recuperado la conciencia por unos instantes.

–¡Despierta, muchacho! –Exclamaba Nerius–. ¡No permitas que te domine!

Annia se acercó a Fabio y, de un jalón, extrajo el implante neuronal que tenía insertado en la nuca, lo cual le devolvió el control de su cerebro.

Nerius sostenía al chico con fuerza mientras éste debaja de sacudirse violentamente.

–¡Tienes que llevártelo! –Instó Nerius–. ¡Ponle a salvo y destruye este lugar!

–¡Ven con nosotros! –replicó Annia.

–No puedo.

Nerius le mostró su espalda. Todo su cuerpo estaba cubierto de aquella carnosidad umbrátil. Estaba atado a una de las membranas de la bestia sin oportunidad alguna de liberarse, y la bestia insistía en reclamarle de vuelta al abismo.

Annia comprendió la situación, y tomó a Fabio en sus brazos. Nerius sacó de los bolsillos de su braga un anillo de orihalcón, un metal precioso de color aurífero, con el símbolo de un tridente grabado en la superficie exterior. Luego, tomó la mano derecha de Fabio y le colocó el anillo en el dedo índice.

–Gracias –dijo Nerius con lágrimas en los ojos.

Annia asintió, y se alejó con Fabio en brazos.

–¡Sellen la entrada! –ordenó, atravesando la compuerta de metal tiberiano y encerrando al monstruo de nuevo junto a sus presas.

Entonces, una última vez, el viejo Nerius caminó de vuelta hacia el abismo, abrazando al fin su inevitable destino.

---Fin del capítulo 5---

Solo faltan 2 capítulos para terminar la historia, queridos lectores. Las cosas se complican para Fabio a medida que se acerca el gran final. ¿Logrará escapar de ese detestable lugar de una vez por todas, o estará confinado de vivir como un reo por el resto de su vida?

Muchísimas gracias a todos aquellos que han apoyado mi obra.

Hace alrededor de 2 meses

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SagaReverso
Rango5 Nivel 20
hace alrededor de 2 meses

Jajajajaja, mañana publico el penúltimo capítulo.


#13

Capítulo 6 - La fuga

Hebras de cabello rubio se mecían en el aire junto al brillo de un par de ojos azules que emitían un resplandor familiar para Fabio.

–¿Aurora? –preguntó.

–¿Puedes verme? –contestó Aurora.

–Sí, pero todo está borroso...

–Bien, no has perdido la vista, intenta levantarte.

Fabio se levantó de la camilla y se sentó en la orilla de la misma. Se dio cuenta de que había más gente en la sala, aquello parecía un consultorio médico o algo por el estilo. Pensó entonces que estaba de vuelta en la enfermería de la academia de pilotos de Imperia.

–¿Dónde estoy? –preguntó para corroborar sus sospechas.

–Estás a salvo, Fabio –contestó la mujer, cuya voz se tornó más grave de pronto.

A medida que la vista se le acomodaba, Fabio advertía que frente a él no estaba Aurora. Por un momento pensó que su amiga estaba allí, que todo había sido una mala pesadilla, pero poco a poco empezó a recordarlo todo.

Su reencuentro con Nerius en la cueva, y la imagen de un monstruo de mil ojos que flotaba en medio de un glaciar. A través de cada ojo había visto vestigios de muerte y destrucción. Llamas de guerra que consumían mundos enteros, y estrellas que perdían su brillo siendo devoradas por las sombras. Visiones del pasado y el futuro, imposibles de distinguir entre sí, que vaticinaban la llegada del fin de los tiempos.

No sabía lo que era aquella entidad, pero el solo hecho de imaginarlo le estremecía los huesos. El haber regresado aún consciente de las dimensiones más profundas del cosmos, extraviado entre tanta oscuridad, había cambiado algo en él.

–¿Donde está Nerius? –preguntó Fabio.

–Aún está allí dentro–contestó Annia con pesar.

Fabio observó en su mano derecha el anillo del tridente, el último recuerdo palpable del anciano. Ya lo había llorado en lo profundo de su ser y, al menos, habían tenido la oportunidad de verse otra vez, y despedirse, aunque fuera de la manera más indirecta posible.

–¿Cómo te sientes? –preguntó Annia. Fabio la miró, escrutando su rostro detenidamente, pero no contestó su pregunta–. ¿Recuerdas algo de lo que viste?

–Un monstruo. ¿Es eso lo que se esconde en el fondo de la caverna?

–No lo sabemos, aún.

–Jefa, hay... una turba movilizándose en dirección a nosotros –intervino uno de los operadores que se encontraba vigilando las cámaras de seguridad–. ¡Están armados!

–Era cuestión de tiempo –dijo Annia, señalando a Rendez'vous, quien roncaba en el suelo en una posición incómoda–. Tenemos que sacarte de aquí, Fabio.

...

En las afueras, la multitud armada se reunía en torno al montículo rocoso que hospedaba el laboratorio de campo de Hollistic Corp. Un motín liderado por los contrabandistas, había neutralizado a los operativos del Departamento de Control en la zona.

En la colonia minera, los obreros amotinados de las minas habían tomado posesión de una armería, e intentaban entrar en el puerto aeroespacial fortificado. Mientras tanto, el líder de los contrabandistas, un legador con implantes cibernéticos al que llamaban Fathrak, guiaba una excursión al laboratorio junto a su mano derecha.

–¡Abran las puertas! –gritaba Fathrak, golpeando la entrada del laboratorio con su brazo robótico.

La turba extasiada gritaba consignas en apoyo al líder contrabandista.

–¡Se han metido con el hijo de puta equivocado! –Exclamaba Fathrak–. ¡Orbus, derriba las puertas!

Un alienígena brunnök surgió de entre la multitud. El forájeno era un espécimen bastante alto y robusto, con la piel escamosa de un tono azulado. Sus ojos eran pequeños y difíciles de distinguir. Un par de cuernos afilados le adornaban la barbilla. Sus grandes brazos llegaban a nivel de sus rodillas y sus manos eran enormes, cada una con tres dedos gordos de garras afiladas; sus pies eran pezuñas.

Todos se apartaron mientras el gigante de joroba pétrea se preparaba para colisionar contra la imponente compuerta. Sus pezuñas marcaron el terreno de debajo y, con un gruñido de fuerza, atravesó el metal tiberiano como si estuviera hecha de cartoncillo, dejando un agujero con su imponente figura a través del cual el resto de la turba allanó el lugar con intenciones de quemarlo todo.

...

–Entra ahí –indicó Annia, señalando la entrada a un ducto de ventilación, oculto detrás de unos contenedores de plomuto–. Recuerda girar a la izquierda en la primera intersección, luego tendrás que saltar para salir. Con cuidado... no te vayas a lastimar el brazo de nuevo.

Annia sostenía la tapa mientras Fabio se introducía en el conducto, que apenas era lo suficientemente grande como para permitirle moverse.

–¿Te vas a quedar? –preguntó Fabio.

–Si –contestó Annia–. No puedo dejar a mis colegas aquí.

–Gracias –dijo Fabio con sinceridad.

–Fue un placer conocerte, Huracán –dijo Annia, con una sonrisa que a duras penas podía ocultar la tristeza brillosa en sus ojos.

Ecos de disparos y explosiones retumbaron muy cerca de donde estaban. Annia cerró la tapa del ducto con firmeza.

–¡Sal de aquí, rápido! –le gritó a Fabio, alejándose de allí.

Fabio atravesó el conducto hasta llegar a una intersección, y giro a la izquierda, como le habían indicado. Más adelante, alcanzó un tramo con hendiduras por el cual podía ver hacia el interior de uno de los pasillos del edificio. Allí, avistó al brunoök, haciendo temblar el suelo por donde pisaba. A su lado estaba Fathrak, con su bigote tupido debajo de una pronunciada nariz, su piel bronceada y una chaqueta de cuerlino roja con un par de cinturones de municiones que colgaban en su cintura. En el brazo biónico derecho se sobresalían los circuitos a través de las articulaciones de metal tiberiano.

–¿¡Dónde está mi hijo!? –exclamaba Fathrak, apuntando su rifle al frente.

Al no haber respuesta, el contrabandista disparó una ráfaga de proyectiles thermos, causantes del grito agonizante de una víctima en la distancia.

–¡Derriba esa compuerta, Orbus! –ordenó Fathrak, a lo que el brunnök respondió con un fuerte graznido.

A medida que avanzaba hacia la salida del conducto de ventilación, Fabio escuchaba más explosiones y bramidos cada vez más frecuentes. Pronto, llegó hasta la tapa del ducto que llevaba al exterior.

Desde donde él estaba, hasta el suelo, había una caída de al menos dos metros. Con una patada de sus botas logró abrirse camino y, acomodándose en el borde, saltó. Un par de maldiciones escaparon de su boca luego de haberse golpeado el hombro izquierdo tras la caída.

Afuera estaba anocheciendo. En la entrada del laboratorio, un grupo de vándalos lanzaban botellas de fusel ardiente contra la fachada blanquecina del laboratorio. La falta de oxígeno fuera de la cúpula atmosférica, evitaba que las llamas se avivaran.

En la distancia, se podían ver los destellos de la batalla que se estaba librando en los cañones de las minas. La gran plataforma del puerto aeroespacial se erigía a cierta altura, y sobresalía en mitad del cañón como una exótica repisa de baño.

Un canal de tierra parecía ser una vía relativamente libre hacia la colonia minera, y Fabio emprendió la marcha hacia allí.

A mitad de camino, otra explosión de gran magnitud sacudió los alrededores, y el montículo de roca que hospedaba el laboratorio de Hollistic Corp, se derrumbó por completo. Entre la nube de polvo producida tras el derrumbe, apareció Orbus cargando a Fathrak en sus hombros escamosos, y pegando una carrera en dirección a la colonia. Detrás de ellos, la turba furiosa que había invadido el lugar, ahora huía despavorida de la explosión.

De pronto, un rugido aterrador hizo temblar el viento. Fabio sintió que le punzaban los oídos y, de alguna forma, sabía lo que era. Reconocía aquel sonido demasiado bien. Era la voz de su peor pesadilla haciéndose realidad.

---Fin del capítulo 6---

Este fue un capítulo corto que sirve como antesala al clímax de la historia. Ya las cartas están sobre la mesa, y Fabio deberá tomar una última decisión para seguir adelante, o morir en el intento.

Nos vemos mañana para el capítulo final. Mientras tanto, estaré trabajando en la publicación de una historia paralela a los sucesos acontecidos en este relato. Allí, se contarán las aventuras de Romulus Gunnman, pretor de la Legión Suprema, las cuales forman parte de la serie Reverso.

¡Gracias por leer!

Hace alrededor de 2 meses

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Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace alrededor de 2 meses

Pues nada mas tarea que nos mandas, en cuanto pueda me pongo.

SagaReverso
Rango5 Nivel 20
hace alrededor de 2 meses

Jajajaja, gracias por el apoyo, Hiarbas!


#14

Capítulo 7 - El Dragón Volador

El monstruo de la caverna emergió de las entrañas del subsuelo, abriendo un sumidero enorme en el terreno de la zona no explorada. La negrura de la noche le permitía desplazarse a sus anchas, y su tamaño había aumentado exponencialmente desde aquel primer encuentro.

La masa obscura flotante, que comenzaba a tomar la forma de un anfibio colosal, utilizaba las membranas de su cuerpo para atrapar a sus presas y avanzar. Tales presas eran arrastradas por el suelo, otras flotaban por los aires como baratijas, y de ellas extraía la energía para alimentar su esencia.

Era el momento de correr.

Mientras Fabio atravesaba el canal de tierra hacia la zona residencial, podía sentir como el aire se volvía pesado y los músculos de su cuerpo comenzaban a tensarse. La multitud que huía de la bestia, también la guiaban inconscientemente hacia la colonia minera.

Al ingresar en la cúpula atmosférica, Fabio se quitó el aparato de respiración artificial, lo que le permitió recuperar el aliento.

Ráfagas de proyectiles de plasma, thermos y nobalto, dibujaban una estela intermitente en el aire, pero todo lo que impactaba en la integridad del monstruo no parecía causar un daño significativo.

El chico tenía pocas opciones. Esconderse en las barracas no era una de ellas. Tampoco había tiempo de buscar suministros para huir hacia la zona no explorada, más allá de los cañones, pero quizás podía intentar robar un vehículo de carga de las minas para viajar más rápido a través de las llanuras, con la esperanza de toparse con alguna colonia cercana. Era la mejor opción, considerando que le alejaba del peligro inmediato.

A medida que avanzaba a través de la zona residencial, Fabio veía a través de las ventanas de las casas de madera desvencijada familias enteras resguardándose de la guerra que se había desatado afuera. Hubiera querido avisarles de lo que venía, pero seguramente no le iban a prestar atención. No tenía ganas de interactuar con nadie. Quería continuar solo, así que siguió correteando a través de los callejones en dirección a la plaza de las minas.

Mientras tanto, el monstruo de la caverna se abalanzaba sobre las casas, y a la cubría con su sombra a la estación penitenciaria, devorándolo todo a su paso, y dejando un rastro de hielo seco por donde pasaba.

Los forájenos y exilenos que formaban parte del motín, habían armado una barricada frente al elevador principal del puerto aeroespacial. Dicho elevador estaba resguardado por la guardia del DC, y era el único acceso seguro hacia la plataforma de los hangares. De vez en cuando, ambos bandos intercambiaban fuego de supresión para mantener las distancias.

La estatua del legionario Romulus Gunnman, que hasta hace poco se erigía en medio de la plazoleta de las minas, había sido derribada y puesta como soporte principal de la barricada rebelde. Por otra parte, los vehículos de transporte, excavadoras y droides de carga también se habían transformado en un montón de chatarra para protección antibalas. Detrás de dicha barricada improvisada, estaba Fathrak gritando órdenes a los amotinados.

Fabio ya no tenía posibilidades de robar un vehículo, al menos sin atravesar el campo de batalla y sufrir graves heridas. La única opción de que le quedaba era huir a pie hacia las llanuras, o escapar del planeta en una nave del puerto, cosa que parecía imposible.

Una serie de aterradores alaridos, y el crujido de edificios enteros colapsando, alertaron a todos en las inmediaciones. Fabio sintió el aire enfriándose debajo de su nariz, y los escalofríos invadieron su espalda. El monstruo de la caverna había traspasado la cúpula atmosférica, adentrándose en un nuevo territorio de caza.

Al verse acorralados, Fathrak y sus hombres eligieron el mal menor. Utilizando la chatarra desperdigada como cobertura, los sublevados se dispusieron a asaltar la fortificación de los hangares, en un último intento desesperado por llegar hasta las lanzaderas espaciales, y huir. Sin embargo, ni Fathrak, ni Orbus, lideraban el asalto. De forma sospechosa, ambos se escabulleron en medio del tiroteo hacia la entrada de una de las minas, lo que llamó la atención de Fabio. Pensó que tal vez había un escondite para contrabandistas en el interior de las minas, así que se adentró en las minas siguiéndoles el paso.

Eventualmente, después de recorrer unas cuantas galerías temblorosas, Fathrak y Orbus atravesaron una reja con un aviso de advertencia por derrumbe, y comenzaron a escalar una cuesta oscura al final de un angosto pasillo de roca serrada.

En ese momento, Fabio recordó los rumores que había escuchado acerca de un pasaje oculto en los cañones. Una escalinata de piedra que llevaba a un acceso trasero del puerto aeroespacial. Aquella era una pista que valía la pena seguir.

El trayecto se sintió largo, sobre todo por las paradas constantes que hacía para no ser descubierto por el particular par de guías turísticos que llevaban la delantera.

–Orbus, iremos a Nassau –decía Fathrak con una voz tosca y llena de cólera–. La guerra ya estalló más allá de la frontera. Los piratas de Calicó querrán su parte en el meollo. ¡Quiero estar ahí cuando reclamen la cabeza de esa perra de Paula Hollistic!

El brunnök se limitaba a responder con gruñidos. Los de su especie no eran capaces de comunicarse con el habla.

–¡Rápido, amigo! Ya veo la salida –exclamó Fathrak–. Tenemos que llegar a la nave antes de que ese monstruo nos alcance.

Fabio no sabía cuánto tiempo había pasado en las minas, pero afuera estaba lloviendo cuando por fin lograron salir. Ahora estaban sobre un precipicio con vistas a la plaza del cañón, donde una batalla campal se estaba librando entre la guardia del DC y los amotinados. Más allá, una niebla negra cubría el resto del paisaje, donde la aterradora bestia lo consumía todo a su alrededor. La carnosidad umbrátil de su cuerpo se revolvía como carburante de fuseno, hirviendo bajo la tempestad que fustigaba el cielo en ese momento.

Justo debajo del precipicio, estaba el acceso oculto de la plataforma del puerto aeroespacial. Fathrak se había montado ya en los hombros de Orbus, y, éste último, había saltado desde la orilla del barranco hasta los hangares con impresionante facilidad.

Justo en ese instante, un par de naves de transporte despegaban del puerto en dirección a la estratósfera. ¿Cuántas naves quedaban en el hangar? Se preguntaba Fabio mientras descendía por un despeñadero de tierra húmeda. Al terminar el descenso, se percató de que para alcanzar la plataforma del puerto tenía que saltar un tramo de al menos metro y medio. Desde el borde del pedrusco podía ver la caída mortal hacia el fondo del cañón.

Por un segundo, consideró la opción de esconderse de vuelta en las minas. Tal vez aguantaría lo suficiente hasta que la Legión Suprema arribara al planeta a restaurar el orden. Era lo más lógico, pero también tenía la oportunidad frente a él de escapar del planeta de una vez por todas. Lo que siempre había querido. Lo único que tenía que hacer era saltar.

Decidido, tomó impulso para realizar la hazaña. Sin embargo, la humedad del terreno le hizo resbalar y, a mitad del salto, se dio cuenta de que no iba a alcanzar de lleno la plataforma. Como pudo, se enganchó con su brazo izquierdo al borde de metal, y quedó colgando de él como un camisón en un tendedero.

Solo tenía que escalar un poco más, pero su brazo fracturado se lo impedía. Sabía que el más mínimo esfuerzo podía causarle un dolor tremendo. Lo intentó, pero era incluso peor de lo que había previsto. La contorsión de los músculos y los huesos, que apenas comenzaban a regenerarse, le causaban un dolor espantoso.

¿Había llegado hasta allí solo para caer por un precipicio? Quizás era lo mejor, que todo acabara de súbito.

–¡Dame tu mano, muchacho! –exclamó Nerius.

Fabio miró hacia arriba. Allí estaba Nerius sobre la plataforma, iluminado como una figura divina, extendiéndole sus manos arrugadas. Creyó que nunca le volvería a ver.

–¡Vamos, mueve el trasero! –instó Nerius.

Alzando su brazo fracturado con la ayuda del anciano, logró escalar hasta posar sus pies en suelo firme. Sentía dolor, pero no le importaba, allí estaba Nerius apoyándole, o, al menos, eso creía. Cuando echo un vistazo de nuevo a su alrededor, esta vez no había nadie. Nerius había desaparecido como un lienzo de arena deshecho por la lluvia.

Desconcertado, ingresó furtivamente en los hangares.

---Continúa más abajo---

Hace alrededor de 2 meses

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#15

Solo quedaban cuatro naves en el puerto, tres naves de combate ligeras y una gran nave Kessel al fondo, hacia donde Orbus y Fathrak se abrían camino a punta de disparos y golpes.

Mientras Fabio ingresaba en las inmediaciones, una de las naves de combate despegó del hangar, y descendió hacia la plaza del cañón. Fabio se movilizó entre coberturas para evitar ser visto, y segundos después otra nave de combate salió en la misma dirección que la anterior. Las cosas parecían estarse complicando afuera.

La última nave de combate disponible estaba fuertemente custodiada por efectivos del Departamento de Control, pero Fabio vio la oportunidad de acercarse al lugar donde repostaba la nave Kessel, mientras Fathrak y Orbus atraían toda la atención.

Rápidamente, el chico se escabulló hasta el fondo del hangar y admiró por primera vez, en su máximo esplendor, aquella nave con forma de garra de reptil gigante. En un costado del casco brillaba el nombre con placas de orihalcón pulidas: El Dragón Volador. Algunas piezas de la cubierta estaban oxidadas y sobrepuestas, como remaches, pero la nave parecía estar en buenas condiciones para volar.

No había nadie dentro. Al entrar por la rampa trasera, Fabio ingresó en una cubierta circular amoblada con cojines de algodino, y alfombras de colores vivos con dibujos exóticos. En el centro, había una especie de barra que resguardaba una nevera llena de botellas de licor y otros enseres. Desde allí, un pasillo emprendía el camino hacia la cabina del piloto, otro pasillo llevaba a la sala de máquinas, y un almacén hacia la derecha. Por último, había otro acceso que se dirigía hacia los camarotes, apostados en el ala izquierda de la nave.

En el corredor de la cabina del piloto, había una cubierta de enfermería, y una escotilla en el suelo donde se supone que estaban los controles manuales de las torretas de pulso. La intención de Fabio era esconderse en algún lugar de la nave, antes de que despegara. Sin embargo, se vio tentado a entrar en la cabina delantera para echar un vistazo rápido.

La silla donde se supone que se sentaba el piloto estaba vacía, y cubierta por una sabana de colores muy extraña. Afuera, a través del cristal de vidriajo reforzado, se podía ver el exterior de los cañones rocosos siendo arropados por la lluvia que arreciaba cada vez más.

Fabio no tuvo tiempo de detallar mucho más, puesto que los pesados pasos de Orbus retumbaron en toda la nave, advirtiendo la llegada del contrabandista. Rápidamente, el chico escudriñó el área en busca de un posible refugio, y divisó la escotilla del cuarto de torretas. Haciendo un esfuerzo tremendo, empujó la palanca de apertura y bajo por la escalerilla, cerrando la escotilla encima de él.

Arriba se escuchaba la voz ahogada de Fathrak entrando en la cabina del piloto.

–¡Es hora de dejar éste basurero! –exclamó Fathrak.

Los pisotones de Orbus hacían temblar la pequeña recámara donde Fabio se ocultaba. El lugar parecía una versión en miniatura de la cabina de pilotaje, con la diferencia de que la consola semicircular, dispuesta debajo del cristal delantero, controlaba el par de cañones de pulso acoplados a los laterales de la nave, en vez del sistema de navegación.

Al tiempo que los propulsores de fusión del navío se preparaban para el despegue, una nave de combate del DC se estrelló contra la entrada del hangar, y la bola de fuego aterrizó muy cerca de la nave Kessel. Detrás de las llamas, el monstruo de la caverna asomó sus fauces en la salida del puerto. La criatura había crecido tanto, que su cabeza podía confundirse con la cumbre de una montaña. Los cuerpos de sus víctimas se aferraban a su carnosidad viscosa mientras sus cuatro ojos malignos brillaban a través de las sombras. Desde su hocico brotaban rugidos y vástagos de masa obscura que deambulaban sin rumbo por las sólidas rampas de despegue.

–¡Muy bien, babosa! –Gritó Fathrak–. ¡Vamos a jugar!

De pronto, El Dragón Volador despegó del suelo, y los generadores de plasma dispuestos en la cubierta superior, comenzaron a escupir ráfagas de plasma de fuseno.

–¡Traga plomo, perra! –decía Fathrak golpeando el piso con los pies una y otra vez.

Los proyectiles impactaban en el rostro de la bestia, pero no la hacían retroceder.

Fabio se dio cuenta de que las paredes, el suelo y el techo del hangar empezaban a congelarse. Desde hace tiempo no tocaba los controles de una nave Kessel, pero un vistazo rápido bastaba para familiarizarse de nuevo con ellos. Sin pensarlo demasiado, encendió los aceleradores de partículas hadrium de las torretas, utilizando la consola frente a él, y desplegó el sistema de disparo manual. A través de la mira holográfica de la consola, apuntó los cañones de pulso hacia la criatura, cuyas zarpas y membranas se arrastraban en dirección a él.

Entonces, disparó.

Los halos de energía luminosa colisionaron contra la cabeza de la abominación. El impacto obligó al monstruo a soltar un bramido que estremeció la montaña entera.

–¡Si, vete a la mierda, salamandra! –Vociferaba Fathrak, lleno de adrenalina, mientras Orbus celebraba con gruñidos y fuertes pisotones–. ¡Salgamos de aquí, compañero!

Fabio continuaba disparando pulsos de hadrio con la intención de hacer retroceder a la bestia mientras Fathrak continuaba accionando los generadores de plasma. El esfuerzo en conjunto logró abrir un hueco para permitir el paso de la nave.

–¡Yaahjuuh! –exclamó Fathrak mientras El Dragón Volador se impulsaba hacia adelante.
El Dragón despegó del puerto aeroespacial con rumbo a la exósfera del planeta, quedando por fin fuera del alcance del simiente obscuro.

Desde la pequeña cabina de torretas, Fabio admiró las ruinas de la colonia minera, envueltas en llamas y tinieblas. Un glaciar enorme se había formado de la nada a lo largo del paisaje, donde antes solo había roca sólida y arena rojiza. La bestia de la caverna era tan grande como el cañón rocoso por donde se arrastraba, ahora convertido en un glaciar. Con solo observar aquel horrible espectáculo, los huesos se le estremecían. Fabio sentía un frío extraño emanando dentro de su ser.

Había logrado escapar al fin, aunque no fuera en las circunstancias más deseadas. También sabía que Fathrak le encontraría, eventualmente. Sin embargo, ya tendría tiempo para pensar en algo, pues hasta ahora se le daba bien improvisar sobre la marcha.

Cuando, por primera vez en tanto tiempo, observó la negrura del espacio exterior, y la malla de estrellas que adornaban el vacío profundo, una sonrisa se volvió a dibujar en su rostro. No tenía idea de lo que le deparaba el futuro, pero estaba preparado para enfrentarlo. De alguna forma, Nerius le acompañaría, aunque solo se tratara de un recuerdo. Y si fue capaz de sobrevivir a los horrores que había dejado atrás, estaba listo para emprender un nuevo viaje, y enfrentarse a lo desconocido.

Continuará...

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Muchas gracias por leer este relato hasta el final. Ha sido un viaje rocambolesco, pero lo logramos. Aunque la historia de Fabio no ha llegado a su fin, esta etapa de su vida concluye con su huida de la colonia minera en El Dragón Volador, rumbo a la cala de los piratas de Calicó.

Ahora le toca el turno a Romulus Gunnman, pretor de la Legión Suprema y el soldado más famoso de la federación. Su historia transcurre paralela a los sucesos de El Simiente Obscuro, y su viaje es mucho más largo, atravesando los confines del multiverso. Echa un vistazo a su historia en el apartado del relato "La Verdad Absoluta", disponible aquí en Sttorybox:

http://www.sttorybox.com/stories/105775-la-verdad-absoluta-serie-reverso-ii

Hace alrededor de 2 meses

4

3
Hiarbas
Rango11 Nivel 50
hace alrededor de 2 meses

Da pena despedirse de Fabio. Gracias a tu esplendida forma de contarlo yo le he cojido cariño. Felicidades por esta esplendida historia y te leo en la siguiente.

SagaReverso
Rango5 Nivel 20
hace alrededor de 2 meses

La buena noticia es que Fabio volverá muy pronto. Me alegra que te guste, Hiarbas.

CYan_Etc
Rango6 Nivel 28
hace alrededor de 2 meses

Estuvo buenisimo! Fabio me cayó re bien, lo hiciste tan bien al personaje que se sentia real. Por un momento tuve miedo de que se muera junto con el planeta! Por suerte no fue asi!!