Yhradil
Rango7 Nivel 33 (1965 ptos) | Autor novel
#1

El viento arrastró las cenizas en las que la madera, poco a poco, se convertía. El fuego serpenteó en columna, iluminando la oscura noche que se imponía ante las miradas de los hombres que marchaban hacia el punto de luz. Sus ojos, fruncidos ante la brillante imagen, sintieron el abrasador calor de las llamas en cuanto se encontraron frente a estas. Hacía frío, mas no en la zona que protegía la gran hoguera, la misma que fue encendida hacía cientos de años y jamás se había visto apagada desde entonces.

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Hiarbas
Rango11 Nivel 52
hace 6 meses

Me ha gustado el inicio del relato. Continuo con la lectura, parece prometedora.


#2

Uno de los hombres desvió su mirada del fuego, haciendo una señal para que sus acompañantes mantuvieran el silencio. Tan solo se podía percibir un pequeño crujido, pues ni tan siquiera el viento rompía con el terrorífico vacío que rodeaba la entrada del templo en el que los sin ojos se refugiaban, alejados del mundo al que una vez pertenecieron. Este se aproximó, desenvainando la cuchilla que portaba al cinto, mas cuando estuvo a punto de acercarse la hoja a la mano, fue detenido por el contacto de un recién llegado. El hombre dio un respingo, asustado al ver los gélidos ojos de este clavado en los suyos. Gracias a la luz pudo distinguir unas cuantas arrugas en su rostro, marcas de una vejez que calmó sus miedos.
—Entonces no sois tan inmortales como dicen —miró con altanería, guardando su daga con rostro sonriente.
Mas toda sonrisa quedó difuminada por una mueca de angustia al ver como el anciano apoyaba el filo de una espada, negra como la noche que los cubría, en su pecho. El resto del grupo agachó sus cabezas, unos asustados y otros completamente incrédulos por lo que el joven había realizado.
Hablar no estaba permitido, no en aquella zona.
Atravesando con certeza la carne del sorprendido, cuyo grito quedó sofocado con la muerte, el sin ojos volvió su atención al resto de personas que habían llegado hasta las puertas del templo. Dejó caer el yacente cuerpo y envainó el arma sin siquiera limpiar los restos de sangre que resbalaban por su filo.
Uno de los hombres puso su mano en el hombro e hizo un gesto de saludo al anciano, ofreciéndose a servir al dios del que muchos habían perdido la fe. Los ojos azules del otro parecieron asentir y elevando el brazo, señaló al otro que se aproximara hasta quedar frente él. Cuervos sobrevolaron sus cabezas ante el crujir de la nieve, la cual cedía ante los pasos del hombre.
Una daga, de hoja curvada y de un tono celeste, se aproximó a los labios del sorprendido extranjero. Nadie sabía cómo entrar al lugar, solo aquellos que ya habían dejado atrás sus sentimientos, sin embargo, comprendió que debía abrir la boca. Sus puños no tardaron en cerrarse al notar como el filo surcó su lengua de dolorosa manera, sintió como se desgarraba, siendo dibujada en ella una figura que fue incapaz de identificar. Degustó el salado sabor de su propia sangre, la cual se adueñaba poco a poco de su garganta como un río desembocando al mar. Mantuvo los ojos abiertos, percibiendo la angustiada mirada de los otros dos jóvenes que había encontrado días atrás en el camino de peregrinaje clavada en su alta figura.
El viento rugió con fuerza en cuanto el arma se despegó de la rosada carne del herido, cuyas rodillas se hincaron en el suelo. El frío arreció y el fuego que había frente a ellos se elevó como si hubiera sido alimentado con más madera. El anciano clavó sus ojos al siguiente, no sin antes haberle señalado el portón que había tras su espalda al herido.

Hiarbas
Rango11 Nivel 52
hace 6 meses

Buena narracion, me gusto la caja, quedo a la espera de mas entregas.

Yhradil
Rango7 Nivel 33
hace 6 meses

Intentaré actualizar cuando me sea posible, agradezco el apoyo. @Hiarbas


#3

1.
El hombre apostado en el trono se retorció, frunciendo su grisáceo ceño y ahogando un grito rebosante de rechazo. Ante él, el más fiel de sus soldados mostraba el desfigurado cuerpo de Sir Tarados, cuya desaparición había volado a través del territorio y alarmado a la zona oeste.
El monarca hizo una seña para que el guerrero volviera a ocultar al fallecido entre las telas que minutos atrás lo habían cubierto, dejando así que tan solo un pútrido olor escapara de las entrañas del mismo. Lady Marva, quien se hallaba junto a uno de los pilares que adornaban la sala, luchó por contener la respiración entre dolorosas arcadas, cubriendo su delgada nariz con un pañuelo. La doncella escrutó al soldado, ansiosa de que el gobernador lo mandara, junto a Tarados, al cementerio más lejano.

— ¿Dónde lo encontrasteis? —inquirió el delgado rey, pasando una mano por su rostro en gesto alterado. La muerte del señor de Talrón era más que suficiente como para que los rebeldes se alzaran contra la corona, una oportunidad enemiga que lo obligaría a desplegar parte de sus tropas hacia la zona.

Codur, agachando la mirada a la masa de carne desfigurada que sus subordinados tapaban, pasó sus dedos por el mango de la espada, dejando caer el peso de su cuerpo sobre una de sus piernas. El perfecto recuerdo de la escena le impedían mantener su firmeza ante el hombre, cuyos pardos ojos se clavaban en su cuerpo con ansias de conocer el lugar en el que había logrado encontrar al desaparecido.

—En el campo, cerca de la mina de Tierra Cíntara —comunicó, oscureciendo su vista para intentar alejar las imágenes que iban y venían a su cabeza como un pajarillo a su nido—. Preguntamos a los trabajadores, mas estos parecían estar tan sorprendidos como nosotros.

El suspiro de Dalvit, Tercero de su Imagen, lo hizo comprender que sus palabras habían de desaparecer. Para el rey, no existían respuestas válidas, pero el guerrero comprendía que en aquella situación le sería imposible maldecir al monarca en sus más profundas entrañas. Había llegado con las manos vacías de pistas, de palabras que pudieran brindarles ayuda a la hora de ejecutar un plan con el que suprimir las fuerzas rebeldes.

—¿Por qué no has traído a ninguno de los mineros? —preguntó con voz airosa mientras que su frente de porcelana se transformaba en papel rugoso.

#4

— Ninguno de los hombres mostró interés en abandonar su puesto, mi señor. Las órdenes de Vuestra Imagen, hacia ellos, fueron las de trabajar de manera exhaustiva para no quedarnos atrás en la carrera armamentística —Codur tensó su mandíbula en cuanto el monarca hizo un mohín de claro desacuerdo, su cabeza se fragmentaba en dudas que buscaban la respuesta correcta. Desconocía si había obrado mal en permitir que continuaran su trabajo o dejar en frío la alarmante situación.

El soldado hizo un ademán a sus inferiores para que retiraran al yacente de la sala, un peso menos para la dura situación que afrontaba. Agachó la espalda, en señal de disculpas y prosiguió sus palabras.

— Siento no haber podido actuar como os hubiera gustado, mas si traigo al más mínimo obrero de Mina Cíntara, el trabajo se verá ralentizado y nuestro ejército no se hallará preparado cuando la ocasión lo requiera —Antes de proseguir con su defensa, el monarca extendió su brazo y dejó escapar un pequeño suspiro. La sangre de Codur se heló, notando los pasos de la guardia real aproximarse a él.

La armadura que portaba el hombre, de brillante carmesí, resplandeció al moverse. Indispuesto a que lo echaran de la sala o degradaran de su rango. Su mirada, agitada y enfurecida se clavó en la del rey. Sin embargo, el sonido del acero aminoró su valentía, volvió su atención a los guardias, despegando sus labios en busca de un grito que no pareció llegar a los oídos de los presentes.
El acero había surcado la garganta de Codur como si del tallo de una flor se tratase, una amapola que vertió su roja savia sobre el blanco suelo. La cabeza del hombre resbaló hasta los pies de uno de los ejecutores, cuyas manos la tomaron y mostraron a Dalvit.

— Tiradlo a las alcantarillas, que las ratas se encarguen de él.

Hiarbas
Rango11 Nivel 52
hace 5 meses

Hasta el momento va genial, narras bien, es facil leerte. La historia hasta el momento nos ha mostrado poco, sobre todo el caracter del rey. Espero la continuación y cambia la imagen puede que atraiga a algún lector mas.

Yhradil
Rango7 Nivel 33
hace 5 meses

En cuanto encuentre una imagen decente, lo haré. Gracias por el consejo y apoyo!
@Hiarbas


#5

2.
"¿Qué es lo que cantan los cuervos cuando caes en la batalla?", resonó una voz dulce en el vacío en el que la cabeza del hombre se hallaba. Unas palabras de tono melódico, pero enviadas por los demonios de las tierras más oscuras. Seres monstruosos que residían en el interior de las personas, encerrados hasta que la cercanía con la muerte los liberara de su bochornosa prisión.
El hombre apretó sus sienes, estrujándolas como si aquel movimiento fuera suficiente para acallar tales susurros, sin embargo no hubo solución alguna a sus temibles pesadillas. Sueños enviados por la argo, el corazón negro, la contraparte del que emana sangre.
—Déjame, por favor —suplicó con la voz quebrada.
Sus labios, secos, mostraban surcos carmesíes. Líneas que dibujaban sus carnes debido a la presión que la situación le ofrecía para su propia desdicha. Había luchado por no hincar su amarillenta dentadura en ellos, pero, como siempre ocurría con la sentencia de lo oscuro, nunca sería bendecido por la piedad de los divinos.
—¡Aléjate! —pronunció con la voz en alza, tan ronca y dolorida, que hizo a los vecinos ocultar sus oídos con las almohadas y a los niños esconderse bajo las sábanas— ¡He dicho que me dejes! ¡Fuera, fuera!
Empezó a rodar por el suelo de madera, yendo de lado a lado y pataleando la superficie. Sus ojos, antes inundados en lágrimas, se tornaron ambarinos y su aliento comenzó a emanar un olor tan pútrido que arrugó las narices de los que se hallaban en la habitación contigua.
Sus alaridos, cada vez más fuertes, acongojaron a los pueblerinos, atravesando la valía de hasta los más orgullosos como si de pétalos se tratara. Nadie sabía qué ocurría, mas no había alma que no supiera algo, y es que la argo había sido abierta a causa de las muertes. La locura no parecía tener fin, se extendía como una plaga cuyo final se asemejaba al horizonte del mar, nunca parecía tener desenlace.
—¡Me matan! ¡Me están atacando! —Las palabras del afectado rebotaron entre las casas, formando ecos en la vacía plaza del pueblo. Sin embargo, no había nadie que se atreviera a irrumpir en la habitación, a los afectados se les abandonaba y encerraba, apresados en cualquier zona de la que no pudieran escapar.

#6

2.
Tan pronto como el mayor de los gruñidos escapó entre las grietas, nudillos chocando contra las paredes y las puertas de la improvisada cárcel. Si el silencio había ganado a los gritos, ahora eran los golpes los que se coronaron victoriosos. El afectado ansiaba salir, convertido en un demonio que no dudaría en masacrar a todo el que se cruzara en su vacía mirada. Sin embargo, en el pueblo, ya se habían establecido unas normas con las que aminorar la presencia de la muerte; órdenes que buscaban la muerte de los consumidos por los espíritus del argo.
—Me está hablando —musitó uno de los niños que se ocultaba en el sótano comunal, un hueco bajo la superficie en el que diversos catres se esparcían sin orden alguno. Sus manos, temblorosas, se alzaron hasta tomar sus mechones, tirando de ellos mientras lágrimas caían de sus ojos.
Todos cuantos se encontraban a su lado, retrocedieron, todos menos una mujer de mediana edad cuya faz se desfiguró al notar el comportamiento de su hijo. Su corazón, totalmente desenfrenado, la obligó a abrazar el menudo cuerpo del pequeño, estrechándolo mientras comenzaba a llorar con absoluto dolor.
—¡Él no es uno de los afectados! —gritó con el rostro enrojecido y las cejas fruncidas, conformando la más desconsolada de las faces. Sus nudillos, blancos por el férreo agarre, se negaban a soltar al otro.
Dos hombres se aproximaron a ella con pasos suaves, observándola a los ojos con la única intención de hacerla entender que no había cura, que debía encerrar a su hijo en una de las habitaciones en las que los seres del vacío devorarían su cordura. Pese a ello, la mujer negó con su cabeza, empezando a pegar puñetazos a quienes tomó por enemigos; sus vecinos y compañeros de toda la vida.
— Iralda, por favor —suplicó una de las que se encontraban en la pared más alejada a la nombrada, ladeando su rostro en un gesto que buscaba invocar la parte más inteligente de esta—. No eres la única que ha perdido a sus seres queridos, tienes que aceptarlo.

—¡No me digas lo que he de hacer! —rasgó su voz en un agudo tono, uno que rozaba la psicopatía—. Tú no has perdido a nadie, ¡ahí tienes a tu niña, abrazada a ti! ¡Como yo a mi Taurel! Porque... estás bien, ¿verdad? —adoptó una forma más dulce al clavar su enloquecida mirada en el pequeño, dándole besos en su cabeza—. Mi vida, todo va a salir bien.

Antes si quiera de que pudiera reaccionar, una piedra se estrelló en la cabeza de la madre, destrozando sus huesos y haciéndola desplomar sobre el cuerpo del paralizado niño. La brecha de su cráneo no tardó en formar un charco de sangre en el suelo y torso de Taurel, cuyo aliento se transformó en una pestilencia que hizo al homicida dar grandes pasos hacia atrás.

—¡Que alguien lo mate! —pidió uno de los ancianos mientras luchaba por ponerse en pie, apoyando el cayado en el arenoso suelo mientras miraba con terror a los presentes—. Aunque el argo se abra más, nos matarán los demonios.

Taurel, antes acongojado por el miedo, se estremeció en espasmos, gritando cada vez más fuerte. Su voz pedía auxilio, pero sus ojos comenzaban a ver al resto como figuras diabólicas a las que debía, según la voz de la masha, aniquilar. Su espalda se dobló y su lengua, mordida por su dentadura, inundó su boca con el sabor de la sangre. Tenía miedo, padecía dolor y sus oídos solo escuchaban una frase.
"¿Qué es lo que cantan los cuervos cuando pierdes el juego?".

Hiarbas
Rango11 Nivel 52
hace 4 meses

Perdona el despiste. Sigue encantandome tu relato, tiene mucha fuerza. Espero que lo continúes y no me dejes sin saber como sigue.