EmySeiko
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#1

Te contaré la historia de la Reina Elizabeth I de Inglaterra, quien tuvo un largo reinado en la Edad Moderna, siglo XVI. También llamada "La Reina Virgen", ya que nunca contrajo matrimonio. Y por esta razón, muchos rumores se divulgaron por el castillo: su fertilidad, asexualidad, egoísmo de entregar su trono a un heredero, entre otros. Pero lo que os revelare, no lo encontraras en un libro de historia. Y los pocos que lo sabían, hicieron un pacto de silencio: escarbando la basura entre sus dientes. El cual quebrantaré al escribir esta novela. Y aquellos mocosos que me estén leyendo, os advierto. No quiero ser quién arranque de raíz a esa blanquecina flor de inocencia que traen consigo. Debido a que enfocaré mi narración en un amor no correspondido, que desatará un abanico de libidinosos y degenerados sucesos. Y habiendo aclarado esto, quédense conmigo los que ansíen conocer los profundos mares de la historia.

-Género: novela histórica y trágica.
-Advertencia: contiene sexo explícito, violencia y L.G.B.T.

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#2

1º Capitulo: un encuentro fortuito.

Al fallecimiento del Rey Enrique VIII, padre de Elizabeth, el trono fue pasado a su hijo, Eduardo VI. Quien, al poco tiempo, cayó en un grave estado de salud. Y temiendo su muerte y el futuro del trono, apeló en contra del Acta de sucesión. Es decir, quería evitar que María, su hermana, le procediera puesto que intuía haber sido envenenado por esta. Sin embargo, tras morir a la corta edad de quince años y subsiguiente rivalidad por la corona, fue proclamada María I de Inglaterra. Y cinco años más tarde, diversos escándalos hundieron a la Reina en una depresión e incontables enfermedades. Muriendo bajo las sabanas de su cama, donde permaneció presa sus últimas semanas de vida. De este modo, ascendió al trono The Virgin Queen, coronada como Isabel I de Inglaterra en el año 1558. Tras varios sucesos desafortunados, y el hecho de que los anteriores monarcas no habían dejado ninguna descendencia.
Elizabeth nació en el año 1533, y a la corta edad de tres años fue declarada hija ilegítima. Ya que su madre, Ana Bolena, fue ejecutada por su marido, el Rey, a causa de traición y brujería. Hechos de los cuáles nunca se han podido comprobar como ciertas. A pesar de ello, tuvo una rica educación en gran parte a la sexta y última esposa de su padre, Catalina Parr.
Al llegar al trono se convirtió en la suprema gobernadora de la Iglesia Anglicana. Su padre fue el primero en romper lazos con la iglesia católica mediante el Acta de Supremacía. En ella se declaraba que el rey era «la suprema y única cabeza en la Tierra de la Iglesia en Inglaterra ». Por lo que Elizabeth tuvo fervientes guerras contra los católicos durante su mandato. La más conocida fue con el Rey de España, Felipe II, quién anteriormente se había casado con su hermana, una fanática católica, a diferencia de Elizabeth que era protestante. Esta y muchas otras cuestiones amenazaban al reino de Inglaterra. Generando una gran insistencia sobre ella de que debía contraer matrimonio. Ya que al lado de un Rey su poder aumentaría y por ende, impondría mayor miedo a sus enemigos. Además, estaba ese pensar colectivo de que un hombre era mejor monarca que una mujer. Pero ella se mantenía reacia a aceptar tal petición; era alguien dominante e independiente. No quería rebajarse a ser la esposa de un Rey. Aunque, en realidad no era solo eso lo que la preocupaba…

— Elizabeth, usted sabe muy bien que solo soy la voz de lo que dicte el Parlamento. Y ellos creen oportuno, que de vez en cuando usted oiga a estos caballeros que vienen a buscar su mano —Dice su primer secretario y mano derecha, Sir William Cecil, con una elegante reverencia.
— Soy la reina y aun así mi voz no posee la suficiente fuerza en ciertos asuntos...
— Su virginidad atrae a nobles de todo distinguido reino. Si solo os escuchases, usted podría...
— Comprendo —Lo calla con un movimiento de la mano—. Traedlos, hagamos esto rápido.

La gran compuerta se abre para iniciar su tarea más agotadora. Hombres de toda clase y región desfilan por la larga alfombra roja hacia su encuentro. Acompañados de sus adeptos y extravagantes objetos para comprar a su amada. Y al llegar al trono, repiten esos aburridos y monótonos versos ya tan escuchados por ella:

— ¡Oh, mi Reina! ¡El paisaje más bello que mis ojos han de ver! Aquí le traigo, en mi admiración, joyas de las más estimadas para adornar su blanco cuello —A continuación, abre un monstruoso cofre embadurnado en oro. Y entonces, unas joyas encandecieron la sala con sus opulentos colores: purpura, turquesa, magenta.
Pero no había rastro de emoción en sus azules ojos. Por el contrario, sus venas se trazaban más intensas sobre su cien a cada bostezo disimulado. Los retratos pintados de príncipes y monarcas ilustres sobrevolaban en la sala como nubecillas que la Reina percibía como un tornado. Nubes llenas de falacias que no se asemejaban ni un poco a la realidad de esos hombres retratados.
— Ya he escuchado demasiado por hoy —Dice fastidiada mientras alisaba su esbelto vestido.
— Pero mi Reina, aún quedan...
— He dicho que es suficiente. Los hombres pueden esperad a otro día —Y sin esperar aprobación alguna, se levanta del trono—. Tengo asuntos más importantes que atender.

Se marcha hacia el Palacio de Nonsuch. A un encuentro con sus oficiales del estado: ministros de mayor jerarquía, que controlaban las diferentes porciones del reino. Un barullento gentío se amontonaba entorno al carruaje, amontonados a cada lado. Algunos alababan a su Reina con aplausos y cánticos. En contraste, otros cuchicheaban por sus hombros desgracias. Los soldados la acompañaban por delante y detrás, cargando sus pesadas armas. Y tan rápido como escribo, una bola del tamaño de una manzana se cruza por delante. Y tras él, un calvo y desaliñado niño. En consecuencia, el carro rechina al detenerse, y las voces se acallan. El delgaducho hombre se queda atónito y desorientado. Un soldado indignado se dirige a él:

— ¿A caso piensa quedarse ahí? ¿¡Dónde está la madre de este infante!?
— ¡Lo siento! ¡No le haga daño! —Dice una persona del gentío que se aproxima al niño. Tenía una modesta túnica que le cubría hasta el rostro, y de poco más de metro y medio de altura. En un pestañeo, se coloca delante del desafortunado crío.
— ¿¡No sabe educar a vuestros hijos!? —Le reprocha.

La Reina escucha con atención aquel escándalo, y susurra:

— Esa voz...

Siendo víctima de la curiosidad abre la puerta de la carroza. Interruptor que enciende a la mansalva que estalla en alaridos.

— Muéstrame tu rostro —Indaga al llegar a escena.

En silencio, esta duda de su petición. Apretando con más fuerza los delgados hombros de quien tenía a sus espaldas: resguardándolo.

— No te preocupéis, nadie saldrá herido. Tienes mi palabra ante mi gente.

De modo que decide levantar su mano hacia la cabeza. Desvelando, unos redondos y grises ojos, cara aniñada y carnosos labios agrietados. Y en aquel movimiento, la Reina supo notar un particular anillo dorado en su dedo medio, que se le hizo familiar. Unas brillante y rojizas rocas formaban en el centro la letra T. Y en los bordes, pequeños diamantes la rodeaban. El lujoso anillo relampagueaba con tan solo un suave movimiento. La sorpresa no se hizo esperar, y pregunta:

— ¿Cuál es tú nombre?
— Emily... mi Reina —Dice castañeando. Su arrugada mirada hacia Elizabeth parecían las de un guerrero que pronunciaba su derrota ante el enemigo.
— Bonito nombre —Susurra débilmente. Le sigue un incómodo silencio. Ni los que aplaudieron fervorosamente hace solo instantes atrás, se atrevieron a emitir palabra alguna. Hasta que uno de sus soldados tose sin cuidado y ella vuelve en sí. Aparta su mirada de aquella muchacha y prosigue—. Será mejor que os quitéis del camino, así dejaros pasar — Y sin más, se da la vuelta para regresar. No obstante, fisgonea por encima de su hombro. Y observa como la misteriosa muchacha se perdía entre la muchedumbre.

El niño abrazaba la cintura de su heroína con su pulgar haciéndole de chupete. Cuando ya se encontraban a una buena distancia, Emily se inclina para preguntarle algo. Pero rápidamente, una corpulenta mujer se lanza sobre él. Y en un lloriqueo acongojante, acaricia su pelada como quien busca a un genio de la lámpara.
— ¡Oh, muchas gracias! No sabía...
— ¡Escúcheme! —Le grita—. Espero que la próxima, este usted para proteged a su hijo. ¡Cuidad vuestras propias espaldas, tchz! —Chista, soltándose de los brazos del infante y le dirige una mirada descarada y despreciable a su madre. Seguidamente, se aleja a pasos apresurados.

Más tarde, Elizabeth llega a la mansión de Nonsuch. Y comienza una reunión para atender los asuntos importantes de Inglaterra. Aunque, sus pensamientos prontamente abordaron por un diferente arrollo al de los presentes en la sala. Divagando en su mente.

— Emily... —Piensa en voz alta.
— ¿Emily, mi Reina?
— La que se interpuso en vuestro camino.
— ¡Oh, Elizabeth! Nada de qué preocuparos. Un aldeano sin vergüenza alguna.
— Nunca la he visto antes. Bueno… no conozco a cada habitante, pero sus rasgos... acento. No parecía ser de por aquí.
— Sobre eso Elizabeth, se dice que unos rebeldes merodean por el reino. Son piratas que viven para la guerra —Dice el gran almirante, Lord Isaac.
— Con que piratas... —Lleva su mano a la boca, mordiendo su índice.
— Atacan embarcaciones, robando sus riquezas. También he escuchado que destinan parte del dinero saqueado a pueblos empobrecidos. Ganando así renombre entre la gente.
— ¿Y cómo es que aún deambulan libremente por mi reino, General?
— Se esconden como sucias cucarachas —Resopla.
— ¿A caso eh de tomar eso como una excusa? Si son unas cucarachas, como dice usted…—Da una pausa para frotar su cien—. No he de comprender la incapacidad de mis soldados. ¿O quizás el incompetente es quién los rige? —Levanta sus ojos para clavarlos en él. Sus ojos: dos balas que despiadadamente perforaron su pecho.

El hombre se queda de piedra ante la firme mirada de "Medusa", no había reacción alguna de sus músculos. Dominando a la perfección la meditación de Siddhartha Gautama (Buda). Y para su fortuna, es salvado por unos pasos que retumban a lo lejos. Al aproximarse, este saluda cortésmente y pronuncia:

— Elizabeth, la Casa del Tudor (Dinastía de monarcas) la espera en el gran salón.

#3

Desde aquel día, las salidas de la Reina se convirtieron en una insaciable búsqueda. La figura de esa niña aparecía y reaparecía sin cesar en sus pensamientos. Tanto así, que por las noches un insistente sueño -o más bien pesadilla- la despertaba. Donde caminaba tranquila entre un mar de gente: sus cuerpos se asemejaban al vapor de una chimenea o a la llama de una vela que se consumía. Por lo que el ambiente se plagaba de una especie de neblina que lo opacaba todo. Luego, una angustia la atropella: experimentando una sensación de ausencia. Comienza a palpar arrebatadoramente su cuerpo y al subir la vista, esa niña aparecía en la distancia. Y juzga, por alguna extraña razón, ser la usurpadora de ese algo que ni siquiera ella sabía que era. Entonces, con el fin de atraparla, empuja con vehemencia los centenares de hombros que se alzaban como inmensas olas. Aunque sabía que eso era inútil, siempre la perdía de vista. Y terminaba corriendo de un lado a otro en un estúpido sinsentido. Hasta que su agitación era tal que se despertaba: empapada en sudor. Sabía que le hacía recordar a alguien, pero no sabía a quién. En realidad, prefería no recordarlo.

A una no tan remota distancia del castillo de Inglaterra, se encontraba la valiente chica. Peinaba su oscura cabellera, que llegaba poco más abajo de sus hombros. Unos adorables rizos adornaban sus puntas. Y valiéndose de la naturaleza que la circundaba, toma una variedad de especies: yuyos, hierbas, rosas y agua del río. Las pisa en un cuenco de barro y forma una especie de masa. Le importaba su apariencia más de lo que quisiera. Otros compran su atractivo, pero ella se hacía menjunjes en base a lo que la madre tierra le ofrecía.
Se sienta al ras de una roca para mirar su reflejo en la claridad del agua. Así frotar esa pasta en cada rincón de su desnudo cuerpo. Y luego de pasado unos minutos, se zambulle en el río.

— ¡Emily! —Grita alguien. Y ella, alertada, sale del agua—. Te estábamos buscando.
— Me estoy bañando —Señala de manera tosca. Quizás, aquel hombre tenía los ojos en el culo para no respetar la intimidad de otros.
— Hay una reunión.
— Iré enseguida. Ya puedes irte.
— ¡Oh, vamos! ¿No deseáis que entre contigo? —Dice con sarcástico tono seductor—. ¡Oh, vamos, lindura! —Em le dirige una agradable sonrisa y va directo a su encuentro. Él, con sus manos abiertas y mirada sugestiva, la espera al otro lado de la orilla. A medida que avanzaba, el agua descendía de ella. Su cuerpo de sutil bronceado era majestuoso. Una pintura en donde el autor se tomó el trabajo de delinear cada precioso músculo, desde el hombro hasta el pubis. Al acercarse, le rodea con sus brazos, y él la agarra por la cintura. Ella se coloca en puntas de pie y le dice, a centímetros de sus labios:
— Dime… —Rápidamente y sin reparos, le golpea con su rodilla en sus partes poco agraciadas. Y enseguida, este cae al suelo con sus manos pegadas en la entrepierna. Buscando -imagino yo- señales de vida—. ¿¡En qué estabais pensando!? ¡He de ser imbécil para pensad que estaría contigo! ¡Vete a comer mierda! —Y se marcha, sin prestarle mayor importancia. Luego de agarrar sus prendas del suelo.
— ¡¡Era una broma, enferma!! ¡Y no le digas a Kiros! O sino él…. ¡Hey!

Al llegar, Emily separa la cortina del refugio escondido entre matorrales. Un poco más de una docena de hombres se encontraban en medio de una disputa. Algo que supo advertir varias pisadas atrás. Estos eran de todos los colores y alturas, aunque había algo que compartían indudablemente: fuerza. Sus músculos eran prueba suficiente de ello.

— Bajad la voz ¿Que os pasa? —Interviene.
— ¡Por favor, calmaos! —Dice su líder, Thomas, sacudiendo los brazos—. ¡Nos Hemos reunido para organizarnos, así largadnos! ¡El tiempo es vuestro oro!
— ¡Cuando vea al desgraciado muerto! ¿¡Me oyes!? Trabajamos para él, arriesgando vuestras vidas. Y luego de salvarle el culo, el cobarde huyo sin pagadnos. ¡Hasta que no orine sobre su estúpido cadáver, no me iré! —Dispara Kiros, con su gordo índice apuntando sobre él. Algunos apoyaron su idea con encolerizados gritos.
— Y así será. ¡Pero calmaos! —Thomas diferencia la corta figura de Em entre aquellas bestias, y saca provecho de ello—. Al fin llegaste. Te escuchamos, Em. ¡Oíd! —Ordena.
De modo que ella avanza al centro, empujando consigo a esas montañas, erróneamente llamadas brazos. Y las voces son eclipsadas por el silencio:
— Era muy meticuloso. Estaba atento en todo momento, por lo que nunca anda solo. Sospecha que estamos acá y busca protección. Hasta en una ocasión lo seguí hasta el castillo de la Reina —Desvía su mirada, repasando los hechos—. Creo saber cómo agarrarlo desprevenido. Luego de seguirlo por varios días, encontré varios huecos. Repeticiones en sus movimientos que lo dejan al descubierto. Si lo atacamos a una hora pactada, habrá más a vuestro favor.
— Se metió con la gente equivocada —Sentencia uno.

Al terminar la junta, ella se queda conversando con su amigo Thomas. Este tomaba muy en cuenta su punto de vista previo a una decisión. No obstante, en momentos donde el tiempo es el mayor enemigo, actuaba con determinación. No era un líder narcisista sino que todo lo contrario; participaba en equipo. Aunque Emily no destacara en fuerza, era la más razonable y analítica. Cuando sus compañeros robaban el oro, ella asaltaba los libros. Una extraña fascinación, que no los dejaba indiferentes.
Kiros la esperaba a las afueras del refugio. Y al verla pasar a su lado, sin previo aviso, la agarra con violencia del antebrazo:

— ¿Dónde estuvisteis en todo el día? Siempre te pierdo, maldita sea —Ella solo se limita a observarlo. Sin dejarse intimidar por su gigante e imponente cuerpo. Características por las cuales era llamado "La bestia espartana". Dirige su vista hacia su agarre y luego le mira con desaprobación. Y tira arrebatadamente su brazo hacia atrás, liberándose de su morena mano.
— No sé… ¿Cumpliendo una orden, quizás? —Pregunta satíricamente.
— Tú no lo entiendes. ¡Estaba preocupado por ti! Odiáis que te trate así, pero tus acciones no ayudan en nada.
— Oh, siento mucho no ser ese perro que tú pretendéis.
— También me enoja que seáis tan desconsiderada. ¡Cuando solo busco protegerte!
— ¡No confiáis en mí! Piensas que no puedo obrad por mí misma. Reduciendo todo mi esfuerzo a esto —Le alza el dedo meñique en medio de sus ojos.
— Realmente… —Dice exasperado, meneando su cabeza—. Realmente intento entenderte, pero tú no a mí.
— Sé que te preocupáis por mí, Kiros. Pero quiero arreglármelas por mi cuenta. ¿Por qué no confías en mí como lo hacéis con los demás?
— ¡Lo hago! —Dice desconcertado.
— Me subestimas —Este esquiva su apenada mirada—. Ya no soy esa pobre niña que un día salvasteis. Confiad en mí, Karim. Y yo confiare en ti.
— Me es difícil. Es que… —Cierra sus parpados, así tener valor de proseguir—. No sé qué haría si te pierdo.
— Lo sé —Le planta un beso en la boca y este lo acepta vigoroso—. No eres el único. Yo también temo por ti, Kiros— Luego le extiende su brazo y empiezan a caminar. Él, amansado, se deja conducir por el verde prado.

En una revolucionaria medianoche, Emily conoció a sus colegas amigos cuando apenas tenía seis años. Estaba aprisionada en un sombrío y oculto lugar de un barco. Sus flacuchas extremidades crujían al débil movimiento, como una hoja de otoño atravesada por el aire. El hambre se devoraba hasta sus pensamientos. Y de pronto, Emily oye afuera un indescifrable griterío. Imaginándose todo tipo de escenarios macabros. En consecuencia, muerde extasiada el cordel que la ataba, provocándose una inflamación en sus ya sangrientas encías. Y su respiración se tornaba más deficiente a cada empujón desesperado.
Con el fin de poder descansar eternamente, se deja caer abatida al suelo. Aceptando así su derrota e inevitable muerte. Y prontamente, un chirrido la saca de su adormecimiento. La puerta se abre dando paso a la claridad y con él, a un agitado animal de casi dos metros. Debajo de él crecían charcos de la sangre que escurrían de sus poros. Este agarraba una mutilada cabeza por su melena, con los ojos balanceándose de sus venas. Era nada más y nada menos que el líder de aquel barco.

— Mirad, aquí traigo tu libertad —Dice Kiros, elevando su repulsivo trofeo.

— Ma… —Susurra, con su moribunda cara descansando sobre el brazo.

— ¿Má? —Pregunta y escupe con arrebato.

— Mi… mamá... —Musita a medida que desfallece. Y ahora, la viva imagen de su madre se le hacía presente en su memoria. La veía venir entre agradables figuras de humos, y tras ella, un halo fluorescente contorneaba esplendorosamente su cuerpo. Y le dice:

— Oh, Cariño mío—Le sostiene sus gordos mofletes. Tan blanca era Emily de niña, que un pigmento rosado se dibujaba en ellas—. Los preciosos diamantes se visten de riesgos inciertos. Si los anhelas en tu vida, deberás aventurarte en lo profundo... Sé atrevida, Emily.

Luego de asaltar un navío y matar a sus enemigos, tomaban sus riquezas y secuestraban a sus prisioneros. Solo hasta desembarcar en la tierra más próxima, donde los liberaban. No los vendían ni los hacían sus juguetes. Pero los dejaban a la merced del destino. Aunque, aquella vez, Kiros se encapricho con quedarse con la pequeña. No pudo abandonarla a su suerte como sí a los demás. Ya que a su tan corta edad y no habiendo nadie que la cuidara, sería la perfecta comida para los buitres. Fue una sorpresa para todos; jamás habían visto en mar a alguien tan chico. Él era consciente que su vida no era apta para ella, pero no retrocedió en su decisión. Y desde aquel día, Kiros se desvivió por ella, y nació en Emily una profunda admiración por este. Que trascendió en una fuerte unión.

#4

Días atrás a la reunión de los rebeldes, un misterioso hombre se presenta ante la Reina. La puerta de su reino se encontraba abierta a la plebe. Quienes se acercaban para ofrendar a su majestad durante un festín. Y cuando se encuentra frente a Elizabeth, dice:

— Le he traído lo último que me queda. Y es solo para usted, mi Elizabeth —Un carro es empujado dificultosamente hacia ellos. Con una túnica que envolvía sus apilados objetos—. He viajado por centenas y centenas de lugares, entre viento y marea. Pero a veces... el destino es cruel. Y así lo ha sido conmigo —Aprieta su puño adornado en anillos a la altura de su cabeza—. Estos regalos... —Se acerca a la carreta y lo desviste de un tirón—. Son mi último aliento.
— Ya veo... ¿Y qué es lo que buscáis aquí?
— Oh, no pretendo comprarla con baratijas —Arquea su espalda en sumisión. Con el brazo apoyado sobre su pecho—. Solo a avisadle a vuestra majestad de una amenaza. Sé que su reino es resistente como el más duro de los metales. ¡De eso no quepa duda! Pero unos maleantes. ¡No unos! ¡Muchos! Atacan a diestra y siniestra. ¡Y están aquí! Rondando entre su gente —Señala a sus costados. Y en consecuencia, el clamor de los presentes se hace escuchar.
— Estoy informada sobre ello —Dice serena—. No hay de qué preocuparos.
— Pero yo, mi Reina, podría serle de utilidad. ¡Los conozco bien!
— No hay necesidad. Le agradezco por tomarse las molestias de venir hasta aquí. Pero no hay nada que yo pueda hacer por ti.
— ¡No, os suplico! ¡Escuchadme! ¡Estoy en peligro!
— Guardias —Eleva su palma en una orden.
— ¡Son una amenaza! —Da unos pasos hacia atrás, alejándose de los guardias—. Uno... uno de ellos sé que me sigue, es... —Se detiene, mirando temeroso como aquellos hombres se aproximaban a él— ¡Una niña! Podríamos secuestradla, así…
— ¿Cómo? —Con otro ademan suspende la marcha.
— Sa... Sacadle información, su majestad —Titubea.
— Lo anterior—Dice impacientada por saber más.
— ¿La niña?
— Sí. ¿Cómo es? —Pregunta, acercando su mentón al pecho, a la vez que torcía sus claras y finas pestañas.
— Eh... —Cierra sus ojos queriendo despertar sus recuerdos—. De cabello... ¡Cabello castaño! Estatura baja y... —Repasa, tocándose la barbilla—. De peculiares ojos.
— ¿Grises? —Afila sus ojos, y desliza el dedo índice por sus delgados labios.
— Sí, así es —Responde confundido ante su inesperada respuesta.

#5

2º Capitulo: una desesperante huida.

Llegó el mediodía de ese tan anhelado por nuestros bucaneros del mar. El día que llevarían a cabo su vengativo plan. Estaban en torno a una mesa donde se desplegaba un mapa. Thomas, con la rama de un árbol trazaba líneas imaginarias, y dice:

— Ya hemos revisado vuestros movimientos una y otra vez. Solo os queda aguardar la hora estimada —Desfila su mirada por los presentes, deteniéndose en ella—. Esperaremos tu señal, Em.
— Tened cuidado —Dice Kiros, tocando el hombro de esta—. Le arrancaré los órganos por el culo a quién…
—Estaré bien —Entona con gracia ante su exageración.
—No estoy jugando.
—Lo sé —Le sonríe. Su mueca era peculiarmente divina y aniñada. La boca se le estiraba de oreja a oreja. De modo que sus mofletes formaban adorables hoyuelos.
—Ahora, mis fieles amigos, un brindis por otro día de vida ¡Que vuestros dioses de la guerra nos acompañen! —Dice su líder, sirviendo en jarras una bebida que en su olor se leía aguardiente.

Los levantan sobre sus cabezas, y las chocan entre sí con alocados bramidos. Ella lo lleva hacia su boca y finge sorber; nunca le gustaron los tragos amargos. Uno de ellos la alza por la cintura y la sienta en sus hombros. Y esta, avergonzada, le reprocha:

—Que no soy una niña. ¡Imbécil! — Eleva sus pupilas en rabieta.
— Oh, claro que lo eres. Somos padres orgullosos de vuestra inteligente criaturita —Dice, dándole un gran sorbo a su vasija.

Minutos más tarde, esta se introduce en el comercio de artesanos así acortar camino. Alejándose sin gran prisa del barullo así no levantar sospechas. Se detiene ante una alta y encorvada pendiente que escala sin gran dificultad. Y se ubica en el sector que señalaba su mapa, que luego lo amarra en su cinto. Había estudiado previamente ese sector con detenimiento. Un buen sitio camuflado tras arbustos. Ahora solo debía esperar la llegada de aquel hombre. Y después de no encontrar moros en la costa, lanzaría una roca al cielo. El cual ahora confinaba en su mano. Era la señal que daría inicio al ataque de sus compañeros, que aguardaban en la distancia.
Rápidamente escucha unas pisadas y en cuclillas, asoma su cabeza entre las pinchudas ramas. Y ahí estaba él, solitario. Sus planes no tenían margen de error. Era una bruja descifrando el destino: el lugar, la hora, cuantos y porqué. Los segundos estaban contados hasta que llegasen sus colegas. Por ende, debía actuar rápido. No obstante, algo la interrumpe entre la maleza. Un fuerte hedor que parecía provenir de cadáveres descomponiéndose. Combinado con ese olor a tierra mojada tras un fuerte diluvio. Esa repulsiva fragancia que únicamente penetraba su nariz para susurrarle una palabra: peligro. Y entonces, entrecierra sus ojos haciéndole de binoculares y observa la tranquilidad que abrigaba a aquel hombre. Cuando días atrás denotaba todo lo contrario. Además, divisa en el bolsillo de su campera el ajetreo de su mano. Algo escondía allí: un objeto redondo. Y de ahí que mira su palma y todo comenzaba a cobrar sentido. Pero no solamente eso le hace sospechar. Constantemente la mirada de este se enfocaba hacia una sola dirección. La cual no podía distinguir con exactitud debido a la distancia. Ella estaba informada de que se reuniría con unos hombres pero no ahora, tan pronto. Ya que una porción de sus amigos tenían la misión de desviarlos. Y supo advertir de que algo se traía entre manos. Quizás era una emboscada. Entonces, sigilosamente, da unos pasos hacia atrás mientras advertía a sus costados, así regresar al comercio.

— ¡Aquí estoy! ¡Tomadme! —Dice gustoso mientras batía alocadamente sus brazos.

Se queda petrificada, no comprendía tal maraña. Se apresura a pasar su mano detrás del hombro así alcanzar su arco. Tomando guardia. Y en ese instante, escucha por detrás el crujir de unas hojas. Una corriente eléctrica se descarga a mansalva por cada ligamento de su cuerpo. Se gira en seco, encontrándose a un soldado detrás de un viejo árbol. Y aquel, sin darle tregua, dispara:

— ¡¡Enemigos!! —Em mira asombrada como un fervoroso grupo corre a su dirección. ¡Millares de ellos! Por sus vestiduras los supo identificar fácilmente: eran soldados de la Reina. Con un rápido movimiento lleva sus manos a la cintura, aferrándose a la empuñadura de sus armas. ¿Utilizar la roca por ayuda? Menea su cabeza, no quería exponerlos. Se verían envueltos por un ejército armado de la mismísima Reina de Inglaterra.

En el tiempo que dura el danzar de una rama bajo una ventisca, se vio rodeada de ellos. Y del mismo modo, otra siguiente brisa se llevó a dos soldados en el batir de su espada. Aunque al poco tiempo, sus movimientos eran cómicamente ridículos. Puesto que sus músculos se tensaron. Y más la transpiración, fue inevitable la caída de sus espadas. El delgado filo de una se acercaba feroz a su cien, y su aturdida visión no la previno del ataque. Y enseguida, alguien sale a su defensiva. ¿Kiros? ¿Thomas?

— ¡¡No!! —Grita otro soldado, inmovilizándolo por el brazo—. ¡Hemos de llevadla con vida! —El hombre, rabioso por su petición, le arremete con el mango de su espada en la cabeza. Y ella esta cae sórdidamente sobre el pastizal.
— ¡Oh, vamos! ¡Los salvajes como ella deben morir!
— Di lo que queráis. Pero vuestra voz no tiene validez ante la Reina —Escucha Emi a medida que su consciencia la abandona. "¿Llevadme con vida?".

#6

Una mano se monta en su hombro y alza la vista, encontrándose con Kiros e involuntariamente da un brinco tras su sorpresa. Se encontraban sentados en la esquina de una cama. El cuarto estaba alumbrado por un farol, lo que le daba un tono rojizo y romántico al ambiente. Que se enfatizaba con el ruido del mar, que venía a través de la brisa. Ella tenía su ropa desprolija, y estaba algo agitada. Y frente suyo, Kiros miraba restregarse sus manos. Y ella apunta a decir:

— Lo siento —Dice en un avergonzado susurro.
— No… —Le responde mientras peinaba su sedoso pelo. Su tacto la sonroja aún más—. No deseo obligarte a nada.
— Es que… —Se muerde el labio inferior.
— Lo entiendo. Quizás tú…. No sé... —Levanta su cara, de modo que ella contempla sus brillantes ojos oscuros—. Quizás… ahora no sea tú momento —Le mira con una dulce expresión—. Y está bien. Te esperaré. Deseo que sea especial para ti, Emi. Así como lo eréis para mí —Le acomoda un mechón por detrás de su oreja. Y esta, al dejarse llevar por esa suave pincelada, le invade una pesadez. De modo que su cabeza desciende poco a poco, así como sus parpados—. Emi... ¿Em? ¿Me escucháis? —Le zarandea preocupado—. ¡No te vayas!

Antes de caer rendida sobre la cama, ve como la cara de Kiros y aquel cuarto se borraban poco a poco. Aquel recuerdo desaparecía, así como él de su vida. Sin aún saberlo.

— No me dejes… —Fue lo último que ella logra escuchar.

Súbitamente se despierta entre penumbras. No obstante, unos destellos de luz le permiten distinguir una cama a unos metros, y oxidadas rejas a su alrededor. En seguida, un punzante dolor estalla en su cuerpo. Cientos de manos rozando su piel como quien quiere encender una fogata. Aprieta sus párpados y los recuerdos la acechan. Decide levantarse, pero es empujada hacia atrás. Unas cadenas rodeaban su cintura.

De pronto, el eco de unos pasos truena sobre el pavimento. Y tras las sombras, aparece un hombre de malévola cara. Ella lo recordaba bien, era el mismo hombre que la salvo momentos atrás de un ataque mortal.

— Con que despertasteis... — Dice Isaac. Ella se queda inmóvil. Mostrando sus dientes con bramante ruido. Su voz era ronca, y de nula expresión en sus toscos rasgos. Tenía unas oscuras cejas algo pobladas. Y debajo, unos pequeños ojos que contrastaban con su dura mirada

Apenas este abre el cerrojo de la celda, Emily se echa hacia atrás. Semejante a un animal acorralado.

— Escuchadme, si queréis sobrevivir… —La levanta por los hombros—. Compórtate —Ordena, sacudiéndola. Luego se inclina a desenganchar la cadena del suelo. Y al incorporarse, le apunta con el dedo—. No intentéis nada ridículo o estáis muerta —Advierte.

La tironea hacia una escalera de caracol, con sus manos y tobillos amarrados a esposas. Y supo cuan abajo estaba, cuando empezó a marearse con las interminables vueltas. Y previo a convertirse en una caldera de vómitos, se detuvieron ante un portón que daba a los pasillos del castillo. Ninguna palabra ni quejido salía de su boca, ya que sabía que sería algo completamente inútil. No sabía cuánto tiempo había dormido, quizás un par de horas o solo unos minutos. Analizaba detenidamente lo que la rodeaba: puertas, pasillos, ventanas y personas. Cualquier información relevante que le pueda ser de utilidad. E inversamente, se vio absorta por su majestuosidad. La inmensa distancia de su cabeza del techo, los esculpidos broches de oro que adornaban esas largas cortinas rojas de los ventanales. Y algunos de ellos, conducían a ostentosos balcones. Acostumbrada a la rugosidad de la tierra, le era extraño caminar bajo un llano suelo de diseños bastante llamativos. Trataba de contar la cantidad de cuartos que atravesaba, pero en un determinado momento perdió la cuenta. Además, había esculturas humanas de bronce y hierro. ¿O quizás plata y oro? Que adoptaban diferentes posturas. Algunas eran cómicas y otras tanto trágicas. Y por sobre todo, esa variedad de pinturas que apresaban sus ojos. Hasta que la limitada flexión de su cuello las liberaba del hechizo.
Más adelante, este empuja una puerta con el hombro. Adentro había dos tipos más con sus brazos unidos sobre el pecho. Denotando autoridad. La libera de sus cadenas para luego aventarla al suelo por la espalda. Seguidamente, carga a sus hombros pesados baldes de aguas puestos en un rincón.

— Desvístete —Le ordena Isaac. El impaciente hombre luego de unos segundos, le vuelca un balde encima. Una fuerte presión la empuja hacia abajo—. He dicho que te desvistieras —Pero aun así, ella se mantenía inmóvil. Abrazaba sus piernas con la cara hundida entre las rodillas. El pelo se le escurría como chocolate fundido tras el chapuzón—. Parece que prefieres por las malas —Hace un gesto a uno de sus compañeros.

Y entonces, uno de ellos se le aproxima, inclinándose a su lado. Ella, al sentir las manos del tipo, lanza sus nudillos a su grasienta y gorda nariz. Este pierde estabilidad y cae hacia atrás. Quedándose completamente pasmado; no esperaba tal reacción al juzgarla por su físico. Rápidamente, su otro colega se lanza a ella, sujetándola por los brazos. Entonces, el malherido la vuelve a coger del pantalón. Y en eso que tira de él, recibe otra patada en la ya adolorida nariz.

— Que imbécil —Carcajea el tipo que la agarraba.

Y ella, sacando tajada de su distracción, se suelta ágilmente de uno de sus brazos. Seguidamente, toma de la larga cadena que colgaba de su cuello y la arroja efusivamente al reidor. El sólido gancho aterriza en su cráneo, generando un intenso sonido. Después de liberarse, presiona sus manos sobre el suelo así incorporarse. Mientras miraba por su espalda a los dos hombres. Aunque para su desdicha, algo se le había olvidado. Y en consecuencia, se da de lleno con el pecho de Isaac. El impacto la sacudió; era un cuerpo increíblemente sólido. Este la miraba sereno con las manos en la cintura. Probablemente pensando en qué hacer con la escurridiza mocosa:

— Basta de juegos —Echa su pesado cuerpo sobre ella, desplomándola de cara al asfalto. Su torso es oprimido dolorosamente bajo Isaac. Seguidamente, se arrodilla encima de ella y le lleva las muñecas a la espalda.
— ¡No estaba atento, jefe! No creí que la pequeña basura... —Se excusa con su naso vomitando a mansalva.
— ¡Cierra la boca! —Luego de amarrarla, la gira a su dirección—. Inútiles —Masculla. Desabotona su cinturón y asoma su gorda verga a pocos metros de la cara de Emily. Y tira de él, exhibiendo la cabeza. Hasta parecía haber crecido en tamaño—. Sacad tu lengua —Al no recibir la respuesta deseada, presiona con el pulgar su garganta: atragantándola. Y con la otra, agarraba firme su pija—. Uno... Dos... Tres... —Contaba lentamente. Entre tanto, ella emite pausados silbidos en busca de oxígeno. Por ende, unas rojas venas se trazan en su frente. No podía aguantar por mucho más: el enfrentamiento anterior le había cansado—. Y... Diez —Suelta su dedo y la pobre tose despavoridamente. Unos hilos de baba se escapan de la comisura de sus labios—. Si os prefieres, puedo contar hasta cien. Y he de avisarte que sé perfectamente tratar a mierdas como tú.

De modo que Emily separa un poco sus labios. Y este mete de lleno su mano, abriéndola aún más. Luego la atrae por la nuca y ella intenta lamerlo pero su paladar lo rechaza categóricamente, volteando su cara. Jamás había probado algo similar. Era más amargo que el alcohol. Aunque en realidad, no tenía gran sabor. Por consiguiente, él empieza una segunda cuenta regresiva, que la transporta al umbral del mundo de los muertos. No le cabían dudas, que una tercera sería su pase directo. Y amargamente lo vuelve a intentar. Pero sin previo aviso, su miembro se adentra súbitamente en ella y en consecuencia, es mordido por unas filosas y blancas rejas. Deliberadamente, Isaac le propina una golpiza de puño cerrado. Provocándole un vomito de sangre y saliva que vuelca a un costado.

— ¡¡Vete a la mierda!! —Le insulta con incendiada ira en sus pupilas. Y en contraste, también se percibía cierta melancolía en ellos por la gratuita humillación.
— No os será nada fácil lidiar contigo —Dice, aceptando el desafío que se le presentaba entre sus piernas.

Después de abrochar su pantalón, se para. Y dispuesto a acabar con su trabajo, la empapa con los baldes restantes:

— Quítate la ropa y báñate. No me hagáis enojar otra vez. ¿O eréis un animal que necesita ser domesticado? Aprovechad la poca paciencia que aún te guardo.

A las afueras del reino, Kiros arrinconaba a un hombre sobre una pared. Los músculos de su brazo sobresalían desmesuradamente al sostenerlo por su cuello:

— Decidme donde la escondéis ¡O juro por vuestros dioses, que haré tragarte tu estúpido trasero! —El arrinconado hombre gimotea, con sus temblantes manos unidas en plegaria. Entonces el moreno, al no recibir respuesta alguna, toma una navaja. Y la clava en su mano, soldándola al muro. Y tan pronto como este libera un agonizante alarido, una siguiente cuchilla es insertada en su otra palma.
— ¡¡¡Asquerosas alimañas!!! —Grita el crucificado. Kiros, embriagándose por el odio, agarra una pesada roca y se la estampa. Su cara se adhiere a ella como calcomanía. El cuerpo se vuelca hacia adelante, colgando de sus manos. Y al ver lo que hizo, vocifera un doloroso rugido.
— No debisteis matarlo —Le recrimina Thomas completamente pasmado.
— ¿¡Creéis que no lo sé, maldita sea!? ¡Me sacó de mis cabales!
— Hubimos de hacer esto antes. Atacaros. Pero ella prefería ser precavidos. Cuidaba de vosotros, más no de ella misma — Contiene a Kiros por el hombro—. Sé que está viva. Y donde seáis que esté, le ruego a Dios que la proteja…

#7

3º Capitulo: Un encuentro estremecedor.

Luego de aquel baño, fue llevada otra vez a la mazmorra. Allí, ella buscaba restablecer sus ánimos. Temía perder la cordura. Aunque sabía que sería absurdo pensar en algo que la motivara. Aún no sabía cuál era el propósito de su encierro. Y era lo primero que debería averiguar si pretendía salir.
Estaba sentada, con la cabeza ligeramente inclinada hacia abajo y sus temblantes parpados cerrados. Cada tanto, sus manos pasaban de una falsa relajación a la angustia, y arremetían desesperados bofetones. Muy dolorosos por cierto. Dado que al tener las muñecas atadas, el sólido metal caía sin remordimiento hacia sus rodillas. Cuando esto pasaba, magullaba sus labios -descamándose la piel- y apretaba fuertemente su lengua al paladar así no darse al llanto.
De repente, oye el tronar de unas botas. Y por el choque de estas, percibió quien era: Isaac. Al aproximarse, dice:

― La Reina ha pedido verte.

Poco más tarde, se detienen ante una enorme compuerta de madera. Unas líneas metálicas caían horizontalmente sobre él, y tenía una terminación curveada en lo alto. Le colgaban dos pesadas argollas similares al tórax de un espartano, e Isaac golpea una de ellas:

― Adelante ―Pronuncia la Reina. Y al escucharla, el temor la acorraló.

La puerta despliega sus alas, revelando un sitio excesivamente lujoso. Cuantiosos metros había hasta llegar al trono. Y había repetidos ventanales, uno tras otro sucesivamente. El color dorado y bordo eran, al parecer, el gusto predilecto de la Reina. Por el techo, se observaba una maravillosa existencia pintada.
Por otro lado, ese singular hedor volvió a aparecerle. Aunque, esta vez, más pútrido que nunca. Rápidamente quiso cubrirse la nariz pero Isaac tira de la larga cadena que apresaba sus brazos por lo que se vio obligada a emprender la marcha. El recorrido era interminable. Alucinabas con la llegada. Creías avanzar, pero parecía que retrocedías dos pasos. Emi no reparó ni un solo instante en mirar a la Reina. Solo esperaba silenciosa la orden de Isaac.
Finalmente, este así lo hace y se detienen. Y debido a que tenía el cuello inclinado hacia abajo, alza sus curiosos ojos por un instante. Sin embargo, para su sorpresa, sólo ve una escalera. Que parecía únicamente estar allí para dejar a la Reina por encima del suelo terrestre. Distinguiéndola de los demás. Si la distinción social no era suficiente, ahora hablamos de metros de altura… o largo.

— Oh, que agradable sorpresa ―Entorna sus ojos hacia Emi con agrandada expresión. La bandida chica, ofuscada, miraba a sus pies. Buscando respuestas a esas preguntas que la acechaban. ¿Qué esconde tras esa falsa modestia? ¿Por qué ayudo al malhechor? ¿Para qué me tiene con vida?
―Hemos cumplido con su orden, majestad.
— Sí, mis ojos dan prueba de ello ―Posa su codo en el brazo del estrado. Y sujeta su mentón con el pulgar. Y por el otro lado, meneaba una ostentosa copa. Seguidamente, echa su palma a un costado, y una de sus damas le alcanza un objeto―. ¿Esto os pertenece? ―Em sube con ímpetu la vista. Aquella hojeaba un cuaderno que estaba junto con las pertenencias que le habían robado. Estaba forrado con una singular piel de serpiente―. Nunca antes eh visto piel semejante. Veo que has viajado mucho ―Emi regresa su mirada a los talones. Expresando un rotundo desinterés en hablar con ella.
— ¡No ignoréis! ―Isaac la manipula del cuero cabelludo―. ¡A la Reina! ―Arranca unos pelos en su accionar, y delicados bañan al suelo.
— Decidme, Emily. ¿Estáis obras os pertenece? ―Continúa y la señala con el libro.
— No sé escribir ―Murmura―. Ni leer ―Prefería que la creyeran ignorante. Puede que de algo le sirviera más adelante.
— Oh, ya veo ―Encorva pronunciadamente sus marfileñas cejas―. Debería pensad que eréis sincera conmigo. ¿Verdad? ―Le pregunta. Tenía una irritante postura ególatra y de supremacía―. Las personas como tú... ―Da una pausa, buscando las palabras adecuadas mientras meneaba su mano―. Poseen escasa educación, por no decir nula. Aunque… ―Lleva la copa hacia sus finos labios―. A su lado había una pluma y tinta fresca. Y espero que no me estéis subestimando, Emily.
— No sé lo que buscáis de mí. De ser información solo pierde su tiempo ―Elizabeth suelta una corta pero potente risa ante su descaro.
— He de saber que por esa gente que tú defendéis estáis aquí.
— ¡Ha sido mi decisión!
— Ya veo... Te creía más sensata.
— Usted no me conoce.
— No os preocupéis por ello ―Se levanta―. Tenemos todo lo que dure vuestra vida para conoceros ―Baja la escalera con las manos unidas. El vestido se apoderaba de cada extremo del escalón. Al aproximarse a ella, toma de su mentón.
— ¿Qué quieres de mí?
— ¿Qué quiero? Lo quiero todo ―Dice, abriendo exageradamente sus brazos, y luego le da la espalda―. Llévensela ―Ordena.

El soldado la arrastra hacia la salida. Emily, ya agitada por el violento tironeo que este le demandaba, gira su cuello para dar con la Reina. Y esta, para su sorpresa, observaba su vergonzoso espectáculo: sus pupilas dilatadas, su pecho creciendo y decreciendo a gran velocidad, como su corazón buscaba desesperadamente salir despedido de la cavidad, su piel transpirada, sus expuestas arrugas sobresaliendo desmesuradamente, y a su burbujeante garganta cerrada. Tan serena la veía partir hacia lo que era, el inicio de una larga esclavitud... sexual.

#8

Emily aún no sabía lo que le aguardaba el destino. Un destino que otros le habían escrito. Le angustiaba esperar ese futuro incierto. Si era la muerte, ya lo hubiesen hecho y sin contratiempos. El miedo se le estiraba como una masa interminable.

— ¿A dónde me lleváis? ―Indaga impaciente. Una sorpresa para Isaac, desde su venida no solía pronunciar palabra alguna.
— No tengo permitido responderte a nada.
— Oh, hipocresía divina. No os permiten responder pero os dejan ser unos desgraciados.

El hombre se detiene. Aunque solo se queda ahí, con sus manos tiritándole en cólera. Hasta que se rota hacia ella, con su mecánica expresión apuntando al suelo, puesto que le llevaba dos cabezas. Y le dice:

— Apostaría con el mismísimo diablo, de que tus provocaciones serán aplastadas por un furtivo mar de humillación. Ya veréis ―Y sin esperar respuesta alguna, se vuelve a la andanza.

A continuación, entran en una especie de cueva. Una sala sombría y tenebrosa con algunas velas menguando. No ocuparon tiempo en colocarle ventanas. Por ende, el ambiente se sentía pesado y sofocante. Por lo que la transpiración se abría paso en uno, al tan solo dar un pie en ella. Era como estar a diez mil pies bajo tierra. Tenía soportes de anillos tanto en el suelo como paredes para enganchar las esposas. Además de tablones de madera con muñequeras y tobilleras, para dominar a un prisionero en cualquier posición que uno desee. Y caían del techo pesadas cadenas envejecidas y corroídas, así sobrevolar a un infortunado. También había varios armarios, de esos que prefieres ni imaginar que guarda adentro. Era un lugar construido en base a enormes rocas, de techo escasamente largo y con todo tipo de artilugios de tortura. Emily en ese momento no sabía que lo visitaría tantas veces como le diera la gana a la Reina.

— Para tu desdicha, hoy no morirás ―Une la cadena que la ataba a una de las argollas. Luego se encamina al clósets más cercano―. ¿Veis esto de aquí? ―Sostenía un largo látigo de cuero trenzado que así, tal cual, se veía inocente. Pero un violento movimiento del mismo, y su corte podía ser del más fino para degustar un fiambre en perfectos trocitos―. Y con esto ―Esta vez, saca una corta correa con soporte para la muñeca del degenerado―. Son pistas previas de lo que ocurrirá.
— Tu repulsiva cara me son suficiente pista.
— Te acostumbrarais con el tiempo. Todos lo hacen… ―Prosigue, sin darle pie a su provocación. Levanta firme su cabeza por el mentón. Para así, con su otra mano acercar la correa hacia su cuello―. Y no serás tú la excepción ―Cuando estaba a punto de tocarla con la liga ella, sin miramientos, alza sus manos. Apretando fuertemente las muñecas de este. Isaac, intenta liberar su sometida mano. Juzgando innecesaria la ayuda de su otro brazo. Aunque, para su sorpresa, no era tan sencillo como creía. Ella, al ver sus pobres esfuerzos esboza una campante sonrisa.
— Sin cadenas eres basura ―Usa sus uñas -afiladas como el santísimo demonio- y se las clava como agujas. Ocasionándole un evidente mosqueo: unas humeantes venas arden en su cien. Y fastidiado, lleva deliberadamente sus manos a su delgado cuello. Aunque, de todos modos, ella no lo suelta―. Tú... no eréis nada ―Dice con voz quebrajosa. Comprendía que no conseguiría nada con ese actuar. Pero al menos, demostró su fortaleza. Y eso, si bien traía sus consecuencias, interiormente la sanaba. ¡Y mucho!

La suelta de un tirón, que la hace caer de bruces al suelo. Este resopla notablemente molesto. Y luego de calmarse un poco, se dirige a ella:

— Realmente he querido ayudarte. A fin de cuentas, no eréis más que una estúpida cría. Pero hasta aquí ha llegado mi paciencia.

Lo ve aproximándose, y traga saliva. La agarra bruscamente del brazo, con una energía descomunal que no le había visto antes. La lleva -más bien la arrastra- hacia uno de los tablones de madera. Donde la desploma, recostándola por los hombros. Encadena su cuello, después sube sus brazos por encima de su cabeza donde las vuelve a amarrar. Lo mismo hizo con sus talones, uno junto al otro. Empieza a desvestirla, cortando sus prendas con el filo de un cuchillo. Sin cesar. ¡Trash, trash! Un corte tras otro. Ella no sabía cómo actuar. ¡En realidad, no había mucho que pudiera hacer! Los primeros segundos sacudió su cuerpo, gritó:

― ¡¡No!! ¡¡No!! ¡¡No!!

Pero al ver que no la escuchaba o mejor dicho, la ignoraba, abandonó toda lucha. Quedándose completamente pasmada mientras veía aquel horrible espectáculo.

― ¿Alguna vez haz sentido tal humillación? Te vendrá bien, créeme.

Ella tenía la mandíbula rígida, apretaba sus dientes pero los labios le temblaban. Y la nariz le resoplaba en furia. Su piel estaba como vino a este mundo, enteramente al descubierto. Las extremidades las tenía unidas y estiradas a cada lado.

Por un momento, Isaac no pudo evitar quedarse embobado al verla. Al leer cada página de ese atractivo libro. Hasta esas diminutas palabras que aparecen en la parte inferior. Los bordes de su cuerpo formaban una agradable silueta. En la que sobresalían sus caderas y busto. En contraste con la cintura y parte inferior de sus piernas, que se reducían considerablemente. Y al estar agitada, cada uno de sus músculos se daba a conocer. El de su abdomen era el más hermoso. Además, cuando inhalaba, los huesos de su pubis, clavícula y costillas se acentuaban gloriosos. Aunque, algo aún más llamativo advirtieron sus maravillados ojos. Una serpiente trazaba camino en su piel. La cola se torcía en su vientre, avanzando hacia el lado derecho de su cintura. Donde giraba hacia la parte baja de su espalda, remarcando la curvatura de su generosa cola. Luego, se adentraba por su entrepierna hacia el largo de su muslo derecho. Finalizando su recorrido al costado de su pierna. No era de gran tamaño, sino como un suave trazo en negro. Era de buena longitud pero bastante delgada. Proporcionándole a su cuerpo una exquisita elegancia.

― ¡¡Desgraciado!! ¿¡Que tanto miráis!? ¿¡Tanto asco dais que solo logras satisfacer tus burdos deseos violando prisioneros!?
― No me provoquéis. Aún no tienes ni remota idea de lo que soy capaz. Por ahora solo te quedaras aquí hasta que lo vea necesario. Sufriendo hambre y sed. Quizás hasta sea la última vez que nos veamos.
― ¡Con tal de no ver tu estúpida cara, abrazaría las llamas del infierno!

Después de taparle la boca, se despide. Yendo hacia la salida. Cuando cierra la puerta, la oscuridad prevalece casi en su totalidad.

#9

4º Capitulo: Una muerte que transmuta.

Entrado el invierno, el amanecer caía lentamente sobre el castillo. La servidumbre, a las cinco en punto comenzaba con sus quehaceres. Y, poco más tarde, la Reina iniciaba el día con un caliente té que arrollaba entre sus palmas. Estaba sentada en la esquinas de su basta cama, junto al ventanal. Mientras miraba a una de sus criadas desplegar las cortinas:

— Hermoso día, su majestad ―La mira y vuelve su cabeza a la ventana―. Aunque ha de ser aún más bello sin aquellas nubes que cubren al cielo.
— Mejor así ―Dictamina la Reina mientras subía a una tarima. Donde sus damas de compañía proceden a desvestirla así prepararla para el día―. El azul con el gris crean cierto encanto ante mis ojos ―Dice observando en el espejo frente a ella el intenso azul de su iris.
— ¿Aun cuando la tormenta caiga y os irrumpa?
— Las nubes no siempre anuncian diluvios, Catalina ¬―Dice casi en un sermón.

Blanca, blanca y esplendorosa cada porción de su piel. Semejante al destello de la luna. Era alta y delgada. Una de las mujeres le cepillaba su cabello castaño rojizo, parecido a las hojas del otoño. Era lacio, con alguna que otra onda. Y de un largo algo parecido a la joven pintada en "El nacimiento de Venus". Aunque, lamentablemente siempre lo llevaba amarrado. Y pocos podían apreciar tal belleza.

— La tormenta nace cuando las osadas nubes toman el total dominio del cielo. Y por ahora... ―Se gira en dirección al tragaluz y se vuelve con buenas noticias―. No sería el caso.

Alguien llama a la puerta con sutiles golpes de sus nudillos:

— Buenos días, Elizabeth —Dice Sir William desde afuera.
— Adelante. Ya hemos terminado ―Este abre la puerta, y las jóvenes muchachas salen del cuarto—. William ―Le llama.
— Mi Reina.
— ¿Cómo ha amanecido Inglaterra?
— Dichosa y próspera —Dice sonriente. Luego se queda en silencio. Dudando si continuar. Ella oye su sigilo e interviene.
— ¿Te ha ocurrido algo? —Le mira de arriba a abajo—. Me preocupáis, Cecil.
— Tú me preocupáis a mí, Bess— Era el apodo cariñoso con el cual se dirigían a ella sus más allegados—. Y no solo a mí. Estos últimos días se ha visto…
— ¿Cansada? —Le pregunta. Seguidamente se acomoda en la silla de su cómoda. Donde estira sus brazos. El tocador tenía un vasto espejo. En sí, su dormitorio parecía una tienda de espejos. Había en diferentes tamaños y formas. Elizabeth era muy exigente y detallista con su fachada. Por ende, le gustaba cerciorarse muy seguido de que lucía perfecta y glamorosa.
— No he de pensar que el cansancio de una Reina sea algo de lo que advertir. Me refería más bien a que se ve… ¿Perdida, quizás? Pareciera divagar en su cabeza más de lo normal. Aunque puede que solo sean tontas especulaciones…
— No, no lo son. No te mentiría a ti, Cecil. Últimamente han regresado a mí viejos recuerdos. Que por las noches mutan en pequeños diablillos que saltan y gritan sobre mi pecho. Dejándome sin aliento. ¡Crecen de la tumba! Los muertos renacen en recuerdos tortuosos.
— No quiero sonarle inapropiado —La Reina le dirige una exagerada señal. Invitándole a que continúe. Y antes de que este hable, deja caer su cara entre los bordes de sus manos—. ¿Usted habla de María, su media hermana?
— Era un hecho, Cecil. ¡Oh, claro que hablo de esa mujer! Diez años después aún sigue chupando mi alma… o lo que queda de ella. Gracias a Dios si es que aún me mantengo en pie.
— ¿Le ha sucedido algo en estos últimos días?
— No… bueno. No sé. Puede que sí.
— ¿Y desea hablarme sobre ello?
— No tiene gran importancia de todas formas. Es… una muchachita. Emily se llama. Desde que apareció, me anduvo persiguiendo en mis sueños como un hermoso ángel de la muerte. Y me cansé… no quería más aquello.
— ¿Ella le recuerda…
— Son gemelas —Prosigue sin preámbulos—. Nacidas en diferentes años. Créeme, si tú la vieras... Solo que una se crio bajo la capa de un Rey y la otra… robando y escupiendo botellas de ron —Se vuelve a agarrar la cabeza—. ¿Por qué me hacen esto? ¿A caso Dios le ha permitido descender de allá arriba para burlarse de mí? O peor aún, para culparme de todas sus desdichas. Como siempre supo hacer. Hay cosas que uno nunca olvida, Liam. Como la juventud… —Dice, viendo su reflejo mientras estiraba sus cachetes como dos masas de pan—. Que una vez que se marchita, no vuelve.
— Usted es la mujer más hermosa que eh visto, Bess.
— Preciosos son los paisajes, las pinturas, los diamantes… y la juventud —Se ríe largamente—. Juventud —Repite en un susurro. Recordando el infantil rostro de Emily.
— ¿Qué hará con ella? ¿Mandará a ejecutarla?— Pregunta. Y ella abre un cajón de la cómoda. Y ahí estaba otra vez aquel libro. Se lo muestra, y este le responde con un confuso movimiento de la cabeza.
— ¿Sabes? Lo he leído. Narra las aventuras de una pequeña que enfrenta penurias y dificultades sobre el mar. En base al no temer a nada, y dejarse guiar por su intuición y valentía. También tiene ciertos tintes de humor. Los barcos no vuelan, y no existen bellas mujeres con cola de pez o islas que desaparecen. ¿O si, Cecil? —Le mira extrañada y luego se echa a reír, jocosa.
— Oh, claro que no, Bess— Le responde divertido. Pero al rato sus cejas vuelven a fruncir. No le agrado que haya esquivado a su pregunta. Algo le hacía sospechar demasiado de todo esto.

Su relación con su media hermana, María, fue muy complicada desde sus primeros años de vida. Nacieron del mismo padre pero de diferentes mujeres. La madre de María se llamaba Catalina de Aragón, y Ana Bolena la de Elizabeth. Las dos sufrieron las muertes de sus madres, que las marcaron indudablemente para el resto de sus vidas. La madre de María murió en soledad, alejada de su familia y de la corte por orden del Rey. María le suplicaba e insistía a su padre para ir a verla, ya que su madre se encontraba muy enferma. Pero Enrique jamás se lo permitió, aun siendo él quien la traiciono y se casó a escondidas con Ana Bolena, su segunda esposa. Lo que ocasionó que María sea llamada ilegítima.
Cuando nació su hermana, le quitó sus derechos sobre el trono para transferirlos a su nueva hija, Elizabeth. María siempre rehusó reconocer a su madrastra como Reina, y a su media hermana como princesa. A causa del odio que le ocasionaba su padre y el rencor que les tenía a ellas. Cuando fue ejecutada la madre de Elizabeth, ella pasó por la misma situación. Fue declarada hija ilegítima, siendo excluida y rechazada. Con el tiempo, la última mujer de Enrique, Catalina Parr, medió con su esposo para reconciliarlo con sus dos hijas, y así reunir a los tres hermanos. María, la mayor, Elizabeth y Eduardo, el menor. Se dice que Enrique tuvo más esposas e hijos fuera del casamiento, por lo que nunca fueron reconocidos como tal.
Catalina logró al fin juntar a los hermanos, y residieron en el palacio de Beaulieu. Y en el acta de sucesión del año 1544, las dos recobran sus derechos al trono. Quedando Elizabeth por detrás de sus dos hermanos. A la muerte del Rey, Catalina se llevó a las dos princesas a vivir con ella y al tiempo se volvió a casar. Y Eduardo, se quedó a gobernar Inglaterra como sucesor de su padre. Aunque, en realidad, Inglaterra fue manejado por un consejo de regentes los primeros años de su gobierno debido a su precaria edad.
Entre las dos hermanas había una diferencia de diecisiete años de edad. Por lo que solían tener tensos cruces, ya que María se aprovechaba de la vulnerabilidad e inocencia de su pequeña hermana. Y Elizabeth, seguía sus pasos al ver en ella a una mujer que le transmitía seguridad y confianza. Al menos así lo percibió durante su infancia. Pero María la trataba con cierto despreció por ese pasado que no supo olvidar. Y esta soportaba sus abusos al querer su aceptación y cariño. Además de su evidente rivalidad religiosa que se acrecentó con el tiempo. Elizabeth era protestante, y la otra una ferviente católica.
Hasta que un día, fue tal el dolor que le causó su hermana mayor, que buscó una solución a sus incontables abusos y amenazas. Lo que terminó en una tragedia, que Bess nunca supo olvidar. Regresando aquellos dolorosos recuerdos, como bien dijo, en pequeños diablillos que la increpan por las noches, y hasta en sueños.

#10

Cecil al salir del cuarto, fue directo a buscar a Isaac. Ya que la Reina le había dicho que la prisionera estaba bajo su estricta vigilancia. Al rato, lo encuentra yendo hacia su dirección y cuando se cruzan, lo llama:

— Isaac —Este se gira sin detener la marcha.
— No ocupo tiempo, William. Llego tarde.
— Emily, dime donde la tenéis —Se detiene y lo mira desde la espalda.
— ¿Por qué?
— Solo responde la pregunta —Al ver que él no daba de sí, dice—. Vengo de hablar con la Reina.
— Si es que aún sigue con vida.
— ¿Cómo? —Alucina—. Tú no debíais…
— Mira —Le interrumpe—. Elizabeth me ha ordenaron corregirla. Y no tengo tiempo para sus caprichos de infante. Ni comprendo el por qué me ha ordenado tal cosa. Soy un oficial del estado, más no una niñera. Le otorgué varias oportunidades para dirimirse. Fui a verla en estos días, pero es hueca como hojalata. Si sigue así morirá. Y será su decisión, no la mía —Dice apuntando su pecho—. Ya lo he conversado con la Reina. Así que no escupas palabras al viento. Y sin más que decir, me retiro.
— ¡Solo decidme donde está! —Le grita al verlo partir. No llegaría a ningún lado si se ponía a discutir con él, e Isaac le responde a la distancia.

Al rato, entra en la sala que aquel le había señalado, acompañado por un par de velas. La busca entre las cosas, y allí estaba. Sus ojos y boca estaban cubiertos por unos trapos. Podía apreciar el rojo de sus muñecas y tobillos por la fuerte presión que le ejercían las cuerdas. Temía lo peor, pero la escucha toser. Se había percatado de su presencia.

— Veo que estáis atenta. ¿A caso no duermes? —Se acerca lentamente a ella. No deseaba asustarla—. ¿Hace cuantos días estáis aquí? —Al llegar le quita el cubre boca. Sus labios estaban terriblemente deshidratados.
— ¿Quién eres? —Pregunta rápidamente. Y al abrir la boca, unos dolorosos pliegues se trazan en ella.
— Me llamo William Cecil —Alumbra su cuerpo para verla con más detalle: desde los dedos del pie hasta la cabeza. Y los ojos se le abren desmesuradamente. Detiene el recorrido de las velas en una mancha de nacimiento que tenía detrás de su cuello. Era redonda y amarronada. Seguidamente descubre sus ojos, rezándole a Dios para que solo fuera un delirio remoto. Y que al ver sus ojos, la tranquilidad reinara otra vez en él… pero no fue así. ¡En absoluto lo fue! Allí estaban ese par de esferas grisáceas que tanto recordaba él. La ilumina más de cerca no queriendo creer lo que veía. En consecuencia, ella cierra profundamente sus pestañas al ser cegada. No había visto la luz en días—. Oh, lo siento. No pretendía… —Coloca la jarra en una mesa que estaba a un lado. Y ella recuesta su cabeza al lado opuesto a él.
— ¿Qué quieren de mí?
— No sabría responderte. Solo Elizabeth sabe…
— ¿Quién?
— Elizabeth, la Reina de Inglaterra. ¿Quieres agua? Podría…
— Que pregunta más idiota.
— Deberíais ser más consciente de la posición en la que te encuentras —Dice, recordando lo que Isaac le había dicho sobre ella. Espera una respuesta, pero ella no dice nada—. Te traeré agua y comida pero si me prometéis algo.
— ¿Es alguna clase de jugada vuestra? ¿El listo y el tonto? Entonces… por lo que he llegado a comprender, el otro era el idiota.
— ¿A caso no teméis morir sola en este horrible y solitario lugar? —Pregunta ante su osadía—. A mí no me engañáis, sé que tienes miedo pero intentáis hacerte la dura. Y eso solo te llevara a la muerte. No sobrevivirás aquí con esa actitud —Pero ella se vuelve a quedar callada. Y este, no habiendo conseguido nada, se marcha a la salida.

Era la hora del almuerzo, y la servidumbre servía bandejas en lo largo de una refinada mesa. Yendo y viniendo sin cesar. Colocaban de todo un poco: utensilios, delantales, platos, jarras, adornos, comida y más comida. Había desde pavo, pechuga, torres de variada fruta, pasta, cabeza y costillas de cerdo, entre mucho más. En aquel siglo, el pavo y la pasta eran una gran innovación en la gastronomía inglesa. Aunque, como siempre, Elizabeth esperaba la hora del postre por encima de todo. Le encantaban las cosas bien dulce y empalagosas.
La nobleza no se hizo esperar, e inician a tragar esos deliciosos animales muertos que posaban seductores delante de ellos. Que, en contraste, Emily solo podía imaginar en sueños. En esos tiempos, el dilema era: “Comer sin parar la conversación”.
Cecil estaba sentado cerca de la Reina, pero extrañamente su estómago se encontraba cerrado. Los brazos le colgaban a cada lado, y su mirada se encontraba perdida en sus pensamientos.

— ¿No te has de servir nada, Cecil?
— No traigo realmente hambre, mi Reina.
— ¿Qué atormenta a tu cabeza? ¿O el problema es la comida que os han servido hoy?
— Elizabeth… quisiera hablar con usted sobre algo que me ha inquietado en las últimas horas.
— ¿Y a qué se debe?
— No es el momento indicado para hablar de ello. Preferiría que sea en privado.
— Comprendo —Corta incivilizadamente un pedazo de carne, y un chillante ruido golpea sus oídos—. ¿Se trata de la prisionera? —Dice segura, como si hubiese leído su mente—. Isaac me ha dicho que luego de hablar conmigo, lo fuisteis a buscar.
— No deseo interponerme en asuntos que no me conciernen. Pero necesitaba verificar algo. Y de eso quería hablar con usted. ¿Aún no la ha visto, verdad?
— Si, lo he hecho. ¿A dónde pretende llegar?
— ¿Y ha visto su mancha? La de su cuello, justo atrás —Dice, palpándose en el sitio exacto—. Y sus ojos… ¿Sabe la edad que tendría…
— Detente, no es el momento —Le interrumpe rápidamente—. Y menos para hablar de aquello.
— ¿No ha pensado en la posibilidad? —Insiste.
— Cecil, te estimo mucho como mi concejero, pero a veces puedes llegar a ser muy irritante. ¿Has amanecido con fiebre y estáis delirando?
— Elizabeth, por favor escúcheme. Solo permítame decirle, que debe ir a verla para cerciorarse de lo que le digo —Esta resopla cansada y para terminar con la charla, al fin dice.
— Veré si me queda tiempo. Y ahora hágame el favor y coma. No me sirves sin energía, mi querido Liam. Una panza vacía puede debilitar hasta al más fuerte…

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Emily pasaba las horas durmiendo; era una manera de sobrellevar su hambruna. Además, le enloquecía el solo hecho de pensar y no poder hacer nada. Sus piernas y brazos se le vivían entumeciendo.
Abre los ojos, y lo primero que nota es ese maldito olor otra vez. Mira hacia adelante, luego al techo, y cuando gira a su izquierda ve la figura de la Reina. Estaba sentada a pocos centímetros de ella. Tenía los codos sobre su regazo, y la cabeza apoyada entre sus manos. Y en su mirada se advertía cierta emoción e inquietud:

— Veo que la vida no os deja de sorprender. Y tú… eres una prueba de ello.

— Elizabeth —Murmura sorprendida ante su inesperada presencia.