Abel
Rango10 Nivel 48 (5367 ptos) | Fichaje editorial
#1

Caliana y yo viajábamos de pie en el tren. Al subir, unos cuantos niños se habían levantado y me habían cedido respetuosamente el asiento, pero yo los había rechazado con un gesto cansado. Luego se pasaron el viaje entero mirándome fascinados, con los ojos muy abiertos, sin asomo de disimulo. Algunos cuchicheaban entre ellos mientras me señalaban, emocionados.
A mí me irritaban. Me pregunté por qué sus madres no les decían nada.
Pero había dos jóvenes, algo menores que yo, que no despegaban los ojos de Caliana.

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#2

Ambos estaban sentados uno al lado del otro en idéntica posición, con la espalda recta, sin apoyarse en el respaldo. El más cercano a la ventana era bajito y moreno, con una barba de varios días, y llevaba pantalones de pana y una bolsa polvorienta en el regazo. El otro era pálido y vestía un abrigo largo y negro. Tenía un libro abierto sobre los muslos, que sujetaba con las manos, pero yo todavía no le había visto bajar la mirada para leerlo. Al fijarme bien, vi que el volumen era una edición antigua de Plutarco.
Burgués y obrero, rico y pobre, vigorosos músculos y naderías intelectuales. Los dos parecían inmovilizados en el asiento, atenazados por el mismo deseo, por la misma avidez ancestral, los ojos teñidos por el negro de la noche de los tiempos.
-Cali –dije en voz alta-. Tienes algo en el pelo.
Caliana se sacudió distraídamente la cabellera y continuó hablando, risueña, sin enterarse de nada. Yo le acaricié el hombro desnudo y la acerqué todavía más a mí, pero eso sólo hizo que aumentase la intensidad en sus miradas. El moreno incluso se agarró a los reposabrazos de su asiento y se echó hacia delante, como si en cualquier momento fuese a abalanzarse sobre nosotros.
¿Es que no tienen respeto?, pensaba, más atónito que indignado o furioso. Intenté distraerme observando a los demás pasajeros del vagón, pero mi desasosiego aumentó cuando comprobé que todos eran chicos. Había escolares vestidos de negro con las cintas blancas, había jóvenes Jugendführer con el pelo tirante peinado hacia atrás, incluso había niños pequeños en pantaloncillos cortos, con las piernas colgándoles del asiento. Todos miraban a Caliana.
Decidí que nos bajaríamos en la siguiente estación. Caliana se interrumpió, sorprendida, pero bajó la mirada y me siguió sin hacer preguntas. Al bajar del vagón se apoyó en mi brazo para no tropezar, como una señorita, y se caló el sombrero para protegerse el rostro del viento que corría en el andén. Luego fue corriendo a sentarse en uno de los bancos.
Yo me quedé de pie, impasible, mirando a la pareja de jóvenes, que seguían observándonos a través del cristal de la ventana. Ya harto de su insolencia, fruncí levemente el entrecejo, y eso bastó para que empalidecieran de repente y se apartasen de la ventana, acobardados. Para algunas cosas, sin duda, el hombre todavía era como si no hubiese salido de la caverna. En aquel momento agradecí haberme llevado el uniforme a la excursión. A los dos días de volver a Berlín había hecho que le cosieran los galones de mi ascenso y las medallas que me habían concedido durante la convalecencia: tenía la Cruz de Hierro, la medalla por la campaña del 41-42, la medalla por la herida de guerra y por último la condecoración del NSDAP, una especie de diploma que daban casi a todo el mundo. Allí estaban, lustrosas y brillantes, colgando tranquilizadoramente de mi pecho. A Caliana le gustaba toquetearlas y jugar con ellas cuando me desvestía en el dormitorio.

#3

En el pueblo vimos algunos restaurantes abiertos. En teoría, Goebbels los había cerrado todos como parte de su política de movilización total, pero conforme nos alejábamos de Berlín la prohibición iba perdiendo peso. En uno de esos locales pedimos una botella de vino blanco, y luego nos dirigimos a los despeñaderos. El Mar Báltico se extendía más allá, una superficie umbría y plateada, desdibujada y perezosa, como si el mar estuviese dormido. En realidad no hacía muy buen día, estaba nublado y se había levantado una brisa fría que hacía tiritar a Caliana, pero a mí me hacía ilusión enseñarle la playa, así que bajamos por la pasarela de madera que llevaba a la orilla. El viento inflaba el vestido blanco de Caliana perfilándole las formas huesudas de su cuerpo, sus rodillas prominentes, sus muñecas y su marcada clavícula, que parecía hundirse en los nudos de músculo que le sujetaban la nuca, de apariencia suave y espantosamente delicada.
-Cali, querida –dije-. Pareces una valquiria de leyenda, con el cabello esparcido al viento.
-¡No digas tonterías! –exclamó ella, riéndose-. Esas brutas nórdicas… ¿No tienes nada mejor con que compararme? ¿Una sílfide de los bosques? ¿Una emperatriz de la Antigüedad? Incluso una ninfa genérica hubiese sido mejor.
Asentí sonriendo vagamente.
La playa era una pequeña franja de arena gris con arbustos ocultos entre las dunas. Desde allí se veía un edificio largo y bajo situado al borde de los acantilados.
-Es un sanatorio SS –dije al ver que Caliana lo observaba con curiosidad-. Sobre todo hay veteranos de Rusia.
A Caliana se le oscureció la mirada durante unos instantes, pero luego hizo un gesto indeterminado con la cabeza y me sonrió.
En realidad, ninguno de los dos tenía muchas ganas de bañarse, así que extendimos la toalla sobre la arena y nos tumbamos, en silencio, escuchando el rumor de las olas. La botella de vino blanco había quedado olvidada. De todas formas, a Caliana nunca le había gustado beber.
Pero algo rompió la quietud de nuestro descanso. Me enderecé, irritado, y vi que algo alejados de nosotros, mar adentro, había tres jóvenes completamente desnudos que jugaban a salpicarse mientras se perseguían unos a otros, riéndose y saltando como niños pequeños. Sus cuerpos mojados brillaban por el agua, y eran fuertes y saludables, y olían a salitre, a alegría y a sudor. Observándolos me vino a la mente aquello del esplendor de los cuerpos de Platón, pero no recordaba la cita exacta.
Supuse que serían internos del sanatorio.
Era evidente que Caliana también los había visto. Se había sentado de piernas cruzadas y jugueteaba con los dedos en la arena, evitando mirar hacia la orilla. Pero no parecía molesta, ni tampoco incómoda. Probablemente estaba ocultando su inhibición para no crear una situación embarazosa.
-Cali, canta algo para mí –dije para distraerla.

Hiarbas
Rango11 Nivel 52
hace 7 meses

Muy buenasctus cajas, es un placer leer tu historia, me gusta tu estilo, es difícil encontrar cajas tan agradables de leer, seguire atento para seguir disfrutando.

Abel
Rango10 Nivel 48
hace 7 meses

¡Muchas gracias, @Hiarbas ! Agradezco muchísimo tu comentario


#4

A Caliana se le iluminó el rostro, se levantó de un salto y se colocó delante de mí, dándole la espalda al mar. Pero entonces pareció vacilar, se puso de puntillas y se balanceó hacia delante y hacia atrás, con aire tímido y remolón.
-¿Qué quieres que cante? –preguntó.
-Lo que quieras. Sorpréndeme.
Caliana estuvo unos segundos en silencio, sospesando sus opciones, y entonces se puso a entonar un himno en latín.
Aquello no me sorprendió. Su familia era de confesión luterana (lo había comprobado en los expedientes del SD), pero habían mandado a Caliana a un internado católico francés durante su adolescencia. Distinguí de inmediato la profecía de Isaías, el Vox clamantis in deserto, adaptada para el canto a partir de unos arreglos sencillos perfectos para un coro de niñas. Me imaginé la dulce voz de Caliana expandiéndose como el cristal por la capilla del severo internado, con sus muros gruesos y sus fríos suelos embaldosados. Me imaginé a todas las alumnas escuchando esa voz, sentadas en los bancos, con las cabezas gachas y los ojos cerrados, mientras las monjas se paseaban silenciosamente por las oscuras naves laterales, como ogros vigilantes entre una multitud de ángeles dormidos…
Pero detrás de Caliana uno de los jóvenes se había subido a las espaldas de otro mientras el tercero intentaba hacerlo bajar, riéndose con grandes carcajadas. Los músculos en tensión, brillantes por el agua, impactaban unos con otros en la refriega de la batalla; fruto del esfuerzo, los miembros enhiestos se balanceaban arriba y abajo con obscena despreocupación. Al final los tres cayeron al mar, un exquisito remolino de inocencia e intimidad.
Caliana finalizó con una larga nota aguda y yo aplaudí entusiasmado. Caliana enrojeció levemente, pero agradeció los aplausos con una pequeña y elegante reverencia.
-Seguro que eras la mejor de la clase, ¿verdad, Cali? –dije-. ¿En vuestro internado no teníais también esas cintas blancas por el buen comportamiento? Apuesto a que ganaste docenas de ellas.
-Se me daba bien el cálculo –replicó Caliana modestamente-. Y una vez recité la lista de emperadores romanos delante de las alumnas mayores. Olvidé a Valentiniano y a algún otro del siglo tercero, pero aun así la hermana Annunciata me puso como ejemplo de aplicación.
-¡Lo sabía! –exclamé, dando una palmada.
-Sí… Aunque un sábado nos colamos en el despacho de la Reverenda Madre.
Yo no la escuchaba. De repente me sentía eufórico, cogí a Caliana de la cintura y la eché con cuidado sobre la toalla. Yo me tendí encima de ella y le besé los labios; eran delgados y resecos, pero cálidos, invitantes. Notaba su cuerpo de pajarillo, duro y frágil, contra el mío. Sus pechos eran tan pequeños que su torso parecía el de un muchacho hambriento, pobrecillo, allí tendido, solo, en la fría planicie siberiana. Yo estaba allí, otra vez, en ese desierto inmóvil e inclemente, de una pureza glacial, sobrehumana, como uno de esos grandes decorados de Wagner. El sol salía por el horizonte, y la luz cruzaba a ras de la estepa, y el muchacho estaba a mi lado, muerto, y yo le abría la guerrera y le recorría el pecho con las manos, temblando, pero era Caliana a quien acariciaba, y ya no era ella, eran los tres efebos del Mar Báltico, dioses olímpicos que se frotaban contra mi cuerpo y me besaban frenéticamente, y ahora estaban también los dos muchachos del tren, el rico y el pobre, y con ellos todos los hombres de la tierra, labios jugosos, uniformes y músculos y medallas, y el frío de Stalingrado, y el calor de nuestros alientos, y nuestra furia animal, y la muerte, y la vida, y yo perdí todo de vista, todo se me acumulaba y de repente me vacié de golpe, llorando, sintiendo que expulsaba de mi cuerpo una enfermedad.

De madrugada, en Berlín.
-¡No intentes asustarme! ¡Hay que ver qué malo eres! No había ningún grupo de chicos en la playa. Estábamos solos. Anda, vamos a la cama. Ha sido un día muy largo.
-Sí, Cali.

Hiarbas
Rango11 Nivel 52
hace 7 meses

Sin baja el nivel, espero mas con impaciencia, da gusto leerte.

Abel
Rango10 Nivel 48
hace 7 meses

¡Muchas gracias!