M_KOTTINGHAM
Rango5 Nivel 22 (563 ptos) | Escritor en ciernes
#1


EL BOLÍGRAFO AZUL

Todo empezó con un simple bolígrafo.
Con uno azul.
Era un bolígrafo ordinario, uno normal.
Y todo para Frank Perkins empezó con un bolígrafo así.
Puede que en realidad todo empezara un poco antes, durante las calurosas noches de verano en que Perkins espiaba desde la ventana de su habitación como chicos sudorosos y musculosos sin camiseta jugaban al baloncesto al otro lado de la calle.
De ese modo todo empezó a cuajarse dentro de su cabeza, a tomar forma en su psique, pero si hablamos de un plano puramente físico, entonces indudablemente todo empezó como digo con un bolígrafo azul.
Contando con diez ańos, (también en una de esas calurosas noches de verano, y también espiando a fornidos chicos sin camiseta), Frank Perkins se proyecto introduciéndose aquel bolígrafo azul que solía mordisquear nerviosos mientras espiaba a los muchachos al otro lado de la calle, en un lugar donde hasta ese momento nunca antes había pensado en introducirse nada: en su blanco y virgen culo.

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#2

Todo empezó de ese modo y entonces.
Y a pesar de no saber en aquel momento absolutamente nada sobre la introducción de objetos extraños en el cuerpo, Anthony sintió que antes de intentarlo debía de lubricar aquel bolígrafo.
Bajó hasta la cocina pasando por el comedor, donde su madre veía una telenovela y su padre leía una revista sobre deportes de contacto.
Cogió una nuez de mantequilla y regresó a su cuarto, donde embadurnó el bolígrafo azul con la mantequilla hasta dejarlo totalmente cubierto de grasa.
Después se bajó los pantalones, y mientras observaba nervioso a esos chicos lanzar la pelota y correr tras ella, Anthony Perkins introdujo primero la punta del bolígrafo en su culo, dejándola el suficiente tiempo como para acostumbrarse a ella, y una vez se hubo echo con aquella sensación, Perkins siguió introduciéndolo hasta prácticamente hacerlo desaparecer.
Anthony descubrió aquella noche que sus tendencias voyeur resultaban aún más placenteras si eran acompañadas de penetraciones con diversos objetos cotidianos de casa.
Así, aquel bolígrafo azul, dio paso a un rotulador permanente que dio paso a una pequeña banana que dio paso a un enorme pepino que dio finalmente paso a la suntuosa polla de veinte centímetros de un negro al que conoció a los dieciséis años.


#3

Frank Perkins se ajustaba las medias a sus gruesas piernas mientras contemplaba en el espejo de su habitación, su cuerpo, blanco, medio desnudo, diez años después de descubrir las utilidades ocultas que un simple bolígrafo puede tener.
Media un metro ochenta y pesaba cerca de noventa kilos.
No tenía el cuerpo de un atleta, nunca había tratado de parecer un atleta, pero era un chico fornido y alto, y por eso siempre había tenido problemas para encontrar medias de su talla.
Frank Perkins pensaba que se asemejaba peligrosamente a una salchicha embutida cuando se ponía unos pantis.
Sabía que se veía ciertamente ridículo, pero por alguna razón calzarse unas medias de mujer, ponerse unos sujetadores y pintarse los labios y los ojos, era desde hacía mucho tiempo el único ritual que le hace sentirse bien.
Que le hace sentirse realmente vivo.
Mientras Frank Perkins se ponía unas medias, se ajustaba unos sostenes con un par de calcetines como relleno, se pintaba los labios con un carmín rojo intenso y se delineaba los ojos con rímel, su padre, George Perkins, un ex militar retirado y ex boxeador semi profesional, machacaba un saco de boxeo en el jardín de la parte trasera de la casa de la familia Perkins.
Frank podía escuchar nítidamente como los gruesos nudillos de su padre chocaban contra el resquebrajado cuero de aquel viejo saco, tan fuerte que incluso el agua de un vaso que tenía sobre su escritorio parecía mecerse levemente tras cada golpe.
George Perkins siempre decía que un hombre sin un “hobby”, no es un hombre: es un animal.
-Eso es lo que nos diferencia de ellos.-solía decir George Perkins.-Hacer cosas por el puro placer de hacerlas.
Pero Frank nunca había tenido un hobby antes de encontrar en el vestirse de mujer una agradable manera de pasar el tiempo.y sabía que para su padre meterse objetos extraños por el culo o vestirse de fulana no contaba como hobby.


#4

En la parte de arriba de su armario, oculto en un doble fondo, Frank Perkins ocultaba una enorme caja de cartón llena de ropa de mujer.
Faldas, vestidos, panties, blusas, ropa interior... incluso un par de pelucas que utilizaba en sus escapadas de fin de semana a la gran ciudad.
Lejos de su pequeño pueblo, Perkins era conocido en los locales para hombres como Tiffany “Garganta Profunda” Brown, capaz de tragarse pollas de veinticinco centímetros sin a penas pestañear.
En su odiado pueblecito de montaña, Perkins trataba de guardar las apariencias, vistiendo como cualquier otro palurdo del pueblo y comportándose como cualquier otro palurdo del pueblo.
Los sábados por la mañana George y Frank Perkins se calzaban sus botas militares y salían al bosque a cazar.
A veces iban solos.
En otras ocasiones amigos de la cuadrilla de su padre les acompañaban.
Beberían cervezas, hablaban de coños, y disparaban sus armas contra cualquier ser vivo al que abandonaban a su suerte después de retratarse junto a sus sangrantes cadáveres.
Eso era lo que hacía los hombres y eso es lo que hacían los Perkins.
Por la noche, Frank dejaba a un lado la escopeta y conducía durante una hora por carreteras secundarias para llegar al único lugar del mundo donde comerse una polla de caballo era considerado un súper-poder.
Y en ese bar de copas situado en un sótano a tres pisos bajo el suelo, Tiffany Brown bañaba su cutis con la leche de docenas de desconocidos que hacían cola para descargar sus pelotas sobre la cara de aquel chico de veinte años.
En una ocasión, un par de años atrás, siendo una de las primeras veces en que Frank Perkins se dejó ver por el club “El Oso Amoroso” como Tiffany “Garganta Profunda” Brown, un desconocido le metió de sopetón su flácida polla en la boca mientras un septuagenario le reventaba el culo antes de sufrir un paro cardíaco.
Ese desconocido en cuestión resultó ser Charles “Lobo” Ramírez, uno de los mejores amigos de su padre.
Camarada de caza.
Un hombre con quien había hablado de comer coños alrededor de una hoguera después de abatir a una madre cierva y a sus dos crías.
¡Brindemos con una puta cerveza, joder!
Y ahora ese tío estaba tratando de revivir su obsoleta polla metiéndosela en la boca.

M_KOTTINGHAM
Rango5 Nivel 22
hace 2 meses

Solo es el principio. Todo mi universo es sórdido. Directo. Cruel. Conmovedor. Igual que la propia vida.