Ryveed
Rango5 Nivel 23 (593 ptos) | Escritor en ciernes
#1

Prólogo.

Realmente, pensaba que las cosas no podían ser peores. Sí, admitía que era un pensamiento muy pesimista pero de un tiempo para acá pensaba de esa manera, dándome por vencida al tratar de calmar las rudas aguas que golpeaban mi vida a cada rato después de aquel día; así que, siguiéndole la corriente a mi cruel vivir: ¿qué puede salir mal ahora?

Publicada el 15/05/2019.

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#2

Capítulo 1 - Estoy bien.

Catatónica, o eso creían los doctores. Juraba que segundos antes de ver esas luces en la carretera, todo estaba perfectamente bien pues ya casi terminaba mi carrera universitaria, estaba a punto de convertirme en bailarina profesional, tenía un buen trabajo en la compañía Gud Bragi e iba a ser la esposa de un hombre que creía amar con locura. Como ya dije, juraba. Los doctores les dijeron a mis padres que sufría amnesia disociativa, y que por eso no podría dar testimonio a la policía; también les dijeron que tuvieron que hacer unos pequeños cambios con mi cuerpo, ¿a qué se referían? ¿Me habrán hecho un trasplante de ojos? Tenía miedo de abrir los ojos, ellos sabían que estaba despierta pero no me obligaban a hablarles, solo escuche cuando Agnes declaro con voz firme: »No la obligaremos a nada, se querrá morir tan solo enterarse, mejor que ella lo descubra sola«, mi hermana mayor, quién odiaba los hospitales y aun así estaba aquí junto a mí pero ¿de qué tenía que enterarme? ¿Me habían quitado la beca de la universidad? Imposible, era la mejor de aquel lugar, ¿Y si me habían rechazado en la academia de ballet? Ahí sí estaría completamente acabada, era mi sueño y sin eso moriría, era lo único real en mi vida... Pero, me sentía extraña; no solo mentalmente sino también físicamente ¿Me habrán sacado un riñón o el estómago? Todos habían salido de la habitación, imaginaba que para firmar algunos papeles o algo por el estilo; abrí los ojos lentamente, a sabiendas que las blancas luces iban a cegarme por el cambio, encontrándome con la sección del hospital que tanto odiaba: las luces no eran blancas como creía que eran detrás de mis párpados, sino amarillas y habían cortinas a mi alrededor, esas horribles cortinas de color amarillo pálido, como si quisieran recordarte que no verías la luz del sol por meses. ¿Qué hacía yo en la sala de rehabilitaciones? ¿Qué había pasado en...? Esperen, ¿Porque estaba aquí? No recordaba que había sucedido, solo tenía unos destellos de luces, ¿Serán de cuando me estaban ingresando? Unas leves punzadas de dolor me estaban martillando la cabeza, lleve mi mano allí pero no pude colocarla donde quería porque el yeso me detuvo, me dejo en shock o casi en shock. Intente levantar un poco la cabeza pero el collarín que tenía puesto no me dejaba moverla mucho, solo girar levemente. Levante mi mano izquierda, la cual estaba sana, a la vista de mis ojos y solo pude ver que tenía leves cortes y uno que otro hematoma de golpe. Luego, sentí un cosquilleo en las piernas, creí que era la circulación volviendo a ellas pero la comezón atacaba a una sola, en la otra tenía una sensación extraña; intente sentarme con todas las fuerzas, lastimándome en el proceso así que atine a toquetear los botones que controlan el horrible camastro con la mano buena. Quise no haberlo hecho, quise seguir dormida o en estado catatónico, cualquier cosa con tal de no haber visto eso.

De pequeña, solía ignorar a las personas. Mi madre decía que tenía trastorno del espectro autista, pero solo me gustaba pasar tiempo a solas con mis muñecas, pinturas y el baile; mi padre, en cambio, alardeaba mucho de su hija menor. Mi hermana, por otro lado, estaba en silla de ruedas desde muy pequeña y eso a vista de la sociedad, solo era un estorbo para mis padres y creían plenamente que debíamos, aún, darla en adopción. Solía ignorar esos comentarios también. Mi abuela decía que a palabras necias, oídos sordos y mi hermana creció haciendo caso a eso, más que yo. Me dejaba llevar por los comentarios de todo el mundo, que si por mi cabello, que si por mi altura, que si por mi ropa, que si por mi automóvil, que si por mis notas pero la verdad es que solo quería ser aceptada en una sociedad donde la apariencia es mejor que lo que hay dentro, quería ser un modelo a seguir; mi abuela lo había dicho, mi hermana me lo había recordado pero solo quería las miradas orgullosas de mis padres. Por ello, había decidido estudiar leyes, como mi padre, y trabajaba en el hospital con mi madre, era la número uno en la universidad más prestigiosa del condado y había comenzado una relación estable con un universitario heredero de un gran futuro. Pero, ¿de qué serviría eso más adelante? Ahora lo veía claramente, solo me arruinaba la poca alegría que me quedaba y me convertía en un robot pues no estaba haciendo lo que amo realmente. Agnes tenía la esperanza de volver a caminar algún día, estábamos en el siglo XXI, todo era posible para ella y otras personas con su discapacidad aunque para mí no podían decir lo mismo. ¿De dónde sacarían colocarme una pierna que no fuera de metal? ¿Cómo esperan que me acostumbre a sentir ese cosquilleo? ¿Cómo podría bailar sin una pierna? Luego de mi estado de shock, el grito que salio de mis labios alerto a mis padres, al doctor y al resto de los pacientes que seguramente dormían tranquilos.

Mi pierna, mi sueño, todo se había ido al demonio con aquel accidente. A pesar de que Agnes les había prohibido decirme algo, entre el doctor y mi padre lo habían hecho, y solo lograron empeorar mi estado, pase de catatónica a histérica en cuestión de segundos. Mi madre se había disculpado con los demás y ordeno llevarme, atada a la cama para que no me lastimara, a una habitación privada con todo el equipo necesario para mi recuperación. ¿Harían que me creciera otra pierna? ¡No! ¡No podían hacer eso! ¿Lograrían que me aceptaran en la academia? ¡No! ¡Tampoco podían hacer eso! ¿Dejarían que me quitara la vida? Seguramente no. Mi prometido había venido, estaba consolándome o haciendo un intento vago de ello mientras mi hermana lo miraba mal, yo no escuchaba nada de lo que decía, solo podía pensar en el baile. ¿Podría bailar con esa prótesis? No lo creía, no eran tan fuertes como para sostener todo mi peso en un attitude pointe; suspire y mire el techo con fastidio, estaba viendo la puerta con expresión anhelante y Nain, mi prometido, se dio por vencido en su consuelo hacía mí y se paró, luego de besarme la frente, para irse dejándome con Agnes. »Duerme si quieres, estaré aquí todo el tiempo«, dijo acariciando mi cabello y cerré los ojos pero no dormí. Las luces destellantes no me dejaban ahogarme en los ríos soñadores que mi cabeza creaba para mi beneficio, o mi perjuicio. Toda mi vida me había sentido vacía, engañándome en una cruel mentira de colores rosas y ahora más que nunca deseaba estarlo verdaderamente, sin que me mirasen con lastima o sin que me tocasen como si me fuera a romper al más mínimo toque. ¡No lo hagan! ¡Solo lo empeoraban! Estaba consciente de las ideas que pasaban por mi cabeza, tal vez el suicidio no era la mejor opción ya que eso era de cobardes pero tal vez el haber perdido mi tiempo estudiando algo que no quería y el hacer cosas de gente grande y aburrida me habían marchitado. Me había convertido en un capullo que soñaba con florecer, pero que equivocada estaba. Podía sonar pesimista, pero ya no tenía fuerzas para hacer nada más que respirar y ver como la vida me llevaba lentamente.

Me había rendido.

Tal vez podría decirle a Agnes, tal vez ella me entendería. Estaba decidida a acabar con ese hueco negro que crecía con rapidez dentro de mí, acabando así con el sufrimiento que veía en los ojos de Agnes y el dolor de los ojos ancianos de mis padres, que era más como la decepción. Acabando con la monotonía, el interés y el amor falso que llevaba como relación; acabando con un sueño frustrado y que cada vez estaba más lejos de mí, oh vaya... Y, acabo de darme cuenta que luego de tantas quejas, de tantas palabras y pensamientos inconclusos que no me he presentado como es debido. Me llamo Siriana Annette Mulet. Como mi progenitor había nacido en Noruega, me bautizo en honor a la belleza y la victoria que sabría llevar en mi futuro. Con esa denominación, debí haberme dado cuenta que pretendía lanzarme a aquel alto escalón de la gran sociedad habladora, era de imaginar. Sabía de fuentes cercanas, las voces de ellos mismos afuera de mi habitación, que no iban a dejarme en paz gracias al consejo del doctor, quien dijo: »Está inestable mentalmente, sería mejor no dejarla sola en ningún caso«, como si eso fuera a importar. Débora Cox, mi madre, siempre estaba en el hospital ocupada en alguna parte del área de maternidad o donde pudiera meter su nariz ganchuda y Jensen Mulet, mi padre, se la pasaba en su oficina hasta altas horas de la noche chequeando papeleo importante o simplemente por costumbre; siempre era así, ¿Por qué habrían de cambiar ahora que soy yo la que necesitaba su atención? Mi hermana la necesito durante mucho tiempo pero fue menospreciada por sus progenitores, a pesar de su gran inteligencia, ella solo recibió el apoyo y el cariño de Jan, nuestra abuela paterna.

Así que, sin más habladera sin sentido, me despido sin muchos ánimos.

Hace alrededor de 1 mes

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Cara
Rango10 Nivel 46
hace alrededor de 1 mes

¿No habrá continuación? @Ryveed.
Me gusta mucho como lo vas narrando, desde los pensamientos y sentimientos de Siriana.

Ryveed
Rango5 Nivel 23
hace alrededor de 1 mes

Sí, hoy mismo publicó otro. Espero te siga gustando.


#3

Capítulo 2 - No, gracias

Según el doctor, la prótesis tenía sus ventajas: menos gasto de energía, movilidad agilizada pues esta compensaría la falta de mi pierna derecha y psicológicamente no me volvería tan loca pero para mí, eso era pura mierda barata para seguir cobrando más dinero. Mi abuela, era quién estaba conmigo esta vez ya que Agnes tenía una cita médica en un centro de rehabilitación y padre la había obligado a ir; la abuela me acariciaba los rizos oscuros mientras me comía con ganas los dulces de leche que había preparado, llenando mi bata blanca de migajas. Mamá también estaba en el cuarto, chequeando mis placas e inyectando alguna cosa en el suero que se conectaba a mi brazo bueno; en la habitación, había un equipo terapéutico y cosas para que una joven de veintidós años no se aburra estando sola: libros y hojas, pinceles y lienzos en blanco, una cámara profesional y un equipo de música, una laptop y un televisor, incluso había una barra de calentamiento pero eso solo me hacía querer hundirme más, ¿Lo hacen a propósito o en serio son así de malvados? Suspiré fijando la vista en el televisor, donde reproducían aquella película de zombies surcoreana que tanto me gustaba, mamá le había bajado el volumen para no desconcentrarse pero realmente no me importaba su concentración.

—Abuela Jan, ¿Puedes subirle?

— ¿A los zombies? Por supuesto.

La mujer se levantó y camino hasta el pantalla plana, de cincuenta pulgadas, subiéndole y dejándome escuchar los gruñidos casi con adoración. »Alcahueta«, dijo mi madre entre dientes mientras apagaba la máquina donde se veían las placas de rayos x.

—Mañana llegarán los expertos con tu prótesis, cariño —alegó alegre la mujer pero solo hice una mueca metiendo otro dulce de leche en la boca—. Y no sigas comiendo esos dulces, te hacen mal.

— ¿Qué importa? Déjame en paz y vete a ver a tu otra hija.

Débora me comía con los ojos ardiendo en ira, compasión y amor; tal vez debatiéndose si regañarme o ignorar aquel comportamiento, seguramente justificándolo con mi trágico accidente. Finalmente, la mujer de cabellos oscuros decidió ignorar el gesto grosero y se fue por la puerta dándole una sonrisa algo falsa a Jan.

—Entonces, estás molesta ¿Puedo saber por qué? —en la película, Tren a Busan, el protagonista estaba en una estación intentando dejar una puerta de vidrio cerrada junto a otros cuatro mientras una horda se lanzaba contra está, mientras su hija era llevada por una mujer embarazada al tren en el que venían, el cual estaba infectado, y se escondían en un vagón, con una señora y un vagabundo. Mi abuela no podía pedir atención en peor momento.

— ¿La verdad? Es solo un pequeño desánimo abuela, no es como si te cortarán una pierna todos los días.

— ¿En serio te estás dando por vencida? ¿Así nada más y ya?

— ¿Y qué hago? Nada, no podré bailar y ni siquiera tengo ganas de seguir estudiando leyes...

Jan rodó los ojos con gesto odioso y tomo mi laptop. Janesse Mir, aún en sus sesenta y dos años lucía una imagen espectacular; Agnes y yo solíamos decirle Madonna Noruega y ella reía diciendo: »Ojalá tuviera su dinero y su novio«, a lo que reíamos. Mi abuelo, un tal Giovanni, nunca dio su cara ante su familia y Jan lo olvidó para dedicarse en cuerpo y alma a sus hijos gemelos; justo cuando comenzaba a pensar en la posible apariencia de mi abuelo, tocaron la puerta y la mujer de ojos grises la miró casi con recelo.

—Es tu prometido, ¿Qué le hiciste?

No la mire y seguí prestándole atención a la película, ella se paró y camino a la puerta, abriéndola.

—Tengo que hablar con Ann, a solas.

Pensaba que Nain estaba siendo un poco maleducado, primero se saludaba y luego se pedía pero a mí abuela no le importó. Simplemente salió, no sin antes mirar los dulces y luego a mí, diciendo con la mirada que me los comiera todos.

— ¿Qué se supone que significa esto? —dice mostrándome la cajita de madera y diamantes, los cuales seguramente eran reales, con el anillo de compromiso dentro.

Lo miré dejando sonar la película y lo detalle: tiene el cabello color negro y largo, sus ojos son claros, tal vez entre café y mieles, y mide 1.75 cm, lleva un pendiente en cada oreja y tiene alrededor de once tatuajes, unas cejas pobladas, mandíbula triangular con rastros de barba, piel trigueña; todo un apolíneo. Pero por él y por mí, esto tenía que ser así, tal vez si lo amaba pero no de la manera que mis padres querían y ahora es que me venía a enterar de ello. Sus ojos estaban levemente anegados en lágrimas, yo creía que él sentía lo mismo; su vestimenta me daba a entender que había ido al orfanato de nuevo por apoyo a la caridad y su cabello estaba recogido en una cola, por lo que también sabía que no había utilizado su Charger 70.

—Lo siento —Fue lo único que pude decir sin tartamudear.

Nain se dejó caer en la silla y comenzó a llorar, aparte la mirada para no verlo y centre mi mente en las motas de polvo que bailaban en un rayo de luz; sus sollozos dolían y solo podía pensar en que era una mala persona. Sabía su razón para llorar de esa manera: se enamoró de mí cuando ayude a su hermana, una pequeña de cinco años que sufrió quemaduras graves pero la antigua Siriana era tan complaciente que, cuando sus padres los presentaron oficialmente, intento crear una relación perfecta y sentir lo mismo que el muchacho por ella, logrando solo un falso amor y un deseo de poder y dinero por parte de Jensen.

—No me hagas esto, por favor... yo te prometí cuidarte, amarte y... si te hice algo malo solo dime Ann, te amo y lo sabes... — ¿Por qué no dejaba de llorar? Me incomodaba que lloraran frente a mí, nunca sabía qué hacer.

—Nain, por favor, no lo hagas más difícil... No por tu amor infinito significa que superaré todo esto y seremos felices, eso no pasa en la vida real —sus sollozos calmaron un poco y miraba mis ojos con apremio—. Nain, por favor.

Madre y padre me miraban con molestia ya que no paraba de exclamar cosas hirientes y porque aún estaban enojados por romper mi compromiso con Nain; la abuela y Agnes me esperaban afuera, se supone que iría a casa con ellas mientras mis padres "aseguraban" el costo de aquella porquería de metal que estaría en mi pierna. El terapeuta especializado estaba un tanto incómodo, lanzaba miradas furtivas a la puerta y luego me miraba con miedo, como si fuera a morderlo o pegarle con la pierna falsa en la cabeza hasta dejarlo internado. No, tan loca no estaba, mis ataques de locura se basaban en la depresión, ansiedad, estrés, leves síntomas de esquizofrenia y un leve traumatismo de amnesia disociativa que llevaba luces blancas con frecuencia a mi mente. Estaba jodida, ¿no?

—Entonces Siriana, ¿Qué tal te parece? —preguntó el doctor con mucha amabilidad, madre me miro detrás de él con una mirada que me advertía sobre mi comportamiento.

—Es horrible —dije alzando los hombros y frunciendo los labios—. No se parece a mí color de piel siquiera y también parece que se fuera a romper solo con caminar.

—Oh, bueno, es una pierna de copolímero, una mezcla de polipropileno y etileno que crea un material bastante rígido pero más flexible y resistente a las grietas que el polipropileno puro. Preferible para el uso de pacientes con tendencia a las actividades fuertes.

Puras palabras para poder cobrar, no significaban nada para mí, ya no. Solo quería un rato de silencio, paz para poder pintar un cuadro decente. Era amante del arte, la música y todo lo que se relacionase con lo artístico, así que este accidente era muy irónico. ¡No más ironía! Quería mi antigua vida de regreso, así fuera monótona, falsa y cruel, yo solo quería bailar sin preocuparme por que la maldita pierna de poliéster se rompiera.

—Aún puedes pedir la otra, aunque no podrás doblarla mucho y...

—Me quedó con está, qué más da, solo quiero estar sola —repuse sin ánimo alguno mientras miraba el espejo frente a mí. Mi cabello oscuro, usualmente cayendo sobre mi frente y ojos en rulos perfectos, parecía un nido, mis ojos cafés no tenían brillo, mis pecas se notaban más gracias a lo pálida que estaba mi piel y ni hablar de las ojeras. Ya sabía, iba a retratarme. Retrataría el rostro del disgusto, la depresión, de la ansiedad y el estrés, mezclado con el dolor de un corazón roto. En cuanto el especialista y mis padres salieron, tome asiento en la suave banca frente al caballete, después de casi arrastrarme, y metí ambas manos en la pintura café claro y trace lo que parecía un óvalo casi acariciando la tela; me levanté para ir hacia el baño, cojeando un poco por la maldita e incómoda prótesis, para lavarme las manos y tomar el pincel. Arrastré el caballete sin cuidado hasta quedar diagonal al espejo y me quedé un rato observándome, detallando el rostro que alguna vez me gustó. El pincel trazo lentamente las líneas de mis cejas, paso a dibujar mis ojos con fastidio y con esmero plasmó mis labios, nariz y orejas en el lienzo; las pecas fueron hechas con el mango del pincel, esparcidas con suavidad a lo largo de mi nariz y mejillas, mis rizos negros fueron realizados por un pincel más grueso y dejé caer mechones sin brillo sobre la frente de un rostro vacío que me miraba desde la tela. Sus ojos demostraban cansancio, los labios se le hundían en una mueca de tristeza y su cuerpo parecía temblar por el fondo naranja, rosa y verde que floreteaba sin forma.

Hace alrededor de 1 mes

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#4

Capítulo 3 - Ensueño.

Mi casa se sentía fría y triste, las paredes parecían llorar, los muebles parecían querer gritarme y todo lo veía con miedo; Jan había estado ayudándome a caminar, aún sentía ese cosquilleo rodeando mi pierna y era incómodo intentar apoyar algo que sabes que no está pero que a la vez sí, prefería arrastrarlo. Dios, nunca creí plenamente en tí pero eso no es motivo para castigarme así, ¿O sí? Cada paso que daba, era una lágrima que caía y al final, caí al suelo llorando cual niña pequeña. En esos momentos, escuchaba como Jan preparaba comida y como Agnes cambiaba los canales del televisor, ¿Se quedarán hasta mi "recuperación" o solo era por un rato? Intenté levantarme pero falle, no tenía fuerzas para nada, y por mi mente paso la idea de llamar a mi abuela pero no, dejémosla tranquila mientras yo sufría aquí. Mire mis piernas, las cuales cubría con unas medias de colores para no ver la prótesis, y tuve el deseo incontrolable de golpearlas hasta que me dolieran pero tenía que esperar ya que si Jan o Agnes se daban cuenta de ello, seguro me enviarían a un centro de rehabilitación mental o algo peor.

—Ann, cariño, ven a comer.

Hablo la abuela desde afuera, olía exquisito pero realmente no quería comer nada. No era mala idea morir de inanición; después de todo, en algún momento iba a morir atropellada. En la mesa ya estaban ambas, esperándome con una expresión que no supe descifrar.

—Escuché algo por las noticias... —comenzó mi hermana luego de masticar las croquetas de pollo rellenas—. Una pequeña, más o menos de 12 años, logró ganar un campeonato nacional de gimnasia y ¿Adivina qué? Tiene una prótesis en la misma pierna, tal vez...

—¿Debería aceptar la pérdida de mi pierna y seguir adelante? Además, ¿Qué vas a saber tu de bailar o alguna actividad deportiva si no puedes caminar?

Sabía que debía ser paciente, que ellos también se estaban acostumbrando pero ¡Ellos no perdieron nada! Agnes tenía una pequeña deficiencia en la columna y gracias a esto, sus nervios y tendones eran débiles, por lo que vivía en silla de ruedas. Además, me importaba una mierda esa niña. Me levanté, con dificultad, dejé el cubierto en la mesa casi con odio y tome mis botas negras, poniéndomelas de un tirón y caminando "firmemente" a la salida de aquel segundo infierno. Para mi suerte, el ascensor estaba en mi piso y me arrastre dentro de éste presionando varias veces el botón de la planta baja; ¿Y ahora a dónde iba a ir? Podría haberle dicho a mi amigo, mi verdadero amigo, que viniera a recogerme pero mi teléfono quedó botado en casa. Así que, supongo que los pies, bueno, el pie y la barra de silicón, me llevarían a un lugar; el conserje me saludó y solo fingí una sonrisa, ese hombre nunca me había saludado en todos los años que llevaba viviendo en éste edificio ¿Y ahora sí lo haría?

El sol brillaba fuertemente sobre mí, parecía estar burlándose de mi estado de ánimo como uno de esos chistes crueles; las personas paradas en los abastos o en el pequeño parque me miraban, claro que me miraban, parecía un disfraz y no solo por eso sino porque sabía perfectamente que hablaban de mí. La señora María, una hispana de hermosos cabellos negros, posaba sus ojos en mí mientras le decía algo a otra señora que no conocía; un poco más allá, dos niños reían a la vez que saltaban en una pierna y hacían muecas raras, ¿Era en serio? Es una falta de respeto, y si tan solo tuviera ánimos, los mandaría a irse a donde el diablo perdió sus calzones pero no valía la pena ya, que digan lo que quieran decir: tendrán más de que hablar cuando me suicide de alguna manera estúpida.

Camine lentamente por la acera, aún no me acostumbraba a la pierna y era difícil obviar esas malas miradas; no estaba muy segura de si suicidarme o hacer lo que el psicólogo ordenó: adaptarme a la vida nuevamente. Débora me había inscrito para el nuevo semestre universitario, a pesar de mis quejas y la verdad es no me sentía segura de querer ir. ¡Ya no quería ser abogada o jueza! ¡Nadie se había intentado comunicar conmigo! Ni siquiera Jesse hizo el esfuerzo de llamarme, o visitarme en las pocas semanas que estuve hospitalizada. Qué patética era mi vida. Suspiraba con cada paso que daba, odiaba estar cojeando; pero ese fue un pensamiento aplazado cuando vi la calle donde se había arruinado parte de mi vida; ¿Y si vuelvo a la calle y ésta vez un auto termina el trabajo? Sería bueno. Mis pies, qué risa, caminaron hasta la orilla de la acera y se plantaron justo en frente de los peatones que cruzaban, muchos niños y jóvenes caminaban libremente con la luz verde y sin más, luego de que todos cruzarán, me plante en medio de la carretera donde los automóviles comenzaban a moverse. Sonaban las bocinas y gritaban con la intensión de que me quitara pero no lo haría, en serio ¿Por que me hacían esto a mí? Tan solo avancen y ya, todo lo que debía hacer me sonaba tan difícil ahora que veía la realidad y ya había decidido tomar la opción mas cobarde de todas, para así escapar más rápido de esta ola que me ahogaba.

Pero un jalón en mi brazo me hizo hacia atrás, haciéndome odiar aún más el contacto físico, para salvarme la vida. Una vida que no quería continuar. Mire sobre mi hombro y observé al "salvador", un chico rubio de no más de quince años pero mucho más alto que yo, con sonrisa de oreja a oreja y ojos azules tan claros como el día; a sus espaldas dos chicos lo flanqueaban, uno mirándome seriamente y el otro veía al frente, con la mirada perdida.

—¿Qué pretendías?

—¿Acaso es tu problema?

El joven rubio río y uno de los otros dos chicos lo golpeó, dió un paso al frente y preguntó:

—¿Estás bien?

Suspiré harta y caminé de regreso por donde vine, no estaba en mis días para tratar con adolescentes. Lo que no noté, fue que los tres me seguían y que en la esquina cerca de mi edificio, ellos me abordarían con preguntas.

—¿Te lastimaste el tobillo, el muslo o la rodilla? —preguntó el mismo chico de antes.

—No es tu asunto.

—Ruda, ¿Te dieron por...? —se escuchó un golpe seco y voltee a ver por curiosidad, el quinceañero había recibido un golpe en la nuca por parte del chico de la mirada perdida.

Se me hacían muy familiares estos chicos pero no sabía de dónde. Ignore el sentimiento, tal vez solo era el hecho de que eran rubios y que todos a mi alrededor eran igual.

—Lamento lo que te dijo Carsten, sus hormonas no son respetuosas.

—No te preocupes —ese chico me llamaba la atención, no entendía porque no me veía. No era fea, sí tenía con ojeras y estaba pálida pero no tanto como para que no me mirasen—. Supongo que los adolescentes así son.

Mire con intriga al chico pero no me detuve más, tenía mucho en que pensar y tratar de adivinar de dónde los conocía, no me emocionaba para nada. Sonreí falsamente, como ya estaba acostumbrada, y me fui de allí lo más rápido que pude. La sensación de deja vu estaba ahí y no se iba, la sensación de anhelo también estaba pero mis pensamientos tomaron otro rumbo al ver a Jesse frente a la puerta del edificio.

—Este tipo no me deja entrar —dijo el castaño en su idioma natal señalando al conserje.

Lo miré y me devolvió la mirada con fastidio, el conserje miraba a mi mejor amigo como si fuera un criminal y adivine de dónde venía todo esto: mi madre.

Presentaré a Jeremy Mantilla JR, mejor conocido como Jesse; un chico latino de múltiples tatuajes con un piercing en la ceja y su actitud era parecida a la de un perro rabioso mezclado con un gato con problemas de ternura, tenía una hermana pequeña que era muda, un padre en prisión y una madre alcohólica. Mi único amigo verdadero entre todos los hipócritas que amaban mi dinero.

—No importa —le respondí en el mismo idioma y lo tomé de la mano, caminando rápidamente hacia el elevador. Una vez dentro, me abrazó con fuerza provocando que inhalara su olor a cigarros y perfumes de segunda mano, doloroso para mi delicada nariz; le devolví el abrazó con la misma intensidad, recordándome cuánto lo había extrañado en ese tiempo que estuve sola en el hospital—. Te extrañe, supongo que mamá no te dejo pasar.

—Exactamente, los guardias dijeron que estaba prohibida mi entrada.

—Hablaré con ella, no puede...

—¡Olvídalo! —exclamó abriendo sus ojos cafés al máximo, sonreí mientras pasaba la tarjeta que abría la puerta de casa—. Ya estamos bajo su mira, sería el colmo.

Jan y Agnes estaban dentro de mi casa todavía, sentadas en el sofá hablando con un oficial de policía local. ¿En serio? No había salido ni dos horas y ya habían llamado a un oficial, ¿Y para qué? ¿Notificar mi suicidio o mi desaparición? Era patético la forma en la que pensaban; me gustaba su preocupación pero solo quería calmarme, cosa que había logrado hasta que llegué.

—¡Ann!

—Buenas tardes oficial Coxman, lamento mucho hacerlo perder su tiempo pero solo salía a... caminar.

Ignorando a mi abuela y a mi hermana, me dirigí directamente al oficial aún de la mano de Jesse, su miraba estaba fija en estas y de seguro pensaba que él había sido el causante de mi accidente u cualquier cosa mala que sucediera.

—Que tengan buen día —dije, lanzando una indirecta hacia mis familiares para que se fuera. Lleve a Jesse a mi habitación con la esperanza de calmar ese vacío que estaba en mi interior, necesitaba hablar con alguien sobre lo que sentía pero tras cerrar la puerta, lo único que pude hacer fue echarme en sus brazos a llorar como nunca.

El acariciaba mi cabello y susurraba palabras tranquilizadoras, mi pecho se agitaba con fuerza mientras soltaba todo aquel resentimiento por mis padres, todo aquel reciente dolor y aquella decepción que sentía hacia mí misma. Quería gritar, quería llorar, quería volar y nunca volver pero no era posible, no tenía agallas.

Si no tenía agallas para ser yo misma, ¿Por qué vivía? Era cobarde y era demasiado débil, por eso mis padres se habían aprovechado de mí. Por eso, todos buscaban tener algo de mí sin esperar otra cosa a cambio.

Hace alrededor de 1 mes

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