Rower
Rango3 Nivel 12 (149 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1

Le cuesta ver el aire helado que entra por la ventana sin poder sentirlo. No lo ve, pero sabe que ronda en la habitación. Lo ve acariciar el cabello encrespado de Tyron.
De su Tyron, su amor, ese desastre distraído y dormilón que siempre olvida cerrar​ la ventana a la hora de dormir.
Dolía tanto verlo derrumbarse.
Sin embargo no podía culparlo, el peso en sus hombros era atroz.
Todo lo que habían construido juntos, lo que habían soñado juntos, su pequeña casa de cartas de la que eran pilares... ahora solo contaba con una columna.
Y cuando uno de los dos se fue, toda la construcción "etérea" cayó como piedras sobre el otro.

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#2

Aún sigue allí, viéndolo dormir, cuando Tyron despierta.
Desorientado, sobresaltado por alguna pesadilla, pero las lágrimas que deja caer no son por ella (lo sabe).
Las deja rodar, una detrás de otra, llenas, gruesas, abrasadoras, las deja caer porque no tiene voluntad (lo sabe)
Lo ve abrazar sus piernas con fuerza, un vago intento de ahogar sollozos, y se siente morir una segunda vez.
¿Ese es su karma? ¿verlo sufrir y no poder hacer nada?
Entre tanto, Tyron murmura su nombre como si de un mantra se tratase, como si la vida le fuese en ello (aunque eso no es del todo una metáfora, y por más que le duela, Cornell lo sabe)
Y la culpa lo consume.
Hace lo único que le queda por hacer.
Se arrepiente en silencio de haberse ido sin decirle que lo amaba.

#3

Las primeras luces de un nuevo día iluminan el horizonte, no llegan a ser rayos pero estan ahí.
¿Contaban realmente como el amanecer o definitivamente eran solo un anuncio que no estaba a la altura de la palabra real?
Se sentía identificado en cierta forma, porque ¿qué definía que él era real o no? recordaba, observaba, amaba, sufría... ¿qué lo volvía real? o más bien ¿qué lo volvía irreal? ¿que los otros fuesen consientes de su existencia?
Tyron se remueve en la cama cuando un rayo de sol lo convierte en su objetivo principal, arruga el entrecejo y la nariz de botón que Cornell amaba besar.
Lo ve respirar hondo para luego abrir los ojos lentamente y enfocarlos en la ventana.
Estira un poco sus piernas y brazos y, con lentitud, en silencio, se incorpora y camina tambaleándose hasta llegar al marco de la ventana.
El amanecer refulgiendo contra su pálida piel.
No llora, no sonríe, su mirada está tan apagada que Cornell no logra reconocerla.

Vuelve a la cama luego de casi media hora, se quita los pantalones y el saco que usó en el funeral para quedarse con la fina camisa blanca.
Antes de volver a dormirse, mira el cielo una vez más.


#4

#Antes

— ¡Vete! ¡vete a la mierda Cornell!— lo escuchó gritar aún través de la lluvia y las puertas del ascensor que se cerraban. Por un momento lo odió (tanto, tanto, tanto)
Los minutos dentro de la caja de metal se volvían horas gracias al enojo. Así que, cuando las puertas se abrieron, el impulso lo hizo saltar hacia el exterior y correr. Apretaba los dientes con fuerza y ni siquiera sabía desde cuando. Lo único en lo que podía pensar era en subirse al auto.
El auto de ambos que se habían comprado con tanto esfuerzo que parecía una broma.
Ese que Cornell quería amarillo y Tyron gris.
Ese que al final resultó celeste como la crema de un pastel.
Furioso, le quitó la alarma y abrió la puerta del conductor. Las ganas de romper algo le bullían en las venas. Se sentó y cerró con toda su fuerza.
— Harto ¡Harto estoy! todas estas tonterías, siempre pelear por lo mismo. Es que me dan ganas de mandar todo a la mierda. Maldito Tyron.
De milagro logró salir del estacionamiento sin chocar nada. El enojo, aunque latente, comenzaba a cederle su lugar al Cornell racional, que pugnaba por un café y una reflexión.
Los minutos pasaban, lentos, pesados, aumentando la sordera que le producía el silencio de la ciudad por la madrugada.
No podría encontrar una cafetería abierta y, sabiéndolo, se decidió por una estación de servicio que se encontraba en la carretera.
Bajó algo confundido, porque no creía haber ido tan lejos como para llegar a esos lares.
Mientras pagaba el pequeño vaso de telgopor con café no pudo evitar que sus pensamientos divagaran a Tyron, aún estando molesto con él.
Porque tenían que ir a ese lugar juntos, otro día, otra madrugada, no luego de una vereda... quizás después de hacer el amor. Y Tyron podría sentarse con la computadora a escribir ese libro que estaba ansioso por terminar, y Cornell podría beber el café en sorbos ruidosos sólo para verlo reprimir la sonrisa y regañarlo, para verlo reír a la tercera vez de reprimirse (porque nunca lograba reprimirse con él).
Cornell haría ruido, aún si el café se le enfriaba entre las manos, todo sea con tal de obligarlo a mostrar sus bonitas y rosadas encías.

Era un buen plan.

— Le hablaré...— se murmuró para si mismo mientras observaba el cielo desde dentro del local —Le hablaré y todo se solucionará. Todo va a estar bien— sonrió sin intentar evitarlo —Como siempre.
Con energías renovadas salio del local, preparado para correr bajo la lluvia a refugiarse en su automóvil, justo a tiempo para ver a un par de niños subirse a su auto. Robandole.
Corrió hacia ellos.
— ¡Eh! ¡Niños!— gritó indignado. Uno de ellos gritó, ansioso, asustado, apremiante. El auto se encendió en un tenue rugido y Cornell maldijo haber dejado las llaves puestas.
Tyron lo mataría.
Decidido, se paró frente al auto, a un metro casi, con una mirada comprensiva hacia los pequeños rufianes. Lo notaba en sus expresiones, necesitaban que alguien los detuviese, que alguien les diese una oportunidad, otra opción.
Sentía las gotas heladas correr por su espalda, suaves como las yemas de los dedos de Tyron en invierno.
— Son muy jóvenes para hacer algo así— les gritó.
El auto avanzaba lento, inseguro, ellos se miraron. Casi a borde de las lágrimas (niños, solo
niños. No podían tener más de trece años). Supo el momento en que decidieron bajar, lo vio en los ojos del mayor. Pero luego vio un pánico sincero e inocente en esas ovaladas perlas negras, porque el que conducía, en lugar del freno, apretó el acelerador.
Un golpe seco.
El aire y el agua se arremolinaron a su alrededor rápidamente, y un grito infantil cortó la noche, el grito de alguien que había perdido la inocencia frente a la muerte.

#5

#Muerte

Sentía uno de sus pies desnudo, helado, y cada vez que el pecho subía y bajaba a son su respiración dolía. Ardía. La remera se arrugaba en su espalda, mojada, y una pequeña piedra se clavaba en la piel de su cintura.
No tenía fuerzas para mantenerse mirando el cielo, oscuro y nublado, pero por alguna razón quería encontrar alguna estrella. Tenía que. Entre tantas nubes entintadas de rosa oscuro y, sin poder quitarse el agua de los ojos, la encontró, momentánea, parpadeante, lejos, cerca.
Su cuello ya no soportaba la tensión y la cabeza le pesaba demasiado. El agua corría en su cabello, creaba caminos desdibujados y serpenteantes.
Las sirenas de una ambulancia se escuchaban casi tan lejos como el murmullo asustado de los niños, que se sentaron junto a él, que lloraban, que se disculpaban.
Lamentó no poder consolarlos.
El suelo pavimentado y gris estaba lleno de pequeñas arenas oscuras que le recordaban el cabello de Tyron, lo feliz que estaba cuando lo tiñó. Su sonrisa dulce de ojos brillantes.
«Tyron»
Quiso quedarse, pero las líneas se desdibujaron, borrones monótonos y luego borrones en movimiento, una luz en los ojos, y no había mas luz.
No había lugar para sonidos en la oscuridad. ¿Y qué era la oscuridad?
Ya no existía el tiempo, la luz, el sonido ni las palabras, el vacío lo llenaba todo.

#6

#Amarga noticia

Era como respirar profundo luego de un largo tiempo asfixiado, así se sintió despertar. Pero no había aire ni sonido, no podía absorber aire ni aunque quisiera.
Y todo a su alrededor se enfocó demasiado de repente.
Llantos, sirenas, un médico junto a su propio cuerpo inmóvil diciendo en voz alta la hora de la defunción. Una camillera lamentándose por la muerte de alguien tan joven.
Y corrió.
Sus piernas no se cansaban, no dolían, lo llevaba deshaciendo el camino a casa tan veloz como un suspiro.
No le importó demasiado. Tenía que llegar antes que las noticias.
El edificio de paredes húmedas lo recibió como una sombra oscura, el silencio ensordecedor que antecede a la tragedia ya se podía escuchar.
Corrió escaleras arriba porque el ascensor no funcionaba para él.
No llegó boqueando ni con un terrible dolor en los músculos, al mismo ritmo que subió los pisos necesarios corrió hasta la puerta de su departamento y la atravesó.
Sus amigos estaban sentados en la cocina, en su propia burbuja romántica, con las manos entrelazadas y los murmullos cálidos. Tyron estaba en el comedor, su mirada perdida más allá del programa de variedades en la Tv, apretando la culpa en un nudo invisible entre los dedos.
Y su celular comenzó a sonar.
Aunque lo sabía, Cornell no pudo hacer nada, no pudo advertirle de nada.
Tyron dejó de respirar en cuanto la información llegó a sus oídos, se rompió en mil pedazos. Su mano soltó el celular y sus ojos, un par de lágrimas.
— N-no.
Fue lo único que dijo antes de desmayarse.

No quiso reconocer el cadáver y las horas que sus mejores amigos pasaron fuera, haciéndolo por él, las lloró sobre las fotos de ambos.
Cornell supo que sería ese amor imposible de olvidar para Tyron y, egoístamente, sintió algo de paz. Después de todo, no quería ser olvidado por el amor de su vida.
Aunque tampoco quería ser esa persona que acabase con su felicidad.
No quería verlo así.
No quería verlo tan destrozado nunca más.

Tyron no dejó de llorar en los siguientes días.

#7

Félix entró en la habitación tras un tímido golpe en la puerta.
Hacía tiempo que había notado la forma que tenía el más joven de mirar a su esposo, pero lo había visto tan respetuoso y sin señales de malicia que no había creído necesario pedirle que se comportara.
Le preguntó si iba a desayunar con los demás, todos sus amigos (incluso un par que no veían desde hace un tiempo por vivir en el extranjero) y luego de un rato de silencio y una palmada en el hombro de afecto, le dijo que lo esperarían, y se fue.
Tyron se merecía ser feliz, se merecía enamorarse de alguien mas, alguien como Félix, quizás, el chico del departamento conjunto que casi se había vuelto roommate de ellos. Alguien así, tierno, comprensivo, dulce, que lo amase con todo su corazón.
No tenía derecho a sentir celos. Y por nada en el mundo quería ver a Tyron vivir de la forma en que estaba ahora, sentado con las piernas entrecruzadas, observando el girón de tela húmeda al que se había aferrado para poder dormir.
Eso ni siquiera era vivir.
Ya no tenía opciones, no había una salida ni un final feliz juntos y se debía resignar de una vez a perderlo.
Al menos sabía que Tyron no se olvidaría de él, no tenía que temer por ello, y era mejor permanecer como un bello recuerdo en su memoria que ser una marca ardiente en su piel.
Tenia que dejarlo ir, por el bien de él y por su propio bien (quizás si curaba rápido las heridas podría irse al fin).

Cornell lo vio levantarse, más determinado de lo que lo había visto en los últimos días, y casi se le escapa una sonrisa de alivio. Tyron se quitó la ropa camino al pequeño cuarto de baño y no tardó demasiado tiempo bajo la ducha fría, él lo esperó, impaciente pero sin tener ni un lugar al que ir, se sorprendió moviendo los pies ansiosos en su sitio.
Tyron salió al fin, con el cabello húmedo y el rostro levemente deshinchado, y temblando de frío buscó ropa seca para usar. Un par de jeans claros y una camiseta, las pantuflas de Cornell y uno de sus gorros de lana.
Su mirada decidida pero ausente a la vez.
Y recién entonces Cornell se dio cuenta que no importa cuanto lo intentes, no se puede soltar a alguien que no piensa soltarte.
Un fuerte escalofrío lo sacudió, algo que hubiese pensado imposible en su estado.

Algo malo iba a pasar.

#8

Apareció en la cocina y el silencio lo dejó escuchar las respiraciones de todos. Casi parecía como si esperasen que, de un momento al otro, explotara en mil pedazos.
Caminó tranquilo hacia el grupo en la mesa y se apresuró a acercarse a la feliz pareja recién llegada. Sebastian estaba más alto de lo que recordaba, más serio, más adulto, su barbilla se había afilado y sus ojos parecían más intimidantes, sin embargo lo abrazó como cuando sólo era su mas dulce tutorado.
Andrea estaba igual que siempre, su cabello esta vez estaba teñido de violeta pero la calidez de su mirada era tan fuerte como cuando eran mas pequeños. También, se dijo Tyron, seguía teniendo esa capacidad para calmarte el alma solo con un abrazo.
El día pasó más agradable de lo que cualquiera esperaba, la cuenta regresiva de la bomba era silenciosa y constante. Tyron parecía mejor de lo que pensaban, como si trabajase en superar lo ocurrido y eso alivió a todos.

Se pasaron ese día, frío y nublado, juntos. Jules se la pasó cerca del microondas y la heladera, controlando las raciones para no tener que salir a comprar y Jano colgado de su novio como un pequeño koala. Tyron dedicándoles breves y esporádicos elogios y agradecimientos, sutiles pero que calaban hondo. Félix divirtiendo a todos con sus predicciones para el resto del año, ya que estaba estudiando astrología online. Andrea y Sebastian eran los únicos que parecían realmente preocupados por algo.

Tyron los abrazó a todos -algo que no solía hacer nunca, porque no le gustaban las demostraciones de afecto- y nadie parecía notar el cambio más que Cornell, que desde un rincón mantenía una buena vista panorámica y se daba cuenta de la realidad.
— Chicos, en verdad quería agradecerles por pasar un tiempo conmigo. Son días difíciles pero gracias a ustedes todo se ve mejor.
Soltó Tyron en medio de un silencio repentino que se había dado. Todos lo miraron serios.

Ese.

Ese fue el momento exacto, cuando todos se dieron cuenta, de una u otra forma, de qué era lo que iba a pasar.

Pero a la gente no le gusta pensar en cosas tristes, a la gente no le gusta darse cuenta de lo cruda que puede ser una realidad.

#9

Andrea y Sebastian decidieron irse cuando ya no quedaba rastros del sol en el cielo. Mientras recogían sus cosas parecían algo reacios a dejarlo.
— Voy a estar bien, mocosos— dijo Tyron en un murmullo, como si supiera la pregunta en sus mentes y deseara responderla para verlos en paz.
Los observó seguir su camino y sintió que estaba satisfecho, que algo de su corazón vivía en esos chicos y que ellos siempre estarían en el suyo.
Al girarse descubrió que Felix hablaba con sus compañeros de departamento mientras se ponía la ligera campera que había llevado, al parecer volvería a su casa. Tyron se acercó sin cerrar la puerta.
El alto y hermoso chico de sonrisa cuadrada se acercó a él, una mirada indescifrable en sus bonitos ojos castaños.
Tyron se sintió observado, y no por Félix. Como si esa mirada, familiar a su corazón provocase una oleada de calma le recorrió el cuerpo.
— Bueno, yo... Yo me voy a ir, Ty, pero si necesita algo me puede llamar. Para hablar... Y eso.— era realmente adorable la forma en que se removía el cabello de la nuca mientras evitaba su mirada, era realmente una persona dulce.
— Está bien, tomaré tus palabras en serio y si necesito hablar con alguien llamaré.
Su sonrisa sincera pareció tranquilizarlo lo suficiente para irse. Antes de salir se giró y dejó un beso dulce en su frente.
Tyron lo detuvo por la muñeca y busco con sus ojos los de él.
Cornell, de lejos, dejo de respirar -bueno... Metafóricamente-
— Felix, gracias por ser tan tan buena persona, ocupas un lugar muy especial en mi corazón.
El nombrado entendió con el corazón cual era el futuro. Pero la cabeza mandaba, y ella no escucha al corazón.
Luego de asentir, caminó a su departamento sin mirar atrás.
Tyron cerró la puerta y se apoyó contra esta con un suspiro retenido en sus pulmones.