Rower
Rango3 Nivel 12 (149 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1

Los vio dudosos antes de abandonarlo, dudosos mientras tomaban sus billeteras y abrigos para salir a la noche. Sin embargo, él no tenía dudas, los conocía demasiado para tenerlas.
Se iban a ir, y él haría lo que debía hacer.
Eventualmente... Todos iban a estar bien.
Todo iba a estar bien.
—Yo... Solo necesito una noche para... bueno, para despedirme de Corny— les replicó de forma simple.
Su nombre quemó mientras salía.
Su nombre golpeó sus lagrimales y le envió una corriente eléctrica por la columna, una dolorosa que lo ató a la realidad.
Un abrazo para Jules, uno para Jano, una promesa al aire y una despedida ligera.
—Tampoco seamos muy dramáticos — rió el mayor de los tres —Mañana regresaremos, o mejor dicho -por la hora que es-, dentro de unas horas.
Tyron sonrió, pero ninguna afirmación salió de sus labios.
Todos sentían la verdad calando en sus estómagos.
Por algo Jano volvió a abrazarlo, fuerte, contra su pecho amplio.
Por algo la mirada de Jules se llenó de pena profunda un segundo antes de salir.
Ya no había tiempo, Tyron debía confiar en que todo estaría bien.

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#2

—Recuerdo perfectamente la conversación que tuvimos antes de... de nuestra ultima conversación, Ty— murmuró Cornell asustado.
Tyron cerró la puerta del departamento, no se molestó en girar la llave.
—Me lo juraste, amor... No hagas ninguna tontería. Juraste que no ibas a hacer ninguna tontería— reprochó sin cesar. No valía de nada, no podía ser escuchado.
Tyron caminó por la casa vacía y algo fría, cruzó la sala hasta la habitación de paredes llenas de memorias. Cornell lo siguió, sus pasos mudos tras los de él.

#3

Pálido como siempre y con esa familiar sonrisa melancólica colgando de sus labios, recorrió la habitación que solían compartir.
Se miró en el espejo de la cómoda de ambos y tomo un cepillo, recorrió su pelo con él y suspiró del placer que le daba ese suave masaje.
Con los dedos helados y ásperos tocó las brillantes superficies de vidrio y metal de los frascos sobre el mueble de madera oscura; perfumes, espumas de afeitar, desodorantes. Ignoró los suyos y tomó una colonia de Cornell. Su favorita.
Presionó el atomizador hacia el frente y dejó que todo se evaporara un poco, olisqueó el aire con cariño y dolor a la vez.
Dejó el perfume en su lugar.
Sin esforzarse, sin apuro alguno, abrió la puerta central del armario que compartían. Su mano, decidida, fue directamente a un par de camperas que solía usar demasiado seguido.
Se sentó en la cama, curvando la espalda, cansado (tan cansado). Las prendas sobre su falda no tenían secretos para él.
Sin ansiedad, dándose tiempo para cada movimiento, abrió un par de bolsillos, sacando boletos abollados de trasporte público y conciertos en cafés, un par de billetes, un chicle de emergencia, un dibujo feo que le dio Cornell alguna tarde en una libraría y una lista de cosas que ya no eran legibles escrita en papel lavado y débil que se deshacía.
Su sonrisa no se borró ni un momento, acariciando cada detalle, cada recuerdo.
Tomó su tiempo en revisar cada esquina y cada cosa antes de guardar ambas camperas en su lugar, con su contenido intacto en el interior.
Cerró el armario.

Del cajón de camisetas saco una de Cornell, esa era importante, era la primera que había usado de él, era especial porque fue la primera en mezclar sus perfumes y formar algo nuevo, algo que olía a ambos y a ninguno.
Su fina y pequeña nariz captó el tenue rastro del aroma de Cornell y dos lágrimas se le escaparon sin querer.
¡Oh dios!, nunca volvería a verlo. A besarlo. A mirarlo...
Dejo un beso en esa prenda que tantos recuerdos hermosos le traía y la guardo en su lugar, secando la calidez húmeda y salada que bajaba por sus mejillas con el dorso de su mano.

Bajo la mirada invisible de Cornell, que lloraba como un niño desde el principio, se estiró y bajó una caja desde la repisa superior del armario.

#4

Con cuidado, dejó la caja sobre la cama y abrió las tapas delicadas, que soltaron un poco de polvo y tierra. Era su caja de fotos.
Dentro las había de todos los tamaños y colores, fotos que contaban la historia de vida de él mismo, su infancia, adolescencia, su romance con Cornell y su vida junto a él.
Una por una las aprecio, tomándose un momento para recordar cada uno de esos días capturados en papel, sus dedos deleitándose con la suavidad de la superficie, lo brillante y lisas que se veían. Sobre la cama dejó cuatro de ellas y el resto fueron encerradas bajo el polvo otra vez.
Cornell lo miró en silencio levantarse y caminar hasta la mochila que solía cargar todo el tiempo consigo, intrigado se acercó, atravesando la cama, y vio que tomaba un marcador azul brillante.
Se había decidido por ello en lugar de una carta -era más propio de sí mismo-. Escribiría unas palabras en el dorso de cada fotografía.
Algo que quería decir pero nadie iba a poder escuchar.
Entre sus dedos, la primera foto lucía frágil aunque no lo fuese. En ella estaban Jano y Jules junto a él mismo, el día de la graduación del primero. En ese entonces ellos ya eran pareja, se tomaban de las manos en un gesto dulce y protector.
El moreno tenía el cabello castaño claro, se veía más joven e inocente, el graduado estaba radiante, con el cabello teñido de rosa -por una apuesta- y semi-oculto por el ridículo bonete negro. Tyron estaba demasiado sonriente, ese día mismo Cornell lo había invitado a salir por primera vez.
Podía recrear la sensación de emoción profunda en su estómago.

#5

"Pase lo que pase, nunca dejen de decirse "te amo".
Por favor. No importa qué pase, nunca dejen de decírselo.
Son dos de las pocas, poquísimas, personas que tuve el honor de conocer que encontraron un amor real. Eso que uno piensa que nunca va a llegar a vivir.
Odio hablar de eternidades -lo saben- pero espero que esa palabra, tan falsa y hermosa, aplique para el amor que se tienen.
Un amor eterno
Ustedes no pueden vivir sin el otro, no me pidan que viva sin él."

#6

La foto quedó sobre la cama, secando la tinta de forma natural. Cornell leyó resignado las palabras de su pareja, sabiendo que no podía hacer nada mas que esperar a que cambie de opinión.
Lo vio tomar la siguiente y destapar el marcador.
¡Las palabras le fluían tan fácilmente! Siempre había amado su intelecto, su poesía, su forma de cambiar el mundo con un par de lapiceras.
Lo amaba tanto.
El aire se llenaba de olor a alcohol entintado a medida que las palabras se inmortalizaban en el papel.
La foto era mas vieja aún que la anterior, debía tener al menos veinte años. En ella estaban él y Jano, conocía la historia, era del día en que se volvieron amigos de verdad y Tyron le rogó a su madre por una foto en ese instante.
Tenían seis y cinco años, sonrisas brillantes y futuros inciertos.
En esa época el mundo era pequeño y cíclico pero a ellos les parecía que un mundo nuevo nacía con cada amanecer.

#7

"¿Recuerdas que me prometiste ser un escritor famoso? Necesito un favor, para Corny y para mi.
No dejes morir nuestra historia.
Sabes cómo contar un buen relato, eres demasiado inteligente para tu propio bien, así que te ruego, por nuestra amistad, haznos eternos, tan eternos como nuestro amor.
Fuiste el mejor amigo que pude pedirle a la vida y deseo, con toda mi alma, que seas feliz.

Pd: cuida a Jules, él siempre va a cuidar de ti."

#8

La tinta se secaba y ya estaba naciendo otro mensaje.
Ese era en una polaroid, la había tomado Tyron y Cornell, en ella, le sonreía a él. No a la cámara.
Siempre le sonreía a él.

"Esto es para todos, Jano, Jules, Felix, Andrea, Sebastian. Los amo -y Corny también-.

Pd: chicos, todos, enserio, sacaos una foto juntos. No se van a arrepentir.
Pd2: no, Jano, en el cementerio no
Pd3: si, leo tus pensamientos, el mas allá da poderes mágicos.
Pd4: Jules, permiteme bromear en mis propias palabras de despedida, me merezco hacerlos reír una ultima vez.

Los quiero con cada pedazo de mi corazón."

#9

Sonriendo tomó la última foto y su rostro dejo de expresar felicidad. Lucía confundido, tenso y los sentimientos encontrados le inundaban la expresión.
Cornell sabía bien por qué había dejado esa fotografía para el final.
Una mujer parecida a él sonreía emocionada desde el papel. Entre sus brazos, un niño de cuatro años, pálido y con cabello negro, se aferraba a ella feliz.
Ambos habían dejado de ser esas personas hacía demasiado tiempo.

"No te pediré disculpas por amar, porque insisto que el amor es amor, y no diferencia géneros.
Pero no te culpes por no hablarme nunca más, porque ya, para este momento, no tiene importancia para mi. Te disculpo de corazón y no guardo rencor alguno.
Mami, aun después de todo, te amo con todo mi corazón."

Mientras la tinta se seca y le impregnaba los pulmones con su aroma, Tyron sigue recorriendo con pasos cansados la habitación.