Rower
Rango3 Nivel 12 (149 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1

Sobre su mochila descansaba, como siempre, su peluche favorito, ese que tenía casi su propia edad. Como un niño, lo abrazó, con ambos brazos ajustados y enterrando la cara en él cual pequeño asustado de la oscuridad. Se veía tan frágil, tan marchitado.
Cornell lo rodeó con sus brazos invisibles y solo pudo pedir, en silencio y entre mil sentimientos encontrados, que él pudiese sentirlo.
El pequeño perrito quedó sobre su almohada y la tinta en el dorso de las fotos se había secado. Todas fueron a parar al bolsillo gigante de la hoddie que llevaba puesta junto a un anillo al que se dedicó a observar por demasiado tiempo.
El anillo de compromiso de Cornell, ese que era gemelo con el que le había dado de rodillas cuando le pidió matrimonio (simbólicamente, porque aún no era legal en su país). Ese que le había traído Jules de la morgue, junto con algunas pocas cosas que su amado Cornell llevaba consigo.

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#2

Sin prisa, caminó al balcón. Cornell lo seguía de cerca, temeroso pero ya algo resignado a su inutilidad en un plano de la realidad donde su existencia ya era algo del pasado.

Lo vio apoyarse en el barandal con un suspiro, y lo imitó, ambos mirando hacia el frente sin mirar realmente. Las horas habían pasado demasiado rápido y el amanecer había comenzado a desplazar, lento pero imparable, a la noche. El cielo con algunas estrellas se teñía con los colores de un nuevo día, se impregnaba de sonidos y olores nacientes.

Era pura magia en la aburrida realidad.

Quizás si estaban mirando.

Cornell extrañaba eso, Tyron lo iba a extrañar.

Él lo admitía, sabía que iba a extrañar la vida. Vivir en si mismo.

Iba a extrañar los amaneceres, una brisa fresca que respirar cada media noche, el olor del café caliente, el olor de la lluvia mojando la tierra, el sabor de la comida de Jules.

Pero eso no importaba tanto porque más extrañaba en ese mismo momento el aroma de la piel de Cornell, el sabor del sudor de sus hombros mientras hacían el amor, el sonido de sus gemidos graves y bajos, sus besos, sus abrazos, su risa contagiosa y sus palabras hermosas.

Y extrañarlo lo enloquecía, era demasiado, era un dolor al respirar, un peso en la espalda al caminar. Solo había pasado una semana, menos, y ya extrañarlo era ácido en sus labios y una sed constante en en fondo de la garganta. Era fiebre en la piel y magma en sus músculos.

Extrañarlo mataba mas que la muerte.

Dolía vivir sin él.

Era imposible.

Respiró profundo. El cielo se veía realmente hermoso.

Y rió.

Rió recordando la risa de Cornell, sus momentos felices, recordando los cafés compartidos, los besos, las películas, las miradas, recordando su forma de bailar y cuanto reía mientras él lo hacía -de forma ridícula-.

Rió para despedirse de aquel hermoso mundo que tanto amor le había dado, que tanta belleza le había mostrado. Rió para despedirse en paz de la vida.

Rió mientras las lágrimas corrían por sus mejillas sin parar. Rió hasta caer de rodillas, con las manos frías apretando el metal del barandal y los labios rojos de tanto mordisquearlos. La vibración de su risa se perdió en el despertar del mundo, como tantas cosas hermosas y tristes que se pierden.

Cornell lo amó una vez más, lo amó en su peor momento.

Porque el "para siempre" había sido real para ellos.

Cuando el llanto se volvió sollozos y la respiración de Tyron regresó a su ritmo habitual, el chico de ojos enrojecidos volvió a pararse a admirar el cielo, que ahora mostraba colores más brillantes y naranjas. Con una sonrisa apagada, sacó con su celular la última foto de su vida.

Era una hermosa última foto.

Movió con su índice la pantalla hacia un costado y pudo ver la foto anterior a ese amanecer. La brillante sonrisa de Cornell era mas luminosa que mil soles, y sus abrazos, más cálidos. Ambos se veían tan felices.

Los ojos se le volvieron a llenar de lágrimas y Cornell pensó que volvería a llorar, pero solo suspiró. Sus ojos cristalinos viajaron al horizonte y se clavaron en algún punto del cielo.

La mano con la que sostenía el celular bajó hasta colgar contra su cadera y su nuez se movió acompañando el paso de la saliva.

— En serio Cornie... Me gustaría tanto que estuvieses junto a mi ahora. Seguro que te gustaría ver el cielo así de hermoso— murmuró.

Se tomó unos segundos mas en silencio, en los que Cornell quiso hablar, aún a sabiendas de que no sería escuchado. Pero no lo hizo. No tenía ganas de fracasar de nuevo.

#3

Se encaminó a la cocina, con el celular en la mano y la aplicación de mensajería abriéndose en la pantalla.
El chat con Cornell emanaba tristeza en cada letra de los últimos mensajes, los que él había enviado, y la alegría y paz que solía producirle entrar en dicha conversación era invisible. Le dolía saber que no volvería a recibir esos mensajes criptográficos de emojis llenos de cariño, que no volverían a hablar mientras se encontraban camino al departamento, o a la universidad. Que no había forma de volver el tiempo atrás.
Que nadie iba a leer sus palabras del otro lado.

~Somos tan etéreos, tan eternos... somos, tanto como lo sean nuestras almas.~
~Aún te amo, Cornell~
~Mucho más de lo que lo hacía días atrás, mucho menos de lo que lo haré en los siglos que vengan~
~Te amaré hasta que el fin del mundo decida consumir mis cenizas y, aún luego de eso, te seguiré amando~

Cuando una paloma gris le dijo que el mensaje había sido enviado, bloqueó el celular y lo dejó sobre la mesa de la cocina. Junto a él depositó, acomodadas mirando hacia la lampara sucia de la habitación, una por una las fotos que había seleccionado de su caja. Los mensajes que ella llevaban estaban resguardados contra la mesa.
Del mismo bolsillo del que las sacó, tomó el anillo de plata de Cornell. Era un precioso anillo grueso y pesado, de un plateado apagado y elegante. Le costó, pero logró dejarlo sobre la fotografía en la que salían él y sus compañeros de departamento.
Del dedo anular se quitó la copia exacta del mismo anillo, su piel estaba, para su propia sorpresa, aún mas blanca bajo este y el mero pensamiento de "haberse bronceado" lo hizo reír un poco. Esos anillos eran tan especiales...
Promesas.
Promesas.
En perfecto equilibrio, lo dejó sobre el otro. Estaba seguro de que sus amigos entenderían, que los llevarían con ellos.

Cornell, desesperado lo observó caminar con su usual lentitud hacia el baño.
Tan atolondrado como en vida, corrió a los tropezones hacia la puerta y la atravesó sin problemas para seguir trotando hasta la ventana del pasillo, a la que se pegó para intentar ver una mísera señal del regreso de alguno de sus amigos. Pero la ciudad estaba dormida, y las personas que caminaban por allí iban solas, cabizbajas, emanado ignorancia.
Si ellos supieran que podían salvar una vida en ese instante ¿qué harían?
Nadie respondió a sus gritos desesperados, que no pudo evitar aún a sabiendas de que nadie lo escucharía, y la impotencia lo llenó.
Con decisión y temor a la vez, caminó de nuevo hacia el interior de su hogar.
Aunque no pudiese detenerlo, aunque él no lo viera ni lo sintiera, aunque el dolor le quemara el alma y el espíritu, aunque muriese mil veces más, Cornell iba a estar con Tyron hasta el final. Cornell iba a estar allí, rogándole que no lo hiciera quizás, llorando desesperado quizás.
Cornell iba a estar allí para Tyron.
El baño estaba frío, más que de costumbre, la bañera llenándose de agua caliente desprendía un antojable vapor que envolvía, como si de un velo se tratase, las cuchillas de afeitar que descansaban sobre la cerámica blanca.
La piel de la espalda de Tyron también era blanca, cuando se quitó la sudadera pareció erizarse un poco y eso la hizo verse viva. Dobló la tela sobre la tapa cerrada del retrete mientras disfrutaba el cosquilleo molesto e incómodo de esa sensación, del frío y su tibio cuerpo acostumbrándose.
Cornell observaba, rendido, triste, destrozado.
—Dijiste que no lo harías, Ty.