Rower
Rango3 Nivel 12 (149 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1

Luego de quitarse los pantalones, el chico pálido de mirada hueca cerró la canilla e hizo algo que siempre había deseado hacer: tomó una de las bombas de jabón arcoíris de Jules y la dejó caer en la bañera.
Y entendió por qué el mayor poseía esa extraña obsesión, el espectáculo era dulce y mágico. Las oleadas de colores se pintaban en el agua con la misma suavidad con la que lo hacían en el cielo tras una tormenta, el jabón no dejaba de girar sobre si mismo en una danza coordinada y caótica a la vez y los colores... Simplemente mágicos.
Ya el perfume, vaporoso y dulce, fluía desde el agua hasta impactar contra la helada nariz del chico de mirada vacía que trataba de guardar todo lo posible en su memoria.

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#2

Tyron trato de recordar cuándo fue la última vez que se había detenido a mirar un arco iris tras una tarde de intensa lluvia. Trató de recordar cuándo fue la primera vez que apreció uno.
Su sonrisa tranquila era algo escalofriante para la situación, la alegría interna y calma con la que parecía cavilar la idea de su muerte próxima era impactante. Cornell sabía que no podía detenerlo, fue consiente de ello una vez más.
Con la punta de los dedos, Tyron rozó la superficie del agua. La espuma de colores que aún flotaba se enredó en sus yemas y las acarició.
Su mejilla rozó la helada cerámica del borde de la bañera con cansancio cuando él dejó caer el rostro contra el brazo. El tiempo se detuvo unos minutos más.
Sólo por él.
Y Cornell pensó en cuanto lo amaba.
Pensó en cuanto daría para sostenerlo una última vez entre sus brazos.
Con la rezagada lentitud casi felina característica de él, Tyron se incorporó del suelo y se estiró un poco. Sus brazos delgados y pálidos crujieron un poco de forma graciosa.
Despacio, se metió dentro del agua tibia en la tina, cerrando los ojos y sonriéndole a la paz que lo invadía. Y cuando los abrió tenía el brillo de la curiosidad impregnado en las orbes, como un niño que recién llega a un nuevo lugar.
Las manos, bajo el agua, se asomaron lentamente y brillaron, aún tersas, en la luz del baño. Las volvió a esconder bajo la líquida superficie solo para repetir el proceso y sonreír como si se tratase de un juego nuevo.
Un dolor atravesó a Cornell desde la punta del cabello hasta el dedo más pequeño de su pie. Un dolor intenso, que nacía de la noción del futuro, de la predicción, del saber que nada de lo que pudiese hacer cambiaría algo.
Y entonces Tyron tomó la cuchilla con los dedos arrugados y húmedos.

#3

Con el arte y la gracia de quien imaginó por muchas noches cada instante, Tyron hizo un corte.
Solo uno, en un buen lugar y no hacía falta más. Profundo, vertical. Lo observó con neutralidad, como si no doliera, y prestó una atención morbosa a su sangre clara, oxigenada y espesa, que se oscurecía a medida que brotaba de su muñeca y caía con gracia al suelo, seguramente acumulándose a los pies de la tina.
La visión se le nubló un poco y tuvo que apartar la vista del derrame, ya no tenía fuerza para verse fluir hasta los mosaicos.
Poco a poco, dejó caer su cabeza hacia atrás, recostándola contra los azulejos mientras tarareaba una canción que alguna vez le enseñaron en el jardín de infantes.
Le gustaba poder mover los dedos de los pies, le gustaba haber vivido una vida bonita, con todo su cuerpo funcionando, sano, fuerte. Agradecía eso al mundo. Agradecía que no le hubiese quitado la salud, a pesar de que le quitó la vida cuando abandonó a Cornell.
La sangre redujo un poco su fluidez, gotas gruesas rodaban sobre la superficie húmeda y sucia de su muñeca encharcada en sangre hasta bajar entre parches de piel y viajar entre los dedos, cayendo desde la ínfima punta de sus uñas hasta estrellarse en el suelo, unirse a sus hermanas en la mancha oscura que brillaba tétricamente.
Cornell entendió al fin cuando a veces los fantasmas eran llamados almas en pena, porque el pesar que lo inundaba era mucho mas fuerte que cada pena de su vida terrenal sumadas en conjunto.
La sonrisa de Tyron acompaño las estrofas temblorosas de la canción en un arrullo que salía de su garganta, no tenía aliento para terminarla con palabras.
Luego se transformó en una mueca vacía.
Y Tyron dejo de sonreír.

#4

Los brazos fuertes de Cornell se envolvieron alrededor de su cintura como imanes, pegándose a él sin querer dejarlo ir. Murmuraba reproches en su contra, mezclando palabras enojadas con una suerte de alivio culposo y sinsentidos, todo un barullo muy aturdidor como para ser una bienvenida a la paz eterna. Tyron, que le acariciaba el cabello y le regalaba besos cortos en la cabeza, sólo respondía con suaves palabras.
"Cornell, ahora somos inmortales, no llores"
Tuvieron que pasar varios minutos, en los que ni siquiera se percataron de que el cadáver del más pálido seguía junto a ellos, para que Cornell se calmase. Y ambos intercambiaron una mirada.
Porque ambos estaban muertos, pero despiertos y eternamente juntos. Porque ambos podían mirarse, que era lo que mas anhelaban desde la partida de Cornell. Porque no pensaban perder el tiempo con disculpas y reproches de algo tan simple como una tonta pelea.
Porque aún no podían terminar de creerse su suerte.
Una hermosa cosa el destino, ¿no?.
El sol se alza alto en el cielo de un nuevo día. Monótono y aburrido para quienes conocen la magia.