JM18
Rango8 Nivel 37 (2754 ptos) | Poeta maldito
#1

Cada vez que regresaba por el parque, lo veía al borde de la acera. Me impresionaba su pose de esfinge y sus ojos color miel. A veces, él se quedaba mirándome, con esa mirada desdeñosa que tienen los gatos.

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#2

Nunca había tenido una mascota cuando era niño, aunque era lo que más anhelaba. Pasear por la Rue de la Paix por las tardes se hizo costumbre. Sabía que el gato me esperaría, como siempre, al borde de la calle. O, quizás, tenía la esperanza de verlo al cruzar por la esquina.

Al principio, no le di mayor importancia. Pero luego, fui detallando las formas del gato. Su pelaje, dorado como el trigo, contrastaba con el gris de la acera y del peor de los otoños que hubieran acontecido en París durante los últimos años.

Durante esta época, la ciudad se vaciaba. Algunas personas disfrutaban de los cafés cerca de Quatre-Septembre, mientras que los jóvenes asistían a los locales cerca de Place Gaillon. Las gotas de los primeros aguaceros dibujaban pequeños riachuelos por las calles. Los pocos transeúntes apenas se fijaban de los detalles de la ciudad, y por eso esta era mi época favorita del año.

Menos aún, casi nadie se percataban del gato que siempre esperaba, debajo del farol de la esquina. Por eso, entre él y yo nació una suerte de complicidad. Al principio, nos ignorábamos. Cada uno tenía su propio mundo secreto, desconocido para el otro.

Una tarde, nuestras miradas se encontraron. Yo cruzaba apresurado la calle, sabiendo que el gato estaría allí lamiendo sus patas como siempre. Llevaba un montón de papeles del trabajo debajo del sobretodo: Seguramente, el gato notó el desorden en el que estaba imbuído. Se limitó a verme. a seguir con su mirada mis pasos, desde la esquina que viene de Place Vendöme hasta el cruce que lleva a L´e Eglise de la Madeleine.

Al llegar a casa, fue que me di cuenta de su gesto. Pensé (tal vez una errónea idea), que había algo diferente en el alma de ese gato. No era como otros. Lo profundo de su mirada me decía que él conocía a un París diferente, desde sus entrañas. Un París que se oculta al resto de las personas.

CYan_Etc
Rango6 Nivel 29
hace 4 meses

Ya quiero saber como sigue!


#3

¿De dónde salen los gatos callejeros? Un día llegan, se instalan en cualquier esquina o rincón que les parece cómodo y lo hacen suyo. Es extraño, porque nadie sabe de dónde vienen ni a dónde van. Es como si de repente se materializaron de la nada...

Un poco así es mi vida, Llegué a París para atender la Oficina de Saint Germain en el centro. Me siento como un extraño en medio de la ciudad. La rutina, el pasear las mismas calles, los mismos sonidos, el mismo tráfico, hace que la magia se pierda. Te sientes hastiado del ruido de los cafés, de los murmullos de las personas, de las luces...

Hastío. Es la palabra que sale de mis labios. El ver la vida pasar, con su lento vaivén. El acostumbrarse a ser extraño dentro de una ciudad que también te es extraña. Solo confiar en la presencia de un amigo, o de algo que te salve de lo común.

El gato se había instalado en la esquina hacía dos semanas. Taciturno, algo misterioso. En medio de un París mugroso, era como tener a alguien cercano. Al principio nos ignorábamos. Éramos extraños el uno para el otro. Pero, en medio de todo ese caos, me alegraba saber que el gato estaría allí cada vez que pasaba. No sé por qué, pero era un misterio saber por cuánto tiempo se quedaría instalado allí.

...Pero una vez que se van, los gatos no regresan. Si nadie sabe de dónde vienen, menos a dónde van. El mundo de los gatos es un misterio.

#4

Un día, oh gato, decidiste seguirme. Fueron pocos pasos, al principio. Luego de cruzar la esquina donde siempre esperabas, caminaba unos pasos por la Rue de Caumartin y veía tu figura de reojo.

Jugabas al perseguidor, pero también al perseguido. Me acompañabas a través de un París grisáceo, en el que tú y yo jugábamos a acompañarnos. Las calles seguían vacías, y la lluvia se hacia pesada en el cuerpo.

Gato, así fueron nuestros días. Te esperaba, o deseabas que pasara por ahí, en la esquina de siempre. Al principio, fuiste tímido. Pero cada día me veías pasar y me acompañabas en el largo trayecto hasta mi casa.

Dos semanas después de trajinar contigo por las calles, noté que te habías instalado en el borde de la acera contraria a mi casa. Te quedabas hasta altas horas de la noche, con tus ojos miel observándome a través de los ventanales del frente.

Nunca te atreviste, oh gato, a acercarte un poco más. Ambos sabíamos que nos teníamos, en la libertad de estar separados. Por eso, comprendí que me hayas lastimado cuando traté de acercarme a ti. Paseabas por el frente de mi casa. Al tratar de acariciarte, soltaste un certero zarpazo del que casi no pude librarme. Pensé que te irías esa vez, pero al día siguiente me esperabas en la esquina, tan ecuánime como siempre.

Pero habías encontrado otro sitio donde estar. Te instalaste en el callejón del frente, donde te oía revolver la basura por las noches. Luego, sabía que al llegar las doce, cruzabas hacia la esquina que da hacia Le Petit Gourmet y te desaparecías sin dejar rastro. Pensé que, una de esas noches, te irías, pero no fue así.

#5

Tampoco te fuiste cuando otro gato invadió el callejón. Cada noche, te escuchaba aullar por tu territorio. Y me dolía escucharte así, pues pensaba que algún día saldrías lastimado.

No fue sino cinco días después, cuando supe que el callejón se había vuelto peligroso para ti. El sonido de los botes golpeándose, los chillidos y los gritos me alertaron. Por primera vez, te habían ganado en la pelea, y saliste lastimado.

Esa noche, tampoco dejaste que me acercara. Saliste tambaleando del callejón, pero ¿cuántas veces más sobrevivirías? No estaba seguro, pero creí que habían lastimado tu oreja. No dejaste que me acercara, y eso me dolió. Te sentías humillado, y con un poco de dignidad, te fuiste...

No creí verte en la esquina al siguiente día, pero ahí estabas. Te faltaba un pedazo de la oreja, pero nunca la actitud desdeñosa que tenías desde el primer día. Estaba allí, acicalando tus patas. Pero, ¿por cuánto más estarías? ¿Por qué, oh gato, no abandonabas los callejones?

¿Qué te ofrecían las calles de París, que no podías abandonarlas? Quizás era esa la emoción que sentías. Pero tus días de aventuras se tornaron peligrosos. Sabía que un gato más fuerte que tú merodeaba por los alrededores del callejón.

Una noche, te escuché combatir con todas tus fuerzas. Deseaba que ganaras, saber que estabas bien. Entre chillidos, objetos cayéndose, gruñidos y alaridos transcurrió el combate. Saldrías lastimado, de eso estaba seguro...

Pero tus maullidos cesaron de pronto. Oí el sonido de un cuerpo golpeándose contra el suelo, y sabía que eras tú. ¿Por qué lo hiciste? No lo sabré. El lento ronroneo, casi como un gemido agónico, era abrumador.

¿Qué podía hacer? No dejabas que nadie se acercara a ti. Y para un gato, tan libre como tú, hubiera sido humillante que me acercara,,,

La poca luz no dejaba ver con claridad, pero con tus últimas fuerzas te levantaste. Entre maullidos y quejas, te fuiste hacia la esquina que da a Le Petit Gourmet. Cojeando, tambaleante, pero sin perder la actitud que siempre tenías.

Desapareciste entre las sombras, y nunca más te volví a ver.

#6

París vivía la peor temporada de lluvias en mucho tiempo, y ahí estaba yo, con mis asuntos pendientes. En alguna esquina, algún tiempo atrás, había un gato... O tal vez, lo imaginaba.

Hay un París secreto, que solo los gatos entienden. Donde pueden andar a sus anchas, sin que ninguna persona pueda domesticarlos. Y así, es como transcurre mi vida. Distante entre tantas personas. Pensando en que, tal vez, pudiera tener a un amigo en quién confiar.

Pensaba en comprarme una mascota, pero no tiene mucho sentido. Tal vez, un gato...Pero a fin de cuentas, todos ellos son ariscos, y nunca se quedan en un solo lugar. Son un poco como las personas.

En dos semanas, me trasladan a otra oficina en el interior. Pronto tendré que mudarme. Adiós, París. Que los amantes te disfruten.

Adios, gato... Y que disfrutes París por siempre...

#7

Comentario y dedicatoria

Este cuento, como muchas de las cosas que hago en mi día a día, es la mezcla de varias emociones, imágenes, sentimientos y personas. Creo que cualquier cosa puede inspirarnos a creer en la fantasía.

Pensando en gatos, hay tres personas a las que quiero dedicar este cuento. Ojalá algún día lo lean. Con esto, quiero cerrar un capítulo de mi vida:

A P., porque siempre fuiste gato, pero nunca entendí tu mundo de gatos. Hoy, que soy un poco gato, veo el mundo como tú lo veías.

A F., porque me enseñaste que ser gato no es tan malo como pensaba. Más aún, por enseñarme que dos gatos pueden coincidir de vez en cuando y entenderse, aunque tengan que separarse en algún momento.

Y a H., (algún día pondré tu inicial acá). Porque algún día entenderás que los gatos tienen un mundo secreto, que muy pocas veces muestran a otros. Quería que tú vieras un poco del mío... Sé que algún día despertarás, y entenderás todo lo que te dije. Pero esa vez, yo estaré en otros callejones. Ojalá y consigas otras calles donde ser libre.

POSTDATA: Quería añadir otra dedicatoria. Cuando este cuento surgió, estaba perdido entre calles, callejones y ciudades... Los gatos me acompañaron, y me enseñaron a ser un mejor gato. Gracias a ello, aprendí muchas cosas que. hoy en día, son una verdad válida para mí. De no haber sido por eso, no hubiera comprendido el sentido de muchas cosas pasadas y presentes...

Para los que han leído esto, les comparto una idea: Cuando no sepas quién eres, piérdete entre callejones y gatos. Solo así, encontrarás lo que es verdad para tí.