PepilloPrados
Rango5 Nivel 20 (425 ptos) | Escritor en ciernes
#1
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Era otoño y el viento anunciaba que el cielo pronto derramaría su furia sobre la ciudad.
Me enfundé los viejos guantes de mi padre mientras cientos de hojas se arremolinaban en el aire dibujando espirales que se desvanecían al tocar el suelo de la Avenida que me apresuraba a cruzar, por un momento creí haber viajado en el tiempo y encontrarme en el parque de al lado de casa, apenas tenia 14 años y Cocó se escondía entre montañas de hojas que el aire se había encargado de amontonar al pie de los desnudos arboles de aquel Paseo de la Alegría. No sé si aún seguirán allí, pero me gusta pensar que la Gran Guerra les dió una tregua y les perdono su savia vida.
Al cruzar aquel gran Boulevar, diezmado de todo y cuanto entre sus grandes y oxidadas farolas de metal había tenido lugar, pude observar el humo que desprendía la chimenea de la Cafetería Central, la única en doscientos metros a la redonda que aún permanecía en pie, y cuando digo en pie, créanme, es mucho. Poco quedaba ya de aquel gran restaurante que Frisas e hijos levantaran medio siglo antes de aquel trágico Noviembre.

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David_escritor
Rango7 Nivel 30
hace más de 4 años

Me gusta mucho como empieza. ¡Ánimo! :)


#2

Si prestabas atención, aún se podía vislumbrar el viejo rótulo nacarado con bombillas que poco o nada alumbraban ya. Isas se leía, y con ese nombre quedó el nuevo dueño de aquel vestigio que nos recordaba lo que la ciudad había sido años atrás.
La pared mohosa a desconchones y las ratas al entrar poco importaban, el aroma de la vieja Gaggia lo convertía en un lugar digno del mas exquisito paladar.
La parte de arriba, a la que se accedía por una elegante escalera de madera y en cuyo nivel central se hallaba un hermoso Lacroix del siglo XVIII que se había detenido a las tres y cinco de aquel maldito día, aún conservaba parte de la bóveda de arista original, cuya mitad norte había quedado destrozada por un proyectil días después del inicio de la Gran Guerra.
Pocos cuadros quedaban en sus desconchadas paredes, copias de Rembrandts, Rubens y Tizianos, la mayoría de ellas pasto del moho y demás mamíferos que habitaban el lugar. La barra de madera mantenía a jirones la elegancia que había hecho de ella la más concurrida de la ciudad.
Se levantaba sobre cientos de azulejos verdes entre los que algún que otro rastrojo había florecido e izado su bandera, un reposapiés de bronce y un cuerpo de azulejos que contaban la historia de un viejo libro de cuyo nombre ya nadie quería acordarse. Un hidalgo a lomos de un hambriento corcel acompañado de otro personaje al cual algunos llamaban panzaburra por su aspecto grosero y desaliñado. La verdad es que algo no cuadraba entre dicho cuento y el que contaban los exquisitos cuadros de la pared de la vieja Cafetería Central.
Isas, como siempre, se apresuro a ubicar una de las delicadas tazas de porcelana que aún permanecían intactas bajo su niña, como cariñosamente se dirigía a su bella cafetera, y de la que emanaba un aroma que hacia que cada uno de los presentes pensáramos si todo aquello en verdad no hubo sucedido nunca jamas.
Me saludó con un apretón de manos, práctica que pocos mantenían por aquel entonces, y pude observar como el temblor de sus dedos seguía decidido a jubilarlo y arrebatarle lo único que le mantenía con vida, su Palacio, como años atrás al nacer su hija habíamos bautizado la Central.
Ana salia de la cocina cargada de tazas y platos llenos de aquel bizcocho que solo ella sabia cocinar, la verdad es que nunca, ni en los buenos años, probé otro igual.
Apenas pintaba 15 primaveras, pero sus andares y sus maneras la convertían en toda una mujer, no era muy alta, ni muy baja, a los sumo con tacones podía alcanzar mi media barba, sus caderas se contoneaban al vaivén de la marejadilla que bailaba en cada taza de café. Sus tobillos finos como el cristal. Sus manos, sus dedos, no parecían conocer las labores de quien desde muy temprana edad ya se encarga del ordeno y mando de su casa, siempre limpias, siempre con ese aroma a canela y almendra con los que elaboraba su delicioso pastel, tan perfectas...
Pero lo que más llamaba la atención de toda ella era su fino y delicado cuello, elegante cual cisne, y sobre el que colgaba un viejo medallón de finas esmeraldas cuya inscripción creí haber visto en otro lugar mucho tiempo antes.
Siempre regalaba una sonrisa a todo aquel que se aventuraba a entrar en la Central, desde el más pudiente que por aquel entonces podía permitirse una taza de su magnifico café, hasta el más pobre que se refugiaba de las copiosas lloviznas de plomo y acero que cada día el viento se encargaba de repartir desde la vieja fábrica de la calle Lorraine hasta el Boulevard de Santa Elena.
Siempre estuve enamorado de ella, pero nunca tuve el valor de quien por miedo a perder lo poco que tenia jamás se atrevió a compartir su mirada como quien comparte la cama en una noche fría.
Su cara, herida por la Guerra, dibujaba un cicatriz desde su pequeña oreja izquierda hasta la comisura de sus hermosos labios, quizás aquella herida no la hacia sino más bella. Sus ojos, grandes como faros entre tiniebla, escondían un secreto que solo ella conocía y que apagaba su luz lentamente, como la llama de aquel candil que cada noche moría consumiendo el aceite y la cera de su palacio, el Palacio de la Princesa.

Hace más de 4 años

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Escritor
Rango3 Nivel 13
hace más de 4 años

Enhorabuena, me gusta.