Kora83
Rango7 Nivel 33 (1993 ptos) | Autor novel
#1

Prólogo

Y aquí estoy, sin pena ni gloria, sentada debajo del desvencijado techo de metacrilato que me ofrece esta odiosa parada de autobús.

Me siento como un jodido cangrejo metido en un cubo. Sin salida, perdida, sin aire para sobrevivir y con menos ilusión que ese pobre crustáceo.

Está claro... La cagué. Pero nadie es perfecto. Nadie, menos él.

Sí, en su momento yo también me creí especial, una persona importante en la vida de otra. Pero nada más lejos de la realidad. Aunque pensándolo bien, él no era perfecto. Quizás quiso serlo y yo..., creí que ya lo era.

Todo se jodió y no sé cómo pude siquiera llegar a dónde estoy ahora mismo.

Empapada y deprimida.

Mi nombre es Noa James y ésta, es mi breve historia.

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Kora83
Rango7 Nivel 33
hace 5 meses

Nueva historia, la cual tenía un poquito olvidada entre una cosa y otra. Atentos a las próximas cajitas 🙌🙌🙌🙌

Como_tener_publico
Rango3 Nivel 14
hace 4 meses

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#2

—¡Vamos Noa, deprisa o llegaremos tarde y no podremos embarcar!— mi madre me gritaba histérica por culpa de mi tardanza.
—Pero si vamos con 30 minutos de antelación... ¿Por qué no te relajas un poco?— me estaba exasperando con ese rollo de novia perfecta.

Mi madre me miró por encima de sus enormes gafas de sol negro oscuro y mientras enarcaba la ceja izquierda me dijo que no estaba dispuesta a perder ese vuelo. Su vida había dado un giro de 180°, pero como consecuencia, la mía también lo había hecho.

Mamá conoció a alguien en uno de sus múltiples viajes de divorciada, los cuales, hacía acompañada de tres de sus mejores amigas. En uno de ellos, conoció a un tipo llamado William Steel.
William era el típico hombre de negocios. Era dueño de uno de los mejores bufetes de abogados de Toronto. Poseía la mayor parte de las acciones de una empresa dedicada a la publicidad y alardeaba de tener una de las mejores casas de toda la ciudad.

Para mí, sólo era un pedorro petulante más en mi lista de "tíos gilipollas".

Mi madre me comentó que William o Will como a ella le gustaba llamarlo, tenía un hijo más o menos de mi edad. Sinceramente, me importaba una mierda, sólo sabía que mi vida se iba a convertir en un asqueroso infierno.

#3

Hasta que el señor "Don Perfecto" se dignó a aparecer, mi madre y yo esperamos como auténticas idiotas en una parada de taxis cercana al aeropuerto de Toronto. Frío no era exactamente lo que hacía en aquella ciudad, más bien, caían témpanos de hielo de punta sobre nosotras. Lástima que no me alcanzara ninguno.
Estaba harta, cansada, hambrienta y tenía ganas de darme un baño hirviendo que me sacara la piel a tiras.

—¡Oh! Mira Noa, ese es el coche de Will... ¡¡¡WILL!!! ¡¡¡AQUÍ!!!
—¡Mamá por dios! Deja de hacer eso, todo el mundo nos está mirando...— Mi progenitora hizo oídos sordos a mi réplica adolescente y agarrando su maleta corrió con desesperación hacía el coche que supuestamente era propiedad de su "amorcito".
Hice que mis ojos se pusieran en blanco, acción que últimamente estaba en mi repertorio de éxitos en rutina facial.

Todo esto parecía superarme. No estaba acostumbrada a ver a mamá en ese estado de embriaguez y locura amorosa. Recuerdo, que con mi padre no se comportaba muy de esa forma, aunque tampoco es que presenciara muchas muestras de cariño entre ellos. Mi padre falleció cuando yo sólo contaba con unos 12 años. Me gustaba escuchar el ronroneo de su voz grave cuando me leía cuentos antes de dormir o cuando me consolaba al ver que me había caído o lastimado. Lo hecho de menos. Siempre lo haré.

#4

En serio... ¿Qué esperaba?

Quizás esperaba que mi madre no se comportara como una auténtica energúmena cuando el tal "Will" (nótese mi rintintín), bajó de aquel auto negro metalizado con cristales polarizados. La verdad, no sé si estaba en presencia del mismísimo presidente de EEUU. Creo que vi algún que otro guardaespaldas ataviado como los típicos gorilas sin cerebro que corren cerca del coche de su amo, para que claro, ningún mundano cualquiera ose acercarse a su venerado Dios.

Patético.

—Y ésta es Noa, mi hija— le dijo Mary a William, mostrando su perfecta sonrisa de enamorada lunática.
—Oh..., Vaya, no sabía que estuviera tan... ¿Mayor?...— una sonrisa de circunstancia se perfiló en mi cara.

¿Mayor? ¡Sólo tengo 18 años!

—Jejeje... Bueno, tú también tienes uno de la misma quinta ¿No?... Estamos empate — William se carcajeó con algo entre la soberbia y la petulancia.
—Si, en eso tienes toda la razón— le contestó el magnate volviendo la vista en dirección al coche. — ¡Nicholas!... Vamos, acércate.
Cuándo fijé mi mirada en el oscuro automóvil, una de las puertas traseras se abrió. Vi como se asomaba una zapatilla de deporte en color blanco. Fui subiendo en mi escrutinio hacía los desgastados jeans sujetos con un cinturón de color marrón chocolate. A continuación, la camiseta de un grupo de rock hizo presencia ante mis ojos. Era de un color blancuzco con letras negras.

Todo lo anterior perdió interés para mí cuando dos ojos azules como el vasto oceano se volvieron hacia mi persona. Era el ser humano más perfecto que había visto en todo mi breve existencia.

Ojos azules, pelo rubio oscuro, revuelto y despeinado. Rostro con rasgos varoniles pero con ciertos toques aniñados. Todo este conjunto coronado con una estatura de unos 1'85cm (me sentí la hormiga más miserable en su presencia), un cuerpo trabajado y una sonrisa de dientes blancos y alineados. ¿Pero quién coño nace así de perfecto?

Oh... Mierda

#5

Todos mis planes de venganza hacia mi madre se fueron al traste en cuanto vi a ese Dios griego... O más bien debería decir nórdico.

"Pero qué gran mierda" "Esto no es lo que esperaba" "Ni en un millón de años"

Joder... ¡¿Por qué?!

¿Por qué no es el típico energúmeno antimorbo?

—Noa... ¿Noa?... — me encontraba en tal estado de shock que no escuché que mi madre me había llamado por mi nombre.
—¿Eh?... Sí... Dime... ¿Qué decías mamá? —vaya, esta situación me hacía parecer el ser más patético del universo.
—Te decía que éste es Nicholas, único hijo de Will. A partir de ahora vivirá con nosotros.

¿Cómo? ¿Un momento? ¿Voy a tener que compartir espacio vital con éste espécimen?

—Pero... Pero me dijiste que viviríamos juntas... — No me lo podía creer. En el fondo albergué esa mínima esperanza de que todo fuera una broma de mal gusto.
— ¡Claro que viviremos juntas cariño!... Juntas, pero con ellos — me contestó mi madre, mientras me guiñaba el ojo derecho con un entusiasmo impropio de su edad.

Sí, definitivamente fue de mal gusto.

Y lo peor de todo... No fue una broma.