A_S_Alva
Rango3 Nivel 12 (142 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1
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  • #2

"Pandemónium"

Esa noche, como cada jueves, víspera de mi amigo David ponerse contento por tener todo el fin de semana en compañía de su bellísima novia, caminábamos rumbo a su hogar. Íbamos unos metros adelante del kiosco de nuestra pequeña ciudad, y tuvimos que detener nuestra charla, incluso el saludo al señor que vendía cigarrillos y chocolates en la esquina de la secundaria, al mirar luces amarillas y escuchar sirenas por doquier. En ese momento pensamos que algún pillo había delinquido, pero tantas extrañas patrullas en afán de encontrarlo, se dilucidaba inverosímil.

Fue llegando a una intersección, sitio donde David me pedía no acompañarlo más para no demorar mi regreso a casa, cuando una horda de gente vimos corriendo en nuestra dirección.

— ¡Ni si quiera es viernes para tal fiesta! —le dije a mi amigo, mirando si ese jueves había cruzado la línea de la media noche en mi reloj.

Nos hubiésemos quedado a preguntar qué rayos sucedía, qué ameritaba tan alocada celebración... De no llevar el gentío rostros desencajados, músculos palpitantes y una tremenda mirada asesina.

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#2

Salimos de regreso rumbo al kiosco, juntando en el trayecto a personas que también habían dado cuenta de la desenfrenada gente; sin embargo al escuchar un tiroteo proveniente del centro de la pequeña ciudad, paramos, quedando justo en el medio del ensordecedor ruido y de los gritos guturales.

— ¡Un momento! -dijo un joven—. ¡Ni siquiera sabemos, del todo, qué sucede!

Si bien tenía razón, los sonidos que revolvían las emociones indicaban ponernos a salvo. El chico y sus amigos intentaron con señas detener a la rara gente, aseverando el gobierno tenía cansados a todos, talvez esa horda era de manifestantes nocturnos. Mi amigo y yo la verdad es que no pensábamos lo mismo, no después de llenar nuestras cabezas con tantas historias de zombis, monstruos y grupos controladores del mundo.

Yo vi en las paredes de una tienda con fachada colonial, unas largas y verticales rejas, que hicieron la ves de balcón en aquellos bohemios ayeres, entonces le di un pequeño golpe en el brazo a David, y subimos por una de estas. Cuando llegamos a la cima de los barrotes, los gritos de los chicos que pretendían calmar la turba, nos hicieron voltear la mirada... !Graaaj, Graaaj, Graaaj!, las personas violentas empezaron a desgarrarles la piel y morderlos.

Algunos de esos extraños pasaron de largo nuestra presencia, otros en cuanto se percataron de nosotros, intentaron escalar la reja. Afortunadamente, encima de nosotros, el letrero con el nombre del establecimiento lucia fuerte. Saltamos hasta sus letras y ascendimos con prisa al techo. Los moretones, en la cima, valieron la pena. Claro que nos sobamos codos, antebrazos, abdomen, piernas, pero sólo después de cerciorarnos de los raros no poder lograr lo que nosotros.

Con las espaldas recargadas en el concreto protector de caídas de aquel techo, tratábamos de asimilar lo sucedido, buscando lógica.

— ¡¿Esto es real, o algún vendedor de droga se está pasándose de listo con su producto?! —mencionó mi amigo.

Las cortinas de metal y puertas eran golpeadas, provocando que las personas de esas viviendas, desde las ventanas, reclamaran el hecho, no obstante al notar con toda su atención lo mórbido del suceso, guardaban silencio y se volvían a esconder, o simplemente caían de espaldas, desmayadas. Los que no la pasaban muy bien eran los que tenían frágiles puertas de madera o ventanas sin protección, ya que enseguida veían invadidas sus casas, teniendo que luchar por no ser mordidos, salir corriendo con rumbo incierto, o inconscientemente arrojarse desde lo más alto de sus casas.

Los horribles gemidos crecían en decibeles y se agruparon en la explanada principal de nuestra localidad. Los techos de los establecimientos aledaños tenían la misma altura que del lugar donde estábamos, así que lejos de la orilla, caminamos cuidadosamente hasta aquella cornisa que miraba al kiosco. En el trayecto vimos casas invadidas y gente que tomaba la postura de aquellos extraños. Otros afortunados, nos hacían señas de silencio desde sus escondites.

Metrallas, las últimas que trataban de sobreponerse al evento, se apagaron; vimos a ese grupo de oficiales que las emitieron, tratar de salvar con vehemencia a una chica debajo de un auto, cuando la grotesca horda los embistió.

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