SagaReverso
Rango5 Nivel 20 (457 ptos) | Escritor en ciernes
#1

La muerte era algo difícil de comprender para Amala. Siendo apenas una niña, tampoco entendía del todo lo que era la justicia, pero si conocía muy bien a la tristeza, porque ese día empañaba las ventanas de su alma.

Las autoridades del pueblo de Ahavá se habían reunido al mediodía en la casa comunal para discutir acerca de los macabros sucesos acontecidos durante el día. A media tarde, el hecho ya bailaba en boca de toda la muchedumbre que se congregaba a las afueras del edificio.

La pequeña Amala, además de evocar lastima, llevaba puesta una túnica blanca con dibujos dorados teñida con manchas rojas, y un par de sandalias remendadas. Su nariz grande y puntiaguda era tal vez su rasgo más visible mientras que, sus ojos marrones, su cabello negro y su piel tostada, eran de lo más común que se veía en el pueblo.

---Continúa más abajo---

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#2

Amala se veía a si misma sentada en una pequeña banqueta de madera que solían usar los adultos para subirse al estrado, pero como ninguno de los voceros iba a dar un discurso solemne ese día, aquel era el asiento más cómodo que pudo conseguir. Extrañamente, sentía que sus pies estaban mojados, aunque no había señales de humedad en el piso; era una sensación extraña, como si estuviera en dos lugares a la vez.

–¡Justicia es lo que pedimos! –exclamaba El Jeque de la mezquita local, cuyo turbante blanco era tan grande como la lámpara que colgaba del techo.

–¡Ja! Piden justicia, pero acaparan nuestros rebaños desde el año pasado –reclamó El Rabino de la sinagoga, sosteniendo su diminuto gorro de tela fina con las manos, luego de que casi se le cayera al suelo por el sacudón que había dado al pararse de la silla para hablar.

–Y, ¿qué hacen ustedes con las cosechas de trigo? ¿Las reparten justamente como galletas? –Preguntó El Jeque, poniendo los ojos en blanco y bufando con la boca–. No cabe duda de que ha sido un asesinato, cómo se explica la cantidad de sangre que encontraron en el cadáver –El Jeque se dirigió a la muchedumbre alzando los brazos–. ¡Quieren intimidarnos, porque no toleran nuestras costumbres!

–Qué conveniente sería echarnos la culpa, ¿no es así? –Preguntó El Rabino, alzando un dedo al aire y buscando también el apoyo del gentío–. ¡Esto es un ultraje!

La gente se veía las caras sin poder ocultar la confusión, el miedo y en algunos casos, la rabia. Los murmullos no tardaron en condensar los ánimos que, de por sí, ya estaban caldeados.

Amala comenzaba a ponerse nerviosa, no le gustaba ver a la gente discutiendo de ese modo. Mientras tanto, La Jefa del consejo, una de las habitantes más ancianas del pueblo, se preparaba para golpear un pequeño mazo de madera contra la mesa. Luego de tres golpes secos que retumbaron en todo el salón, la anciana se levantó y con toda su autoridad dijo:

–Esto no es un mitin político, caballeros –Un silencio expectante se apoderó del espacio, toda la atención se centraba en la anciana–. La causa de la muerte del pescador será determinada por la única persona competente para hacerlo.

–¿El doctor Moshé? –Interrumpió El Jeque de la mezquita–. ¿El mismo que asiste a la sinagoga cada sábado? El doctor Moshé no delataría a los suyos.

–El doctor Moshé es un hombre de ética intachable –replicó El Rabino furioso, halándose la barba de tal manera que parecía querer arrancarla de un tajo–. Debería darle vergüenza cuestionar sus métodos cuando fue él quien salvó su vida el verano pasado.

–¡Señores, por favor! –La Jefa del consejo utilizó de nuevo el mazo de madera para recobrar el orden–. Discutiremos los resultados de la autopsia, después de que sean revelados por el doctor Moshé. Por ahora, el asunto que nos concierne es la desaparición...

De pronto, las puertas del gran salón de abrieron para darle paso a un hombre de cierta edad que vestía una bata blanca y llevaba gafas redondas y remendadas. En sus manos cargaba una carpeta con los resultados tan ansiados de la autopsia del pescador.

Amala se levantó de su banquillo para saber quién era el recién llegado, resguardándose detrás de la túnica de la anciana del consejo al darse cuenta de que se trataba del doctor Moshé; el mismo que una vez le había pinchado con unas agujas con la excusa de suministrarle un remedio. ¿Venía otra vez con sus agujas para curarle la gripe? Quizás una gripe era la razón por la cual sentía que sus pies estaban mojados.

Envuelto por el sonido de los cuchicheos provenientes de las gradas, y por la mirada acusadora de El Jeque de la mezquita, el doctor Moshé, con una actitud imperturbable, se sentó en una de las sillas del gran mesón, y procedió a abrir su carpeta sobre la mesa para comenzar su discurso.

–Buenas tardes, doctor Moshé –dijo La Jefa del consejo–. Supongo que trae noticias.{

–Así es, mi querida Dalia –contestó el doctor, ajustándose las gafas–. Estimados miembros del consejo, hemos finalizado la autopsia de Abdul Nisba, la cual nos ha permitido descubrir la causa de su muerte.

Amala sintió que su estómago se sacudía, y que una aguja imaginaria le pinchaba el corazón. Hablaban de su padre, un hombre humilde que había llegado allí hace menos de una década, cuando Amala apenas aprendía a caminar, buscando un refugio lejos de la guerra que había azotado la región; tras haber recorrido unos cuantos kilómetros a través de un valle desértico, la suerte les había sonreído al atravesar los alrededores de un lago profundo, donde un pequeño grupo de peregrinos provenientes de varios lugares comenzaban a establecerse.

Aunque no coincidían en creencias religiosas, los nómadas desplazados tenían un objetivo en común: convertir aquel terreno olvidado en un asentamiento agrícola que les permitiera sembrar un futuro. Un paraíso oculto en medio de la nada, lo suficientemente pequeño y humilde como para no llamar la atención innecesaria del resto del mundo. Así se fundó y creció el pueblo de Ahavá, que significaba hermandad.

Hiarbas
Rango11 Nivel 52
hace 3 meses

Me ha sorprendido lo distinto que es este a tus anteriores relatos, aun así se ve tu mano en el, la narrativa fácil y los diálogos creíbles le dan frescura como a todo lo que escribes, seguiré atento a las próximas entregas, siempre que pueda pues últimamente ando despistado con demasiado que leer y escaso tiempo para hacerlo.

SagaReverso
Rango5 Nivel 20
hace 3 meses

Gracias, Hiarbas! Es una historia muy corta, pero intensa. Mañana publico el resto.


#3

–El cadáver fue encontrado flotando sobre el lago –continuó disertando el doctor Moshé mientras El Jeque de la mezquita hacia una mueca–. Presentaba una herida muy profunda en el pecho y múltiples heridas más pequeñas en el resto del cuerpo. Las circunstancias, como es natural suponer, apuntan a un crimen violento. Hemos encontrado rastros de trinitrotolueno y polvo de aluminio, además de trozos de acero fundido que fueron extraídos de las heridas. Por lo tanto, se ha determinado que la muerte ha sido causada por algún tipo de explosivo.

Al terminar la frase, la multitud no tardó en exhalar leves gritos de sorpresa al unísono.

–¡Lo sabía! -gritó El Jeque, escandalizado–. Ahora resulta que tienen armas.

–¡Ustedes son los únicos que defienden su religión con armas! –exclamó El Rabino, golpeando la mesa con furia.

Se respiraba un ambiente de tensión muy peligroso en la sala. Las extrañas circunstancias de la muerte de Abdul, amenazaban con incitar un conflicto entre las comunidades religiosas que habitaban Ahavá. Luego de tantos años de convivencia, la paz estaba sostenida apenas por un hilo muy frágil que podía romperse en cualquier momento.

–¡Suficiente! –Gritó la anciana del consejo, golpeando una vez más el mazo de madera contra la mesa para llamar la atención–. ¿Algo más, doctor Moshé?

–Hay algo más, mi señora, una hipótesis –dijo el doctor Moshé, apenas tuvo la oportunidad de ser escuchado entre el barullo–. Los pedazos de acero que pertenecen al armazón de la bomba tienen cierta antigüedad. El óxido y la presencia de sedimentos me permiten deducir que la bomba estuvo bajo el agua durante mucho tiempo, antes de explotar. Además, la explosión pudo haber mutilado el cadáver de Abdul, pero la onda expansiva fue reducida. Lo más probable es que haya explotado dentro del lago, por eso el cadáver presentaba heridas tan superficiales. Lamentablemente, sus arterias fueron cercenadas y Abdul no tuvo oportunidad de sobrevivir.

–¿Cómo podemos confiar en lo que dice? –preguntó El Jeque, de mala gana.

–¿Hay alguna manera de comprobar su teoría, doctor Moshé? –preguntó El Rabino, reformulando la pregunta provocadora de El Jeque.

–Si –contestó el doctor–. La única que puede confirmarlo es la pequeña…

Amala sintió que las miradas se centraron en ella, pero por muy poco tiempo, puesto que las puertas del gran salón se abrieron una vez más. Esta vez, entro una mujer delgada y alta, con la respiración agitada y una capa de sudor en la frente. Afuera, los colores del cielo delataban la llegada del crepúsculo.

–¡Señora, hemos encontrado a la niña! –exclamó aquella mujer, cuyas botas estaban llenas de lodo.

–¿Donde? –preguntó la anciana, acudiendo al llamado.

–En el lago, junto al bote destrozado –respondió la mujer con la voz cansada.

Las manos de Amala comenzaron a temblar, estaba segura de que se referían a ella. Sentía frío, y sus pies parecían estar más mojados que nunca, pero el suelo estaba seco. Nadie se percataba de su presencia. Intentó gritar, pero su voz se negaba a proyectarse. Entonces, se miró el vestido una vez más, y recordó. Ella sabía que su túnica solo tenía un color, el blanco. Aquellas manchas rojas que teñían su ropa, eran otra cosa, ¿qué eran? Se preguntaba Amala, mientras sentía que algo le presionaba el pecho repetidas veces, como si una mano invisible la empujara.

Oía voces muy lejanas. Ya no se encontraba en el gran salón comunal, todo a su alrededor estaba oscuro. ¿Por qué? La muerte era algo difícil de comprender para ella, pero poco a poco comenzaba a descifrar tales misterios.

Uno, dos, tres.

Una corriente de aire le enfrió la boca y le revolvió el estómago. No podía respirar.

Uno, dos, tres.

La presión en el pecho parecía intensificarse.

Uno, dos...

Al sentir la tercera pulsación, el agua salió expulsada a través de su boca y su nariz. Amala tosió con fuerza intentando recuperar el aliento mientras sus pulmones se liberaban de una vez por todas.

–¡Si, muy bien! –exclamó una voz muy cercana mientras alguien le ayudaba a levantarse–. Respira, respira. Si, muy bien, pequeña.

Había despertado, esta vez, en su propio cuerpo. Ya podía sentir el calor en su piel. Ya podía hablar y admirar el sol ocultándose entre las colinas de roca y arena. Aunque se sentía débil y vulnerable, ya podía respirar aire de verdad.

La buena noticia circuló entre los habitantes del pueblo y llegó incluso llegó a oídos de otros asentamientos vecinos. Durante los días siguientes, Amala logró recuperarse estando bajo los cuidados del doctor Moshé, quien decidió adoptarla y criarla como a su propia hija. Luego de contar su versión de los hechos, Amala pudo dar a conocer la verdad de lo que sucedió.

En las profundidades del lago, durante una excursión en bote con su hija, Abdul Nisba se había topado con los restos de un avión bombardero que se había estrellado allí hace más de una década. Poco sabía el desafortunado pescador que el desgastado armamento que ostentaba la máquina sumergida, aún podía causar mucho daño. La guerra había dejado secuelas tanto físicas como ideológicas que, incluso después de tanto tiempo, seguían siendo peligrosas.

Al comprobarse la historia, El Jeque y El Rabino tuvieron la obligación de dejar de lanzarse acusaciones a mansalva. Había sido un hecho lamentable que el miedo y la incertidumbre causara la toma de decisiones precipitadas, y la aparición de señalamientos sin fundamentos que pudo haber convertido traído consigo mayores desgracias. La jefa Dalia, la anciana del consejo, logró establecer un acuerdo para repartir los rebaños y los campos de trigo en partes iguales para ambas comunidades religiosas, con lo que se restauró la sana coexistencia y reforzó el ambiente de hermandad que caracterizaba la vida en aquel pueblo remoto.

Por su parte, Amala pronto comprendió que no volvería a ver a su padre nunca más, y aquello le causó una tristeza profunda; un sentimiento con el que aprendió a convivir. Su renovado entusiasmo la llevó a recorrer el mundo durante su juventud, pero con el paso del tiempo supo que su verdadero hogar siempre iba a estar allí, donde era amada y feliz, en Ahavá.

Fin.

#4

Éste pequeño relato fue escrito para un concurso literario en torno al tema de la coexistencia. Quería compatirlo por aquí para que más gente pudiera leerlo antes de que se publiquen los resultados del concurso.

Sus opiniones son bienvenidas. Muchas gracias por leer.

IndigoDolphins_73
Rango10 Nivel 46
hace 3 meses

Técnicamente me parece q está bien, no soy una entendida pero no me chirrió nada durante la lectura. Buenas las pistas q vas dejando sobre el estado de la niña sin q llegué a ser previsible. La historia es entretenida y está bien narrada. Qué pasa? Que los q hemos leído Reverso, sabemos cuál es tu nivel y esto es menor. Tal vez la extensión del relato influya pero tú fuerte, esa gran capacidad para crear escenarios y universos maravillosos, descritos de forma impecable, apenas se ve aquí. Si fuese otro autor, sería un relato muy bueno pero eres tú y mis expectativas son muy superiores. @SagaReverso

SagaReverso
Rango5 Nivel 20
hace 3 meses

Wow, gracias IndigoDolphins. Esta fue una incursión breve en otro género literario para un concurso que están realizando en mi localidad. La historia debía ser corta y tocar ciertos temas, así que me pareció muy valiosa tu opinión. De todas formas, estoy concentrado en la serie Reverso, pronto habrá noticias de eso. Gracias!