I_am_Nobody
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#1

El camino efímero frente a mí era iluminado por un cielo resplandeciente, el cual brillaba junto al regocijo imparable de mi alma. Las penas y tormentos desaparecían con cada segundo que pasaba. Un andén pintoresco y lleno de personas, ante mí sorpresa, me ofrecía un júbilo ineludible que no quería sacudir. El sueño aún dominaba algunas miradas durante aquella mañana fugaz. Y así, vagones grises, trémulos, e impávidos aparecieron, ávidos, por llegar a la última estación de aquella ruta matutina y oscura.

Un puerta de antaño y conservada, ansiosa, esperaba mi presencia. Un saludo era recibido para envolverme en una atmósfera inexpugnable y adictiva a tempranas horas de la mañana, mientras el sol aún no despertaba. Aunque solitario, caminé aquellos salones desiertos, y fantasmas inolvidables me observaban impacientes, palabras pronunciadas me envolvían a cada paso que daba, esas sillas hacían sentirse de una manera particular, y la pizarra dibujaba en sí misma retazos que dejó el aprendizaje, entre risas y lágrimas.

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#2

Mi estancia sería sólo entretenimiento pasajero hasta hallar algo mejor, no paraba de decirme. Una fuerza inaudita me retuvo, cautivo, en su sótano de miseria y recuerdos inextinguibles. Al comienzo, me empapaba de un carácter fascinante que enriqueció mi espíritu; carácter que, como el fuego, se extinguió hasta volar hacia el infinito junto a las briznas letales de los sueños perdidos. Me sentí solo, desamparado, entre aquellos asientos, aquellas paredes, aquellos fantasmas que seguían allí, mirando cómo me adentraba en aquel vertedero. Así, el final de cada tarde en aquel sepulcro se convertía en una marcha fúnebre, arrastrando pesados pasos, como ladrillos débiles negándose a morir, con una pesadez ingente en mi pecho, dirigiéndome hacia aquella estación, aquel andén, aquel vagón, carente de corazón.

Lentamente, al pasar de los días, al pasar de las horas, mi júbilo se extinguió, como la muerte del fuego en la última fibra de la vela, como la luz de la luna menguante en una noche oscura y eterna. Reflejado en mi espejo, observo mis facciones y características repugnantes; cabello despeinado, sucio; sombras de sueño y estrés marcadas bajo mis ojos; vello facial uniforme y descuidado; era la representación de mis emociones, la abominación de mi corazón.

Mucho de mi tiempo estaba dividido entre lecciones vagas y eternas; repeticiones que volaban y se perdían en los reverberos del aula, convertidas en pilares del aburrimiento que me abatía. Inesperadamente, el aburrimiento falleció, y un ingente hastío tomó su lugar, hundiéndome en una cueva insondable de la cual nunca logré salir. Aquellos estudiantes desaparecieron, volando hacia destinos inciertos, por tantos motivos que ya no quiero recordar. Cada salón recuperó su soledad incontenible y amenazante, manteniéndome como prisionero de aquella tempestad, sin abrigo ni espada para luchar contra los fantasmas armados de pesadumbre que me atacaban.

Me había convertido en un desamparado prisionero sin la capacidad para detectar la realidad del peligro que quería aniquilarme sin compasión. Después de algunas semanas, me dirigí hacia un objetivo incierto, un lugar en donde la debilidad de mi corazón encontraría un sosiego insidioso y temporal; el castaño eterno y los reverberos ahogados en risas me sumergieron en una frágil cabaña, cuyos pedazos aún observo, carcomidos por la tierra y la falta de esperanza. Sin embargo, todo, como la arena suave y escurridiza, se escapó entre mis dedos y me sumergió en el olvido, mientras que mi insistencia armaba el final de mis expectativas, disparando flechas hacia mi pecho que no podría sacar.

Y así los días transcurrieron, en un desfile de insoportables minutos y eventos; el tiempo tomaba relevancia, así como la verdad que ignoraba. Tanto al salir como al entrar, mis ojos se posaban en aquel suelo descuidado de la calle, de aquel edificio, de mi casa, para no sentirme acorralado por la realidad inevitable.

#3

II

Esos trágicos días eran parte del lugar que con bienvenidas me recibía y que ahora me despide con un adiós vigoroso. Mi cuaderno está por morir, y la tinta de mi bolígrafo está por acabarse; la repetición de mi historia me abruma y quema como nunca antes. Mientras relato en estas páginas mi infortunio, las lágrimas se adueñan de mis mejillas, y rememoro los parajes de aquellos eventos que reviven memorias indeseadas e inhabitables; partes de algunos días que ya no quiero visitar. Mi alegría, antaño intocable, se derrumbó como edificios al estallar.

Dispuesto a devolver el adiós, convencido de viajar hacia la incertidumbre, salí de casa mientras el sol estaba aún oculto, ignorando mi andar. Las calles desoladas aumentaban el ruido de mis pasos; a través de una carretera solitaria, un frágil autobús apareció, para llevarme a donde ahora me encuentro escribiendo estas palabras como un recordatorio de otro fracaso que nunca olvidaré.

Segundos después, llegué a la estación del metro, la cual me separaba del instituto por diez largos minutos, y la imagen ante mis ojos sería algo inolvidable. Como si una catástrofe hubiese borrado el lugar; la línea eterna de personas, adormiladas, cansadas, esperando llegar a sus trabajos, había desaparecido, y los colores de la infraestructura de aquel decadente lugar habían perdido su vivacidad. La imperante soledad se adueñó de todo el lugar, llegué a pensar que estaba clausurado por mantenimiento o abandono. Me acerqué a la entrada, vi las puertas abiertas, y me estremeció una vieja mujer esperando al primer viajero, que, al parecer, era yo.

Era la mujer que recibía los tickets y permitía el paso. Cuando entregué mi dinero, dijo: “Estos vagones ahora pertenecen a los desahuciados, a los abandonados, bienvenido”.

Pasmado, recibí mi ticket, pero cuando bajé unos escalones para esperar el tren, entendí sus palabras:

El impávido tren de siete vagones había desaparecido; solo restaba uno, abandonado por el tiempo y la vida. El gris que le otorgaba vivacidad se había largado hacia las postrimerías de la existencia, dando paso a una combinación sangrante, roja y naranja, que rezumaba óxido y desolación. Los andenes se convirtieron en desiertos eternos, con fantasmas abandonando aquella construcción decadente. “No cruces la línea amarilla”, escuché a través de un radio evidentemente antañoso. Sentí un mar de desesperación corriendo a través de mí, así como la necesidad de huir. “¿A dónde iré?”, Me pregunté, y no encontré la respuesta. Las palabras resonaban en mi interior, golpeando las esquinas en busca de una salida, pero estaban atrapadas, destinadas a morir. Así, aquella desesperación se transformó, de repente, en la pesadez dentro de mi pecho que no había podido desechar.

En ese instante, me dirigí hacia un pequeño banco oxidado, cerca de las escaleras, para observar el deterioro del júbilo que la decadencia, frente a mí, solía tener y que, desgraciadamente, había perdido.

Sumergido en aquella soledad, me ahogaba en suspiros; pensamientos convertidos en palabras y analogías que describían el estado en el que me encuentro. El vagón sin vida dentro de sus parajes, rieles podridos y abandonados, a través de los cuales insectos caminaban buscando migajas de vida, andenes solitarios, enormes terrenos eternos, paredes llorando y desechando las últimas gotas de color que poseían. Hipnotizado, miraba esto mientras sentía una gran afinidad, la analogía que tanto me buscó y que nunca paró hasta encontrarme.

Y fue allí cuando la pregunta regresó, se detuvo en mi mente, para nunca marcharse, mientras la tinta se agotaba, mientras la noche caía, mientras yo seguía sentado en esta condenada decadencia: ¿a dónde iré?

Pero, aquellas palabras seguían volando en mi interior, buscando una respuesta inexistente para mis dudas inacabables. Este fue el resultado de aquel tráfago inicial, de aquella muerte al final. La vida no terminará y los caminos me guiarán hacia parajes inciertos, mientras sigo cuestionándome a dónde debo dirigirme.

Si tan solo supiera…

FIN