Lizzie115
Rango12 Nivel 56 (10260 ptos) | Ensayista de éxito
#1

Así inicia la saga Las Stuarts, historias de seis hermanas

Melinda Stuart es una mujer soltera de 31 años. ¿Por qué explico esto? Pues porque ella se cree una solterona, todo por no haber encontrado el amor verdadero y tener la casa llena de niños. Lo irónico es que su último noviazgo termino por eso precisamente, su novio quería dar el siguiente paso en su relación, formar una familia, seguir adelante, y ella solo vivía para su trabajo, nada más. Es una cirujana pediátrica, una de las mejores. Ahora soltera y deseando no serlo se deja llevar por sus hermanas y acaba enredándose con un total desconocido. Este encuentro fortuito llevará a Melinda a replantear toda su vida.

Hace 4 meses Compartir:

0

10
#2

Capítulo Uno

“Todo ha salido bien”, agradece Melinda mientras cierra el pecho del niño Tomas de 7 años.
El peligro ha pasado. Ha logrado quitar toda la metástasis del pulmón derecho. Es una suerte haber realizado un diagnóstico temprano, siempre es mejor encontrar el tumor en su fase inicial. Necesitará hacer un seguimiento, pero está segura que la operación tendrá resultados positivos.
— Muchas gracias a todos. Emily te dejo el resto a ti, debo informar a los padres.
Sale del quirófano buscando a Amanda y Henry Field para darle las buenas noticias. Es consciente de lo asustados e impacientes que están.Conoce a la familia desde que Tomas tenía un año, ha sido su pediatra toda su corta vida.
Además de ayudar a los niños, ver la sonrisa en el rostro de los familiares cuando las cosas salen bien, es uno de los momentos favoritos de Melinda.
Adora a sus niños, con 31 años su mayor deseo es ser madre, por desgracia no ha tenido la suerte. Ha intentado todo. Incluso fecundación in vitro. Aun cuando no confía en los hombres, se niega a depender de ellos para ser madre. Sin embargo nada funciona. Debe tener algo mal. La única opción que le queda es adoptar.
Su mejor amiga cree que está loca, criar a un niño sola no es tarea fácil, bien lo sabe Victoria, hablándole desde la experiencia. Ella tuvo que ser madre y padre para su niñita, para que no le falte nada.
Además, su caso es peor, es médico, su horario es una locura. Hacer malabares entre su trabajo y la crianza de un bebé que necesita cuidados extremos las 24 horas del día no es, ni será nunca una tarea sencilla. Y sumándole que Melinda desea hacer todo sin ayuda de un compañero a su lado, agrega más complicaciones.
“Estas loca”, le dice siempre Vickie, su mejor amiga. “Has visto de primera mano todo lo que he tenido que pasar. Los sacrificios que he tenido que hacer. ¿Cómo piensas pasar por lo mismo? Estoy en contra” Melinda sonríe a su amiga siempre que comentan sobre este delicado tema, como lo llama Vickie. Sabe que lo dice de dientes para afuera, nunca cambiaría nada del mundo por no tener a su niñita. Y sabe bien que la apoyara en todo pase lo que pase y decida lo que decida.
Melinda es consciente de lo complicado que puede llegar a ser demasiado bien, es pediatra, su labor es lidiar con niños y con sus familias todos los días, ha escuchado sus problemas, sus historias, no es fácil, pero no le importa, quiere ser madre. Un hijo es el mejor regalo que te puede dar la vida y Melinda planea tener ese regalo, cuanto más pronto mejor. De todas formasella tiene una excelente familia que la apoyara no importa lo que haga. Está segura que ese bebé será amado con todo el corazón. En este caso, con muchos.
Ha perdido la fe en los hombres. Ninguno sirve para nada, lo ha comprobado con creces. No sabe por qué pero tiene una terrible suerte con los hombres, no son de fiar, no cuando más se les necesita. Ninguno. Cuando precisa apoyo, solo lo puede encontrar en su familia, es lo único constante en su vida.
Las noticias son muy bien recibidas. Siempre es un placer ver la sonrisa en los padres, saber que todo ha ido bien.
Está exhausta, por suerte ha terminado por hoy. Mañana debe visitar en el postoperatorio a su niño. Necesita descansar, ha sido una semana extenuante cargada de trabajo.
Hoy es la reunión familiar. La cena de los viernes es un ritual en la familia Stuart después de una larga semana, donde hablan de su día, cuentan chistes, los chismes de la semana, reírse los unos de los otros, el pasatiempo favorito de las hermanas, después de los chismes de orden, claro.
Es una familia compuesta por 8 miembros. Los padres de Mel, George y Josephine, y sus 6 hijas. Siendo Melinda la mayor, en orden la siguen, Alexandra, Liliam, Amelia, Suzanne y Catherine, la pequeña Lulú, como le dicen todos.
Es una reunión movida, nunca escasa de risas. Su padre siempre dice que lo dejan en desventaja, pero le encanta estar rodeado de sus mujercitas. La mayoría de las hermanas aun viven en la casa grande, sin embargo la cena es una obligación, o mejor dicho, un placer para ellas, pasar tiempo juntos en familia, es el hobbie favorito de los Stuarts.
Es imposible hablar, todas lo hacen a la vez, interrumpiéndose continuamente. Si alguna quiere ser escuchada tiene que alzar mucho la voz, o incluso dar un golpe en la mesa o levantar la mano para llamar la atención. Es una tarea complicada tener una familia tan numerosa y ruidosa como lo son los Stuarts.
— ¿Y cómo van las cosas con Adrien o es Robert, Lily? No puedo llevarte la cuenta, me pierdo.
— Adrien, y hermana, estás leyendo periódico viejo, viejísimo. Ya lo dejamos.
— En realidad, Lily lo dejo a él, como es lo normal.
— Oye — replicó sonriendo Lily. Es la más aventurera de las hermanas. Algo así como un espíritu libre.
— ¿Qué? A mí me duran más los chupachups que a ti tus novios.
Las risas se escuchan por encima de las protestas de Lily, que no pudo evitar reír también, después de todo es la pura verdad.
— Chicas, dejen a Lily tranquila — intervino su madre. — Está intentando imponer un record.
— Mamá — protesto con una sonrisa y dándole un pequeño empujón a su madre, todos rompieron a reír.
— Bueno, volviéndonos serias. Mañana. Salida. Todas. Sin excepción — dijo Lily mirando a Melinda.
— Tengo que trabajar.
— Siempre tienes que trabajar. Vive un poco.
— ¿Cómo tú?
— Sé que lo dices sarcásticamente, pero sí, como yo.
— Vamos Mel, noche de chicas, hace tiempo que no salimos las 6 juntas. Tú, — dirigiéndose a la pequeña Lulú, — hasta las 11 nada más, pero bueno, las Stuart juntas para arrasar otra vez.
— Oye, no eres mi madre, no puedes mandarme así. También quiero salir y divertirme.
— Pero yo si lo soy, y Lily tiene razón, eso si realmente quieres salir.
Lily por detrás de su madre le hizo muecas a Lulú. Melinda entre risas pensó que no sería una mala idea una noche con entre hermanas para despejar.
— De acuerdo. Nos vemos aquí a las 9 en punto mañana.
La noche pasó entre chistes y conversaciones sobre sus trabajos hasta pasada las 11 cuando Melinda se despidió de su familia y regreso a casa.
El sábado paso igual que sus demás días laborales. Aunque no lo admitiría, al menos, no en voz alta, está ansiosa por la salida con sus hermanas. Tienen razón, necesita despejarse un poco, soltarse, como dice Lily. Lo cual nunca es algo bueno cuando lo dice. Muchas locuras empezaron con esas exactas palabras. Todas más divertidas y extravagantes que la anterior. Por eso adora a su alocada hermanita. Ella es todo lo que Melinda nunca será, espontánea.
— Escuchaste lo del Dr. Carlson — le dijo su mejor amiga, Vickie, mientras se sienta a su lado en la cafetería sacándola de su ensimismamiento.
— No, pero imagino que me lo piensas contar.
— Ignoraré el insulto implícito. Lo despidieron por un problema con un paciente.
— ¿En serio? ¿Qué pasó? — exagero Melinda su pregunta, sonriendo abiertamente al ver el rostro de Vickie que la mira haciéndose la enojada.
— Simpática, pero sé que realmente quieres saber — respondió con una risilla su amiga, mirando a todos lados como explorando el terreno para no ser escuchada, dándose aires de misterio haciendo que Melinda ruede sus ojos. Vickie ama un buen y jugoso chisme, es su hobbie preferido.
— No tengo ni la más mínima idea de lo sucedido— dijo logrando que Melinda soltara una fuerte carcajada, algunas personas sentadas cerca de ellas en la cafetería las miraron asombrados y rieron también, la risa de Mel es contagiosa. —Shhh. Calla. Nadie lo sabe, y créeme pregunte lo necesario, hasta ahora todos son especulaciones al respecto. Yo opto por acoso, ese hombre es escalofriante. La noticia importante es que ya contrataron otro médico, viene de Los Ángeles. El Dr. Emerson, dicen que es toda una eminencia en su campo, la cardiología pediátrica.
— Vaya, me alegro, siempre es bueno tener doctores así, los pacientes se lo merecen.
— Lo sé. Pero estoy loca por conocerlo. Hay una apuesta entre las enfermeras, hasta ahora esta 50-50, si es gay o no, ya que es soltero, tiene 35 años. Yo voto por hetero. Me pregunto cómo será.
—Estas loca, amiga. Imagino que es un solitario, a esa edad, soltero, no lo creo. OK, sé que sueno hipócrita — dijo Melinda sin necesidad de mirar a Vickie, sabe que sonó mal. Ella y muchas de sus compañeras, al igual que Vickie son solteras. Muchas por mala suerte, ella por elección.
Melinda tiene la mala costumbre de decir lo que piensa en voz alta gracias a la educación que le dieron sus padres. Es un mal general de las Stuarts. Una conversación con su familia es como entrar a un campo de batalla, al menos eso le dice Vickie que conoce muy bien a los suyos. Son mejores amigas desde preescolar, por lo que está familiarizada con el clan Stuart. Vickie es como otra hermana, conoce todos sus secretos. No hay nada que no le confiaría a ella, tampoco le hace falta, Victoria sin necesidad de palabras sabe lo que piensa, por eso la quiere tanto. Ademásde ser la madrina de la bella niña de 6 años de Vickie. Una pequeña que adora como si fuera suya.
— Tienes que apoyarme en eso al menos, es extraño que sea soltero, debe ser un hombre poco agraciado.
— O gay.
— O gay, pero igual, tendría pareja, ¿no?
— Bueno, dejemos el debate, no lo averiguaremos así. Todas las dudas se disiparan el lunes.
— Yo no tengo ni dudas ni interés alguno en el Dr. Emerson.
— Si, ya — sonrió Vickie.
— OK, me voy. Hablamos después. Debo hacer mis rondas.
—OK, bye. Que te diviertas esta noche. Pórtate como yo. Mejor, olvídate que eres tú.
Melinda se despidió riendo. No es la primera que le da ese consejo: “No ser tú misma”. Esta pensando que tal vez no es tan mala idea intentarlo. No perderá nada si lo hace. Esta resuelto, esa es su meta esta noche. Ser otra.

Pacodecaceres
Rango5 Nivel 22
hace 24 días

Tengo una duda, ¿si en español decimos "guei", por qué escribimos "gay"?

Lizzie115
Rango12 Nivel 56
hace 24 días

Porque es una palabra inglesa, y lo que hicimos fue apropiarnos de ella por eso se escribe así, aunque la pronunciemos de otra manera. @Pacodecaceres


#3

Capítulo Dos

Ni siquiera se esforzó en arreglarse. Sabe que en cuanto ponga un pie en la casa grande una bandada de chicas locas por la moda le caerán encima y la vestirán a su gusto como si fuese una Barbie.
Así mismo fue. Sus hermanas la arrastraron a la habitación de Alexandra, la segunda hermana mayor. Es con la que tiene mayor afinidad, quizás porque se parecen mucho, no solo físicamente, pues parecen mellizas, sus personalidades son similares también.
Le colocaron un vestido sin mangas y con la espalda al aire, pegado a su cuerpo, resaltando sus curvas. Un poco corto para su gusto. De un color rojo. Bastante llamativo.
— Esa es su función — dijo Lily que va vestida con una blusa blanca transparente y unos shorts negros de seda, además de unas botas altas. Se ve hermosa. Todas lo están.
Melinda lleva el cabello suelto, que le llega hasta la cintura, de un rubio como el sol naciente con unas vetas plateadas. Junto con sus increíbles ojos azules y sus 1,65 cm de altura, aumentados un poco gracias a unos zapatos negros de tacón que le incomodan, no está habituada a andar en zapatos altos. Se ve increíble, super sexy, como le dijo Lily.
Sus hermanas hicieron que se quitara las gafas y se pusiera lentes de contacto.
— Hay que aprovechar los hermosos ojos azules que tenemos de herencia, ¿no? — repuso Alex cuando Mel comenzó a protestar pues odia ponerse los lentes, le irritan los ojos.
Mirando el resultado final en el espejo, Melinda tiene que decir que se ve muy bien, es más, no parece ella. Justo lo que desea lograr esta noche.
Fueron a un bar que está de moda. No es muy concurrido, un local bastante agradable, con buena música y ambiente atrayente.
Empezaron los tragos y las risas. Lily evaluando sus alrededores, “cazando” como dice ella.
— Esta noche no soy yo quien va a conseguir un hombre, sino tú — dijo dándole un trago a su Sex on the Beach.
— Oh no, ni loca.
— Vamos, vive un poco. Diviértete. Lo mejor de hacerlo es que no tendrás que volver a verlo. Te da la posibilidad de ser quien quieras, inventarte una vida diferente, hacer lo que quieras sin pensar en las consecuencias.
— Me gustan esas opciones — respondió Alexandra.
— Pues a mí no — dijo Melinda.
— Claro que no, nunca te gusta nada que sea remotamente divertido. Eres una amargada, hermanita — replicó Amelia, la más directa y a veces, hiriente de las Stuart.
—Bueno, no sé cómo ser espontánea. Tampoco me atrae la idea de estar con un completo extraño.
— No lo estés. Tienes toda la noche para escoger un hombre que te guste y lo conozcas y después te lo tiras — dijo Lily.
— Oye, lenguaje — dijo Alex señalando a la pequeña Lulú.
— Oh, como si Lulú no supiera que es eso.
— No me importa si lo sabe o no, es la pequeña de la casa, así que voy a imaginar que no lo sabe — dijo Alex mientras regaña a Lily que le está guiñando un ojo a Lulú.
— Tienes 10 minutos para escoger a tu hombre — dijo Lily.
— ¿Por qué 10 minutos?
— Porque es el tiempo que tienes para procesar la idea y refutarla. Así que, dale, escoge. Que sepas que me estoy conteniendo por ti dejándote escoger primero. Si quieres te ayudo, tengo un excelente gusto para los hombres.
—Sí, claro.
Todas las hermanas rompieron a reír.
Los tragos estaban haciendo su trabajo logrando que las chicas dejaran su mesa para ir a la pista de baile.
Melinda nunca ha bailado mucho, aunque le encanta. Entre el trabajo y sus otras responsabilidades no tiene mucho tiempo para dedicarle al baile. No sabe si es el lugar, el momento o el alcohol, pero se encuentra totalmente desinhibida.
Se encuentran en el centro de la pista y están llamando la atención de todos. Como no hacerlo, 6 hermosas mujeres, moviendo el cuerpo al compás de la música. Los hombres están como en celo mirándolas, admirándolas.
Están divirtiéndose a lo grande.
Melinda no es amante del interés que están despertando en todos los hombres del local. Vamos que parecen perros en celo. Sin embargo, algo llama su atención. Es un hombre que no está babeando por sus hermanas, todo lo contrario, la está mirando a ella, solo a ella. No con deseo, al menos no tan decadente, con pasión, con admiración, como mujer, como persona, lo nota en su mirada.
Esta parado junto a un grupo de hombres que conversan animadamente y otras veces miran a las hermanas. Melinda imagina su tema de conversación. Él está solamente observando apartado de sus amigos, con un trago en la mano que casi no ha probado desde que diviso a la diosa rubia en ese atrevido vestido rojo.
No puede dejar de mirarla. Sus movimientos. El ondular de sus caderas. Su bello rostro iluminado siempre con una amplia sonrisa.
“Es perfecta”, piensa Mason sin poder evitar verse tonto admirándola sin quitarle los ojos de encima.
Ella lo notó. Lo observa con curiosidad. Con deseos de que la siga mirando como lo hace. Mason no comprende bien como lo sabe, pero está seguro que ella desea conocerlo tanto como él.
La ve caminar hacia él. Las curvas de su cuerpo no pueden esconderse bajo la tela del vestido que se pega descaradamente a su dueña.
“¿Qué diablos hago?”, piensa Melinda.

***

Nunca ha visto un hombre tan atractivo en toda su vida como aquel que la observa. Cree que debería sentirse ofendida o indignada que la mire tan fijamente sin disimular su interés un poco. Al contrario, desea que nunca deje de mirarla, de admirarla, casi como si la venerase.
Se siente poderosa. Hermosa por primera vez a los ojos de un hombre. Mel es consciente de su belleza física, sin embargo nunca le ha gustado exhibirse o que los hombres la admiren o le lancen piropos.
No le gusta lo superficial que puede ser, solo guiarse por la belleza de la mujer, sin interesarles el interior, lo que una mujer tiene que decir o lo que piensa. Es extraño que viendo a ese hombre no se sienta así. Es más, lo prefiere. Le encanta lo que le está haciendo sentir el desconocido.
— Lil, ya encontré a mi hombre.
— ¿Qué? — su hermana bailando dirige la mirada al punto donde Mel observa.
— Oh, qué bien, a que se cual es el que te gusta de aquel increíble grupo de machos perfectos.
— Ok, te voy a seguir el juego, ¿cuál?
— Ese galán que está a un lado, mirándote como si quisiera arrancarte el vestido a mordidas. Escogiste bien, ya quisiera yo que un hombre me mirase así.
— ¿Cómo lo supiste?
— Es un hombre apuesto. Además, te está mirando solo a ti, no ha apartado la mirada por nada, ni por nadie. Un hombre decente, que sabe lo que le gusta y va a por ello con todo. Además, está buenísimo. Claro que es tu tipo.
— No es mi tipo, para nada. Por eso es que es perfecto. Es lo contrario al tipo de hombre que me gusta. Tu misma lo dijiste, hoy tengo que ser otra. Allá voy.
— ¿Cómo?
— Voy a conocerlo como me dijiste.
— No te creo. Vaya, que mal te ha hecho la bebida. Está bien, te apoyo, te doy mi bendición. Pórtate mal. No regreses a casa hasta después de las 6 am. Ah, otra cosa, no te quedes a dormir, da una mala impresión.
— ¿Qué impresión además de la de facilona por acostarme con él sin conocerlo necesito dar?
— Buen punto. Pero ese no es el tema, no quieres darle la impresión de que quieres algo más que sexo de una noche.
— Ah, ¿y no queremos que piense eso?
— No, para nada. Recuerda, sexo desenfrenado, y mañana ni te conozco.
— Ok. Me voy. Deséame suerte.
— Suerte. Has todo lo que yo haría.
Melinda riendo a carcajadas se dirigió con paso firme hacia el hombre que ha ganado su interés.

#4

Capítulo Tres

Cuanto más se acerca nota queva perdiendo la confianza.
“¿Qué diablos hago?”, piensa Melinda.
¿Cómo lo abordara? ¿Qué debe decir?¿Cómo debe comportarse? ¿Hacerse la interesante, la misteriosa?
“Dios, qué lío” Nunca ha hecho esto. Ser ella quien da el primer paso. Oh, apesta. Pero ya no hay marcha atrás.
Si pensó que era atractivo antes, ahora cree que es perfecto, guapísimo. Mientras se acerca lo observa detenidamente.
Es un hombre alto, parece mucho más alto que ella, sin importar sus zapatos que la hacen ver más esbelta. De anchos hombros. No es demasiado corpulento, de complexión normal. De cara cuadrada, muy agradable, amable, incluso dulce.
Se queda concentrada en su rostro, muy apuesto. Nariz aguileña. Le gustan sus ojos, es el tipo de persona que sonríe con ellos, son intensos, soñadores. Siempre ha creído que esas son las personas verdaderamente reales, honestas. Increíbles ojos marrones. Largas pestañas. Sonrisa amplia. Labios gruesos, sensuales. Dientes blancos y perfectos. Cabello negro corto.
Va vestido de forma elegante, aunque bastante casual. Lleva unos vaqueros, escondiendo unas piernas robustas. Zapatos negros. Camisa azul oscura, un tanto abierta dejando ver un pecho bronceado perfectamente. Por encima una chaqueta de cuero negra.
Sus manos blancas se perciben ágiles, podrían hacer sentir maravillas a cualquier mujer. De un aspecto atlético, un hombre increíblemente apuesto. Debe estar rodando los 30 años. Melinda está realmente intrigada con respecto a él.
Aun así está comenzando a flaquear. No es que nunca haya estado con hombres guapos, sin embargo este ralla en la perfección. No se cree capaz de lograr su interés, o en este caso mantenerla. Conseguir hablarle con confianza, la que justo ahora no tiene.
“Vamos, mujer, que no se diga que un hombre logra inhibirte, eres una mujer independiente, fuerte y confiada. Ese hombre es tuyo, ve por él”. Se dio fuerzas Mel, sus propias palabras la hicieron sonreír porque sonó igual que Lily.
Que mal, está pasando mucho tiempo con la loca de su hermana.
“Madre mía, es hermosa”, piensa Mason.
Esos ojos sorprendentemente azules bajo unas larguísimas pestañas. Su largo cabello dorado que ondea al compás de su caminar. Oh, y esos labios, perfectos, besables, apetecibles.
“Mejor dejo de pensar así o tendremos problemas”.
Está totalmente en blanco. Su cabeza solo está llena de ella, hasta el más mínimo detalle, grabado a fuego en su mente, de su imagen perfecta que se acerca a él. La ve caminar con paso decidido hacia él y no puede evitar sonreír.
“Tiene agallas”. Es hermosísima y va directo a él. No es que no atraiga a las mujeres. Lo sabe bien. Sus conocidas se lo han dicho.
También sabe que no da la impresión de estar abierto, de ser muy accesible. Es la razón por la cual mujeres como ella no se le acercan. Es por esto que está curioso respecto a la dama del vestido rojo. Es diferente a todas las que ha conocido antes y le encanta.
Ya están uno frente al otro. Tan cerca. Pudiera levantar la mano y acariciar esa piel para comprobar si es tan delicada como cree, ver como se enciende el deseo en sus ojos azules. Se observan por minutos u horas. No sabe por cuánto tiempo. Realmente no importa, el tiempo se ha convertido en un estorbo para ellos que solo desean estar así, juntos. No hay necesidad de palabras. Sus ojos lo están diciendo todo.
— ¿Podemos ir a un lugar más tranquilo? — dijo Melinda.
Que voz, tan melodiosa, hechizante. Como el canto atrayente de una sirena. Mason no dice nada, solo la sigue hacia la salida. Le importa poco a donde vayan, sería capaz de seguirla al mismo Infierno y aun así no le importaría. Solo desea estar cerca de ella, tan cerca como le sea posible. Tocarla. Besarla. Lo que ella quiera darle, lo tomará.
¡Dios! No sabe cómo pudo hablar, pensó que las palabras no saldrían, que se le atragantarían en la garganta. La impresión de tenerlo tan cerca la dejo noqueada. En su vida había sentido nada igual, tan potente que aunque quisiera no podría alejarse de él. Como dos imanes que se atraen indudablemente.
Al salir del local no sabe para donde ir. Ella vino en el coche de Lily con sus hermanas. Se detuvo en seco, dio media vuelta y lo vio allí parado a solo un suspiro de ella, observándola, solo eso.
— ¿Coche?
Mason camino por su lado, cogió su mano encerrándola en la suya y se dirigió hacia su auto.
La descarga de electricidad que recorrió sus cuerpos fue tremenda.
Melinda siente cosquillas recorrer todas sus terminaciones nerviosas subiendo por su brazo y llegando a todos los puntos de su cuerpo.
“¿Qué tiene este hombre que me vuelve tan loca?”
No tiene una respuesta y se acaba de dar cuenta que no le importa. Está con él, es lo único que le interesa justo ahora.
Caminaron en silencio por un rato. Mel no es habladora, sin embargo siente una necesidad imperiosa de conocerlo mejor.
— Me llamo Melinda, por cierto.
— Mucho gusto, yo soy Mason.
— ¿Te gustan estos lugares?
— No realmente la verdad, pero mis amigos me dicen que trabajo mucho así que aquí me tienes.
— Yo igual, mis hermanas me arrastraron hasta acá, incluso me obligaron a usar este vestido.
— Pues mis felicitaciones a tus hermanas, estas hermosa.
— Vaya, gracias.
— De nada.
— ¿Y en que trabajas?
— Yo…este es mi coche.
Estaban frente a una camioneta Toyota negra grande.
“Le pega”, pensó Melinda.
Algo le hizo creer que Mason era un hombre que trabajaba con sus manos. Aunque no eran callosas, se sentían fuertes, gruesas, y aun así cálidas. Manos que han hecho muchas cosas, cosas que Melinda desea conocer, sentir sobre su piel desnuda. Este hombre podría hacerle maravillas con esas manos.
“¡Dios, que calor!”, pensó Melinda. Si así se siente con solo el contacto de sus manos, que pasará con un beso, una caricia, hacer el amor con él. Todas esas experiencias serán sumamente excitantes.
“¡Oh! Será maravilloso”, se dijo a sí misma.
Aun Mason sujeta con fuerza su mano, transmitiéndole paz y sobretodo mucho deseo, pasión. No quiere soltarlo. Pero debe hacerlo para entrar en el coche.
Cuando finalmente entran a la camioneta Melinda no pudo soportarlo más. Se acerco a él, tomo su rostro entre sus manos y lo beso. Es la primera vez que es tan atrevida, siempre espera que sea el hombre quien dé el primer paso, pero este hombre en específico la está llevando a la locura.
Es increíble, maravilloso. Es como probar un pedazo de cielo, el paraíso mismo en los labios de una mujer. El beso rápidamente paso a un nivel apasionado. Mason no quiere que pare nunca, pero no desea que pase allí, en su auto, en un estacionamiento, la respeta mucho para eso. Además, desea tomarse su tiempo, tocar, sentir, besar cada rincón de ese cuerpo perfecto que se esconde sin mucho éxito bajo el vestido rojo. Cuando estén juntos él desea disfrutarla completamente y que ella disfrute también. No quiere que sea solo sexo, quiere que Melinda nunca pueda olvidarse de él. Que sea la experiencia sexual más maravillosa de su vida. Mason planea cumplir esa promesa silenciosa.
Con pesar se separa de ella y dice:
— Vámonos — su voz sonó tan desesperada que Melinda tuvo que sonreír.
— Si, vamos — puso una dirección en el GPS y dejo que Mason condujera.

#5

Capítulo Cuatro

En el transcurso del viaje de media hora se mantuvieron en silencio. Mason no sabe si son los nervios o simplemente para no arruinar el momento.
“¡Dios, que nervios!”, piensa Melinda, está tan angustiada que no sabe qué hacer con las manos, se ha peinado el cabello con los dedos ya 5 veces. Ha jugado con su bolso. Necesita que lleguen ya, la espera la está impacientando. No es una puritana ha tenido rollos de una noche antes, pero ninguno como Mason. Sabe que su propósito es despejar, tener un día de locura, estar con él y no volverlo a ver, pero teme que el hombre que conduce a su lado mirando con determinación la carretera se vuelva alguien demasiado importante en su vida. No sabe por qué se siente así, es una fuerte intuición. Antes de acobardarse entran en la calle que conduce a su hogar.
—Esa es la casa. La azul.
Mason estaciono, bajo de la camioneta y corriendo fue a abrirle la puerta a Melinda. Le brindo la mano para ayudarla a bajar.
“Todo un caballero”, sonrió Mel contenta de volver a entrar en contacto, piel a piel, con Mason. Le encanta lo que le hace sentir.
Ya en la puerta Melinda con manos temblorosas intenta abrir, la llave no consigue entrar. Se le está dificultando pues lo tiene a su espalda, lo siente, bien cerca, piensa que se derrite con el contacto. Siente sus dedos trazar hipnotizantes círculos en su espalda. Un escalofrió que nada tiene que ver con la temperatura ambiental la recorre entera.
“¡Oh Dios, me encanta! ¿Cómo hago para concentrarme?”.
En cuanto la puerta se abrió, Mason la empujo con su cuerpo, cerrándola de un portazo. La hizo voltear y volvió a besarla.
— Oh, como he extrañado estos labios — susurro Mason para sí, sin darse cuenta que lo había dicho en voz alta.
— Si, te entiendo.
La noche paso muy rápido para ellos. Entre caricias, besos y orgasmos. El mejor sexo de sus vidas.
Los rayos del sol se filtran por las ventanas. Melinda se mueve y siente un objeto duro a su lado. Abre los ojos y ve la cara de Mason dormido, tan apacible, increíblemente apuesto.
Al verlo así, relajado, sonrió. Recordó los momentos de pasión de la noche anterior en esa misma cama, o el piso, o el sofá, en la entrada de su casa.
“¡Dios! No sabía todo lo que podía hacer, o aguantar”, se sonrojo recordando todo de lo que fue capaz la noche anterior. “Qué vergüenza”. Rió y noto como Mason se movía, llevando una mano a sus labios para no despertarlo.
Le es imposible no sentirse feliz, eufórica. Desde el fondo de su alma le sale la alegría. No puede quedarse tranquila. Lo admira a la distancia de un beso.
Es muy guapo, tanto que parece irreal. Un hombre así interesado en ella, no lo puede creer.
No desea levantarse. Quiere quedarse allí, con él, encerrados en la pequeña burbuja que crearon en su casa, un escondite de la realidad.
La necesidad fue mayor que ella y con suavidad le acaricia el rostro disfrutando el tacto de sus dedos encima de su piel. Le fascina.
Entonces, poco a poco lo vio abrir los ojos, darse cuenta de donde estaba y con quien y sonreírle. Ama esa sonrisa.
“¿Cómo?, aguanta un poco, creo que me estoy apresurando a la velocidad de la luz, más o menos”, pensó Mel, sin embargo no puede evitarlo, todo en él es perfecto.
— Buenos días, niña — dijo bostezando Mason.
Melinda se echo a reír.
— Buenos días, dormilón.
Ella no había retirado la mano y Mason puso la suya sobre ella entrelazando sus dedos, cerrando la corta distancia con un dulce beso.
— Debo estar dormido todavía, estoy soñando.
— No lo estas, esto es real.
— Pues me alegro porque me encanta. Podría malacostumbrarme a despertar así todos los días.
Melinda se quedó callada, no le gusta pensar en un futuro, le da miedo. Muy a su pesar ella también lo desea, pero prefiere no hacerlo o podría dolerle más adelante.
— Bueno, deja de remolonear y ayúdame a preparar el desayuno.
— Como mande la señora.
Riendo a carcajadas se levantaron, ambos desnudos, se miraron y sin dar tiempo a nada Mason la levanto en brazos y llevo al baño donde se dieron juntos un larga y exhaustiva ducha.
Mel nunca había hecho eso. No le gustaba, o eso creía. Nunca lo intento con su ex, y ahora es su actividad preferida gracias a Mason.
Mucho tiempo después fueron a la cocina, ambos envueltos en albornoz.
Prepararon juntos jugo de naranja, unas tostadas con mermelada de fresa y huevos revueltos con bacón.
— Mmmm, delicioso.
— Si, nadie hace mejor que yo un buen desayuno — dijo Mason relamiéndose haciendo que Mel comenzara a reír.
— Claro que sí, no lo dudo.
Le encanta escucharla reír, y más si él es la razón de su sonrisa. Mel nunca se había divertido tanto en su vida. Adora a ese hombre, la hace olvidar de todo y simplemente disfrutar. Algo que nunca antes había logrado junto a ningún otro hombre. Mason es realmente especial. Poco a poco se está dando cuenta de eso, y está comenzando a asustarse. Le gusta mucho, quizás demasiado.
Entre los dos recogieron la mesa y fregaron los platos, cuando todo estuvo limpio y ordenado regresaron a la habitación y se tiraron en la cama.
Con mucho trabajo se vistieron, parece que es una tarea imposible estar tan cerca el uno del otro sin tontear, sin tocarse y besarse, es realmente complicado.
Es muy difícil concentrarse con esa asombrosa mujer tan cerca, más bien una misión imposible.
— Bueno, es domingo, ¿qué haces normalmente?
— A veces bajo a la playa, o me siento en el jardín a leer un buen libro, aunque mayormente me paso el día en casa de mis padres, me encanta pasar tiempo con mi familia.
— Que bien, me alegro. Yo extraño mucho a la mía.
— ¿No viven aquí?
— No, soy originario de Los Ángeles, me mude acá por cuestiones de trabajo, así que estamos muy lejos de mi hogar. ¿Tú has vivido toda tu vida en San Francisco?
— Si, nacida, criada y por lo que parece moriré aquí. Amo esta ciudad. Tengo una excelente idea, necesitas un tour, te voy a enseñar los mejores lugares que hay que conocer.
— ¿Tu harás de guía?
— Claro que sí, quien mejor que yo.
— De acuerdo, te tomo la palabra. Pero creo que necesito un cambio de atuendo.
— Perfecto. Nos vemos aquí en una hora.
—Ok.
Melinda lo despidió en la puerta de su casa con un largo beso. Por poco no llega a irse, pero Mason uso todas sus fuerzas y se dirigió a su camioneta.
Mel lo vio irse y sintió un vacío dentro. Lo extraña.
“¿Cómo es posible?”, no lo conoce tanto para sentir esa necesidad de proximidad, aun así lo hace,es un sentimiento muy fuerte.
“Maravillosa mujer”, piensa Mason que canturrea al compás de la radio mientras cuenta el tiempo que estarán separados, 60 largos minutos, no cree que pueda soportarlo.
Le encanta Melinda. Es tan espontánea, real y demasiado dulce. Es la mujer perfecta. La que siempre ha soñado tener a su lado.
“Hey, frena un poco”. La conoce hace 12 horas, más o menos. “No te precipites”.
Si da un paso en falso la asustara y no lo desea. Se tomara el tiempo necesario para conocerla y lograr que se sienta a gusto con él.
Mel está contando los minutos. Está contenta, se ha cambiado de ropa ya 5 veces, está super nerviosa. Termina decidiéndose por un vestido amarillo floreado. Se recoge el cabello en una trenza y se calza los pies con unas sandalias a juego. Parece 10 años menor, con un atuendo juvenil, quiere verse bonita para él.
“¿En qué momento te volviste tan tonta?” Nunca le ha importado la opinión o la impresión que causa en los hombres, pero Mason es diferente, tiene algo que hace que desee conocerlo a fondo.
— ¿Hola?
— Necesito ayuda.
— Mel, ¿qué sucede? Anoche desapareciste.
— Lil no te dijo. Me fui con un hombre, su nombre es Mason.
— Lo sé, por eso no lo creí cuando me lo dijo. Te oigo preocupada ¿Qué ocurre? ¿Estás bien?
— Si Alex, todo bien, mejor que bien.
—No tanto si me llamas así. ¿Entonces, habla?
— Vamos a salir. Lo invite a dar una vuelta por la ciudad. ¿Hice bien?
— ¿Te gusta?
— Claro. Es lo que me da tanto miedo.
— Mel tienes que dejar de pensar así. Sé que tuviste malas experiencias, pero no siempre será así. Mírame a mí.

#6

—Tú no cuentas. Estas con Edison desde la primaria.
— Oye, no exageres. Lo que quiero decir es que debes quitarte ese miedo de que los hombres siempre te defraudaran. Así nunca podrás sentirte bien con uno. Vive y sé feliz. Sé que defiendes mucho tu independencia y todo eso, pero la independencia no te calentará por las noches. Si sabes lo que quiero decir.
— Lo dejaste bien claro, Alex — a través del teléfono escucha la risa inconfundible de su hermana menor.
— Lo que quiero decir es que necesitar confiar. Quién sabe, a lo mejor él es el hombre por el que estabas esperando. Así podrías formar una familia, esa que tanto quieres.
— No sé.
— Mel, solo tengo una pregunta. ¿Te sientes bien con él?
— Si, muy bien.
— Bueno, solo piensa en ello.
— Ok, besos, te quiero.
— Yo también te quiero, mi desconfiada hermanita.
Melinda colgó el teléfono y respiro profundo. Alex tiene razón, si se siente bien, es porque está bien.
“Ya basta de buscarle la cuarta pata al gato”.
Debe aprovechar la oportunidad. Es el primer hombre que le atrae en mucho tiempo, sin hablar de lo genial que está con él, en todos los sentidos.
El timbre sonó. Melinda salió corriendo, deteniéndose rápido a punto de chocar con el jarrón que le regalo su madre en su 27 cumpleaños, que está a un costado de la entrada. Se miro nuevamente en el espejo y tomando una bocanada de aire abrió la puerta.
Allí está él, frente a ella, no pudo evitar sonreír y abrazarse a su cuello dándole un largo beso. Pareciera que llevan años sin verse.
“¡Dios! Nunca me cansaré de sus besos”, pensó Mason, le encanta besarla, tocarla, acariciarla, verla sonreírle así, saber que él es la causa. Le encanta. Está preciosa con ese vestido, parece una niña. Adora a esa mujer, cada vez más profundo.
—Estas hermosa — dijo Mason maravillado.
Aun se sorprende cuan bella es Mel, cuanto puede hechizarlo con sus ojos azules, sus labios dulces, toda ella consigue cautivarlo.
— Gracias, tú también, muy guapo — repuso Melinda sonrojándose. En realidad, está guapísimo, lleva unos jeans desgastados, unos mocasines negros, y un suéter a cuadros, negro y azul oscuro.
“¿Es que este hombre se ve bien con cualquier cosa?”, sonrió Mel, le encanta y más cuando la mira así, como si quisiese devorarla con la mirada, con esos ojos que adora.
— Mejor salimos — dijo Mel dándose cuenta que aun están abrazados en la entrada.
— Tienes razón, o no nos iremos nunca — dijo dándole otro largo beso cargado de pasión.
Melinda comenzó a reír entendiendo muy bien lo que quiere decir, el aire se está llenando de calor, está subiendo la temperatura,muy rápido. Echo la cabeza atrás soltando una carcajada, Mason aprovecho la ocasión y le dio un beso en el cuello.
— Si, vámonos — resoplo Mason soltando su cintura y agarrándola de la mano en dirección a su camioneta.
La risa de Melinda se escuchó claramente.
La tarde fue muy placentera. Visitaron los lugares favoritos de Mel. El primer lugar al que lo llevo fue al puente Golden Gate, un símbolo de San Francisco. Las vistas de la Bahía de San Francisco desde el puente son una maravilla.Lo llevo a la Torre Coit. También dieron un tour por la famosa Prisión de Alcatraz. Conocida por su historia y por las innumerables películas que se han basado en ella, situada en una isla. Para llegar a ella hay que tomar un barco en Fisherman's wharf.
Una buena forma de obtener una perspectiva interesante de la ciudad fue a bordo del tranvía, el medio de transporte por excelencia desde finales del siglo XIX. Recorrieron la línea de Powell-Hyde, desde donde mejor se divisan las empinadas calles y colinas de la ciudad.
Melinda pensó llevarlo a su museo favorito, el Museo de Arte Moderno, pero le pareció excesivo para su día, prefería divertirse y hacer que Mason sonriera de esa perfecta manera que había empezado a amar.
La entrada a Chinatown en la esquina de Grant Avenue y Bush Street se llama la Puerta del dragón o Dragon Gate. Es un lugar increíble; las tiendas exóticas, los restaurantes de renombre, los mercados de alimentos, los templos y pequeños museos exhiben la cultura y la historia de la comunidad chino-americana de la ciudad.
A la hora de cenar, Mel lo llevo al Café de la Presse para disfrutar de una buena comida. Es un precioso bistró ultra-chic situado en un lugar estratégico entre Union Square y las puertas de Chinatown. Ambientado como si fuera un restaurante de los años 30’, el Café de la Presse es un mini París en mitad de San Francisco.
Para cerrar la noche fueron a un club a deleitarse con buena música en vivo, jazz, blues. Toda una gama de música para endulzar los oídos de los amantes del arte.
Todo el día fue increíble, Melinda hacía años que no disfrutaba tanto en compañía masculina tan agradable.
— Lo he pasado genial, gracias por hacer de guía. Tienes futuro en el turismo.
—Bueno, muchas gracias. Ha sido un placer para mí.
— Te pediría pasar, pero no creo que sea buena idea, no podría irme o mejor, no querría hacerlo.
— Y yo no dejaría que te fueras. Creo que es mejor así. Además, mañana hay que trabajar. Como desearía que este día nunca acabará.
— Yo también. Por desgracia, no es posible. — Sacando su móvil del bolsillo delantero de sus jeans la miro — Dame tu número para mantenernos en contacto.
— No me parece una buena idea. — Al final Melinda no es tan valiente como desearía. El miedo está tan arraigado que no se atreve a lanzarse. —Ha sido muy bonito todo entre nosotros, es mejor dejarlo así. Como un buen recuerdo.
— No entiendo.
— He tenido malas experiencias. Por primera vez he disfrutado junto a un hombre. Me he sorprendido a mí misma, nunca he confiado demasiado en tu sexo. Ha pasado mucho tiempo desde que estuve con un hombre. Yo no soy así, ni espontánea, ni desinhibida, aunque me divertí. Me ha gustado ser otra persona por una vez. No me conoces en realidad, solo viste una parte que invente, esa mujer no existe. Debo decir que me sentí libre por primera vez en toda mi vida, pero ahora necesito volver a la realidad.
—Me gustaste tú, la persona, no me importa si eres real o solo un espejismo. Quiero conocer todas tus personalidades, tus lados, incluso los más oscuros. ¿Por qué no puedo ser parte de tu realidad?— Mason no puede creerlo, ha encontrado lo que buscaba y ella quiere olvidarlo, así, tan fácil, él no se cree capaz.
— No insistas, entiéndeme, es mejor así.
— ¿Mejor para quién? Nos gustamos, estamos bien juntos.
— Lo sé, por favor, no preguntes, solo haz lo que te pido, olvídame.
— No puedo, es que no ves que me gustas, mucho. Y sé que yo también te atraigo. Lo que no entiendo es por qué tienes tanto miedo. —Mason la miro a los ojos, buscando una respuesta, buscando esa sonrisa, esa felicidad que estuvo allí hasta hace pocos minutos. Mel cambio la vista y se alejo de él, tanto física como mentalmente. Aquello le dolió mucho. La perdió, sin tenerla siquiera. —Lo único que sé es que no puedo hacerte cambiar de opinión. Adiós. — La cogió de la cintura y pego a su cuerpo. Le dio un beso profundo, deseando no parar nunca. Transmitirle a través de ese beso todo lo que no puede decir con palabras.
Melinda puso las manos sobre su pecho para crear un espacio entre ellos, aunque no tiene la capacidad para hacerlo, es más, no desea hacerlo. Las palmas le queman, el contacto con él siempre ha sido demasiado intenso. ¿Cómo podrá estar sin él? Es mejor no pensarlo pues los ojos se le llenan de lágrimas.
Debe ser fuerte o al menos, parecerlo. No quiere derrumbarse frente a Mason, si lo hace él notara cuanto le afecta su despedida, cuánta razón tiene respecto a ellos, se gustan, va más allá que algo meramente casual, pero el miedo es mayor.
Reúne todas sus fuerzas y se separa de él.
Mason deja caer sus brazos, se siente desolado. La mira con pesar, ella ha desviado la mirada, no se atreve a verle a los ojos. Nunca se había sentido tan triste, es como si le hubiesen arrancado el corazón. No le queda de otra, debe respetar su decisión. Por desgracia, no puede hacerla cambiar de opinión. Quizás sea lo mejor, o eso cree, debe hacerlo o la pena será muy grande.
Melinda no puede hablar o moverse. Lo ve dirigirse a la calle. Desea gritar, llorar, correr a sus brazos y pedirle que no se vaya, pero no es lo suficientemente valiente para arriesgarse así.
Solo le queda verlo subirse a su camioneta y marcharse.
Los dedos le duelen, no se percata que está agarrada a la puerta tan fuerte que se han puesto morados. Ya nada impide a sus lágrimas salir.
Mira hacia la carretera donde segundos antes ha desaparecido Mason y llora, por lo que pudo ser, por lo que ahora nunca sabrá, llora por todo, llora por él.

#7

Capítulo Cinco

Hoy ha amanecido nublado, justo como se siente Melinda. Sin moverse de la cama mira a través de las ventanas abiertas, le gusta sentir la brisa que viene del mar, el olor a salitre. Más si está tan desanimada como en este momento.
No pudo dormir nada, se paso la noche desvelada, dando vueltas en la cama, pensando, llorando, nunca había llorado tanto, no se considera una sentimental o alguien de lágrima fácil, pero desde que él se fue le es imposible dejar de llorar.
Por primera vez en años no tiene ánimos para levantarse de la cama e ir a trabajar. Ha perdido las ganas de todo. Nunca le había pasado, lo único que tiene es el amor por su trabajo, y ahora ni siquiera eso.
El timbre suena una, dos, hasta tres veces. Mel desea desaparecer, quien llama a estas horas. Mira el despertador, las 7 de la mañana.
“¡Dios! Se me hace tarde. ¿Por qué no sonó la alarma?”, piensa Melinda mientras sale disparada a abrirle la puerta a quien quiera que esté armando ese escándalo.
— ¿Alex? ¿Lil? ¿Qué hacen aquí? ¿Sucede algo malo? — dijo Melinda al abrir la puerta y descubrir a las alborotadoras, sus hermanas.
— Estábamos preocupadas. Tu celular está apagado y no respondes el teléfono de la casa. Sabes que ese aparato es para mantener la comunicación, ¿no?
— Lo sé, es que no quería saber del mundo exterior. Quería estar sola. Lo necesitaba.
— Alex me contó su conversación de ayer. ¿En serio? ¿Tuviste que invitarlo a salir? Recuerdas nuestro acuerdo, solo sexo.
Lily trata de reprenderla, pero le es imposible al verla tan triste, vulnerable, no cree haberla visto así nunca. Con ninguno de sus ex novios. Ni siquiera Lucas, él que causo que odie a todos los hombres.
— Lo recuerdo, pero realmente me gusta. No saben desde cuando no me sentía así, atraída por un hombre. Además, es agradable, amable y me hace reír a carcajadas. Deseaba pasar más tiempo con él. Me hacía sentir bien.
— Imagino que él sea la razón por la cual no contestas tu teléfono o que a estas horas ya no estés saliendo para el Hospital — dijo Lily mirando a una Melinda desaliñada, con el cabello revuelto y su piyama de lunares azules puesto.
— Me quedé dormida.
— Tú nunca te quedas dormida. Eres un reloj en lo que se trata de trabajo. ¿Qué sucede? — le dijo Alex algo preocupada, no es normal en Melinda comportarse así, además se ve mal, triste, le da la impresión que estuvo llorando, tiene los ojos rojos e irritados.
Ella conoce a su hermana, no es muy sentimental, es bastante práctica, a veces, demasiado. La conoce de siempre, no recuerda haberla visto llorar en toda su vida.
“Algo está realmente mal”, pensó Alexandra.
—Bueno, siempre hay una primera vez para todo.
— No nos mientas, somos tus hermanas, te conocemos. Habla — dijo Liliam mientras pasa al recibidor y cogiéndola de la mano la lleva a la cocina donde entre ella y Alex preparan el desayuno.
— Paso lo que llevo años evitando, me gusta Mason, mucho. Como les dije antes, es muy agradable, amable, honesto, es un hombre respetuoso y me hace reír. Me encanto pasar tiempo con él. Lo disfrute mucho.
— ¿Y eso es malo por?
— Ya me había hecho a la idea de estar sola, estoy planeando tener un bebé, él no entra en mi futuro.
— ¿Por qué no? Si te gusta como dices y es tan buen hombre como parece. ¿Por qué no le das una oportunidad? ¿Qué es lo que te detiene? — dijo Alex entregándole un vaso con café.
— No lo sé, me entro pánico. Ayer le pedí que no me buscara, que no quería volver a verlo, que solo fue una aventura de una noche.
— Vaya, eso fue frío, incluso más que yo. Y bien sabes cómo soy respecto a mis conquistas.
— Gracias — dijo Melinda sorbiendo un trago de su bebida. — Me haces sentir mucho mejor.
— ¿Por qué no faltas hoy al trabajo? Podemos pasar el día juntas, lo necesitas.
— No, debemos ir a trabajar, todas.
— A nosotras no nos molesta escaparnos por un día, nos necesitas — dijo Alexandra.— Además, con que faltes un día el mundo no se va a acabar.
— No hace falta. Creo que me vendrá bien la distracción. Necesito dejar de pensar, el trabajo me ayudara, me sacará a Mason de la cabeza.
— ¿Estás segura? — preguntó Lily.
— Si, lo estoy. Mejor me preparo, y ustedes deberían irse también.
— Oh no, te esperamos. Mientras menos tiempo estés sola, menos pensaras en él.
— Ok, entonces ayúdenme con este desorden— dijo viendo como había quedado la cocina gracias a sus hermanas.
— Oye, así nos pagas por preocuparnos por ti.
—Claro que si— dijo sonriendo Melinda. Es la primera sonrisa que le sale desde la noche anterior.
— Melinda, ¿cómo estás? —preguntó Vickie al verla entrar al departamento de Pediatría. La observa con consideración y mucho afecto.
— Lily hablo contigo, ¿no?
—Puedes apostarlo. Soy tu mejor amiga, ¿por qué no me llamaste?
— No quería preocuparte, además tú tienes tus propios problemas que resolver.
—Scott puede esperar, lo sabes, nada es más importante que tú. Bueno, sí, mi hija, pero tú eres la segunda en la lista, no lo dudes.
—Lo sé —sonrió Melinda, su loca amiga y sus cosas. Hay que ser un adivino para seguirle la pista, sin embargo la quiere, todo y sus locuras. —No necesitas preocuparte, solo tengo que trabajar y olvidarme de todo lo demás.
— Te tengo lo mejor para que olvides a ese hombre.
— ¿Ah sí? De quien se trata el chisme esta vez.
— Del famoso Dr. Emerson.
— Ah verdad. ¿Lo conociste?
— Oh sí. Un hombre increíblemente apuesto. Además, gane la apuesta. Es hetero, dejo a su prometida en Los Ángeles, según dicen tiene planes de casarse en mayo.
— Bueno, me alegro por ti.
— Muchas gracias. Tú tendrás la oportunidad de conocerlo a nivel personal, ya que trabajaran juntos.
— No tengo ningún deseo de conocerlo a un nivel personal, o en todo caso, en ningún nivel.
— Oh, no seas así, te necesito para saber más de él.
— Vaya, que amiga eres. Puedes ir buscándote otro medio de obtención de información porque no seré yo. ¿Por qué no lo haces tú misma? Tú también trabajaras con él.
—Que mala amiga eres. Nunca has oído hablar sobre el anonimato. No puedo inmiscuirme así. Volara mi tapadera. Además, ¿por qué crees que soy tu amiga?
— ¿En serio? ¿Quién eres? Del FBI. Déjate de bobadas. Es bueno saber lo importante que soy para ti.
Melinda se echo a reír al ver los ojos de cachorro que le hizo Vickie. Ella siempre la hace sonreír.
— Aunque me hayas mirado así, no puedo prometerte nada.
— Gracias, esos ojos siempre funcionan en ti.
— Lo sé, eres muy mala.
— Gracias.
Ambas rieron y se despidieron.
Melinda está haciendo sus rondas. Se alegro al ver cómo ha ido mejorando Tomas, dentro de poco podrá irse a casa, por fin. Es un niño muy valiente, se ha pasado su vida encerrado en hospitales. Ahora podrá comportarse como un niño normal de su edad.
Camina por el pasillo dirigiéndose nuevamente a la sala de Pediatría cuando un hombre llamo su atención. Está de espaldas, conversando con la Dra. Pearson, la directora del Hospital. Debe ser el famoso Dr. Emerson, pues lleva una bata blanca, además ella conoce a todo el personal del Hospital, y a ese hombre no. Sin embargo, hay algo que le resulta demasiado familiar, pero es imposible.
Está ensimismada mirándolos, tanto que no se dio cuenta que está casi sobre ellos. Ya puede escuchar lo que dicen. Esa voz, la reconoce, pero no puede ser, ¿o sí?
Justo cuando cree que debe estar volviéndose loca. Él se da la vuelta y la mira directo a los ojos.
“¡Madre mía, es Mason!”, piensa Melinda que no puede moverse.
“¿Qué diablos hace él aquí? No puedo tener tan mala suerte, ¿o sí?”
Melinda no lo cree posible. Debe haberse vuelto completamente loca, eso es, es la única respuesta lógica posible, o al menos, espera que lo sea.
Se ha pasado demasiadas horas pensando en él, ahora cree que lo ve en todos lados. Es mejor pensar así que en la alternativa, que realmente esté allí, al alcance de su mano. Tan cerca y a la vez tan lejos al recordar claramente lo que le dijo Vickie sobre el “famoso Dr. Emerson”, ahora que comprende que el Dr. Emerson es Mason. Tiene una novia, todo el tiempo que estuvo con ella, era un hombre comprometido. Se va a casar a principios de mayo.
Prefiere que sea un espejismo, no sobrevivirá si es Mason. Quiere que el recuerdo que posee de él sea puro, un hombre como ella lo vio, amable, honesto, un buen hombre.
Es increíble que se haya equivocado tanto. No puede ser ese que tiene delante, un mentiroso, un degenerado que jugó con ella.
“Soy una idiota. Como pude creerme todo esto. Debería saberlo mejor. Los hombres son todos iguales. Unos inútiles buenos para nada. Solo es un hombre común, con los mismos deseos carnales que los demás. Se lo puse muy fácil, me acerque a él, le ofrecí todo lo que buscaba sin siquiera esforzarse. Además, después le digo que no deseo verlo más, que solo fue sexo. Vaya, debe pensar que tuvo mucha suerte.
La tonta soy yo por pensar que Mason sería diferente, que había encontrado al hombre de mis sueños, con quien podría pasar la vida entera. Menos mal que la locura fue temporal. Hice bien en pararle los pies a tiempo. ¡Dios! Lo odio. Eso es mentira, me sigue gustando. Pero eso no evita que desee verlo sufrir, nunca sabrá todo el daño que me está haciendo. Ahora sé la verdad y no podrá engañarme.”
Melinda encerrada en sus pensamientos no lo ve acercarse.
Nota como Mason la mira y le sonríe.

Hace alrededor de 1 mes

0

0
#8

Capítulo Seis

— Melinda— Mason no cree lo que ven sus ojos. — Tremenda casualidad. ¿Eres doctora? ¿Trabajas aquí?
Como desea acercarse más, tomarla entre sus brazos y besarla hasta dejarla sin aliento, a ambos.
— ¿Ustedes dos se conocen? — pregunta la Dr. Pearson.
Melinda despierta a tiempo para contestar:
— Si, ya hemos coincido antes en la sala de Pediatría cuando llegué hoy temprano en la mañana.
Mason no entiende por qué lo mira así. Como si no quisiera que estuviese allí. Debe estar imaginándolo, aunque la noche anterior Melinda le pidió que no la buscará más, tal vez piensa que está invadiendo su territorio. O quizás que la busco y está en el Hospital adrede.
Tampoco le atrae la idea de hacer como si no se conocieran. Melinda está ignorándolo, completamente. No entiende que está pasando. ¿Ha entendido mal las señales?, pero si los días anteriores estuvieron bien juntos. ¿Por qué ahora lo trata de manera tan despreciable?
Él no puede ignorarla, le encanta esa mujer, es imposible que pueda mantenerse alejado de ella justo ahora cuando la ha encontrado de nuevo. Debe ser el destino.
Está vez piensa luchar por ella, no se quedará de brazos cruzados como la noche anterior. Ahora se verán todos los días, lo quiera ella o no. Se la ganará, poco a poco. De ello no hay duda alguna.
— Discúlpenme, debo seguir con mis rondas. Mucho gusto, Dr. Emerson.
Melinda no cree su mala suerte. Para colmo trabajara codo a codo con él. Alguien allá arriba le gustan los malos chistes y ella debe ser el acto principal.
Mason la ve alejarse. No le puede prestar atención a nada o a nadie más. Solo observar a la mujer de sus sueños irse, verla contonear sus caderas al compas de su caminar escondidas bajo la bata blanca, no le hace falta ver, lo recuerda todo muy bien, cada tramo de piel, cada lunar, cicatriz en esa piel que se muere por volver a tocar. Y es una promesa, lo volverá a hacer, jura que Melinda será suya y lo disfrutará tanto como él.
No se concentra en nada más. Ni siquiera en su jefa que sigue caminando y hablando, mostrándole todo el funcionamiento del Hospital.
— ¿Dr. Emerson?
— ¿Si?
— Le preguntaba si desea ver los quirófanos.
— Seguro.
— Por aquí.
Mason miro por última vez hacia el lugar donde había desaparecido Melinda, suspirando, esperando poder aguantar sabiendo que está bajo el mismo techo que la mujer que lo vuelve loco. Necesita ablandar a esa mujer, y le da la impresión que no será nada fácil.
— ¿Qué sucede? — preguntó Vickie al verla entrar a la sala como si hubiese visto un fantasma.
— No me lo vas a creer, es más, yo aun no me lo creo.
— Mel, habla, ¿qué tienes?
— El Dr. Emerson es Mason — Vickie la miro sin comprender. — Ah verdad, no sabes su nombre. El hombre con quien estuve el fin de semana es el famoso Dr. Emerson. Lo acabo de ver en el pasillo. Casi me da un infarto.
Su amiga no dice nada, solo la mira. Luego de un momento, la ve reaccionar.
— Me estás diciendo que ese pedazo de médico, a falta de una mejor palabra, o al menos, una palabra decente, es el hombre que te gusta. Con quien tuviste un tórrido romance, totalmente salvaje, este fin de semana.
—Si, córtate un poquito. Yo no exageraría tanto, pero es correcto.
— Felicidades Mel, está buenísimo. Dime, ¿es tan bueno como parece? Seguro que sí, más si te ha dejado así de loca.
— Vic, concéntrate. Recuerdas lo que me dijiste. Mason está comprometido. Todo este tiempo yo estuve sintiéndome mal por un hombre que no vale nada.
— Oh, sí, verdad. Pero, en serio, ¿cómo es?
— ¡¡¡VICKIE!!!
—Esta bien. Lo tomaré como un gigantesco sí.
— Necesito ayuda. ¿Qué voy a hacer?
— Tu trabajo, no puedes dejar que su presencia aquí te prive de hacer lo que amas.
— Pero lo hace. Solo puedo pensar en él. Aquí. En su traición. En lo tonta que soy por confiar. No dejo de pensar, ese es el problema.
—No te culpes. En algún momento debías dejar entrar a alguien. Solo te equivocaste de hombre. Yo lo he hecho un millón de veces y aún no me rindo. Tú lo has hecho un tanto menos, así que te prohíbo que te rindas. Hasta que yo no lo haga. ¿Promesa? — dijo Vickie levantando el dedo meñique.
— Promesa — Melinda sonrió,hizo el pacto y abrazó a su amiga.
— Ok. Solo no le demuestres lo que te importa, lo que te duele. Debes aplicarle la ley del hielo. ¿Qué le dijiste cuando lo viste? ¿Lo confrontaste? ¿Lo ignoraste? ¿Hiciste como si todo estuviera bien? ¿Qué?
—Me hice la tonta, como si no lo conociera de nada. Incluso lo llame “Dr. Emerson”.
— Bien, sigue así. Ignóralo todo lo que puedas. Trata de no caer nuevamente en su trampa. Conozco a los de su tipo, intentará volver contigo.
— Dudo que lo haga. Me conoces, cuando alguien está en mi lista negra no se acerca a mí, se dan cuenta de una manera muy obvia que no son bienvenidos.
— Si, recuerdo tu comportamiento con las personas que no te gustan. Se me viene a la cabeza la pobre enfermera Madison. Uy. Le estoy cogiendo pena a Mason. Lo malo es que trabajaran juntos. Te va a ser difícil porque digas lo que digas, ese hombre te gusta muchísimo.
— Lo sé. Pero debo hacerlo. No me engañara dos veces.
Melinda logró evitarlo por tres semanas con éxito. Una más, con un poco de esfuerzo y mucha ayuda de Vickie. Por suerte él estaba aclimatándose, sin tiempo para nada más que para su trabajo y conociendo sus responsabilidades, además de los casos nuevos que debe atender. Muchos en conjunto con Melinda.
Últimamente se siente cansada. Fatigada. Con un sueño excesivo. Sabe que está trabajando de más, pero es su rutina, está acostumbrada a ello.
No solo eso, también ha aumentado su apetito, mucho. Comidas que antes no probaba ahora le atraen sobremanera.
El último signo de alerta se lo dio esa misma mañana un fuerte vértigo y luego unas náuseas que la hicieron vomitar su desayuno.
— Oh, Oh. No, no, no, no. No puede ser ¿Cuándo fue la última vez que tuve la regla?
Melinda se llevo una mano a los labios. Las cuentas le dieron dolor de cabeza. Ya debería haber tenido la regla, nunca se retrasa, es un reloj.
— Rayos, tengo un retraso menstrual.
No se había percatado por culpa del trabajo y de Mason, mantenerse ocupada para dejar de pensar en él. Y es por él que está en esta situación justo ahora.
Sabe muy bien lo que le sucede, pero una prueba le dará la respuesta definitiva. Debería estar feliz, es lo que más desea, pero no así, no con él.
— Madre mía, estoy en un buen lío.
— Vic, necesito un análisis de sangre.
— De acuerdo, ¿quién es el paciente?
— Yo.
Victoria la mira, se acerca y observa meticulosamente.
— ¿Estas enferma?
— No creo que se le llame enfermedad precisamente. Necesito saber si puedo estar embarazada. Tengo todos los síntomas.
— Mel.
— ¿Qué?
— ¿Por qué no lo habías dicho antes?
— Me di cuenta justo hoy. Tuve náuseas esta mañana. Sabes todos los problemas que tengo. Ni me di cuenta que no había tenido la regla este mes.
— Espera un momento. Si estas embarazada quiere decir que es de…
— Si estoy embarazada, si, es de Mason.
— Oh, qué problema.
— Eso digo yo.
— Si lo estás, ¿qué piensas hacer?, ¿se lo dirás?
— Ni loca.
— Mel. Es el padre. Por qué es el padre, ¿no?
— Claro. ¿Qué piensas?, que voy acostándome con todos.
— No. Debía preguntar al menos, ¿no?
— Me conoces. Te cuento todo. Creo que sabrías si hubiese otro potencial padre.
— De acuerdo. Esta misma tarde sabrás los resultados.
— Y, ¿Vickie?
— Completa discreción.
— Gracias.
— Ni lo digas.

Hace alrededor de 1 mes

0

0
#9

Capítulo Siete

Melinda nunca se imagino que una simple palabra pudiera cambiar su mundo entero. Sabe que todo se complicara, mucho, pero no puede evitar sentirse extasiada, inmensamente feliz. Es lo que más quiere en el mundo, su mayor deseo, no importa como sucedió, solo está contenta de que haya ocurrido. Ya pensará más adelante que hacer, ahora lo va a saborear bien, a disfrutarlo al máximo hasta que la realidad la golpee con fuerza.
“Positivo”, lee el mensaje que le envió Vic con los resultados de sus análisis.
“Madre mía, estoy embarazada. ¡Estoy embarazada!”, por poco lo grita. Mira a su alrededor y ve que está sola. Realiza una serie de saltos y un baile algo tonto. Está sumamente feliz. Nada puede arruinarle ese momento.
Melinda hablo muy pronto. Está de espaldas por lo que no ve a Mason acercársele.
— Hola.
Melinda casi pega un brinco del susto al sentir su voz demasiado cerca. Se volteo con rapidez. Él le sonríe.
— Hola.
Ella no puede corresponderle la sonrisa. Solo al verlo se pone super nerviosa, furiosa, más consigo misma, al darse cuenta de que aun le gusta mucho, que desea pegarse a él y pedirle que la bese.
“¡Dios! Que débil soy”
— Casi no te veo. Se te extraña.
— He estado algo ocupada.
Mason nota que Mel está muy agresiva con él. Como si lo odiase. No lo entiende. ¿Qué hizo mal? Ella le pidió espacio y se lo dio. ¿Qué más desea? Ya no puede darle más espacio, desea tenerla cerca, muy cerca de ser posible.
—Necesito consultarte algo.
— Seguro. ¿Qué necesitas?
— Llego a mis manos un antiguo paciente tuyo. Tomas Field.
— ¿Tomas?
— Tengo entendido que lo trataste por una fase inicial de cáncer de pulmón.
— Es correcto.
— Para ser un niño tan joven tiene un largo expediente médico.
— Si, Tomas es un niño enfermizo.
— Y que lo digas. — Mason lee detenidamente el expediente que tiene en sus manos.
“Pobre niño. Ha pasado toda su vida en hospitales.” Piensa mientras mira a Melinda, se ve preocupada, debe sentirse muy unida al niño. Leyó en su expediente que es su médico de cabecera desde hace 6 años, casi toda la vida del niño. Eso crea un vínculo, lo sabe bien. Más al tratarse de niños. Él mismo tiene su buena cantidad de pacientes que aun hoy, ya totalmente curados, mantienen el contacto.
— ¿Qué sucede?
—Me remitieron el caso cuando llegaron los últimos análisis. Tengo entendido que fuiste tú quien los ordeno.
— Si, me gusta hacer un seguimiento. Ver que todo está bien antes de darle el alta.
— Hiciste bien. Se descubrió una toxicidad cardiovascular secundaria a causa de los tratamientos oncológicos. Vi que se le dio epirrubicina.Imagino que sepas que las antraciclinas producen daño directo sobre las células del miocardio causando disfunción ventricular.
— Soy consciente de ello. Es la razón para mantenerlo monitoreado para determinar los factores de riesgo tales como la hipertensión, la glucemia, el perfil lipídico y la función cardiaca, mediante el uso de técnicas de imagen y biomarcadores. Estos protocolos son esenciales para el diagnóstico precoz del daño cardiaco y la mejora de los resultados cardiológicos de las terapias del cáncer.
—Veo que sabes mucho sobre enfermedades cardiovasculares.
— Claro. Tratar con cáncer tiene muchas repercusiones. Necesito estar bien informada para cuidar de mis pacientes.
—Que suerte tienen esos pacientes. — Melinda no pudo evitar sonreír. Por mucho que lo niegue se siente bien a su lado. —Es algo bueno haberlo encontrado a tiempo. Y más cuando los resultados son positivos. Una remisión total del cáncer.
Melinda no cabe de felicidad. Se alegra de oír eso. Se imagina que Amanda y Henry estarán incluso más felices.
— Cuanto me alegra oír eso. Han pasado por mucho. Esa familia se merece estas buenas noticias.
— ¿Y tú?, ¿cómo estás?
— ¿Yo? ¿Por qué lo preguntas?
Mel sintió el corazón latirle a toda prisa.
“No puede saberlo, ¿o sí? ¿Ya se me nota? No seas tonta, como podría notarse, solo tienes unas pocas semanas”.
— Es que no te veo nunca. Me gustaría conversar, saber cómo estas. Me dio la impresión que estabas evitándome.
— ¿Yo?, ¿evitarte? ¿Por qué lo haría?
Cada vez está más nerviosa.
“Este hombre es psíquico, ¿o qué?”
Melinda necesita escapar. Se le está haciendo difícil respirar. No es buena para mentir. Sus padres dicen que es su mejor virtud. En estos momentos, no lo cree así.
Mason la mira detenidamente. Le parece que le esconde algo. No puede decir que, pero de que lo hace está seguro. No importa que casi no la conozca, es una intuición sobre ella. Melinda es demasiado transparente.
Entonces como si alguien la hubiera escuchado haya arriba, se oye en los altavoces:
“Dra. Stuart a Pediatría. Dra. Stuart a Pediatría.”
—Bueno, me tengo que ir. Conversamos otro día. — Vaya, de donde salió eso. Será tonta. Desea escapar, no volverse a cruzar con él. ¿Por qué rayos le dijo algo así?—. Si necesitas algo respecto al caso de Tomas, por favor, dímelo.
— No lo dudes, lo haré.

#10

Capítulo Ocho

Melinda pasó el resto del día envuelta en trabajo. Varios casos nuevos. Además de preocuparse por Tomas. Más de una vez fue a verle para actualizarse de su condición. Llevaba varias semanas escondiéndose de Mason. Ahora en un solo día lo ha visto, más o menos, 5 veces ya.
— ¡Felicidades, mamá!
— Vic.
Mel miro a su alrededor. Las personas pasan por su lado sin fijarse en ellas.
— ¿Qué? A nadie le importa. Además, todo el que te conoce sabe sobre tu deseo de ser madre. No será una sorpresa para nadie.
— Es verdad, pero aun así. No le he contado a mi familia todavía. Quiero hacerlo antes de que el mundo entero lo oiga — exagero Melinda abriendo mucho las manos y aumentando el tono de su voz.
Victoria se echo a reír.
— De acuerdo, exagerada. Solo estoy muy feliz por ti. Sé cuanto lo esperabas, aunque imagino que no este modo.
— No, nunca lo pensé. Si me hubieran dicho que esto pasaría el viernes por la mañana, me rio a carcajadas de lo tonto que me parecería. Y ahora, mírame.
— Brillante y hermosa. Una mujer embarazada se ve preciosa siempre.
— Gracias, así me siento. Bueno, estas invitada esta noche, cena en casa. Ya avise a todos. Les dije que les tengo una sorpresa. Imagínate como están mis hermanas.
— Creo que quieres decir Lily.
— Bueno sí, es una cotilla.
— No me lo perdería por nada del mundo. Pero sabes que habrá preguntas. Las que no estás preparada para contestar.
— Lo sé. Ya veré que hago. Por qué no tengo la más mínima idea.
— No te preocupes, estás rodeada de una enorme familia que te ama. Estarás bien.
— Gracias, amiga.
Está nerviosa. No sabe por qué. Ama a su familia, nunca la cuestionarían, ni impondrían su opinión. No la criticarían, nada. Pero es una noticia que le movería el piso a cualquiera, a ella se lo movió.
— ¿Entonces?
Están todos reunidos en el salón de la casa grande. Todos la miran expectantes. Sus padres en silencio. Sus hermanas, no tanto. Van haciendo comentarios al azar. Algunas tonterías, otras divertidas, pero ninguna acertada.
— Tengo buenas noticias. Tomas está fuera de peligro. Su cáncer ha remitido completamente.
— Oh, Melinda, que buena noticia — dijo su madre, Josephine, quien sabe cuán difícil es perder un paciente y alegrarse cuando todo sale bien.
— ¿Mel? — Vickie la miro reprochándole.
“Necesito un momento.” Melinda no sabe cómo dar la noticia. Bueno, quizás deba hacerlo como quitando una tirita.
— Tengo otra noticia. Para mí la mejor del mundo. Pero necesito que no hagan comentarios hasta que no acabe de hablar. ¿De acuerdo?
Todos los presentes asintieron.
— Saben que el sábado salí con las chicas…
— ¡Duh!
— Lily, cállate.
— Ok, ok. Continua.
Melinda sonrió, agradece la intromisión, aligero un poco el ambiente.
— También que conocí a un hombre. Super agradable. Me encantó. Bueno, pase el fin de semana con él en mi casa. No hay que entrar en detalles.
— No, por favor, no — dijo su padre, George, con voz angustiada, haciendo un gesto exagerado de dolor.
Todos rieron y hablaron a la vez.
— No ha terminado — intervino Vic.
— Gracias.
— De nada.
— Ok. Lo que no les he dicho, en gran parte porque aun me duele mucho y prefiero no recordarlo. Él es doctor, trabaja en el Hospital General de San Francisco conmigo. Es cardiólogo en Pediatría.
Sus hermanas sonrieron pícaramente.
— Que bien — dijo Lily.
— No tanto. Está prometido. El bastardo tiene novia.
— Oh no, cariño, cuanto lo siento.
— No importa, mamá.
— Si importa. Ese hombre es un tonto sino se da cuenta del tesoro que eres. Lo lamentará.
— Ya no importa, lo digo en serio.
Las voces volvieron a alzarse. Lily profiriendo insultos, muy sucios. Sus padres mandándola a callar. Lulú riendo y repitiendo lo que decía su hermana mayor solo por molestar. Alexandra, Amelia y Suzanne consolando a Melinda, diciéndole palabras reconfortantes.
— No ha terminado.
Volvió a decir Victoria.
— ¿Todavía? — dijo Lily.
— No — repuso Mel — Está es la parte más importante. Hoy he descubierto que estoy embarazada. ¡Alto! — Grito al ver el movimiento de su familia—. Si, es de él. No, no se lo pienso decir. No voy a destruir su relación. Pienso criar a mi bebé sola. Ahora, ya pueden hablar, uno a la vez.
— Hablo por todos. Sabes que te apoyamos, no importa lo que decidas. Aunque debo decirte que no lo apruebo. Un bebé necesita tener a ambos padres. Bien, lo sé.
— Te entiendo, mamá. Pero compréndeme tú. Me rompió el corazón saber que tiene novia, con planes de boda. Soy una idiota.
— Amor, todos lo somos en algún punto. No puedes esperar que todo te salga bien a la primera. Debes arriesgarte.
— Lo hice, y mira lo que me paso. Además, mis planes nunca incluyeron un hombre.
— Si, lo sé, eres muy valiente. Toda una mujer independiente. Sé que podrás hacerlo tú sola. Pero piénsalo muy bien, solo te pido eso.
— Gracias por el consejo, sabes que siempre te escucho, pero al final es mi decisión.
— Y te apoyamos, siempre. Lo sabes. Además, ese bebé va a tener muchas tías locas que lo van a mimar muchísimo.
— Y yo los quiero a todos por ello. Gracias.
Melinda no pudo aguantar las lágrimas.
— Ah, ¿por qué lloras, cariño?
— ¿Qué se yo? Imagino que por las hormonas.
— Si, seguro — sonrió Lily también con lágrimas en los ojos—. Entonces, aquí hay muchas embarazadas.
Miro a su alrededor y todos estaban igual.
— Deja de hacer el tonto y dame un abrazo.
— Te quiero, hermanita. Felicidades, sé cuanto lo esperabas.
— Yo también te quiero.

#11

Capítulo Nueve

Melinda ve pasar el tiempo y con él comienza a aparecer una gran angustia. Pronto comenzara a notarse su embarazo. Ella puede contar cualquier cosa, decir una mentirilla piadosa sobre la concepción. Pero no cree que Mason se lo trague, es muy inteligente ese hombre. Demasiado, para su gusto.
Necesita una estrategia de defensa. Cada día su intención de dejarlo en las sombras se hace menos fuerte. En su cabeza se repiten las palabras de su madre, los consejos de sus hermanas, tanto buenos como malos. Día a día todos los que conocen su secreto tienen una opinión que dar, un consejo, un método, una forma de ver las cosas, inmiscuyéndose en su vida.
Melinda lo agradece, sabe que lo hacen por su bien, sin embargo ella ya está bastante grandecita para que la hostiguen tanto. Necesita espacio para respirar, para pensarlo todo bien, paso a paso, lo que hará más adelante.
Sabe que lo hacen porque la quieren, la protegen y la cuidan mucho, demasiado, a veces. Ella se siente rodeada de amor. No teme por su bebé, será muy feliz y será muy amado, está convencida de ello.
Mason es un hombre bueno, apartando el hecho de haberla engañado. Lo ve trabajar con los niños, es super atento. Los hace reír. Se preocupa por su bienestar. Es un excelente doctor y, a pesar de todo, Melinda no puede negar que eso hace que le guste mucho más. No quiere medir cuanto, porque le da la impresión que llegaría a usar la palabra que empieza con A, y no está nada preparada para pensar a fondo en sus sentimientos hacia él o en las consecuencias que podría traer.
“Vamos, que es el hombre perfecto, después de todo.”
Si no fuera por un pequeñísimo detalle, la novia. Melinda se sentiría feliz de confesarle su futuro como padre de familia. Pero no puede. Ella se considera una persona íntegra, no piensa destruir una relación así, ya bastante hizo.
Trabajar tan cerca de Melinda se le hace difícil a Mason. Saber que no puede tocarla, acariciarla, sentirla junto a él, darle todos los besos que tiene guardados para ella. Se le está haciendo imposible controlarse.
Siente la necesidad de poder hablarle en confianza como aquel día perfecto que pasaron juntos. Verla sonreír abiertamente a causa de él. Sentirla desinhibida y natural a su alrededor. Ahora todo es profesionalidad, lo respeta, es una mujer dedicada a su labor, al igual que él, sin embargo es como si Melinda se escondiera detrás de su relación de trabajo, ocultando sus verdaderos sentimientos, escudándose de lo que podría pasar entre ellos si se descuida.
Mason sabe que siente lo mismo, lo que no entiende es por qué lo esconde, a qué le teme, ¿a él? No lo cree, no lo mira con miedo, todo lo contrario, ve reflejado en sus ojos lo mismo que él siente por dentro. No obstante, a veces juraría que lo mira con odio y desprecio. No siempre, normalmente ese resentimiento dura un segundo. Por suerte. No podría vivir en un mundo donde Melinda lo odiase.
Esa es una mujer impresionante, en todos los sentidos. Ya lo sabía cuando la conoció. Pero ahora está seguro. Es una profesional en su trabajo. Le encantan los niños. Ha oído los rumores sobre ella, no es presto a seguir los chismes, pero al tratarse de Mel, es todo oídos. Su mayor deseo es convertirse en madre y lo ha intentado con ganas, pero hasta ahora no ha tenido mucha suerte. Mason piensa que será una madre increíble algún día.
Ese pensamiento lo llena de pesar. Pensar que algún otro hombre tendrá la suerte de tenerla a ella y darle lo que más desea, un hijo.
No le gusta la idea, para nada. Se da cuenta que desea ser ese hombre. Quiere ser la persona que la haga feliz, tenerla a su lado para siempre. Compartir sus alegrías y tristezas. Ser el hombre donde ella pueda apoyarse y confiar. La desea a ella. Melinda es la mujer de su vida. Eso lo supo al instante de conocerla. Ahora, está seguro de lo que tiene que hacer.
— ¿Cómo está esa mamá hoy?
Melinda se volteo y vio a su mejor amiga sonriéndole.
— Cansada, pero feliz.
— Es lo que quería oír.
— ¿Y tú? ¿Cómo va el asunto Scott?
— Prefiero no hablar de ello. Solo de pensarlo me duele la cabeza. Mejor hablemos de cosas alegres, como tú.
— ¿Qué puedo decir? Estoy de todo tipo de humor, menos alegre. Estoy agotadísima. Estas estúpidas hormonas. Paso de sentirme feliz, super bien a llorar, de nuevo a la alegría, después furiosa, todo en un segundo. Dentro de poco todos sabrán de mi condición por culpa de mis hormonas, yo no soy así, lo odio. Aunque, sospecho que casi todo el Hospital ya debe saberlo, después de todo, estamos rodeados de médicos.
— ¿Eso es un problema?
— Depende como lo mires.
— ¿Y cómo lo miras?
— Realmente no me importa que los demás lo sepan, pero Mason por el contrario es otro asunto…
— Mel, tienes que decirle. Sé que no soy el mejor ejemplo para darte este tipo de consejo, pero te lo digo desde la experiencia, no quieres que tu hija de 6 años te pregunte quien es su padre y no sepas como responder. A mí me cogieron de mentirosa, tú puedes salir airosa de esa pregunta.
— No lo sé.
— Sé qué crees que destruirás una relación, pero necesitas decírselo. Debes ser egoísta por una vez en tu vida. Se trata de lo que es mejor para esa criatura que aun no nace. Él es el padre. Tiene derecho a saberlo. Muy en el fondo, sabes que es lo correcto, y eso es lo que te molesta tanto, que realmente quieres contarle, hacerlo sentir parte de lo que te está pasando, de la hermosa vida que se está formando en tu interior.
— Odio que me conozcas tan bien.
— Eso es mentira, me amas.
— Sí, tienes razón.
Victoria le dio un beso en la mejilla y le dijo:
—Piénsalo muy bien. Después puedes arrepentirte y solo te quedará intentar conseguir el perdón de esa personita tan importante para ti.
— Lo siento, amiga.
— No lo sientas, me lo busque yo solita.
— Me voy.
— ¿Dónde vas?
— A arreglar las cosas.

#12

Capítulo Diez

Melinda le dio vueltas a la conversación con Vickie. Sabe que tiene razón. Ella nunca le negaría ese derecho a Mason. Además, ama mucho a su bebé como para hacerlo pasar por la tristeza de crecer sin un padre. Debe tener fe que todo saldrá bien. Y si no, pedir fuerzas para ser valiente.
“Necesito verte. Debemos hablar. Te espero en mi casa a las 9 pm. Melinda.”
Mason lee y relee el mensaje. Lo comprueba una y otra vez. Es un mensaje de Mel. No lo cree, pero no cabe de felicidad.
Quizás un poco temeroso, debe confesar, lleva casi 4 meses ignorándolo completamente, así que su repentino mensaje no le parece que sean buenas noticias.
Las buenas noticias nunca empiezan con “Tenemos que hablar”. Normalmente así acaban las relaciones, no empiezan.
Mason mantiene la esperanza, al menos, lo llamo para hablar. Eso le da una oportunidad para hacer bien las cosas. Debe ser positivo. No la dejará escapar tan fácil. Luchará por ella con uñas y dientes, si tiene que hacerlo. La ama. Realmente la ama. La quiere en su vida y luchará porque así sea.
Melinda está nerviosa. Soy las 8:50 pm, Mason llegará en cualquier momento. No puede creer que realmente le vaya a contar todo.
“¡Ah, Dios! En qué lío me he metido”
Necesita serenarse. Solo se le ocurre una idea.
— ¿Diga?
— Hola, mamá.
— Hola, amor. ¿Cómo estás?
— Super preocupada. ¿Están allí mis hermanas?
— Alexandra y Liliam, ¿por?
— Puedes poner el altavoz. Necesito consejos y rápido.
— De acuerdo. Ya estamos todas aquí. Te escuchamos.
— Decidí contarle la verdad a Mason. Dentro de poco estará aquí.
— Me alegro por ti, cariño. Creo que es una excelente idea.
— Nosotras también, hermanita. Si cuando le cuentes se echa para atrás, me avisas, yo lo pongo en su lugar — se escucho la voz de Lily.
— Muchas gracias por el ofrecimiento, pero creo que estaré bien yo sola. Puedo ocuparme de él.
— Seguro que sí. Tú sola puedes cuidarte, desde pequeña siempre has sido capaz. Estarás bien, no tengo dudas.
— Bueno, yo sí. Tengo miedo que me rechacé, que nos rechacé a los dos — dijo Melinda tocando su panza. — Sé que puedo hacerlo sola, pero ya no quiero, lo quiero a él. Lo amo, mucho. Nunca había estado enamorada así antes. No creo que me recuperaré si me rechaza. No podría. Ya no me quedarían fuerzas para avanzar.
— Por favor, no pienses así — se oyó la voz angustiada de madre.
— Sería un estúpido si los rechazará. Seguro ustedes son lo mejor que podría pasarle a ese hombre — dijo Alexandra con su habitual serenidad.
Su hermana siempre lograba hacerla sentirse mejor.
— Solo debes dar lo mejor de ti. Confesarle todo. Y digo todo. Dile que lo amas. Sé que es terrorífico para ti. Te conozco, no eres de abrirte y compartir tus sentimientos, pero si realmente lo amas como dices y no quieres perderlo, debes abrirle tu corazón. Si no funciona, si no siente lo mismo. Te dolerá, eso te lo aseguro, y mucho, pero al menos sabes que te esforzaste al máximo. No te arrepentirás de nada. Deberá ser él quien un día miré atrás y se arrepienta de haberte hecho tanto daño.
Melinda está llorando, no le importa. Es justamente lo que debe hacer. Está segura.
— Cariño, no llores. Todo irá bien. Estamos aquí para ti.
— Lo sé, y se los agradezco.
En ese momento, sonó el timbre.
— ¡Oh, Dios! Es el timbre. Es él. Debo irme.
— Nos llamas en cuanto se vaya.
— Y si no se va, también — rió su hermana Lily.
— Lily.
— ¿Qué? Esperemos que sea así como suceda.
— De acuerdo. Besos. Las amo.
— Y nosotras a ti.
Melinda se seco las lágrimas, se siente mejor ahora. Siempre es así cuando conversa con su familia, además, las ocurrencias de Lily la ayudaron a sonreír.
Mason llegó a la casa hace media hora. Sentado en su camioneta no deja de pensar, en lo que podría pasar, que puede decirle ella.
La cabeza le da vueltas. Observa el reloj. Son las 9 en punto.
“¡Vaya! Llevo 30 minutos sentado aquí como un tonto. Solo debo entrar y así sabré que es lo que sucede.”
Melinda abrió la puerta con manos temblorosas. Allí está él. Se ve incluso peor que ella. Parece como si no hubiese dormido en días.
— Hola.
— Hola.
— Pasa.
— Gracias.
— Deseas algo, un café, una bebida, agua.
— Nada, gracias.
“¡Dios! Tanta formalidad me está matando”, piensa Mason. Cuanto desea que Mel simplemente lo suelte todo. Necesita respirar.
— Toma asiento.
— Creo que estaré mejor de pie.
— De acuerdo. Tengo algo muy importante que confesar. Te pido, por favor, no me interrumpas.
— No lo haré.
— Dios. No sé cómo empezar.
— Yo sí. Te amo.
Melinda abrió los ojos como platos. Debe haber entendido mal.
— ¿Cómo?
— Estoy enamorado de ti. Creo que desde la primera vez que te vi, con ese vestido rojo. Estos meses han sido un tormento, tenerte tan cerca y a la vez tan lejos.
— Pero… y tu novia, tu prometida.
— ¿Mi qué?
— Estas prometido para casarte.
Mason se echo a reír.
— No le encuentro la gracia.
— Pues ya lo veras. Si, lo acepto estaba prometido. Pero antes que me digas degenerado, o lo que sea que estés pensando, déjame contarte toda la historia. Elizabeth, como se llama, fue mi novia por más de 3 años. El año pasado le pedí matrimonio, y claro, dijo que sí. Yo por ese entonces no sabía que mi “prometida” estaba acostándose a mis espaldas con uno de mis compañeros de trabajo, un supuesto amigo. Los descubrí de la peor manera. Por eso decidí cambiar de lugar de trabajo. Al parecer fui el último en enterarme.
— Entonces, ¿no tienes novia?
— Ni novia, ni prometida. Al menos, no todavía.
— Yo creí…
— Si, lo imagino. Los chismes vuelan rápido por lo que veo, pero solo te contaron una parte. ¿Es la razón por la que me evitabas?
— Claro, pensé que me habías engañado. Que era solo una aventura para ti.
— No, nunca has sido eso. Te amo. Quisiera ser parte de tu vida a partir de ahora.
— No puedo creerlo. Yo también te amo. Mucho.
Mason no cree lo que está escuchando. Está sumamente feliz. Justo cuando se le acerco con intención de abrazarla. Vio como Melinda dio un paso atrás.
— ¿Qué sucede?
— Aun no te he dicho lo que has venido a escuchar.
— Creo que sí.
— Oh, no tienes ni idea.
— Mel, dime, me estás preocupando.
— Tengo miedo.
— ¿De mí?
— No exactamente. De lo que hagas cuando te lo cuente.
— ¿Qué es tan malo para que te comportes así?
— No es malo, al menos no para mí.
— Mel, solo sabremos el resultado cuando me cuentes lo que tanto te preocupa decirme.
Melinda cerró los ojos como para no ver su reacción.
—Estoy embarazada.
Los segundos pasan, no se siente nada, ni un solo sonido. Melinda creía que a estas alturas hubiera escuchado gritos, reclamos, incluso el portazo en la entrada mientras Mason huye, pero nada. Está intrigada. ¿Qué sucede?
Al abrir los ojos, lo ve allí, parado frente a ella. Mirándola, adorándola, con una amplia sonrisa en sus labios. Mel respira profundo, está feliz.
— ¿Estás feliz?
— Claro que sí. Cómo pudiste pensar que reaccionaría de otra manera. ¿Un bebé? ¿Tuyo y mío?
Melinda asintió. Mason está eufórico de alegría. Un hijo de ambos. Se está cumpliendo su deseo, será él quien haga feliz a Melinda, quien le dará lo que más quiere.
— Oh, pequeña, no sabes cuánto te amo, a ti y nuestro bebé.
Melinda corrió a sus brazos. Entre lágrimas se besaron. Mason acaricio su barriga. Allí está su hijo, la alegría más grande que podrían tener.
— Yo también te amo. Cuanto te amo.
Melinda no puede dejar de llorar. Es más, no quiere. Nunca podrá expresar cuanta felicidad hay en su pecho. Finalmente, lo tiene todo.

#13

Epílogo

Los nervios no le dan para más. Mason recorre el pasillo de un lado a otro. Si fumara ya hubiese consumido al menos 5 cajetillas. Se ha puesto a jugar con su identificación, necesita entretenerse en algo o los nervios lo van a matar.
Melinda había pedido específicamente ser tratada en el Hospital General de San Francisco. Conoce a todos los médicos, confía en ellos plenamente. Además, pidió por Victoria, la quiere a su lado en un momento tan especial, pero a nadie más, ni siquiera al padre.
— No creo que puedas aguantar todo el parto — rió Melinda al ver a su novio todo nervioso, incluso más que ella.
Así que está esperando fuera con el resto de la familia. Todos están esperando la llegada del nuevo miembro. Melinda se negó a saber el sexo del bebé, desea que sea una sorpresa, por lo que los últimos meses fueron una locura juntando diferentes nombres para el bebé, o como empezaron a nombrarlo bebé Stuart.
“El primero de muchos”, dijo George, con sus hijas protestando detrás de él.
Al final no sirvió para nada, no se ponen de acuerdo. Cómo lo van a hacer, son muchos, y todos quieren un nombre diferente. Mason sonríe diciendo que su bebé la pasara en grande con su familia super loca.
Sus propios padres arribarían de Los Ángeles esa misma noche. El parto se presento de momento. No llegaba a término hasta dos semanas después. Sus hermanos vendrían después, cuando ya estuvieran instalados en su nueva casa.
Cuando Mason descubrió lo del embarazo de Melinda dijo, más bien, exigió que debían vivir juntos, así podría cuidarla y mimarla mejor. Pero los primeros días estarían todos en la casa grande.
Las puertas se abrieron. La doctora Madison acompañada de Victoria se acercaron a ellos. Los Stuart se movilizaron rodeando a las recién llegadas.
— Felicidades, Dr. Emerson. Es usted el padre de una niña muy sana.
— ¿Una niña? — Mason casi está llorando de la emoción.
— Felicidades, papá — dijo Vickie dándole un fuerte abrazo a Mason.
Después de aclarar todas las confusiones y comprobar que él realmente amaba a su mejor amiga, Vickie lo aprobó. Se habían convertido en grandes amigos.
— ¿Puedo verlas?
— Claro. Por ahora solo usted. Melinda tiene que descansar, ambas lo necesitan — dijo la doctora Madison.
— Nosotros esperamos aquí — dijo Josephine—. Dale besos de nuestra parte a las dos.
Mason entro en la habitación. Allí en la cama está Melinda, su amor, llorando, totalmente feliz mirando a su pequeña.
— Hola, amor.
Melinda levanto la mirada y le sonrió.
— Mírala, es perfecta.
La pequeña los observa con grandes ojos azules tan claros como los de su madre. Aunque de cabellos negros como su padre. Después de un segundo, como si los reconociera se echo a reír.
— Si, es perfecta como su madre.
— No, como su padre.
— No discutas, mujer, te estoy haciendo un cumplido. Nuestra niña es perfecta y saludable.
— Sí, me alegro tanto. Cuanto la quiero, Mason.
— Yo también, amor, yo también. Ustedes son lo que más amo en este mundo.
Mason le dio un beso en la frente a su bebé y después rozando la mejilla de Melinda, quitándole el rastro de lágrimas beso sus labios.
— Te amo, Melinda.
— Te amo, Mason.
De momento se siente un bullicio. Al mirar hacia la puerta, todo el clan Stuart estaba allí incluida Victoria.
— Oye, haciendo eso delante de un bebé. Que malos son — dijo Lily sonriendo—. Quiero ver a mi sobrina favorita.
— Es tu única sobrina.
Todos rieron.
— Un momento, ¿Cómo lograron colarse? — preguntó Mason.
— Somos muy buenos — dijo George.
— Si, no lo creo — Mason se echo a reír, al igual que George.
— Tienes razón, nos colamos.
— Que buen ejemplo para mi hija — dijo intentando un tono de voz enfadado.
— Déjense de tonterías y dame a mi sobrina.
Lily cargo a la niña. Un grupo de ruidosas personas la rodearon, tratando de llamar la atención de la bebé. Todos diciendo tonterías y hablando a la niña con voz chillona, intentando hacerla reír.
— Pobre niña — rió Melinda.
— Oye, hablando de pobre. Mason, ¿cuándo pretendes pedirle matrimonio a mi hermanita?
— Lily.
— ¿Qué? Sé que todos se hacen la misma pregunta. Yo solo la termine de formular. Ahora, responde.
— No seas metiche. Además, quien dice que no se lo he pedido. Millones de veces, pero nunca me contesta.
— ¿En serio? Oh, eres mala, Mel. Más que yo. Eso es ser cruel.
Lily devolvió la niña a su madre. Quien mirando a la pequeña le dijo:
— Que crees Danielle, le digo ya que si a papá.
Entre gritos y felicitaciones se escuchan las risas de Melinda y Mason.

FIN.