skollxander
Rango3 Nivel 12 (128 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1
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  • #2

—Antes de que la aguja llegue a las cinco y media, quiero todo listo en la bolsa. ¿Alguna objeción?

Silencio.

—Espera. ¿Por qué pregunto si vas a hacer lo que yo diga? Cómo se nota que duermo poco.

La puerta se cerró de un portazo, seguido por el ruido de una débil campanilla como interludio al silencio. Hubo una pausa de minutos donde el único ruido provenía de la calle, de los grillos. La carnicería tenía la única luz de farolas justo fuera del asentamiento, solo aquellas. Él miró al reloj que sobre la pared, el único de color rojo y dibujos de cerdos sonrientes. Indicaba las tres y cuatro de la madrugada.

Sentía algo extraño.

Cuando veía la aguja de los segundos pasar, el hedor era más fuerte y atraía el sonido incesante de moscas, de las cuales algunas mecían con su agobiante canto a su oreja. A él no le importaba, ya que la costumbre le ayudó a que no fuera diferente de escuchar la lluvia.

—La bolsa… — se giró.

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#2

Unos pocos pasos fueron suficientes. Abrió la bolsa poco a poco hasta ver qué le esperaba: el cuerpo de un hombre. No pasaría de los veinte años. No hacía falta tocarlo para saber qué lo mató; agujeros de balazos a quemarropa por todo su abdomen, cargándose la agradable camisa de flores que llevaba encima.

Aún emergía la sangre a borbotones y ceñía en un lago carmesí la bolsa. Un color vivo, atractivo, del que iba en compañía un olor a muerto atrayente para las moscas cuan manjar para dioses. Él acercó su mano hacia la piel del hombre, a su rostro. Acarició con las yemas de sus dedos la barbilla, los pómulos.

No tenía el cutis áspero como solía pasar. Probablemente habría muerto no hace mucho. Qué calidez tenía a través de su barba todavía sin desarrollar, la de uno más joven que él. Entrañaba incomodidad el tocar a alguien, pero no a ese. No a uno que no podía decir nada.

Los hombres muertos no hablaban.

La mano pasó a dos y ambas agarraron el cuerpo por debajo. Lo alzó y lo llevó hasta el baño, metiéndolo en la bañera de agua caliente; su peso ligero quitó dificultad al trabajo. Extraño que una carnicería tuviera variaciones de un hogar, pero nadie más la utilizaba. Solo era un negocio falso de tapadera para pasar bolsas.

Antes tenía que desnudarlo. Le quitó la ropa rápido, preciso, casi entrenado para ello. Lo que le paró fue observar su mano izquierda. En el dedo anular tenía un anillo. Apenas tendía a tener interés sobre esas cosas, pero le sonaba a uno de hace tiempo. El grabado le trajo cierta melancolía, una que le movió a quitárselo con cuidado y dejarlo sobre el lavabo.

Pasaría una noche larga y así fue. En dos horas el único canto que lo acompañó chirriaba, el de una sierra mecánica que derramaba de sangre las paredes, el agua de la bañera, el suelo, todo cuanto pudiera. El aire se sintió pesado entre el olor nauseabundo y la habitación cerrada con el vapor del agua caliente acumulado.

Alzó una ceja.

Hubo cercenado pies, piernas enteras, brazos, tronco, dejando intestinos y órganos fluir sobre la bañera. Pero eso no importó. El rostro del cadáver tenía una mueca extraña, como sonriente. Tras cortar la cabeza seguía ese esbozo. Creía que no estaba así antes. No sintió miedo, solo indiferencia a lo externo pero confusión por dentro, una leve. Siguió trabajando.

El lavar partes para meterlas en la bolsa y perfumarlas llevó tiempo, todo hasta las seis y cuarto. Terminó antes de lo previsto y dejó todo donde debía. No hacía falta esperar ya que se entraba por llave; tendría que limpiar el baño. Terminaría sobre las diez menos seis.

Tuvo al fin un momento para respirar. Tantas horas sin dormir bajo un rostro inexpresivo para despedazar y limpiar, todo en un acto mecánico al que se acostumbró por años. Dentro de su respiro se miró a sí mismo en el espejo.

En el reflejo yacían sus ojeras ceñidas en morado, delatando lo poco que descansaba; en su labio y cuello, cicatrices desagradables. Fuera de aquello era el rostro con el que nació y moriría con él. Quizá lo perturbaban sus ojos negros, carentes de alma si siquiera en ellos se reflejaba el brillo de la luz.

—… Te pido perdón por lo que hago. — susurró.

Era consciente del anillo sobre el lavabo, así que lo tomó y lo puso sobre su dedo anular, el derecho. Salió para ver que en lugar de la bolsa un hombre limpiaba. Roque lo llamaban. El llegado por sorpresa ni se empeñó en levantar el rostro o soltar palabra alguna. No hizo tampoco el otro por responder y se sentaría en la única silla del antro, una roja maltratada por el pasar del tiempo, pegada a la ventana.

Olvidó toda una noche asfixiante, perdió el ruido de la sierra, el hedor que retorcía su olfato, los recuerdos de hace nada de la sangre y vísceras fluir sobre agua; el paisaje de un nuevo día sobre calles en las que bullicios de personas hacían su rutina, volvía todo a la paz.

El cielo azul era tranquilo y relajante. El ruido de los pájaros comprimidos por las paredes y cristales de la carnicería ayudaba a cerrar los párpados lentamente hasta caer en sueño.

Una completa oscuridad que disipó una noche desagradable, una de tantas.