I_am_Nobody
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#1
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Recuerdo oír el despertador esta mañana; dejé de contar cuántas veces lo oí sonar. Mis movimientos eran automáticos. Mis ojos rojos por la carencia del sueño que no podía conciliar, mi cabello desordenado y sin arreglo, me hacían diarias visitas, para recordarme las consecuencias imparables que depara la incertidumbre. Mi piel joven y vieja no se veía afectada por el agua fría de la ducha antes de las seis de la mañana; ya estaba acostumbrada. En mi habitación, tomaba un desayuno que ya había perdido el sabor, y entre tazas de café, los minutos se acortaban; vestía mi indumentaria y salía hacia mi lugar de trabajo, el que, si bien es cierto una vez amé, ahora ya no sé cómo definir.

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#2

En el transporte público me hundía en mis pensamientos, evitando los rostros del resto de los habitantes. Antaño intercambiaba palabras con extraños, día tras día, en busca de la novedad en cada sentido de esta existencia indefinida; pero, mis palabras gastadas ya no me convencían, y, entre fracasos, decidí apagarme por un tiempo indefinido. Rara vez revivía en mi aquella ilusión por la novedad. Así, llegué a la estación del metro, me adentré en el recinto, pagué mi ticket, y esperé en el andén por el tren furibundo y maltratado que llevaba a cientos de pasajeros. En mi espera, observaba los oxidados rieles, en medio de conversaciones superficiales sobre el partido de futbol, el nuevo vicepresidente, o las peleas matrimoniales que atravesaban las paredes.

Esperar se hacía eterno con cada día que pasaba; finalmente llegó el tren y, después de empujones para llenar el vagón endeble y su carencia de capacidad, las puertas se cerraron y comenzó el recorrido. Muy pocas veces recordaba lo que ocurría durante aquellos diez minutos; me perdía en un viaje inconsciente, entre pensamientos gastados, memorias marchitas, hasta el final del camino, y regresaba a mis pasos, para salir del recinto, y dirigirme a mi trabajo.

Aquellas paredes azules y demacradas ya eran parte de mí, aquel saludo de bienvenida, el silencio invadiendo cada rincón de cada salón, la tinta tatuada en la blancura celestina de la pizarra, las palabras que volaban en la inmensidad de aquellos salones pequeños; la historia que allí se formaba quedaría en una parte oscura de mis recuerdos; de aquellos recuerdos que nunca morirán.

¿En qué había fallado? Esta era una pregunta que no dejaba de rondar mi cabeza. La constante victimización me atormentaba; era un lugar que no debía visitar. Y la culpa carcomía mi cerebro; no dejaba lugar hacia los apacibles y cortos momentos que estaban por morir. Nada me había interesado hasta entonces; vagué a través de los meses, encerrado en una burbuja intangible de la cual no quería salir. Una oportunidad bastó para destruirme una vez más, para llevar el fracaso a mi vida, el que tan bien conocía.

Al inicio, mi sufrimiento parecía ser eterno; sentía que dependía de un cordón endeble, sin voluntad para saltar y sin fuerza para salvarme. Aunque ya había estado en la misma situación, una y otra vez, como una eterna carrera hacia un premio inexistente, esta vez todo contenía un matiz diferente, y al final del día lo descubrí: era el matiz de la novedad desgastada, el de la oportunidad predispuesta al fracaso. Por ello, el dolor contenido recrudecía con cada palabra proferida.

Después, sentí que caminaba sin ver la claridad de todo el problema que me asaltaba. Debido a la novedad que impregnaba la situación, creí muchas veces que esto sería eterno, aunque tomó otro rumbo; esta vez, uno diferente pero con un amargo sabor que no logro sacar de mi corazón. Ahora mismo estoy en la terraza de este empleo que tan bien conozco.

Mi cabello revolotea furiosamente mientras observo el ir y venir de la muchedumbre, mientras la hora de salida se acerca, mientras dejo escapar los últimos suspiros; recuerdos marchitos que se incrustan en mi pecho. Después de varias semanas herido por mis propios errores, di con la conclusión de una verdad ineludible que, al mismo tiempo, contenía una sustancia insidiosa como la maldad de esta vida: nadie es tan especial como crees.

Caminé muchos días sobre vidrios rotos, dejando rastros de mi sangre por el camino que atravesaba. Y, así, otro vidrio se incrustó en mi pecho, haciendo la herida que me obligaría aceptar lo que no ocurriría. De esta manera, aquel comportamiento se asemejaba, de la nada, a otro que ya conocí antes y que me esforcé tanto, en vano, por olvidar. En pocos segundos, el genuino y eterno cariño se desvanecieron, haciéndose parte de un malestar insoportable que me persigue hasta el día de hoy.

Los días han pasado desde aquel momento de claridad. Hay nuevas personas detrás de aquel azul desgastado. Pero ahora no logró hallar ni un momento de paz en mi existencia; ahora miro en cada persona el mismo rostro, el mismo cabello, los mismos ojos; todos son completamente iguales. Ya he perdido la voluntad por la novedad, la voluntad que revivía el ansia de vivir y de esperar el inesperado porvenir.

En aquella terraza, mientras veo el mismo rostro pasar, no dejo de decirme: “Sólo quiero estar en casa y dormir hasta el final”.

FIN