VAHdez
Rango5 Nivel 21 (463 ptos) | Escritor en ciernes
#1

En honor para los que tienen la suerte de tener una ayuda por alguna fundación y para aquellos, que no tuvieron tanta suerte y han perecido. Y no pretendo culpar a nadie, sin embargo, tampoco pretendo ocultar una realidad de la situación VENEZOLANA. Amo mi país, pero no por ello, no pretendo negarlo, y menos sabiendo que este es un país tan rico, este lleno de tantas personas inhumanas.

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#2

Corre por los alargados pasillos de la clínica cubierta de neblina, dividida entre cuidar a una desahuciada mujer y los rigurosos trámites que no puede comprender. El tiempo entre tanto ajetreo transcurría lentamente. Por un momento, anheló el descanso. A lo lejos, al otro lado de la puerta, una enfermera le señalaba que saliera y cuando por fin lo hizo, le pidió seguirla.
Oprimió su garganta al enterarse que la póliza no podía seguir cubriendo los gastos; sus gemidos quisieron surgir, pero apretó su mandíbula y el frío metal donde estaba sentada. Además, logró ocultar las lágrimas enmudecidas. Estaba en shock. Evocó el hospital central de la ciudad y a la muchedumbre desfallecida, tiradas como perros en el suelo, si es que sirve para comparar aquel lugar de cuentos fantasmagóricos. Pues, sin camas ni medicinas ni médicos, allí sería su próximo destino. Aprendió entonces, que el sistema de cuidado es comprado con dinero.
Su indignación se elevó al número más alto de la escala de Richter dentro aquella oficina. Temblaban sus manos, aunque una de ellas presionaba la otra. ¿No entendía el por qué a su edad le pasaba esto? ¿Qué conocía esa joven sobre los ascensos de la desquiciada vida? Se preguntó — “Ahora, ¿qué debo hacer?”. Otro segundo más bastó para seguir indignada cuando al lugar entró un doctor contando los números de su cuenta bancaria. Le miró tratado de decirle toda palabra que rondaba por su cabeza. ¡Lastima! eran tantas que no sabía cuál decir, aunque, también sabía, que terminaría llorando y no era momento para eso.
Salió de allí con pasos cortos y el rostro en alto, después que la morena le indicó que, habían llamado a la ambulancia para el traslado. Caminó entre las nubes de regreso a la morada del cuerpo inerte, sujetando con sus pequeños puños el jeans camuflado. Cada paso que dio, su impotencia rompía las cadenas que en un momento se colocó hasta que, entonces, no pudo sujetarlas más; y tomando la pared a su lado, la convirtió en un saco de boxeo.
Mientras aún subía iba por las escaleras de aquella clínica, llamó a sus veinte, treinta, cincuenta amigos, ninguno le pudo ayudar. Un “lo siento” fue la única palabra que pronunciaban. Minutos después, el sonido de una sirena de ambulancia se escuchó a la distancia, determinó el tiempo, el tiempo de despedirse del lugar. Deseó la jovencita que esto acabara.
Al llegar a la habitación 2- 6 de la Clínica “Si no pagas te mueres”; escuchó voces conocidas hablar con los paramédicos que maniobraban, de una rara y toscas forma, el cuerpo convertido en el adefesio de la humanidad. Ella con algunos gestos, le expresaba que tuvieran cuidado, pero por más que trataron de no lastimarle, parecía que no funcionaba, ya que el cuerpo sollozaba débilmente. Hacía unos ruidos extraños, más que podría decir, si era un muerto con vida. La subieron en la camilla y caminaron rumbo a la ambulancia. La chica gentilmente, se despidió de las enfermeras de guardia, una de ellas sin miedo ni pena, le abrazó y hablando a su oído, le dijo — “Nadie es fuerte en la vida, pero situaciones así, es lo que nos enseña la verdadera fortaleza. ¡Resiste!”—. Aprendió otra lección esa tarde, que la vida puede ser cruel con sus métodos de enseñanza.
En la ambulancia, vía al hospital, lugar donde moriría sin dudar. Le recriminaba en susurros, —“por qué no se cuidó sí se lo advertí tantas veces”—. También, otra palabra musitaba, aunque estas se encontraban rodeadas de lágrimas — “duele, no sabes cómo duele”— o tal vez sí, lo sabía. Comenzó a recriminarse si la quería viva o si era mejor que partiera. Esas ideas se incrustaban rompiéndole el alma, pero evocando su infancia, su adolescencia y un año siendo adulta, la prefería en sus vestigios viva, alegre y decidida, que allí postrada, muerta y aborrecida. En aquel vehículo, aprendió que por más que una persona quiera, las madres no son eternas.

#3

La ambulancia cruzó el estacionamiento del hospital, aparcándose en la entrada de emergencias, y antes que hicieran algún movimiento, le gritaron desde adentro — No hay cama ni doctor. Lo siento. No podemos atenderle —. Ella no se sorprendió, sabía que sería así. Su indignación alta, logró controlarla. — “Ya lo sabía”— se repitió. Los paramédicos intentaron persuadirlos sin resultados. Una autoridad superior pasaba justamente por la calle, sin misericordia ni amor humano, declaró un rotundo — No —. No los convencieron a pesar de que uno de los chicos dijo que los denunciarían. Pronto se subieron al vehículo y ejercieron su retirada.
Los paramédicos se quejaban del trato que les tocará en su vejez, no aceptaba la idea que al final de sus días, no valdrá ni lo bueno o malo que hayan hecho, nada iba a ser suficiente. Le preguntaron a dónde la llevaría y con voz temblando respondió — al único lugar donde es complacida, donde es amada y respetada junto a su familia. Iremos a la casa de sus sueños — Dijo pasando sus manos por su cabeza calva. Aprendió la jovencita de dieciochos años, que no hay lugar mejor que el hogar.
Con todo, su alma palidecía, ya no había las lágrimas corriendo, estaba seca. Solo cinco minutos, llegaron a casa. Una casa con tonalidades café y olores florales. Ella se bajó volando de la ambulancia para abrir todas las puertas hasta la habitación donde la dejarían. La colocaron en su cama, realizaron otra vez las maniobras raras y los sollozos aparecieron.
— ¡Qué mala suerte ser la prole del mundo vil! — dijo uno de los hombres antes al ver el cuerpo inerte. — ¡Era una hermosa!
Mientras salían de la casa, iban refunfuñando — Prefiero mil veces morir en un accidente — comentó uno — me entierran y listo ¡Se acabó todo! Se montaron en la ambulancia y desde allí, se despidieron. Ella guardó silencio mientras los despedía con una leve sonrisa agitando su mano.
Regreso al cuarto de su agonía, y recobrando vida sus pensamientos, no puedo evitar estar de acuerdo con los argumentos de los hombres. Esperó al resto de sus familiares, hermanos, tíos, primos, amigos para que se encargaran de las demás cosas. No podía más, no solo su alma estaba cansada, también su cuerpo. Después que llegaron dos de sus tíos, le dijeron que se bañara. Fue al baño, y se vio reflejada en el espejo encima del lavabo. No observó su alma, no vio nada, quiso llorar, pero otra vez no pudo hacerlo.
Al terminar, se dirigió al cuarto. Se recostó al lado del hipado regazo, su lugar favorito. Observó la lenta respiración, era cuestión de tiempo. Recordó…, recordó…, recordó todo el esfuerzo que no valió nada. Esfuerzo que ante los burócratas y los soberbios es mierda, eso también lo aprendió y de tanto pensar, se durmió.
Algunos rayos del sol lograron pasar a través de las cortinas de color pastel, rozaba sus mejillas. Los pájaros entonaban un concierto mañanero como ángeles cantando en el cielo. Abrió los ojos, y la vio. Su esperanza quedó enterrada más abajo de su autoestima. — “Adiós, mamá” — dijo dándole un beso en la mejilla a la mujer de su esmero que yacía con los ojos abiertos. — “Adiós”— le dijo de nuevo cerrándoles los ojos mientras la última lágrima caía por su mejilla — “hasta que sea el momento de yo ser indigna para la sociedad y digna para la muerte”—.