Baroness
Rango3 Nivel 12 (132 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1

Sinopsis:

—El que busca el mal, normalmente lo encuentra -susurró aquella fría voz—. No puedes amarme y dejarme morir.

Podría ser trágico, pero ella no merecía ese destino.

Raven es una chica muy tímida y pasiva, ansiosa por su primer año en la universidad y con altas expectativas de su estadía en una nueva ciudad.
Vermont es una ciudad muy tranquila, cotidiana y muy reservada, perfecta para Raven.
Desde que se marcha de la casa de sus padres para comenzar su vida como adulta, cosas extrañas comienzan a suceder.

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4

#2

Fausto.
Dedicatoria:

Volvéis de nuevo, sombras vacilantes;

que ya mi turbia vista otra vez viera.

¿Hoy trataré de asiros como enantes?

¿Delirio tal, mi corazón altera?

¡Ya os apiñáis! Y os veo, volteantes,

de entre el vapor y niebla, salir fuera;

mi pecho aspira, al hechicero aliento

que a vos os mece, juvenil contento.

Trasuntos me traéis de alegres días

y muchas gratas sombras reaparecen.

Como casi extinguidas melodías

amor primero y amistad parecen;

renuévase la pena; las sombrías

querellas del vivir incierto crecen

y nómbranme los buenos que siguieron

a la suerte falaz y ya murieron.

No escuchan, no, mi subsiguiente canto

las almas que el primero me han oído;

deshecho está todo amical encanto

y el eco primero ¡ay! desvanecido.

Ignota turba me oye; y mi quebranto

acrecienta, su aplauso repetido;

los que, con mi cantar, gozaron antes

si viven, andan, por el mundo errantes.

Siento, por ese ledo y grave coro

de espíritus, anhelo vehemente;

mi canto suave flota con sonoro

murmurio que las harpas eolias miente.

Estremézcome, el lloro sigue al lloro

y el fuerte corazón muelle se siente.

¡Miro lejos de mí cuanto poseo

y lo que huyó, realidad lo creo!

#3

Prólogo.

— ¡Puja! Vamos, tú puedes —gritó la enfermera mientras tomaba la mano de aquella mujer.
La sala de parto era un lugar muy frío y desaliñado, el bullicio era constante. Sollozos y alaridos de dolor salían de la boca de aquella madre. Se veía cansada y descuidada, aquella mujer no pasaba de los treinta años.
Su peor miedo se había convertido en realidad, tendría que criar sola a su hija como una madre soltera.

Su depresión volvió y recurrió al alcohol, ya que este parecía calmar el dolor que sentía en el corazón.
Pero ya era real, pronto tendría a su esperado bebé en sus brazos.

— ¡Puja más fuerte, Danielle!— le ordenó el Dr. Miller. Ella soltó un grito y pujó con todas sus fuerzas. Esta vez si lo había logrado, expulsó al bebé y éste soltó un llanto. Ella suspiró aliviada, ese llanto la hacía feliz. Las felicitaciones empezaron a escucharse en la habitación, el doctor con las manos ensangrentadas le tendió a su hija para que la acunara en sus brazos. Con una sonrisa y los ojos llenos de lágrimas sostuvo a su pequeña en su pecho. Nada se siente mejor que esto -pensó.
La recién nacida se veía pequeña e indefensa, roja y rodeada de líquido amniótico. Las enfermeras aparecieron delante de ella con los brazos extendidos para hacerle saber que era hora de revisar a la pequeña. Con una mueca de dolor, le tendió a la niña a una de ellas. La enfermera se la llevó para hacer los cuidados que requiere un recién nacido.

—Buen trabajo, es una niña muy hermosa.

Ella se limitó a asentir, estaba muy cansada para hablar. Justo en ese momento se escucha el estruendo causado por la puerta metalizada de la habitación. Era la misma enfermera que se había llevado a su niña. Con una mueca de horror en la cara pidió al doctor que la acompañara a Unidad de Cuidados Intensivos. El doctor salió corriendo de la habitación, él sabía lo que pasaba.
La madre confusa miró a su alrededor buscando a alguien que le explicara lo que sucedió. Una enfermera se le acercó y le tomó la mano.

—Pero, ¿qué está pasando?—preguntó ella con preocupación. La enfermera le ofreció una sonrisa tranquilizadora y cambió el tema.

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—¡¿Mi hija va a morir?! —logró decir la madre entre sollozos y gritos.

—Su hija presenta una cardiopatía congénita llamada estenosis valvular aórtica. Hay que tomar en cuenta su grado de severidad, hay que realizar una serie de procedimientos quirúrgicos para evitar una complicación mayor: la muerte— soltó el doctor, como si estuviera acostumbrado a decir malas noticias—. Pero no se le detectó antes del embarazo, su corazón está en una situación grave. Lo más probable es que no pase del año de vida —su voz entrecortada hizo saber que ya no había más esperanzas. La mujer se echó a llorar en los brazos de una enfermera, lentamente se desplomó en el frío suelo.

—Haría cualquier cosa para que ella pueda vivir — susurró para sí misma. Sus opciones eran limitadas, al igual que su cuenta bancaria.
El doctor se despidió de ella y salió de la habitación dejándola sola para que tuviera un tiempo para relajarse.
Una figura apareció delante del umbral de la habitación. Una anciana de cabello canoso y piel arrugada vestida con un vestido de seda se asomó. La mujer levantó la vista y se encontró con la sonrisa de aquella anciana. Confundida, abrió la boca para preguntar quién era pero la anciana se le adelantó.

—Soy Mary, un gusto en conocerte— dijo, tendiéndole la mano. Ella aceptó su saludo insegura, su mano era fría y huesuda.

—Danielle —dijo. La anciana se sentó en el sillón del acompañante cerca de la cama. Danielle, confusa y con la cara demacrada sólo podía mirarla.

—Veo que tienes problemas. Tu niña es muy hermosa, lástima que vaya a morir tan pronto— esas palabras se clavaron en el pecho de la pobre madre como un puñal. Ella le respondió con una mirada melancólica. La anciana vió como las lágrimas de aquella mujer recorrían por sus mejillas—. No llores, jovencita. Tengo una solución, es cien por ciento efectiva— continuó.
Danielle enarcó una ceja incrédula, hizo un ademán para que se explicara.

—Tu hija puede vivir como una niña sana, pero solo debes acudir a alguien— agregó. La anciana al ver que no estaba muy convencida ante su propuesta, miró por los pasillos del hospital tratando de ver si alguien transcurría por allí. Al estar completamente segura de que estaban solas, cerró la puerta.

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#4

Capítulo I.

Ella lucía feliz por irse, por dejar todo atrás.

Daba pequeños brinquitos en la sala de estar tarareando la melodía de una canción desconocida. El suelo de madera crujía bajo sus pies y el olor a arce inundaba el lugar.
Mientras sus padres lloraban por su pronta partida, ella sólo podía bailar de felicidad. Una media sonrisa se dibujó en su boca, por fin se mudaría.

Desde que Raven fue aceptada en la Universidad de Vermont todos sus planes habían cambiado. En su último año de preparatoria planeó su residencia en Vermont, estaba decidida a irse.
Tal vez muchas personas no entendieron su entusiasmo por dejar su hogar y su familia para planear una nueva vida sola. ¿Problemas familiares?, ¿padres abusivos? La respuesta es no.
Ellos nunca le harían daño, de solo imaginarlo les causaba náuseas.

Ella lo tenía todo, pero necesitaba un tiempo para encontrarse a sí misma.
Su madre, presa de las emociones se encontraba en la cocina preparando su última cena como familia de tres; ella era su única hija.
La joven se acercó al mesón de mármol y tomó asiento en uno de los bancos. Su madre le daba la espalda, estaba concentrada en lo que sea que estaba preparando en la estufa. Pero además de ello, no quería que ella la viera llorar de esa manera.

—¿Qué plato estás preparando?—preguntó Raven con curiosidad. La boca se le hacía agua de solo imaginar qué era ese delicioso olor.

—Pollo al curry— respondió secamente. Raven no hizo más preguntas, solo veía cómo su madre le daba vueltas a la salsa con una paleta de madera .
Beatriz Lowell —la madre de Raven—, era una mujer muy elegante, esbelta y carismática. Su larga cabellera rubia, sus ojos azul zafiro y pómulos altos le hacían resaltar entre la multitud.
Brand Lowell —su esposo—, al igual que ella, poseía una belleza clásica. Con su metro ochenta, ojos azules y cabello castaño claro.
A diferencia de Raven que, con su cabello negro azabache, ojos grises y piel pálida solo hacía que las personas se cuestionaran sobre la fidelidad de Beatriz.

Era muy obvio que no compartían lazos consanguíneos, casi nadie sabía que ella no era la hija biológica de los Lowell.
Pero eso no era un impedimento para que el amor que tenían los Lowell a su hija creciera cada día. Para ellos, las necesidades del corazón eran más importantes que las apariencias físicas. Aunque Raven a veces preguntaba sobres sus padres biológicos, ésta siempre obtenía la misma respuesta: no sabemos mucho sobre ellos pero donde sea que estén, deben de estar muy orgullosos de ti-decían al unísono.
Dejó de preguntar sobre ellos hasta que cumplió los once años, cansada de escuchar la misma respuesta perdió el interés.

Beatriz le sirvió un plato humeante de pollo al curry acompañado con arroz. Su estómago rugió en ese instante, soltó una carcajada y su madre acompañó su risa.
Brand Lowell no llegaría ese día para la cena, ya que estaba en un importante viaje de negocios pero llegaría muy temprano en la madrugada para despedirse de su hija.
La madre se sentó a su lado y comió en silencio. Se sirvió un poco de vino para sí misma, omitiendo a la adolescente que tenía a un lado.
Ella no bebía muy seguido, solo cuando estaba triste. Y ese era el momento adecuado para beber y tratar de sacar la melancolía que azotaba su cuerpo.
Raven la miró de reojo y suspiró. El ambiente era muy tenso, casi se podía palpar en el aire. Ella rompió el silencio.

— ¿Me extrañarás?— preguntó. Relajó su postura para parecer despreocupada. Su madre analizó la pregunta y bebió un trago de vino.

— ¿Que si te voy a extrañar? ¡Pues claro que sí te voy a extrañar! Esa pregunta está de más. Te extraño cuando te vas a de la habitación, te extraño cuando vas al baño, te extraño cuando sales a caminar. ¡Te extrañé demasiado cuando te dejé en el jardín de niños y hasta tuve que regresar para llevarte a casa conmigo!— dijo. Soltó una risa histérica, estaba realmente mal—. Tal vez algún día entenderás por qué lo hago. Antes de que estuvieras en mi vida todo lo que tocaba parecía morir. Y si te vas no tendré a alguien para cuidar, solo quiero asegurarme de que nadie te hará daño— añadió con voz ronca. Sin darse cuenta, sus ojos estaban llenos de lágrimas. Secó algunas de ellas con el dorso de la mano.
Raven no lloró ni mostró algún vestigio de tristeza, pero aún así sus ojos se humedecieron ante aquellas palabras tan conmovedoras.

—Estaré bien, ya has cuidado de mi y te lo agradezco. Pero eso no quiere decir que en un futuro no volveré a sentarme en tu regazo para sentirme segura— aseguró. Su madre asintió y le regaló una sonrisa melancólica.

—Debo irme a dormir—agregó — buenas noches.

Se despidió de ella con un casto beso en la coronilla y se retiró del lugar.

—Espero que conduzcas prudentemente, Raven— dijo Brand mientras sacaba las cajas de su casa y las apilaba en el camión de mudanza—
—Espero que conduzcas prudentemente, Raven— dijo Brand mientras sacaba las cajas de su casa y las apilaba en el camión de mudanza—. No sabes cuántos idiotas con licencia de conducir rondan por ahí. Ponte el cinturón de seguridad y llámame en cuanto llegues.
Raven puso los ojos en blanco. Se le unió a su padre para hacer la mudanza más rápida, tenía prisa.

—Te llamaré en cuanto pise el suelo del apartamento, lo prometo— prometió levantando el dedo meñique, invitándolo a hacer la pinky promise. Él le correspondió sonriente.

—Bueno, espero que ese lugar sea de tu agrado y te adaptes a Vermont. Si tienes un problema, o si un chico te falta el respeto sólo llámame y lo...—ella no lo dejó terminar la frase, solo levantó su mano para hacerle saber que lo entendía.

—Te quiero, papá— dijo ella abrazándolo. Él se puso rígido pero sólo le tomó segundos relajarse y acunar en su pecho a su preciosa hija. Duraron minutos así, en su propia burbuja y nadie podía interrumpir ese preciado momento. Ella se separó lentamente de su agarre y él metió las manos en el bolsillo, incómodo.
Raven, al ver que todas las cajas ya estaban en el camión tomó la iniciativa de despedirse de sus seres queridos.
Despedirse de su madre fue lo más difícil que hizo. Entre sollozos y lágrimas apenas se podía escuchar la voz de Beatriz, Brand fue más directo y se despidió con un «hasta luego».

Cuando subió a su auto sintió un amargo sabor de boca, era el sabor de la despedida. Mientras conducía sus pensamientos vagaron por los recuerdos de su infancia. Eso le causó una gran tristeza, como un vacío en la boca del estómago.

Ya era real, su vida de adulta apenas comenzaba.

De la misma manera que comenzó su soledad.

#5

Capítulo II.

Raven era de pocos amigos, una lástima ya que cualquiera que tuviera la oportunidad de ser su amigo disfrutaría el verdadero significado de lealtad.

Pero ella no entendía por qué todas las personas que la rodeaban se alejaban.
Sólo tuvo una amiga en su adolescencia, Alaska.

Ella y Alaska se habían conocido en su antigüo Instituto, desde allí empezó su amistad. Era la amistad más duradera que había tenido. Si no hubiera pasado lo que pasó, celebrarían el sexto aniversario de su amistad ese año.

Pero la gente cambia, y no necesariamente para bien.

25 de marzo del 2016

Aquel día Raven encontró al novio de Alaska, Louis besándose y toqueteándose con una chica en el parque, muy cerca de su casa.
Raven no era una acosadora, sino que simplemente tenía la mala suerte de encontrarse a las personas menos adecuadas en los lugares menos adecuados.
Al asegurarse de que se trataba del mismísimo Louis, sólo pudo mirar desde lejos a la feliz pareja. Sintió jalón en el pecho, le afectó mucho la escena.
También sintió lástima por Alaska, ella tendría que saberlo de inmediato.
La llamó.

Le contó lo que vio. Alaska no pudo evitar soltar un montón de insultos en nombre de Louis. Raven estaba dispuesta a acompañarla y ayudarla en lo que fuera necesario para que superara esa tóxica relación. Pero Alaska se apartó de ella de manera repentina, sin avisar.
Todos los días se preguntaba si volvería a verla. Semanas después se enteró de que su querida amiga había regresado con él.

Ella pensó que jamás lo perdonaría pero faltó un detalle, Alaska no le había creído.
Algo de lo que más le molestaba a Raven era que llamaran mentirosa. Podrían decir un millón de cosas sobre ella, menos mentirosa.
La palabra mentira no existía en el vocabulario de Raven, ella siempre iba con la verdad.

Y le dolió. Le dolió que su amiga más cercana la traicionara.
Ese hecho le mostró que sin importar cuánto quieras y protejas a una persona, serás olvidado y reemplazado.

Raven perdió contacto absoluto con ella, ni siquiera se molestó en decirle «adiós» cuando se fue de la ciudad para irse a Vermont.
Ella la perdonó, pero nunca olvidó.

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Condujo un par de horas para llegar a Vermont. El camino se le hizo largo ya que no estaba acompañada.
El conjunto de apartamentos tenía un aspecto antigüo con su fachada de ladrillo y ventanales al estilo victoriano, sin embargo, daba una sensación hogareña. Era ese tipo de lugar que tienen a recién casados, universitarios y artistas en crecimiento como inquilinos.
Tenía un bonito jardín cercado, con arbustos cuidadosamente podados y flores que ardonaban el lugar.

Aparcó en el estacionamiento y bajó rápidamente del auto. Mientras buscaba las llaves del piso en uno de los bolsillos de su pantalón se escuchó el ruido de una puerta abriéndose. Dirigió su mirada hacia el lugar donde provenía aquel ruido.
Un chico muy alto y atlético estaba parado en el umbral, en sus manos llevaba una gigantesca cesta de ropa sucia. Ella trató de ver su rostro pero la pila de ropa sucia era tan alta que le impedía la vista.
Contuvo una risa, la escena le causó gracia.

El muchacho se dio cuenta de la presencia de Raven, dejó la cesta en el piso en un dos por tres y se acercó para saludarla. Pasó por el pasillo con un andar despreocupado. Él era realmente atractivo; su cabello era de un castaño oscuro, ojos cafés y rasgos marcados.
Raven se dio cuenta de su gran belleza y se tensó.
Ya era muy tarde para irse, él venía hacia ella.

—Hola, soy Malcolm— dijo sonriente. Le tendió la mano y ella la estrechó. Su mano era grande en comparación a la de ella, él trató de no estrecharla con tanta fuerza para no lastimarla.

—Hola, soy Raven— trató de sonar relajada pero no lo logró.

—Veo que te acabas de mudar, supongo que no eres de ésta ciudad, ¿cierto?
Raven se tensó, las palmas de las manos le empezaron a sudar y las secó con la tela de su pantalón.

—Soy de Staten Island— respondió. El asintió y esbozó una sonrisa.
Malcolm se ofreció amablemente a acompañarla a su piso, ella se negó a que lo hiciera, pero para no sonar tan dura le sonrió y él se marchó deseándole buenas noches.

Malcolm Hemsley era hijo de granjeros de la localidad. Se crió en el campo, en una casa hermosa en las afueras de la ciudad. Aprendió a ordeñar, alimentar y bañar vacas. No se sentía avergonzado de sus orígenes, por el contrario, le decía a cualquier cosa que tuviera oídos que vivía en el campo.

Fue un joven muy aficionado al deporte, le encantaba el Rugby. Más que una afición, se convirtió en su pasaporte para ir a la universidad de Vermont. Su beca había sido aprobada hace un año atrás, se sentía tan orgulloso de ello.

Era hermano mayor de dos niñas y su ejemplo a seguir. Algo que destacaba de él es que su caballerosidad predominaba ante todo, hacía que las mujeres se sintieran seguras a su lado.
Cuando se enteró de que su hermana Heather, de diez años llegó a casa del Instituto sintiéndose insegura de su físico cuando un niño le dijo: «vaca gorda»-en tono burlón, el día siguiente Malcolm estaba esperando al niño en la hora de salida para darle un sermón y una advertencia. Heather no volvió a tener problemas con los niños del instituto.

Nadie merecía ser menospreciado por su físico.

Todos merecían un hermano como Malcolm.

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Raven estaba muy cansada para ordenar su nuevo apartamento, pero el equipo de mudanza ya había hecho la mitad del trabajo.

Su pequeño apartamento no era la gran cosa, pero era su nuevo hogar. Le tomó unos segundos analizar los pros y contras del lugar.

El apartamento estaba ubicado en una zona céntrica, cerca de un súper mercado y algunas tiendas.
El único problema era que, al tener vecinos universitarios en el piso de arriba, las fiestas eran constantes y dormir era casi imposible.

Era el segundo día en su nuevo hogar, nadie iba a estropear ese momento, aunque el sueño fuera una prioridad.
Sintió la necesidad de limpiar, las partículas de polvo se podían observar en el aire. Empezó con tender su cama, procedió con ordenar su biblioteca en orden alfabético. Lo último que hizo fue barrer.
Se tomó un minuto para apreciar su trabajo y con las manos en la cadera, dio su sello de aprobación.
Su habitación era quizá el área más grande del apartamento. Una cama de madera de roble, algunos muebles de Ikea y su biblioteca eran las únicas cosas que ocupaban espacio en la habitación. De resto solo había una lámpara de lava encima de la mesa de noche.
No se comparaba con su vieja habitación, pero le gustaba.
Tomó asiento en un mueble, dejó que su mente divagara.

De alguna manera, se sentió extraña. Tal vez era la falta de contacto humano, tal vez eran los primeros síntomas de la soledad. Se resistió a la idea de tocar la puerta de Malcolm y pedirle que la acompañara a caminar para conocer la ciudad. Pero su timidez no lo permitía, no le tenía mucha confianza.
En ese momento el timbre sonó, ella se sobresaltó y salió disparada hacia la puerta.
La abrió lentamente. Un Malcolm sonriente estaba parado en el umbral con un paquete de galletas Oreo en las manos.

—Hola— saludó ella.

—Hola, ¿te gustan las galletas?— preguntó ansioso, moviendo el paquete de galletas en forma provocativa.
Ella soltó una risita y asintió. Le abrió paso a su pequeña guarida. Él se veía como un gigante en ese pequeño espacio, un tierno y para nada incómodo gigante.

—¿Sueles visitar a los nuevos inquilinos del edificio?— preguntó. Él se sorprendió al escuchar su voz. Le alegró saber que ya ella se sentía lo suficientemente cómoda para hacerle preguntas, estaba cansado de que le respondiera solo con monosílabas.

—Suelo darles la bienvenida —respondió. Tomando asiento en el pequeño sofá, se dispuso a ponerse cómodo. Miró a su alrededor con curiosidad.
Ella se sonrojó, avergonzada de su pequeña guarida.
Pero él no entendía por qué se avergonzaba. Sí, era un espacio muy pequeño, pero él nunca la criticaría o lo tomaría como motivo de burla. Apenas estaba echando raíces, él había pasado por esa etapa—. De todas maneras, todos merecen una adecuada bienvenida—agregó. Le ofreció una galleta, ella la aceptó agradecida.

Hablaron por horas sobre temas variados. Tenían mucho en común, aunque tenían personalidades distintas. Raven se sintió cómoda al hablar de su vida en Staten Island, algo que ayudo a incrementar su confianza fue que él la escuchaba con atención.

Él se retiró y ella volvió a su burbuja. Apagó todas las luces de la sala y se dirigió al cuarto de baño.
Tomó una pequeña ducha. El agua caliente abría cada poro de su piel, eso le causaba una gran satisfacción. Tomó una esponja y empezó a restregarse el gel de baño por todo su cuerpo.

Paró en seco y contuvo la respiración. Por un instante se sintió observada, como reflejo de su pudor se cubrió su parte íntima y los pechos. Temblando de miedo trató de ver lo que hacía que ella se sintiera tan indefensa. Trató de divisar algún rostro más allá del vapor y el agua. Cerró la llave de la regadera y se inmovilizó, expectante. Sintió cómo las gotas de agua recorrían su rostro hasta llegar a su cuello y más abajo, a lugares donde nadie había estado.
Una corriente de aire recorrió su cuerpo tembloroso, como si alguien hubiera entrado. Sentía como su bilis subía, cerró los ojos y ahogó un grito.
Pasaron los minutos y ella seguía en la misma posición, se obligó a sí misma a abrir los ojos. Al comprobar que no había nadie más que ella en el baño, se relajó.

»Tal vez me estoy volviendo loca.

Salió del baño cubierta con una toalla rosa alrededor de su cuerpo, tomó su pijama y se vistió.
Hizo una pequeña oración, como solía hacer todas las noches y se fue a dormir.

Pero algo malo había ocurrido.

Él ya la había visto.

#6

Capítulo III

Ese día Raven iría a la universidad.
Sentía muchos nervios, ansiedad y otras cosas indescriptibles.

Cuando se despertó sintió una gran decepción, ese día sería muy largo. Saltó fuera de la cama y se fue al cuarto de baño para cepillarse los dientes.
Cuando salió su móvil sonó, corrió hacia la mesita de noche y contestó.

Era su padre.

—Buenos días, Raven— saludó desde la otra línea.

—Hola, papá. ¿Cómo estás?, ¿cómo está mamá? —preguntó. Hubo un largo silencio. Ella contuvo el impulso de decir: «¿hola?».

—Yo estoy bien, tu madre trata de estarlo pero lo superará, solo necesita un poco de tiempo para adaptarse a tu ausencia— su voz era muy monótona, ella se dio cuenta de ello.
—Pues, eh... —trató de buscar las palabras correctas para responder pero no lo logró.

—En tres días será tu cumpleaños. Pronto tendrás dieciocho— interrumpió él.
Raven casi lo olvidaba, pronto sería agosto veinticinco. Su fecha de cumpleaños no era algo que le importara. Para ella, cumplir a finales de agosto era lo peor; el fin de las vacaciones y el comienzo del curso.

—Lo he olvidado, tengo muchas cosas en la cabeza.

—Bueno, espero que disfrutes tu primer cumpleaños lejos de casa— comentó. Sí, a veces Brand Lowell podía ser muy distante y frío pero eso no impedía que el cariño que le tenía a Raven disminuyera.

Quizá él no le decía constantemente que la quería, era un hombre de pocas palabras. Sin embargo, con sus acciones le demostraba que ella era su mayor logro. Y la extrañaba, eso era suficiente para saber que la amaba.

—Lo haré —contestó.

—Adiós, Raven —se despidió.

—Adiós, papá —colgó el móvil. Respiró hondo, un sentimiento de desasosiego envolvió su cuerpo.
Algo que odiaba Raven era despedirse, simplemente no lo soportaba. Cuando se marchó de casa trató de ser fuerte, pero en el fondo ella sabía que no lo era.

Tomó una larga ducha para despejar su mente. Sacó toda la ropa de su armario y la puso sobre la cama.
No pudo escoger ninguna prenda en específico, así que eligió algo al azar. Salió de su apartamento vistiendo unos jeans ajustados y un jersey.

Ese día no vio a Malcolm en el pasillo de su piso, lo cual se le hizo raro.

El coche de ella estaba aparcado en el estacionamiento, sacó sus llaves del bolsillo y lo encendió. Éste provocó un ruido ensordecedor, el coche era algo viejo.

Suspiró y condujo hacia la universidad. Encendió el reproductor de música y puso su playlist.
La voz de Lana del Rey se escuchó por los altavoces. Ella dejó que la melodía de su canción favorita; Carmen, llenara todo su ser.
Cerró los ojos por un instante y tarareó la letra:

Darling, darling, doesn't have a problem
Lying to herself 'cause her liquor's top shelf

It's alarming honestly how charming she can be
Fooling everyone, telling how she's having fun

She says you don't want to be like me
Don't wanna see all the things I've seen
I'm dying, I'm dying

She says you don't want to get this way
Famous, and dumb, and no age
My, I'm dying

The boys, the girls, they all like Carmen
She gives them butterflies, bats her cartoon eyes

She laughs like God, her mind's like a diamond
Buy her tonight, she's still shining
Like lightning, light, like lightning

Carmen, Carmen, staying up 'til morning
Only seventeen, but she walks the streets so mean
It's alarming truly how disarming you can be
Eating soft ice cream, Coney Island queen

She says you don't want to be like me
Looking for fun, get me high for free
I'm dying, I'm dying
She says you don't want to get this way
Street walking at night, and a star by day.

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La universidad de Vermont es una universidad ubicada en Burlington, al noroeste de Vermont.
Especializada en negocios, psicología y ciencias políticas, es una de las más prestigiosas universidades de los Estados Unidos.

Mientras más se acercaba al campus, Raven contenía su gran emoción.
Era la universidad de sus sueños, y su sueño se había convertido en realidad.
Desde la energía y las buenas vibras que caracterizaban a Burlington hasta los bosques, granjas y el espíritu independiente de Vermont, hacían que Raven se sintiera como en casa.

El campus era muy pintoresco, la arquitectura de sus edificios era magnífica.

Raven aparcó su coche en el estacionamiento de la universidad, posó las manos sobre el volante y resopló.

»Muy bien Raven, no lo estropees.

Tomó su bolso y bajó del coche. Hacía un poco de frío pero ella hizo caso omiso a la pequeña ventisca que azotaba su cuerpo. Se abrazó a sí misma y vio que unas nubes grises se aproximaban.
Caminó por el campus sosteniendo su horario de clases en la mano.

Por un momento se sintió perdida. Su cuerpo temblaba con varias sacudidas, tal vez era por el frío o por los nervios.
Un montón de estudiantes recorrían los pasillos con un paso apresurado. Algunos la miraban de reojo, pero estaban tan ocupados en sus asuntos para tomarle tanta importancia a la chica morena que acababa de llegar.

Ella miró por enésima vez su horario, su primera clase sería filosofía. Llegaría tarde, su clase era a primera hora y ella no encontraba su salón; el 3C.
Tardó varios minutos en encontrarlo por sí sola, ya que no tenía las agallas de preguntar.
Respiró alviada cuando encontró el salón, afirmó el agarre de su bolso y entró cabizbaja.
El bullicio era constante, habían como cuarenta estudiantes en ese pequeño espacio. Buscó un puesto en el fondo, la mayoría de los asientos principales estaban ocupados.

Tomó asiento en un pupitre que se hallaba cerca de una ventana, desde allí se podía disfrutar la vista del campus. Miró a su alrededor y nadie la observaba, eso la tranquilizó. Todos estaban absortos en la conversación de los otros, al parecer todos se conocían.

Alguien apareció en su campo de vista. Raven alzó la mirada y se encontró con el rostro sonriente de una chica rubia. Ella pestañeó confundida y la chica se aclaró la garganta.

—Hola, soy Sky —saludó alegremente la rubia. Le tendió la mano y ella la estrechó.

—Raven —dijo. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Sky vio un puesto vacío a su lado y lo señaló pidiéndole permiso, Raven asintió.

—¿Vives cerca de aquí? —preguntó Sky.

—A quince minutos de la universidad, ¿y tú?

—A diez minutos caminando— respondió. Sky parecía ser muy sociable, un punto extra para las relaciones interpersonales.

—Genial.

—¡Sí! ¿has oído hablar de las fiestas que hacen aquí? Son de otro mundo —comentó. Raven podía sentir su entusiasmo, negó con la cabeza—. ¡Son las mejores! Deberías ir conmigo algún día— propuso.

—Me encantaría. —aceptó. Sky asintió y sacó su móvil del bolsillo. Con el ceño fruncido empezó a escribir un mensaje, sus dedos pasaban rápidamente por el taclado del aparato. Raven trató de ignorarla, tomó un lapicero de su bolso y empezó a jugar con él.

La puerta se abrió de par en par. Unas largas piernas pasaron por el umbral y todo el mundo contuvo la respiración. Al parecer el profesor había llegado. Aquel hombre vestía una camisa de lino y pantalones vaqueros. El profesor frunció el ceño de manera casi imperceptible a nadie en particular y se volvió para escribir en el pizarrón.

»Al parecer alguien vino de mal humor hoy.

Y como si él la hubiese escuchado se volvió hacia ella.

Su rostro quedó al descubierto, todos quedaron embelesados por su gran belleza.
Su rostro parecía tallado a la perfección; nariz perfilada y rasgos marcados. Su cabello era completamente negro, al igual que sus ojos. Algunos rizos se escapaban de su perfecto peinado.
Era muy alto, quizá llegaba a los 1.90m de altura. Su contextura era atlética, se podía observar cómo los músculos de su espalda se contraían por cada movimiento que daba.

Sky soltó un silbido de apreciación. El profesor se apartó de la pizarra para que todos pudieran copiar:

La Filosofía es la ciencia que tiene como fin responder a grandes interrogantes que cautivan al hombre. Apareció en Grecia en el siglo VIa.C.

Tales de Mileto fue el primer filósofo y padre de la filosofía por haber sido el primero en dar una explicación racional sobre el origen del universo.

Perdida en sus pensamientos, o en esa extraña sensación, tenía la cabeza gacha mientras tomaba notas frenéticamente en su cuaderno.

Carraspeó y todos dirigieron la mirada hacia él.

—Buenos días, mi nombre es Belial Crowe y soy profesor de gnoseología. Seré su profesor sustituto hasta que el profesor Thomas cumpla sus días de duelo -su voz era melodiosa pero glacial, con un ligero acento británico —. Espero que cumplan mis expectativas, tengo mal genio y no soporto a los imbéciles que se creen intelectuales solo por leer un par de libros motivacionales —espetó.
Su actitud mordaz contrastaba perfectamente con lo atractivo de su físico.

Sky se acercó a la oreja de Raven y susurró:

—Creo que alguien necesita una buena mamada.

—¡Sky!— exclamó sonrojada. Sky le guiñó un ojo.

—¿Algo que quieran agregar a la clase, señoritas?

La voz del profesor Belial atravesó el aula en dirección a Raven. Cuarenta pares de ojos se volvieron hacia ella y contemplaron su cara pálida. Ella se encogió en su asiento y bajó la mirada; esta avergonzada. Sky se limitó a negar con la cabeza—. Era lo que esperaba — luego, esos mismos cuarenta pares de ojos se volvieron hacia el profesor, que permanecía inmóvil y había empezado a fruncir el cejo.

El profesor sintió el peso de un par de miradas curiosas, miró sobre su hombro y se encontró con la mirada de Raven. Él le sostuvo la mirada hasta que ella la bajó, estaba realmente apenada.
Pero había algo que ella no entendía, ¿qué hacía que se sintiera tan indefensa ante esa oscura mirada? Era algo que no quería averiguar.

—Se fijó en ti— murmuró Sky

—Es imposible— respondió.