VAHdez
Rango5 Nivel 21 (463 ptos) | Escritor en ciernes
#1
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Cuando sabes lo que tienes que hacer para que él no te persigas y no lo haces, ¿qué acontece?

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Dejé orar, lo sé—cavilaba mientras luchaba con la apatía que no dejaba de abrazarme y de las ganas de querer levantarme de la cama. —No quiero hacerlo. Debo, pero no sé por qué no quiero.
Mi adoración no era la misma, mi entrega igual, no lo comprendía. Después de tanto luchar, me levanté de la cama y fui al salón. Encendí la tele y me senté en el sofá y entonces, le escuché.
—¿Por qué continuar con vida? —susurró a mi oído maquiavélicamente— acaso valdrá la pena tanto sufrimiento. No eres feliz.
Observé a mi alrededor buscando de donde procedía la voz. Estaba sola. Nadie aparte de mi había llegado a casa y la jornada laboral de mis padres aun no terminaba. Mi cuerpo se paralizó sabiendo esto. Quise correr, pero no pude.
—¡Oye! No sucedería nada, si por casualidad te levantas, vas a la cocina y tomas el cuchillo—indicó firmemente—Dolerá solo un poco.
Inmediatamente, vi en mi mente como caminaba despacio a la cocina y tomaba el cuchillo. Me vi reflejada en su acero, aun con duda, lo pasé por una de mis muñecas, dolía; pero como el me insistía mucho no me detuve, sino que continúe con la otra.
—El señor te reprenda— grité dudando. Me abracé tan fuerte que parecí un bebe.
—Tranquila, mi niña. No te dolerá.
—¡Cállate! —Grité más fuerte— no te creo. Yo te reprendo en el nombre de Jesus.
De forma repentina, guardó silencio. Traté de levantarme de golpe de aquel sofá; no obstante, noté que no pude hacerlo, algo me jalo hacia el mueble en cuanto salté. Y entonces, las vi. Estaba atadas por unas negras cadenas. Pasaron, creo que algunos minutos mientras que con esfuerzo trataba de levantarme. De pronto, él regresó con otra idea.
— En el baño, hay están las pastillas de mamá. —indicó firmemente, aunque parecía reír. No le vi nunca, pero eso parecía. — solo usa unas cuantas tabletas. Te ayudo, usa unas diez. ¡Anda! No sentirás nada.
— El señor te reprenda. —le dije de nuevo. No funcionó. —Su voz siguió siendo insistente, penétrate y espeluznante, que por más que le echaba afuera de casa o de mi vida, no se callaba.
—Señor, ¿qué me está aconteciendo? No entiendo... —reclame y empecé a llorar. Me estaba volviendo loca. Oía estás voces desde hace un tiempo y aunque en la iglesia me oraron, no entendía porque no se detenía.
—Entiéndelo, princesa. Tú nunca serás suficiente para alguien. —expresó—este mundo está podrido, y él es quien tiene la culpa.
—Mentira… —gemí. —mentira… Señor, yo sé que tú me das fuerzas, ayúdame…
—¿Ayudarte…? Si tú no te ayudas a ti misma, nadie lo hará... —acotó y eso me dio más miedo. —Ve al baño y tómalas.
—Yo no quiero morir…no quiero…
En mi mente visualice todo el recorrido al baño, y como me las tomaba bebiendo del agua del lavabo para no bajar a la cocina, donde se encontraba el refrigerador. Sentí, luego, como las negras cadenas se iban aflojando de a poco hasta que quedaron suficientemente flojas para liberarme. Detallé en la pared del frente el libro sagrado que me recordó suplicar de nuevo.
—¡Ayúdame! — y entonces, a mi otro oído, una voz diferente se escuchó.
—Sal fuera.
No lo pensé, ni pregunté, simplemente corrí a la entrada, abrí la puerta y salí de casa.
—Melany… Melany… ¡Ayúdame! —solicité una vecina que justamente pasaba por el frente de la casa.
Ella se desesperó, entró a la casa dejando el portón abierto.
—¿Qué pasó? —me preguntó desesperada.
Iba a responderle cuando mi mamá apareció y al verme corrió al verme corrió a casa. En eso, todo se nublo. Un hombre atractivo y vestido de esmoquin amarillo, tomaba mi mano y le besaba. Por un momento, sentí observar a un y un simio deformado a través de él.
—He estado esperando este encuentro. —exclamó con sensualidad en su voz.
Me impulsó a él y con acariciando mi cuello, me besaba hasta que sentí como empezó a ahorcarme. Lo golpeé tantas veces, me faltaba la respiración y cuando todo se estaba poniendo oscuro de nuevo, le reprendí mentalmente.
— Pase lo que pase, tú me pertenece. —dijo con seguridad que ni lo dudé.
Entonces, oí una voz a lo lejos, al parecer hablaba con él.
—No es tuya, ella ya tiene dueño. —prácticamente le gritaba. —así que sal de ella.
Quede sorprendida, que significaba “sal de ella”. No lo supe, hasta que mi cuerpo convulsionó, y un cansancio abrumador se apoderó de mí. Abrí mis ojos y estaba tumbada sobre el suelo del frente de la casa. Traté de limpiarme el rostro, pero mis brazos no se movieron ni un milímetro. A lo lejos, oteé a mi mamá, quise llamarla, no pude volviéndome a quedar dormida.
Desperté al día siguiente sobre mi cama y no sabía cómo. Unas hermanas, ancianas de la iglesia estaban en casa y se aproximaron al verme despertar.
—No te muevas mucho, hermanita. —dijo una—Tienes que estabilizarte primero.
—Sabes, él va a regresar—indicó otra sentándose a mi lado. —El pacto ha sido roto, y por ello, está molesto. Él no se cansará hasta que obtenga lo que le fue prometido. Así que, debemos prepararte para luchar. ¿Estas dispuestas?
Esas palabras eran fuertes, pero me llenaron de vida y de valor. Ahora, cada vez que a él se le antoja volver, sabe que no podrá conmigo, y tanto es así que se me hace fácil derrotarle, aun cuando no estoy orando.