BelindaSalazar
Rango3 Nivel 14 (177 ptos) | Cuentacuentos freelance
#1

Amor,

He escuchado de nuevo aquellas dos palabras que solías decirme, grabadas en mi mente como el fuego de un volcán, en boca de unos chicos, casi niños, que las pronuncian de forma mecánica, como aprendidas en un guion, sin mirarse a los ojos.

Ojalá aprendan bien a amar, como aprendimos tú y yo juntos, ¿recuerdas?, cuando salíamos de paseo por aquellas callecitas secretas, que sólo nosotros conocíamos, y tu mirada, entonces tan limpia, me decía en secreto quién sabe cuántas cosas. Éramos tan jóvenes. Nos conformábamos con vivir el momento, con reír abrazados bajo la lluvia, o con acariciarnos mientras contemplábamos la puesta de sol, temerosos de que llegara la hora en que, puntual como un reloj, debías llevarme de vuelta a casa, sana y salva, y aprovechábamos hasta el último segundo, besándonos lenta o apresuradamente en el portal, como si fuera la última vez que fuésemos a vernos, como si alguien pudiera arrebatarnos para siempre aquel momento del que solo nosotros éramos dueños.

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#2

Nosotros jamás nos aburríamos, ¿te acuerdas? Desde la primera vez que nos encontramos, casi por casualidad, en aquel baile… en todos y cada uno de los momentos que pasamos juntos, jamás podré decir que me cansé de ti.

¡Qué tiempos aquellos en los que caminábamos de la mano y nos parecía estar tocando el Paraíso! ¡Qué cantidad de cosas imaginaba yo, en mi cabecita de niña, fantaseando con la idea de qué podía ser aquello de lo que todo el mundo hablaba y que ni siquiera me atrevía a preguntar!

Ahora ya sabes que mi cuerpo de mujer añoraba desesperadamente tus caricias, que entonces aún no conocía, tus besos apasionados, el roce suave de tu piel, tu aliento cálido en mi cuello y tus manos recorriendo cada esquina de mi ser. Ya sabrás lo mucho que me moría por decirte cuanto pasaba por mi alma, por suplicar que te atrevieras a traspasar ese umbral misterioso y que me llevases lejos, a algún lugar donde sólo existiéramos tú y yo, para poder querernos sin más, sin prejuicios y sin miedos.

¿Y recuerdas nuestra boda? Las fotos son antiguas y parecen desdibujadas, como tu imagen actual en mi mente. Me parece más real el hombre que conocí hace cuarenta y tantos años que el de ahora. Pero las fotos están muy lejos de lo que fue luego nuestra realidad. Aquel blanco y negro de las fotos se coló en mi vida, amor, tiñó de melancolía y de tristeza mi alma a causa de tus ausencias, cada vez más frecuentes y tu distancia.

Siempre te quise: ciegamente, a la desesperada. Todo era perfecto hasta que empezaste a cansarte de todo. Primero, de mí: de mi cuerpo inmenso, muy lejano ya de aquellas formas suaves que un día amaste; de mi alma agotada de soñar a solas. Luego, te cansaste de los niños. Todo empezó a molestarte, a pesarte, empezamos a ser una carga para ti. Te resistías a entender tu edad, no ibas a renunciar a nada, solo por estar casado y haber tenido hijos. Nuestros hijos fueron el más bello fruto de nuestra pasión. Pero con los años se convirtieron en el reflejo diario de las obligaciones y la pena amarga de no conseguir de ti ya ningún afecto. La casa se volvió fría y mi alma oscura. Y aun así yo seguía queriéndote.
Hasta que un buen día, conociste a otra, a la primera “otra” de tu vida. No hubo remordimientos por tu parte, tan solo una necesidad imperiosa de salir huyendo de casa. Y cuando te cansabas volvías y siempre una caricia, un beso, para arrancarme de nuevo la pasión de mis entrañas y entregarte una vez más mi corazón, cada vez más dolorido. Pero mi alma también necesitaba tranquilidad. Y por eso, un buen día, al llamar de nuevo a mi puerta la encontraste cerrada a cal y canto. Nunca te pregunté el porqué de tus ausencias, porque ya sabía la respuesta: Lola, Delia, Cecilia, Micaela, Violeta…cada vez la respuesta tenía un nombre distinto, un color de ojos nuevo, un aroma diferente y un nuevo sabor. Por eso, cerré un buen día mi puerta, así, sin más, sin preguntas ni explicaciones.

#3

Ahora que estas solo, sin nadie que cuide ya de ti, ahora que me suplicas caridad y que recuerde tantos años de amor, ahora yo ya no quiero recordar esas ausencias tuyas, pues cada nombre por el que no pregunté, dejó mi alma hecha jirones.

Déjame que hoy te recuerde en las tardes dulces de nuestra juventud, permíteme revivir esos momentos de auténtico amor, en los que nos queríamos sin más y podíamos soñar en cada beso, lejos de las obligaciones que nos depararía el futuro, ajenos a la idea de que el amor, sin más, era eso, desnudo, puro, intenso, apasionado, nacer y morir en cada beso, temblar con cada caricia, no ver más allá de los ojos del otro.

Así que cierra los ojos, mi amor, y recuerda estas dos palabras que tantas veces te dije: “Te quiero”. Recuérdalas con la ternura de la primera vez. Ahora ya son un recuerdo, como las fotos en blanco y negro de nuestro amor. Esa niña que fui ya no está para ti. Lloré, me sequé las lágrimas, di a nuestros hijos todos los besos que les negaste, amasé entre mis brazos tanto amor que crecieron y crecieron tanto hasta convertirse en seres increíbles. Y yo crecí también. Y volví a enamorarme. Y me equivoqué. Y volví a apostar hasta que le gané la partida al resentimiento. Y ahora simplemente soy feliz, libre, estoy más viva que nunca.

No quiero que me olvides. Deseo que me recuerdes siempre como en los primeros años: tu Aurora querida, tu Aurora niña, tu Aurora tímida, tu Aurora callada…

Tuya por siempre en el recuerdo del tiempo: tu amada Aurora.