Robot_Pensativo
Rango10 Nivel 45 (4336 ptos) | Fichaje editorial
#1

¿Han tenido sueños locos? Yo también. Ya se imaginarán de qué va esto... No prometo realismo.

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#2

"Costa de estrellas".

Basado en un sueño muy alejado de la realidad.

Estábamos todos de excursión, en un sitio al que todos iban a vacacionar. Los profes decían que en las playas de San Carlos encontraríamos conocimiento. Mis compañeros se la pasaban comentando que era solamente un pretexto para irse de vacaciones en medio del trabajo, y yo también lo creía. Sospechábamos que tenía una novia o amante por esos lugares, pero ni los que le siguieron la pisada pudieron descubrir nada. Otros decían que había un deseo turbio hacia Nilda… Y yo también lo creía. Inclusive tuvieron un momento a solas en aquella playa, sin embargo, resultó más atractivo el partido de voleibol de hombres contra mujeres.

En fín, era un misterio porque estábamos ahí. Fuera cual fuera la razón, algún provecho debíamos sacarle, es lo que me dijo mi mamá. Me llevé un libro, y me escondía en él cada vez que podía, a reservas de que mis compañeros me tacharan de mamón. Me hubiera gustado acercarme, pero hablaban de lo buenas que estaban las muchachas por ahí, y cuando me preguntan mi opinión en medio de esa euforia, me pongo nervioso y no sé qué contestar. Más de una me ha preguntado si soy gay, y les respondo que no, sin esperanza de que me crean. Pareciera que, para los chicos populares, sólo hay dos opciones: O eres un depravado o eres gay—y ojo, que ser gay es una especie de vergüenza—. Lo chistoso es que, nadie se daba cuenta de que los gustos de Gerardo eran particulares, pero la testosterona no los deja pensar.

Sólo tenía dos amigas en esa excursión, y recientemente habían tenido una pelea. Me parece una pesadilla elegir bandos, así que yo esperaba que alguna de ellas me hablara. Mi fallido plan me permitió acabar cinco capítulos de la novela que leía.

Nadie se esperaba lo que ocurrió aquella noche. Hubo un problema con nuestras habitaciones, y nos mandaron a dormir en unos botes que estaban en el muelle. La preocupación no dejó dormir al profesor aquella noche, e hizo todo lo posible para mantenernos contentos; nos compró tacos, Sabritas y chocolates. Creo haberlo escuchado rogarle a los muchachos que no dijeran nada a sus padres, y Alonso, el que estaba a punto de reprobar, supo ponerle precio a su silencio.

Los dueños de las embarcaciones, al conocer nuestra situación, no dudaron en darnos alojamiento. Asignaron a cuatro personas por bote, pero sobró el espacio. Fui de los últimos, y la unidad a la que me asignarnos estaba vacía. Casualmente, estaba con Denisse y María, mis amigas. Pero, la primera supo escabullirse a otro bote pasada la noche, dejándonos a María y a mí.

Desde un principio decidí colocarme en la parte trasera, y dejar que mi acompañante durmiera más a gusto en los asientos del piloto y copiloto. Estaba dispuesto a leer, ayudándome con la luz de mi celular. Pero, me distrajo un panorama mucho más atractivo que la aventura dentro de esas hojas de papel… El cielo, estaba totalmente lleno de estrellas; era difícil encontrar espacio entre todas ellas; parecían amores codependientes. Cerré mi libro, y acomodé mi cabeza en mi mochila. El ruido del mar, algunos grillos y el semejante techumbre, me produjo rápidamente un sentimiento de relajación. En ese momento, había entendido cuál era—por lo menos para mí—el propósito de aquel viaje.

Y de repente, María abre la puerta para encontrarse conmigo. Me preguntó qué hacía, y tuve que mentirle.

—Intento dormir.

Y, siguiendo la dirección de mi mirada, decidió unirse a mi actividad. Como si no existiese prejuicio; como si no estuviesen nuestros compañeros para inventar chismes, se acostó enseguida mío, y ambos nos pusimos a ver las estrellas. Su actitud ruda no la dejó hablar mucho aquella vez, pero debo admitir que se miraba un poco más inofensiva de lo normal. Traía ropa holgada, que seguramente le había quitado a su hermano, estaba desmaquillada y relajada. Sé ambos apreciábamos el mismo panorama; el mismo cielo, y que a pesar de ser personas inmensamente diferentes, sentíamos lo mismo.

Fue mágico. Y preservo ese momento en mi corazón, a pesar de que María y yo ya no cruzamos ni miradas ni palabras. Espero no haber estorbado ese momento tan bonito. Con el tiempo, imaginé que algo le ocurría; algo la mantenía pensando, pero jamás sabré lo que era.
Sólo me nace recordar, aquel cielo estrellado de San Carlos.

Hace alrededor de 1 mes

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#3

“El final de Bojack Horseman”

Tal vez fue el ferviente gusto por la serie lo que me provocó ese peculiar sueño. Aún estaba viendo la cuarta temporada cuando soñé con el final de la historia del caballo de Retozando. Me parece bastante curioso cómo el cerebro es capaz de fabricar imágenes con tan sólo consultar la memoria, porque ese capítulo final tenía las mismas animaciones de Tornate.

Desde entonces quise escribir sobre esto, pero… No encontraba el momento adecuado, porque me parecía muy lejana la terminación de este gran show; sentía que iba a ser como Futurama o South Park: Interminable y genial. Sin embargo, me engañaba a mí mismo, porque sé que todo lo bueno tiene un final. Y, debido a que recientemente anunciaron que la serie acabará en su próxima temporada… Bueno, creo que este es el mejor momento para hablar de lo que mi mente fabricó aquella noche. Da igual, todo ya está escrito.

-

Hay una escuela primaria en medio del bosque. Los habitantes de un pueblo muy lejos de cualquier ciudad dejaban a sus hijos en aquella escuela. Se trataba de un instituto con apenas cuatro o cinco salones, un patio de juegos y rejas de metal. Ni siquiera tienen una campana, es una linda venadita la que llama a los niños para que entren a clase. Al parecer es la directora o la secretaria.

Los infantes se sientan en sus pupitres y guardan silencio, pues el profesor yace listo en su escritorio. Y con su voz gruesa, este saluda a su pequeño auditorio.

—Buenos días, niños.
—¡Buenos días, profesor Horseman!—Contestan al unísono.
—¿Cómo amanecieron?
—¡Bien, gracias!

Bojack, en una versión más adulta, se dedica a dar clases de inglés a niños de primaria. Usa una vieja gabardina, lleva un portafolios y se le nota una que otra cana en su cabellera. Se le ve sereno, y extrañamente gustoso de mirar las caras de esos niños. Hace algunos chistes, un poco visuales y exageradamente sencillos, mismos que logran sacarle carcajadas a los infantes.

Y así durante toda la mañana. En los descansos se mete a su automóvil negro a tomar un café de similar tonalidad. Pasa gran parte de su tiempo mirando a la nada; de vez en cuando observa a la maestra de educación física; una chica campirana con gracia a penas suficiente, pero muy bonita.

Al terminar las clases, le gusta pasearse con su portafolio por los pasillos para que los niños lo saluden; se siente bien al ver que su inocencia no les permite cuestionar la procedencia de ese caballo. Ellos admiran a ese equino; lo quieren por lo que es, y es gratificante.

En esta ocasión, sólo aparta su auto un poco para contemplar a los padres de los estudiantes. Saca un cigarrillo, ahora que está lejos de todos. Tras la bocanada, la culpa se hace presente, pero pareciera que no le tiene miedo a la muerte; ya no. Se concentra: Mira los abrazos y los besos. Alcanza a escuchar algunas preguntas sobre la tarea o sobre la maqueta de macarrones que hicieron en clase. Alguno que otro ayuda a su hijo a limpiarse los zapatos sucios por tanto jugar fútbol en el patio. Bojack sólo puede preguntarse: ¿Qué hicieron todos esos niños para merecer tanto? Y después, parte de ese lugar.

Vive en una cabaña, sencilla y cómoda. Tiene las suficientes habitaciones y muebles para ser un lugar acogedor. En su nevera hay pizza fría, una lechuga que se pudre y varias latas de cerveza de raíz. Se dispone a tomar una de esas, pero se termina inclinando por una cerveza normal que guardó hasta atrás; la había escondido de sí mismo. Al abrirla, se derrama un poco, mas no lo suficiente para dejarla. Piensa en que antes ese incidente le hubiera hecho perder la cabeza, pero hoy no.

A las afueras de una cabaña, completamente solo, el ahora desconocido caballo prueba la nueva vida. Natural. Siente que ya hizo todo lo que debía hacer, y no tiene remordimientos ni asuntos pendientes. Para él, todo es mejor ahora.

Sin embargo, no puede dejar de lamentarse y hablar a sus adentros con demasiada frecuencia.

—Te dije que no podrías resistirlo. ¿Qué quieres que haga? Soy mi propio enemigo. Como quien tiene una pistola guardada en su cajón, junto con sus pensamientos suicidas. Sí… ¿Te imaginas que una persona guardara un arma en su casa porque, en algún momento desea quitarse la vida? ¿Y que, de repente, alguien llegue e intente robarle y se gaste todas las balas intentando defenderse? Es decir, quizá tuvo que juntar demasiado valor para comprase un arma para matarse a sí mismo, tendría que repetirlo de nuevo para volver por más balas. Sería deprimente y… Gracioso. Pero, la culpa no es de las empresas que venden armas o las que venden cerveza. La culpa, la tenemos nosotros... Somos un chiste. Somos todos unos payasos… Yo lo soy.

El señor Horseman le da un sorbo a su cerveza. Lo siente bastante placentero, al igual que el viento que golpea su cara, y el sonido de las hojas que se coordinan perfectamente con los niños jugando a lo lejos.

—Soy un chiste. Soy un payaso.

Hace alrededor de 1 mes

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Robot_Pensativo
Rango10 Nivel 45
hace alrededor de 1 mes

Me puede bastante que esta seria cabe, pero me alegro también. Digo, todo lo bueno tiene que acabar. Y espero un final colosal... Bueno. Real. Me dejaré sorprender.