SylvieDupuy
Rango7 Nivel 30 (1455 ptos) | Autor novel
#1

Por circunstancias de la vida, Ginger Pointer termina separándose de su prometido. Y su vida cambia drásticamente cuando conoce a un joven hombre muy diferente a su estilo de vida.
Stephan Remmington es un joven cantante, junto con otros cuatro chicos de diferentes edades. Los cinco forman la banda: HAWKS.
Tras un gran éxito y con un nuevo disco en puerta, comparten los cinco unos días de descanso.
Ambas personas terminan por conocerse, él queda prendado por ella desde el primer momento en que la conoce y ella a pesar de haberle caído bastante bien, trata de tratarlo como a un cliente más.
Ginger y Stephan comienzan a verse más seguido hasta que su relación se afianza con cada día que pasa pero su antiguo novio, vuelve para atormentarla con más fuerza que antes y la madre de la joven le devela un secreto que jamás había sido contado.

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Flaneta
Rango11 Nivel 53
hace 25 días

Señorita Dipuá, ni se imagina las ganas tenía de poner a prueba mis conocimientos de francés.
En fin, en cuanto al texto... este... esto... cierre los ojos y cuente hasta diez.

SylvieDupuy
Rango7 Nivel 30
hace 24 días

Me parece una falta de respeto con la burla de mi apellido, porque no es ficticio, sino el mío verdadero, y se pronuncia como se escribe.
Y otra falta de respeto son los comentarios que dejas, la ironía no termina de caerle bien a los demás. Nadie obliga a nadie a leer los textos.


#2

01 | UN NUEVO AMANECER

Ginger estaba comprometida con su mejor amigo, ambos se habían conocido desde hacía mucho tiempo atrás. Desde pequeños se llevaban de maravillas hasta que en la adolescencia, se dieron cuenta que no podían ocultar más aquel sentimiento que al verse o hablarse, los delataba, un sentimiento que no podían mantenerlo más en secreto y decidieron darse una oportunidad de salir como novios. Les iba muy bien y aunque tenían sus peleas, siempre las solucionaban.
La joven pareja estaba a punto de casarse pero un error cometido por él, hizo que la joven Ginger, dejara de confiar y creer en su novio.
Los padres de ella, se habían separado hacía cinco años atrás y Ginger terminó viviendo con su madre, la muchacha trabajaba de mesera en un local que hacía batidos de todo tipo, el sueldo no era muy bueno pero por lo menos era decente. Ella se encargaba de los pedidos y de servirle a los clientes. Esa tarde llegó más temprano porque el local estaba abierto medio día nada más, ya que era sábado.
Luego del horario laboral volvió a la casa como era de costumbre, abrió la puerta con la llave que siempre llevaba consigo puesto que nunca le decía a su madre que estaba en la casa, lo único que hacía era subir las escaleras e ir en dirección a la habitación de ella y luego a la de su madre para ver lo que estaba haciendo.
Pero aquel día, se le ocurrió ir primero al cuarto de su madre, ya que sentía voces y pensó que estaba hablando con una de sus amigas por teléfono, cada vez que se iba acercando más, se aclaraba la voz de la otra persona, ya podía escuchar claro que no era la voz de una mujer. Abrió del todo la puerta y quiso desaparecer de ahí en aquel momento, no podía creer lo que veían sus ojos, su prometido teniendo relaciones con su propia madre, le dieron náuseas al verlos juntos.
—¡Jimmy!, ¿¡cómo pudiste hacerme esto!? —le gritó con rabia y decepción—. Después de todos los años que estuvimos en pareja y ahora que estábamos a punto de casarnos, ¿¡me pagas así!? —le preguntó llorando y fuera de sí.
—No es lo que piensas —le decía para calmarla.
—¿¡Me crees estúpida o qué!? ¿¡No es lo que pienso me dices infeliz!? ¡No tienen vergüenza ninguno de los dos! ¡Me dan asco ambos! —les dijo y salió de la habitación para tomar sus cosas y largarse de la casa cuanto antes.
Ginger apenas terminó de juntar sus pertenencias y lo necesario en un bolso, al salir de su habitación, la intercepta Jimmy.
—¡Déjame pasar! —le contestó enojada.
—No, vas a escucharme —le dijo y quiso tocarla.
—¡No te atrevas a tocarme! No quiero saber más nada de ti y menos de mi madre, no te molestes en buscarme porque yo no quiero ni verte y saber nada de ti, ¡te puedes quedar con mi madre! ¡Te la regalo! —le dijo, lo empujó hacia un lado y se fue corriendo hasta la puerta de la casa para irse a un hotel en donde podía pasar la noche.
Divagando por más de un par de horas, la joven pudo encontrar un motel, era el único que había estado disponible y el único que estaba a su alcance, ya que tenía poco dinero ahorrado.
Una vez que el dueño le entregó las llaves caminó hacia la habitación, acomodó sus cosas y luego se dio una ducha para quitarse la tensión que llevaba encima por todo lo sucedido.
Al terminar de ducharse y ponerse el pijama, se metió dentro de la cama, pero a pesar de hacer todo lo posible por dormir, las lágrimas comenzaron a aparecer en sus ojos. La joven no podía creer lo que le había hecho su prometido, después de haber pasado tantos años juntos, se lo había pagado de aquella manera tan cruel, engañándola con su propia madre y encima, bajo el mismo techo.
Se había equivocado rotundamente cuando creyó que lo conocía desde siempre, al ver aquella escena con sus propios ojos, sabía que jamás lo había conocido de verdad. Por más que lo amaba, nunca lo iba a perdonar por haberle hecho lo que le hizo. Había puesto toda su confianza en él y todo su amor pero él decidió pagárselo de otra manera.
Ginger se despertó muy temprano aquella nueva mañana, sin ganas de levantarse para retomar las riendas de su vida, ni siquiera tenía ganas de ducharse, vestirse y salir a dar un paseo para despejarse por todo lo que había pasado el día anterior. La cama la invitaba a seguir durmiendo y no pensar en nada más.
Lo único que decidió hacer fue volver a dormir hasta la tarde y luego ducharse y salir a comprar una bolsa de papas fritas y una gaseosa, para volver al cuarto del motel y cenar aquellos alimentos mientras miraba un poco de televisión.
Aquel día había sido un domingo atípico y muy diferente, así que luego de comer, volvió a acostarse para intentar dormir más horas y así poderse levantar bien temprano la mañana del lunes.
El día siguiente, iría a ser un nuevo día con una nueva perspectiva también.
La joven se despertó luego de dormir más de ocho horas, con intervalos de insomnio. Pero a pesar de eso, se levantó de la cama con una sonrisa en sus labios, no sabía el por qué pero estaba segura que tenía ganas de ir a trabajar y tratar de ocupar su mente con los clientes y los empleados que mantenía una buena relación.
Aunque no era el mejor trabajo del mundo, lo hacía con gusto, tenía solo veinte años de edad y una carrera sin terminar, había decidido que quería trabajar y consiguió un empleo que no era para nada desagradable y la mayoría de las veces le dejaban buenas propinas.

...
CONTINÚA EN LA SIGUIENTE CAJA

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#3

01 | CONTINUACIÓN

A pie llegó al trabajo con su uniforme rojo con lunares blancos y un delantal blanco ya puesto y saludó con una sonrisa a los empleados. Pasó detrás de la barra y entró al pequeño cuarto para calzarse los patines de color blanco de cuatro ruedas. De aquella manera estaba completo el uniforme de trabajo, su empleo consistía en servir malteadas y postres a la clientela.
—Buenos días Nancy —le dijo a su amiga, quien trabajaba en el mismo lugar, dándole un beso.
—Buen día Ginger, ¿cómo estás? —le preguntó como siempre lo hacía.
—Bien, algo cansada, ¿y tú? —le respondió con una sonrisa y omitiendo su problema.
—Bien también, ¿y tú cansada de qué? —le volvió a preguntar Nancy con intriga.
—Nada, cosas que me pasaron el fin de semana.
—¿Quieres contarme? —le interrogó cuando estuvieron a solas.
—He roto con mi prometido.
—¿Por qué? —preguntó frunciendo el ceño.
—Me engañó.
—Lo siento Gin. Me imagino cómo debes de sentirte —le dio un abrazo para reconfortarla.
—Intento no pensar en ello.
—Cambia esa linda cara, hoy tienes que tener una enorme sonrisa porque el local tendrá clientes especiales y no me gustaría verte triste —le decía levantando su rostro por la barbilla.
—¿Invitados especiales? ¿Acá? —le preguntó ella curiosa.
—¡Claro! Esta ciudad es conocida por sus malteadas y el grupo que vendrá quiere probar nuestras especialidades, así qué te voy a pedir que los atiendas con una linda sonrisa, ¿sí? —le dijo con cierta sonrisa.
—¿Por qué tengo que atenderlos yo? —cuestionó con el ceño fruncido y queriendo saber.
—Eres mi empleada de confianza y la más servicial con los clientes. Por eso mismo, quiero que los atiendas tú.
—De acuerdo, ¿y cuando vienen? —curioseó.
—Reservaron para dentro de media hora, han llamado recién pidiendo una mesa alejada de los demás clientes —le comentó.
—Qué interesante, ¿algunos clientes arrogantes tendremos hoy? —le preguntó con disgusto.
—No lo sé aunque la persona con la que hablé se escuchó muy amable y simpática. Y por eso espero que sean así de simpáticas las demás —opinó.
—Eso espero yo también porque hoy no tengo ánimos para soportar a nadie así —comentó la joven.
Mientras que Nancy y Ginger acomodaban la mesa y ponían todo en orden, el reloj marcó la media hora. Aquel grupo llegó tan puntual como lo habían dicho. Nancy fue la que con disimulo codeó a Ginger para que estuviera atenta a los clientes, quienes se ubicaron en la mesa que habían pedido con antelación.
—Nuestros clientes llegaron y por lo que les pude escuchar, parecen no ser arrogantes —le decía mientras los miraba.
—Nancy deja de mirarlos así —le dijo con risa.
—Es que tú no ves lo que son los chicos. Soy mucho mayor que tú pero te aseguro que si tendría tu edad, me derretiría por alguno de ellos —le dijo sin sacarles la vista de encima—, Ginger tendrías que estar atendiéndolos y no quedarte conmigo —le dijo entusiasmada la mujer de no más de cincuenta y tantos años.
—Está bien, ya voy ni que fueran tan lindos —le contestó para luego darse la vuelta y tragarse sus palabras.
—Creo que has comprobado por ti misma el efecto que producen —sonrió cuando se lo emitió.
—No seas así, me ha sorprendido tener clientes tan exclusivos —acotó asombrada.
—Después de este acontecimiento, nos lloverán los famosos —apostilló con seguridad Nancy.
—¿No quieres atenderlos tú? —le dijo con un dejo de nervios en su voz.
—Eres joven y bonita y, sobre todo muy amable. Eres perfecta para atenderlos. Así que ve —le comentó con una sonrisa.
—Bueno, iré a atenderlos aunque te aclaro que me estoy poniendo algo nerviosa —le confesó enseguida al verlos de nuevo.
—Se te pasará enseguida —la animó.
—Me da un poco de vergüenza —retrocedió.
—Tonterías, se te pasará a medida que vayas hablándoles —le dio un empujoncito.
—Está bien, lo haré —inspiró y exhaló con lentitud.
Cada paso que Ginger daba era un nervio más, jamás en su vida había estado tan cerca de un cantante famoso y mucho menos con cinco.
—Hola bienvenidos, ¿ya han decidido lo que ordenarán? —les preguntó y quedó mirando al último de los cinco con atención.
—Hola —respondieron los cinco.
—¿Prefieren que vuelva en unos minutos? —volvió a preguntarles mientras anotaba el número de mesa en su talón de hojas.
—No, yo ya he decidido —le dijo el joven que tenía la tez morena—. Yo quiero un batido de banana —expresó.
—Yo pediré uno de vainilla —le contestó el de pelo negro con una cicatriz en una de sus sienes.
—Para mí, un batido de frutilla —comentó el de pelo rubio.
—Yo quiero uno de durazno —le respondió el pelirrojo.
—Así te combina con tu color de pelo William —le contestó riéndose el de la cicatriz.
Los cinco incluyendo a Ginger se partieron de la risa.
—Me falta un pedido —les comentó la joven.
—El mío —le dijo el que había estado mirándola con atención aunque ella con disimulo lo miró una vez más.
—Dime cuál pedirás —contestó la muchacha poniendo sus ojos en él de nuevo.
—Quiero un batido de chocolate pero si es posible, me encantaría que viniera con la cereza arriba de todo —le anunció con un poco de picardía en su voz mientras le regalaba una sonrisa.
—La cereza que pretendes, no está en venta —le emitió ella con sarcasmo.
—Es una lástima porque en vez de comerla, me la llevaría a mi casa —le dijo haciendo puchero.
—Lo siento pero la cereza no pisa casas ajenas, no entra en autos desconocidos y mucho menos se vende a alguien —le respondió entre seria y graciosa—. Ahora, si no se les ofrece nada más, enseguida les traeré sus pedidos —les acotó y se dio media vuelta para dejarle pegado sobre el artefacto de malteadas, el papel al chico que se encargaba de realizarlas.

Hace alrededor de 1 mes

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#4

02 | UN NUEVO AMANECER

Los cinco quedaron observando el lugar y charlando. Hasta que uno de ellos le habló a Stephan.
—Steph, creo que la chica no quiere saber nada contigo, ¿no? —le contestó con gracia.
—Me di cuenta. Pero es muy bonita —le dijo mirando con atención a Ginger.
—Sí, lo es —le asintió el de la cicatriz.
Diez minutos después, los batidos ya estaban sobre la bandeja para ser servidos.
—Aquí tienen sus malteadas —comentó dándole a cada uno su pedido.
—Discúlpame, ¿podrías decirnos tu nombre? —le preguntó el pelirrojo.
—Soy Ginger —le contestó con una sonrisa—. Si no se les ofrece nada más, los dejaré porque tengo que seguir atendiendo a los demás clientes.
—Gracias, cualquier cosa te avisamos —le dijo el rubio.
—De acuerdo —les emitió.
Una voz de mujer, llamó por su nombre a la joven, la cual esta se dio media vuelta para atenderla ya que se había sentado.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó seria.
—Vine para hablar contigo —le dijo, sin apartar la vista de ella.
—Yo no tengo nada de qué hablar contigo. Lo aclaramos todo —le respondió sin querer escucharla por más tiempo.
—Pero yo quiero decirte lo que pasó realmente —se excusó.
—Lo vi con mis ojos lo que pasó realmente madre —le contestó seria y de muy mala manera.
Ginger se alejó de la mujer, para acercarse al mostrador y dejar la bandeja sobre el mármol de la barra.
—¿Qué pasa Gin? —le preguntó preocupada Nancy.
—Nada, la señora ya se iba —volvió a acercarse a la mujer—, ¿no es así? Espero no volver a verte por aquí o que te cruces en mi camino, hubiera preferido ser huérfana antes que tener una madre como tú —escupió con resentimiento—. La verdad que tenía razón mi padre cuando se divorció de ti, eras y seguirás siendo una mujer fácil —le manifestó con enojo en su voz—. No te preocupes por mí, no necesito nada tuyo, todo te lo puedes quedar, incluso con lo que más quise, no quiero que te preocupes si estoy viviendo bien o mal, porque desde ayer supe cómo te importé y aunque no sea mayor de edad, me puedo cuidar sola —le terminó de decir y luego se fue hacia el mostrador, sintiendo las miradas de aquellos cinco hombres.
—¿Te sientes bien Gin? —le preguntó con preocupación Nancy.
—Sí, solo necesito un poco de aire fresco —le respondió con la cabeza agachada.
—Ve al patio trasero, si los clientes necesitan algo, te llamaré —le dijo guiñándole un ojo.
—De acuerdo, en un rato vuelvo de todas maneras, así me despejo y sigo atendiendo. En cinco minutos entro —le respondió y salió del recinto patinando por delante de ellos y yendo hacia la otra puerta, la cual salía hacia el exterior del local.
Por otro lado, el grupo no dejaba de hablar entre ellos.
—¿Ustedes escucharon lo que pasó? —les preguntó Alfie, el moreno.
—Sí. Mis oídos escucharon lo mismo que los tuyos —le dijo Henry, el de la cicatriz, mientras sorbía lo último que le quedaba del batido—, estuvo muy rico el batido. Creo que pediré otro —decidió al mirar su vaso vacío.
—Yo pediré otro también —acotó William.
—Yo los acompaño muchachos —expresó Stephan—. Me gustó mucho mi batido pero la que más me gusta es la cereza que nos atendió, aunque me parece que tiene problemas con su madre y no se escucharon nada buenos —dedujo con intriga.
—Es verdad, debe tener un problema bastante serio como para haberle dicho aquello a su propia madre —contestó Konnor—, en fin, ¿pedimos otra ronda? —les sugirió a los demás.
Cuando uno de los chicos llamó a Nancy para preguntar por la joven, Ginger estaba entrando nuevamente.
—Ahí la tienen —les gritó señalando a la joven.
—¡Gracias! —les devolvieron la respuesta.
—¿Me llamaban? —les inquirió la muchacha.
—Sí, ¿podrías traernos cinco batidos más de los mismos gustos? —le apostilló el de pelo oscuro, sonriéndole.
—Claro —le correspondió el gesto—. ¿Quieren algo más aparte de los licuados? —les interrogó mirándolos.
—Sí, ¿sigue no disponible la cereza que quiero? —le volvió a preguntar sonriente.
—Creo que se está desubicando demasiado —le comentó con algo de incomodidad—. No estoy disponible, ni para usted y para nadie —le respondió con una sonrisa burlona.
—Creo que me rindo —suspiró con exageración fingida y bajando la cabeza—, la cereza que tanto quiero jamás llegará —volvió a decir Stephan con un puchero y observándola como un perrito por atención.
—De acuerdo —le emitió con seriedad—, por esta vez haré una excepción con usted —le anunció y de inmediato el joven hombre sonrió, mostrándole a Ginger una impecable y blanca dentadura.
—No me trates de usted, llámame Stephan. ¿Qué les parece si nos presentamos? —les sugirió a los demás.
—Me parece bien, mi nombre es Henry, a tus órdenes señorita —le dijo y tomó su mano para darle un beso en el dorso.
—Yo me llamo William —articuló estrechando su mano.
—El mío es Alfie, gusto en conocerte Ginger —le contestó saludándola con la mano.
—Y mi nombre es Konnor, encantado en conocerte —habló con una sonrisa.
—El gusto es mío en conocerlos, es la primera vez que los clientes se quedan a charlar un poco con la mesera. Pero bueno, ahora que ya me dijeron sus nombres, voy a traer nuevamente sus pedidos —les dejó saber y clavó sus ojos en los de Stephan— y a ti te traeré la cereza que tanto quieres.
—Me parece muy bien —le respondió contento.

...
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Hace alrededor de 1 mes

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#5

02 | CONTINUACIÓN

Ginger volvió al mostrador para pedirle al chico que se encargaba de las malteadas que volviera a preparar las mismas. Ella pronto estaba volviendo a depositar cada batido a su correspondiente cliente.
—Aquí tienen sus licuados, creo que están bien como se los dejé, ¿no? ¿No me equivoqué con ninguno? —les formuló para estar más segura.
—No, gracias —contestó Konnor.
—De nada, disfruten —les comentó.
—Ginger espera —la frenó el de ojos bonitos—, ¿qué es esto? —quiso saber mirando con desconcierto lo que había arriba de todo de su batido.
—La cereza que tanto me pediste, te la traje —le dijo sumamente normal.
—Pero yo no me refería a la fruta —frunció el ceño y puso sus labios en una línea recta quedándose perplejo.
—Es la única que hay disponible y para malteadas —afirmó con una sonrisa.
—Está bien —le dijo con dudas.
—De nada Stephan. Cualquier cosa, me avisan si necesitan algo más —se retiró al tiempo que les regalaba una sonrisa también.
—Gin, ¿por qué no pones un poco de música para alegrar el ambiente? —le sugirió Nancy.
—Bueno, ¿cuál quisieras? —le preguntó mientras revisaba la lista de discos—, ¿qué te parece este? —le volvió a cuestionar y se lo mostró.
—Va como anillo al dedo —rió mientras subía y bajaba las cejas—. Diría que selecciones el número dos de la lista.
—De acuerdo —le guiñó un ojo y sacó la lengua divertida.
—¿Escuchan la canción? —les comentó sorprendido Alfie a sus amigos.
—Sí, es la nuestra —le dijo Stephan.
—Veo que no deja de mirarte —le habló con énfasis Nancy a Ginger.
—¿Quién? —le preguntó la joven.
—¿Quién va a ser? Stephan, ¿acaso no se llama así? —arqueó una ceja mientras se lo preguntaba con interés.
—Sí, se llaman Alfie, William, Konnor, Stephan y Henry —le comunicó.
—¿Sabes quiénes son? —le inquirió nuevamente la mujer sorprendiéndose de lo que había descubierto.
—Sí, son los HAWKS. Son los del disco —acotó sin ningún tono raro en su voz.
—¿Y no haces, ni dices nada? ¿Estás tan así de tranquila? —le preguntó Nancy mirándola sorprendida.
—La verdad es que no me importa quiénes son. No me encuentro nerviosa, ni mucho menos —negó con la cabeza sin darle importancia.
—Te admiro. Yo estaría temblando si tendría tu edad —le confesó con los ojos sorprendidos.
—No pasa nada. Son hombres comunes y corrientes, solo cantan nada más —le expresó con tranquilidad.
De curiosa que era la muchacha, miró nuevamente la tapa del disco y observó con disimulo a los demás también. Se quedó por más de treinta segundos contemplando el rostro masculino de Stephan, el cuál le llamaba la atención a pesar de haber tenía una desilusión amorosa con su exprometido.
—Solo espero que se sientan a gusto en el local —le comentó Nancy a Ginger.
—Estoy más que segura que lo están. Estoy intentando poner la mejor cara a pesar de todo —le emitió con un suspiro.
—Ginger, me asustas, ¿qué ha pasado contigo últimamente? —quiso saber con algo de preocupación en su voz.
—Nada, en algún momento te lo contaré, pero no ahora —le respondió con normalidad.
—Está bien, cuéntamelo cuando te sientas cómoda —le contestó con una sonrisa—, cambiando de tema, he llegado a escuchar que te dice cereza, es muy lindo de su parte —le manifestó con alegría.
—No me interesa de la manera en cómo me llama, ni siquiera me conoce —dijo tajante.
—No tiene nada de malo que te llame así —habló tratando de hacerla cambiar de opinión.
—No lo sé pero es como si le hubiera caído en gracia para sus bromas —apretó la boca en señal de disgusto.
—Puedes mirarlo del otro lado, seguro que le habrás parecido dulce —intentó sacarle una sonrisa.
—Sí, podría ser que sí —le respondió y la joven miró hacia la mesa de aquellos clientes—, creo que me vuelven a llamar.
—Entonces, ve tranquila —le afirmó.
Ginger caminó hacia la mesa indicada y habló:
—¿Necesitan algo más? —formuló con amabilidad.
—No, solo queríamos decirte que mañana vamos a volver otra vez, en verdad nos gustaron mucho las malteadas y sobre todo, la atención, así que nos gustaría reservar un horario para mañana, ¿puede ser? —le preguntó Konnor.
—Claro, ¿para el mismo horario? —apostilló ella.
—No, por la tarde, alrededor de las cinco —le emitió.
—De acuerdo, enseguida lo anota y lo dejaré asentado. ¿A tu nombre o a nombre de quién reservo? —interpeló con interés.
—Konnor, que la reserva la haga a mi nombre —se adelantó el de pelo oscuro—, tendrías que escribir lo que te dictaré: Stephan Remmington hace una reserva para mañana a las cinco para que la cereza atienda a mis amigos y a mí —su voz sonó un poquito con arrogancia y ella lo miró arqueando una ceja.
—Presumido —escupió por lo bajo Ginger—. Prefiero cambiar ese apodo por mi nombre si no te importa —le dijo releyendo lo que había escrito en el papel.
—Bueno, como a ti te guste aunque a mí me gustaba cómo sonaba el seudónimo que te di —sonrió con encanto.
—Tengo un nombre como tú y el resto de tus amigos —le respondió con algo de seriedad—. ¿Cuántas personas serán? ¿Solo ustedes? —volvió a decirles.
—No, seremos nueve —esta vez fue Henry quien le habló.
—Está bien —lo miró y escribió el número.
—¿Puedo preguntarte algo? —regresó a la carga Stephan.
—Depende de lo que quieras preguntarme —clavó la vista en él y casi le escupió lo que había dicho.
—¿Te gusta la canción que has puesto? —levantó las cejas al tiempo que le sonreía.
Ginger creyó que era tan lindo como arrogante y quiso borrarle esa sonrisita de un tortazo.
—Supongo que sí —comentó dejándolo con incertidumbre.
—¿Supones? —le preguntó Stephan sorprendido.
—No soy fanática de las bandas de chicos —le remató.
—Creí que sí —respondió con certeza y luego se retractó—, es decir, si pones algo así es porque por lo menos te gusta el tipo de música que cantan —le dio dentro de lo que cabía una buena explicación.
—Supongo que me gusta el tipo de música que cantan —no le dijo algo más.
—Eres terriblemente incierta —le confesó quedándose con una incógnita sobre ella.
—No necesito agradarte —sentenció—. ¿Puedo retirarme? —preguntó.
—Sí, no necesitamos más nada —le dijo pero pronto, él estaba cantando un pedacito del tema que se estaba escuchando en el local de malteadas.
Ginger rió por dentro cuando escuchó la voz de Stephan y siguió su camino sin siquiera darse vuelta para mirarlo.
Luego de quedarse por un rato más, decidieron retirarse del negocio y dejar propina, la muchacha se acercó para sacar las cosas sucias y limpiar la mesa cuando se encontró con cincuenta dólares. Ningún cliente le había dejado una propina tan elevada y en parte se sintió satisfecha con su comportamiento frente a los clientes.

Hace alrededor de 1 mes

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#6

03 | UN NUEVO AMANECER

Ginger se acercó al mostrador con las cosas sucias y le habló a Nancy.
—Me han dejado una buena propina, ningún cliente ha hecho eso —dijo sorprendida.
—Eso quiere decir que les agradó la manera en cómo los has atendido —sonrió—, siempre tienes una sonrisa para los clientes. En parte, tú eres la única que recibe buenas propinas porque eres la única que trata a los clientes con amabilidad y respeto —justificó.
—Pero tú también atiendes a los clientes de esa manera —replicó.
—Pero yo me encargo de otro sector, solo tú y las otras chicas atienden alas personas, pero ninguna se compara con tu personalidad —confesó con alegría.
—Muchas gracias por pensar eso de mí, Nancy —contestó y en aquel momento la joven se sintió melancólica.
—¿Por qué te pones así Ginger? —preguntó la mujer sumamente preocupada.
—Por nada, son cosas mías que se me vienen a la mente —frunció el ceño con angustia.
—Niña, sabes bien que puedes confiar en mí —le frotó la espalda al tiempo que la miraba a la cara.
—Lo sé pero me daría mucha vergüenza si lo supieras —expresó mirándola a los ojos—, me está matando por dentro también —confesó a la mujer rompiendo en llanto.
—Vamos al patio trasero —dijo y la abrazó por los hombros.
Ambas mujeres caminaron hacia el patio trasero mientras que las demás chicas atendían el local.
—Cuéntame lo que tienes Gin —respondió—. Puedo suponer que es por tu exprometido —manifestó.
—Sí —comentó la joven asintiendo con la cabeza también.
—Con el tiempo esa herida se cicatrizará y volverás a enamorarte, no te desesperes —dijo sincera.
—No estoy mal por eso, bueno, sí por el engaño pero lo peor es que no fue con alguien que no conocía —respondió con angustia en su voz.
—¿Con quién te engañó? —quiso saberlo.
—Con mi madre —contestó con los ojos abnegados en lágrimas.
—¿¡Qué!? —apostilló incrédula y abriendo los ojos con desmesura—. Es terrible —habló sin poder creerlo.
—Lo sé, los encontré juntos —apretó los labios—. Jamás pensé que Jimmy sería capaz de algo semejante. Estoy más que segura que nunca lo conocí en verdad. Fui una estúpida en haber confiado en él —confesó con pesar.
—No has sido una estúpida por haber confiado en él, estabas enamorada Ginger y sobre todo, era tu mejor amigo, alguien que jamás te traicionaría —expresó con seriedad.
—Pero lo terminó haciendo —comentó secándose las lágrimas.
—Jimmy no supo nunca la clase de joven que eras, eres muy valiosa cariño, cualquier hombre quisiera tenerte como novia, eso siempre tenlo presente —respondió con certeza.
—Gracias Nan —emitió con una sonrisa que iluminó su bello rostro.
Nancy la abrazó para contenerla y mimarla un poco porque sabía bien que estaba falta de cariño.
—¿Dónde estás viviendo? —inquirió preocupada.
—Estoy bien por ahora —fue lo único que le dejó saber—. Estoy viviendo en una habitación de motel. Es lo que puedo pagar por el momento —anunció con tranquilidad—. Así qué no te preocupes por mí, estoy tranquila viviendo ahí. Me siento libre pero a la vez vacía por dentro —articuló con algo de melancolía—. Supongo que con el tiempo me olvidaré de él y de mi madre también —sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.
—De acuerdo pero sabes bien que para lo que necesites solo tienes que avisarme, ¿verdad? —declaró con amabilidad—. Incluso puedo darte hasta alojamiento en mi casa, si quieres —remató diciéndole aquello sin que la joven se lo esperara.
—Te lo agradezco mucho pero no quiero estorbar entre tu marido y tus hijas —abrió los ojos al escuchar sus palabras.
—No es ningún estorbo, de lo contrario, te lo estaría diciendo —comentó.
—Gracias pero no te preocupes, estoy bien en donde estoy —sonrió para dejarla calmada.
—Está bien, como tú lo prefieras. ¿Te encuentras mejor? —interrogó.
—Sí, necesitaba desahogarme. Gracias por escucharme —volvió a decirle más aliviada.
—Al contrario para eso están las amigas. Ahora, para despejarte más vayamos a seguir atendiendo, ¿te parece? —sugirió.
—Me parece bien —terminó por decir y ambas volvieron al interior del negocio.
Más a la tarde, ya había terminado su horario de trabajo así que se fue al motel donde se quedó mirando un poco de televisión y comiendo otra vez las papas fritas y una gaseosa, mientras cambiaba los canales, encontró un programa de música donde estaba invitado el grupo Hawks ya que iban a entrevistarlos.
La entrevista fue al estilo de preguntas y respuestas, hasta que Stephan habló de algo que la joven no había entendido muy bien pero que nombraba al local de malteadas y a ella misma, diciendo que era un encanto de chica.
¿Qué hace nombrándome? ¿De qué está hablando? ¿Es idiota o se hace? Qué vergüenza haber tenido que escuchar eso ―pensó Ginger.
El hombre que los entrevistó, decidió cambiar de tema y las preguntas derivaron a otra parte, ella por otro lado, cambió de canal y luego se fue a dormir.
A la mañana siguiente se alistó para ir a trabajar y pronto salió rumbo al negocio. Al llegar allí, Nancy le gritó desde la puerta de entrada.
―Con que encanto, ¿no? ―dijo sonriéndole y guiñándole un ojo y dándole un beso.
―¿Tú viste la entrevista también? ―le preguntó mientras correspondía el beso.
―Sí, mis hijas estaban viendo el programa porque les gusta el grupo. ¿Y adivina lo que me pidieron que hagas por ellas? —cuestionó con tono risueño.
―No lo haré ―dijo sabiendo bien lo que estaba pensando.
―Me dijeron que les pidas los autógrafos porque saben que hoy vienen nuevamente —casi le suplicó.
―Ni creas que les voy a pedir eso, vienen a distraerse no a conseguir más atención de la que ya tienen —acotó entre risas y seria.
―¿Por qué no? ¿Qué tiene de malo que se los pidas? —ladeó la cabeza al tiempo que lo preguntaba—. Están acostumbrados y son más acordes a tu edad que a la mía —afirmó.
―¿Y qué importa? Les dices que son para tus hijas y listo —volvió a reírse—. Aparte, sabes bien que no me gusta molestar a los clientes y mucho menos ser interesada —confesó.
―Sé muy bien que no eres así pero no tiene nada de malo pedir unos autógrafos. Vamos Gin, conoces a mis hijas y sabes que son buenas chicas y les encantará saber que tú les hiciste ese gran favor —replicó intentando convencerla.
―Ay Nancy, de acuerdo —dijo con un suspiro—, les pediré los autógrafos aunque me dará una vergüenza terrible —la miró a los ojos al decírselo.
―Gracias Ginger ―dijo contenta y abrazándola―. ¿Estás mejor que ayer? —formuló queriendo saber.
―Sí pero algo sorprendida al escuchar a Stephan que hablaba sobre mí, lo bueno es que no dio nombres —comentó con firmeza.
―Me parece que viene por otro lado cuando dijo que la chica era un encanto. No sé porqué pero tengo el presentimiento de que le gustaste ―contestó con una sonrisa.
―No digas tonterías, es imposible que gustes de una persona apenas la conociste ayer, aparte él nunca se fijaría en mí —declaró pensativa—. Los hombres como él, se fijan solamente en las mujeres que viven como él y que estén en la misma clase social y, no en la mía —terminó por asentar su opinión.
―Si es como tú dices, no creo que te hubiera dirigido la palabra en todo el tiempo que estuvo aquí, incluso los demás fueron amables contigo y él más que ninguno —habló con certeza—. La forma en la que te miraba no era de indiferencia, al contrario. Y un hombre como él, no se atrevería a decirte encanto frente a todos y sin embargo lo hizo. Así que no pienses esas cosas Ginger —manifestó para que la muchacha recapacitara.
―Está bien, tienes razón en todo lo que me dijiste —aseguró—. Te dije que hoy vienen otra vez, ¿no? ―respondió para cambiar de tema.
―Sí, lo dejaste anotado ayer sobre el refrigerador —dijo señalando el papel.
―Ok ―terminó de decir y se fue a poner los manteles sobre las mesas y a acomodar las sillas.
La mañana pasó lenta y con bastantes clientes, la hora de la llegada de ellos ya se estaba acercando y todos corrían apresurados para acomodar todo y alistar la mesa que habían reservado. Apenas Nancy y ella terminaron de aprontar la larga mesa, cinco minutos después, llegaron. Ginger pasó por su lado para llevar los batidos a una de las mesas mientras que era saludada con la mano por ellos, a lo que la joven les correspondió el saludo.

...
CONTINÚA EN LA SIGUIENTE CAJA

#7

03 | CONTINÚA

Una divertida canción, se escuchaba de fondo en el local y la muchacha sin darse cuenta, bailaba con sus patines, fue momento de Stephan quien no perdió ni un minuto en mirarla bailar, hasta que la joven se percató de la mirada penetrante de él y frenó su baile para patinar hacia el mostrador y tomar el bloc de notas y el bolígrafo e ir hacia la mesa de ellos, ya que uno del grupo la había llamado con la mano.
―Hola, buenas tardes ―les dijo con una sonrisa―, ¿ya saben lo que ordenarán? ¿O prefieren probar alguno de nuestros pasteles? —se ofreció a comentarles como una sugerencia.
―Yo solo quiero el mismo gusto de batido que pedí ayer, Kelly, ¿qué quieres? ―le preguntó a su esposa.
―¿Me recomendarías algún pastel? ―preguntó simpática la mujer.
―El pastel de mousse de chocolate es rico y el tiramisú también pero el que más me gusta a mí es el tiramisú pero eso varía en cada persona —contestó para darle una idea a la clienta.
―Tráeme una porción de tiramisú, me has tentado cuando dijiste que es el más rico —sonrió cerrando la carta del menú.
―Está bien. Y los demás, ¿qué pedirán? ―les preguntó mirándolos.
―Pido otro batido como el de ayer ―comentó Alfie.
―Yo también pido el mismo que tomé ayer ―dijo Henry.
―No te complicaré tanto, tráeme el mismo que pedí ayer también, por favor ―contestó William.
―Yo quiero de chocolate ―respondió Stephan.
―Como ayer ―habló ella.
―Como te acuerdas ―emitió con una risita al mirarla.
―Estuviste molestando casi todo el tiempo que te quedaste —respondió Ginger con algo de gracia en su voz.
Todos se partieron de la risa, incluso él.
―Leah, ¿tú que pedirás? ―preguntó Will a su mujer.
―Me tentó el tiramisú que dijiste ―dijo a la joven mirándola.
―¿Te pido una porción? ―preguntó.
―Sí, por favor —le regaló una sonrisa.
―Hijo, ¿tú qué quieres? ―preguntó Leah.
―Batido de chocolate —anunció con énfasis.
―¿Puede ser uno más? —formuló observándola.
―Sí, claro ―Ginger anotó en su bloc de notas―. Qué lindo es ―les dijo a sus padres.
―Gracias ―expresaron ambos con una sonrisa genuina.
―Antes que me olvide y que los moleste en medio de su merienda, ¿podría preguntarles algo? ―les inquirió dirigiéndose a los cinco.
―Sí, solo dinos ―dijo Henry.
―No sé cómo empezar pero habría algún problema si les pido que firmen unos autógrafos para dos chicas? ―les terminó de preguntar sintiéndose algo avergonzada.
―No, para nada ―respondió Stephan―, ¿una de ellas eres tú? —quiso saber por curioso que era.
―No, son para las hijas de una amiga y me pidieron a través de ella que se los pida y por eso me da un poco de pena —emitió con algo de incomodidad.
―No te preocupes, no nos molesta, al contrario, gracias por hacernos saber que seguimos teniendo seguidoras a pesar de todo ―dijo Alfie―, dime, ¿cómo se llaman?
―Cindy y Mandy —acotó ella.
―Bonitos nombres ―dijo Kelly―, a propósito, me dijeron los chicos que te llamas Ginger, tu nombre es muy bonito también y me gusta como suena —articuló con sinceridad.
―Gracias ―contestó y luego el grupo le entregó los dos papeles con cinco firmas de cada uno―, gracias chicos ―les dijo―, ¿y ustedes no van a firmar? ―les preguntó a las demás al mirarlas.
―Es mejor que no, tuvimos malas experiencias con chicas que recibieron nuestras firmas y no les agradó en lo más mínimo ―comentó Leah.
―Por favor, firmen, ellas no son así, se los aseguro, aparte gustan de Henry y Alfie ―admitió riéndose un poco.
―En ese caso, ¿dime cuántos años tiene la chica que gusta de mí? ―preguntó muy interesado Alfie.
―Solamente tiene quince ―respondió.
―¡Qué lástima! —bajó los labios en señal de tristeza—. ¿Y la otra? —reformuló.
―La otra hermana gusta de Henry y es menor de edad aún, tiene dieciséis —sentenció casi riéndose.
―¡Qué mal! ―dijo el otro.
―Si habrían sido más grandes las chicas, estaba segura que les agradarían —comentó con amabilidad.
―Toma, aquí tienes nuestros autógrafos ―dijo Kelly entregándole dos papeles que tenía dentro de su cartera.
―Muchas gracias ―les contestó contenta.
―De nada linda ―respondió con una sonrisa la mujer y la joven fue a ordenarles sus pedidos―. Qué simpática es, me agrada mucho ―acotó la esposa de Konnor.
―Aparte de simpática es bonita, ¿no Stephan? ―inquirió Leah riéndose y mirando la cara del hombre cuando la joven se alejaba de ellos.
―¿Qué? ―preguntó volviendo a la conversación.
―Que si es bonita —replicó de nuevo la esposa de William.
―Sí, demasiado bonita y parece ser buena persona también —dijo con certeza.
―Es lo primero que noté de ella ―expresó Leah.
Por otra parte, dentro de la cocina, Nancy estaba terminando de sacar del horno un bizcocho de vainilla para luego preparar el pastel. Ginger entró y se puso detrás de ella.
―Mira lo que conseguí ―expresó con alegría en su voz y moviendo los papeles mientras que a Nancy casi se le cae el bizcocho recién horneado de las manos.
―¿Los autógrafos? ―inquirió sorprendida y contenta.
―Sí ―respondió entregándoselos apenas la mujer dejó la masa horneada sobre la mesada de mármol.
―Mis hijas se van a desmayar, Mandy y Cindy te adoran y ahora más todavía, gracias ―dijo abrazándola.
―De nada —correspondió al abrazo con una sonrisa—. Solo que me digas que están contentas y felices que les conseguí lo que querían ya es más que suficiente —la observó a los ojos cuando se separaron.
―Eres increíble Ginger —emitió contenta.
―Tampoco para tanto ―dijo con una sonrisa a medias.
―Los batidos y las porciones de pastel ya están listas ―articuló el chico que se encargaba de los licuados.
―Gracias —contestó—. Será mejor que me vaya a servir sus pedidos ―comentó a la dueña del local y poniendo todo sobre la bandeja.
―De acuerdo, ve ―habló Nancy.
Ginger salió con una nueva sonrisa a entregarle sus pedidos, cuando sin darse cuenta escuchó que alguien la llamaba por su nombre mientras distribuía cada malteada y porción de pastel a cada persona.